domingo, 29 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... El viejo lavadero (Narciso de Alfonso)


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El relimpio fotógrafo del fairy ultra nos ha dejado abierta la ventana que da directamente al fregadero, sin pasar por Puerto Prícipe. Estos son los rincones -tiernos y ásperos- del universo cósmico que uno, merodeando, ama con una lujuria doméstica, involuntaria y aseada, tal vez porque son los últimos espacios, los reductos terminales y definitivos, sin un más allá, o, simplemente, porque apestan a lejía y a humedad cáustica, que es como debía de oler aquel caldo primigenio de donde surgió la vida.

Aquí todo, casi todo, sucede entre botellones de plástico feos y vacíos, abollados y tambaleantes; aquí, en los últimos lavaderos, se puede pasar directamente del vim clorex al alma bonita, sensibilizada por las burbujas tóxicas de la espuma y por el ruido a lavativa que hacen los desagües. 

Son estos rincones periféricos, marginales, en los que siempre es invierno, que están como dentro o debajo o detrás de una pecera o de un acuario, y donde no suele haber nadie, pero cuando hay alguien es una mujer arremangada en faena, despeinada, vestida de un luto arrugado, desordenada de ropa: una mujer que, entre las grietas del olor a jabón, huele directamente y en sólido diámetro a sudor, a estropajo y a fregona, como si le hubieran crecido los verdes, y sabemos que está ahí, con su cuerpo humano entre mucho calzoncillo, para mantenerse subida a la ingrata línea quebrada de la felicidad doméstica, familiar, lo que viene a ser duro y difícil como mantenerse montada en un potro mecánico. 

Estos son los recónditos rincones cósmicos donde no hay apariencias ni adornos, sino sólo la materia cruda, despellejada: el cadáver de una estrella que enseña impúdicamente toda su áspera realidad. Estamos en la región telúrica de los lavaderos, con sus aguas blancas y sordas, con sus hechos turbios e incoloros, con su clima detenido. 

A veces, sin darnos mucha cuenta, nos vamos a los últimos lavaderos generales buscando una salud, una penitencia, una purificación, una paz, quizá porque el roce con las paredes despojadas nos hace desprendernos de los pedazos muertos que llevamos encima: de piel, de sentimientos, de vida, o acercarnos a la verdad fosfórica del fairy, o porque a los lavaderos finales se entra sin el fantasma personal: tenemos que desmontarnos de nuestro caballo interior y dejarlo atado fuera, enfrente de la puerta, como se hacía en el Lejano Oeste antes de entrar en el saloon. 


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


sábado, 28 de septiembre de 2013

TIEMPO DE OTOÑO (Antonio Envid)


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Los fluidos del alma se espesan a medida que la estación sombría, todavía distante, avanza hacia nosotros, mientras los días claros y alegres del verano comienzan a parecernos lejanos. Nos debatimos en un tiempo ambiguo que nos enferma de melancolía. Percibo en la distancia los lentos movimientos de  los viejos trovadores descordando su laúd, recogiendo sus amarillentos poemas en el breve hatillo de sus pertenencias y hasta aquí llegan los ecos de canciones dionisíacas que antiguos viñadores grecorromanos. ¿Por qué esta estación ha de evocarme un mundo abolido de oros oxidados y templos derruidos?
Oh! Flébil violín de Emilio Carrere, deja de barrenar mi cerebro. Calla tu chirrido simbolista y decadente. Como el ahogado que en las aguas oscuras y malignas se agita en su lecho de algas por un sueño de carruajes de corcho tirados por caballitos de mar que lo llevan a la radiante superficie, así mi espíritu se halla convulso. Un hai ku  entono, como breve lamento. 


Un decadente
resplandor de membrillo
el sol de otoño.




Antonio Envid


viernes, 27 de septiembre de 2013

EL HOMBRE DE GRIS (Javier Iribarren)



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Con resignación. Así recibió la noticia Paco. Se prometió que la enésima congelación del sueldo ya no le quitaría el sueño. Se adentró en el dormitorio procurando no hacer ruido, y auxiliado por la luz de la pantalla del móvil se acostó al lado de Laura, que farfulló un sinsentido y se acurrucó de costado. Por lo menos, se dijo Paco tras los Padrenuestros, en 2014 no nos quitan la paga. Tampoco durmió mal.

A las cinco y treinta y cinco el despertador le puso en situación y deambuló sin oriente hasta el cuarto de baño. Un hombre de cincuenta y ocho años hace ya todo según puede. Mientras se aseaba encendió la radio. Los orates del alba comenzaban a desgranar la actualidad: “…y hay que recordar a los queridos oyentes que los médicos, los enfermeros, los maestros, los jueces, no se vayan a creer, que también los hay dignos, y los bomberos, por ejemplo… también ellos son funcionarios”.

En el cercanías Colmenar Viejo-Atocha de las seis cuarenta de la mañana los pasajeros no destacan ni en número ni relevancia. Paco ofrece largos bostezos mientras hojea un periódico “de gratis”. Un columnista critica a doble página la congelación de los sueldos públicos: “Los funcionarios son también los policías que nos protegen, los médicos que nos cuidan y los maestros que enseñan a nuestros hijos”.

El metro hasta Nuevos Ministerios presenta más de media entrada. Paco se acomoda junto a una joven que masca chicle. Dos mujeres con uniforme sanitario colocan carteles por el interior del vagón: “NO A LA PRIVATIZACIÓN/NO A LA CONGELACIÓN”. Varios pasajeros las ayudan y alientan.

A las siete y media de la mañana Paco llega a su mostrador y saluda a sus compañeros del Registro de Atención al Ciudadano. Mientras el ordenador se desentumece Paco se acerca a la máquina de café y se trae un cortado descafeinado. Mari Carmen y Conchita parlotean sobre el nuevo paquete de medidas. “Por lo menos el año que viene tenemos las dos pagas”, coinciden. Lee Paco en un periódico digital que los funcionarios acumulan una pérdida de poder adquisitivo cercana al 30 %. No es hombre de vasta ciencia pero calcula que con doscientos euros más, cada mes, podría ser el Rey de Roma.

A las ocho Paco abre la ventanilla y se inicia la riada. En pocos minutos la caravana de administrados gana la calle. En los aledaños del Ministerio se concentran enfermeros y profesores, en otra de sus huelgas, y muchos de ellos aprovechan la proximidad del registro para poner al día sus papeles. Las camisetas verdes y negras dan color a sus reivindicaciones.

Dan las once y el estómago de Paco ruge. Desde aquel primer café solo ha podido saciar su sed. Le ruega a Conchita que le supla unos minutos, mientras él sale a picar algo. Paco avanza hacia la calle humillando la mirada, sin reparar en la fila, que murmulla desairada.

Al cabo de quince minutos regresa entre abucheos. Conchita está reparando la fotocopiadora y la ventanilla permanece desierta. Un tipo de bata blanca le señala con el dedo y amenaza con ponerle una queja. La turba secunda al líder y jalea sus arrestos: “¡Es intolerable!, ¡Qué vergüenza!, ¡Ya está bien!”.

Paco se calla, se sienta y reabre el tráfico. Funcionarios y (putos) funcionarios.



Javier Iribarren




jueves, 26 de septiembre de 2013

BLAODURÍAS (2): EN EL CEPO (Juan Serrano)


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Estoy en “El Cepo”. Esta cafetería es como mi casa. El camarero con ver mi careto ya sabe lo que quiero. Hoy me sirve un café cargado. El cielo está encapotado. Y en el bullicio cálido de este bar de encrucijadas bebo mi soledad con unas gotas anís.

Fuera hace un frío espantoso. Blao acaba de llegar. Abriga su cuello con un retal de lana verdechillón, escandaloso. Deja una manoseada libreta encima de la mesa y se sienta. Los dos frente a frente.
Esta bufanda y esta agenda las llevo siempre conmigo para espantar a los temblores del silencio. Ahora ya sabes -me dice- el por qué de estos arreos: mis dos muletas. Escribo para no estar solo. Y este tapaboca hortera me protege de las soledades ajenas.La soledad es la esencia del alma, -le replico- no está fuera de nosotros. La llevamos siempre a cuestas. Es una tontería querer librarte de ella yendo de aquí para allá escondiendo tu cara como un buzo. El vacío que sientes, ni mi Dios ni tus letras, podrán llenar su abismo.
A continuación Blao con una sonrisa sarcástica, mal disimulada, se mofa de mi estereotipada retórica:
¡No me vengas con el cuento de la soledad sonora, la soledad íntima y sublimada, ese recóndito jardín oscuro donde el amor se halla! Frases hechas. Se nota que duermes a pata suelta abrazado a una mujer que te quiere, que tu carne aún no ha sido mordida por la serpiente de la ausencia. Aquel que dijo que la persona se mide por la cantidad de soledad que puede soportar, estaba muy bien acompañado...
Blao no ha terminado de hablar. Se levanta enfurecido hacia el espejo del vestíbulo y continúa con voz lastimera:
"...Yo en cambio me reflejo en este cristal para sentirme acompañado como un idiota. Abrigo y alimento mi vacío con las palabras de esta libreta. Visto mi desnuda soledad con versos llenos de agujeros. ¿Y qué es lo que consigo? Más soledad. La escritura es un fantasma que miente, desaparece y juega con nuestra ingenua esperanza. Doy con la palabra ajustada y la realidad que la encarna de nuevo se me escapa. Maldigo la soledad dolorida. No soy un pedante, ni un sofista para afirmar que la soledad y el conocimiento son sinónimos. Ni tampoco se me ocurre decir que la soledad es la fuente del sosiego. Muerte y soledad para mí es lo mismo. Me agarro a las palabras como un náufrago a la madera de la que depende su vida. Ya lo dijo Henry Miller: “las palabras son soledad".Y yo te digo, Blao, -le corrijo a bocajarro- que la soledad es una mujer encinta, preñada del universo, el túnel al paraíso de nuestro vivir agraciado, el manantial de la conciencia. La soledad son mis sueños de caricias falto. Estar solo, no tener a nadie: el vacío.
Blao se calla. El eco cobrizo de su ultima palabra, hoja de otoño abatido, reverbera en mis oídos. Escucho su "vacío" y lo acojo en mi silencio. Y luego le digo:
"A los enemigos de la soledad, a los que como tú les angustia la nada, armáis grandes alborotos, os rodeáis de multitudes. Apoyáis vuestra cojera en garrotes de cera caliente. Así engañáis el temblequeo que os ahoga. Verbeneros, dicharacheros. Habláis con todo el mundo y no os comunicáis con nadie. Acusáis a vuestros contrarios de misántropos. Me llamas espiritualista, huraño, hombres tímido y de baja estima porque en el fondo añoras las virtudes que criticas."¡Habló el Caballero de la Soledad redentora! Exhibes, Azulada, invulnerable el trofeo de lo Abstracto. Cual dogmático pope de lo absoluto arrojas tu vana creencia sobre mi cruenta incredulidad despeñada. Tu dichosa felicidad generalizada, frente a mi particular soledad herida. Teoría y Realidad contrapuestas. Tu compañera soledad y mi soledad desierta. Suposición y sospecha. Razón y fe. El Iluminado inmune a la contaminación del ruido frente al falso caballero desangrado por los dardos de su soledad envenenada.
Después de escuchar a Blao, veo su soledad y la mía, su angustia y mi engreimiento. Su pérdida y mi solaz ausencia. Las dos soledades sobre la mesa, forman un dúo de cartas, una paradoja. Hago un amago de querer juntar las dos en un mismo mazo, en un mismo abrazo. Blao me coge la mano con fuerza.

No lo hagas, mi amigo. El reto continúa. Debemos seguir alimentando esta dual y rica beligerancia que nos hace ricamente contradictorios.


Juan Serrano
Blaodurías




miércoles, 25 de septiembre de 2013

EN EL FONDO... (Ángel Ferrer)


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Hace mucho, como el fondo del mar
dejaste de hacer señales a los barcos
¿En qué dirección miran tus ojos del corazón?
Cuando su inconsciente belleza eclipsa la tristeza
me debato entre el consuelo y besarla
En el fondo siempre se está pidiendo ayuda...en el fondo

Mientras el astuto pirómano de almas, aisla corazones
para que ardan en soledad
los brazos que construyen sin esperanza
los que carecen de la alegría de los sueños
se despiertan al amanecer
y las letras se esconden en su recóndito lugar
Pero el sol les avisa despacio

Me pregunto si eres inalcanzable
o los creadores de distancias te han hecho así
soportando el dolor, resistiendo hasta el milagro
y tu vida sencilla se complica, para volver a ser sencilla




Ángel Ferrer



lunes, 23 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA CASITA CHINA (Narciso de Alfonso)


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El fotógrafo de todo lo que sea habitable nos ha dejado abierta la ventana indiscreta delante de una casa elemental, sencilla, que tal vez sería la más apropiada para vivir cuando ya se ha vivido mucho, demasiado, casi todo.

Cuando uno ya está cansado de llevarse puesto y se siente, por fin, un hombre de mundo –pero del otro mundo-. A cierta altura de la vida, que no es paralela al número de años, hay que tener un coeficiente intelectual negativo: no bajo ni profundamente bajo, que eso se llama retraso mental, sino negativo, que es con el que se entiende lo irreal y lo irracional, esas movidas pordioseras que se escapan a la relación causa y efecto -que es una de nuestras peores pesadillas-.

Se trata de una humilde casita tierna donde podrían vivir Hansel y Gretel si no fueran dos niños ficticios, los personajes irreales y ñoños de un cuento. Es una casita donde se puede ser feliz más tiempo o más veces –más veces en menos tiempo-; puede ser el lugar del extravío: allí donde se puede vivir cuando uno se pierde y no quiere volver a encontrarse: cuando ya sólo queda la conformidad de no entender nada, de ver la misma lluvia lavando los mismos árboles.

Cuando ya no se necesitan más que cuatro paredes, una certeza de orden y tres medidas de cebada por un denario. El puzle social nos enseñó su última combinación, que no era buena; escuchamos la voz de los gansos salvajes, fuerte y excitante como la voz ronca de una mujer, y supimos que había llegado el tiempo de buscar nuestro lugar en la familia de las cosas, que es lo que nos trajo a esta casita.

Todavía tenemos que aprender lo que no nos enseñaron en la escuela, y buscar la aquiescencia del universo entero, y tal vez, ya al final, cortarnos las trenzas y juntar las manos, quedarnos puros y orejones, sin nudos en los pies, canturreando en voz baja y sonriendo a la nada, sin hacer antigüedades. 




Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



domingo, 22 de septiembre de 2013

LA CARTA (Antonio Envid)



Desde la escuela no había vuelto a escribir, así que redactar esa carta le estaba costando esfuerzo. Ya nadie escribe cartas, pero en la cárcel hay tiempo de sobra y éste es un sistema barato de comunicación, así que el elemento epistolar ha hallado en ella su refugio sagrado, su reserva inviolada por móviles y tabletas. El género epistolar, en tiempos tan fértil desde el punto de vista literario, ha llegado a ser un género marginal, propio del talego. El carteo, por otra parte, es de uso habitual dentro de la cárcel, no precisa siquiera de sellos, los propios internos, “los pitufos”, hacen de correos. El esfuerzo se notaba en una venilla que se inflamaba en su sien, en su gesto concentrado y sobre todo en la puntita de lengua que asomaba por la comisura de la boca. “Como te extraño mi rumi, como te extraño, a ti y a los chinarris”. Corrijo la arbitraria ortografía, pero conservo la jerga. “Tú me das un tumbazo, no me escribas, pero aquí tengo tanto tiempo…” El tiempo en la prisión se hace dúctil, se estira como la goma, mientras el espacio se estrecha, de modo inversamente proporcional uno y otro, en una ecuación einsteiniana no explorada, por otra parte los “tumbazos”, llamadas por teléfono, son más sencillas desde el exterior. “Aquí en el talego no se está mal, tú no te vayas a derrotar ahora, que el tinterillo, como lo llaman por aquí los sudacas, me ha dicho que pronto me van a dar la bola, la condicional”. Esa es la esperanza del preso, lo que marca su calendario, en un lugar donde el año carece de estaciones y de meteorología,” la bola”, “la condicional”, su obsesión, su única razón para levantarse todos los días. El abogado, “el tinterillo como lo llaman los sudacas”, que trae las noticias de los “permisos”, quien está tramitando la condicional, es la figura amiga. “Salgo al patio y juego al baloncesto, hago mucho deporte para que no me entre la muermera, y pienso en ti, cuando salga….”. Aquí se interrumpe y sueña con abrazar a su mujer, con una cama cálida al lado del cuerpo amigo de la compañera, dejar atrás la asquerosa “piltra”. “No te lo vas a creer pero el Pinta, mi compi de chabolo, que es un artista, ha pintado una ventana muy chévere en la pared y por allí, después del chape, tras el recuento, te veo a ti, a los chinarris, a todos, me asomo a la ventana y os saludo con la mano…


Antonio Envid




sábado, 21 de septiembre de 2013

SOBRE TI AMANECE UNA MAÑANA DE AGOSTO (Juan Serrano)





Un hombre labrado en hierro, completamente desnudo, (Es Forner de Lorenzo Roselló), le da la bienvenida a Kavafis. El curtido fragüero invita al poeta a guarecerse en el lago. Al estuario se accede por uno de los cuatro ojos de un puente amurallado. Dos patos negros corretean por el estanque. Un gran arco de sillería abriga sus aguas quietas, reverdecidas por la yedra extendida, que alegre cuelga de la cima del minarete. Las saetas de la catedral aguijonean el impasible cielo reflejado en las aguas de la Bahía. El griego cansado de su trotar por el mar Jónico se refugia en la umbría acogedora del l’Hort del Rei. 

Una mujer se quita el calzado, un niño se abalanza sobre unos de los ánades, y Contastino Kavafis se sienta en el suelo apoyando su doblada espalda sobre el muro fresco. Sobre la cumbrera de la gran puerta de hierro que cierra el recinto acuático, incrustada de innumerables cuadrados vacíos, tres palomas de cola negra zurean al pairo de un estío seco. Ocho arcos ojivales desde sus almenas no cesan de mirar a la “Bruja”, otra estatua, pero, ésta de carne y hueso, viviente y de profesión efigie. Ni la Seo, ni el Museo, ni la catedral de Palma tienen tanta aceptación entre los turistas como estos aprendices dioses del mimo. Por su teatral y ajustada complicidad sus representaciones no parecen de mentira. Un niño arrastrado por su mamá berrea de miedo al pasar por delante de la bruja encapuchada, se debate en el eterno dilema: ¿será o no será de verdad este guiñol dentellado, que con sus muecas y carantoñas se gana la vida engatusando a la gente al pie de esta escalinata que conduce a los jardines de la Almudaina? Cada vez que un viandante deposita su óbolo en la pequeña cajita de madera al pie de la estatua viviente, los cincuenta caños de agua repartidos en dos rectangulares fuentes a lo largo del parque, se agitan gozosos con su acuátil música danzante. 

Las risas calladas de la bruja se enredan ahora en el expresivo ramaje de limoneros, sabinas, tuyas y cipreses que rodean a la Jónica mutilada, mujer desnucada que tiene por senos dos soportes circulares rematados por el liso aplastamiento de su culminación acéfala. La columna, de sobacos para abajo, se mantiene desnuda hasta el estrangulamiento de sus resistentes muslos. El escultor ha decapitado sus piernas. Una muchacha sin piernas, es como en edificio en ruinas, una mujer sin belleza.

El capitel de la Jónica, enseña sus genitales al aire, oteados desde la Seo por un Santiago Apóstol blandiendo amenazante su bastón de peregrino. Al pie de la escultura, un texto, que por su lejanía no acierta a descifrar el santo, quizá le libraría de sus prejuicios obscenos, supliría con su sublimado contenido, efluvio poético de su mística descocada, la inmortalidad marmórea de esta diosa mutilada, censurada de los pies y la cabeza. 

Un alto mozo, mientras que su novia le hace una foto, ajeno a las elucubraciones del Apóstol, estira hacia arriba sus musculosos brazos hasta agarrar con sus dedos los pezones de las tetas del capitel. En ese momento las flores de las begonias, campanas repicando, se abren al calor del mediodía.

¡Paseo por Mallorca! -grita ahora con voz de niña cansada el muchacho de un carruaje aparcado en el pórtico de la catedral. Y Kavafis llevado por el ritmo gongoriano de las alas de los patos que mueven las suaves aguas del estanque escribe sobre el pedestal de piedra de una diosa castrada de abrazos y correrías: 

Aunque rompimos sus estatuas,
aunque los expulsamos de sus templos,
no por eso murieron del todo los dioses.
Oh tierra de la Jonia, a ti te aman todavía,
a ti sus almas te recuerdan aún.
                                         (Jónico. Kavafis)



Juan Serrano
de su blog: Blao
5 septiembre, 2013



jueves, 19 de septiembre de 2013

EL GRAN MAESTRO EN LA MONCLOA (Armando Muchabulla)


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Desde que llegó a la Moncloa el venerado maestro Phrami Pashandhabarta, pocos son los que puedan afirmar que lo hayan visto. A su llegada hizo saber a través de su discípulo que solo precisaba una libra de arroz, una libra de té y un infiernillo de alcohol y solicitaba que retirasen todo el mobiliario  de su alojamiento, pues la esterilla que traía consigo era todo el ajuar que precisaba. Se dice que a raíz de la invasión china de su país abandonó el convento y con su discípulo predilecto se retiró a un monte en medio del desierto donde se dedicó durante todos estos años a una intensa meditación aislado del mundo, alcanzando fama de gran sabiduría.
Al fin, parece que accedió a ser consultado por nuestro presidente Rajoy, y aunque todo está rodeado de un gran secreto, las filtraciones aseguran que a las preguntas de Rajoy sobre el problema de Cataluña, contestó: “las partes contienen el todo y el todo contiene a las partes”. Ante estas enigmáticas palabras, que al parecer complacieron a nuestro presidente, pues revelaban cierta afinidad con el pensamiento gallego, Rajoy es quien se ha retirado a meditar sobre ellas.


Armando Muchabulla


miércoles, 18 de septiembre de 2013

QUE NO TENGA CASA NO ES RELEVANTE (Ángel Ferrer)





Que no tenga casa
no es lo relevante
me han salido zapatos
en las raíces
un viaje puede ser
de la cocina al salón
enseguida me planto
absorbiendo lo que me rodea
todo es intemperie
y en el tablero
tus fichas y la mía
las tuyas conectadas
deshaciéndome los muros


Ángel Ferrer




lunes, 16 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... TORITO GUAPO (Narciso de Alfonso)


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El fotógrafo de la fiesta ha metido en la ventana del peligro a un torito guapo, parado en lo alto de las piedras. Es un buen mozo, apretado de llaves, zaíno, veleto, abierto y afilado de pitones, que derrama la vista desde su posición, tal vez midiendo la plaza: ‘que nadie lo toque, que lo dejen tranquilo y no lo provoquen’.

‘Ese toro bonito ya nació para semental, las vaquillas lo siguen y no lo dejan descansar’. Ahí está, vengándose de los colores y amenazando con tirar los brazos por la borda, duro como un horizonte, fuerte y dolido de piernas, inmenso.

El torito guapo está delantero y chorreando, como para echar el carbón de su noche, como agarrando la carne de su hoguera. Engendra la cabeza y discurre eléctricamente, con estilo, con estampa, extraordinario y feroz.

‘Se lleva detrás todas las hembras, las quisiera montar todas a un tiempo a pesar de tener sólo dos yerbas’. El bicho está en la soledad grande y tranquila, casi fría como el espacio en el que se mueven las estrellas tiernas.

Tal vez está numerando el tamaño, de espaldas al cielo para no ver su tremenda oscuridad, que no descansa de tragarse toda la luz que le llega. Es un morlaco serio y siniestro, una gran visita de energía que nos está haciendo el teléfono desde lo alto de las piedras para recordarnos quién manda, para que no olvidemos que la muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida.

‘Una hembra se dejó babear bajo una encina, cuando quiso escapar, ya estaba encima’. El torito guapo sabe que el mejor camino para llegar a los sitios es siempre a través, y que, una vez que se conoce el peligro, ya no se puede vivir sin él.

Se mueve en el infinito y se parece a su dolor: el único problema de ser toro es que ocupa todo el tiempo, y ser toro, además, es un caso límite: es un animal persuasivo más que informativo, y que, si es necesario, desnuca el sentido común para conseguir enseguida todo aquello que quiere, siempre por las bravas.

Con todo, como los hombres, el torito guapo muere porque no es capaz de juntar el principio con el final, aunque el toro, por bonito, pueda mirarse al espejo junto a una lámpara.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV




sábado, 14 de septiembre de 2013

UN PERRO Y LOS CIPRESES EN EL ZOO DEL BRONX (Juan Serrano)





El aire pinta de azul el cielo con ese color sagrado del bote de los milagros. Quiere el azulolimpo encalar de transparencias el talle esbelto de los cipreses con su sideral pureza. 

Los cipreses, ¡siempre los cipreses! Y a mi paso se callan enmudecidos como gatos en muestra con sus ojos hacia lo alto, su excelsa presa. Son el baluarte de la frontera abisal de mis adentros. Los puse mirando al norte, para detener los vientos, para proteger el germinar de mis sentimientos, y para, con su sombra, decirle al sol que nada es eterno.

Por los senderos del día me acompaña solícito siempre el perro. Le intimida al perro el silencio de los cipreses. Pasa el can junto a ellos con la cabeza gacha y el trote siniestro. El perro, además de ladrar a las ratas, a la noche y al miedo, lo hace también contra el fatalismo romántico de estos árboles, nido y púlpito de chicharras y popes de cachiporra. Los cipreses y el perro siempre están cuando me levanto, también cuando me acuesto, me acuesto porque no aguanto estar de pie frente a tanto ser irracional pensante que abunda por ahí a campo abierto. Nunca dejaré de sorprenderme de la facilidad de los cipreses y el perro para hacerse con mis pensamientos. Cada uno a su manera. El perro con su sensibilidad. Los cipreses con su filosofía. Y hoy quisiera conjuntar en ellos y en mi estas dos desavenencias. Casar corazón con cabeza. Y nos vamos los tres de vacaciones a Nueva York.

La tarde es apacible. Siempre creí como Protágoras que el hombre era lamedida de todas las cosas. Y nos acercamos cipreses, perro y un servidor al Bronx Zoo. Queríamos recrearnos viendo a los pájaros sin jaula, a los lobos comer junto con los corderos, a la culebra jugar con el erizo. Y de pronto, sin venir a cuento, ambos, (cipreses y perro), me miraron con odio, con espanto. Habían visto en un espejo mi cara de especie humana, y debajo un cartel que decía:

!Precaución. No acercarse. Este es el animal más fiero que existe, el más cruel, el más sanguinario, el único capaz de destruir en masa a su propia especie!



Juan Serrano
de su blog: Blao
20 julio, 2013




viernes, 13 de septiembre de 2013

CUESTIONES FILOSÓFICAS (Mercedes)


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Y me pregunto: ¿cómo es el mundo? Incoherente. Los valores que aprendemos no sirven de nada en la vida real. ¿Cuánta gente actúa éticamente, según los valores que ha aprendido? Muy poca. No es que nuestros principios estén confundidos o no los tengamos, es que nuestros principios sólo son aplicables a las apariencias, ese mundo de sueño en el que todo es bonito, muy distinto del mundo real, donde, aunque las cosas no sean negras, tampoco son rosas. Porque un criminal pasea tan ancho por las calles, porque las familias buenas sufren calamidades, porque los que tienen no comparten con los que no tienen, … en definitiva, porque el mundo es así. Y nosotros tan sólo enmascaramos esa realidad creando falsas apariencias , en un intento quizá de preservar las mentes infantiles de la maldad.

Pero la cuestión es: ¿funciona?


Mercedes

jueves, 12 de septiembre de 2013

VISTO PARA SENTENCIA (Servando Gotor)





"Visto para sentencia", remató el juez. Y el silencio de la sala se desperezó en un suave murmullo. 
Armando Cortés, último en intervenir porque defendía al acusado, salió muy satisfecho por cómo había ido todo, incluida su propia intervención. Cierto que nadie mejor que él, con muchos años de experiencia, sabía que la actuación del abogado en el acto de la vista oral tiene poca o nula influencia en la decisión del juez ―que en la mayor parte de los casos la tiene tomada de antemano―, y que, por tanto, su modesta función consiste en poner cuantos medios conduzcan a una sentencia favorable y, sobre todo, evitar cualquier impedimento que obstaculice dicho fin. Pero, a pesar de todo, la vista oral es como la parejita de novios sobre la tarta nupcial o la bandera del alpinista que corona la cima: el broche de oro a toda la obra y esfuerzo que hay detrás. Tampoco hubiera pasado nada por sentirse espeso y torpe y hasta si se hubiera quedado en blanco en alguna ocasión, no. Armando Cortés tenía ya las suelas desgastadas, primero para salir airoso de ―casi― cualquier trance; y, segundo, para no darle más que el justo valor a las cosas: y el de la vista oral era como he dicho prácticamente nulo. Sabía además que para el mejor abogado, como para el más eximio torero ―qué se le va a hacer―, hay  tardes buenas y tardes tardes malas, y que, cómo advirtiera Craso por boca de Cicerón, cuanto mejor se expresa el orador, tanto más conoce las dificultades y teme la varia fortuna del discurso y el juicio de los hombres.
Bien, pues esta mañana, Armando Cortés había tenido una buena tarde.
Tampoco buscaba, esperaba, ni siquiera necesitaba, el halago del cliente. Los abogados, pensaba a menudo, estamos muy acostumbrados a la más excelsa satisfacción personal tanto como al más atroz de los fracasos. Sí, puede decirse que es la nuestra una profesión que permite realizarte en el más amplio sentido de la palaba: que además de darte "mundo" te obliga a una exhibición constante de virtudes y destrezas, de torpezas y flaquezas, por lo que no necesitamos salir en romerías, exhibirnos en procesiones o presidir nuestra comunidad de vecinos. Por eso sabe perfectamente, además, la escasa influencia real de toda esa suerte de exhibiciones: la gente no te está mirando a ti, la gente piensa en sus cosas y le importa un comino quién encabeza la romería, quién manda en la procesión o quién preside la Junta de Propietarios. Cada uno se fija sobre todo en sí mismo. De ahí, que al abandonar satisfecho la sala, lo primero que hace Armando Cortés es felicitar a todos, clientes y testigos, "por su magnífica intervención" (también sabe que suele servir de poco, salvo que metan la pata en extremos esenciales, que suelen ser los menos): "muy bien, si el juicio se pierde no será por culpa vuestra". Esa es la mayor preocupación de todos: si lo han hecho bien, no si el abogado ha estado magnífico. La labor del abogado sólo le preocupa al cliente si lo ha visto torpe y cree que tal torpeza le llevará a perder su caso. 
En algunas ocasiones, como en esta, es cierto que el cliente le da la enhorabuena (vaya por Dios) e incluso con una hermosa, aunque la mayor parte de las veces, falaz apostilla: "…sea cual sea el resultado final". 
Armando Cortés, recibió el fallo del tribunal a los diez días, que es lo normal en su jurisdicción. En esos diez días, hubo al menos nueve noches en que sin conciliar el sueño, examinaba mentalmente los pros y los contras del asunto, y unas veces era pesimista y la mayor parte de ellas rebosaba optimismo, porque Armando Cortés siempre ha sido por naturaleza un hombre optimista, seguro y confiado. El asunto era importante porque importante para su cliente. Y él, como siempre en esos casos, y en la mayoría, se había cuidado mucho en tomar las cautelas oportunas en lo referente a los honorarios. En nuestra profesión hay que saber cobrar, solían decir los colegas: muy importante. Y no todos lo hacen bien. Armando Cortés presumía de que sí sabía, pero dos crisis hacen que los hábitos sociales cambien y también los tuyos. De todos modos había una regla que tenía muy asumida en esta materia, una regla que arraigaba en su propia debilidad: sabía que si el asunto se perdía y, más aún si además de perderlo condenan a tu cliente al pago de las costas (es decir, los honorarios del abogado y procurador contrarios, amén de las tasas), sabía muy bien que en tales caso, sí: le temblaba la mano a la hora de cobrar. Tanto, que muchas veces no cobraba y se quedaba con la escueta provisión de fondos si la había, o sin nada si no la había. Y eso no puede ser. Y no puede ser por diversos motivos: en tiempos, porque estaba prohibido: el abogado debía de cobrar al menos los mínimos que marcaba el Colegio, por motivos éticos (ética entonces y en ese caso dirigida al profesional, no al cliente o consumidor como ahora: se consideraba competencia desleal y un des-honor trabajar sin honor-arios); pero, además, su familia tenía que comer: como la del carnicero, el panadero o el quiosquero. Por eso, para librarse de su propia debilidad, tenía la costumbre de pactar con el cliente, explicándole además con toda claridad estos mismos motivos, una provisión de fondos mínima con la que él como abogado se daría por satisfecho al final si el asunto se perdía. Y si salía bien, dependiendo del resultado, establecía otras posibilidades de modo que no sólo el cliente sino también él resultara beneficiado.
Armando Cortés abrió el correo y allí estaba: la sentencia que tantos meses de incertidumbre y tantas noches en blanco le había costado. 
Armando Cortés se fue directo al fallo, como siempre y dio, también como siempre (como siempre que ganaba un asunto importante) un salto de alegría, pegó varios golpes en la mesa de su despacho y finalmente se calmó, se recompuso y tomó el teléfono para darle la buena noticia a su cliente.
Para el abogado el momento de conocer la sentencia es brutal. Pero aún lo es más el de comunicársela al cliente. Sobre todo si se ha perdido el asunto… Los hay que eluden esa "responsabilidad" (para Armando Cortés lo era, era una responsabilidad) y la abandonan a la fría notificación del Procurador, notificación que por lo demás constituye una las labores características de la procuraduría, o incluso, si es el caso, dependiendo del tipo de procedimiento, dejan que el cliente se entere por la propia notificación personal llevada a cabo por el juzgado. 
No, la sentencia se la tenemos que comunicar nosotros los abogados al cliente. Armando Cortés tenía esto muy claro, siempre lo tuvo, y especialmente en los casos que se pierden: sólo el abogado es quien puede explicarle el verdadero alcance del veredicto y las razones por las que se ha perdido, las claras y explícitas y las ocultas entre líneas. Armando Cortés también tiene muy claro que cuando le dices al cliente que el caso se ha perdido existe un noventa por ciento de probabilidades de que el cliente eche la culpa al abogado, expresa o veladamente, con razón o sin ella. Lo sabe. Sabe que el cliente le va a decir ―o lo va a pensar― eso de siempre: que te has equivocado, que lo planteaste mal; o simplemente cuando hay más confianza: pero qué coño has hecho. Lo sabe.
Cómo también sabe cómo suele reaccionar el cliente cuando el asunto se gana. 
Armando Cortés, tomó el teléfono entusiasmado y llamó y, como siempre que gana, se lo dijo al cliente sin dilación porque sabe que el cliente cuando detecta la llamada del abogado en esos días de espera, no puede ser otra cosa que la sentencia:
-¡Absuelto!
Y al otro lado del teléfono, como suele ocurrir muchas veces, lo de siempre: una voz tranquila, exenta de ardor, es más, extrañada del tuyo, responde impertérrita:
-Estaba cantado
o
-ya te lo decía yo.
Armando Cortés como siempre en estos casos cuelga el teléfono y, también como siempre, tiene verdaderamente asumido, aunque no lo parezca, que los asuntos, todos, se ganan gracias al cliente y se pierden, también todos, por culpa del abogado. Qué le vamos a hacer.


Servando Gotor


miércoles, 11 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... MONTMARTRE (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo del amor se ha dejado abierta una ventana indiscreta en medio de la calle lluviosa, cuando ya es de noche en París, y las luces se reflejan en el suelo mojado, y hay balconcillos con macetas, y dos tramos de escaleras que suben o bajan, y el toldo de un bar, y algunas personas se han refugiado en un soportal iluminado, aunque la lluvia sólo sea un incordio si no te quieres mojar.

Tal vez sería el lugar, el momento propicio para enamorarse, para coincidir con una persona a quien no tocara el tiempo, que la noche no pasara estando con ella, que no se apagaran uno a uno los anuncios de neón.

Luego, afortunadamente, el amor llega cuando quiere, donde quiere, si quiere, como un copo de nieve que nunca cae en el lugar equivocado. Junto a la dulzura están los imanes de la muerte, y el sucio amor puede encontrarnos mientras escuchamos la música contrapasional de una sardana sosa, insoportable, o cuando los caballos del tiempo sacian su sed con nuestra sangre, o cuando el firmamento se deshace las gruesas trenzas porque va apretando el calor.

Se dice que, a veces, el amor es misterioso como el color de la carne, con su perfume de azucena, como el alma, y que, otras veces, llega con su sima, con su dibujo bellísimo y atroz. Aunque el maldito amor no nos va a encontrar en esta escena lluviosa, nos gusta esperarlo en sitios así, quizá para no sentirnos tan impotentes, tan vendidos, sin nada que hacer para provocarlo.

Lo que sabemos es que, aunque no sirva para nada, se le espera, no se le aguarda: porque al que espera, sólo, siempre le llega lo inesperado, pero al que aguarda sólo puede llegarle lo que espera, lo previsto.

La tierra se oscurece después de llover, y el odioso amor no ha llegado. En el universo todo es cacería, y sentimos de nuevo toda otra vida, todo otro dolor. Y nos repetimos, para templar la decepción, que la vida es solamente para tener en orden los labios, para mirarse las palmas de las manos, para dormirse con una funda en la conciencia: una cosa triste con escasos intervalos alegres, con un olor difuso a carbonilla y a tierra.

El amor es algo así como una gran visita de energía que aumenta nuestro conocimiento de la irrealidad, de modo que conviene desconfiar si se parece más bien a la copia de una copia de una copia: no es el amor, sino la vecina del tercero.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV





martes, 10 de septiembre de 2013

LECTURAS HISPÁNICAS: la antología definitiva de la prosa de López Velarde






El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infinito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un sólo sitio.
El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza.

Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas...







Sé poeta, aun en prosa, exigía Baudelaire como exigía ser sublime sin interrupción. Puede que ambos consejos signifiquen lo mismo. Lo cierto es que el poeta y ensayista mejicano Marco Antonio Campos, que nos recuerda el primero, dice que Ramón López Velarde (1888-1921), al igual que Borges o Neruda, lo cumplió de manera ejemplar y que 'El minutero' es uno de los libros clásicos mejicanos de poemas en prosa y prosas poéticas de nuestro siglo XX, añadiendo que ninguna obra de ningún poeta mejicano es más secreta que la de él, y que en sus mejores instantes, en prosa o en poesía, hay una luz que nos deslumbra y una sombra que no logramos aclarar o develar ("El tigre incendiado", 2005)... (leer más)




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lunes, 9 de septiembre de 2013

HABLAR Y NO DECIR NADA (Ängel Ferrer)


afs

Hablar y no decir nada
no es no decir nada
es intentar alcanzarte sin llegar nunca
es acariciarte el tímpano sin reconocerme
es media soledad, para ti
es agradarte mientras escapas
para que vuelvas
aunque soy yo el que no ha llegado
o si he llegado pero no estoy quieto
entonces es una atracción vacía
pero siento el alma llena
como rompiéndome el pecho desde dentro
y mis palabras rebotan
en el preservativo del lenguaje



Ángel Ferrer


domingo, 8 de septiembre de 2013

A LATE QUARTET (Antonio Envid)





Las salas españolas (y me imagino que las de todo el mundo) solo proyectan un cine comercial que les asegure un mínimo de espectadores, de modo que sorprende ver anunciada una película de calidad con aire de minoritaria, “El último concierto”, como se ha titulado en español. La sorpresa, por otra parte, ha debido ser para los propios empresarios de las salas, pues resulta que el público ha respondido a su llamada y lo que iba a ser un film para cubrir un hueco se está convirtiendo en todo un éxito. Quizá todo el público no sea tan necio como desde Lope de Vega se cree.

La historia del film es de por sí interesante, un cuarteto de cuerda afamado cuyos componentes llevan veinticinco años juntos y cuyas vidas se entrelazan se enfrenta con el problema de que el chelista enferma de Parkinson y ha de ser sustituido (de ahí, su título) pero su desarrollo es algo plano y, quizá, predecible, aunque esto no le resta ningún valor a la película. Los diálogos son inteligentes, los caracteres están bien mostrados y la interpretación de los cuatro protagonistas, notable, destacando el sólido trabajo de Philip Seymour Hoffman y Christopher Walken (aunque también, Catherine Keener y Wallace Shawn), que han tenido que conquistar su reconocimiento tras años de buen hacer, mucho de su trabajo en papeles secundarios. La fotografía y la estética, mostrando una Nueva York invernal un tanto melancólica, redondea la dirección de Yaron Zilberman.

Dejo para lo último la banda musical, porque es el protagonista más destacado de la película, toda ella se desarrolla alrededor del cuarteto para cuerdas nº 14 de Beethoven, famoso entre los entendidos (que yo no lo soy) por considerarse la obra cumbre en esta modalidad del músico alemán y atisbar ya elementos musicales que se desarrollarían mucho después. Es además una obra controvertida, pues Beethoven pide que sus siete movimientos se toquen sin interrupción, aunque algunos entendidos dicen que en realidad son cuatro los movimientos. El esfuerzo que exige esta obra angustia a un Christofer Walken cuando descubre los primeros síntomas del Parkinson. No hay que ser melómano para disfrutar de una banda musical basada en este concierto y en otros varios que suena maravillosamente. Hay, además, en el film una continua reflexión sobre el paso del tiempo recordando los conocidos versos de T.S. Eliot de su poema “Cuatro cuartetos”

El tiempo presente y el tiempo pasado
Acaso estén presentes en el tiempo futuro
Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es un presente eterno

Recitados por el personaje que interpreta Walken a propósito del cuarteto nº 14. Está hablando de los tiempos en la música y en la vida, la continuidad, la circularidad, la eternidad.



Antonio Envid




sábado, 7 de septiembre de 2013

NADA (Mercedes)


sgs


¿Qué es eso que se escucha? Nada. Lo que en otros tiempos vino a significar la muerte hoy para mí toma un sentido distinto, aunque parecido, todo hay que decirlo. ¿Qué significa hoy la Nada? Cobardía. Inacción. Conformismo.

A menudo en nuestra vida nos enfrentamos con situaciones muy distintas y, queramos o no, tomar partido es inevitable. No tomarlo es la Nada, es dejarnos llevar por los demás, no luchar, no ser seres humanos. Porque esa es nuestra naturaleza; tenemos razón para rebelarnos; y de no hacerlo seríamos animales que aceptan sin más lo que el macho dominante ordena y seríamos algo mecánico y entonces, ¿qué sería de nuestra existencia? Nuestra libertad se vería coartada, algo por lo que tanta sangre se ha derramado.

Y sin embargo tiramos esa libertad en numerosas situaciones, como cuando nos encontramos con un obstáculo y simplemente lo rodeamos en vez de enfrentarlo y quitarlo del camino; o simplemente cuando nos encontramos con algo que nuestra conciencia nos dice que no está bien y nuestro cerebro nos dice que lo dejemos, que para qué nos vamos a meter en camisa de once varas, que a nosotros ni nos va ni nos viene.

En fin. ¿Qué es eso que se escucha y nos rodea? Nada. La Nada. Pero no nos inquietemos; al fin y al cabo es ya un viejo amigo.



Mercedes


viernes, 6 de septiembre de 2013

ES VERDAD, EL AMOR MATA: EL TESTIMONIO DE LARRA A PROPÓSITO DE "LOS AMANTES DE TERUEL" DE HARTZENBUSCH (Lecturas hispánicas)





Contiene el presente volumen las dos principales versiones de "Los amantes de Teruel" de J.E. Hartzenbusch, sin duda la mejor obra y de mayor éxito sobre esta conocida leyenda. Tras el estreno de la primera versión en el Teatro del Príncipe de Madrid el 19 de enero de 1837, Mariano José de Larra escribió un delicioso artículo en "El Español" donde se haría eco de las bondades literarias y los logros poéticos de este interesante drama, escrito "con pasión, fuego y verdad" y que sacó del anonimato a su entonces joven autor. Artículo éste que abre magníficamente nuestra edición. Mucho se ha escrito después sobre la obra pero nadie como el articulista romántico lo ha hecho con mayor acierto e influencia. Tanto es así que el propio Hartzenbusch, atendidas las indicaciones de Larra, refundió con acierto el drama reduciéndolo de cinco a cuatro actos eliminando, además, determinados excesos románticos y consiguiendo así la última versión que el tiempo ha consagrado como la mejor. También han sido abundantes las discusiones sobre las fuentes reales y literarias de la historia de Diego de Marcilla e Isabel de Segura, de las que se habría servido Hatzenbusch. Pero al margen del legítimo e indispensable interés de la crítica autorizada, lo que de verdad cuenta es la realidad de la leyenda en sí y el hecho de que la verdadera Leyenda con mayúsculas acaba por imponerse a la propia realidad. La historia de nuestros amantes es real. El propio Larra lo sostiene y arremete a quienes tachan su final de inverosímil porque -según ellos- el amor no mata a nadie. Claro que el amor mata, protesta él: las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios, concluye. Y nadie mejor que Larra para aseverar tamaña afirmación, pues sólo unos días después de escribir esas líneas, el 13 de febrero de 1837, se quitó la vida por un desengaño amoroso. Es verdad, pues: el amor mata. 




jueves, 5 de septiembre de 2013

EL PÉNDULO (Baraque)


Baraque

Demasiado tiempo
dejándome mover
por mecanismos ajenos a mí

He parado
inmóvil desde hace meses
prefiero esta quietud
decisión de mi voluntad

Atrás el vértigo
producto de un vaivén desenfrenado
escapando a mi control
sobrepasando el arco natural
que soy capaz de dibujar
como mucho, ciento ochenta grados
¿qué queréis de mi?
solo soy un péndulo


Baraque



miércoles, 4 de septiembre de 2013

SIRIA NO TIENE NOMBRE (Juan Serrano)






Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Besos de alegría,
brazos de una madre
que tenerte quieran...
¡no tienes a nadie!
Ave que no vuelas,
pobre niña mía,
si tal vez pudiera,
yo te salvaría.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Boca enmudecida,
lengua entrapizada,
¿quién en tu garganta
puso tantas balas?
Si es tu alma herida
la que claro habla
y eres entendida,
sobran las palabras.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Huyes recelosa,
nadie en ti confía.
¡ven! no tengas miedo,
dulce mariposa,
que hay flor de romero,
queso y pan del día.
Ízate en tu vuelo,
triste niña mía.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Nervios agitados,
viento enloquecido,
látigos de acero
sangran sacudiendo
tus cinco sentidos.
No hay Dios en el cielo
que tenga encendido
tu ardiente lucero.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Paz es tu alma blanca,
luna que se oculta
tras de la montaña.
Tu inocente cara,
noche que sepulta
viva una esperanza.
¡Abre tu ventana
al blancor del alba!

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.



Juan Serrano
de su blog: Blao
26 agosto, 2013



lunes, 2 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA ZAPATERÍA DEL AMOR (Narciso de Alfonso)



El fotógrafo de la vida y de la muerte no ha tenido piedad y nos ha dejado abierta una ventana impúdica delante de la zapatería del amor, donde todos los zapatos son huérfanos de pareja y de pieses, y tal vez por eso sienten el frío falso de la soledad, añadido al frío real del frío, y se amontonan para darse calor como si no estuvieran muertos.

Es la zapatería de Auschwitz-Birkenau, ante la que uno debería callarse para siempre, o andar de rodillas todo lo que le quedara de vida, o sumergirse ahí, en el montón de zapatos, y arrancarse el pelo o comerse las orejas propias y ajenas, o vestirse de saco y de ceniza en una penitencia definitiva.

Es la tienda de las últimas rebajas, de los saldos funerales, no hay manera de encontrar dos zapatos ni siquiera parecidos: después de pasarse una hora buscando entre la muerte y tanto cuero loco, se acaba saliendo con una chancleta en un pie y una bota en el otro, las dos pequeñas de talla y las dos del pie siniestro, que además abollan el empeine, como les pasaba con el zapato de cristal a las hermanastras malas de Cenicienta.

Hay que quedarse en estos zapatos, con estos zapatos, mucho rato, muchas vidas, en esta zapatería de los altos hornos de Loewe, para no olvidar nada, para impedir que la imaginación nos lleve más allá: hay que ponerse las piernas de madera, las patas de palo para clavarse en la tierra y, riendo como una hiena, obligar a la vieja que ya está desnuda y azul de frío a que se quite las sandalias Armani de cuero trenzado en rojo y negro para que la nieve bonita le haga cosquillas en los talones mientras se le come los dedos de los pies a gangrenazos, y como parece contenta de frío, pedirle que nos baile la última muñeira de su vida, a la pata coja y levantándose hasta la barbilla las tetas, que las tiene como baberos de babear.

Hay que quedarse muchas horas en la zapatería del amor, hasta que nos salgan suelas en los labios, hasta que vuelva la tormenta que nos llama padre y que llora en su delantal como una camarera, hasta que suba el nivel del mar que no existe y se lleve el rebaño de zapatos a las playas del Caribe, donde podrán andar descalzos y pisar la arena tibia, la arena blanca, la espuma larga de las olas.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



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