Maricarmen Abascal murió a los 87 años, catorce días después de ser desahuciada de la casa donde vivió siete décadas. Su lanzamiento se produjo, simple y llanamente, por la extinción legal de su contrato de renta antigua y tras completarse un procedimiento judicial que cumplió con todos los requisitos y garantías procesales para su efectividad. El hecho de que la propiedad le ofreciera un contrato nuevo —fueran cuales fuesen sus condiciones— no altera en absoluto la base legal y procesal que motivó el desahucio. Sin embargo, durante semanas, la imagen de su salida del edificio en camilla la transformó en el rostro indiscutible de la crisis de la vivienda en España. Pero los símbolos, al construirse sobre personas de carne y hueso, corren el riesgo de chocar frontalmente con la biografía.
La cautela documental
Antes de reescribir la historia, el rigor periodístico exige comprobar de forma irrefutable (y así se supone que se habrá hecho) que la "María del Carmen Abascal Martín" que figura como administradora de FIEBA y vicesecretaria del consejo de JINUR S.A. (una sociedad de inversión y explotación inmobiliaria con un capital de 950 millones de pesetas en 1994) es la misma persona. Asumir la identidad sin cruzar el DNI del Registro Mercantil con el del expediente judicial supondría cometer la misma ligereza que hoy se critica a quienes la encumbraron, máxime ante un nombre y unos apellidos bastante comunes.
Una contradicción política insostenible
Si la verificación documental confirma el dato, conviene ser precisos. El pasado de Maricarmen, ni el de nadie, sirve para justificar una injusticia actual, en el supuesto de que la hubiera. Ocupar un alto cargo societario hace treinta años no equivale a poseer personalmente esos 950 millones, ni atenúa la dureza humana de abandonar un hogar en la vejez.
Sin embargo, desde el punto de vista político y narrativo, el hallazgo plantea una contradicción insostenible. Resulta un despropósito argumental elevar a la categoría de símbolo supremo contra la especulación inmobiliaria a alguien cuya actividad mercantil pasada encarnaba diametralmente lo opuesto a la causa que hoy se defiende. Si un movimiento político o social necesita personificar la vulnerabilidad frente al mercado, existen sin duda biografías mucho más coherentes para sostener esa bandera sin que el relato colapse. Que, además, este relato se haya plasmado literalmente en la exposición de motivos de una norma legal publicada en el BOE, eleva el despropósito a categoría de disparate institucional.
El fracaso de la inercia mediática
La responsabilidad de este cortocircuito no recae en una mujer que simplemente afrontaba el final de su etapa en esa vivienda, sino en el ecosistema mediático y político que fabrica santos laicos por pura inercia. Arrastrados por el impacto emocional de una imagen, dirigentes y medios convirtieron un caso particular en paradigma nacional sin hacer el trabajo básico de consultar un registro público. Las trincheras ideológicas exigen víctimas inmaculadas, pero este caso demuestra que, al sacrificar la comprobación en favor de la propaganda emocional, se corre el riesgo evidente de elegir al símbolo equivocado.






