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Desde mi barricada
Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié. (A. Rimbaud)
jueves, 27 de agosto de 2026
NO VERÉ CAER LAS HOJAS TRAS MI VENTANA (Antonio Envid)
martes, 25 de agosto de 2026
ESCOLAPIOS. Los pupitres de madera que no logré olvidar.
Imagen generada con IA (Gemini)
Tengo ya una edad en la que uno empieza
a hacer algo así como el inventario de su propia vida, y había una cuenta que
no me terminaba de cuadrar: la de mis años en Escolapios. Entré con ocho años,
en mil novecientos sesenta y cinco, y salí en el setenta y dos con la sensación, muy propia de esa edad,
de que me habían tenido encerrado demasiado tiempo. Harto de sotanas, de rezos
obligados, de un orden que a los catorce años se me antojó ya asfixiante, juré
que en cuanto cruzara aquella puerta nunca más volvería a mirar atrás.
Y durante mucho tiempo cumplí mi
promesa. Acabé como un agnóstico consciente y reflexivo, como tantos de mi
generación, y miré con cierta distancia irónica todo lo que oliera a incienso.
Pero la vida tiene estas cosas: cuanto más se aleja uno de un sitio, más claro
ve, a veces, lo que ese sitio le dio. Con razón decía Ortega —al que leí en
COU, ya fuera del colegio— que la verdad es intrínsecamente perspectiva. Hoy,
con los años ya vividos, no puedo hablar de mi paso por Escolapios sin una
mezcla extraña de gratitud y ternura que, en la pubertad, jamás imaginé que
podría sentir.
Un cura aragonés al que no le
importaban los palacios
Hace poco leí algo sobre José de
Calasanz, el fundador de aquella orden que me educó, y sentí que por fin
entendía de dónde venía todo aquello que tanto me sacaba de quicio de
adolescente. Aquel sacerdote no se dedicó a escribir tratados en un despacho: se
plantó en el Trastevere romano, a finales del siglo XVI, y abrió una escuela
gratuita para los hijos de nadie, mientras media Europa discutía de teología y
de fronteras sin mirar a los niños que se pudrían en la calle. En 1597 fundó en
Santa Dorotea la primera escuela pública, popular y del todo gratuita del
continente. Un gesto humilde que, visto con perspectiva, fue una de las
revoluciones más silenciosas de Occidente.
Nadie me lo contó así cuando era alumno,
claro, y eso que nos hablaron mucho y bien de nuestro fundador. Pero a esa edad
uno solo ve normas, horarios y un cura estricto que te castiga, a veces de modo
injusto. Hace falta distancia para ver el edificio entero, el verdadero
trasfondo de la historia.
Lo que aprendí demasiado tarde a
valorar
Ya en el bachillerato superior seglar y
en la universidad, lejos de curas y reglamentos, empecé a tratar a compañeros
que venían de Jesuitas. Y ahí tuve que tragarme más de un orgullo.
Intelectualmente iban un paso por delante: mejor preparados, más agudos en el
debate, con esa solidez académica que solo da un método pensado durante siglos
para formar a quienes iban a dirigir el mundo. Los Jesuitas educan mentes, y
las educan bien; eso no lo voy a negar aunque me cueste.
Pero pasaron los años, se hicieron
amistades, se compartieron fracasos y algún que otro entierro, y ahí fue donde
noté la diferencia que de joven no supe ver. Había en mí —y en los pocos
compañeros escolapios que fui encontrando por el camino— una manera de tratar
al otro, de ponerse en su lugar, de no mirar a nadie por encima del hombro, que
no era tan frecuente entre quienes habían salido de una formación más orientada
al liderazgo y la excelencia.
Calasanz no soñaba con formar élites,
sino con salvar a los últimos. Quería maestros que miraran al alumno con la
ternura de un padre, no con la exigencia de un examinador. Y esa pedagogía del
afecto, que de niño me parecía casi blanda, terminó siendo el suelo firme sobre
el que, sin darme cuenta, había construido buena parte de mi manera de estar en
el mundo.
Ya no rezo, pero no reniego
Ahora piso menos la iglesia. Mi relación
con la fe acabó hace décadas en un agnosticismo tranquilo, sin dramas:
simplemente no gozo de tal beneficio. Pero la respeto profundamente, y hasta
puedo admirarla. Distingo bien la fe de la huella humana, una huella que hoy
reconozco sin complejos. Ya no son las misas las que me acompañan, sino aquella
insistencia terca en la caridad, una palabra antigua que hoy preferimos
maquillar como solidaridad, pero que en el fondo encierra la misma urgencia.
Aquel cura aragonés entendió, siglo y
medio antes de que Rousseau o Voltaire se pusieran a teorizar sobre la
instrucción del pueblo, que la ignorancia era la verdadera cárcel de los
pobres, y se dedicó a abrir puertas en vez de escribir manifiestos. Y bajo ese
mismo sello, unas décadas más tarde, en 1829, una mujer llamada Paula Montal
entendió que la revolución calasancia se quedaba coja si no incluía a las
niñas. En Figueras, plantó cara a la discriminación de su época y fundó las
Madres Escolapias, obsesionada con darles a ellas la misma llave que ya tenían
los varones: el acceso gratuito a la gramática, las matemáticas, las ciencias y
las humanidades.
Salí de Escolapios queriendo dar un
portazo. Pero hoy, ya de mayor, sin fe pero con memoria y sensibilidad, solo
puedo decir que aquellos pupitres de madera me formaron como mejor persona de
lo que entonces fui capaz de vislumbrar y agradecer.
domingo, 23 de agosto de 2026
FLIPANDO EN COLORES: Terrazas llenas y bolsillos tiesos. Jodidos pero ¿agradecidos?
Imagen generada con IA (Gemni)
Mientras el Gobierno nos vende que somos el Wall Street del sur de Europa, la realidad nos deja una microeconomía asfixiante, casi un 30% de pobreza infantil, boletines de notas "cocinados" y una juventud que ha cambiado la hucha del cerdito por la ronda de cervezas (porque para el piso no llega).
Si uno enciende la televisión y escucha
los discursos oficiales, da la sensación de que los españoles atamos a los
perros con longaniza. Que si el PIB crece por encima de la media europea, que
si batimos récords de afiliación, que si el turismo nos baña en oro... Sobre el
papel, somos los reyes del mambo. Sin embargo, cuando uno baja a comprar el
pan, la música se apaga, se nos queda cara de idiotas y nos cagamos en los informativos.
Que nos hablen a todas horas de
macroeconomía, además ocultando el déficit y la deuda pública, mientras ignoran la economía doméstica (esa pequeña ciencia que
consiste en intentar pagar la luz y llenar la nevera al mismo tiempo) no es un
despiste inocente. Es un truco de magia deliberado. Una manipulación de manual
en la que se selecciona el dato bonito para la foto y se esconde bajo la
alfombra que a la mayoría de los ciudadanos el sueldo se les evapora antes del
día 15.
Servicios públicos, listas
"VIP", pobreza infantil y exámenes a la velocidad de la luz
Mientras la inflación nos hace sudar
frío cada vez que pasamos por la caja del supermercado, el Estado no deja de
reventar su taquilla. Y lo hace con un truco fantástico llamado
"progresividad en frío": como tu sueldo sube un poquito para compensar
los precios, pero el Gobierno no ajusta los tramos del IRPF, acabas pagando más
impuestos que antes. Ellos baten récords de recaudación y tú bates récords de
equilibrismo financiero.
Pero amigo, uno paga impuestos con gusto
si los servicios públicos van como un tiro, ¿no? Bueno, vamos a ello: en
sanidad, la lista de espera quirúrgica ha batido su propio récord histórico
negativo: más de 853.000 pacientes esperando. Con una media de 120 días de
paciencia, te da tiempo a verte cinco temporadas de tu serie favorita antes de
pisar el quirófano.
Por no hablar del dato que realmente debería sacarle los colores a cualquiera que presuma de "milagro económico" y tenga un mínimo de vergüenza torera: la pobreza infantil. Los datos oficiales del INE nos recuerdan que casi un 30 por ciento de los niños en España sobrevive en riesgo de pobreza o exclusión social. Una cifra que hiela la sangre y que demuestra que la supuesta riqueza del país se está quedando en cualquier sitio menos en las neveras de la familia.
Y hablando de niños y jóvenes, vamos con la educación. El último informe PISA nos
dejó un boletín de notas para esconder debajo de la cama, pero el premio a la
creatividad se lo llevó Cataluña. En la edición de 2018, la OCDE se dio cuenta
de que la Generalitat había, presuntamente, metido mano a los datos. Resulta
que enviaron pruebas donde los alumnos respondían a los textos de lectura más
rápido que Superman leyendo un cómic. Semejante patrón automatizado para
maquillar el descalabro obligó a Europa a cancelar la publicación de esos
resultados. Al parecer, suspender duele, pero que te pillen copiando las
estadísticas hace más pupa.
El unicornio del alquiler y el
misterio de bares y restaurantes llenos
Y llegamos a nuestro personal y particular artículo de lujo por excelencia: la vivienda. En las grandes ciudades, pagar un alquiler exige
entregar el alma a tu primogénito, y prácticamente el 100% del sueldo neto de
un joven. Emanciparse se ha convertido en un concepto mitológico, como los
unicornios o las impresoras que funcionan a la primera.
Y es aquí cuando aparece el argumento
estrella del cuñado de turno: "Pues no estaremos tan mal cuando las
terrazas de los bares están siempre a rebosar".
A este fenómeno de barra libre la
sociología lo llama "efecto pintalabios" y "gasto
fatalista" (doom spending). Las cuentas son sencillas y
desoladoras: si ahorrar 150 euros al mes viviendo a base de arroz hervido no te
va a dar para la entrada de un piso ni en el año 2080, ¿qué haces? ¿Dejar,
encima, que sea el banco –custodio de nuestro cash por imperativo legal y en
connivencia con el poder— quien lo rentabilice? Pues qué vas a hacer: tirar la toalla a corto plazo.
Esta juventud expulsada del mercado inmobiliario prefiere gastarse ese
dinerillo en una buena cena o en ocio para, básicamente, no volverse loca de
frustración.
Además, si tienes 30 años y sigues
durmiendo en tu cuarto de la adolescencia bajo un póster que pegaste en el
instituto, necesitas un salón donde socializar. Y a falta de casa propia, buena
es la mesa de la terraza de la esquina. El bar es su "Tercer Lugar".
El gran colofón: ricos en PIB, pero
endeudados hasta las cejas
Y como traca final a este festival de
optimismo oficial, llegamos al dato más sangrante de todos. Si la macroeconomía
es tan "guay", si crecemos como nadie y si el Estado recauda más
impuestos que nunca en la historia de España... ¿cómo es posible que el déficit
y la deuda pública sigan aumentando a lo bestia?
Es la paradoja definitiva. El Gobierno
nos cuenta que la economía va de lujo, pero resulta que es como ese amigo que
presume de que le han subido el sueldo y se va de mariscada, mientras te pide
prestado para pagar los intereses de la tarjeta de crédito: eso es Sánchez y el
Sanchismo. Pese a exprimir fiscalmente a la clase media y trabajadora, el
Estado sigue gastando sistemáticamente más de lo que ingresa, engordando una
bola de deuda monumental que, tarde o temprano, tendrán que pagar a escote las
próximas generaciones (esas mismas que hoy no pueden ni pagarse un piso).
Conclusión
Vender que somos la locomotora de Europa
mientras el ciudadano de a pie hace malabares para llegar a fin de mes es un
espejismo institucional. Mientras la cesta de la compra sea un lujo, la pobreza infantil siga en aumento, las
administraciones cocinen informes PISA, los jóvenes inviertan en bravas porque
los ladrillos son inalcanzables y el Estado siga fundiéndose la tarjeta de
crédito a costa de nuestro futuro, el relato oficial seguirá pareciendo una
broma... y no precisamente de las que hacen gracia.
domingo, 16 de agosto de 2026
UN ESPEJISMO: LA BURBUJA ROTA DEL DEPORTE FEMENINO
El fenómeno social del deporte femenino
en España encara su momento más crítico: la confrontación directa entre el
fervor político y el frío veredicto de las leyes del mercado. Mientras
pabellones como el Príncipe Felipe de Zaragoza baten récords de asistencia con
el Casademont femenino, el ecosistema audiovisual ha hecho estallar la burbuja
del fútbol femenino, lanzando una seria advertencia que amenaza de muerte el
proceso de profesionalización.
El último concurso para la adjudicación
de los derechos de televisión de la Liga F (la Primera División de Fútbol
Femenino) ha quedado completamente desierto. Tras la espantada de la plataforma
DAZN —que ha roto su contrato un año antes de lo previsto—, ninguna cadena de
televisión ha querido cubrir el precio mínimo de salida de siete millones de
euros. Fuentes del sector audiovisual consultadas por el diario digital THE
OBJECTIVE califican el escenario actual sin rodeos: «Quieren colocar un
producto que no gusta, y eso el mercado no lo admite».
Una burbuja ficticia inflada por la
política
Este desplome audiovisual destapa las
costuras de un modelo que ha crecido a marchas forzadas bajo el amparo de la
Moncloa. Al calor de las políticas de igualdad y del tirón del Mundial de 2023,
el Gobierno inyectó ingentes cantidades de fondos públicos (incluyendo 16
millones de euros directos del CSD) y presionó para una profesionalización
exprés que equiparase estas competiciones a las masculinas.
Sin embargo, los datos demuestran que se
trataba de una estructura artificial. La audiencia televisiva nunca respondió
y, para colmo, la asistencia a los estadios de la Liga F se ha desplomado un
18,6% en la última temporada, concentrándose la mitad de todo el público
únicamente en los partidos del FC Barcelona. Fuera de los tres grandes
transatlánticos (Barça, Real Madrid y Atlético), la viabilidad económica de las
plantillas medias y modestas es insostenible si falla el dinero de la
televisión.
Vasos comunicantes: el coste interno
del éxito en Zaragoza
La crisis del fútbol femenino contrasta
en las formas con la estrategia seguida por el baloncesto, pero el modelo de la
canasta tampoco está libre de tensiones internas. En clubes polideportivos o
con secciones unificadas bajo una misma Sociedad Anónima Deportiva (SAD), el
crecimiento del deporte femenino ha empezado a operar bajo la ley de los vasos
comunicantes.
El ejemplo más evidente se vive en la
capital aragonesa. Mientras el Casademont Zaragoza femenino ("las
chicas") no ha dejado de crecer en presupuesto, fichajes de relumbrón y
masa social, la sección masculina de la Liga Endesa (ACB) ha experimentado un
declive deportivo constante. Las voces críticas señalan una realidad financiera
incómoda: en una estructura con recursos globales limitados y recortes en las
partidas institucionales, el imparable auge del proyecto femenino se ha
logrado, en parte, mordiendo y fagocitando el presupuesto histórico del equipo
masculino, que la pasada temporada salvó la categoría en el último segundo. En suma: vestir un santo para desnudar al
otro.
La implacable ley de la oferta y la
demanda
A pesar de esta redistribución interna y
del músculo de patrocinadores como el Grupo Costa, el baloncesto femenino se
asoma al mismo abismo que el fútbol si eleva sus pretensiones salariales fuera
de la realidad comercial. Las subvenciones sirven hoy como red de seguridad
obligatoria para el Casademont, pero el club no puede fiar su subsistencia
futura a un mercado audiovisual que ya ha dado su veredicto.
Y es que el mercado no entiende de
decretos ni de voluntades políticas, sino de masa crítica dispuesta a pagar por
consumir un producto. Y mientras, en fútbol masculino, el Real Zaragoza, en
Primera Federación, al margen ya del fútbol profesional, ha superado con creces
este año los 20.000 socios, y podrían ser muchísimos más los aragoneses que
paguen por ver sus partidos desde cualquier plataforma. Esta abismal diferencia
evidencia que el respaldo económico natural e histórico de los aficionados
sigue fluyendo de forma masiva hacia los formatos tradicionales del deporte
masculino, incluso cuando estos atraviesan su peor crisis institucional.
A la Liga F de fútbol solo le quedan dos
salidas ante el mercado desierto: rebajar dramáticamente sus pretensiones
económicas en la segunda puja del 19 de agosto, o activar "el comodín de
la televisión pública". Expertos del sector dan por hecho que RTVE o los
canales autonómicos tendrán que acudir al rescate de la competición con dinero
de los contribuyentes, ya que las televisiones públicas pueden asumir pérdidas
millonarias sin importarles los datos de audiencia.
La situación actual deja una lección
económica inapelable. Los decretos gubernamentales, las leyes con perspectiva
de género y las dinámicas internas de los clubes para potenciar la igualdad
pueden alterar las prioridades presupuestarias a nivel local, pero no pueden
obligar al espectador a encender el televisor de pago. Sin interés real del
consumidor, no hay negocio privado posible; y sin negocio privado, el deporte
femenino español seguirá condenado a depender crónicamente de la caridad
presupuestaria del Estado o del sacrificio deportivo de sus homólogos
masculinos.
viernes, 14 de agosto de 2026
LA MUTACIÓN DEL BIOPODER: de la hoguera de las brujas al exorcismo "woke"
Imagen generada con IA (ChatGPT)
En su célebre Historia de la sexualidad, Michel Foucault dinamitó la idea de que el poder político o religioso se limita a reprimir el sexo. El filósofo francés mantuvo que el poder produce discursos sobre el cuerpo orientados a la administración de la vida de las personas, la catalogación de la población y el gobierno de las mentes. A este fenómeno lo denominó biopoder. Durante siglos, la Iglesia Católica fue la gran cirujana de la intimidad, utilizando el sacramento de la confesión obligatoria para acceder a la psique del creyente y erigirse en el juez último de su verdad. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una sorprendente mutación de este mecanismo. Las coordenadas han cambiado, pero el tablero es el mismo: las políticas identitarias contemporáneas, a menudo englobadas bajo el término woke, operan como el nuevo biopoder de nuestro tiempo.
Para comprender el alcance de esta
transformación, resulta iluminador rescatar una distinción que el propio
Foucault analizó en su curso Los anormales: el contraste entre la
brujería del siglo XVI y las crisis de posesión del siglo XVII.
La bruja era un fenómeno periférico.
Habitaba en los márgenes geográficos y culturales —en los bosques, las montañas
o las costas—, allí donde el poder de la Iglesia no había logrado cristianizar
del todo. El inquisidor perseguía a la bruja desde fuera porque ella encarnaba
una soberanía enemiga; una disidencia basada en un pacto explícito y voluntario
con el demonio a cambio de un poder terrenal. A la bruja se la combatía para
destruirla.
Sin embargo, un siglo después, el
paisaje cambió con las epidemias de posesión demoníaca, que ya no ocurrían en
la periferia salvaje, sino en el centro mismo de la ciudad, intramuros de los
conventos y los hogares burgueses. El poseso no firmaba ningún pacto; era
impregnado y sometido por una fuerza que tomaba el control de su cuerpo y de su
lengua. La posesión no implicaba un comercio voluntario, sino una agónica lucha
interna entre el sujeto y el "espíritu" que lo habitaba. Ante esto,
la estrategia de la Iglesia ya no era la persecución exterminadora, sino la
salvación obligatoria. Había que aplicar el ritual del exorcismo para reeducar
la voluntad, extraer la confesión y devolver el alma descarriada a la
comunidad.
Si observamos el debate cultural actual
en torno al sexo, el género y la identidad, es evidente que no estamos ante una
caza de brujas, sino ante un gigantesco escenario de posesión colectiva: no
quieren tanto deshacerse de nosotros como convertirnos.
Hoy ya no existe un "afuera" o
un bosque idílico al que huir para escapar del biopoder; las pantallas, las
redes sociales y las nuevas burocracias institucionales ocupan todo el espacio
público y privado. El ciudadano contemporáneo no pacta conscientemente con la
nueva ortodoxia ideológica; es impregnado por ella a través de una ósmosis
cultural omnipresente. Los discursos hiperespecíficos sobre las identidades y
los géneros cruzados se introducen en la mente del individuo desde la infancia.
Creemos que elegimos nuestros deseos e identidades de manera autónoma, cuando
en realidad repetimos un guion prediseñado por el propio sistema para fragmentar
y gestionar la sociedad en nichos predecibles.
Esta "posesión" moderna genera
su propia patología: una angustia existencial y una autovigilancia feroz. El
examen de conciencia ya no se realiza de rodillas en el confesonario, sino ante
el tribunal digital de las redes sociales. El individuo vive en una convulsión
constante, midiéndose a sí mismo por temor a no ser lo suficientemente
"puro", "deconstruido" o "aliado".
La respuesta de las nuevas instituciones
—gobiernos, universidades y corporaciones multinacionales— ante el ciudadano
común que se resiste a estas lógicas no es el castigo físico inmediato, sino la
"pedagogía de la salvación". Se ha invertido el concepto de
normalidad: quien mantiene una visión tradicional o puramente biológica de la
realidad es catalogado de inmediato como un "anormal moral" (un
fóbico o un alienado). Pero el sistema, con una retórica impregnada de
compasión e inclusión, le ofrece la redención. Los talleres de sensibilización
obligatorios, los cursos de nuevas masculinidades y los códigos de conducta
corporativos son los nuevos rituales de exorcismo. No buscan quemar al
disidente; buscan colonizar su mente para que abrace la nueva verdad por su
propio bien.
El fluido con el que se inocula esta
posesión es, indiscutiblemente, el lenguaje. Foucault sabía que quien domina la
palabra domina la realidad. La introducción de una neolengua institucional —que
sustituye palabras materiales como "madre" por abstracciones
administrativas como "persona gestante"— no es un avance lingüístico
inocente, sino un rito de sumisión ideológica. Al cambiar las reglas del juego
semántico constantemente, el ciudadano común cae en un estado de perpetua
inseguridad. Ante el temor de usar el término incorrecto y ser excomulgado
civilmente a través de la cancelación, el individuo opta por el silencio.
El biopoder actual ha logrado así su
mayor victoria: ya no necesita un policía en la puerta ni una hoguera en la
plaza. Le basta con vigilar la sintaxis del ciudadano para recordarle que el
poder ya no se ejerce contra su cuerpo, sino desde el interior de su propia
cabeza. Y por si la autorregulación falla, ahí están los omnipresentes observatorios institucionales para recordárselo.
viernes, 7 de agosto de 2026
EL ECLIPSE DE CEUTA. LA REALIDAD OCULTA TRAS EL DECORADO TELEVISIVO
Imagen generada por IA (Gemini)
Detrás
de las pantallas y las crónicas biempensantes se esconde una población
exhausta, víctima de una estrategia de guerra híbrida, del negocio de la
asistencia, de mafias con supuesta cobertura estatal y de una deriva
diplomática que aísla a España en medio del verdadero eclipse de nuestra era.
Los telediarios de las cadenas
convencionales nos ofrecen estos días un relato de Ceuta casi idílico: imágenes
de cooperantes repartiendo víveres, discursos oficiales sobre la inquebrantable
solidaridad del pueblo ceutí y planos de una Guardia Civil desbordada pero
serena. Es la narrativa del "todo bajo control", una estampa de
resistencia humanitaria diseñada para anestesiar nuestras conciencias. Sin
embargo, apagar la pantalla y pisar el asfalto de Ceuta revela una verdad
radicalmente distinta. Y la realidad de la calle no es un spot publicitario; es
una crónica de desespero, desabastecimiento y una profunda sensación de
abandono.
Los residentes de la ciudad autónoma no están
viviendo precisamente en una postal solidaria, sino que conviven, día a día,
con los efectos de un colapso estructural. Los supermercados locales y las
tiendas de barrio, dimensionados para la población habitual, ven cómo sus
estanterías de productos frescos quedan vacías en cuestión de horas. La
reposición en el puerto no da abasto para cubrir un consumo multiplicado por la
desesperación. Las urgencias del Hospital Universitario y los centros de salud
priorizan de forma sistemática las emergencias de playa, postergando las citas
y la atención médica de los ceutíes. En las barriadas periféricas y en el
centro, la ocupación masiva del espacio público por personas que deambulan sin
rumbo ante la falta de plazas habitacionales ha quebrado la tranquilidad y la
convivencia pacífica. Ceuta sufre en silencio las consecuencias de una crisis
que la asfixia.
El error principal radica en el
vocabulario oficial. Lo que el Gobierno central se empeña en etiquetar como una
"crisis migratoria" es, a ojos de cualquier analista estratégico y
mando militar, una agresión enmarcada en la doctrina de la guerra híbrida.
No estamos ante un flujo natural de personas en busca de un futuro; estamos
ante la instrumentalización política y deliberada de masas de civiles, entre
los que se incluyen de forma calculada a mujeres y menores para maniatar
legalmente la respuesta del Estado receptor. El objetivo del país vecino no es
la conquista militar con tanques, sino provocar un desgaste económico, social y
político insostenible para España, quebrando la moral de su población y forzando
concesiones diplomáticas intolerables.
Frente a este ataque asimétrico, la
inacción institucional resulta indefendible. En los platós de cadenas como
Telecinco, demuestran que cualquier periodista de investigación puede
infiltrarse fácilmente en grupos de WhatsApp y canales de Telegram donde los
asaltos masivos se organizan de forma abierta, fijando horas, fechas y puntos
de concentración en localidades marroquíes como Castillejos. Si cualquiera con
un teléfono móvil puede demostrar que se está fraguando una invasión a gran
escala, es una falsedad flagrante pretender que los servicios de inteligencia
españoles o las autoridades marroquíes lo ignoran. La pasividad de Marruecos es
una tolerancia cómplice utilizada como herramienta de chantaje, mientras que el
retraso en la respuesta preventiva del Gobierno español constituye una dejación
de funciones que roza la negligencia protectora.
Precisamente esta semana, la crónica de
sucesos ha venido a confirmar de forma brutal la dimensión del engranaje
criminal que asola el Mediterráneo. Una macrooperación conjunta entre la
Policía Nacional, la Guardia Civil y Europol ha culminado con la detención
de casi 80 personas integrantes de una de las mayores redes de tráfico de seres
humanos y narcotráfico de nuestra historia reciente. Con una
infraestructura que incluye 18 narcolanchas valoradas en más de cinco millones
de euros, estos mafiosos operaban un doble flujo criminal milimétrico:
transportaban armas y drogas sintéticas desde las costas españolas hacia
Argelia y Marruecos, y rentabilizaban el viaje de vuelta hacinando a migrantes
a los que cobraban hasta 12.000 euros por cabeza. Un negocio redondo de más de
24 millones de euros marcado por una violencia extrema, secuestros e
instrucciones expresas a los pilotos para embestir a las patrulleras de
nuestras fuerzas de seguridad.
Sin embargo, la envergadura de este
golpe policial abre el interrogante político definitivo: ¿pueden estas mafias
transnacionales tener razón de ser, mover flotas de embarcaciones prohibidas y
organizar censos masivos sin el apoyo más o menos directo, o la calculada
ceguera, de los gobiernos implicados? Para amplios sectores sociales y
analistas fronterizos, la respuesta es un no rotundo. Resulta inverosímil
desvincular el auge de estas redes criminales de la pasividad táctica de Rabat,
que abre y cierra el grifo de la vigilancia costera según sus necesidades de
presión diplomática.
Del mismo modo, resulta obligatorio
sospechar de la repentina "casualidad" que rodea el obsceno manejo de
los tiempos del Gobierno de España. Que el desmantelamiento de semejante
enjambre criminal se ejecute y retransmita ante las cámaras de televisión
precisamente en los días de mayor colapso e indignación en Ceuta no genera
satisfacción, sino una profunda desconfianza ciudadana. La pregunta surge de
inmediato en la calle: ¿por qué hoy y no ayer, o hace cuatro meses, o hace
tres años? Porque huelga expresar que una estructura transnacional de
esta magnitud —con ramificaciones financieras complejas y conexiones con la Mocro
Maffia— no se descubre ni se investiga en un plazo de 48 horas, sino que
requiere meses de pacientes y silenciosas escuchas judiciales y seguimientos
por parte de las fuerzas de seguridad.
Por tanto, la ejecución de la redada
precisamente en este exacto momento delata un burdo y calculado oportunismo de
calendario por parte de la Moncloa. El Gobierno ha utilizado una investigación
policial largamente madurada como un analgésico de opinión pública, un oportuno
cortafuegos informativo diseñado para desviar la atención de los telediarios,
silenciar las acusaciones de inacción preventiva y fingir una firmeza
sobrevenida ante un problema que llevaba meses tolerando en la sombra.
Y lo peor es que para agravar este
lamentable escenario de vulnerabilidad, el Gobierno central ha conducido al
país a una posición de aislamiento diplomático inoportuno dentro de su
entorno natural: Occidente. Mientras el reino alauí consolida con astucia
sus alianzas estratégicas con Washington y gana terreno en foros
internacionales, la política exterior española naufraga en la improvisación y
los absurdos e inoportunos bandazos partidistas. En lugar de tejer un frente
común con nuestros aliados naturales para defender de forma unánime que Ceuta y
Melilla son fronteras exteriores de la Unión Europea, el Ejecutivo se ha
enzarzado en reproches contra socios europeos —como Italia—, acusándolos de
insolidaridad y alejándose de las corrientes mayoritarias de control fronterizo
que hoy imperan en Occidente. El resultado es desolador: el Departamento de
Estado de los EE. UU. y varios líderes de la UE censuran abiertamente la
debilidad institucional de Madrid para proteger su propia soberanía, dejando a
España geopolíticamente sola y desarmada ante el chantaje de Rabat.
En este río revuelto, el papel de las ONG
y del tejido asistencial también exige una reflexión desapasionada. Mientras
las terminales de las grandes plataformas mediáticas ensalzan su labor como la
única salvación del territorio, una corriente mayoritaria de ciudadanos y
críticos advierte la consolidación de lo que denominan "la industria de la
vulnerabilidad". Se critica que estas entidades hayan convertido la
emergencia en un modelo corporativo y laboral hipertrofiado que necesita de la
perpetuación del conflicto para autojustificarse y asegurar millones de euros
en subvenciones públicas. Del mismo modo que se cuestiona la utilidad real de
recursos específicos de género frente a la delincuencia convencional, se
reprocha que la red del tercer sector actúe de facto como un imán legal y
logístico que desarma la capacidad de expulsión del Estado, beneficiando
indirectamente los planes de las mafias y de las potencias hostiles.
Pero es que, además, esta grave crisis no
se arregla con barcos de exhibición ni con discursos vacíos sobre la concordia.
Cuando la soberanía territorial y el orden público de una región están heridos
de gravedad, el marco constitucional prevé herramientas específicas. La
situación actual reúne todas las características de una extrema alarma
nacional. Ante un pulso geopolítico que amenaza con reactivarse cada pocos
días a través de las redes sociales, España debe decidir si sigue actuando como
un mero gestor (y además malo) de
comedores de campaña o si asume su condición de Estado soberano. La resolución
de este conflicto no puede seguir delegándose en el altruismo vecinal o en el
asistencialismo de las ONG, eso vale para ciertos telediarios, sino que exige la
firmeza política más absoluta, la activación de la inteligencia preventiva para
taponar las fronteras antes de que los saltos se materialicen, el amparo
explícito de la Unión Europea mediante exigencias contundentes al agresor, y la
determinación de declarar los estados de excepción constitucional cuando la
seguridad, la convivencia y las necesidades ciudadanas devienen definitivamente
insostenibles, cuestionándose, además, la territorialidad del Estado español.
Por lo demás, resulta trágicamente
irónico comprobar cómo, mientras la frontera se desmorona y la soberanía se
tambalea, la atención de la opinión pública y de las autoridades parece
hipnotizada por la frivolidad del momento. En los despachos oficiales y en las
tertulias se habla con fascinación astronómica del próximo eclipse, preparando
de forma casi obsesiva el país para contemplar la ocultación efímera de un
astro. Las autoridades asisten ciegas —y nunca mejor dicho— a este fenómeno del
firmamento, buscando en el cielo un espectáculo pasajero mientras se niegan a
mirar el suelo que pisan, ignorando que el verdadero eclipse, el mayor y más
pavoroso espectáculo que jamás hayamos presenciado y del que no habrá retorno,
está ocurriendo en nuestras propias fronteras: el eclipse absoluto de la
civilización occidental. Una cultura y unos valores democráticos que se
oscurecen por la parálisis de sus propios gobernantes, incapaces de defender
los cimientos identitarios, territoriales y legales que un día sostuvieron a
Europa. Seguir negando la realidad de la calle en favor de la ficción
televisiva no solo es una burla al sufrimiento del pueblo ceutí; es una
rendición anticipada en el tablero internacional antes de que la penumbra tape
por completo lo que queda de nuestro mundo.
martes, 4 de agosto de 2026
LA GEOMETRÍA DEL ATAJO: CÓMO LA BOLSA DE ÁMSTERDAM INVENTÓ LOS SESGOS COGNITIVOS
Pensar «al bies», o pensar «al sesgo». O por qué el
cerebro prefiere la diagonal del sesgo cognitivo antes que la implacable y parsimoniosa seguridad de un razonable cálculo laberíntico.
En geometría elemental, la diagonal es
siempre el camino más corto entre dos esquinas opuestas; y en el comportamiento
humano, es la definición perfecta de un atajo. En el diseño de moda, cortar «al
bies» o «al sesgo» consiste en trazar una línea a 45 grados respecto al hilo de
la tela para otorgarle una elasticidad imposible en el corte recto. Pues bien,
en la estructura de nuestra mente ocurre algo similar: cuando el seguir la
lógica implacable nos agota, el cerebro prefiere «cortar por lo sano», o lo que es lo
mismo: ir por el camino de en medio y recortar la realidad por la diagonal. Con
lo que esta física del atajo une los talleres de sastrería, la física
geográfica, la psicología cognitiva, y hasta los mercados financieros, en un
divertido combate entre la intuición (pensar y decidir «rápido») y la
cuadriculación (pensar y decidir «lento»).
El término sesgo ofrece hoy un
juego semántico extraordinario. Transita desde su origen físico y geométrico
(del latín sessus, posición inclinada) hasta colonizar la conducta a
través de tres dimensiones entrelazadas: (i) la costura técnica del atajo - el
heurístico camino de en medio- , (ii) el enfoque subjetivo del prejuicio moral
—que arrastra la interpretación lejos de la neutralidad recta— y (iii) el uso
metodológico en la estadística y la psicología moderna -error sistemático ajeno
al azar-. Curiosamente, esta polifacética inclinación del comportamiento humano
ya fue anticipada con una alta dosis de ironía en el Siglo de Oro por José de
la Vega, un judío sefardí que en 1688 publicó en Ámsterdam Confusión de
confusiones, el primer tratado mundial sobre el mercado de valores. Un
verdadero tratado universal y, por ende, rabiosamente actual sobre el comportamiento humano,
y específicamente, sobre la toma de decisiones.
El «Eureka» frente a la parálisis del
algoritmo
Mucho antes de que los psicólogos Daniel
Kahneman y Amos Tversky teorizaran en el siglo XX sobre el «pensamiento rápido»
y los sesgos cognitivos, De la Vega ya se burlaba con saña de la fauna bursátil
holandesa utilizando esta misma premisa. El cerebro humano detesta el laberinto cuadriculado del pensamiento algorítmico. El algoritmo, obsesionado con evitar
cualquier tipo de atajo, avanza con la lentitud de un sastre que mide el hilo
milímetro a milímetro; es un proceso exasperantemente seguro pero, en la
volatilidad de la vida (y de la Bolsa), a menudo resulta interminable e
inoperante. La parálisis por análisis no paga dividendos.
Frente a esa rigidez cuadriculada, De la Vega
retrató el triunfo del pensamiento heurístico, esa lectura «al bies» de la
realidad. De naturaleza emparentada con el Eureka por su carácter
aleatorio, el hallazgo heurístico es el atajo mental definitivo. El autor
barroco comprendió con humor que el inversor prefiere la chispa intuitiva y el
volantazo diagonal del rumor antes que sentarse a procesar datos de forma pausada, matemática y razonable. Los operadores de Ámsterdam, impulsados por este
pensamiento rápido, saltaban de cabeza a la euforia (efecto manada) o al
pánico (sesgo de disponibilidad). No procesaban la información «al hilo»
de los hechos objetivos, sino mediante ágiles —y a veces catastróficos— saltos
oblicuos.
Un reciente trabajo sobre el texto del
sefardí —una edición crítica que cuenta con más de 1.700 notas a pie de página
y 50 páginas de bibliografía— subraya que las palabras polisémicas son las
verdaderas soberanas de esta comedia del intelecto. En el tablero del mercado,
los conceptos deben ser elásticos porque las mentes que compran y venden son
incorregiblemente heurísticas. Parecerá mal decirlo, pero el autor de semejante
edición es quien firma estas líneas, y vamos a dejarnos de falsas modestias (*).
El poliedro de la «Acción»
El ejemplo paradigmático de esta flexibilidad es el término «Acción», que De la Vega estira simultáneamente en cinco vectores que funcionan como soberbios y divertidos atajos conceptuales:
- El vector financiero (La propiedad simbólica): El atajo jurídico para poseer una porción de la Compañía de las Indias Orientales sin cargar físicamente con sus barcos.
- El vector físico y psicológico (El movimiento continuo): El desasosiego del inversor, de quien se mofa en el Diálogo Tercero diciendo que se les llama «accionistas, por estar siempre en acción». Es la agitación constante que prohíbe la quietud algorítmica; el vaivén del «delfín» bursátil que se mueve inquieto hasta cuando duerme en el mar del rumor.
- El vector teatral y literario (El drama del engaño): El acto dramático de una comedia de enredos donde los personajes se saltan la vía recta de la verdad mediante el equívoco y el chiste, convirtiendo la plaza de Ámsterdam en un gran teatro de espejismos.
- El vector moral y delictivo (La estratagema): La maniobra astuta, la artimaña especulativa de los rescontres y las trampas oblicuas calculadas para hacer «dar de ojos» al oponente mientras el delfín sigue soñando con ganancias imaginarias.
- El vector judicial o procesal (El rudo despertar): La «acción» que se activa cuando el enredo bursátil estalla, el humo se disipa y el delfín despierta bruscamente en la fría orilla de los tribunales. Es el derecho procesal como último resguardo legal; el amargo tránsito que va desde la vibrante agitación de la plaza hasta la solemne inmovilidad de un estrado judicial.
La obra demuestra que el idioma español opera por asociación espacial y que el humor es la mejor herramienta para explicar la economía. El ser humano recurre a las líneas oblicuas del sesgo cuando la cuadrícula de la literalidad es incapaz de cartografiar el caos. Al final, tanto en la sastrería como en la Bolsa —como en el mundo—, avanzar al bies sigue siendo la técnica más sofisticada para adaptarse a las curvas de la incertidumbre: tomar el atajo creativo antes de que la inoperancia del corte recto rompa el tejido.






