domingo, 31 de marzo de 2013

HUMOR (Armando Muchabulla)


CALIGRAMA (Ángel Ferrer)

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-----------------------------------------------------enfrentados
------------------------------------------------------nosotros

---------------------------------------------------------y
----------------------------------------------------las mentiras
--------------------------------------------------------y y
enfrentados nosotros y las mentiras y tu  y yo  y las mentiras y nosotros enfrentados
--------------------------------------------------------y y
----------------------------------------------------las mentiras
---------------------------------------------------------y
-----------------------------------------------------nosotros
---------------------------------------------------enfrentados



Ángel Ferrer
Caligrama

MERODEANDO A... Los carroñeros (Narciso de Alfonso)

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De entre los varios tipos de carroñeros que tienen sus nichos ecológicos distribuidos por la entera geografía del país, la especie de los sindicales, además de carroñera, es parasitaria, aunque aún se está averiguando si primero acuden al olor de la muerte y ya se quedan en ella como eternos parásitos, o lo hacen a la inversa. 

Cuando uno ve a un sindical con su cuerpo de cadáver presente, muy pelado de plumas y despiojándose frenéticamente con el pico roto, recuerda que, a veces, aunque sean las menos, el delito lleva consigo su propia penitencia. La crecida barriga les impide despegarse del suelo, así que tienen que ir gallineando de un corral a otro y por eso están siempre morados de asfixia, como si fueran vestidos de cardenales. 

Últimamente se ha encontrado a un numeroso grupo de sindicales en el barro final del fondo de los reptiles, felizmente hundidos en el negro lodo y resistiéndose a abandonar el inmundo lugar, ya que, según alegaron ante la jueza que lleva el caso, allí habían encontrado el sitio que les estaba destinado desde antes de los tiempos. 

Los sindicales, si se los deja tranquilos y se los ceba a menudo, son criaturas ruines y sometidas, sin iniciativa alguna ni ideas propias, que se atienen con un ilimitado conformismo a lo que sea suciamente necesario para conseguir carroña. Son también fáciles de trato, sobre todo porque, sin estímulos amenazadores, enseguida se duermen y, además, cuando no duermen es que están haciendo la siesta, que viene a ser y a no ser lo mismo: es cuestión de matices. 

La presencia de un sindical se huele en muchos metros a la redonda y, con frecuencia, también se oyen sus ronquidos desde suficiente distancia. Un asunto que puede suponer cierta dificultad se presenta cuando un sindical, por cualquier motivo, deja de roncar, ya que en tal caso, más que muerto –que ya lo está-, puede haberse sobremuerto, que es cuando hay que enterrarlos bien hondo y a toda prisa porque se pudren en cuestión de minutos.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, III



viernes, 29 de marzo de 2013

HA CONTEMPLADO CÓMO LOS ALMENDROS SE CUBRÍAN DE BLANCAS FLORES (Antonio Envid)



AEM

Ha contemplado como los almendros se cubrían de blancas flores y como el día alargaba. Todavía amanecía con escarcha, pero los pájaros se ejercitaban locamente en sus cantos para atraer a una compañera. En el cercano bosque todo despertaba y se llenaba de rumores y movimientos. La noche iniciaba la retirada y comenzaba el tiempo claro. Aunque hubiera sido sordo y ciego, su sangre, su cuerpo se lo habría dicho: llegaba la primavera. 

Giraut de Borneilh, venido aquel tiempo, cordaba su laud, recogía sus canciones, hacía un hatillo y salía a los caminos para recorrer palacios y pueblos a cantar los poemas que había compuesto durante esa larga noche invernal en su aldea. No podía remediarlo, la sangre le bullía, las piernas se tornaban inquietas, la misma impaciencia que debe atosigar a las aves migratorias cuando les llega su tiempo, le agobiaba a él, no quedaba otra que lanzarse al mundo con el pecho rebosante de canciones. 

Pero ese año no. Ese año no saldría. Se quedaría al lado del fuego en las frescas mañanitas y esperaría al mediodía para sentarse tranquilamente en su carasol. Se había vuelto viejo. Los años no perdonan. No tenía fuerzas para recorrer caminos. Encontrar gentes que ya no conocía, contemplar como aquellas doncellas, que se ceñían guirnaldas de flores en la cabeza para escuchar emocionadas la canción de la niña que espera anhelante durante toda la noche a su amante, se habían convertido en unas matronas escépticas y rodeadas de hijos, ver aquellos mancebos de cintura de junco que danzaban al compás de su música, convertidos en rechonchos próceres, más interesados en el precio de la lana o del trigo, que en las leyes del fino amor, no lo soportaría. Tampoco sus canciones tenían la frescura de antes, repetían lo ya dicho, pero sin pasión, sonaban a libro de escuela. Quizá hubiera doncellas y jóvenes muchachos, dispuestos a ser impresionados con historias de amantes retenidos en países lejanos, o de amadas desdeñosas, pero ya no lo escuchaban, oían los cantos de otros poetas, que trovaban modos nuevos y cantaban anhelos de amor que eran viejos como el tiempo, pero que en su boca sonaban a nuevos. 

El fuego agonizaba y Geraud de Borneilh le lanzó con gesto decidido su laúd y sus manuscritos, avivando las llamas un momento, y arrebujado en su vieja capa se sentó junto al hogar sintiendo un escalofrío que le subía por la espalda. Si al menos no tuviera memoria, si cada amanecer fuera comenzar un día nuevo sin historia, si pudiera borrar el recuerdo de aquellas felices primaveras…


Antonio Envid


MERODEANDO A... Los duques de Palma (Narciso de Alfonso)






Estamos acostumbrados a que la memoria se vaya vaciando en el olvido, pero a la Infanta Cristina le está sucediendo más bien al contrario: a golpe de mensajes, las latas vacías del olvido se le están llenando de memoria, de recuerdos, que vienen a ser para ella como una repentina resurrección de cardos: en vez de las rosas del amor, un abundante ramo de cardos, que es algo que una Infanta nunca nunca debería recibir, naturalmente.

Parece que los Duques de Palma ya van averiguando que cuando se vive en una casa de cristal, no se pueden tirar piedras, y también que el día tiene ojos, y la noche tiene orejas, y los ordenadores llevan unos discos duros en los que cabe hasta esa casa de cristal en la que no conviene lanzar piedras. 

Cuando se colabora con una causa, con un asunto serio que, para más más, tiene el nombre en griego del conocimiento, hay que recordar que no se trata de un negocio, que la vida, a veces, tiene un tamaño grande, enorme y es purísima, y no se puede tocar con las manos de contar billetazos porque el dinero es sucio y plebeyo y, además, toda superioridad tiene algo de destierro por el que no se puede ser como los demás, porque nobleza obliga. Se pueden querer las mismas cosas pero no se pueden querer las mismas cosas, de eso se trata.

Cada uno tiene su propio estatuto, su peculiaridad, su cosa: los hijos del herrero no tienen miedo a las chispas, o –como dijo el poeta- el tango tiene un origen infame que, además, se le nota. Es fácil –no es difícil- ser bueno: lo difícil es ser justo, y ya sabemos que el dinero no es nada, pero mucho dinero, bueno, eso ya es otra cosa. 

A veces, a los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde: no conviene intentar resolver la cuestión del dinero de toda una vida de una sola vez, sobre todo porque la vida es demasiado corta como para dedicarse en exclusiva –o de manera preferente- a los euros de dinero fácil -o con trampa- en miles de miles, ya que, vitalmente, eso es un contradiós. 

Muchos asuntos tienen dos asas: por una de ellas son manejables, pero la otra quema, daña, hiere, corta: si los Duques de Palma pudieran marcharse ahora y volver hace diez años, tal vez las cosas no serían tan difíciles para ellos.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III



jueves, 28 de marzo de 2013

ENTRE LAS RUINAS DEL CIELO (Servando Gotor)

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Curioso experimento literario entre el misterio y el misticismo en el que con cierto humor, un hombre al que acaban de asesinar desentraña y analiza los sentimientos más secretos de quienes le rodearon en vida... Aunque a veces duda sobre la realidad que vive y hasta se plantea si él mismo es sólo un personaje de ficción.
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...
vámos, tengo prisa
¿y la entrevista?, ¿cómo ha ido la entrevista?
¿la de Santayana?
sí, la de La mirada poliédrica
bien, como siempre, creo que pasan un avance en el telediario de hoy... a ver muchacho
¿señor…?
anda trae la cuenta
enseguida señor
ya lo tengo
el qué
al tipo ese
¿a qué tipo?
al vendedor, quién va a ser...  ese hombre... cuando lo he visto... el sueño ese que he tenido hoy, el que te he contado cuando subíamos a la montaña
¿el de la cala?
sí el del hombre que se ahogaba en una cala porque la marea había subido.
era él
¿él? ¿quién?
el vendedor, quién va a ser
¿el vendedor?
sí hombre, el de la casa
pero si no lo conocías, si lo acabas de conocer hoy, ahora mismo
claro, claro, eso es lo extraño, soñar con alguien que no conoces de nada pero al que vas a conocer en cuanto te despiertes…  y era él,  estoy seguro, era él el hombre que se ahogaba, y por eso me sonaba su cara

(Berta no da crédito a la mitad de las cosas que le dice Ballard, menos aún a una tontería semejante: soñar con alguien que no conoces y a la mañana siguiente encontrártelo

tonterías)


Servando Gotor






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miércoles, 27 de marzo de 2013

Jethro Tull: Bourée


AYER:



ANTEAYER:

MERODEANDO A... Por qué no vivir de rubia (Narciso de Alfonso)






Si la memoria más reciente, más tierna e inmediata, no me engaña, diría que vi por esa televisión que nunca –nunca- veo, a un tal D. Mariano que, al parecer, estaba de turné por los países del frío.

Aún no sé si el tal D. Mariano es moreno o rubio porque, cabalmente, nunca –nunca- me he detenido a mirarlo, pero creo que fue él quien dijo aquello de que para una vez que vivimos, por qué no vivir de rubio, con lo que, si es así, puedo confirmar que era un tal D. Mariano el personaje que estaba –con todas las flores del narcisismo en el pelo mojado de rubio- con uno de los hombres del frío cuyo nombre nunca –nunca- sabré.

El reportero feliz que contaba la noticia muerta vino a decir escuetamente que hablaron de Chipre –de los esclavos de Chipre- y del dinero, es decir, de lo mismo que hablaban los esclavistas en tiempo de los romanos, que es que el progreso no perdona.

Parece –sólo me parece, no lo puedo dar como noticia oficial- que vamos a preparar a unos cuantos hombres del frío o del negro –viene a ser igualmente siniestro- para que se incorporen desde nuestro país español -y cada día más cañí- al grupo de los vigilantes del dinero de la cosa, que ya nos preguntamos con el bueno de Platón quién vigilará a los vigilantes, que es lo que pasa cuando la desconfianza monta a caballo, desnuda por las calles, patrullando como una lady.

Si a pesar del intenso ejercicio de credulidad y chupeteo que un tal D. Mariano está haciendo –presuntamente por su país español, aunque el chico no entienda nada de dignidad humana, qué pena-, nos aplican las temidas quitas, que es que estamos siendo muy muy buenos para que nos las perdonen, al pobre D. Mariano –y, de forma indirecta, pero no menos dolorosa, a los españoles quitados- le habrán tomado ese pelo que se ha teñido de rubio, quizá platino, porque sólo se vive una vez.

A los que tenemos dinero por castigo nos viene a dar igual una cosa que otra, porque ya nos caímos del caballo cuando éramos niños, pero –de una forma extraña pero intensa- nos sentimos mucho más cercanos, incluso diría fraternalmente cercanos si quisiera hablar el lenguaje de esta sucia civilización, de los ciudadanos de la España más cañí, sobre todo de los que ya no tienen ni un clavel que llevarse a la boca.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III



martes, 26 de marzo de 2013

MERODEANDO A... La casita de papel (Narciso de Alfonso)



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A los desahuciados por desahucio canalla, que sólo fueron ciento un mil en 2012 –es que el personal se queja por vicio-, a partir de ahora les van a poner una casita de papel encima de las montañas, para que puedan saber cómo es el cielo: se le ha ocurrido al ministro de la cosa mala, que se ha acordado de la canción en un momento de debilidad del sentimiento. 

Ha añadido escuetamente –como cuando se dice de verdad la verdad-, que, además, serán felices, y sus besos serán más dulces, y pasarán las noches en la luna. Aunque también lo dice la canción –y las canciones no mienten, sólo engañan- este añadido alarde –que ya parece publicitario- ha sido duramente criticado por los bedeles del Congreso, que son los únicos a los que todavía les importa algo, aunque ni siquiera saben que el alarde es, en efecto, publicitario: las casitas de papel se van a vender –con muchas facilidades- a los desahuciados, porque –como dice el ministro- no estamos para regalos de cortesía. 

A todos los que han suicidado – sin queriendo-, en vez de la casita van a ponerles unos nichos de papel o, quizá, incluso de cartón ondulado, que a veces la generosidad humana no tiene límites o acaba tan lejos que no le vemos el final. 

El personal ciudadano que, con la sangre al cuello, está en la vía del desahucio –que es como la de aquellos trenes ferrocarriles que entraban directos, sin parar, hasta la misma boca roja de los hornos nazis más crematorios-, ha recibido la noticia con escepticismo y con una duda que parece razonable, pero que el ministro ha calificado de mezquina: quieren saber encima de qué montañas les van a poner esas casitas de papel, a lo que el ministro de la cosa nefasta y funesta, como muy ofendido por la desagradecida desconfianza, ha contestado que estaba todo previsto y que las nuevas viviendas se repartirían –a conveniencia de cada uno- entre los Apeninos y los Andes. 

El ministro, tal vez ebrio de protagonismo, ha acabado diciendo que, con esta oferta sin parangón, a los que, de ahora en adelante, se suiciden por motivo de desahucio, se les negará el derecho adquirido al nicho de papel o, como se está estudiando, incluso de cartón ondulado.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


lunes, 25 de marzo de 2013

MERODEANDO EN... El fondo de reptiles (Narciso de Alfonso)





Cuando no sucede nada desastrosamente nuevo, sino sólo el mismo desastre sucio que baja ya muy crecido de caudal ancho y poderoso y profundo, como en la desembocadura de un río grande, es que la cosa tremebunda va mucho peor. No sólo el perro sigue vivo, sino que la perra que lo engendró vuelve a estar en celo, o quizá otra vez preñada. 

Un día cualquiera, supimos –o nos supieron, que nos han puesto en el lado pasivo hasta del verbo saber- que no era la paloma, sino todas las palomas las que se equivocaban. Quizá en las vacaciones de semana santa (las minúsculas son mías), la cosa tremebunda descansa o, mejor, no queremos oír su agua gorda y mala que atraviesa los portales de las casas, que inunda las calles y las plazas y los caminos largos de la tierra. 

Afortunadamente, su santidad (las minúsculas son mías) el Papa Francisco nos ha dado una clave, la clave: ‘no seáis personas tristes, que no os roben la esperanza’, lo que nos recuerda cuando teníamos ocho años y nos decían que amáramos a nuestros enemigos como a nosotros mismos y, además, habría que replicarle: ‘pero, su santidad, que la esperanza no se roba, en todo caso se mata, pero sólo matando a la persona que la lleva puesta’. Menos mal que los periodistas de la vida han decidido por unanimidad tonta que es un buen comunicador. 

Aunque no le servirá de nada, la ciudadanía chipriota ha dicho que no quiere la esclavitud. Aquí no lo hemos dicho porque secretamente –y no tan secretamente- sí queremos la esclavitud: a ratos perdidos parecemos díscolos, pero en cuanto nos dan los bocatas de caballa loca para el pensionado y los pensionistas, ya les tratamos de usted y los recibimos con la alfombra roja de los amos de la cosa. 

Hemos tenido que esperar a que a la jueza de los eres falsos y del fondo de los reptiles –cuanta redundancia- le dieran el alta más alta, pero ha valido una pena, que está investigando hasta a los sindicales que, al parecer, estaban en el mismísimo fondo, camuflados, claro, de reptiles, que algunos de ellos se han negado a abandonarlo, alegando que, por fin, habían encontrado su lugar en la vida.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, III




domingo, 24 de marzo de 2013

EL MEJOR GRECO PROTEGIDO EN LA GUERRA CIVIL - Un interesante testimonio gráfico



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MERODEANDO A... Un tal Mas, qué más (Narciso de Alfonso)




Al parecer, este político catalán necesita tres alas para volar, pero no acaba de descubrir, de averiguar, de saber, dónde tiene que colocar la tercera, de modo que la va cambiando de sitio según el método contrainteligente de ensayo y error.

Después de varias intentonas de vuelo –al parecer experimentales- se ha dado cuenta de que, coloque donde coloque la tercera ala, va arrastrando el culo trasero por el suelo, de manera que, más que volar, va arando la tierra con un solo surco.

La población universal le apoya, naturalmente, como a cualquier pionero que se la juega por la humanidad, pero de momento no levanta el vuelo. En uno de los últimos ensayos serios, respaldado por muchas horas de diseño y simulación, llegó a un resultado tan novedoso y sorprendente que podría considerarse revolucionario: la tercera ala tenía que soldarse a modo de un tejadillo, de una visera, donde, además, podía colocarse publicidad. Aunque la idea parecía genial, no sólo fue arrastrando el culo trasero por los suelos, sino también el morro, que, encima, tendía a clavarse en la tierra roja y esponjosa, al parecer contra toda su lógica aeronáutica y contra toda su previsión de trayectoria de vuelo.

No sólo sus colaboradores, sino también sus familiares más allegados le aconsejan una salida digna, una honrosa solución: que renuncie a la tercera ala. Parece que ha valorado tales sugerencias como una cariñosa pero soterrada traición: considera que, indirectamente, le están diciendo que no es capaz de volar con tres alas, que fue –y dice que sigue siéndolo- el proyecto inicial, el que está a la altura de sus aspiraciones y de su legítima ambición: ha declarado en firme que nunca se conformará con menos y que no se rendirá, convencido de que puede volar con tres alas.

El recién elegido pontífice, el Papa Francisco, llamado a mediar en tan delicada situación, no ha podido hacerlo: cuando se le explicó el audaz proyecto y sus resultados experimentales sufrió un incoercible ataque de risa por el que tuvo que ser trasladado a sus habitaciones privadas después de caerse de la silla papal.

Así están las cosas por el momento; el tal Mas, qué más, ha comenzado a revisar los planos de nuevo y ha declarado extraoficialmente que está considerando que la solución pase por añadir dos alas, de manera que va a intentar el vuelo con cinco alas. Que sea lo que Dios quiera.


Narciso de Alfonso
El Merodeador III


sábado, 23 de marzo de 2013

MERODEANDO A... La justicia de hacer justicia (Narciso de Alfonso)


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Hasta ayer mismo, los políticos más delincuentes podían ir a darse un chapuzón a la piscina de la comisaría de su barrio, antes de la hora del aperitivo, que pagaban cada día con un billete de los grandes, purpurado y a tocateja, que el tipo del bar no juntaba el cambio para uno solo de semejantes billetes en todo un mes de currelo, pero al político más delincuente se la venía a traer floja, porque además de chorizo era cruel, y le encantaba humillar al personal simplemente para que no se creciera nunca más.

Pero así como de pronto, de la noche a la mañana, la policía se ha hecho montada, como la del Canadá, y salen de la comisaría a caballo, a la caza y captura del político ladrón, con ese estruendo que hacen los caballos con las herraduras, que chispean sobre el cemento y sobre los adoquines, que parece que la cosa vaya en serio y sea de verdad. Los habitantes del barrio están encantados porque los truenos de la caballería les están devolviendo la dignidad y hasta la confianza en la justicia, que eran dos cosas que ya habían metido en el trastero, entre la lavadora del siglo pasado y la bici de la niña, que ya tiene dos hijos creciditos. 

Así que la justicia de hacer justicia, que es la buena, se ha puesto unas pilas alcalinas entre los platillos de la balanza y se ha lanzado a registrar y a detener a la delincuencia política, que ahora, con los nervios, no sabe dónde esconder la pasta larga que guardaba en dinero de colores bonitos debajo de la cama, en el horno de asar el pollo o envuelta en plástico dentro el congelador, debajo de los langostones, como sale en las películas. 

Claro que claro, a estas alturas del estado global de putrefacción, lo que sospechamos como más sospechoso es que la movida judicial y policial de registros y detenciones sea sobre todo una maniobra de despiste a través de la caballería ligera, que es mucho más despistadora, para que los peces gordos, que están para reventar, puedan poner sus huevos y los huevos en un lugar segurísimo y, además, sea una maniobra de alivio urgente de la enorme sed de venganza que la ciudadanía está padeciendo desde hace demasiado tiempo. 

Si la justicia, que ha resucitado como a disparo de resorte, hace un poco de sangre entre los más mindundis, quizá la ciudadanía se relajará un algo, y no pedirá que se corte el cuello de las cabezas más gordas que, ahora mismo, cuelgan de un hilo de hilar fino, como el que usaban las hilanderas de Velázquez.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


viernes, 22 de marzo de 2013

UNA TARDE EN EL INFIERNO (Antonio Envid)

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Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. 
Y la encontré amarga. 
Y la injurié
(A. Rimbaud)

Buscaba la belleza aquella tarde y acudió al museo, allí se encontró con esas chicas de largas piernas y pálida piel que como bellas aves migradoras nos visitan todos los veranos. Indiferentes a su propia belleza se las veía sumidas en la contemplación de los rubens, los tizianos, los giorgiones, los bronzinos que colgaban en las paredes. Contempló el ir y venir de las muchachas cuya sola juventud ya les prestaba suficiente encanto, casi todas ellas vestían unos breves shorts que se habían puesto de moda ese año. Su juventud y belleza casi le pareció un insulto. Ellas podían ocupar unas horas en ver los cuadros, en tratar de atisbar la belleza congelada entre las oprobiosas paredes de la sala, les esperaba la vida al salir, una vida llena de promesas y de entregas, les quedaba el resto del día y de la noche para vivir, para saciarse, quizá, de vida. Su vida sería un festín donde se abrían todos los corazones. Pero, él ¿qué hacía allí? en la asepsia del museo, donde trozos que habían sido vida, desgajados de su lugar y tiempo se mostraban impúdicamente desnudos a los ojos de sorprendidos visitantes, que irrumpían indecentemente en su intimidad, ajenos totalmente a ellos. Ese cuadro que adornó la rica estancia de una princesa, que contempló sus alegrías, sus zozobras, quizá sus escenas de placer y de dolor, colgaba ahora vulnerable y deshumanizado en la pared del museo.

Salió desalado a la calle para sumergirse en el ruido de la vida y tratar de olvidar la terrible tragedia, no por sabida, menos cruel, que acababa de revelársele en toda su rotundidad: la devastadora acción del tiempo, la lenta ruina de todo lo que le rodeaba, porque ¡aquellas hermosas y vitales muchachas, también estaban siendo destruidas lentamente! Sentía un lacerante dolor imposible de soportar!. Habría llamado a los verdugos para morder, mientras agonizaba, la culata de sus fusiles.


Antonio Envid.

jueves, 21 de marzo de 2013

GAYOBOE (Juan Serrano)




Se fue, como quien dice, de la noche a la mañana. La vida de un gallo es corta como su vuelo, bajo y escaso. Los hay tímidos y pudorosos que, para irse al otro mundo, eligen un lugar apartado. El momento de morir es de importancia absoluta, requiere suma concentración. Por eso hay quienes, cuando les va llegar la fatídica hora, se acurrucan en un rincón privilegiado, un sitio, esotérico, íntimo y piadoso, a coro con la trascendencia de acontecimiento tan extraordinario, único y definitivo. Unos prefieren la cara norte de la aurora, otros, al ángulo sur del ocaso.

Al gallo se le dio lo mismo morir donde fuera. Al fin y al cabo, filosófico como eraGalloboe, (así lo bauticé cuando me lo regaló mi vecino Elías, el hijo de la Leocadia), pensaría, que el morir aquí o allá, en nada iba a cambiar el hecho de su muerte, la esencia de su destino. Y es que Galloboe, a pesar de su plante altivo, sus vistosas plumas y su pico de oro, no era pretencioso. Y su cantar mañanero, sin ser engreído, entonaba como el oboe, dulce y a la vez agreste, aterciopelado y tierno, triste y gozoso al mismo tiempo; y de ahí su intrumentista y musical apodo. A todos, de madrugada, nos despertaba con los alegres tonos del alba. 

Ayer, cuando fui a echarle de comer a los animales, me lo encontré tendido en el corral, estéticamente mal ubicado, sin ninguna compostura. Inteligente Galloboe, no era hipócrita, no posaba para galeristas adinerados, ni cantaba sólo para musicólogos de cultivado oído, sino para todo el mundo, de manera libre y espontánea. Murió desinhibido, tal como vivió, sin guardar las formas. Acostumbrado a verle siempre de pie, o en volandas sobre el cuello enamorado de la primera gallina a su alcance, supuse lo peor. Ya en los últimos días notaba yo su cresta más amoratada y caída, no con ese brillo y brío suyo tan acostumbrado y combativo. Se dejó morir sin recato alguno. Cuando me di cuenta de su agónico trance, lo cogí con cuidado del suelo sucio y huraño, y puse a Galloboe mirando a la luna llena, para que sus rayos de plata mejor alumbraran su alado y oscuro tránsito.

Esta mañana de nuevo he ido al gallinero. Cinco gallinas tengo, cinco huevos puntuales cojo todos los días. Hoy, ¿huelga o duelo?, no he cogido ninguno. ¡Y yo que creía que las gallinas, ariscas y estúpidas, pasaban de todo!


Juan Serrano,
de su blog "Blao"
2 febrero, 2013


MERODEANDO A... Todos locos (Narciso de Alfonso)


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Los antisistema (palabra feísima donde las haya) es que no se enteran –si es que todavía queda alguno por ahí-. Como suele ocurrir con las posiciones anti, llegaron tarde, porque casi cualquiera que esté en el sistema es ya un antisistema, con lo cual, el sistema ha dejado de serlo por definición para convertirse en un agregado, en un acúmulo, en un montón, o quizá, en algunos sectores, en algo parecido a una yuxtaposición de elementos sucios que hay que atar con cuerda de envolver para que no se suelten. 

Se oye decir con excesiva frecuencia que nos hemos vuelto todos locos, y en efecto es así –no en el sentido literal del término, pero sí en el coloquial- porque hemos perdido el hilo o, dicho de otro modo: no es posible seguir dando cuenta de nuestra conducta. 

Se han roto, o han dejado de funcionar –y siguen perdiéndose, masivamente- las conexiones prácticas que se llamaban sociedad, que eran un sistema, en el que cada cosa remitía a otra, de manera que se daba una relación del conjunto de cosas entre sí. Las personas, en el sistema social, hacen funciones, roles, papeles. 

Cuando un sistema deja de serlo, todos –todos- sus elementos y todas sus funciones quedan desconectados: la desconexión humana más drástica es la detención: el desempleo; pero al tratarse de un funcionamiento de todo o nada –eso es el sistema-, nada puede seguir funcionando –por definición-; aunque siga en marcha, está desconectado. 

La desconexión de las funciones y de los elementos explica la sensación de locura: un elemento aislado pierde el sentido; una función humana aislada no se comprende. La información ya no llega a través del sistema –que ya no existe- y se desfasa; la respuesta a esa información a destiempo no es recogida por el sistema –que ha desaparecido-. 

En súmula, el movimiento o la actividad social –que ya no es un funcionamiento del sistema- viene a ser como el juego de los despropósitos: hay que responder a una información que no se ha recibido, de modo que la respuesta tiene que ser arbitraria, gratuita: un despropósito. Nadie sabe de dónde procede la información, ni quién recibe la respuesta. 

Se trata, exacta, estrictamente, de una locura: una masiva arbitrariedad carente de sentido que es devuelta a su vez como arbitrariedad carente de sentido.



Narciso de Alfonso
El Merodeo, III


MERODEANDO A... El Banco Exprime



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A los novios cochinos del dinero -en dólares sucios de euro-, es que les gusta reincidir. Un ciudadano cualquiera, en los huesos, se pasa por una de las sucursales muertas del Banco Exprime a ver cómo va esa cuenta muy corriente que ya vació hace seis meses, por si acaso se ha equivocado. Le explica extensamente cualquier cosa al innecesario del Banco Exprime que, sin mirarlo ni escucharlo, le sobreentiende desde detrás de las rejas, al otro lado del mostrador. 

El novio marrano del dinero se quita las telarañas de la cara, del pelo y de las orejas y las pliega con cuidado, tal vez para volvérselas a poner cuando el ciudadano se vaya. El puro aburrimiento que el innecesario ha soportado durante años le ha macerado la piel, que tiene un color entre blanco tiza y blanco muerto, sin salchichas ni lacitos.

Cuando le apetece y sin soltar las teclas ni la pantalla del ordenador, le dice al ciudadano la verdad, que casi siempre duele: ‘ya sabe que el líquido dinero no existe en Exprime: puede elegir entre fondos pervertidos de capital ausente y pólizas tóxicas descapitalizadas con el cinco por ciento de interés en agujeros’. ‘Ya’ -dice el ciudadano por no callar- ‘y no coja más folletos de publicidad, que son de papel caro’ -le informa el innecesario- ‘es que son para la cabra, que no come otra cosa’ –se defiende el cliente- ‘por eso’ –tercia el del Exprime- ‘ni un folleto más’. Huele a talco y a nenuco: ‘ni les cambian los pañales’ –se dice el ciudadano, que se ha quedado en el pellejo. 

‘¿Y no podría invertir en sufrimiento?’ –pregunta el cliente ciudadano ya agrediendo al parguela del Exprime, que se las sabe todas en asuntos de inversión. ‘No se pase de listo conmigo’ –dice escuetamente mientras se recoloca la joroba laboral, que le aplasta la oreja izquierda. 

Dolor arriba, dolor abajo, el ciudadano, con un aire de cansancio y, tal vez, más mortal que los demás mortales, ya se asfixia de respirar siempre con un pulmón ajeno. Sale a la calle con la cola peluda de la nada entre las piernas, y se da prisa para meterse enseguida en la casita del autismo, bien depositado en grumos y callado como un espejo.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III




miércoles, 20 de marzo de 2013

MERODEANDO A... Le modèle, de Righini (Narciso de Alfonso)

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Sigismud Righini – Le modèle


La modelo está cubriéndose los ojos, como quien no quiere que lo vean llorar. Tal vez habría que decir que se cubre o esconde las lágrimas, el agua salada que, cuando no se llora, quizá se acumule en pequeños lagos –así se lo planteó el poeta-. 

En cualquier caso, es señal de un dolor intenso: cuando no se puede hacer nada más, siempre se puede llorar, no de forma pasiva, sino como una decisión adulta ante la impotencia. 

La modelo tiene unos hombros angulosos y la oreja densa, gorda, gruesa, más bien desdibujada de rampas, pliegues, muescas y otros ingenios que tenemos en el pabellón, que además es de cartílago y vive hacia afuera, hacia el exterior, como un personaje público.

La piel de la modelo, que es amarillo tungsteno sucio allí donde habitualmente no le da el sol, se oscurece en los antebrazos y en el cuello. Tiene un pecho bonito, como un goterón que, resbalando, se ha detenido con una barriguita bien perfilada y exacta de volumen y con un pezón oscuro que apunta hacia adelante, tal vez a los picos más altos de los montes Urales. 

Bajando –o subiendo- por la columna vertebral, está la curvatura, la curva lumbar, que es la clave, el cruce entre los ejes que tiran hacia abajo y hacia adelante y los que empujan hacia arriba y hacia detrás: en este preciso punto se decide, se establece –o no- la elegancia de la deambulación y el porte esbelto y erguido: si esta curva de cruce lumbar y de lomo felino, se macla, las piernas pesan los kilos de todo el cuerpo general –arrastrándose aplastadas- y los hombros pesan los kilos de todo el cuerpo general –cayendo hacia adelante-. En suma: en el cruce lumbar, el peso se duplica y aplasta dos veces dos el cuerpo contra el suelo –con un efecto que se llama arrastrarse- o, mágicamente, el peso se autoanula y eleva dos veces dos el cuerpo hacia el cielo –con un efecto alado que se llama volar-. 



Narciso de Alfonso
El Merodeador, II





martes, 19 de marzo de 2013

MERODEANDO A... La contraseña (Narciso de Alfonso)


sgs


Los hombres que llegan del frío, esos dueños malos de Europa, tienen cada vez más conciencia del poder que les da la coacción económica. No sólo están acabando –o ya han acabado- con Grecia, convirtiéndola en una inhumana reserva humana –y cometiendo así un crimen de lesa humanidad, como cualquiera de los tiranos individuales que conocemos- sino que siguen adelante con los faroles, cada vez con más descaro, haciendo más sangre, pasando más de todo. España tiene ya muchos síntomas, muchos signos y señales de estar llegando a ser una inhumana reserva humana, como la griega. 

Si los hombres que vienen del frío son más racionales –no más inteligentes ni más sabios, más quisieran ellos- que los que estamos en el calor, en el sur o en la periferia o en la pobreza, nos conviene temer sus imposiciones coactivas: la racionalidad aplicada en crudo, sin atemperar, es brutal –con sadismo, ya que carece de sentimientos- y, encima, tiene la razón –sólo tiene la razón, además de la pasta gansa-. 

En Chipre pueden aplicar las quitas; en España pueden liberar a todos los asesinos de verdad –es decir, por profesión o por vocación- que aquí teníamos dentro del hierro-. Y es que parece que los hombres del frío han sacado los cuchillos de cortar –racionalmente-. Quizá se han dado cuenta de que esto de ir haciendo reservas humanas, granjas humanas, colonias humanas con los países que piden el rescate, es un asunto difícil de manejar, poco seguro, inestable e irracional, porque el material humano se les solivianta de vez en cuando, así que han decidido utilizar solamente lo suyo, que es la razón –sólo la razón: es decir, una razón desquiciada, sádica, inhumana y sin sentimientos-. 

En España, que éramos pocos, parió la abuela: ya nos bastábamos –sobradamente- nosotros solos –con un poder neurótico- para producir desorden, incoherencia, borreguismo, desfachatez y porquería, para que, encima, vengan los tipos del frío –que ya nos tienen en la reserva, en la granja, en la colonia humana subvencionada- a calzón quitado, a imponernos coactivamente su razón sólo racional. 

Nos conviene, tal vez, empezar a utilizar una contraseña –individual, de cada uno consigo mismo- y preguntárnosla –por sorpresa- de vez en cuando para estar seguros de que seguimos siendo nosotros mismos, de que, -sin que nos hayamos dado cuenta- no nos han cambiado hasta la identidad.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


MERODEANDO A... Los innecesarios amos de la cosa (Narciso de Alfonso)


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Hacen trampas con el tiempo –como con todo lo demás- pero tienen los días contados. Últimamente le han hincado el diente a Chipre, no sólo porque es un país pequeño, sino porque tiene la estricta forma de una pata de pollo. Parece sólo un paso más, pero –quizá por primera vez- han hecho sangre, y el color de la sangre es muy escandaloso y estamos genéticamente condicionados para que la sangre sea la verdadera señal de alarma, de manera que el color –y el perfume- de la sangre rojísima, inyecta en nuestras arterias gordas las adrenalinas salvajes, que nuestro animal organismo reserva para las luchas a vida o muerte.

Las cosas, que ya eran demasiado eternas, comienzan a romperse, a rasgarse. Cuando el deseo y la necesidad de riesgo y de peligro suben y salen a las manos, es cuando empieza el espectáculo. Nuestra vida ha sido plana hasta el día de hoy, pero el relieve acecha: quizá ya podemos mirar al destino directamente a los ojos, aunque tengamos las cejas muy muy crecidas de tanto llorar.

Los amos de la cosa no saben si hacer un cursillo acelerado de genuflexión o meterse camufladamente en un cuadro disfrazados de meninas o de caballos muertos: viene a ser igual: la sombra, en sí, no sabe de camisas. Se están deshaciendo en una raya de la noche, en ese vidrio roto que sangra en la ventana: intentarán esconderse deprisa mientras se queman.

Los amos de la cosa ya son solamente paréntesis que piensan en escapar, ya se agrietan cuando salen a la calle –‘donde sólo quedan sombras y columnas rotas y cisnes serios como hombres’ –que así lo dijo el poeta-, mirando impersonalmente, sin amor, muertos, estancados de atmósfera sucia y respirando mucho barro cansado.

Ya no seguirán añadiendo las trivialidades de sus escasas vidas a los dolores y las alegrías de las nuestras: por fin, los segundos del tiempo bueno se van acentuando con fuerza y solemnidad. Esta tierra todavía está de luto, pero ya se oye al amor alentar sobre el vinagre, y seguirá alentando hasta que se vuelva azul.






Narciso de Alfonso
El Merodeador, III

sábado, 16 de marzo de 2013

MERODEANDO A... La derrama nacional (Narciso de Alfonso)


sgs

Si esta derrama nacional que padecemos sigue su curso previsto hacia el vacío y la nada de las cabras, tenemos que estar ya perdiendo el último aceite de la vida por todas las juntas, a litros de infinito, empezando por la junta de la culata, que es la más delicada. 

Los amos de la cosa sólo sienten tarde y mal: acaban de darse cuenta de que no hay nada más triste que un japonés triste, pero de los españoles no dicen nada todavía, salvo que con un poco de tipex todo se puede arreglar. 

Para las muchas familias que se están comiendo los muebles del ikea que compraron para casar a la niña, enseguida ya es demasiado tiempo: definitivamente, en España la tierra está sangrando. Los jubilatas, en las tardes doradas del barrio, juegan a la petanca con las cabezas de los matados por algún fulminante desahucio. 

La vida y la conducta de los amos de la cosa es una mentira continua: no quieren ser útiles, sino sólo importantísimos. Las tragedias de los otros son para ellos de una banalidad exasperante. Y es que los amos de la cosa, cuando se hicieron mayorcitos, se cambiaron todos a la religión del narcisismo, que es la más verdadera, y hasta los calzoncillos se los compran a golpes de narcisismo íntimo. Aman a la humanidad: lo que les revienta son las personas.

La neurosis de poder es un trastorno mental y del comportamiento que consiste en utilizar el poder solamente para conseguir más poder y, mientras, no se hace nada: la estupidez insiste siempre porque comprar es más americano que pensar. Además, los amos de la cosa pueden recordarlo todo, haya sucedido o no, pero tienen preferencia por recordar aquello que nunca ha sucedido. Parece claro que en su carnet de identidad debería figurar, como profesión, ‘sus labores’.

En súmula: ‘mátame’ –acabaremos pidiendo a los amos de la cosa-, ‘y qué te crees que estoy haciendo’ –responderán con un sadismo sin tristeza.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


HUMO, COPAS Y TERTULIAS (Antonio Envid)


sgs


Durante dos centurias, por lo menos, el humo del tabaco ha sido el compañero imprescindible de morosas conversaciones tabernarias y de interminables partidas de naipes, pero también de dolorosas soledades con el cigarrillo como único camarada 



Hablaba con el espejo
de aquel vaso de cristal
Después la palabra ella
se escapó de entre sus labios
Pidió otra media botella
y la lumbre de un cigarro
alumbró su borrachera

como canta el grupo “Ecos del Rocio” (En la taberna a las tres), aunque esta última estampa, de amantes que ahogan en el vino y alivian con el humo sus penas de amor y que llenó coplas, cuplés y boleros de toda una época, haya pasado de moda.

Cuando Colón llega a América el uso del tabaco se había extendido desde el altiplano andino a gran parte del nuevo continente y desde luego a las Antillas, llamando la atención del Almirante tal costumbre de los indios, dando cuenta de ella en una de sus cartas. Más extenso sobre ese uso es Bartolomé de las Casas en su "Historia General y Natural de las Indias": "[...] que son unas yerbas secas metidas en una cierta hoja, seca también, a manera de mosquete hecho de papel, de los que hacen los muchachos la Pascua del Espíritu Santo, y encendido por una parte dél, por la otra chupan o sorben o reciben con el resuello para dentro aquel humo; con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha, y así diz que no sienten el cansancio. Estos mosquetes, o como les nombraremos, llaman ellos tabacos".

Ese primer encuentro de los españoles con el tabaco fue determinante para nuestra historia, pues no extrañará que su uso naciera, precisamente, en las tabernas habaneras. Para atender a la marinería y la tropa en su obligado ocio durante la estadía de la flota de indias en Cuba, las negras mondongueras de La Habana abrieron tabernas en sus bohíos, donde además de comida, bebida, bailes, guitarreo, hamaca, naipes, también ofrecían tabaco (1). Estas “mondongueras”, libres o esclavas, llamadas así porque guisaban y ofrecían sopa de mondongo con mucho picante y jitomate, que se predicaba como excelente remedio para la resaca, hacían un buen negocio vendiendo el tabaco, además de para consumirlo in situ, también para el viaje de vuelta a Sevilla y como pacotilla de la tripulación. Los españoles extendieron su uso en la metrópoli y quizá el primero fuera Rodrigo de Jerez, tripulante de la Santa María en el primer viaje colombino, que sufrió persecución y condena por la Inquisición en su patria chica, Ayamonte, por esta costumbre pagana, ya que solo el diablo podía haberle dado el poder de sacar humo por la boca.

Si en un principio el tabaco se vendía libremente en los comercios y tabernas, pronto la popularidad de su consumo haría que los poderes públicos se fijaran en él como medio de recaudar fondos, de manera que el Cabildo de la Habana por acuerdo de 14 de mayo de 1557 prohíbe a las negras que tuvieran tabernas y bodegones y expresamente la venta de vino y de tabaco bajo pena de 50 azotes, comenzaba así así el establecimiento del monopolio de su distribución. En 1614 se promulga la Real Cédula que reservaba el comercio del tabaco al Rey de España, poniendo las bases del estanco de los tabacos de tan larga tradición en nuestro país. La aplicación del Estanco sobre la Renta del Tabaco fue imponiéndose progresivamente. En los territorios castellanos fue adoptada y aplicada desde 1642 y, a lo largo del XVII, sus contenidos fueron extendiéndose a toda la Monarquía Hispánica. Finalmente, el control público de la administración de la renta, en sustitución de los hasta entonces habituales arriendos, fue impulsado con decisión por Felipe V desde el mismo momento de su ascenso al trono de la Monarquía. Este proceso, mediante el cual el Estado se hace cargo al completo de la gestión de la Renta del Tabaco, puede darse por concluido con la declaración de la Universal Administración de 1730, que determina el momento en el que todo el territorio nacional (con la única excepción de las Provincias Exentas) queda sometido al monopolio, y la promulgación de la Instrucción General de 1740, que definía las normas de funcionamiento práctico del mismo (2). Todo ello dio lugar, como es sabido, a un activo contrabando, con sus leyendas literarias, que continua al día de hoy.

En un principio se extendió el consumo de tabaco en polvo aspirado por la nariz y se establecieron fábricas y molinos en los alrededores de Sevilla para atender la demanda. Esta era la forma preferida por el Estado, ya que el tabaco cubano era el más apto para este uso, no así para ser quemado e inhalado su humo, para lo que parece ser que era más idóneo el de otras regiones americanas no controladas por España. Sin embargo, sobre todo entre las clases populares, se fue difundiendo la costumbre del cigarro, de modo que hacia mediados del siglo XVIII las labores en hoja comienzan ya a superar al tabaco en polvo. 

En 1770 se funda la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla para elaborar polvo de tabaco, pero también cigarros, haciéndose populares sus cigarreras. Según un informe de 1771 de Bernardo Ricarte, administrador general de la Renta del Tabaco, un buen cigarro estaba formado por hoja del Brasil, tabaco de Virginia para las “tripas”, procedente de las trece colonias británicas que serían el germen de los Estados Unidos sureños, y todo ello envuelto en una capa de hoja cubana de calidad. Para este informante, el abastecimiento de las fábricas sevillanas requería importar el 80% del tabaco del Brasil, lo que no casaba con los intereses de la Corona (3).

Durante mucho tiempo convivieron las dos formas de utilizar el tabaco, aspirado por la nariz y sahumado. Todavía un jovencísimo Larra en su artículo “El Café” publicado en 1828 nos muestra a los dos arquetipos de consumidores, el intelectual y el hedonista, en el mismo establecimiento:


“… y en una mesa bastante inmediata a la mía se hallaba un literato, a lo menos lo vendían por tal unos anteojos….. y una caja llena de rapé, de cuyos polvos, que sacaba con bastante frecuencia y que llegaba a las narices con el objeto de descargar la cabeza, que debía de tener pesada del mucho discurrir…. Porque no quisiera que se me olvidase advertir a mis lectores que desde que Napoleón, que calculaba mucho, llegó a ser Emperador, y que se supo que podía haber contribuido mucho a su elevación el tener despejada la cabeza y, por consiguiente, los puñados de tabaco que a este fin tomaba, se ha generalizado tanto el uso de este estornudorífico que no hay hombre, que discurra que no discurra, que, queriendo pasar por persona de conocimientos, no se atasque las narices de este tan precioso como necesario polvo.”

El Napoleón al que alude es, por supuesto, el primero, y el rapé era una invención francesa que sustituía al tabaco en polvo sevillano. Curiosamente se atribuye a las tropas napoleónicas la introducción generalizada de quemar tabaco en España. En otro punto, nuestro periodista prosigue:

“Otro estaba más allá, afectando estar solo con mucho placer, indolentemente tirado sobre su silla, meneando muy deprisa una pierna sin saber por qué, sin fijar la vista particularmente en nada, como hombre que no se considera al nivel de las cosas que ocupan a los demás, con un cierto aire de vanidad e indiferencia hacia todo, que sabía aumentar, metiéndose con mucha gracia en la boca un enorme cigarro, que se quemaba a manera de tizón, en medio de repetidas humaradas, que más parecían salir de un horno de tejas que de boca de hombre racional, y que, a pesar de eso, formaba la mayor parte de la vanidad del que le consumía, pues le debía haber costado el llenarse con él los pulmones de hollín más de un real.”


El cigarro era un producto caro, pues exige una cuidada elaboración, de modo que para quemarlo se usó desde un principio la pipa, que ya utilizaban los indios, y se popularizó por toda Europa. Muchos pintores flamencos del XVII (Teniers II El Joven, Jean Steen, Adriaen Van Ostade, Jacob Jordaens) muestran interiores de tabernas con fumadores provistos de las populares pipas de mar. Progresivamente el tabaco dejó de ser un hierba medicinal y de uso universal siendo aspirado por la nariz, para pasar a un uso discriminado y estamental: para damas y petimetres, polvos y rapés, para caballeros, cigarros puros, y para el hombre del común, pipa e incluso cigarrillos liados en trozos de papel. 

Como es natural a la taberna no llegaban los excelentes tabacos de Vuelta Abajo, sino humildes tagarninas o tabaco liado en papel, pero durante años no era concebible una taberna sin la perenne presencia de los habituales mascando, más que ahumando, un farias de la tabacalera gallega, o un recio caliqueño clandestino en los pueblos levantinos, o liando con parsimonia un cigarrillo de picadura, pasando el cuarterón de caldo y el librillo de bambú de mano en mano en solidaria fraternidad, o bien, en esa delicada operación del desliado, cuidadosa extracción de las “trancas” y vuelto a liar de un ideales en un papel “smoking”, de modo que el plebeyo cigarrillo volvía transfigurado, elegante y vestido como para una boda. Todos ellos, los parroquianos, cobijados bajo el manto de humo alrededor de una mesa cubierta con un ajado paño verde donde se lanzan las cartas con arrebatado entusiasmo de triunfo o con la desgana de la derrota o en las que chasquean las fichas de dominó. La charla se hacía profunda y filosófica en la taberna, mientras se abría paso por entre los humos expelidos por las bocas de los contertulios y todo cobraba un aspecto de intemporalidad con pausadas libaciones de unos vasos de vino. Luego llegarían los cigarrillos ya hechos de origen, los bisonte, los ducados…, que el fumador hacía botar un par de veces sobre la mesa o sobre el cristal del reloj de pulsera antes de prenderlos, en lejano recuerdo de aquellas tareas del liado y como signo del culmen de la elegancia. En muchas tabernas podría colgar una placa similar a la que se encuentra en el Café Gijón de Madrid: "Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista" en recuerdo de Alfonso González Pintor (1933-2006), dedicada, claro está, esta vez, al tabernero, sin siquiera necesidad de modificar, en algunos casos, la adscripción política. Que una condecoración y un cigarrillo no se le niega a nadie (Humberto I de Italia).

Esta idílica estampa ha quebrado recientemente con las sucesivas, parciales y contradictorias prohibiciones de fumar, habiendo recibido su golpe mortal con la radical ley de la ministra Leire Pajín que prohíbe fumar en lugares públicos. Esperamos que tan polémica ley contribuya a la salud física de nuestros paisanos, porque a su salud espiritual no lo creo. 


Antonio Envid Miñana




______

1 “El camafeo” de “Relatos de Ultramar”. María Antonia Núñez. Editorial Visón Net. Madrid, sin fecha publicación
2  “Los comerciantes extranjeros y el negocio del tabaco en la España del siglo XVIII”. Sergio Solbes Ferri. Universidad de Las Palmas de G.C., en el estudio colectivo I Coloquio Internacional “Los Extranjeros en la España Moderna”, Málaga 2003.
3   Ibíd. Solbes Ferri.


viernes, 15 de marzo de 2013

LA ALTERNATIVA (Narciso de Alfonso)


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Visto lo visto, ¿dónde está la gallina que pondrá el huevo blanco con el que podremos hacer la primera tortilla para comer de verdad, con la crisis ya herida de muerte como un toro con el estoque clavado en la cruz y hasta la empuñadura?

Hay preguntas que no tienen respuesta porque están mal planteadas: lo realmente difícil de la respuesta es, precisamente, la pregunta. De entrada y para entendernos: no es que antes, primero, llegase una crisis financiera o hipotecaria porque nos sentimos ricos y empezamos a gastar de más: tenemos que comenzar negando tal simplismo, rechazando la mayor: si remitimos, si enviamos la crisis a eso que se llama reactivación económica y le cerramos la puerta detrás, nos quedamos en una intemperie interminable y, lo que es mucho peor, nos ponemos en manos de los innecesarios que se empeñan en la reactivación económica.

Ordenemos los elementos: la crisis comenzó bastante antes que la falta de dinero: comenzó exactamente cuando la necesidad de cambio de la organización, del orden social, se hizo imprescindible: por eso la primera exigencia de la crisis es la novedad, la innovación.

Con sus grandes, enormes tubos, lo que la crisis mete, inyecta sin parar es novedad, innovación. Como la novedad no encuentra una organización social capaz de hacerse cargo de ella, sigue buscando, claro, pero, además, cada vez hay más novedad, que sólo quiere –porque sólo le sirve- lo nuevo de la organización social: una organización social nueva.

La novedad no es una criatura inocente: allí adonde llega atasca, detiene el funcionamiento de lo viejo: es su manera –que puede ser muy virulenta- de exigir el cambio de organización. No retrocede ni se detiene, al contrario: cada vez hay más novedad y cada vez hay más funcionamiento viejo detenido. Como la novedad es vida, historia, puede tener un parto prolongado, pero nunca abortará.

Lo viejo que ya no funciona, detenido, deja de dar dinero, claro, pero pretender que la crisis comienza en este punto es una gravísima simplificación, un entendimiento retrasado que no puede –o no quiere- comprender.

La novedad exige una organización social completamente nueva –en realidad, es lo primero y lo único que exige- y que es imposible de cambiar desde la organización vieja, que lo máximo que puede hacer es dejar de funcionar: su tiempo pasó, ya no sirve, como los coches de caballos, la esclavitud –reconocida- o el sombrero de copa.

Pero ¿cómo van a ser los amos de la ya inútil organización social detenida los que admitan que la crisis son precisa y exclusivamente ellos mismos? Nos acollonan con la falta de dinero, de pasta gansa, y nos hacen buscar solamente una regeneración económica que, a secas, mientras ellos sigan en su cosa, es imposible.




Narciso de Alfonso
El Merodeador, III

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