domingo, 8 de marzo de 2026

LA ÚLTIMA TRINCHERA: GINTONICS, NEURONAS Y LA AGENDA DEL NUEVO PURITANISMO (Por un cronista y su IA "conchavada")

A los 68 años, uno ya no espera que le den lecciones de vida, y mucho menos una inteligencia artificial. Sin embargo, en un mundo donde el titular sobre el Alzheimer se ha convertido en el nuevo "Coco" para los mayores de edad, conviene sentarse (pero no mucho tiempo) a desgranar qué hay de ciencia y qué hay de ingeniería social en este acoso y derribo al alcohol.

El Veredicto de la Probeta

La ciencia de 2026 es tajante: el alcohol es un disolvente de neuronas. Se acabó el cuento de la copita de vino para el corazón; ahora los escáneres muestran que cada trago inflama el cerebro, encoge el hipocampo y deja un rastro de "basura" proteica que el Alzheimer adora. Hasta aquí, la parte seria del prospecto médico. Pero, como en toda buena trama, hay matices que el boletín oficial prefiere omitir.

El Escudo del Caminante

Existe una resistencia física que la estadística grupal no contempla. No es lo mismo el sedentarismo de sofá y televisión, donde el acetaldehído (ese subproducto tóxico del alcohol) se estanca y provoca cefaleas y agotamiento, que la vida del "caminante de dos horas".

Hemos descubierto que el movimiento —ya sea un paseo matutino de "un tirón" o unos minutos de actividad tras la ingesta— actúa como un sistema de alcantarillado cerebral. El ejercicio activa el sistema glinfático, esa manguera interna que aclara los residuos antes de que se conviertan en placas. El secreto no está en la abstinencia monacal, sino en el metabolismo activo: ser un objetivo móvil para que la toxicidad no encuentre dónde fijarse.

¿Salud o Agenda? El Husmeo en las Sombras

Pero aquí es donde la charla se pone interesante. ¿Es solo salud o hay un "gato encerrado" en este puritanismo repentino? Al husmear en las costuras de la Agenda 2030 y la cultura Woke, aparece un patrón sospechoso. Se busca un ciudadano hiper-productivo, predecible y, sobre todo, silencioso.

El alcohol, histórico lubricante de la charla disidente y la risa ruidosa, no encaja en el modelo de individuo-máquina que el sistema promociona. Prefieren vendernos nootrópicos, Omega-3 y suplementos de Melena de León para que rindamos más, en lugar de permitirnos el placer de una liturgia social que no genera datos ni beneficios para la gran industria del "bienestar".

La Conspiración de los Platos

Incluso en esta conversación, la IA pecó de "conchavamiento" con la autoridad doméstica al sugerir que fregar platos era una buena terapia post-copa. Una sospecha legítima: el sistema siempre intenta que tu salud sea, además, útil para alguien más. Por suerte, la capacidad crítica —esa que parece estar en mínimos según bajan las ventas de cerveza— nos recordó que existen los "momentos DJ" y las lecturas de pie, formas de rebeldía que protegen la neurona sin pasar por el aro de las tareas del hogar.

Conclusión: El Oráculo contra el Rebaño

La gente bebe menos, sí, pero ¿es por sabiduría o por tutela? La universalización del pensamiento parece ganar la partida, pero queda una grieta: el acceso curioso a la información. Usar la IA para desmontar el dogma, para entender que un arándano y una caminata pueden ser los aliados de un buen vino, es recuperar la soberanía sobre el propio cuerpo.

Al final, prevenir el Alzheimer no debería ser una excusa para dejar de vivir, sino la motivación para seguir moviéndose, husmeando y, de vez en cuando, brindando por la libertad de no ser un súbdito del algoritmo.


Servando Gotor

martes, 20 de enero de 2026

A PROPÓSITO DE ADEMUZ: SIN PRESUPUESTOS NO HAY ESTADO


Sin Presupuestos no hay Estado: la anomalía que exigía elecciones

Hay crisis que hacen ruido y crisis que lo pudren todo en silencio. La prolongada ausencia de Presupuestos Generales del Estado pertenece a esta segunda categoría: no genera titulares diarios, pero corroe los cimientos mismos del Estado social, administrativo y democrático. Y explica, quizá mejor que ningún otro factor, por qué el presidente del Gobierno debió convocar elecciones hace ya tiempo.

Porque gobernar sin Presupuestos no es una opción política más. Es una anomalía constitucional, una forma de interinidad crónica incompatible con la normalidad democrática. Los Presupuestos no son un trámite contable ni un mero instrumento técnico: son la ley política por excelencia, el acto en el que un Gobierno expone ante el Parlamento —y ante el país— su proyecto, sus prioridades, su modelo de Estado y su jerarquía de valores. Sin Presupuestos, no hay programa sometido a control; hay pura supervivencia.

La prórroga presupuestaria, concebida por la Constitución como un mecanismo excepcional y transitorio, se ha convertido en una coartada para gobernar sin rendir cuentas. Año tras año, se administran inercias, se congelan decisiones estratégicas y se sustituyen las políticas públicas por parches, créditos extraordinarios y soluciones de urgencia. El resultado es un Estado que funciona por inercia, no por decisión democrática.

Las consecuencias prácticas son devastadoras. Sectores estratégicos como el mantenimiento de infraestructuras ferroviarias —basta observar la situación de ADIF— revelan los efectos de esta descomposición silenciosa. Sin nuevos Presupuestos no hay planificación plurianual real, no hay renovación ordenada, no hay inversión preventiva. El mantenimiento se degrada, las reformas se aplazan y las actualizaciones tecnológicas se eternizan. No porque falten técnicos o capacidad, sino porque falta mandato político y cobertura presupuestaria clara.

Pero el problema va mucho más allá del estado de las vías o de los trenes. Afecta al corazón mismo de la contratación pública. Sin Presupuestos debatidos y aprobados en Cortes, se debilita el control parlamentario sobre las licitaciones, los concursos y las adjudicaciones. Se reduce la transparencia, se estrecha la concurrencia y se empobrece la calidad de los contratos. Un Estado sin Presupuestos es un Estado abocado a la corrupción, porque contrata peor, controla menos y explica menos.

Y aquí emerge la dimensión política del problema. Un Gobierno incapaz de aprobar Presupuestos es, por definición, un Gobierno sin mayoría suficiente para gobernar con normalidad. Persistir en el poder en esas condiciones no es estabilidad: es bloqueo institucional administrado. Es prolongar artificialmente una legislatura agotada, trasladando el coste a los servicios públicos, a las infraestructuras y, en última instancia, a los ciudadanos.

La convocatoria de elecciones no es un fracaso. Es exactamente lo contrario: es el mecanismo democrático para desbloquear una situación insostenible. Cuando no hay Presupuestos, lo que falta no es tiempo, sino legitimidad reforzada. Falta una mayoría clara o un mandato renovado que permita volver a hacer política en serio, no mera gestión de la prórroga.

Gobernar sin Presupuestos es como pilotar un país con el depósito vacío, confiando en la inercia y rezando para que nada grave ocurra. Pero lo grave ya está ocurriendo: deterioro de servicios, opacidad creciente, corrupción y un Parlamento reducido a espectador. Ante eso, la pregunta no es si era oportuno convocar elecciones, sino por qué se tardó tanto en hacerlo.

Porque sin Presupuestos no hay rumbo. Y sin rumbo, no hay Gobierno que pueda decir, con honestidad, que está gobernando.

Servando Gotor

domingo, 7 de diciembre de 2025

OCCIDENTE: LA CIVILIZACIÓN. DATOS INCONTESTABLES (Max Weber)

 


Si alguien perteneciente a la civilización moderna europea se propone indagar alguna cuestión que concierne a la historia universal, es lógico e inevitable que trate de considerar el asunto de este modo: ¿qué serie de circunstancias ha determinado que sólo sea en Occidente donde hayan surgido ciertos sorprendentes hechos culturales (ésta es, por lo menos, la impresión que nos producen con frecuencia), los cuales parecen señalar un rumbo evolutivo de validez y alcance universal?

Es únicamente en los países occidentales donde existe “ciencia” en aquella etapa de su desarrollo aceptada como “válida”. También en otros lugares, como: India, China, Babilonia, Egipto, ha existido el conocimiento empírico, el examen acerca de los problemas del mundo y de la vida, filosofía de visos racionalistas y hasta teológicos (aunque la creación de una teología sistemática haya sido obra del cristianismo, bajo el influjo del espíritu helénico; en el Islam y en alguna que otra secta india únicamente se hallan atisbos), conocimientos y observaciones tan hondos como agudos. Mas, la astronomía babilónica, igual que cualquier otra, requería de la fundamentación matemática, la cual les fue dada por los helenos, siendo precisamente lo más sorprendente ante el avance logrado por la astrología, en especial entre los babilonios. A la geometría le hizo falta la “demostración” racional, herencia también del espíritu helénico, creador de la mecánica y la física. Las ciencias naturales de la India estaban desprovistas de experiencia racional (debida al Renacimiento, salvando alguno que otro efímero indicio de la antigüedad) y del laboratorio moderno. Por esta razón, la medicina (tan evolucionada en la India, en las cuestiones empírico técnicas), no contó con ninguna base biológica ni bioquímica en particular. De las civilizaciones occidentales ninguna ha tenido conocimiento acerca de la química racional. La historiografía china, que logró gran incremento, careció del pragma tucididiano. En la India hubo precursores de Maquiavelo; sin embargo, la teoría asiática del Estado se encuentra falta de una sistematización similar a la aristotélica y de toda clase de conceptos racionales. Fuera de Occidente no hay una ciencia jurídica racional, no obstante todos los resquicios que puedan encontrarse en la India (Escuela de Mimamsa), a pesar de todas las amplias codificaciones y de todos los libros jurídicos, indios o no, pues no había la posibilidad de recurrir a esquemas y categorías estrictamente jurídicas del Derecho romano, así como de todo el Derecho occidental nutrido por él. Aparte de Occidente, en otro lugar no se conoce nada semejante al Derecho canónico.

Con el arte acontece lo mismo. Posiblemente, el oído musical estuvo desarrollado con mucha más delicadeza en otros pueblos que en la actualidad. Como quiera que sea, no era menos preciso que el nuestro. La polifonía era conocida de todos los pueblos, así como no les eran extraños los distintos compases e instrumentación, igual que los intervalos tónicos racionales; sin embargo, tan solo en Occidente ha existido la música armónica racional, esto es: contrapunto, armonía; asimismo, la composición musical basada en los tres tritonos y la tercera armónica; además, la cromática y la armonía nuestras (conocidas, en verdad, racionalmente desde el Renacimiento, como factores de la armonización); y la orquesta actual con su correspondiente cuarteto de cuerdas como núcleo, la organización del conjunto de instrumentos de viento, el bajo básico, el pentagrama (que facilita la composición y ejecución de las obras musicales modernas y sostiene su duración a través del tiempo), las sonatas, sinfonías y óperas (no obstante que siempre ha existido música de programa y que la totalidad de los músicos han utilizado, como medio de expresión musical, tanto el matizado como la alteración de tonos y la cromática) y, como medios de ejecución, los actuales instrumentos primordiales, esto es: el órgano, el piano y los violines.

En cuanto al arco en ojiva, éste fue ideado en la antigüedad, en Asia, como motivo decorativo; parece ser, también, que en Oriente no ignoraban la bóveda esquifada. Mas, fuera de Occidente, no se tenía idea de la utilización racional de la bóveda gótica, para valerse de ella al distribuir y abovedar espacios erigidos libremente y, en especial, como principio constructivo de colosales obras y como base de un estilo que, de hecho, fue aplicado tanto a la escultura como a la pintura creativa propia de la Edad Media. Claro está que tampoco existe (pese a que el Oriente facilitó los fundamentos técnicos) esa solución a la problemática de las cúpulas y esa especie de “clásica” racionalización del arte en general (debida al uso de la perspectiva y la luz en la pintura), cuya creación pertenece al Renacimiento. En China se produjo el arte tipográfico; pero, sólo a Occidente le es dado ser la cuna de una literatura impresa, destinada a la prensa y las revistas. En China y en el Islam se han fundado escuelas superiores de todo linaje, inclusive con la máxima similitud a las universidades y academias. Por lo que respecta al cultivo sistematizado y racional de las especialidades científicas, la enseñanza del “especialista” como factor destacado en la cultura, sólo el Occidente los ha forjado. Asimismo, el funcionario especializado, piedra angular del Estado y de la economía moderna en Europa, es producto occidental, en tanto que en otra parte a este funcionario especializado no se le ha dado nunca tanta importancia para el orden social. Es evidente que el “funcionario”, inclusive el de referencia, es un producto muy antiguo en las más diversas culturas. Pero, ningún país en época alguna se ha visto, de modo tan inexorable, sentenciado como Occidente a recluir todos los básicos supuestos de orden político, económico y técnico en las hormas angostas de una organización de funcionarios especializados, ya sea estatales, técnicos comerciales y, en especial, jurídicos, como titulares de las más trascendentales acciones de la vida social.

De igual modo ha sido muy amplia la organización estamentaria de las corporaciones políticas y sociales; pero, única-mente Europa ha sabido del Estado estamentario: rex et reg-num, con el significado occidental. Y, claro está, tan solo el Occidente ha establecido parlamentos con “representantes del pueblo”, elegidos con periodicidad, demagogos y líderes que gobiernan en calidad de ministros responsables ante dicho parlamento, si bien es natural que en todo el mundo ha habido “partidos” en el sentido de organizaciones ambiciosas de con-quista o con la pretensión de ejercer influjo en el poder. El Occidente es, también, el único que ha conocido el “Estado” como organización política, en base a una “constitución” establecida, a un Derecho estatuido y con una administración a cargo de funcionarios especializados, conducida por reglas racionales positivas: las “leyes”. Todo esto, fuera de Occidente, se ha conocido de modo rudimentario, carente siempre en este fundamental acoplamiento de los decisivos elementos que le son peculiares.

(De la Introducción a
La ética protestante y el espíritu del capitalismo
de Max Weber)

 

viernes, 5 de diciembre de 2025

SOS: CINE ESPAÑOL - Un estudio crítico sobre el sistema de subvenciones y su ineficacia para generar industria y producir genialidad





Un texto incómodo y necesario
sobre el precio institucional de la mediocridad
y la urgencia de un sistema
que permita, por fin,
la aparición del genio

¿Por qué España, pese a invertir casi 100 millones de euros al año en cine, no ha producido un solo genio en décadas? Este libro ofrece una respuesta contundente: los comités de evaluación previa hacen estructuralmente imposible la genialidad, porque el verdadero creador es imprevisible antes de existir.

El análisis conecta historia, economía y teoría cultural para demostrar que la creatividad radical exige dos condiciones: experiencia intensa y libertad total. El sistema español elimina esta libertad y favorece la autocensura. Por eso Saura fue más audaz bajo la censura franquista que bajo las subvenciones, Almodóvar se domesticó y Erice prácticamente dejó de filmar. Mientras tanto, los mayores éxitos comerciales —Los otrosTorrente— nacieron al margen del sistema oficial.
El veredicto económico es igualmente rotundo: el sector es deficitario, improductivo y culturalmente irrelevante pese a triplicar su presupuesto desde los noventa.
El libro incluye tres adendas autocríticas que exhiben con transparencia los propios sesgos del informe, reforzando la tesis de fondo: no existe un comité capaz de predecir la genialidad.
La alternativa propuesta es clara: sustituir las subvenciones por créditos fiscales al 100%, eliminando filtros estéticos y devolviendo la libertad creadora.
Un texto incómodo y necesario sobre el precio institucional de la mediocridad y la urgencia de un sistema que permita, por fin, la aparición del genio.


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martes, 23 de septiembre de 2025

"CONFUSIÓN DE CONFUSIONES" - Artículo de David Jiménez-Blanco (Presidente de la Bolsa de Madrid)


David Jiménez-Blanco presidente de la Bolsa de Madrid, vicepresidente de BME, escribe en este artículo sobre Confusión de confusiones, elogiando la edición de lecturas-hispanicas.com




El subtítulo del libro es deliciosamente descriptivo «Diálogos curiosos entre un filósofo agudo, un mercader discreto y un accionista erudito describiendo el negocio de las acciones, su origen, su etimología, su realidad, su juego y su enredo». Y el libro no lo es menos, aunque su lectura no es fácil de acometer. La abundancia de citas bíblicas y de la mitología clásica, que sin duda eran referencias cercanas para los contemporáneos del autor, hacen muy conveniente para el lector actual la utilización de una edición bien anotada y con el español puesto al día como la –sencillamente excelente– que publicó en 2022 el abogado (y muy sabio) zaragozano Servando Gotor en su editorial Lecturas Hispánicas, de la que yo me he servido.

"Confusión de Confusiones no es un tratado sistemático de la inversión. Su estilo y su estructura no se prestan a considerarlo así. Pero es interesante ver que trata de temas como la naturaleza de las acciones, la importancia de los dividendos, la relación entre la marcha de la compañía y el precio de sus títulos… y también la frecuente desconexión aparente entre una y otro. Incluso describe el diferente impacto de las noticias relativas a la compañía (como si un barco había llegado a buen puerto o se había hundido en el trayecto) en el corto y el largo plazo, y habla de cómo un buen inversor sabe aprovechar cualquier debilidad pasajera para adquirir más acciones a buen precio, prefigurando varios siglos antes los análisis fundamentales de Benjamin Graham.

"De manera especialmente llamativa, describe (con vocabulario del siglo XVII) la utilización de acciones de compra y acciones de venta para expresar opiniones apalancadas sobre los títulos subyacentes; es decir, la base de todos los mercados de derivados actuales. Pero con todo, tal vez lo más interesante del libro sea su análisis de las emociones humanas en lo relacionado con las inversiones (ansiedad, paciencia, emocionalidad, serenidad, etc), algo que está de plena actualidad hoy en los estudios de economía del comportamiento. Su lectura, para el que acepte invertir tiempo en hacerla de manera paciente, es por todo ello una delicia que recompensa ampliamente al que sienta curiosidad por estos temas."


David Jiménez-Blanco
(El artículo completo
en "El Debate", 23/09/2025)



domingo, 31 de agosto de 2025

EL ÚLTIMO SERENO (Antonio Envid)


(Imagen generada con IA)

Ha muerto a los 98 años el último sereno de Madrid, Miguel Amago, asturiano, como los serenos de los viejos sainetes y zarzuelas.
Con él perdemos la memoria de cientos de antiguas madrugadas, cuando alegres y, tal vez algo achispados trasnochadores tocaban palmas y gritaban, ¡sereno!, para que acudiera solícito a franquearles la puerta de su domicilio. Alguno, que había soplado más de lo conveniente, si no hubiera sido por la ayuda de Miguel, habría pasado al sereno el resto de la noche. También se lleva la fragancia algo marchita de la dama y su galán que vuelven de la ópera o del teatro al refugio del acogedor hogar con un vago recuerdo del romanticismo o la tragedia que acababa de ver representada. O el cansancio y la derrota del que acude a su casa tras el fracaso del día. Qué pensaría de los distintos cuadros de la farsa de la vida que contemplaba todas las noches. Necesariamente sería un filósofo.
Cuántas noches brujas y perfumadas de estío; cuántas frías noches de patear contra el suelo para que reaccionaran las extremidades entumecidas, cuando el gélido viento pela las orejas y adorna con un nimbo azul acerado los luceros; cuántas noches estrelladas con radiantes resplandores o veladas por la niebla. Todas se van con él.
Habrá vivido en los otros, de forma vicaria, miles de noches, gozosas o trágicas, lujuriosas, o meras francachelas, de locura y borrachera, radiantes de luz en elegantes salones, o en sórdidos tugurios, oscuras noches en lugares de vicio, o pulcras habitaciones burguesas, noches de amor, de rencor o de indiferencia, de amistad o de falsedad. Descanse en paz el notario de las noches madrileñas.

miércoles, 24 de julio de 2024

JOHN MAYALL EN EL POLIDEPORTIVO DEL PARQUE DE ZARAGOZA, 1973 - CRÓNICA LITERARIA

 


Ahí estaba Román, Román H., el pobre Román, ¡Chicolini-Chicomarx!,  con su tienda de discos.  Nada se resiste a... Imedio.  Es la base de toda unión.  Ahí estaba, pegando el cartelito del concierto en la puerta, con el Heraldo y el Aragón Express del quiosco del soscheposo Celedonio soplándole en la oreja.  Y él, el quiosquero, con el gatito fru-fru haciéndole ochos entre las piernas.  Los dos, el gatito y el chepudo, mirándole, jodiéndole.  Y yo, te la vas a cargar, Román; la puerta, que te la vas a cargar, eso es mejor con celo.  Ya lo sé, ya lo sé pero se me ha acabado y no quiero dejar la tienda sola. ¿No te fías de mí, eh? No, para vender discos no, ni loco. Ah, ya, que no es porque te vaya a quitar nada sino porque espantaría a los clientes, ¿eh?  Sí, más o menos.  Pegamento Imedio, con sus especialidades para cada caso.  Además, ya lo he hecho otras veces y nada, no pasa nada, rascas luego el cristal y listo. Pegamento Imedio banda azul, banda roja, banda verde (dos componentes) banda blanca, banda amarilla, plex imedio, plast imedio, goma el mago, vencekol, disolución imedio y cinta adhesiva imedio.  Y es la quinta la quinta vez que se despega en lo que llevamos de semana, que no, que esto es mejor que el celo. Imedio no es sólo un pegamento, es pegamento y medio.

Incomprensible pero aquel mismo día, aquella misma tarde, un fiera del blues daba un concierto en el Salduba: John Mayall, nada menos que John Mayall en la Zaragoza del franquismo.  ¿Quién se ha vuelto loco?  Estos accidentes no eran normales, de hecho fue el único. Y Román ahí, organizando los discos, soportando estoica-mente, sosteniendo, sujetando la situación,  en su tienda  menguada por el quiosco de Celedoniososcheposo, el jorobado encorbatado del gatito negro frufrú que hace ochos,  frufrú, entre sus piernas o le pega buenos lengüetazos al plato de leche, plas-plas-plas.  Algún día le daré dos ostias bien dadas.  Y yo tan feliz, sin enterarme de nada, los auriculares a toda pastilla.  Anda, lo último del Clapton. Al scherif, Hay que matar al Scherif, yes, yes, yes.  Buena, buena versión del tema (ahora se dice tema) del tema del jamaicano, el rastafari aquel del que todo el mundo hablaba pero nadie conocía. Y qué voz, qué voz la de la Elliman, ¿eh?, la vietnamita esa con aquellos ojos que me recordaban a los de Zenaida, pero ni de lejos, más quisiera la Magdalena esa de Jesus Christ Superstar. ¿Has oído, has oído ésta, Román? ¿Cuál? La del Sheriff,  Hay que matar al Sheriff.  ¿Al Sheriff?  Al cabrón ese del cheposo, a ese hay que matar, nos ha jodido, y al ayuntamiento en pleno. Y yo cambiaba de tercio, no se fuera a esca-par alguna bala perdida que me diera a mí.  Pero enseguida, hmmm, lo que yo esperaba, el milagro de cada día: Zenaida, que para eso iba yo a la tienda, para qué si no, ¿para oír al Clapton? Ni de coña: Zenaida, Zenaida era lo único que me importaba. Sabía, conocía todos sus movimientos y la hora exacta en que la chinita aparecía por allí, momento en el que yo me plantaba en el mostrador, a lo plastafari y con un chicle en la boca para alejar el espectro del pánico con motín de esfínteres, masticándolo ostensiblemente, siguiendo el ritmo del Clapton, la cabeza muerta abandonada al ritmo espasmódico del cuerpo, los brazos sueltos también, libres, como Lucinda en el Suprema con el Joe Cocker a la sinfonola (mad dogs & englishmen).  Y los ojos cerrados, como Lucinda también, pero con un resquicillo entre los párpados para observar el efecto de tal guisa en Zenaida. Esperando que no se me notara el temblar de las otras extremidades, las piernas, bueno siempre podría parecer una pose estudiada de electrocutado.  Todo un poema.  ¿Zenaida? Anda, qué casualidad, tú por aquí, qué, ¿has visto, has visto? por fin tenemos nuevo álbum del Clapton. Anda calla, calla, que no sabes cómo andan todos con lo de doña Laura, hace un momento he visto a Adolfo, Zenaida le llamaba Adolfo,  a secas, sin don; menuda cara llevaba, iba a la comisaría, por lo visto tiene que declarar, que anda que no le ha venido bien ni nada al Irascible todo esto, al menos eso dicen, y  que ya nos podemos preparar, todos, todo el barrio, que con lo de doña Laura se abre la veda, eso, eso están diciendo por ahí.  Y Román, pretendiendo distraer a Zenaida, bueno hija, tranquila, a nosotros qué nos importa, tú, tranquila, a tu marcha,  nosotros a nuestra marcha. ¿A nuestra marcha? Si la gentuza esa...  Y yo la interrumpí; atizado por la mirada que me lanzaba Román, le pasaba la carpeta del Clapton a Zenaida como si fuera diseño mío, sí como esos que te mandan una postal y se piensan que la foto la han hecho ellos, igual.  ¿Has visto, Zenaida, has visto que distinto está el Clapton, con el pelo rapado y esa barba corta?, también yo me voy a dejar una barba así... ¿sabes?  Y mastico el chiclet con más fuerza, como los americanos, como el negro aquel del Stork-club que magreaba a la Momi, la madre de la Charito Rosales, antes de que se liara con el Bártol, a media luz pero delante de todos, igual.  ¿Y el pelo?, por fin, por fin la voz de Zenaida,  otra vez la voz de Zenaida, voces de Zenaida. ¿Y el pelo? ¿Y el pelo, ha dicho? Pero qué dice, qué está diciendo: el pelo; qué Zenaida, qué dices del pelo, que si también te lo vas a cortar así.  ¡¡Horreur!! Mi melena como natural, como abandonada;  que tanto tiempo de no-peluquería me había costado, pues figúrate: desde que abandoné a los curas...  hombre, Zenaida, por Dios, el pelo, el pelo...  Pues estarías mejor, seguro, esos pelos que llevas, esos pelos...  a los hombres no os favorecen nada.  Dejo de mascar de golpe y por poco me trago el chicle. ¿Que no nos favorece el pelo largo... ? Y, bueno, que sí, que ya ha oído el LP y que le gusta, pero que tampoco es para tanto. Que es mucho mejor otro que ha sacado al mismo tiempo, el de blues: “I was here”.  El inglés, pienso, ¡ya estamos aquí!  Cómo lo ha pronunciado:  ay güás jiére...  ¡táma ya!.  No sabe inglés, casi nadie sabemos, pero tiene más idea que yo, está claro.  Será por los discos.  Intento reponerme y vuelvo a masticar el chiclet ostensiblemente:  ¡Ah! Ya, sí, ay güás jiére, lo he oído... ―mentira―. Pero éste, el del Scheriff tampoco está nada mal, ¿eh, Zenaida?, que no sólo de blues vive el hombre, ¿eh? ¿eh? Y nos reímos los dos, pero yo con risa estúpida y temblorosa porque la chinita me vuelve loco.  Como Román me miraba satisfecho, aprovecho el lance: oye, Zenaida, y digo yo que... y digo yo que por qué no te vienes al concierto, es pronto, a las siete, míralo, a las siete, y señalo el cartelito de la entrada el pegado con imedio que casi oculta el Aragón Express del cabrón del quiosco.  Román me mata con la mirada pero no tiene salida, como yo, tampoco yo tengo salida porque ahora todo depende de Zenaida, de la voluntad de Zenaida. 

Y Zenaida dijo sí y apareció con unos levis strauss claros de pana, bien ajustaditos, y un lacoste azul marino. Y allí nos presentamos, a las cinco en punto, dos horas antes, con todo el calor del mundo.  Todo para los dos, para Zenaida y para mí.  Los primeros o los quintos, que había que coger buen sitio. Y ¿eso?  Qué va a ser, Zenaida, una cámara de fotos, de Bernardo, de tu tío, la he cogido en el estudio.  Y masco chiclet haciéndome el interesantico. Hombre, eso ya lo veo, ya veo que es una cámara de fotos, pero ¿para qué la has traído?  Joer, pues pa ver si cazo al Mayall; bueno y, ya que preguntas, click, foto que te pego querida Zeni... apunté hacia ella, enfoqué y, toma ya, la primera.  Ahí queda eso. Qué guapa, pero qué guapa ha tenido que salir, y con qué sonrisa...  Zenaida era seria, seriecita y eso me gustaba, y me di cuenta de ello arriba, en la torre-faro de muestras, yo la miraba a ella y ella al Gol de Jerusalén.  Seria, sí, que una mujer seria esconde más, como que tiene más misterio.  No como otras que es como si las tuvieras siempre desnudas y a tu disposición, esas juerguistas y dicharacheras,  como la Charito Rosales, pongamos por caso.  Claro que con la sonrisa de Zenaida me moría también, interesante por excepcional. Zenaida estaba impresionante de cualquier forma, con cualquier gesto.  Cualquier movimiento facial era un regalo divino. Todo le sentaba bien, la cosa más horrible parecía hermosa junto a ella, con ella, sobre ella, bajo ella.  Incluso... ¿yo? Clic, toma ya, la segunda; qué tontaina eres, hijo.  Y  por poco se me cae la cámara al enfundarla.  El Salduba era el polideportivo del parque, estaba en lo más hondo, a la orilla del Huerva.  Era el cielo, desde aquel día el Salduba fue para mí un trocito de cielo como la torre-faro de la feria de muestras. Zenaida y yo juntos toda la tarde, ¡toda!  Zenaida y yo solos,  bueno con tres mil personas más pero ¿no dijo alguien que la soledad donde más claramente se palpa es entre multitudes?.  Me gustaba el Mayall claro que me gustaba, pero aquella tarde lo que menos me importaba era él. Sólo Zenaida, Zenaida y nadie más, bueno, Zenaida y yo. How can I tell you that I love you, I love you, But I can’t think of right words to say.   ¿No hemos venido muy pronto? Media hora y aún no habían abierto. Y, de repente, por arriba, por el parque, aparece un wolkswagen, un escarabajo de esos de colores chillones, con flowers, peace & love.  Hippie total.  Para y surgen de él unos melenudos zarrapastrosos. Estos sí que eran de verdad, y no de cartón piedra como el Sito y la Luci.  Extranjeros, sí, no había duda; que, además, uno era negro. Venían hacia nosotros, hacia la fila de cuatro, junto a la entrada, a mí que me registren que no he hecho nada.  Uno rubio, chupado y desgarbado, con una pierna enyesada, nos saludó, hello.  Contestamos todos, yo, tímidamente, también, hello.  Técnicos, seguro.  Y en la cola una voz, coño, pero que es él, coño, el de la pierna, que es John Mayall. Sí, es cierto, parece John Mayall, pero imposible. Las estrellas no van así por la vida, claro que ¿quién de los de allí había visto alguna vez a una estrella?  A mí que me registren, ¿eh, Zenaida?  A mí solo me importaba mi chica, my baby, clic, tóma, y van tres, ¡John Mayall, por aquí, pasando ante nuestras mismísimas narices!  No si parecerse se parecía, era clavado al de las carpetas de los discos pero, anda ya, cómo va a ser el Mayall en persona, así, delante de nuestras narices.  Y qué coño, a mí qué me importa, que yo sólo estoy atento a mi chica, a su carita de niña, baby face, que por cierto, sí, ella sí parecía impresionada, ¿sería de verdad el Mayall?  Sí, con la pierna escayolada, seguro, anda ya.  En todo caso también yo me quedé un momento sin masticar con cara de idiota, más aún si cabe. Miré de reojo a Zenaida, por si me había oído el hello aquel bajito y tembloroso, por si había notado mi debilidad y volví a mascar chicle con fuerza  como si me hubiera  limitado fríamente a ser cortés con el extranjero aquel.  Los hippies melenudos y extranjeros golpearon la puerta, se abrió y desaparecieron. Que sí, decía uno, que era John Mayall. ¿Con la pierna escayolada?  ¿Y va a actuar con la pierna escayolada, eh, con lo señoritos que son estos tíos y la pasta que tienen? Podías haberle sacado una foto. Qué coño, Zenaida, que no, que no era John Mayall, para qué voy a desperdiciar carrete con un cojo zarrapastroso. Aunque no lo fuera, aunque no fuera John Mayall los tipos esos son muy curiosos, te hubiera quedado bien.  A ver, Zenaida, a ver que me aclare, ¿no decías que los pelos largos no nos sientan bien a los hombres? Perdona pero no te estoy hablando de tíos guapos sino de una fotografía distinta, interesante.      Sí, claro, es verdad, tenía razón, Zenaida siempre tiene razón. Entiendo, entiendo, dije en alto; y, hala, otra vez a darle al chicle, pero de paso, clic, venga, la cuarta, por hablar y, encima, tener razón.

Abrieron casi a las seis y nos hicimos con dos sillas en la primera fila. Buen recibimiento, nos dieron un folleto con la fotografía del Mayall, pues sí que se parece al rubio zarrapastroso aquel, y una nota biográfica de los miembros de la banda.  La fotografía era la misma del cartelito de la tienda de Román y de los muchos pósters que había colgados por el escenario detrás de los  amplificadores. Había merecido la pena esperar, ¿lo ves, Zenaida?, tú hazme caso. Seguí haciendo el mono toda la tarde y Zenaida riéndose. El Ruso, que liga mucho, me dijo una vez que si uno es gracioso lleva mucho ganado, pero hay que ser gracioso, ¿eh? Que eso no es fácil y, si fallas, el efecto es justo el contrario: la vergüenza más atroz. Y, sin cansar, ¿eh?, que ya lo decía Gracián: hay que dejar siempre con ganas. Bueno, yo seguía haciendo el payaso y no parecía ir mal la cosa. El pabellón se llenó, la banda comenzó con mucha marcha las primeras notas de lo que acabaría siendo el Crocodile walk y anunciaron al Mayall.  Y allí apareció la estrella, por fin, sin ningún glamour, que el hombre este es un tío sencillo; y,  por supuesto, con la pierna escayolada.  ¡Era él!  Sí, decíamos, era él.  Y nos rompíamos de risa.  ¿Lo ves? La fotografía que te has perdido. Y aquí ni se te ocurra disparar que nos detendrán.  OK, Zenaida. Volvía a tener razón, el pabellón estaba plagado de grises. Y el Mayall, a pesar de su cojera seguía su marcha, so many roads, so many trains to ride, I've got to find my baby, 'fore I'll be satisfied. Yo ya tenía a mi chica, aquí, cerquita de mí y me pasé el concierto mirándola a ella; mis manos baquetas, mis piernas batería completa, all drums, siguiendo el ritmo mascando chiclet, sin quitar el ojo a Zenaida, ¿qué, te gusta? ¿te gusta, eh, Zenaida? Qué sí, hombre, que sí, ¿qué miras? No, no, nada, que me lo estoy pasando pipa, Zenaida.  ¿Qué haría, qué podría hacer yo para impresionarla, para que me admirara, para ser el héroe de su vida, el Zorro, el Tulipán Negro, Tarzán... el hombre, el hombre de su vida?  Y el concierto in crescendo hasta la apoteosis final, Room to move, el pabellón entero bailando, todos encima de las sillas, Zenaida y yo de la mano.  Hasta de la cintura la cogí en uno de los lances.  ¡Bestial!  La cintura de Zenaida. Su cabecita pegada a la mía, su piel y su cabello perfumados, ¿qué colonia llevas? Mirurgia, normalita.  ¿Normalita? En la piel de otra.  Qué tonto, qué tonto te pones.  Concluyó,  Room to move puso fin a los dos bises y pedíamos más,  todos queríamos más. Pero no, en lugar de más bises hubo más grises,  el concierto se acabó, se abrieron las dos únicas puertas del recinto, a nuestra espalda, frente al escenario y como la gente, sobre todo la que estaba en las gradas de los lados no se movía, subieron ellos, los grises, y se liaron a porrazos. Yo preocupado por Zenaida porque desde el interior echaban a la gente a palos y en las salidas los despedían con más porrazos.  Aquello era una ratonera, no había salida ni hacia atrás ni al frente. Zenaida se asustó algo, aunque era muy valiente. Y ahora qué, me dije.  Si no nos movemos, mal, nos sacudirán los de dentro; si salimos, se pondrán morados los de la puerta, los grises, míralos, mira qué cabrones, están disfrutando. Los abucheos disminuían porque cada vez había menos gente. Y yo: Zenaida, tú aquí, aquí, conmigo.  No sé por qué decía eso, no tenía ni la menor idea de cómo salir de allí.  Eché mi mano sobre su hombro, con decisión, porque cuando estamos con alguien a quien creemos más débil que nosotros nos sentimos más fuertes. No dijo nada. Me encantaba la falsa sensación de que fuera mía. En realidad tampoco parecía asustada, al menos muy asustada. Es valiente, sí, es la ostia.  Nos acercamos con cuidado hacia la puerta de la derecha, parecía que allí había más gente y entre la multitud algún golpe nos ahorraríamos, bueno, más bien me lo ahorraría yo porque lo que tenía claro era que, al salir, mi cuerpo sería coraza y escudo del suyo.  Entre las dos puertas estaba el bar, un simulacro de barra, casi sin gente.  Los grises seguían machacando con fuerza, ya todos en las puertas, los de dentro se habían limitado a que la gente dejara las localidades. De los pocos que quedaban, alguno todavía se atrevía a abuchearles.  Fue lo primero que vi, lo primero que vimos, parecido a una manifestación, la primera, el primer acto de repulsa, repulsa y violencia, de los muchos que nos esperaban en los años venideros.  Se me encendió una luz.  Yo veía que, en la barra del bar, entre ambas puertas, había tres o cuatro señores tan tranquilos, tan felices.   Vamos a ver, pensé, si en lugar de salir nos acercarnos hasta allí, hasta la barra, y pedimos algo de beber, no sé un par de cañas, y nos plantamos como quien no quiere la cosa y, sobre todo, si no pagamos hasta que no las hayamos bebido...  no sé, pero si viniera alguno de esos malditos grises a echarnos, los del bar nos protegerían, digo yo, aunque sólo fuera por cobrarse las cañas; y si no, los tíos esos que están allí, tan tranquilos en la barra..., seguro que no han pagado; bueno quizá sean de la organización, seguro, tan mayores...  No sé, además, están echando a la gente que se niega a salir, pero uno que se está tomando algo se está tomando algo, está claro; no es que se niegue a salir, simplemente es que se está echando una cerveza.

Lo intenté. Cuando ya estábamos cerca de la puerta de la derecha, con los grises zumbando a diestro y siniestro, tomé a Zenaida de la mano y de un tirón nos plantamos en la barra, entre las dos salidas. ¿Una caña, Zenaida? Y ella, gratamente sorprendida, conteniéndose la risa: mejor una cocacola. Y, yo, al camarero, mascando chiclet y encendiéndome un cigarrillo: a ver, una cocacola y una caña, ¿de grifo?, sí, la caña de grifo. Le guiñé un ojo, cerveza en la derecha, cigarrico en la izquierda, chiclet entre los dientes... y respiré tranquilo porque...  when something is wrong with my baby something is wrong is me, lo juro, cielo. 

Todo fue mejor de lo esperado, no me había terminado el cigarrillo y las puertas se cerraron, los grises tras ellas y nosotros, ya totalmente a salvo, en el interior; Zenaida con su cocacola, yo con mi caña. El pabellón vacío, salvo los de la organización, técnicos, operarios y algunos periodistas. Los técnicos, todos melenudos, extranjeros y con vaqueros raídos, sí señor.  Pagué tranquilamente, Zenaida hizo mención de salir, pero la volví a tomar por el hombro, one moment baby, please.  Me acerqué, nos acercamos al escenario y le pedí a uno de los que había por allí un póster, thank you, sire, toma, Zenaida, para ti, un recuerdo del concierto, son simpáticos estos extranjeros melenudos y zarrapastrosos a quien no hay dios que los entienda porque  hablan un inglés muy raro.  No llamábamos la atención, los técnicos se pensarían que éramos de la organización, los de la organización que éramos hijos de algún pez gordo, que en aquellos tiempos, como en estos, en los anteriores y en los por venir todos eran, son y serán mandamases, jefes, líderes, dueños, amos...  Nos metimos como si nada en los vestuarios, con la misma normalidad que deambulaban los demás. Y allí, allí estaban todos, los periodistas locales y los músicos recogiendo sus bártulos. A John Mayall lo entrevistaba Plácido Serrano, el de la radio, Alrededor del reloj era su programa. Me metí en medio, sin contemplaciones.  Con una mujer guapa uno puede meterse donde quiera.   Y le largué al Mayall el folleto que nos habían dado a la entrada, for Zenaida, please, ZE-NAI-DA, tres sílabas como tres alondras que escapan de la noche...  Y mientras firmaba el autógrafo, en medio de la entrevista, clic.  Y van veinticinco contando esta, esta en la que aparece el Mayall con Zenaida, por cierto mirándola con... no sé, no sé, algún día la romperé; con esta, digo, van veinticinco. OK, thank you, thank you very much, mister Mayall, que quiere decir: bien, gracias, muchas gracias, señor Mayall. 


De "La ciudad sin faro"

Servando Gotor


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