jueves, 28 de febrero de 2013

EL COLOR DE MI CRISTAL: LA VOZ DE LOS NIÑOS (Mariano Berdusán)


(AVISO: Por un error técnico los primeros archivos digitales que se han bajado gratuitamente de amazon no se correspondían con el libro de Mariano Berdusán. Subsanado este problema, que lamentamos, hemos ampliado el plazo de bajada gratuita extendiéndolo al lunes, 4 de marzo.
Quienes lo hayan bajado con el archivo cambiado, deben eliminarlo de su "biblioteca kindle" en su cuenta de amazon y, una vez eliminado, volver a bajarlo, ahora sí, correctamente. 
Si aún así no se consigue pueden dirigirse a lh y se lo facilitaremos directamente:

editores@lecturashispanicas.com 

Lamentamos el error. Disculpen las molestias).


Hoy, 28 de febrero, cumpliría años Mariano Berdusán. Como recuerdo y a partir de mañana 1 de marzo, Lecturas hispánicas va pone a disposición de todos, completamente gratuita y durante tres días, la versión digital (mobi para kindle) de su libro El color de mi cristal.  Los interesados pueden bajarlo en amazon, pinchando aquí.



Y a continuación recordamos igualmente una de las lecturas que componen dicho libro:


LA VOZ DE LOS NIÑOS (Mariano Berdusán)


Una clientela dura, detalle (J.G.Brown, 1881)
Museo Thyssen-Bornemisza


Era invierno. Vísperas de Navidad. Yo era muy niño entonces. Pero lo recuerdo como algo sucedido a pesar del tiempo. En la Catequesis, reparto de regalos a los niños que habíamos asistido. Cuando me tocó la vez para pasar a recoger mi regalo, sólo quedaban un jersey de lana recia y un hermoso libro de cuentos con tapas de colores titulado “La voz de los niños”. Había que elegir entre un jersey de invierno, apropiado para aquellos días fríos y un cuento de tapas grandes de colores.


Elegí el cuento de tapas de colores, elegí “La voz de los niños”. Cuando llegué a casa, una casa humilde tirando a pobre, todos me dijeron que por qué no había elegido el hermoso jersey de lana que tan bién nos hubiera venido en aquellos momentos. No me dolió aquel reproche y me fui a dormir abrazado a mi libro de cuentos con tapas grandes de colores. Y soñé con la voz de los niños, de aquellos niños del cuento que, perdidos en el bosque, clamaban buscando una mano salvadora.


Hoy he visto a una joven madre con su niño – su bebé – en brazos y comiéndoselo a besos y el niño feliz, arrullado por aquella melodía silenciosa de cariño. Y no he podido por menos que acordarme de la historia, real y verdadera que acabo de contar. Y no he podido por menos de pensar en el asunto tan tratado y tan debatido estos días por escrito y  de palabra, del aborto. Y me he acordado sobre todo del título de mi hermoso libro  de cuentos con tapas grandes de colores   “La voz de los niños”.


Pienso que en este asunto, tema o cuestión o como se le quiera llamar, del aborto, se han oído, como acabo de decir, muchas voces. Han hablado de ello los políticos, los gobernantes, los escritores,  los tertulianos, los poetas e incluso la Iglesia. Ha sido algo así como ha dicho un escritor actual “el ruido de la calle”. Sí, se han oído muchas voces.


Pero yo echo en falta otras voces que no creo haber oído aún, ni poco ni mucho, ni nada. No he oído la voz de la mujer que vacila y duda y sufre ante la opción de seguir con su embarazo o abortar. No he oído las voces de la mujer que abortó y del padre que se ha quedado sin el hijo que quizás estaba esperando con más ilusión que la propia madre y sufren los dos pensando en el niño que pudo ser y no fue y que quizás ahora les hubiera llenado de gozo y de alegría al verlo crecer.


Pero, sobre todo, no he oído las voces de todos esos niños que pudieron haber sido y no fueron, porque sus padres, por unas o por otras razones (casi siempre indecibles) les arrebataron el perfecto derecho que tenían para existir, porque tuvieron la desgracia de no tener unos padres que, aún quizás en medio de su pobreza, los acogieran generosamente a la vida, como un  día a mí mis padres en medio de su pobreza, confiando sólamente en ellos mismos y en la Providencia, sin pensárselo más, me lanzaron a la existencia y, finalmente, no he oído las voces de todos esos niños que, también por desgracia, no podrán disfrutar ya nunca más de la pequeña, pero para ellos grande, alegría, de poder irse a dormir abrazados con un hermoso libro de cuentos con tapas grandes de colores, como pude hacerlo yo aquella noche tal como he contado.


Todas esas voces son las que me hubiera gustado oír. Pero creo que no ha sido así. Mucho me temo que, pasado el tiempo, se cumpla lo que dice la Biblia:



“Una voz se oyó en Ramá,
llanto y lamento grande.    
Es Raquel que llora a sus hijos
y no puede ser consolada
porque ya no existen”.   ( Mt. 2,18)    




Mariano Berusán
La voz de los niños
de El color de mi cristal

MERODEANDO A... el ciudadano medio (Narciso de Alfonso)

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El ciudadano medio vendría a ser el que está –los que estamos- en el espesor de la anormal normalidad, o de la normal anormalidad: se dice que las únicas personas normales son aquellas a las que no conocemos.

El ciudadano medio ha perdido los documentos generales de sí mismo, y el billete de avión de sí mismo, y va pasando a través de los viejos portones de la tarde, siguiendo los larguísimos huesos de la noche, cruzando las lluvias cansadas. Está en un revés siniestro, en un otro lado de la realidad que nadie le había dicho que existiera, y que es más bien la irrealidad de la realidad, pero que llena todos sus días; que ocupa –o desocupa- sus ocios, sus asuntos, lo que era cotidiano y suyo: su vida real, ahora cruzada por las gruesas telarañas de la irrealidad, que le ponen en blanco y negro su hermosa vida, que era en color y con bocatas de calamares bravos.

Ahora, el ciudadano medio mira y mira, como haciendo un ruido de cristales rotos con sus ojos fijos: incrédulo, perplejo, alucinando pepinillos. Al caer la tarde, en vez de acercarse a los bares de la vida donde vive la cerveza, busca en el suelo, bajando los ojos, unos senderos que antes no conocía, y se marcha hacia el poniente, a ver –otra vez- las viejísimas hélices del crepúsculo –que dijo el poeta-, ya astilladas, ya sonoras de respiración, ya doloridas y lentas como viejas reumáticas que crujen, cuando al sol ya sólo le queda la cena miserable con un postre malo de tinieblas, que se come a regañadientes con una cuchara sucia.

Pero bajar la mirada, una mirada baja, aunque sea para buscar los senderos del crepúsculo, es un agujero, un desgarrón del universo, una estrella caída, un contradiós. La mirada de los ojos, los ojos de la mirada, sólo se agachan –si acaso- con la muerte y, más que nada, porque se los come.
Hay en el ambiente, en el aire que escasea, en la piel de la vida, una amenaza o un presagio de tinieblas; un extenso y crudo olor a impaciencia lenta o a tomadura de pelo con acompañamiento de cachondeo, como cuando alguien se muere, no con los ojos abiertos, sino guiñando los ojos.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, II


miércoles, 27 de febrero de 2013

PERFECTO DESORDEN (Juan Serrano)

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Aunque parezca extraño, para el pintor el bullicio es su mejor locus amoenus. El trasiego, la algarabía, las voces de los trabajadores en la zanja, el tumulto de la playa, los alirones del estadio, el jaleo de una apuesta de gallos estimulan su pincel de tal manera que luego sus acabados son embalses de cristalinas aguas festoneados por el verde relajante de la floresta del valle, trigales entre el azul y el ocre entrelazados. Nunca sus pinturas reflejaron mejor la luz, el orden y el sentimiento que cuando el maestro trabajó en medio de la confusión y el barullo. Cuanto más ajetreo a su alrededor, mayor la calma de sus cuadros.

Tal vez esta circunstancia extraña se deba a que el pintor tiene su estudio en una de las habitaciones superiores de la casa amarilla junto a un paso a nivel. El chirriar constante de las ruedas de los vagones contra las vías, el rojo encendido del semáforo alertando a voces a peatones y conductores, la hilera fluorescente de las ventanillas corriendo en medio de la noche hacia la boca del túnel, el pitido del tren, el tufo a carbonilla... son su musa, el estímulo para su creación artística y tranquila. Como si el ruido fuese para el pintor una sábana mojada que al estrujarla por sus extremos se escurriera el silencio. Y cual de los agujeros mudos de la flauta brota la música, así, del desorden de su estancia, del estruendo ensordecedor que le acribilla por dentro, emana la quietud y la armonía de su obra.

Cuando entré en su casa, vi todo por medio: botellas de plástico vacías, arrugadas, tubos de pintura destapados, con su costra reseca, telarañas en los techos, entre los barrotes de las cuatro sillas, la pileta atestada de platos, tarros y vasos con pringue, restos avinagrados de comida, el caballete salpicado de gurullos, el jarrón de las margaritas olvidadas y mustias. Me dispuse a limpiar las paredes de humo ennegrecidas, a poner un poco de concierto en medio de tanto enredo. Al fin y al cabo yo no era la modelo del pintor, sino su criada. Y si estaba allí no era para posar quieta y sin hacer nada delante de su mirada hirsuta, su rubicunda barba, su cabeza de pelos desgreñados, ver como una tonta su ir y venir inquieto y frío alrededor de una tela de parturientos colores.

Durante el tiempo que estuve allí, al pintor se le fue la inspiración. Arrinconado como murciélago desorientado, convertido en ratón acobardado no daba pie con bola. Me despidió a la semana.


Juan Serrano
De su blog: blao
21 de junio de 2011




lunes, 25 de febrero de 2013

MERODEANDO A... Los sindicales (Narciso de Alfonso)



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El lema de los sindicales, de cuyos nombres prefiero no acordarme, era escueto y hermoso: ‘por entre mis dientes salgo humeando’. Después, el corazón se les ha hecho barato, baratísimo, y el alma gorda, y se les ha ido agachando, cansada, a veces torcida y tirada: el alma, que ya está a punto de caerles entre los faldones del intestino, amodorrada y granate de ojeras, irrecuperable para cualquier eficacia. 

Uno, que ha oído hablar de cierta geometría de los sindicatos -verticales, horizontales, paralelos, oblicuos-, supone que ahora son sindicatos tumbados, sin más, o, con más, tumbados a la bartola, con un adorno de filigranas en espiral que siempre lleva al mismo centro único en el que sólo dice ‘yo’. Es duro: siempre esperando a que su cuerpo se canse de tanto descansar. 

Tienen una somnolencia constante, rara, como si no empezaran –ni acabaran- de entender, de enterarse, o como si su muerto –ya morado- quisiera llegar a los sitios antes que ellos, y anduvieran a codazos para ponerse los primeros, por delante de su muerto modorro.

Se les podría aplicar el comentario de Hill a la ley del tiempo perdido mientras se pierde el tiempo, que dice escuetamente: no va a andar. Con todo, uno cree que los sindicales son hombres satisfechos, sobre todo porque la satisfacción está constituida por esos huecos cerebrales sin historia –lo dijo el poeta- y uno se pregunta si no estarán todo el día de todos los días haciendo sitio en su gerolo para esos huecos cerebrales sin historia, o quizá regándolos, esponjándolos para que les crezca más deprisa la satisfacción.

Los sindicales suelen estar uniformes, igualaditos del color sepia de las fotos viejas, y quietos quietos, como dentro de un gas ilimitado, porque ya no se acuerdan de las posibilidades del movimiento, pero aún se ponen las botas de corsario para hacer la segunda siesta, la de las cinco, que es la más reparadora. 

Ellos ya ignoran, ya no quieren ver –para qué- ninguna forma de sufrimiento: ni las flores secas y negras, ni a los hombres cerrados y encerrados como bodegas, ni los pájaros que se arrastran por el suelo y sangran por el pico como vegetales.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III








MAREA CIUDADANA (Armando Muchabulla)

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domingo, 24 de febrero de 2013

ANOCHECER EN LISBOA (Antonio Envid)


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Amalia entornaba sus grandes ojos cuando la niebla atlántica iba apoderándose del miradouro de Santa Luzia en uno de esos atardeceres lisboetas preñados de tristura, mientras el sol se desangraba sin gloria en bermellones desleídos por la humedad del cercano mar. Los aires traían ecos de los cánticos de marineros perdidos por tabernas que se plañían, borrachos de nostalgia, de no poder volver ya nunca, y la tarde se despedía arrastrándose por los sucios azulejos de las fachadas. Todo parecía haberse perdido irremediablemente. 

Sus ojos se volvían soñadores en aquellos momentos y podía contemplarse en su fondo la selva primigenia de su africana cuna por donde desfilaba toda una dinastía de reyes y princesas manicongos mezclados con mercaderes de esclavos y plantadores de todas las razas europeas. De esa mezcolanza había surgido ella, de porte altivo, de hermosas proporciones y dorada piel de bronce. Hermoso bronce de Benín.

Era el momento de cortarse las venas con una navajita de plata y que la sangre fluyera mansa diluida en la niebla, o, de huir desaladamente. Elegimos esto último cogiendo al agotado tranvía, enfermo de su infinito bucle, al aminorar la marcha en la cuesta de San Joao da Praça, cuando ya las sombras amenazaban con exterminarnos en su anonimato. Alterada la respiración por la excitación de la huida, sus turgentes pechos se agitaban mansamente, rítmicos y deseables.

Caminaba Pessoa con paso de autómata, aunque razonablemente firme, habida cuenta de que ya se agitaba en su interior un caneco de ginebra, hacia A Brasileira, donde daría fin al día con un poema y una última botella. Pasó a nuestro lado sin vernos guiado por la pajarita anidada en el cuello duro de la camisa. Por las estrechas y tristes callejas del Chiado, arrimados a las pobres paredes, nos besamos sin pasión, pues nuestros corazones ya no albergaban energía alguna, en nuestro peregrinaje hacia el Barrio Alto, donde agonizaríamos entre fados trágicos de amores desgarrados y el llanto de la viola, embargados por nostalgias de existencias no vividas, y el fatalismo de nuestros pobres destinos. Todos temos nosso fado.



Antonio Envid Miñana


ME GUSTAS CON TU SOLEDAD (Ángel Ferrer)

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Me gustas con tu soledad
de dentro
cuando lloras
al lado de mi soledad
de fuera
y mirándome, me acompañas
la de dentro
mientras te alejas libre
hacia tu mar interno



Ángel Ferrer

MERODEANDO A... los banqueros (Narciso de Alfonso)

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-‘¿Qué les importan a ellos las balas, si el fusil está humeando ya en su olor?’ –dijo el poeta, quizá de los banqueros, que son unos tipos que, en vez de tener una vida, tienen un invierno recosido, incrustado en la piel. 

Como simples sacerdotes –a sueldo- del dinero, se sienten –y lo son- completamente casuales, prescindibles, innecesarios, de manera que se limitan a poner algún orden entre las gallinas y los pollos. 

Mantener relaciones íntimas con el dinero todos los días no puede ser bueno, por muy enamorados que estén de los billetes púrpura: a todas horas en la penumbra sucia y polvorienta de la caja fuerte, a calzón quitado, forzando la postura para meterse en el ángulo muerto de la cámara de seguridad, con la amenaza de todos los males venéreos que conlleva el trato mucoso, directo y repetido con el más promiscuo de todos los seres, que no por capricho tiene el nombre de Mamón.

El dinero los observa, observa todas las transacciones, vigila a todos sus sacerdotes y los capta del todo en su enorme cabeza trituradora, manteniéndolos entre sus dientes para la transformación. Cómo recuperar después su voluntad deforme, que ha adquirido un carácter extraño y prestado y que habita en ellos como una fría indiferencia, como una larga inhumanidad. 

Y su mirada tiene también una determinación helada, sin dudas, sin ablandamientos, sin vacilaciones: como hijos puros y sintéticos del rigor, con el alma derramada o ausente, con los pies sucios, sin bombones y amargos de piel, cautivos de sí mismos, desahuciando sin cansancio ni descanso, interminablemente.

Los banqueros son sólo asuntos residuales, prescindibles, oscuros: para qué tantas sucursales de la muerte, para qué tanto empleadillo entre cristalones, para qué tanto azul marino de chaqueta. ¿Son como vacas rumiando hasta que les llegue la hora de ir al matadero o simplemente no dicen nada, mientras planean la huida, mientras preparan la gran evasión?

Claro que aún podrían reempaquetar su sistema mental de neuronitas monas antes de seguir adelante, cuando aún es tiempo: cuando todavía no hay nadie en su tumba.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III

sábado, 23 de febrero de 2013

COMPROMISO LITERARIO (Juan Serrano)



¿Os acordáis de aquel afamado escritor tan pudoroso y mojigato, que a lo largo de su vida literaria, en sus siete novelas galardonadas, nunca en ellas cometió ninguna indecencia; y ni siquiera en defensa propia, ni en duelo, ni en escaramuzas mató a ninguno de sus personajes, allí tan vivos y tan bien caracterizados; y sin embargo en su vida real murió a garrote vil por haber asesinado al gobernador con el canto de un libro en la cabeza?


Juan Serrano
de su blog, Blao




MERODEANDO A... Mariano Rajoy (Narciso de Alfonso)





D. Mariano Rajoy, que vendría a ser D. Mariano, es que se la coge con papel de fumar, lo que no supone desdoro alguno, sino solamente un estilo, un modo de deslizarse por el mundo y por la vida, su manera de estar o de no estar entre el ponte bien y estate quieta.

Creo recordar que D. Mariano es más bien gallego –de Galicia- y que, en su carrera de obstáculos, llegó a la cumbre de uno de esos altísimos funcionariados llenos de oscuridad y escalafones adonde no se atreven a subir ni las más audaces cabras: hablamos del absoluto: irrespirable, aséptico, helado, solitario, olímpico.

D. Mariano es que prefiere una garantía, una seguridad, o quizá dos seguridades y dos garantías, dos vidas de repuesto, por ese plus que da el tener dos unidades de cada cosa que puede perderse o acabarse, dos unidades por la hermosa costumbre del dos, por la costumbre del no te preocupes que me queda otra.

D. Mariano es un personaje o una persona dulce, para salir, quizá, a dar un paseo, andando a la par pero hablando muy poco, sin pedirse ni despedirse, y tal vez tomar un descafeinado pero dejando las almas fuera del bar, de la cafetería, atadas al tronco de un arbolito inocente.

D. Mariano es sentimental, sensible y sensitivo como una muchacha decente, buena de parroquia y lealtad, pero metida en un cuerpo varón, grandote y fajado que no tolera los conflictos, que lleva mal la soledad, que necesita un calor, una confirmación y un apoyo para ir decidiendo despacio, y siempre, siempre bueno, para mamá, por mamá.

Es un hombre que no está cómodo en un mundo macho porque los hombres machos saben, sienten que no tiene peligro, que no es amenaza, que no se manchará las manos porque no sabe hacerlo, que pedirá disculpas educadamente antes de que la sangre llegue al río. 

D. Mariano, es que se la coge con papel de fumar, lo que no supone desdoro alguno, sino solamente un estilo, un modo de deslizarse por el mundo y por la vida, su manera de estar o de no estar entre el ponte bien y estate quieta.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III



viernes, 22 de febrero de 2013

PLAZA VACANTE (Lucía Fraga)

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He abandonado mi puesto
y mi silla está vacía.
Ya no quiero continuar
con este extraño viaje
de paradas permanentes.

Hoy decido que no,
que no quiero ocupar
más vagones de ultratumba
y sólo deseo que me den
el finiquito de lo que me deben.

Dejo una plaza vacante
por si a alguien le interesa.
Vivir me cansa demasiado
y necesito olvidarlo todo,
porque yo ya no soy yo.

Quien decida sustituirme,
si es que a alguien le interesa,
debe ser feliz tanto como pueda.
Mi tristeza es el pan de cada día
con fruto venenoso y estéril.

Dejo una plaza vacante.
Tómela quien desée vivir.
Yo ya estoy cansada
y no me quedan más fuerzas.
Viva quien sepa vivir.



L. de Fraga

de su blog  Nostalgia del acero

jueves, 21 de febrero de 2013

MERODEANDO A... Alfredo Pérez Rubalcaba (Narciso de Alfonso)

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D. Alfredo Pérez Rubalcaba, que viene a ser el Sr. Pérez, socialista incombustible porque, al parecer, utiliza calzoncillos de amianto, no nos interesa ahora porque esté recorriendo Nueva York con un plano de Venecia; ni por esa figura, limpia de electrones libres, que es exactamente la del dueño de la funeraria de las películas del oeste. 

Para evitar entendidos malos: consideramos que socialistas y liberales se turnan para saltar y dar cuerda en la misma comba y que liberales y socialistas carecen por completo de inspiración y de generosidad.

El Sr. Pérez nos interesa ahora –ya no luego, ni mañana- porque no sabemos para qué, por qué quiere tener en exclusiva y monopolio zulú toda la ética y la ética de todos y para siempre, como si fuera un mercancías cada vez más veloz, cargado de una ética desquiciada, que se acerca a toda máquina a los últimos acantilados. Suponemos que la convicción original, única, preciosa y equivocadísima del Sr. Pérez, vendría a ser algo como: ‘sólo la actividad estatal es ética porque se hace en beneficio de los desposeídos, a los que protege de la carnívora iniciativa privada’. 

Entonces es una ética pública que se impone (¿una ética que se impone?) a todo lo que se mueve, llega al sitio, sanciona y (ahora viene el asombroso remate): regresa, vuelve, torna a los brazos de su amo, el Sr. Pérez, que es que no acaba de fiarse de los malotes ni de los buenotes: es un monopolio de la ética muy tacaño, avariento –con qué estilo exactamente avariento se frota, se acaricia las manos el Sr. Pérez-. 

Así que la cosa ética –que es lo único que puede hacernos libres a todos y a cada uno- se vuelve con el enterrador, que se frota las manos, y nos deja –con los 40 ya cumplidos- sin ética personal, propia, nuestra: sólo sancionados y sospechosos –lo de desposeídos, al final, es que no importaba demasiado- esperando a que suelte arbitrariamente –cuando le pete- los hurones de su monopolio ético, que volverán a mordernos el culo a dentelladas –sobre todo si somos desposeídos-. El Sr. Pérez ha inventado la ética yoyó, que siempre le vuelve, atadita, pública, en barullo infumable con el beneficio de los desposeídos, la actividad del estado y el control de los carroñeros de la iniciativa privada. A eso, en mi pueblo, se le llama hacer un pan como unas hostias. 



Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


MUCHABULLA




miércoles, 20 de febrero de 2013

MERODEANDO A... La Infanta Cristina (Narciso de Alfonso)

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La Infanta Cristina ya no sube las escaleras tan deprisa como solía hacerlo. Su alma, su ser, su cosa, tiene tal vez un tono triste, como cuando un teléfono suena en una habitación vacía, en una casa vacía, interminable, infinitamente, y nadie lo coge, y nadie contesta. Necesita recolocarse sus vértebras de amor y volverse a bautizar con un pronombre inmenso.

Su actualidad está como partida en dos con la libertad en medio, como cuando el caudal del cabello se divide para hacer una trenza. Se dice que nuestras huellas dactilares no se borran nunca, nunca, de las vidas que tocamos, así que uno, de entrada, prefiere hacer en la vida de los demás, de los otros, unas cosquillas fraternales, una caricia de humanidad, algo cordial y sin cañones. Alguien, seguramente un poeta, dijo que se extiende por todas partes la tierra baldía: desdichado de aquel que la lleve en su interior. 

Sincronizando: el tiempo es lo que hace que no pasen todas las cosas a la vez, incluso lo que hace que no pasen siempre todas las cosas. Tal vez la Infanta necesite esa marcha que tiene que ser más rápida que las causas y los efectos, que se parece más bien a una sorprendente espontaneidad, que no corrige porque no tiene tiempo y que utiliza incluso el error como fuente de energía. Lo que, dicho así, parece un asunto atómico, pero sólo es otra manera de decir aquello de que el ser humano puede escapar, de pronto, a cualquier medida, y ser infinito.

En súmula: no sabemos si está vestida para desaparecer o para reaparecer; no sabemos si está hecha de una sustancia destilada en los variados aprietos y dificultades de la vida y del mundo, de esos sufrimientos como caballos que llegan a sacar humo de la tierra, o si está hecha, sin en cambio, de una sustancia escurrida de algo que le dijeron una vez que tal vez existe y que a veces es bueno.



Narciso de Alfonso,
El Merodeador, III



martes, 19 de febrero de 2013

AMANECER (Ángel Ferrer)

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En este verticalmente nublado amanecer
a lo lejos, el cielo amarillea sonrosado
trepando el rezagado azul de la noche
y en la solidez de sus colores
me sujeto
y descubro que en los sueños, intangibles
el deseo, es lo único a lo que asirme

Bendito es el paisaje que se impone
como orador silencioso
faro eterno e inalienable
que nos enfrenta a nuestro caos
el que labramos con los bueyes de la memoria
arenas movedizas, en el gigantesco reloj
de nuestras vidas volteadas, que es la mente

Solo los ríos, fluyen de sí mismos
solo ellos conocen la paz de descansar
en el mar de lo acontecido



Ángel Ferrer


lunes, 18 de febrero de 2013

CRISTÓBAL TORAL (Antonio Envid)

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Cristóbal Toral (Torre Alhaquime –Cádiz- 1940) dedica una parte importante de su obra a captar la provisionalidad de la vida. Es una metáfora de este pensamiento, que llega a ser obsesivo. Sus maletas omnipresentes, tanto en sus cuadros, en sus acuarelas, de perfecta ejecución, como en sus performances, así nos lo sugieren. Maletas cerradas, prestas para viajar o esperando a que el viajero se disponga a ordenar su contenido en una arribada más, rutinaria y provisional como todas. Maletas agrupadas de diversas clases y procedencias en un montón informe, quizá en una sala de estación, no conocemos si de llegada o de partida. Un tren solitario al que sube una pasajera, aunque, más bien, da la impresión de que la viajera es tragada por este ferroviario leviatán. No se sabemos porqué, pero no nos da la impresión de que se vaya a iniciar un viaje, sino, más bien, una introspección hacía una región misteriosa, al vientre del monstruo, quizá a la nada. Habitaciones, de hotel, de residencias, frías, inhumanas, donde una mujer, a menudo vulnerablemente desnuda, es la imagen de la nihilidad. Lugares de paso con maletas sin deshacer, algo provisional, un ligero reposo para continuar un viaje que se nos muestra infinito, sin principio ni fin, un anillo de Moebius. Objetos empaquetados, quizá a la expectativa de que su propietario tenga tiempo de desempaquetarlos, inspeccionarlos, darles utilidad o un orden; decisiones aplazadas para otro momento. Estos embalajes de objetos inexplorados, estas maletas arrumbadas con su ignorado contenido, pueden ser tanto estancias y apartados que aguardan ser explorados, como trasteros de la memoria donde se almacenan las vivencias olvidadas, pero muy bien podría tratarse de todo aquello que queda suspendido, todo lo que quisimos hacer y quedo inconcluso o no comenzado en espera de mejores tiempos. Sus cuadros, de un realismo admirable, transmiten, como digo, una sensación de que todo es provisional, como en los viajes, que todo se suspende y queda aplazado para un contingente regreso. A pesar de la corporeidad de los objetos representados uno tiene la impresión de que son inasibles, que todo es una realidad virtual que no permite su aprehensión.


Cristóbal Toral es uno de los pintores españoles contemporáneos más conocidos en el mundo, representa el realismo fantástico en nuestro país y posee la medalla de oro de la Bienal Internacional de Arte de Florencia y el Gran Premio de la Bienal de Sao Paulo. En el Palacio de Sástago de Zaragoza, del 7 de febrero al 28 de abril.



Antonio Envid.


domingo, 17 de febrero de 2013

NEUROSIS EXTREMA (Armando Muchabulla)

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MERODEANDO A... EL DUQUE DE PALMA (Narciso de Alfonso)


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Al Duque de Palma le está costando cada vez más tragar saliva, que ya se sabe que uno de los efectos del miedo es quedarse con la boca seca, quizá porque el miedo actúa secando, resecando, dejando el botijo del cuerpo físico sin el agua fresca del vivir. El miedo, que tiene sorna, utiliza los canalillos del sistema simpático para exprimir a su víctima, que tiene que holgarse el cuello de la camisa a tirones del dedo índice, gesto feo y sin efecto si la víctima sabe vestir y lleva ajustado al cuello el cuello de la camisa y al cuello de la camisa el nudo de la corbata, que a estas alturas debe ser necesariamente de acaudalada seda.

En sus días de vino y rosas, el Duque de Palma fue un buen jugador de balonmano, que es una variante extensa del pingpong, pero con porterías y más gente. Sólo después comenzó a utilizar la cabeza por dentro, por el lado en el que están las hermosísimas neuronas, que siempre esperan una idea, una inspiración, un pálpito, para ponerse a currar en la penumbra silenciosa del cráneo, del gerolo, que es donde para el noûs, el intelecto griego, aristotélico, que tiene a pan y vino –como Marcelino- a las hermosísimas neuronas azules, y las hace funcionar a destajo, enviándose sin cansancio ni descanso mensajitos de amor o de números, que vienen a ser como los twits pero de gente sin estudios.

Por entonces, el Duque de Palma le vio el color al dinero grande, ese color que es insospechable desde el dinero pequeño, y al principio se quedó, al parecer, discretamente fascinado, como quien dice ‘ahivá’, pasando en poco tiempo a la discreta fijación –fascinada-, como quien dice ‘ahivá, ahivá’, y desembocando, en cuestión de semanas, en una fascinada alucinación, como quien ya no puede decir nada pero alucina en los colores financieros del dinero enorme, esos colores que son insospechables desde el dinero solamente grande. 


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


sábado, 16 de febrero de 2013

HISTORIA DEL EREMITA (Juan Serrano)

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Con Miguel Espinosa me pasó lo que a doña Celsa, que se tropezó con su gato en su propia casa, a siete millas de donde vivía, cuado desesperada buscaba a su minino de compañía. Yo me di de bruces con Historia del eremita a dos palmos de mis narices, en la Tertulia de los jueves.

Y empecé a leer el libro, llevado por mi orgullo, más que por mi afición a la lectura. De todos los presentes en el casino de Molina, tan sólo yo, nada conocía del tal Espinosa, aún siendo este caravaqueño casi paisano mío. Así que avergonzado, y pidiendo excusas, me hice allí mismo con el libro. E irremediablemente, antes de acostarme, quise apagar el gusanillo de mi vanidad herida. ¡Y bienvenida la hora!, aunque era ya más de media noche pasada. Leí tan sólo las cincuenta primeras páginas. Si quería seguir, debería hacerlo al día siguiente, pues tiempo no le daba a mis glándulas iletradas en digerir tanta enjundia preñada en sólo la Introducción.

Como un topo en busca de su presa fui abducido muy pronto por el pasadizo de sus letras enigmáticas. Aforismos, axiomas, la ironía, el absurdo, el laconismo de sus pensamientos, el fatuo nirvana de su filosófico decir supramundano, el humor inteligente y sarcástico, su jugar entretenido con el absurdo, la simpleza, y la espontaneidad antagónica de sus dichos, el pragmatismo de sus razonamientos me obligaron a posponer la lectura para darme tiempo a deleitarme tranquilamente de sus enseñanzas y hondura. Tuve la misma agradable sensación que cuando me topé con El Quijote.

La Parábola de los bolsillos, la Canción de la tierra, el Cara Pocha, por citar apenas lo que llevaba leído, me satisfacía, pero sin colmar mis ganas que infinitas se agrandaban. Y enseguida me quedé dormido, como el felino de doña Celsa tras una suculenta cena. Y no fueron falsas, ni mal traídas mis palabras, cuando le dije a su editor Fernando Fernández, que debería pagarle por dos veces el libro, si era verdad lo que en su presentación dijo Martínez Valero, amigo del escritor, que para entender a Espinosa, era preciso leerlo más de una vez.

Y para que mis palabras no suenen a laudatorio eco, ese traidor que caricaturiza nuestros vocablos, ya me callo. Y convengo con el Eremita:

Ten por tanto, cuidado al hablar, que no te oigas a ti mismo, y te pierdas. Que una vez me oí yo a mí mismo, y estuve a punto de morirme de risa.



Juan Serrano
del blog Blao
19 enero 2013


viernes, 15 de febrero de 2013

¿ERA BELLA CLEOPATRA? (Narciso de Alfonso y Servando Gotor)

sgs



A Bermúdez le llaman el Fariseo porque a veces viste de Faraón. Se cubre con un tocado a rayas de color lapislázuli y oro que evoca los primeros rayos del sol naciente, siempre con la insignia en forma de cobra que representa a la diosa Wadjet. Sólo utiliza la corona blanca, la corona doble, la corona de guerra y la corona roja, con diversos adornos, atuendos y emblemas, en ocasiones especiales. ¿Era bella Cleopatra? La pregunta, la duda, tortura a a menudo a Bermúdez, sobre todo con la llegada del otoño, obligando a su imaginación muchos días, muchos días y muchas horas, perturbando su reposo de media noche y su siesta de mediodía.  La descripción de Plutarco, que le cuenta, no acaba de convencerlo ni de tranquilizarlo, necesitaría más evidencias, a favor o en contra: "Su belleza, seguramente sin par, se hallaba en su interior y no ejercía una fascinación inmediata.  Su maravillosa forma de hablar, el encanto espiritual de todo su ser, le otorgaban tal belleza que se grababa en el fondo del alma. También era un placer escuchar el sonido de su voz.  Su lengua semejaba una lira de múltiples acordes, pues dominaba todas las lenguas con la misma perfección."

El monarca viste diversos faldellines, pero también, dependiendo de la época o de la ocasión, distintas capas, camisas, variados mantos o una piel de pantera.  Calza unas sandalias perfectas.  Los cetros, la barba postiza y una rica joyería, ay, qué hermoso esplendor, hacen que el Faraón deje un destello, una luz, un rayo de oro allí por donde pasa.  Está construyendo su pirámide justo donde termina el barrio del Actur, a los pies de Juslibol, frente al Centro Politécnico Superior.

-Fariseo, ¿dónde está Egipto?
-En las antípodas, compadre.

Cuando Bermúdez no va de faraón presume con su chaqueta amarillo chevalier. 



Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El guacamayo azul (*)


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jueves, 14 de febrero de 2013

BUSCÁNDOME EN EL TODO (Ángel Ferrer)

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Miro, buscándome en el todo
por si me encuentro
para vestirme de mi, para ti
enfrente, tu desnudez
atómico silencio que acalla el mío
que desata invasores universos de pasión
a ti, víctima voluntaria
con avidez, devorada

Ángel Ferrer

lunes, 11 de febrero de 2013

BYBLIS DE BOUGUEREAU (Narciso de Alfonso)

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Biblis 
(William Adolphe Bouguereau, 1884) 


Biblis es, sin duda, una real hembra, lo que significa más bien una hembra real: sus dimensiones y proporciones, su consistencia y densidad, hacen que sea equiparable a la realidad real, física: no se deja pasar desapercibida; está ahí, resistente o tozuda; no se puede traspasar –no es vaporosa o etérea-; y es una individua femenina que se hace valer en su calle, en su barrio y –por decirlo así- en el universo sideral entero: no es fácil, es difícil ignorar su presencia –y su ausencia-. 

El pintor la ha puesto en un espacio en el que hay mucho de exacto, hay precisión en las formas y en las luces. Con el rabo al aire, quizá esté descansando –o muriendo- encima del arroyo del que ella sola se ha hecho hermoso puente sin barandillas. Pálida y tetuda, parece vacía de sangre o de vida, exhausta y final. Se le marcan todas –literalmente todas- las protuberancias de su cuerpo físico, de los músculos trabajados y del esqueleto de huesos y dureza blanca. La superficie de los hombros bilaterales es una pura ondulación, como la cara interna del muslo que está bebiendo. 

Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino –dijo el poeta. Si Biblis se muere, no será necesario dejar el balcón abierto, pero no la conocerán las higueras ni las hormigas de su casa porque se habrá muerto para siempre. La historia de mitos y leyendas cuenta que esta hermosísima mujer se enamoró de su hermano gemelo y se empeñó en su amor; lo siguió por esos mundos de dios hasta que la aflicción la derribó y, no pudiendo parar de llorar, se hizo arroyo, tal vez el arroyo sobre el que ahora mismo la vemos, ay. 

Son tantas las vidas llenas de asuntos sin atractivo, sin riesgo, que se reducen a matar el tiempo en el apestoso bar de Mayer, donde comen a precio fijo, vidas deliberadamente malgastadas como desequilibrios apresurados, como columpios descompuestos, que uno admira a Biblis y su determinación, ese modo de llegar al final, al fondo, del todo.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, II


domingo, 10 de febrero de 2013

ANTRÓPOLIS (Juan Serrano)

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¿Os acordáis de Roket, aquel hombre que tras un pequeño robo de 50 dólares en una gasolinera de las afueras de la ciudad y tras ser perseguido por un agente de seguridad provocó la infortunada muerte de un niño? Aquel día fatídico una tormenta de granizo nubló la madrugada. El cielo y la tierra no pudieron darse su acostumbrado abrazo en el horizonte. 

Mañana a las siete y media de la mañana Roket será ejecutado en Antrópolis, la inexpugnable penitenciaría del estado. Sus ojos ya no se bañarán en las tranquilas olas del alba. 

Durante sus siete años y medio de cárcel Roket todas las mañanas escucha el arrullo de una paloma dentro de su corazón, es el canto de aquella criatura que murió accidentalmente. El preso y el niño se han hecho amigos más allá de las rejas, más allá de la muerte. Al amanecer, antes de salir el sol, la paloma y el halcón se piden perdón y un dulce aroma de reconciliación invade la celda. 

Hoy el niño le dice al preso: 

“puesto que tú también vas a morir sin remedio, ¿por qué no pides a las autoridades que después de tu ejecución te extirpen el hígado y que se lo implanten a mi madre que sufre allá en el pueblo una enfermedad terminal hepática?” 

Mañana ya es hoy. Roket antes de ser ajusticiado firma su donación de órganos en favor de la madre del niño. 

A nivel judicial este hecho de reparación por parte del reo crea un “vacío legal” no previsto en las leyes. El trasplante no puede llevarse a cabo. El cielo y la tierra como aquel día del robo de la gasolinera tampoco pueden besarse. Y al alba una fuerte tormenta de relámpagos se desata en los alrededores de la penitenciaría de Antrópolis. 



Juan Serrano
del blog Blao
23 enero 2008

sábado, 9 de febrero de 2013

NOLI ME TANGERE -CHI ME DEFENDERÀ DAL TUO BEL VOLTO? (Servando Gotor)

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Noli me tangere, detalle
(Corregio. 1525, Museo del Prado - Madrid)

¡No me toques! Ya sólo el título de este cuadro es un auténtico poema. Marcel Proust no lo menta en su busca del tiempo perdido porque, evidentemente, no lo conoció, ya que de haber tenido noticia de él, no se le hubiera escapado una mínima referencia, un cómplice guiño, al novelista francés que analizó y narró como nadie la fuerza atractiva que toda negación encierra (nada más excitante que un “esta noche no, porque tengo otros compromisos”).

Aquí se tornan los papeles habituales y es Cristo, el Hombre, quien frena el ímpetu, la pasión de la mujer, María Magdalena.

Literariamente, estamos también en uno de los muchos momentos cumbre de esa joya poética que son los evangelios. En este caso es Juan, el evangelista/apóstol amado, quien recrea la escena:

Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní -que quiere decir: «Maestro»-. Dícele Jesús: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor» y que había dicho estas palabras (Jn. 20, 11-18).

¡Noli me tangere! Para Eugenio d’Ors, Correggio se adelanta aquí al barroco y, en concreto, a la Santa Teresa en trance de Bernini. Y no cabe duda que la mirada, la pose, de la Magdalena refleja ese mismo éxtasis que nuestros místicos del Siglo de Oro marcaron a fuego en versos inmortales.  A Miguel Ángel corresponde aquel otro maravilloso verso, también en la melódica lengua italiana, que parece la obligada respuesta a la negativa de este Noli me tangere  -chi mi defenderá dal tuo bel volto? (¿Quién me defenderá de tu belleza?, en la más acertada traducción/traslación que de  un borrador -proyecto de relato- de Stendhal hace José Antonio González-Iglesias*). 

¿Cómo no despertar este diálogo entre épocas, entre culturas, —entre hombres siempre— todas las interpretaciones humanas posibles sobre aquella relación entre Cristo y la Magdalena, si nuestros propios místicos no encuentran otra figura, otra metáfora que el recurso al amor humano, incluso al sexo más brutal, para transmitirnos sus inefables experiencias extáticas? 

Así, a un Corregio que conoce la fuerza de una negativa (amorosa sin duda) y narrativa de un ¡No me toques!, le habría contestado años atrás un Miguel Ángel que también ha probado las hieles del dolor de amor con el grito angustioso: ¿Quién me defenderá de tu belleza? Creando entre los dos italianos uno de los más hermosos poemas de amor con estos dos maravillosos versos.


Servando Gotor



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Stendhal
Pre-textos, 2007


viernes, 8 de febrero de 2013

ME SABES A SILENCIO (Ángel Ferrer)

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sgs



Me sabes a silencio
oculto
me sabes a mar

Tu voz, resguardada
en su último refugio
te castiga como escorpión
a sí mismo

Este amor en todas direcciones
que atraviesa, como erizo
te ve llorar por dentro
desde dentro

Y tu pelo, arpa infinita
acariciada

Levantas la mirada
brota una lágrima





Ángel Ferrer
de El silencio mientras te miro


jueves, 7 de febrero de 2013

LA ANOCHECIDA (Antonio Envid)

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La niña, que había dormido durante gran parte del trayecto, se despertó cuando de anochecida llegaban a los arrabales de la población. Se desperezaba dulcemente en el asiento de atrás del automóvil conducido por su padre. ¡Hola! Has dormido como un lirón. Ya llegamos. Su padre miró de reojo por el retrovisor esbozando una sonrisa. La niña se puso a contemplar a través de la ventanilla del coche ese paisaje ambiguo de la entrada de las ciudades, en el que la carretera va abandonando su carácter para ir adquiriendo la naturaleza de calle urbana. Territorio fronterizo, y por tanto indefinido, donde el campo va cobrando la desagradable fisonomía de solar y la ciudad todavía no marca su impronta. Área inquietante y a menudo poco amable. Había un tráfico extraño en aquella parte de la ciudad, chicas semidesnudas se paseaban por el borde de la carretera y algunos vehículos paraban a su altura. Tras un breve parlamento, comúnmente se introducían en ellos.

La niña contemplaba muy interesada esos raros movimientos. No pudo más y al final lanzó la temida pregunta: Papá ¿Qué hacen todas esas mujeres? ¿Quiénes son?. No por esperada, la pregunta dejó de sorprenderle, tras una breve recapitulación de posibles explicaciones, son vendedoras, cariño, contestó. ¿Y que venden?. Amor, hija mía, amor. Pero ¿porqué esa contestación tan embarazosa? Seguramente porque abominaba de la mentira, porque consideraba que era deshonesto mentir, y, sobre todo a su hija, además, por otra parte, la tierna edad de la niña le vedaba adivinar la verdad.  Miró con el rabillo del ojo por el espejo a la niña, sabía que no terminaría ahí la inquisición, tenía que pensar rápido. Contempló expectante esa expresión concentrada de su hija cuando su joven cerebro procesaba nuevas informaciones, sobre todo si no encajaban con lo cotidiano. Al fin con una dulce sonrisa, la niña exclamó: ¡Qué bonito! Cuando sea mayor, yo también me pondré unos zapatos de tacón así de altos y una faldita así de corta y venderé amor a quienes lo necesiten.


Antonio Envid.


martes, 5 de febrero de 2013

EL TEPIDARIUM (Narciso de Alfonso)

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El tepidarium, 1881. 
(Lawrence Alma Tadema, 1836-1912)


Uno ha merodeado –proporcionalmente a pocas mujeres del imperio romano, sobre todo porque suelen hablar en latín y tienen costumbres a veces muy peculiares. Esta romana está en el baño tibio, al que llamaban tepidarium –todavía no es el caliente- y tiene ya la cara encendida como una cereza, incluyendo las orejas. En la mano izquierda, una pluma de avestruz; en la derecha, un rascador. Saca su fuerza de la carne de buey y, como las leyes elementales, no pide perdón. A veces grita en las tardes inmóviles.

Quizá, por los años romanos de su edad, ella ya no es una leche azul dentro del trigo tierno, sino que su leche es más bien asalmonada y está dentro de un trigo menos tierno, más maduro. Tendida y frontal, como una fachada con el horizonte montañoso, la romana tiene un cuerpo muy físico en el que vemos, merodeando, el tremendo aparato articulado de su pelvis pélvica, poderosa de engranajes como un tanque sin enaguas: exactamente desde aquí hasta abajo es bípeda de dos piernas. 

Han pasado tantos siglos de dudas desde que a la romana se le terminó el hilo rojo del destino, que hay que mirarla multiplicando por dos, duplicándola para  que no se quede sola en las termas con sus siete colores bajo cero; para que siga olorosa de verdad o de mentira pero tocada en vivo; para que la sombra unánime de la tarde la salpique de frescura; para que haga la cuenta gorda de su vida o para que haga la cuenta de no haber nacido todavía.

Tal vez nadie la busca ni la reconoce y hasta ha olvidado quién es y quién será: le abriríamos entonces la puerta del paisaje y de la tarde y del mar, la apuntaríamos a clase de inglés y de informática y le enseñaríamos la teoría de la neurona y el principio de incertidumbre, ay, romana.


Narciso de Alfonso
El merodeador, II



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