- La amenaza climática permite legislar sobre la vida privada, el transporte y la alimentación.
- La amenaza de Tunguska solo requiere ingeniería pesada, ciencia honesta y soberanía técnica.
Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié. (A. Rimbaud)
domingo, 26 de abril de 2026
ANATOMÍA DEL CONTROL GLOBAL: TUNGUSKA Y EL EMBUSTE DE LA PROTECCIÓN (Servando Gotor)
jueves, 23 de abril de 2026
LUX AETERNA (Servando Gotor)
Hace años escribí estas líneas para una de mis novelas, y perdón por la autocita. Pero es que en aquel momento la idea nacía de una profunda inquietud filosófica, no solo referida al negro firmamento. De hecho, al asomarme a la noche a pie de calle, me asaltaba el vértigo del solipsismo, esa duda abismal sobre si el mundo sigue ahí cuando le damos la espalda. ¿Existe la ciudad cuando nadie la vive? ¿Es el universo cuando nadie lo ve? Pensaba en el silencio atroz de las calles vacías y me preguntaba qué sería de su esencia si no estuviera yo, aquí y ahora, para atestiguarlo. Inevitablemente, terminaba dándole la razón a Schopenhauer al sentir que el mundo era mi representación, y a Berkeley cuando sentenciaba que no hay objeto sin sujeto. Buscaba en el cielo un pasado que no conocía, asumiendo que mi reflexión era, en cierto modo, una hermosa licencia poética.
Pero la poesía a veces esconde una física aplastante. Cualquier duda que albergara sobre aquella intuición literaria se desvaneció por completo durante una visita nocturna al Teide.
La biología de la oscuridad
A pesar del prosaico contexto turístico que suele rodear estas excursiones, la experiencia me marcó profundamente. Arriba, en lo más alto, busqué un refugio alejado de cualquier rastro de luz artificial; buscaba la noche más noche, la oscuridad más rotunda. Y una vez allí, simplemente comenzó la mirada al cielo.
El espectáculo es un proceso, no una revelación instantánea. Al principio, el firmamento te regala apenas unas cuantas estrellas, seguramente las más luminosas. Pero, poco a poco, empiezan a asomar otras. Y luego otras. Y otras más, hasta que el negro firmamento se colma de cientos y cientos de puntos de luz, saturando la mirada como el decorado más kitsch de un portal navideño.
Uno podría atribuirle este prodigio a la magia del lugar, pero a poco que se piense, la realidad impone su maravillosa crudeza: no es que las estrellas vayan apareciendo, es que tu pupila, hambrienta de luz, se dilata enormemente para abrirse paso en la tiniebla. Son tus propios ojos los que le arrancan a la oscuridad esos astros que parecían ocultarse. La primera y prosaica conclusión que se saca de esto es un baño de humildad: nuestra vista, al igual que el resto de nuestros sentidos, es de una limitación abrumadora.
El firmamento como máquina del tiempo
A esta revelación biológica le sigue un "falso prodigio" aún mayor. Las estrellas que finalmente logramos captar ni son ni están allí donde las ubicamos. Únicamente fueron y estuvieron.
La luz que impacta en nuestra retina ha tenido que cruzar un espacio tan inabarcable que ha tardado cientos, miles de años en llegar hasta nosotros. Lo que contemplamos no es la estrella, sino su destello antiguo, su eco en el vacío. Por lo tanto, no hay metáfora literaria que valga: cuando miramos al firmamento, miramos estricta y literalmente al pasado.
La entropía y nuestro origen
Esta certeza empírica me empuja irremediablemente hacia una reflexión final sobre nuestro lugar en todo este mecanismo. La termodinámica nos enseña dos reglas ineludibles de la realidad. Primero, que ninguna energía se crea ni se destruye, solo se transforma. Y segundo, que el universo tiende a la entropía, al desorden y, en última instancia, al frío.
Nosotros, como el cosmos, provenimos del orden y el fuego, y luchamos inútilmente por mantenerlos; somos el resultado directo de esa transformación, de ese irremediable camino al caos. Y al levantar la vista hacia ese pasado estelar, sabemos por la fuerza de la lógica que venimos de alguna de esas luces. Estrellas inmensas que desaparecieron, que se apagaron; astros que, en su singular degradación hacia el polvo, atravesaron miles de fases. Una de esas fases es nuestro propio planeta y la amalgama de carbono y hierro que forma a cada uno de los miles y miles de seres que llevamos poblando la Tierra.
Esta es la conclusión definitiva. Nuestra esencia, nuestra pertenencia física e innegable al cosmos, nos otorga un extraño tipo de eternidad. Cuando Carl Sagan afirmó que somos "polvo de estrellas", no estaba haciendo uso de una licencia poética. Estaba enunciando una auténtica realidad física. Somos, sencillamente, el universo dotado de conciencia, asomándose en la cima nocturna de un volcán dormido para intentar comprender, en silencio, la inmensidad de su propio origen.
martes, 21 de abril de 2026
Aragoneses y navarros... ¿primos hermanos? Cuando la capital de la Ribera era Zaragoza.
Por décadas, el destino legal, agrícola, deportivo y cotidiano de la Ribera no se escribía en Pamplona, sino siguiendo el curso del Ebro. Un viaje en el tiempo a la época en la que Zaragoza era, de facto, la metrópolis de los navarros del sur.
RIBERA DE NAVARRA.- Para un niño de Andosilla, Corella o Tudela en los años 60, Zaragoza no era "el extranjero" ni una ciudad vecina más. Era el lugar donde el padre iba a arreglar papeles de tierras, donde el abogado local tomaba el tren para defender un pleito y donde los domingos se celebraban, pegados a la radio, los goles de los "Magníficos". Más allá de la afinidad cultural, existía una estructura de Estado y una geografía implacable que cosían la Ribera a la capital aragonesa con hilos de acero, raíles de tren y sentencias judiciales.
El mazo de la justicia y la llave del agua
Mucho antes de que el Parlamento de Navarra o el Tribunal Superior de Justicia de Pamplona fueran el centro de la vida foral, el poder en el sur de Navarra hablaba con acento maño. Durante más de un siglo y medio, la Audiencia Territorial de Zaragoza extendió su manto jurisdiccional sobre las tres provincias aragonesas y toda Navarra.
Cualquier apelación civil de importancia o pleito de calado que naciera en los juzgados de la Ribera terminaba, irremediablemente, en el Palacio de los Condes de Luna, en la capital aragonesa. Este vínculo obligaba a un flujo constante de profesionales que hacían del eje ferroviario del Ebro su oficina itinerante. El derecho navarro se interpretaba a escasos metros de la Basílica del Pilar.
A esto se suma un poder vital para una comarca agrícola: el agua. A diferencia de la justicia o la educación, la sede central de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en Zaragoza es el gran vínculo que ha sobrevivido al tiempo. Sus despachos dictaban ayer, y siguen dictando hoy, los designios de las acequias, los regadíos y las concesiones de la Ribera, manteniendo vivo un nexo económico ineludible con la capital del Ebro.
El Heraldo y la capital espiritual
Este peso institucional explica por qué el Heraldo de Aragón (y en su época, El Noticiero) era el periódico de referencia en los hogares riberos. Las noticias de la Audiencia Territorial, los edictos de la CHE y los precios de las lonjas agrícolas aragonesas afectaban directamente a la economía navarra. En los quioscos de Tudela, el Heraldo no era prensa forastera; era el cronista oficial de una realidad compartida.
Pero más allá de la burocracia y el papel impreso, Zaragoza ejercía de capital espiritual. El viaje desde la Ribera, ya fuera por motivos médicos, de compras o legales, rara vez se daba por concluido sin cruzar la imponente plaza y entrar a la Basílica para "saludar a la Virgen". La devoción al Pilar no entendía de fronteras provinciales; era una fe de ribera compartida que explica, aún hoy, la abundancia del nombre de Pilar en tantas familias navarras del sur y la omnipresencia de esas cintas protectoras en los retrovisores de los coches que recorrían la carretera del Ebro.
La cantera de la Ribera: Internados y facultades
Si hubo un puente humano inquebrantable en aquella década, fue el de los estudiantes. Antes de que el sistema educativo navarro se descentralizara, los colegios e internados de Zaragoza —muchos de ellos religiosos como Escolapios, El Salvador o Santo Domingo de Silos— eran el hogar de cientos de chicos de la Ribera. Para muchas familias agrícolas que empezaban a prosperar, enviar al hijo "a estudiar a Zaragoza" era el mayor símbolo de ascenso social.
En la etapa universitaria, la simbiosis era total. El Distrito Universitario de Zaragoza era el destino natural y público. Aunque la Universidad de Navarra en Pamplona (nacida en 1952) crecía en prestigio, su carácter privado la alejaba de muchas economías domésticas. Medicina, Derecho o Veterinaria se llenaban de apellidos navarros que hacían de las pensiones del Casco Viejo su segundo hogar, forjando vínculos de amistad y matrimonio que unieron ambas regiones para siempre.
El cuartel y el estadio: Lazos de sangre y fútbol
Aunque administrativamente el servicio militar de los navarros dependía de la Capitanía General de Burgos (Sexta Región), la logística, las comunicaciones y la imponente infraestructura castrense de Zaragoza —con el campo de San Gregorio y sus academias— hacían que la vida militar de muchos jóvenes de la Ribera gravitara hacia el Ebro.
Ese roce humano constante se traducía en pasión deportiva. La Peña Zaragocista de Andosilla, con su charanga animando las gradas de La Romareda, es una de las más antiguas de España y no era una anécdota aislada. En aquellos años 60, ser del Real Zaragoza —el equipo hegemónico del valle— era una extensión natural de ser de la Ribera.
El gran divorcio: De la Autopista al Amejoramiento
Hoy, ese mundo ha desaparecido. La llegada de la democracia y la construcción del Estado de las Autonomías trajeron consigo el "repliegue" institucional navarro.
Varios hitos cortaron el cordón umbilical: la creación del Tribunal Superior de Justicia de Navarra (1989) independizó jurídicamente a la Comunidad Foral; la fundación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA en 1987) frenó la diáspora estudiantil hacia Aragón; y, sobre todo, la construcción de la Autopista de Navarra (AP-15), que sorteó por fin el temido puerto del Carrascal y redujo a menos de una hora un viaje a Pamplona que antes era una odisea de curvas y camiones. El autogobierno dotó a la región de servicios propios que hicieron innecesario el viaje al sur.
Del afecto al "efecto rebote"
Lo que en los años 80 y 90 fue un distanciamiento administrativo lógico, en el siglo XXI se ha tornado en ocasiones en una relación más distante. Este "efecto rebote" tiene varias aristas:
El fútbol como termómetro: El largo declive deportivo del Real Zaragoza, coincidiendo con la estabilidad del C.A. Osasuna, ha provocado un relevo generacional. En los patios de los colegios de la Ribera, las camisetas blanquiazules han sido sustituidas por el rojo osasunista, a menudo acompañado de una rivalidad deportiva que antes no existía.
La política del agua: La gestión del Ebro y las tensiones políticas de principios de siglo crearon brechas. La defensa a ultranza de los intereses aragoneses sobre el río fue vista desde algunos sectores navarros como una injerencia, alimentando un recelo mutuo que la CHE, desde sus despachos de Sagasta, debe gestionar con delicadeza.
La identidad cultural: Aunque el "estilo ribero" (jotas, verduras y almuerzos) sigue hermanando a ambas orillas, la juventud actual consume una cultura popular más volcada hacia lo navarro-vasco o hacia lo global, dejando atrás la estética de las casas regionales de antaño.
Una frontera mental
El Ebro sigue fluyendo igual, pasando por los mismos puentes de piedra y hierro, pero la mirada del ribero ha cambiado de sentido. Donde antes había una simbiosis vital, hoy hay una frontera administrativa nítida.
La Ribera es hoy más Navarra que nunca, y ha decidido que su capital, por fin, es Pamplona. Aquella Zaragoza de los años 60, que ejerció de capital judicial, académica y emocional de los navarros del sur, queda hoy guardada en la memoria de quienes recuerdan ver llegar el periódico de Aragón cada mañana como algo propio. Un capítulo entrañable de nuestra historia común que no debería generar olvidos ni odios, sino el respeto que merece el recuerdo de una vida compartida.
viernes, 10 de abril de 2026
DEL "RELATO" AL CUENTO, O EL ARTE DE ENGAÑAR CON PALABRAS NUEVAS (Servando Gotor)
El
poder siempre ha contado cuentos. Lo único que ha cambiado es el nombre del
oficio y el precio de la entrada.
No hay cuenta sin cuento, ni
cuento sin cuenta.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que al
cuento se le llamaba cuento. El político mentía y se decía que mentía. El
banquero especulaba y se le llamaba especulador. El demagogo enardecía a las
masas con promesas incumplibles y el vecino de la taberna, sin haber leído un
solo manual de filosofía política, zanjaba el asunto de un golpe: «no nos venda el cuento». Aquellos eran tiempos, en cierto modo, más honestos
en su cinismo.
Hoy, en cambio, vivimos en la era
del relato. El término llegó de las academias y los departamentos
de comunicación con la solemnidad de quien trae noticias de otro mundo. Los
asesores de imagen, los spin doctors, los directores de estrategia
narrativa —que así se llaman ahora algunos que antes eran simplemente
embusteros profesionales— nos informaron de que el poder ya no gobierna: construye
relatos. Y la ciudadanía, deferente ante tanta modernidad, asintió.
«El relato no es más que el cuento
de toda la vida puesto en traje de marca, con anglicismo y PowerPoint.» Consideración
evidente
Conviene, antes de seguir, hacer un poco
de arqueología lingüística. El vocablo relato, en su uso político y
mediático contemporáneo, no viene precisamente de Homero —aunque algo debe al
rapsoda que recitaba de pueblo en pueblo, cobrando por ello. El término
anglosajón narrative, popularizado en los años noventa por los
asesores demócratas de Bill Clinton y luego canonizado en toda campaña
electoral que se precie, fue traducido al castellano como «relato» por aquellos
que consideraban que «cuento» sonaba demasiado vulgar, demasiado a abuela,
demasiado a lo que era: una mentira bien contada.
Así que importamos el envoltorio y lo
llenamos del mismo relleno de siempre. Clásico.
Porque el asunto, como bien intuyó
Gracián —ese aragonés irredento que escribió en el siglo XVII todo lo que los
consultores de comunicación creen haber inventado en el XXI—, es que nunca hubo
cuenta sin cuento ni cuento sin cuenta. Es decir: detrás de todo discurso hay
un interés, y detrás de todo interés hay un discurso que lo disimula. El poder
ha necesitado siempre una historia que lo justifique, y el pueblo, con más
frecuencia de la que es decoroso admitir, ha necesitado creerla.
Lo que ha cambiado, si acaso, es la
sofisticación del mecanismo. Antes, el rey convocaba al cronista y le pedía que
escribiera su hazaña. Hoy, el grupo mediático convoca a la tertulia y le pide
que construya el clima. El resultado es similar: vemos y oímos con los ojos y
oídos de otros. Hemos sido adiestrados —o nos hemos dejado adiestrar, que
también es una forma de colaboración— para delegar la interpretación de la
realidad en quien tiene los altavoces más grandes.
«Se vende lo mejor y lo peor, pero
sobre todo se vende el que compra.»— Gracián, puesto al día
Llegados aquí conviene abordar una
cuestión etimológica que resulta políticamente más explosiva de lo que parece:
¿por qué cuentos chinos? La expresión designa, como sabe cualquier
hispanohablante, aquello que es inverosímil, exótico en su falsedad, imposible
de verificar. Y la respuesta, lejos de ser un capricho de la lengua, tiene una
geografía y una historia.
El mérito —o la culpa— hay que
repartirlo entre Marco Polo y sus sucesores en el noble arte del viaje
fabulado. Cuando el veneciano regresó de sus andanzas orientales a finales del
siglo XIII, trajo consigo una narración tan prodigiosa —palacios de mármol,
especias que valían su peso en oro, ejércitos de elefantes— que sus
contemporáneos le pusieron el apodo de Il Milione, no por generoso,
sino porque sus cuentos parecían contarse por millones. En su lecho de muerte,
cuentan, alguien le pidió que se retractara de sus exageraciones. Él respondió que no
había contado ni la mitad de lo que había visto. Se llevó sus secretos a la tumba,
que es exactamente lo que hacen los buenos cuentistas.
Tras Polo vinieron otros muchos viajeros
que comprendieron el negocio: Europa ignoraba lo que había al otro lado del
mundo, y esa ignorancia era un mercado. Regresaban de Oriente cargados de
reliquias —cabezas de San Juan en número que habría requerido un santo
poliédrico, astillas de la Vera Cruz suficientes para reconstruir una selva
tropical—, y nadie podía desmentirles porque nadie había estado allí y se precisaba casi una vida para semejante viaje de ida y vuelta. Los
chinos, por su parte, recibían a estos mismos viajeros con sus propias
fabulaciones. Era, en definitiva, un intercambio equitativo: engaño por engaño,
cuento por cuento.
De ahí que «cuento chino» haya quedado
en la lengua como sinónimo de embuste indemostrable. Lo chino no alude a la
deshonestidad del pueblo chino —que bastante tiene con aguantar los tópicos de
los demás— sino a la distancia que imposibilitaba la verificación. Si el cuento
venía de tan lejos, ¿quién iba a comprobarlo?
En esto, la modernidad ha hecho una
aportación técnica notable: ya no hace falta que el cuento venga de China.
Basta con que venga de una pantalla suficientemente grande. La distancia que
antes proporcionaba la geografía la proporciona hoy la velocidad: los bulos
viajan más rápido que las verificaciones, y para cuando el fact-checker llega a
la escena del crimen, el cuento ya ha hecho tres vueltas al mundo y ha sido
comentado con ardor por personas que están absolutamente seguras de lo que no
saben.
Pero seamos justos —esa virtud tan poco
rentable— y no carguemos toda la responsabilidad en el poder y sus narradores.
Gracián, siempre implacable, lo dejó escrito: «malo es todo, pero la necedad
intolerable». Tenemos, en cierta medida, el relato que merecemos. Una sociedad
que prefiere la emoción a la verificación, el titular al artículo y el meme al
argumento, es una sociedad que ha firmado el contrato de la credulidad sin leer
las cláusulas. Y luego, claro, se queja de las cláusulas.
Además, y esto es quizá lo más
gracianesco del asunto, el poder sabe perfectamente que «honra y doblones no
caben en el mismo saco». Quien triunfa en la arena del relato moderno rara vez
lo hace por sus virtudes: triunfa el que va cargado, el que tiene los medios,
el que puede repetir su versión cien veces hasta que se convierte en verdad por
pura saturación. Y el que «todo lo suyo lo llevaba consigo» —el que tenía
argumentos pero no altavoces— ese se queda en el camino, con su razón intacta y
su influencia nula.
* * *
Concluiremos, pues, como conviene a un
tema tan antiguo: brevemente. Porque «lo bueno, si breve, dos veces bueno», y
«a menos palabras, menos pleitos», y «conviene dejar con hambre y no cansar»,
máximas todas, por supuesto gracianescas, que los articulistas incumplen
sistemáticamente pero que siempre invocan en el cierre para fingir virtud.
El relato es el cuento. El cuento ha
sido siempre el cuento. El poder lo cuenta, nosotros lo compramos, y luego nos
sorprendemos de haber pagado. Marco Polo mintió, los medievales le creyeron,
los asesores de comunicación lo perfeccionaron, y aquí seguimos: escuchando
cuentos chinos con nombre en inglés, pagados con impuestos o con clics, y
convencidos de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, nos están
contando la verdad.
¿Por qué…? “Que lo averigüe Vargas”,
decían también cuando nada había que averiguar. Pues bien, que lo averigüe
quien quiera. O, mejor: que lo haga el algoritmo de los que ahora también construyen
relatos. Aunque ese, ya, sería otro cuento.
miércoles, 1 de abril de 2026
PROSTITUCIÓN Y TUTELA ESTATAL. CUANDO LA LIBERTAD MOLESTA (Servando Gotor)
Ni nuevo ni progresista: el viejo
castigo con nuevo discurso
Hay ideas que se repiten tanto que
acaban pareciendo verdad. Una de ellas es que la persecución del proxenetismo y
de la inducción a la prostitución sería un logro reciente, una conquista
jurídica impulsada por la sensibilidad moderna y consolidada por instrumentos
como el Convenio de Estambul.
Suena bien. Es tranquilizador. Y además
encaja perfectamente en el relato de progreso continuo en el que nos gusta
instalarnos. Pero hay un problema: no es cierto.
Ni el proxenetismo ni la inducción a la
prostitución son inventos jurídicos del siglo XXI. Ni siquiera del XX. España
lleva más de siglo y medio castigando esas conductas. Ya estaban en los códigos
penales del XIX. Y en 1956, en pleno franquismo, el Estado no solo las
perseguía: había construido ya un sistema abolicionista reconocible, con
prohibición de burdeles y sanción del lucro sobre la prostitución ajena. Es
decir, lo esencial ya estaba ahí.
Entonces, ¿qué ha cambiado? La
respuesta, aunque incómoda, es bastante clara:
ha cambiado el lenguaje. Antes se castigaba en nombre de la moral
pública. Hoy se hace en nombre de la libertad sexual. Antes se hablaba de orden
social; hoy, de dignidad y derechos. El giro es evidente. Pero conviene no
confundirlo con una revolución jurídica.
Porque el Convenio de Estambul no creó
estos delitos en España. No vino a llenar un vacío legal. Vino a reinterpretar
lo que ya existía, a insertarlo en un nuevo marco ideológico donde la
prostitución se entiende como expresión de desigualdad estructural.
Y aquí empieza la parte incómoda del
debate.
¿Libertad protegida… o libertad
corregida?
El argumento abolicionista contemporáneo
es conocido: la prostitución no es verdaderamente libre porque está
condicionada por la desigualdad, la necesidad económica o la vulnerabilidad. Puede
ser cierto en muchos casos. Nadie serio lo niega. Pero la pregunta no
desaparece por ello. Al contrario, se vuelve más urgente: ¿puede el Estado
decidir que una elección deja de ser válida porque no le gusta el contexto en
el que se produce? Cuando esa lógica se lleva hasta el extremo, el resultado es
inquietante:
la libertad individual deja de ser un punto de partida y pasa a ser algo que el
poder público evalúa, corrige o incluso invalida. Y entonces el debate
deja de ser jurídico para convertirse en algo más profundo: ¿seguimos
hablando de libertad… o de tutela?
Neutralidad selectiva
Esta tensión no se limita a la
prostitución. Aparece en otros ámbitos donde el discurso oficial empieza a
mostrar grietas. En nombre de la neutralidad, se retiran símbolos religiosos
tradicionales de los espacios públicos. El Estado no debe identificarse con
ninguna confesión, se nos dice. Y, sin embargo, ese mismo Estado protege —y a
veces facilita— la expresión visible de otras prácticas religiosas en el ámbito
individual: desde la vestimenta hasta adaptaciones en servicios públicos como
la alimentación. La explicación jurídica existe: “el Estado es neutral, el
individuo es libre”. Pero la percepción social va por otro lado. Porque lo que
muchos ven no es un equilibrio fino, sino una dinámica más simple: lo propio
se diluye; lo diverso se refuerza. Y eso, guste o no, genera una sensación
difícil de disipar: la de que la neutralidad no siempre opera en todas las
direcciones con la misma intensidad.
El relato como sustituto de la
realidad
Y es que, quizá, el mayor problema no
esté en las leyes sino en cómo se cuentan. Se habla de avances históricos donde
lo que hay es continuidad. Se presentan como conquistas recientes normas que
llevan décadas —o siglos— formando parte del ordenamiento. Se reescribe el
pasado para que encaje mejor con el presente. Y en ese proceso, el Derecho
corre el riesgo de convertirse en algo secundario frente al relato que lo
envuelve.
Por eso, tal vez,
haya que empezar a formular las preguntas de otra manera. No si debemos
proteger a las personas frente a situaciones de vulnerabilidad —eso es
indiscutible—, sino ¿hasta dónde puede llegar esa protección sin vaciar de
contenido la libertad? ¿Quién decide cuándo una elección es “válida”? ¿Y bajo qué criterios? Porque si la respuesta
es siempre la misma —el Estado, en nombre de un bien superior—, entonces
conviene reconocerlo abiertamente. Y aceptar sus consecuencias.
Al final, quizá la idea más incómoda sea
también la más sencilla: no estamos ante un Derecho nuevo, sino ante un
viejo Derecho que ha aprendido a hablar un lenguaje distinto. Y eso, más
que un detalle técnico, es una cuestión que merece ser discutida sin consignas.




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