domingo, 23 de agosto de 2026

FLIPANDO EN COLORES: Terrazas llenas y bolsillos tiesos. Jodidos pero ¿agradecidos?

Imagen generada con IA (Gemni)

 

Mientras el Gobierno nos vende que somos el Wall Street del sur de Europa, la realidad nos deja una microeconomía asfixiante, casi un 30% de pobreza infantil, boletines de notas "cocinados" y una juventud que ha cambiado la hucha del cerdito por la ronda de cervezas (porque para el piso no llega).

 


Si uno enciende la televisión y escucha los discursos oficiales, da la sensación de que los españoles atamos a los perros con longaniza. Que si el PIB crece por encima de la media europea, que si batimos récords de afiliación, que si el turismo nos baña en oro... Sobre el papel, somos los reyes del mambo. Sin embargo, cuando uno baja a comprar el pan, la música se apaga, se nos queda cara de idiotas y nos cagamos en los informativos.

Que nos hablen a todas horas de macroeconomía, además ocultando el déficit y la deuda pública, mientras ignoran la economía doméstica (esa pequeña ciencia que consiste en intentar pagar la luz y llenar la nevera al mismo tiempo) no es un despiste inocente. Es un truco de magia deliberado. Una manipulación de manual en la que se selecciona el dato bonito para la foto y se esconde bajo la alfombra que a la mayoría de los ciudadanos el sueldo se les evapora antes del día 15.

 

Servicios públicos, listas "VIP", pobreza infantil y exámenes a la velocidad de la luz

Mientras la inflación nos hace sudar frío cada vez que pasamos por la caja del supermercado, el Estado no deja de reventar su taquilla. Y lo hace con un truco fantástico llamado "progresividad en frío": como tu sueldo sube un poquito para compensar los precios, pero el Gobierno no ajusta los tramos del IRPF, acabas pagando más impuestos que antes. Ellos baten récords de recaudación y tú bates récords de equilibrismo financiero.

Pero amigo, uno paga impuestos con gusto si los servicios públicos van como un tiro, ¿no? Bueno, vamos a ello: en sanidad, la lista de espera quirúrgica ha batido su propio récord histórico negativo: más de 853.000 pacientes esperando. Con una media de 120 días de paciencia, te da tiempo a verte cinco temporadas de tu serie favorita antes de pisar el quirófano.

Por no hablar del dato que realmente debería sacarle los colores a cualquiera que presuma de "milagro económico" y tenga un mínimo de vergüenza torera: la pobreza infantil. Los datos oficiales del INE nos recuerdan que casi un 30 por ciento de los niños en España sobrevive en riesgo de pobreza o exclusión social. Una cifra que hiela la sangre y que demuestra que la supuesta riqueza del país se está quedando en cualquier sitio menos en las neveras de la familia.

Y hablando de niños y jóvenes, vamos con la educación. El último informe PISA nos dejó un boletín de notas para esconder debajo de la cama, pero el premio a la creatividad se lo llevó Cataluña. En la edición de 2018, la OCDE se dio cuenta de que la Generalitat había, presuntamente, metido mano a los datos. Resulta que enviaron pruebas donde los alumnos respondían a los textos de lectura más rápido que Superman leyendo un cómic. Semejante patrón automatizado para maquillar el descalabro obligó a Europa a cancelar la publicación de esos resultados. Al parecer, suspender duele, pero que te pillen copiando las estadísticas hace más pupa.

 

 

El unicornio del alquiler y el misterio de bares y restaurantes llenos

Y llegamos a nuestro personal y particular artículo de lujo por excelencia: la vivienda. En las grandes ciudades, pagar un alquiler exige entregar el alma a tu primogénito, y prácticamente el 100% del sueldo neto de un joven. Emanciparse se ha convertido en un concepto mitológico, como los unicornios o las impresoras que funcionan a la primera.

Y es aquí cuando aparece el argumento estrella del cuñado de turno: "Pues no estaremos tan mal cuando las terrazas de los bares están siempre a rebosar".

A este fenómeno de barra libre la sociología lo llama "efecto pintalabios" y "gasto fatalista" (doom spending). Las cuentas son sencillas y desoladoras: si ahorrar 150 euros al mes viviendo a base de arroz hervido no te va a dar para la entrada de un piso ni en el año 2080, ¿qué haces? ¿Dejar, encima, que sea el banco –custodio de nuestro cash por imperativo legal y en connivencia con el poder— quien lo rentabilice? Pues qué vas a hacer: tirar la toalla a corto plazo. Esta juventud expulsada del mercado inmobiliario prefiere gastarse ese dinerillo en una buena cena o en ocio para, básicamente, no volverse loca de frustración.

Además, si tienes 30 años y sigues durmiendo en tu cuarto de la adolescencia bajo un póster que pegaste en el instituto, necesitas un salón donde socializar. Y a falta de casa propia, buena es la mesa de la terraza de la esquina. El bar es su "Tercer Lugar".

 

El gran colofón: ricos en PIB, pero endeudados hasta las cejas

Y como traca final a este festival de optimismo oficial, llegamos al dato más sangrante de todos. Si la macroeconomía es tan "guay", si crecemos como nadie y si el Estado recauda más impuestos que nunca en la historia de España... ¿cómo es posible que el déficit y la deuda pública sigan aumentando a lo bestia?

Es la paradoja definitiva. El Gobierno nos cuenta que la economía va de lujo, pero resulta que es como ese amigo que presume de que le han subido el sueldo y se va de mariscada, mientras te pide prestado para pagar los intereses de la tarjeta de crédito: eso es Sánchez y el Sanchismo. Pese a exprimir fiscalmente a la clase media y trabajadora, el Estado sigue gastando sistemáticamente más de lo que ingresa, engordando una bola de deuda monumental que, tarde o temprano, tendrán que pagar a escote las próximas generaciones (esas mismas que hoy no pueden ni pagarse un piso).

 

 

Conclusión

Vender que somos la locomotora de Europa mientras el ciudadano de a pie hace malabares para llegar a fin de mes es un espejismo institucional. Mientras la cesta de la compra sea un lujo, la pobreza infantil siga en aumento, las administraciones cocinen informes PISA, los jóvenes inviertan en bravas porque los ladrillos son inalcanzables y el Estado siga fundiéndose la tarjeta de crédito a costa de nuestro futuro, el relato oficial seguirá pareciendo una broma... y no precisamente de las que hacen gracia.




De Mis conversaciones con la IA


domingo, 16 de agosto de 2026

UN ESPEJISMO: LA BURBUJA ROTA DEL DEPORTE FEMENINO

Imagen generada con IA (ChatGPT) 

 

El fenómeno social del deporte femenino en España encara su momento más crítico: la confrontación directa entre el fervor político y el frío veredicto de las leyes del mercado. Mientras pabellones como el Príncipe Felipe de Zaragoza baten récords de asistencia con el Casademont femenino, el ecosistema audiovisual ha hecho estallar la burbuja del fútbol femenino, lanzando una seria advertencia que amenaza de muerte el proceso de profesionalización.

 

El último concurso para la adjudicación de los derechos de televisión de la Liga F (la Primera División de Fútbol Femenino) ha quedado completamente desierto. Tras la espantada de la plataforma DAZN —que ha roto su contrato un año antes de lo previsto—, ninguna cadena de televisión ha querido cubrir el precio mínimo de salida de siete millones de euros. Fuentes del sector audiovisual consultadas por el diario digital THE OBJECTIVE califican el escenario actual sin rodeos: «Quieren colocar un producto que no gusta, y eso el mercado no lo admite».

 

 

 

Una burbuja ficticia inflada por la política

 

Este desplome audiovisual destapa las costuras de un modelo que ha crecido a marchas forzadas bajo el amparo de la Moncloa. Al calor de las políticas de igualdad y del tirón del Mundial de 2023, el Gobierno inyectó ingentes cantidades de fondos públicos (incluyendo 16 millones de euros directos del CSD) y presionó para una profesionalización exprés que equiparase estas competiciones a las masculinas.

 

Sin embargo, los datos demuestran que se trataba de una estructura artificial. La audiencia televisiva nunca respondió y, para colmo, la asistencia a los estadios de la Liga F se ha desplomado un 18,6% en la última temporada, concentrándose la mitad de todo el público únicamente en los partidos del FC Barcelona. Fuera de los tres grandes transatlánticos (Barça, Real Madrid y Atlético), la viabilidad económica de las plantillas medias y modestas es insostenible si falla el dinero de la televisión.

 

 

Vasos comunicantes: el coste interno del éxito en Zaragoza

 

La crisis del fútbol femenino contrasta en las formas con la estrategia seguida por el baloncesto, pero el modelo de la canasta tampoco está libre de tensiones internas. En clubes polideportivos o con secciones unificadas bajo una misma Sociedad Anónima Deportiva (SAD), el crecimiento del deporte femenino ha empezado a operar bajo la ley de los vasos comunicantes.

 

El ejemplo más evidente se vive en la capital aragonesa. Mientras el Casademont Zaragoza femenino ("las chicas") no ha dejado de crecer en presupuesto, fichajes de relumbrón y masa social, la sección masculina de la Liga Endesa (ACB) ha experimentado un declive deportivo constante. Las voces críticas señalan una realidad financiera incómoda: en una estructura con recursos globales limitados y recortes en las partidas institucionales, el imparable auge del proyecto femenino se ha logrado, en parte, mordiendo y fagocitando el presupuesto histórico del equipo masculino, que la pasada temporada salvó la categoría en el último segundo.  En suma: vestir un santo para desnudar al otro.

 

 

La implacable ley de la oferta y la demanda

 

A pesar de esta redistribución interna y del músculo de patrocinadores como el Grupo Costa, el baloncesto femenino se asoma al mismo abismo que el fútbol si eleva sus pretensiones salariales fuera de la realidad comercial. Las subvenciones sirven hoy como red de seguridad obligatoria para el Casademont, pero el club no puede fiar su subsistencia futura a un mercado audiovisual que ya ha dado su veredicto.

 

Y es que el mercado no entiende de decretos ni de voluntades políticas, sino de masa crítica dispuesta a pagar por consumir un producto. Y mientras, en fútbol masculino, el Real Zaragoza, en Primera Federación, al margen ya del fútbol profesional, ha superado con creces este año los 20.000 socios, y podrían ser muchísimos más los aragoneses que paguen por ver sus partidos desde cualquier plataforma. Esta abismal diferencia evidencia que el respaldo económico natural e histórico de los aficionados sigue fluyendo de forma masiva hacia los formatos tradicionales del deporte masculino, incluso cuando estos atraviesan su peor crisis institucional.

 

A la Liga F de fútbol solo le quedan dos salidas ante el mercado desierto: rebajar dramáticamente sus pretensiones económicas en la segunda puja del 19 de agosto, o activar "el comodín de la televisión pública". Expertos del sector dan por hecho que RTVE o los canales autonómicos tendrán que acudir al rescate de la competición con dinero de los contribuyentes, ya que las televisiones públicas pueden asumir pérdidas millonarias sin importarles los datos de audiencia.

 

La situación actual deja una lección económica inapelable. Los decretos gubernamentales, las leyes con perspectiva de género y las dinámicas internas de los clubes para potenciar la igualdad pueden alterar las prioridades presupuestarias a nivel local, pero no pueden obligar al espectador a encender el televisor de pago. Sin interés real del consumidor, no hay negocio privado posible; y sin negocio privado, el deporte femenino español seguirá condenado a depender crónicamente de la caridad presupuestaria del Estado o del sacrificio deportivo de sus homólogos masculinos.



De Mis conversaciones con la IA


viernes, 14 de agosto de 2026

LA MUTACIÓN DEL BIOPODER: de la hoguera de las brujas al exorcismo "woke"

Imagen generada con IA (ChatGPT) 

 

En su célebre Historia de la sexualidad, Michel Foucault dinamitó la idea de que el poder político o religioso se limita a reprimir el sexo. El filósofo francés mantuvo que el poder produce discursos sobre el cuerpo orientados a la administración de la vida de las personas, la catalogación de la población y el gobierno de las mentes. A este fenómeno lo denominó biopoder. Durante siglos, la Iglesia Católica fue la gran cirujana de la intimidad, utilizando el sacramento de la confesión obligatoria para acceder a la psique del creyente y erigirse en el juez último de su verdad. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una sorprendente mutación de este mecanismo. Las coordenadas han cambiado, pero el tablero es el mismo: las políticas identitarias contemporáneas, a menudo englobadas bajo el término woke, operan como el nuevo biopoder de nuestro tiempo.


Para comprender el alcance de esta transformación, resulta iluminador rescatar una distinción que el propio Foucault analizó en su curso Los anormales: el contraste entre la brujería del siglo XVI y las crisis de posesión del siglo XVII.


La bruja era un fenómeno periférico. Habitaba en los márgenes geográficos y culturales —en los bosques, las montañas o las costas—, allí donde el poder de la Iglesia no había logrado cristianizar del todo. El inquisidor perseguía a la bruja desde fuera porque ella encarnaba una soberanía enemiga; una disidencia basada en un pacto explícito y voluntario con el demonio a cambio de un poder terrenal. A la bruja se la combatía para destruirla.


Sin embargo, un siglo después, el paisaje cambió con las epidemias de posesión demoníaca, que ya no ocurrían en la periferia salvaje, sino en el centro mismo de la ciudad, intramuros de los conventos y los hogares burgueses. El poseso no firmaba ningún pacto; era impregnado y sometido por una fuerza que tomaba el control de su cuerpo y de su lengua. La posesión no implicaba un comercio voluntario, sino una agónica lucha interna entre el sujeto y el "espíritu" que lo habitaba. Ante esto, la estrategia de la Iglesia ya no era la persecución exterminadora, sino la salvación obligatoria. Había que aplicar el ritual del exorcismo para reeducar la voluntad, extraer la confesión y devolver el alma descarriada a la comunidad.


Si observamos el debate cultural actual en torno al sexo, el género y la identidad, es evidente que no estamos ante una caza de brujas, sino ante un gigantesco escenario de posesión colectiva: no quieren tanto deshacerse de nosotros como convertirnos.


Hoy ya no existe un "afuera" o un bosque idílico al que huir para escapar del biopoder; las pantallas, las redes sociales y las nuevas burocracias institucionales ocupan todo el espacio público y privado. El ciudadano contemporáneo no pacta conscientemente con la nueva ortodoxia ideológica; es impregnado por ella a través de una ósmosis cultural omnipresente. Los discursos hiperespecíficos sobre las identidades y los géneros cruzados se introducen en la mente del individuo desde la infancia. Creemos que elegimos nuestros deseos e identidades de manera autónoma, cuando en realidad repetimos un guion prediseñado por el propio sistema para fragmentar y gestionar la sociedad en nichos predecibles.


Esta "posesión" moderna genera su propia patología: una angustia existencial y una autovigilancia feroz. El examen de conciencia ya no se realiza de rodillas en el confesonario, sino ante el tribunal digital de las redes sociales. El individuo vive en una convulsión constante, midiéndose a sí mismo por temor a no ser lo suficientemente "puro", "deconstruido" o "aliado".


La respuesta de las nuevas instituciones —gobiernos, universidades y corporaciones multinacionales— ante el ciudadano común que se resiste a estas lógicas no es el castigo físico inmediato, sino la "pedagogía de la salvación". Se ha invertido el concepto de normalidad: quien mantiene una visión tradicional o puramente biológica de la realidad es catalogado de inmediato como un "anormal moral" (un fóbico o un alienado). Pero el sistema, con una retórica impregnada de compasión e inclusión, le ofrece la redención. Los talleres de sensibilización obligatorios, los cursos de nuevas masculinidades y los códigos de conducta corporativos son los nuevos rituales de exorcismo. No buscan quemar al disidente; buscan colonizar su mente para que abrace la nueva verdad por su propio bien.


El fluido con el que se inocula esta posesión es, indiscutiblemente, el lenguaje. Foucault sabía que quien domina la palabra domina la realidad. La introducción de una neolengua institucional —que sustituye palabras materiales como "madre" por abstracciones administrativas como "persona gestante"— no es un avance lingüístico inocente, sino un rito de sumisión ideológica. Al cambiar las reglas del juego semántico constantemente, el ciudadano común cae en un estado de perpetua inseguridad. Ante el temor de usar el término incorrecto y ser excomulgado civilmente a través de la cancelación, el individuo opta por el silencio.

El biopoder actual ha logrado así su mayor victoria: ya no necesita un policía en la puerta ni una hoguera en la plaza. Le basta con vigilar la sintaxis del ciudadano para recordarle que el poder ya no se ejerce contra su cuerpo, sino desde el interior de su propia cabeza. Y por si la autorregulación falla, ahí están los omnipresentes observatorios institucionales para recordárselo. 


De Mis conversaciones con la IA


viernes, 7 de agosto de 2026

EL ECLIPSE DE CEUTA. LA REALIDAD OCULTA TRAS EL DECORADO TELEVISIVO

Imagen generada por IA (Gemini)

 

Detrás de las pantallas y las crónicas biempensantes se esconde una población exhausta, víctima de una estrategia de guerra híbrida, del negocio de la asistencia, de mafias con supuesta cobertura estatal y de una deriva diplomática que aísla a España en medio del verdadero eclipse de nuestra era.

 

 

Los telediarios de las cadenas convencionales nos ofrecen estos días un relato de Ceuta casi idílico: imágenes de cooperantes repartiendo víveres, discursos oficiales sobre la inquebrantable solidaridad del pueblo ceutí y planos de una Guardia Civil desbordada pero serena. Es la narrativa del "todo bajo control", una estampa de resistencia humanitaria diseñada para anestesiar nuestras conciencias. Sin embargo, apagar la pantalla y pisar el asfalto de Ceuta revela una verdad radicalmente distinta. Y la realidad de la calle no es un spot publicitario; es una crónica de desespero, desabastecimiento y una profunda sensación de abandono.


Los residentes de la ciudad autónoma no están viviendo precisamente en una postal solidaria, sino que conviven, día a día, con los efectos de un colapso estructural. Los supermercados locales y las tiendas de barrio, dimensionados para la población habitual, ven cómo sus estanterías de productos frescos quedan vacías en cuestión de horas. La reposición en el puerto no da abasto para cubrir un consumo multiplicado por la desesperación. Las urgencias del Hospital Universitario y los centros de salud priorizan de forma sistemática las emergencias de playa, postergando las citas y la atención médica de los ceutíes. En las barriadas periféricas y en el centro, la ocupación masiva del espacio público por personas que deambulan sin rumbo ante la falta de plazas habitacionales ha quebrado la tranquilidad y la convivencia pacífica. Ceuta sufre en silencio las consecuencias de una crisis que la asfixia.


El error principal radica en el vocabulario oficial. Lo que el Gobierno central se empeña en etiquetar como una "crisis migratoria" es, a ojos de cualquier analista estratégico y mando militar, una agresión enmarcada en la doctrina de la guerra híbrida. No estamos ante un flujo natural de personas en busca de un futuro; estamos ante la instrumentalización política y deliberada de masas de civiles, entre los que se incluyen de forma calculada a mujeres y menores para maniatar legalmente la respuesta del Estado receptor. El objetivo del país vecino no es la conquista militar con tanques, sino provocar un desgaste económico, social y político insostenible para España, quebrando la moral de su población y forzando concesiones diplomáticas intolerables.


Frente a este ataque asimétrico, la inacción institucional resulta indefendible. En los platós de cadenas como Telecinco, demuestran que cualquier periodista de investigación puede infiltrarse fácilmente en grupos de WhatsApp y canales de Telegram donde los asaltos masivos se organizan de forma abierta, fijando horas, fechas y puntos de concentración en localidades marroquíes como Castillejos. Si cualquiera con un teléfono móvil puede demostrar que se está fraguando una invasión a gran escala, es una falsedad flagrante pretender que los servicios de inteligencia españoles o las autoridades marroquíes lo ignoran. La pasividad de Marruecos es una tolerancia cómplice utilizada como herramienta de chantaje, mientras que el retraso en la respuesta preventiva del Gobierno español constituye una dejación de funciones que roza la negligencia protectora.


Precisamente esta semana, la crónica de sucesos ha venido a confirmar de forma brutal la dimensión del engranaje criminal que asola el Mediterráneo. Una macrooperación conjunta entre la Policía Nacional, la Guardia Civil y Europol ha culminado con la detención de casi 80 personas integrantes de una de las mayores redes de tráfico de seres humanos y narcotráfico de nuestra historia reciente. Con una infraestructura que incluye 18 narcolanchas valoradas en más de cinco millones de euros, estos mafiosos operaban un doble flujo criminal milimétrico: transportaban armas y drogas sintéticas desde las costas españolas hacia Argelia y Marruecos, y rentabilizaban el viaje de vuelta hacinando a migrantes a los que cobraban hasta 12.000 euros por cabeza. Un negocio redondo de más de 24 millones de euros marcado por una violencia extrema, secuestros e instrucciones expresas a los pilotos para embestir a las patrulleras de nuestras fuerzas de seguridad.


Sin embargo, la envergadura de este golpe policial abre el interrogante político definitivo: ¿pueden estas mafias transnacionales tener razón de ser, mover flotas de embarcaciones prohibidas y organizar censos masivos sin el apoyo más o menos directo, o la calculada ceguera, de los gobiernos implicados? Para amplios sectores sociales y analistas fronterizos, la respuesta es un no rotundo. Resulta inverosímil desvincular el auge de estas redes criminales de la pasividad táctica de Rabat, que abre y cierra el grifo de la vigilancia costera según sus necesidades de presión diplomática.


Del mismo modo, resulta obligatorio sospechar de la repentina "casualidad" que rodea el obsceno manejo de los tiempos del Gobierno de España. Que el desmantelamiento de semejante enjambre criminal se ejecute y retransmita ante las cámaras de televisión precisamente en los días de mayor colapso e indignación en Ceuta no genera satisfacción, sino una profunda desconfianza ciudadana. La pregunta surge de inmediato en la calle: ¿por qué hoy y no ayer, o hace cuatro meses, o hace tres años? Porque huelga expresar que una estructura transnacional de esta magnitud —con ramificaciones financieras complejas y conexiones con la Mocro Maffia— no se descubre ni se investiga en un plazo de 48 horas, sino que requiere meses de pacientes y silenciosas escuchas judiciales y seguimientos por parte de las fuerzas de seguridad.


Por tanto, la ejecución de la redada precisamente en este exacto momento delata un burdo y calculado oportunismo de calendario por parte de la Moncloa. El Gobierno ha utilizado una investigación policial largamente madurada como un analgésico de opinión pública, un oportuno cortafuegos informativo diseñado para desviar la atención de los telediarios, silenciar las acusaciones de inacción preventiva y fingir una firmeza sobrevenida ante un problema que llevaba meses tolerando en la sombra.


Y lo peor es que para agravar este lamentable escenario de vulnerabilidad, el Gobierno central ha conducido al país a una posición de aislamiento diplomático inoportuno dentro de su entorno natural: Occidente. Mientras el reino alauí consolida con astucia sus alianzas estratégicas con Washington y gana terreno en foros internacionales, la política exterior española naufraga en la improvisación y los absurdos e inoportunos bandazos partidistas. En lugar de tejer un frente común con nuestros aliados naturales para defender de forma unánime que Ceuta y Melilla son fronteras exteriores de la Unión Europea, el Ejecutivo se ha enzarzado en reproches contra socios europeos —como Italia—, acusándolos de insolidaridad y alejándose de las corrientes mayoritarias de control fronterizo que hoy imperan en Occidente. El resultado es desolador: el Departamento de Estado de los EE. UU. y varios líderes de la UE censuran abiertamente la debilidad institucional de Madrid para proteger su propia soberanía, dejando a España geopolíticamente sola y desarmada ante el chantaje de Rabat.


En este río revuelto, el papel de las ONG y del tejido asistencial también exige una reflexión desapasionada. Mientras las terminales de las grandes plataformas mediáticas ensalzan su labor como la única salvación del territorio, una corriente mayoritaria de ciudadanos y críticos advierte la consolidación de lo que denominan "la industria de la vulnerabilidad". Se critica que estas entidades hayan convertido la emergencia en un modelo corporativo y laboral hipertrofiado que necesita de la perpetuación del conflicto para autojustificarse y asegurar millones de euros en subvenciones públicas. Del mismo modo que se cuestiona la utilidad real de recursos específicos de género frente a la delincuencia convencional, se reprocha que la red del tercer sector actúe de facto como un imán legal y logístico que desarma la capacidad de expulsión del Estado, beneficiando indirectamente los planes de las mafias y de las potencias hostiles.


Pero es que, además, esta grave crisis no se arregla con barcos de exhibición ni con discursos vacíos sobre la concordia. Cuando la soberanía territorial y el orden público de una región están heridos de gravedad, el marco constitucional prevé herramientas específicas. La situación actual reúne todas las características de una extrema alarma nacional. Ante un pulso geopolítico que amenaza con reactivarse cada pocos días a través de las redes sociales, España debe decidir si sigue actuando como un mero  gestor (y además malo) de comedores de campaña o si asume su condición de Estado soberano. La resolución de este conflicto no puede seguir delegándose en el altruismo vecinal o en el asistencialismo de las ONG, eso vale para ciertos telediarios, sino que exige la firmeza política más absoluta, la activación de la inteligencia preventiva para taponar las fronteras antes de que los saltos se materialicen, el amparo explícito de la Unión Europea mediante exigencias contundentes al agresor, y la determinación de declarar los estados de excepción constitucional cuando la seguridad, la convivencia y las necesidades ciudadanas devienen definitivamente insostenibles, cuestionándose, además, la territorialidad del Estado español.


Por lo demás, resulta trágicamente irónico comprobar cómo, mientras la frontera se desmorona y la soberanía se tambalea, la atención de la opinión pública y de las autoridades parece hipnotizada por la frivolidad del momento. En los despachos oficiales y en las tertulias se habla con fascinación astronómica del próximo eclipse, preparando de forma casi obsesiva el país para contemplar la ocultación efímera de un astro. Las autoridades asisten ciegas —y nunca mejor dicho— a este fenómeno del firmamento, buscando en el cielo un espectáculo pasajero mientras se niegan a mirar el suelo que pisan, ignorando que el verdadero eclipse, el mayor y más pavoroso espectáculo que jamás hayamos presenciado y del que no habrá retorno, está ocurriendo en nuestras propias fronteras: el eclipse absoluto de la civilización occidental. Una cultura y unos valores democráticos que se oscurecen por la parálisis de sus propios gobernantes, incapaces de defender los cimientos identitarios, territoriales y legales que un día sostuvieron a Europa. Seguir negando la realidad de la calle en favor de la ficción televisiva no solo es una burla al sufrimiento del pueblo ceutí; es una rendición anticipada en el tablero internacional antes de que la penumbra tape por completo lo que queda de nuestro mundo.




De Mis conversaciones con la IA


martes, 4 de agosto de 2026

LA GEOMETRÍA DEL ATAJO: CÓMO LA BOLSA DE ÁMSTERDAM INVENTÓ LOS SESGOS COGNITIVOS


 
Imagen generada por IA (Gemini)


 

 

Pensar  «al bies», o pensar «al sesgo». O por qué el cerebro prefiere la diagonal del sesgo cognitivo antes que la implacable y parsimoniosa seguridad de un razonable cálculo laberíntico.

 

 

En geometría elemental, la diagonal es siempre el camino más corto entre dos esquinas opuestas; y en el comportamiento humano, es la definición perfecta de un atajo. En el diseño de moda, cortar «al bies» o «al sesgo» consiste en trazar una línea a 45 grados respecto al hilo de la tela para otorgarle una elasticidad imposible en el corte recto. Pues bien, en la estructura de nuestra mente ocurre algo similar: cuando el seguir la lógica implacable nos agota, el cerebro prefiere «cortar por lo sano», o lo que es lo mismo: ir por el camino de en medio y recortar la realidad por la diagonal. Con lo que esta física del atajo une los talleres de sastrería, la física geográfica, la psicología cognitiva, y hasta los mercados financieros, en un divertido combate entre la intuición (pensar y decidir «rápido») y la cuadriculación (pensar y decidir «lento»).


El término sesgo ofrece hoy un juego semántico extraordinario. Transita desde su origen físico y geométrico (del latín sessus, posición inclinada) hasta colonizar la conducta a través de tres dimensiones entrelazadas: (i) la costura técnica del atajo - el heurístico camino de en medio- , (ii) el enfoque subjetivo del prejuicio moral —que arrastra la interpretación lejos de la neutralidad recta— y (iii) el uso metodológico en la estadística y la psicología moderna -error sistemático ajeno al azar-. Curiosamente, esta polifacética inclinación del comportamiento humano ya fue anticipada con una alta dosis de ironía en el Siglo de Oro por José de la Vega, un judío sefardí que en 1688 publicó en Ámsterdam Confusión de confusiones, el primer tratado mundial sobre el mercado de valores. Un verdadero tratado universal y, por ende, rabiosamente actual sobre el comportamiento humano, y específicamente, sobre la toma de decisiones.


 

El «Eureka» frente a la parálisis del algoritmo


Mucho antes de que los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky teorizaran en el siglo XX sobre el «pensamiento rápido» y los sesgos cognitivos, De la Vega ya se burlaba con saña de la fauna bursátil holandesa utilizando esta misma premisa. El cerebro humano detesta el laberinto cuadriculado del pensamiento algorítmico. El algoritmo, obsesionado con evitar cualquier tipo de atajo, avanza con la lentitud de un sastre que mide el hilo milímetro a milímetro; es un proceso exasperantemente seguro pero, en la volatilidad de la vida (y de la Bolsa), a menudo resulta interminable e inoperante. La parálisis por análisis no paga dividendos.


Frente a esa rigidez cuadriculada, De la Vega retrató el triunfo del pensamiento heurístico, esa lectura «al bies» de la realidad. De naturaleza emparentada con el Eureka por su carácter aleatorio, el hallazgo heurístico es el atajo mental definitivo. El autor barroco comprendió con humor que el inversor prefiere la chispa intuitiva y el volantazo diagonal del rumor antes que sentarse a procesar datos de forma pausada, matemática y razonable. Los operadores de Ámsterdam, impulsados por este pensamiento rápido, saltaban de cabeza a la euforia (efecto manada) o al pánico (sesgo de disponibilidad). No procesaban la información «al hilo» de los hechos objetivos, sino mediante ágiles —y a veces catastróficos— saltos oblicuos.


Un reciente trabajo sobre el texto del sefardí —una edición crítica que cuenta con más de 1.700 notas a pie de página y 50 páginas de bibliografía— subraya que las palabras polisémicas son las verdaderas soberanas de esta comedia del intelecto. En el tablero del mercado, los conceptos deben ser elásticos porque las mentes que compran y venden son incorregiblemente heurísticas. Parecerá mal decirlo, pero el autor de semejante edición es quien firma estas líneas, y vamos a dejarnos de falsas modestias (*).

 


El poliedro de la «Acción»


El ejemplo paradigmático de esta flexibilidad es el término «Acción», que De la Vega estira simultáneamente en cinco vectores que funcionan como soberbios y divertidos atajos conceptuales:

  • El vector financiero (La propiedad simbólica): El atajo jurídico para poseer una porción de la Compañía de las Indias Orientales sin cargar físicamente con sus barcos.
  • El vector físico y psicológico (El movimiento continuo): El desasosiego del inversor, de quien se mofa en el Diálogo Tercero diciendo que se les llama «accionistas, por estar siempre en acción». Es la agitación constante que prohíbe la quietud algorítmica; el vaivén del «delfín» bursátil que se mueve inquieto hasta cuando duerme en el mar del rumor.
  • El vector teatral y literario (El drama del engaño): El acto dramático de una comedia de enredos donde los personajes se saltan la vía recta de la verdad mediante el equívoco y el chiste, convirtiendo la plaza de Ámsterdam en un gran teatro de espejismos.
  • El vector moral y delictivo (La estratagema): La maniobra astuta, la artimaña especulativa de los rescontres y las trampas oblicuas calculadas para hacer «dar de ojos» al oponente mientras el delfín sigue soñando con ganancias imaginarias.
  • El vector judicial o procesal (El rudo despertar): La «acción» que se activa cuando el enredo bursátil estalla, el humo se disipa y el delfín despierta bruscamente en la fría orilla de los tribunales. Es el derecho procesal como último resguardo legal; el amargo tránsito que va desde la vibrante agitación de la plaza hasta la solemne inmovilidad de un estrado judicial.

La obra demuestra que el idioma español opera por asociación espacial y que el humor es la mejor herramienta para explicar la economía. El ser humano recurre a las líneas oblicuas del sesgo cuando la cuadrícula de la literalidad es incapaz de cartografiar el caos. Al final, tanto en la sastrería como en la Bolsa —como en el mundo—, avanzar al bies sigue siendo la técnica más sofisticada para adaptarse a las curvas de la incertidumbre: tomar el atajo creativo antes de que la inoperancia del corte recto rompa el tejido.



De Mis conversaciones con la IA






_______________

(*) Confusión de confusiones: Edición en español actualizado, con introducción, notas, vocabulario esencial y bibliografía.









miércoles, 29 de julio de 2026

LOS SEÑORES DE LOS BONSÁIS (Antonio Envid)


Imagen generada por IA (Gemini)

Me entero por los medios de comunicación de que Pedro Sánchez regaló un bonsái al Papa León XIV. Antes había hecho análogo regalo al poderoso, en su día, José Luís Ábalos por su sesenta cumpleaños. Desconozco si es habitual que el presidente haga estos singulares regalos o son hechos aislados y excepcionales, también, si son regalos que encierran algún símbolo o una manera de ir desalojando La Moncloa de esos objetos difíciles de reubicar, como los enseres de otro inquilino o los recuerdos de la abuela.

Estos sucesos me han hecho recordar un excelente artículo que publicó el inefable Sánchez Ferlosio – sí, el hijo de Sánchez Mazas, una de las mentes más sibilinas de mi contemporaneidad – con el título El monasterio Hidaka y el arte del bonsai. En él el destacado escritor hacía una sutil crítica a Felipe González, muy aficionado, como se sabe, a esos arbolillos enanos y deformes a fuerza de artificio.

Se describía la presencia en el complejo gubernamental de un nonagenario monje taoísta que cuidaba la notable colección de bonsáis del presidente y señalaba la paciencia y delicadeza que esa función exigía, así como, que los momentos libres que al gobernante dejaban las tareas de gobierno los invertía en escuchar las enseñanzas de Lao-Tse de boca del venerable anciano y en conocer este arte japonés. No deja de notar el articulista los dos millones y medio de pesetas – estábamos todavía en el reino de la peseta – del sueldo anual del maestro que salían de nuestra tesorería. 

Para tratar de comprender el artículo hay que mencionar el contexto en el que está escrito. Era el segundo mandato de Felipe González y, aunque gozaba de una holgada mayoría de 184 diputados, el entusiasmo que había despertado en el primer mandato, 202 diputados, los había rebajado sensiblemente. El descontento social se palpaba en el ambiente, hasta desembocar ese mismo año 1988 en una huelga general convocada por UGT y CC OO que paralizó España; a principios de ese mismo año se había producido el secuestro de Revilla por los terroristas de ETA. Mientras, Felipe González se embebía en las enseñanzas taoístas y en el cultivo de bonsáis.

Pero el recuerdo de aquel artículo no es casual sino causal, alguna correlación encuentro entre aquella pasada época con la presente. La cultura del bonsái exige que el crecimiento del árbol se limite, se le encorsete y se le dirija hacia la dirección que quiere el cultivador, en lugar de dejar que obre libremente la naturaleza. Ignoro si Pedro Sánchez ha adquirido la afición por estos artificiales arbolitos, pero sus largos silencios de meditación pudieran indicar que trate de ensayar en los cerebros de los españoles las técnicas de dirigismo y falta de libertad del bonsái, minimizándolos para que acepten su relato.

Vizcaíno Casas tituló a Felipe González como El Señor de los bonsáis, y la historia se repite, como nos enseñó Marx, la segunda vez como farsa, pudiéramos estar viviendo bajo el reinado del Señor II de los bonsáis.

                                                                                                                                            Antonio Envid

martes, 28 de julio de 2026

BOMBEROS DE MADRID: UNA CONTROVERSIA CONTABLE CONVERTIDA EN TITULAR POLÍTICO

Imagen generada por IA (Gemini)

 

El “timing” de la firmeza judicial: los datos frente al ruido político en los bomberos de Madrid

 

La actualidad informativa se ha visto sacudida estos días por la difusión del decreto que declara firme la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) respecto a determinados fondos de la Comunidad destinados al cuerpo de bomberos. Sin embargo, un análisis riguroso de los tiempos, la naturaleza del procedimiento y su verdadero objeto, revelan una realidad muy alejada de las lecturas superficiales y los titulares incendiarios.

 

Un fallo antiguo y de naturaleza administrativa

En primer lugar, es necesario precisar que la sentencia data de enero de 2026 y fue plenamente conocida por la opinión pública en su momento. No estamos ante una condena penal ni ante un caso de corrupción o desvío de dinero con fines ilícitos; se trata de un procedimiento estrictamente contencioso-administrativo centrado en una discrepancia de contabilidad presupuestaria entre el Capítulo 2 (gastos corrientes) y el Capítulo 6 (inversiones reales).

La firmeza de esta resolución judicial se adquirió de forma automática hace meses, al vencer los plazos ordinarios de recurso. Lo llamativo —y lo que despierta fundadas suspicacias sobre el timing político— es que el Letrado de la Administración de Justicia (LAJ) haya decidido formalizar y notificar el Decreto de Firmeza precisamente en estos últimos días de julio. El funcionario judicial disponía de un amplísimo margen: pudo haber firmado el trámite hace meses o haber esperado perfectamente a septiembre, dado que el mes de agosto es legalmente inhábil. Emitir el documento justo en plena ola de incendios estivales ha servido en bandeja el gancho de actualidad idóneo para que los sindicatos y determinados espacios mediáticos amplifiquen el conflicto.

 

Una sólida controversia jurídica, lejos de la arbitrariedad y sin merma para la efectividad del servicio

Bajo ningún concepto puede afirmarse que el Gobierno de la Comunidad de Madrid actuara de un modo arbitrario, negligente o injusto. La administración regional defendió una postura técnica respaldada por argumentos jurídicos consistentes: sostenía que recurrir al renting para dotar de camiones modernos a los bomberos era una vía eficiente para la prestación del servicio.

Y aquí reside una idea esencial que con frecuencia se está perdiendo en el debate público. La controversia no giraba principalmente sobre si los bomberos debían disponer o no de nuevos camiones, sino sobre cuál era la fórmula presupuestaria y financiera adecuada para proporcionárselos. La Comunidad de Madrid optó por un modelo de renting —alquiler a largo plazo con mantenimiento incluido— frente a la adquisición directa de los vehículos como inversión patrimonial.

Desde la óptica de la CAM, la diferencia entre comprar un camión (Capítulo 6) o alquilarlo mediante renting (Capítulo 2) no implicaba una reducción de medios materiales disponibles para el servicio, sino una distinta forma de financiación y contabilización de esos mismos medios. Los vehículos podían estar operativos igualmente, prestar idéntica cobertura territorial y atender las emergencias con la misma eficacia funcional.

Por tanto, incluso aceptando la tesis del tribunal sobre la incorrecta imputación presupuestaria de determinados fondos procedentes de UNESPA, lo discutido era el modo económico de proveer los recursos, no la existencia de una decisión de privar al cuerpo de bomberos de vehículos, equipamiento o capacidad operativa. La sentencia puede tener consecuencias, y de hecho las tiene, en materia de disciplina presupuestaria y afectación de fondos finalistas, pero de ella no se desprende que se hubiera comprometido la seguridad del servicio ni la atención a las emergencias ciudadanas.

La interpretación judicial finalmente acogida considera que esos recursos debían destinarse exclusivamente a inversiones patrimoniales permanentes. Sin embargo, la posición de la Comunidad se insertaba en una lógica de gestión pública moderna, orientada a flexibilizar la renovación de flotas, reducir costes de mantenimiento y acelerar la disponibilidad de vehículos especializados, una opción que dista mucho de poder calificarse como arbitraria o manifiestamente irrazonable.

 

Datos frente a eslóganes

En definitiva, en términos jurídicos, el debate no versaba sobre si el cuerpo de bomberos debía disponer de determinados vehículos de emergencia, sino sobre si esos vehículos debían incorporarse mediante adquisición patrimonial directa o mediante contratos de renting y, en consecuencia, sobre la correcta imputación contable de los fondos utilizados para financiarlos.

Esa diferencia es esencial. Una eventual carencia de medios operativos afectaría directamente a la seguridad y a la respuesta ante emergencias; una discrepancia sobre la modalidad financiera y presupuestaria empleada para proveer esos mismos medios pertenece, en cambio, al ámbito del control de legalidad presupuestaria y de la afectación de fondos finalistas.

Sin embargo, cuando se examinan conjuntamente la fecha real de la sentencia, la adquisición automática de su firmeza, el margen temporal del decreto de formalización, la naturaleza administrativa del litigio y la dimensión predominantemente contable de la controversia, el episodio aparece menos como un descubrimiento súbito de mala gestión y más como un ejemplo de cómo el timing institucional puede transformar una compleja controversia presupuestaria en un titular de alto voltaje político.



De Mis conversaciones con la IA


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...