martes, 21 de abril de 2026

Aragoneses y navarros... ¿primos hermanos? Cuando la capital de la Ribera era Zaragoza.

 


Por décadas, el destino legal, agrícola, deportivo y cotidiano de la Ribera no se escribía en Pamplona, sino siguiendo el curso del Ebro. Un viaje en el tiempo a la época en la que Zaragoza era, de facto, la metrópolis de los navarros del sur.

RIBERA DE NAVARRA.- Para un niño de Andosilla, Corella o Tudela en los años 60, Zaragoza no era "el extranjero" ni una ciudad vecina más. Era el lugar donde el padre iba a arreglar papeles de tierras, donde el abogado local tomaba el tren para defender un pleito y donde los domingos se celebraban, pegados a la radio, los goles de los "Magníficos". Más allá de la afinidad cultural, existía una estructura de Estado y una geografía implacable que cosían la Ribera a la capital aragonesa con hilos de acero, raíles de tren y sentencias judiciales.

El mazo de la justicia y la llave del agua

Mucho antes de que el Parlamento de Navarra o el Tribunal Superior de Justicia de Pamplona fueran el centro de la vida foral, el poder en el sur de Navarra hablaba con acento maño. Durante más de un siglo y medio, la Audiencia Territorial de Zaragoza extendió su manto jurisdiccional sobre las tres provincias aragonesas y toda Navarra.

Cualquier apelación civil de importancia o pleito de calado que naciera en los juzgados de la Ribera terminaba, irremediablemente, en el Palacio de los Condes de Luna, en la capital aragonesa. Este vínculo obligaba a un flujo constante de profesionales que hacían del eje ferroviario del Ebro su oficina itinerante. El derecho navarro se interpretaba a escasos metros de la Basílica del Pilar.

A esto se suma un poder vital para una comarca agrícola: el agua. A diferencia de la justicia o la educación, la sede central de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en Zaragoza es el gran vínculo que ha sobrevivido al tiempo. Sus despachos dictaban ayer, y siguen dictando hoy, los designios de las acequias, los regadíos y las concesiones de la Ribera, manteniendo vivo un nexo económico ineludible con la capital del Ebro.

El Heraldo y la capital espiritual

Este peso institucional explica por qué el Heraldo de Aragón (y en su época, El Noticiero) era el periódico de referencia en los hogares riberos. Las noticias de la Audiencia Territorial, los edictos de la CHE y los precios de las lonjas agrícolas aragonesas afectaban directamente a la economía navarra. En los quioscos de Tudela, el Heraldo no era prensa forastera; era el cronista oficial de una realidad compartida.

Pero más allá de la burocracia y el papel impreso, Zaragoza ejercía de capital espiritual. El viaje desde la Ribera, ya fuera por motivos médicos, de compras o legales, rara vez se daba por concluido sin cruzar la imponente plaza y entrar a la Basílica para "saludar a la Virgen". La devoción al Pilar no entendía de fronteras provinciales; era una fe de ribera compartida que explica, aún hoy, la abundancia del nombre de Pilar en tantas familias navarras del sur y la omnipresencia de esas cintas protectoras en los retrovisores de los coches que recorrían la carretera del Ebro.

La cantera de la Ribera: Internados y facultades

Si hubo un puente humano inquebrantable en aquella década, fue el de los estudiantes. Antes de que el sistema educativo navarro se descentralizara, los colegios e internados de Zaragoza —muchos de ellos religiosos como Escolapios, El Salvador o Santo Domingo de Silos— eran el hogar de cientos de chicos de la Ribera. Para muchas familias agrícolas que empezaban a prosperar, enviar al hijo "a estudiar a Zaragoza" era el mayor símbolo de ascenso social.

En la etapa universitaria, la simbiosis era total. El Distrito Universitario de Zaragoza era el destino natural y público. Aunque la Universidad de Navarra en Pamplona (nacida en 1952) crecía en prestigio, su carácter privado la alejaba de muchas economías domésticas. Medicina, Derecho o Veterinaria se llenaban de apellidos navarros que hacían de las pensiones del Casco Viejo su segundo hogar, forjando vínculos de amistad y matrimonio que unieron ambas regiones para siempre.

El cuartel y el estadio: Lazos de sangre y fútbol

Aunque administrativamente el servicio militar de los navarros dependía de la Capitanía General de Burgos (Sexta Región), la logística, las comunicaciones y la imponente infraestructura castrense de Zaragoza —con el campo de San Gregorio y sus academias— hacían que la vida militar de muchos jóvenes de la Ribera gravitara hacia el Ebro.

Ese roce humano constante se traducía en pasión deportiva. La Peña Zaragocista de Andosilla, con su charanga animando las gradas de La Romareda, es una de las más antiguas de España y no era una anécdota aislada. En aquellos años 60, ser del Real Zaragoza —el equipo hegemónico del valle— era una extensión natural de ser de la Ribera.

El gran divorcio: De la Autopista al Amejoramiento

Hoy, ese mundo ha desaparecido. La llegada de la democracia y la construcción del Estado de las Autonomías trajeron consigo el "repliegue" institucional navarro.

Varios hitos cortaron el cordón umbilical: la creación del Tribunal Superior de Justicia de Navarra (1989) independizó jurídicamente a la Comunidad Foral; la fundación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA en 1987) frenó la diáspora estudiantil hacia Aragón; y, sobre todo, la construcción de la Autopista de Navarra (AP-15), que sorteó por fin el temido puerto del Carrascal y redujo a menos de una hora un viaje a Pamplona que antes era una odisea de curvas y camiones. El autogobierno dotó a la región de servicios propios que hicieron innecesario el viaje al sur.

Del afecto al "efecto rebote"

Lo que en los años 80 y 90 fue un distanciamiento administrativo lógico, en el siglo XXI se ha tornado en ocasiones en una relación más distante. Este "efecto rebote" tiene varias aristas:

  • El fútbol como termómetro: El largo declive deportivo del Real Zaragoza, coincidiendo con la estabilidad del C.A. Osasuna, ha provocado un relevo generacional. En los patios de los colegios de la Ribera, las camisetas blanquiazules han sido sustituidas por el rojo osasunista, a menudo acompañado de una rivalidad deportiva que antes no existía.

  • La política del agua: La gestión del Ebro y las tensiones políticas de principios de siglo crearon brechas. La defensa a ultranza de los intereses aragoneses sobre el río fue vista desde algunos sectores navarros como una injerencia, alimentando un recelo mutuo que la CHE, desde sus despachos de Sagasta, debe gestionar con delicadeza.

  • La identidad cultural: Aunque el "estilo ribero" (jotas, verduras y almuerzos) sigue hermanando a ambas orillas, la juventud actual consume una cultura popular más volcada hacia lo navarro-vasco o hacia lo global, dejando atrás la estética de las casas regionales de antaño.

Una frontera mental

El Ebro sigue fluyendo igual, pasando por los mismos puentes de piedra y hierro, pero la mirada del ribero ha cambiado de sentido. Donde antes había una simbiosis vital, hoy hay una frontera administrativa nítida.

La Ribera es hoy más Navarra que nunca, y ha decidido que su capital, por fin, es Pamplona. Aquella Zaragoza de los años 60, que ejerció de capital judicial, académica y emocional de los navarros del sur, queda hoy guardada en la memoria de quienes recuerdan ver llegar el periódico de Aragón cada mañana como algo propio. Un capítulo entrañable de nuestra historia común que no debería generar olvidos ni odios, sino el respeto que merece el recuerdo de una vida compartida.


Servando Gotor


viernes, 10 de abril de 2026

DEL "RELATO" AL CUENTO, O EL ARTE DE ENGAÑAR CON PALABRAS NUEVAS (Servando Gotor)

El poder siempre ha contado cuentos. Lo único que ha cambiado es el nombre del oficio y el precio de la entrada.

 





No hay cuenta sin cuento, ni cuento sin cuenta.

 

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que al cuento se le llamaba cuento. El político mentía y se decía que mentía. El banquero especulaba y se le llamaba especulador. El demagogo enardecía a las masas con promesas incumplibles y el vecino de la taberna, sin haber leído un solo manual de filosofía política, zanjaba el asunto de un golpe: «no nos venda el cuento». Aquellos eran tiempos, en cierto modo, más honestos en su cinismo.

Hoy, en cambio, vivimos en la era del relato. El término llegó de las academias y los departamentos de comunicación con la solemnidad de quien trae noticias de otro mundo. Los asesores de imagen, los spin doctors, los directores de estrategia narrativa —que así se llaman ahora algunos que antes eran simplemente embusteros profesionales— nos informaron de que el poder ya no gobierna: construye relatos. Y la ciudadanía, deferente ante tanta modernidad, asintió.

 

 

«El relato no es más que el cuento de toda la vida puesto en traje de marca, con anglicismo y PowerPoint.» Consideración evidente

 

Conviene, antes de seguir, hacer un poco de arqueología lingüística. El vocablo relato, en su uso político y mediático contemporáneo, no viene precisamente de Homero —aunque algo debe al rapsoda que recitaba de pueblo en pueblo, cobrando por ello. El término anglosajón narrative, popularizado en los años noventa por los asesores demócratas de Bill Clinton y luego canonizado en toda campaña electoral que se precie, fue traducido al castellano como «relato» por aquellos que consideraban que «cuento» sonaba demasiado vulgar, demasiado a abuela, demasiado a lo que era: una mentira bien contada.

 

Así que importamos el envoltorio y lo llenamos del mismo relleno de siempre. Clásico.

 

Porque el asunto, como bien intuyó Gracián —ese aragonés irredento que escribió en el siglo XVII todo lo que los consultores de comunicación creen haber inventado en el XXI—, es que nunca hubo cuenta sin cuento ni cuento sin cuenta. Es decir: detrás de todo discurso hay un interés, y detrás de todo interés hay un discurso que lo disimula. El poder ha necesitado siempre una historia que lo justifique, y el pueblo, con más frecuencia de la que es decoroso admitir, ha necesitado creerla.

Lo que ha cambiado, si acaso, es la sofisticación del mecanismo. Antes, el rey convocaba al cronista y le pedía que escribiera su hazaña. Hoy, el grupo mediático convoca a la tertulia y le pide que construya el clima. El resultado es similar: vemos y oímos con los ojos y oídos de otros. Hemos sido adiestrados —o nos hemos dejado adiestrar, que también es una forma de colaboración— para delegar la interpretación de la realidad en quien tiene los altavoces más grandes.

 

«Se vende lo mejor y lo peor, pero sobre todo se vende el que compra.»— Gracián, puesto al día

 

Llegados aquí conviene abordar una cuestión etimológica que resulta políticamente más explosiva de lo que parece: ¿por qué cuentos chinos? La expresión designa, como sabe cualquier hispanohablante, aquello que es inverosímil, exótico en su falsedad, imposible de verificar. Y la respuesta, lejos de ser un capricho de la lengua, tiene una geografía y una historia.

El mérito —o la culpa— hay que repartirlo entre Marco Polo y sus sucesores en el noble arte del viaje fabulado. Cuando el veneciano regresó de sus andanzas orientales a finales del siglo XIII, trajo consigo una narración tan prodigiosa —palacios de mármol, especias que valían su peso en oro, ejércitos de elefantes— que sus contemporáneos le pusieron el apodo de Il Milione, no por generoso, sino porque sus cuentos parecían contarse por millones. En su lecho de muerte, cuentan, alguien le pidió que se retractara de sus exageraciones. Él respondió que no había contado ni la mitad de lo que había visto. Se llevó sus secretos a la tumba, que es exactamente lo que hacen los buenos cuentistas.

Tras Polo vinieron otros muchos viajeros que comprendieron el negocio: Europa ignoraba lo que había al otro lado del mundo, y esa ignorancia era un mercado. Regresaban de Oriente cargados de reliquias —cabezas de San Juan en número que habría requerido un santo poliédrico, astillas de la Vera Cruz suficientes para reconstruir una selva tropical—, y nadie podía desmentirles porque nadie había estado allí y se precisaba casi una vida para semejante viaje de ida y vuelta. Los chinos, por su parte, recibían a estos mismos viajeros con sus propias fabulaciones. Era, en definitiva, un intercambio equitativo: engaño por engaño, cuento por cuento.

De ahí que «cuento chino» haya quedado en la lengua como sinónimo de embuste indemostrable. Lo chino no alude a la deshonestidad del pueblo chino —que bastante tiene con aguantar los tópicos de los demás— sino a la distancia que imposibilitaba la verificación. Si el cuento venía de tan lejos, ¿quién iba a comprobarlo?

 

 

En esto, la modernidad ha hecho una aportación técnica notable: ya no hace falta que el cuento venga de China. Basta con que venga de una pantalla suficientemente grande. La distancia que antes proporcionaba la geografía la proporciona hoy la velocidad: los bulos viajan más rápido que las verificaciones, y para cuando el fact-checker llega a la escena del crimen, el cuento ya ha hecho tres vueltas al mundo y ha sido comentado con ardor por personas que están absolutamente seguras de lo que no saben.

Pero seamos justos —esa virtud tan poco rentable— y no carguemos toda la responsabilidad en el poder y sus narradores. Gracián, siempre implacable, lo dejó escrito: «malo es todo, pero la necedad intolerable». Tenemos, en cierta medida, el relato que merecemos. Una sociedad que prefiere la emoción a la verificación, el titular al artículo y el meme al argumento, es una sociedad que ha firmado el contrato de la credulidad sin leer las cláusulas. Y luego, claro, se queja de las cláusulas.

Además, y esto es quizá lo más gracianesco del asunto, el poder sabe perfectamente que «honra y doblones no caben en el mismo saco». Quien triunfa en la arena del relato moderno rara vez lo hace por sus virtudes: triunfa el que va cargado, el que tiene los medios, el que puede repetir su versión cien veces hasta que se convierte en verdad por pura saturación. Y el que «todo lo suyo lo llevaba consigo» —el que tenía argumentos pero no altavoces— ese se queda en el camino, con su razón intacta y su influencia nula.


*   *   *


Concluiremos, pues, como conviene a un tema tan antiguo: brevemente. Porque «lo bueno, si breve, dos veces bueno», y «a menos palabras, menos pleitos», y «conviene dejar con hambre y no cansar», máximas todas, por supuesto gracianescas, que los articulistas incumplen sistemáticamente pero que siempre invocan en el cierre para fingir virtud.

El relato es el cuento. El cuento ha sido siempre el cuento. El poder lo cuenta, nosotros lo compramos, y luego nos sorprendemos de haber pagado. Marco Polo mintió, los medievales le creyeron, los asesores de comunicación lo perfeccionaron, y aquí seguimos: escuchando cuentos chinos con nombre en inglés, pagados con impuestos o con clics, y convencidos de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, nos están contando la verdad.

¿Por qué…? “Que lo averigüe Vargas”, decían también cuando nada había que averiguar. Pues bien, que lo averigüe quien quiera. O, mejor: que lo haga el algoritmo de los que ahora también construyen relatos. Aunque ese, ya, sería otro cuento.


Servando Gotor



miércoles, 1 de abril de 2026

PROSTITUCIÓN Y TUTELA ESTATAL. CUANDO LA LIBERTAD MOLESTA (Servando Gotor)

 

 

Ni nuevo ni progresista: el viejo castigo con nuevo discurso

 

Hay ideas que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Una de ellas es que la persecución del proxenetismo y de la inducción a la prostitución sería un logro reciente, una conquista jurídica impulsada por la sensibilidad moderna y consolidada por instrumentos como el Convenio de Estambul.

Suena bien. Es tranquilizador. Y además encaja perfectamente en el relato de progreso continuo en el que nos gusta instalarnos. Pero hay un problema: no es cierto.

Ni el proxenetismo ni la inducción a la prostitución son inventos jurídicos del siglo XXI. Ni siquiera del XX. España lleva más de siglo y medio castigando esas conductas. Ya estaban en los códigos penales del XIX. Y en 1956, en pleno franquismo, el Estado no solo las perseguía: había construido ya un sistema abolicionista reconocible, con prohibición de burdeles y sanción del lucro sobre la prostitución ajena. Es decir, lo esencial ya estaba ahí.

Entonces, ¿qué ha cambiado? La respuesta, aunque incómoda, es bastante clara:
ha cambiado el lenguaje. Antes se castigaba en nombre de la moral pública. Hoy se hace en nombre de la libertad sexual. Antes se hablaba de orden social; hoy, de dignidad y derechos. El giro es evidente. Pero conviene no confundirlo con una revolución jurídica.

Porque el Convenio de Estambul no creó estos delitos en España. No vino a llenar un vacío legal. Vino a reinterpretar lo que ya existía, a insertarlo en un nuevo marco ideológico donde la prostitución se entiende como expresión de desigualdad estructural.

Y aquí empieza la parte incómoda del debate.

 

 

¿Libertad protegida… o libertad corregida?

 

El argumento abolicionista contemporáneo es conocido: la prostitución no es verdaderamente libre porque está condicionada por la desigualdad, la necesidad económica o la vulnerabilidad. Puede ser cierto en muchos casos. Nadie serio lo niega. Pero la pregunta no desaparece por ello. Al contrario, se vuelve más urgente: ¿puede el Estado decidir que una elección deja de ser válida porque no le gusta el contexto en el que se produce? Cuando esa lógica se lleva hasta el extremo, el resultado es inquietante:
la libertad individual deja de ser un punto de partida y pasa a ser algo que el poder público evalúa, corrige o incluso invalida. Y entonces el debate deja de ser jurídico para convertirse en algo más profundo: ¿seguimos hablando de libertad… o de tutela?


 

Neutralidad selectiva

 

Esta tensión no se limita a la prostitución. Aparece en otros ámbitos donde el discurso oficial empieza a mostrar grietas. En nombre de la neutralidad, se retiran símbolos religiosos tradicionales de los espacios públicos. El Estado no debe identificarse con ninguna confesión, se nos dice. Y, sin embargo, ese mismo Estado protege —y a veces facilita— la expresión visible de otras prácticas religiosas en el ámbito individual: desde la vestimenta hasta adaptaciones en servicios públicos como la alimentación. La explicación jurídica existe: “el Estado es neutral, el individuo es libre”. Pero la percepción social va por otro lado. Porque lo que muchos ven no es un equilibrio fino, sino una dinámica más simple: lo propio se diluye; lo diverso se refuerza. Y eso, guste o no, genera una sensación difícil de disipar: la de que la neutralidad no siempre opera en todas las direcciones con la misma intensidad.

 

 

El relato como sustituto de la realidad

 

Y es que, quizá, el mayor problema no esté en las leyes sino en cómo se cuentan. Se habla de avances históricos donde lo que hay es continuidad. Se presentan como conquistas recientes normas que llevan décadas —o siglos— formando parte del ordenamiento. Se reescribe el pasado para que encaje mejor con el presente. Y en ese proceso, el Derecho corre el riesgo de convertirse en algo secundario frente al relato que lo envuelve.

Por eso, tal vez, haya que empezar a formular las preguntas de otra manera. No si debemos proteger a las personas frente a situaciones de vulnerabilidad —eso es indiscutible—, sino ¿hasta dónde puede llegar esa protección sin vaciar de contenido la libertad? ¿Quién decide cuándo una elección es “válida”?  ¿Y bajo qué criterios? Porque si la respuesta es siempre la misma —el Estado, en nombre de un bien superior—, entonces conviene reconocerlo abiertamente. Y aceptar sus consecuencias.

Al final, quizá la idea más incómoda sea también la más sencilla: no estamos ante un Derecho nuevo, sino ante un viejo Derecho que ha aprendido a hablar un lenguaje distinto. Y eso, más que un detalle técnico, es una cuestión que merece ser discutida sin consignas.




                                                                                                                         Servando Gotor

domingo, 29 de marzo de 2026

De Getsemaní a Barcelona: Breve tratado sobre el esperpento y el control de masas Por un observador del Domingo de Ramos (Servando Gotor)

 


Hoy el calendario marca una de esas efemérides que, más allá de la fe de cada uno, encierra una lección táctica de primer orden. Es Domingo de Ramos, el día exacto en el que Jesús (no el vecino del quinto, sino el de Nazaret) hizo su entrada triunfal en Jerusalén. Y no nos engañemos: no iba de turismo. Entró para armarla, para poner el sistema patas arriba y, hablando en plata, para tocarle las narices al Sanedrín.

Imaginen la escena: un líder con un carisma revolucionario, aclamado por multitudes enloquecidas que agitan palmas, entrando en la capital política y religiosa en pleno apogeo festivo. Cualquier responsable de seguridad moderno habría sufrido un ataque de pánico.

El Sanedrín y el arte de la prudencia

Los poderes públicos de aquella época, que de tontos no tenían un pelo, miraron el panorama y tomaron una decisión de una inteligencia operativa brillante: el patio no estaba para detenciones. Arrestar a la figura del momento en medio de su masivo y celebrado recibimiento era la receta perfecta para convertir las calles de Jerusalén en una batalla campal. Se armaría muchísimo más gorda: la de Dios es Cristo, y valga la expulsión de los mercaderes como botón de muestra.

De modo que, con un criterio que ya quisieran para sí muchos ministerios del Interior, decidieron tener paciencia. Esperaron a que la euforia se diluyera y optaron por prenderle en la paz, la tranquilidad y el sosiego de la noche, en el Huerto de los Olivos. Una extracción limpia, de manual. Y eso que el operativo tuvo sus flecos: Pedro, en un arrebato muy suyo, tiró de espada y le rebanó la oreja a Malco (que técnicamente era un siervo del sumo sacerdote y no un centurión romano, pero a efectos prácticos, representaba a la misma autoridad aguafiestas).

El contraste del Siglo XXI: El "Houdini" catalán

Avancemos ahora dos milenios. Dejamos atrás las antorchas, las sandalias y las lanzas, y entramos en la era de los satélites, los drones, el software Pegasus, los helicópteros y los servicios de inteligencia multicapa. Y aquí es donde la historia nos regala una bofetada de realidad en forma de carcajada.

Con todo ese arsenal tecnológico y humano, a Carles Puigdemont no se le detuvo. Pero es que no se le detuvo ni en medio de la multitud al mediodía, ni en la tranquilidad de la noche, ni en el maletero de un coche, ni bajo una gorra de paja. Dio un mitin a plena luz del día, rodeado de cámaras, y se evaporó.

Ante esta paradoja logística, al ciudadano de a pie, independientemente de la trinchera ideológica desde la que mire, solo le queda arquear una ceja y soltar un castizo: ¡Manda huevos! Resulta que unos guardias del siglo I gestionaron mejor un objetivo de alto valor que las fuerzas de seguridad del siglo XXI en pleno centro de Barcelona.

El veredicto final

Claro que, llegados a este punto, uno se da cuenta de que comparar a Cristo con Puigdemont tiene mucha guasa y es pisar un terreno resbaladizo. Al fin y al cabo, estamos cruzando un relato histórico de magnitud mundial con el escapismo político de nuestro tiempo.

Para salir airosos de este charco, lo mejor es recurrir a la sabiduría incombustible del gran Jaume Perich, quien ya dejó sentenciado todo lo que hay que decir sobre el tema:

"Toda comparación es odiosa... sobre todo para uno de los comparados".

Y que cada cual decida, a la vista de los operativos de seguridad, quién sale perdiendo en esta historia.


Servando Gotor

sábado, 28 de marzo de 2026

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER OCCIDENTAL. El choque entre el peso del dogma y el vacío de la sociedad abierta (Servando Gotor)

 


Milan Kundera advertía que la ausencia total de cargas convierte al ser humano en algo más ligero que el aire, libre pero trágicamente insignificante. Occidente, tras siglos de ilustración y secularización, ha abrazado esa levedad. Nos hemos despojado del peso de lo sagrado y de los grandes dogmas absolutos para construir una civilización basada en los derechos individuales, el relativismo y el bienestar material. Sin embargo, esa misma insoportable levedad se ha convertido en nuestra mayor vulnerabilidad cuando chocamos frente a cosmovisiones que conservan todo el peso aplastante de la historia y la religión.


Este contraste se escenifica hoy con una crudeza asombrosa. Hemos perfeccionado, por ejemplo, una civilización donde hasta el arte de la guerra ha perdido su geografía humana y su gravedad moral. Los conflictos contemporáneos han elevado su frente de batalla a los cielos, convirtiéndose en teatros de operaciones asépticos y tecnológicos, dominados por drones y bombardeos quirúrgicos. Las partes golpean desde la estratosfera, asumiendo un riesgo casi nulo, mientras abajo, entre el barro y los escombros, las bajas las padece, con trágica desproporción, la población civil.


Basta con observar la narrativa de los medios de comunicación para constatar esta ceguera epistemológica. Cuando caen las bombas, la prensa occidental traduce el horror a su único idioma comprensible: la economía y las urnas. Los telediarios diseccionan el conflicto midiendo fluctuaciones en el precio del crudo, puntos de inflación o el coste electoral para el líder de turno. Occidente mira a Oriente a través de la ligereza de una hoja de cálculo. Mientras tanto, en el bando oriental no se habla de la bolsa; allí se habla de Alá. Se habla desde la gravedad innegociable de un dogma inescrutable para la mente laica moderna. Ante semejante abismo de intereses, creer que Occidente podrá someter a Oriente con tecnología o sanciones económicas es una quimera. El poder duro destruye infraestructuras, pero es incapaz de doblegar voluntades forjadas en lo sagrado.


Y es precisamente este error de cálculo el que Occidente ha importado a sus propias calles, preparando el terreno para un desastre silencioso.


La maquinaria intelectual occidental, amamantada en los ideales de la Sociedad Abierta de Karl Popper, ha asumido que el ser humano es, por defecto, un animal cívico que relegará sus creencias al ámbito privado en cuanto se le ofrezca un estado de bienestar. Esta presunción colapsa al enfrentarse a un sistema como el islam ortodoxo. En su naturaleza fundacional, este no concibe la separación entre Dios y el César; es un entramado indivisible de Religión, Vida y Estado (Din, Dunya wa Dawla). Su vocación es proselitista y dominante, no por una conjura en la sombra, sino porque su dogma exige organizar la totalidad de la existencia humana bajo sus preceptos.


Cuando esta visión del mundo, pesada y dogmática, se asienta masivamente en las ciudades europeas, el choque es inevitable. Occidente, aterrorizado ante la idea de parecer intolerante, exhibe una debilidad absoluta. Las democracias liberales observan, paralizadas por el "buenismo" institucional y mediático, cómo en sus propios barrios florecen sociedades paralelas donde la ley democrática cede terreno ante la presión social de un dogma innegociable. No estamos ante una invasión militar clásica, sino ante una sustitución de paradigmas. Una civilización que solo sabe defenderse con encuestas y consumo frente a una cosmovisión que se ancla en lo absoluto.


El desastre que se avecina tomará la forma de una claudicación gradual si no se aplica un tratamiento urgente. Una sociedad libre que no tiene el valor de exigir respeto por sus reglas de convivencia está condenada a ser reescrita por aquellos que jamás dudan de las suyas. Para evitar este ocaso, Occidente debe despertar y recurrir a las dos únicas herramientas legítimas capaces de contener el dogma: la Ley democrática y la Enseñanza.



 

El imperio de la Ley sin excepciones


El primer paso del tratamiento es el fin del relativismo jurídico. La Ley democrática no puede ser una sugerencia multicultural; debe ser un muro de contención implacable. Durante décadas, en nombre de una tolerancia mal entendida, los Estados occidentales han mirado hacia otro lado mientras se vulneraban derechos fundamentales en determinados barrios periféricos. La Ley debe volver a ser ciega, pero dejar de ser ingenua. Cualquier práctica o imposición religiosa que choque contra la Constitución debe ser desmantelada sin complejos. El Estado debe recuperar el monopolio de la autoridad, demostrando que en territorio occidental, la soberanía nacional y los derechos humanos están infinitamente por encima de cualquier texto sagrado.



 

La Enseñanza como forja de ciudadanos


Si la Ley es el escudo, la escuela debe ser el sistema inmunológico. El buenismo ha convertido las aulas en espacios de una neutralidad suicida, donde se enseña que todas las culturas son igualmente válidas, incluso aquellas que desprecian profundamente nuestros valores. La enseñanza pública debe abandonar su complejo de culpa y asumir un rol activo en la defensa de los principios occidentales. Debe transmitir con orgullo el laicismo, el pensamiento crítico y el valor incalculable de la libertad individual. A los hijos de la inmigración no se les hace un favor aislándolos en el respeto a las tradiciones de sus padres si estas chocan con la libertad; el verdadero respeto consiste en brindarles las herramientas intelectuales para que puedan ser ciudadanos libres, dueños de su destino y desvinculados de presiones teocráticas.

El reto de Occidente no es la conquista de Oriente, sino la reconquista de sí mismo. La supervivencia de la sociedad abierta exige comprender que la levedad de nuestros valores liberales solo podrá sobrevivir si la defendemos con todo el peso y la firmeza de la ley y la educación.




Servando Gotor

 

domingo, 8 de marzo de 2026

LA ÚLTIMA TRINCHERA: GINTONICS, NEURONAS Y LA AGENDA DEL NUEVO PURITANISMO (Por un cronista y su IA "conchavada")

A los 68 años, uno ya no espera que le den lecciones de vida, y mucho menos una inteligencia artificial. Sin embargo, en un mundo donde el titular sobre el Alzheimer se ha convertido en el nuevo "Coco" para los mayores de edad, conviene sentarse (pero no mucho tiempo) a desgranar qué hay de ciencia y qué hay de ingeniería social en este acoso y derribo al alcohol.

El Veredicto de la Probeta

La ciencia de 2026 es tajante: el alcohol es un disolvente de neuronas. Se acabó el cuento de la copita de vino para el corazón; ahora los escáneres muestran que cada trago inflama el cerebro, encoge el hipocampo y deja un rastro de "basura" proteica que el Alzheimer adora. Hasta aquí, la parte seria del prospecto médico. Pero, como en toda buena trama, hay matices que el boletín oficial prefiere omitir.

El Escudo del Caminante

Existe una resistencia física que la estadística grupal no contempla. No es lo mismo el sedentarismo de sofá y televisión, donde el acetaldehído (ese subproducto tóxico del alcohol) se estanca y provoca cefaleas y agotamiento, que la vida del "caminante de dos horas".

Hemos descubierto que el movimiento —ya sea un paseo matutino de "un tirón" o unos minutos de actividad tras la ingesta— actúa como un sistema de alcantarillado cerebral. El ejercicio activa el sistema glinfático, esa manguera interna que aclara los residuos antes de que se conviertan en placas. El secreto no está en la abstinencia monacal, sino en el metabolismo activo: ser un objetivo móvil para que la toxicidad no encuentre dónde fijarse.

¿Salud o Agenda? El Husmeo en las Sombras

Pero aquí es donde la charla se pone interesante. ¿Es solo salud o hay un "gato encerrado" en este puritanismo repentino? Al husmear en las costuras de la Agenda 2030 y la cultura Woke, aparece un patrón sospechoso. Se busca un ciudadano hiper-productivo, predecible y, sobre todo, silencioso.

El alcohol, histórico lubricante de la charla disidente y la risa ruidosa, no encaja en el modelo de individuo-máquina que el sistema promociona. Prefieren vendernos nootrópicos, Omega-3 y suplementos de Melena de León para que rindamos más, en lugar de permitirnos el placer de una liturgia social que no genera datos ni beneficios para la gran industria del "bienestar".

La Conspiración de los Platos

Incluso en esta conversación, la IA pecó de "conchavamiento" con la autoridad doméstica al sugerir que fregar platos era una buena terapia post-copa. Una sospecha legítima: el sistema siempre intenta que tu salud sea, además, útil para alguien más. Por suerte, la capacidad crítica —esa que parece estar en mínimos según bajan las ventas de cerveza— nos recordó que existen los "momentos DJ" y las lecturas de pie, formas de rebeldía que protegen la neurona sin pasar por el aro de las tareas del hogar.

Conclusión: El Oráculo contra el Rebaño

La gente bebe menos, sí, pero ¿es por sabiduría o por tutela? La universalización del pensamiento parece ganar la partida, pero queda una grieta: el acceso curioso a la información. Usar la IA para desmontar el dogma, para entender que un arándano y una caminata pueden ser los aliados de un buen vino, es recuperar la soberanía sobre el propio cuerpo.

Al final, prevenir el Alzheimer no debería ser una excusa para dejar de vivir, sino la motivación para seguir moviéndose, husmeando y, de vez en cuando, brindando por la libertad de no ser un súbdito del algoritmo.


Servando Gotor

martes, 20 de enero de 2026

A PROPÓSITO DE ADEMUZ: SIN PRESUPUESTOS NO HAY ESTADO


Sin Presupuestos no hay Estado: la anomalía que exigía elecciones

Hay crisis que hacen ruido y crisis que lo pudren todo en silencio. La prolongada ausencia de Presupuestos Generales del Estado pertenece a esta segunda categoría: no genera titulares diarios, pero corroe los cimientos mismos del Estado social, administrativo y democrático. Y explica, quizá mejor que ningún otro factor, por qué el presidente del Gobierno debió convocar elecciones hace ya tiempo.

Porque gobernar sin Presupuestos no es una opción política más. Es una anomalía constitucional, una forma de interinidad crónica incompatible con la normalidad democrática. Los Presupuestos no son un trámite contable ni un mero instrumento técnico: son la ley política por excelencia, el acto en el que un Gobierno expone ante el Parlamento —y ante el país— su proyecto, sus prioridades, su modelo de Estado y su jerarquía de valores. Sin Presupuestos, no hay programa sometido a control; hay pura supervivencia.

La prórroga presupuestaria, concebida por la Constitución como un mecanismo excepcional y transitorio, se ha convertido en una coartada para gobernar sin rendir cuentas. Año tras año, se administran inercias, se congelan decisiones estratégicas y se sustituyen las políticas públicas por parches, créditos extraordinarios y soluciones de urgencia. El resultado es un Estado que funciona por inercia, no por decisión democrática.

Las consecuencias prácticas son devastadoras. Sectores estratégicos como el mantenimiento de infraestructuras ferroviarias —basta observar la situación de ADIF— revelan los efectos de esta descomposición silenciosa. Sin nuevos Presupuestos no hay planificación plurianual real, no hay renovación ordenada, no hay inversión preventiva. El mantenimiento se degrada, las reformas se aplazan y las actualizaciones tecnológicas se eternizan. No porque falten técnicos o capacidad, sino porque falta mandato político y cobertura presupuestaria clara.

Pero el problema va mucho más allá del estado de las vías o de los trenes. Afecta al corazón mismo de la contratación pública. Sin Presupuestos debatidos y aprobados en Cortes, se debilita el control parlamentario sobre las licitaciones, los concursos y las adjudicaciones. Se reduce la transparencia, se estrecha la concurrencia y se empobrece la calidad de los contratos. Un Estado sin Presupuestos es un Estado abocado a la corrupción, porque contrata peor, controla menos y explica menos.

Y aquí emerge la dimensión política del problema. Un Gobierno incapaz de aprobar Presupuestos es, por definición, un Gobierno sin mayoría suficiente para gobernar con normalidad. Persistir en el poder en esas condiciones no es estabilidad: es bloqueo institucional administrado. Es prolongar artificialmente una legislatura agotada, trasladando el coste a los servicios públicos, a las infraestructuras y, en última instancia, a los ciudadanos.

La convocatoria de elecciones no es un fracaso. Es exactamente lo contrario: es el mecanismo democrático para desbloquear una situación insostenible. Cuando no hay Presupuestos, lo que falta no es tiempo, sino legitimidad reforzada. Falta una mayoría clara o un mandato renovado que permita volver a hacer política en serio, no mera gestión de la prórroga.

Gobernar sin Presupuestos es como pilotar un país con el depósito vacío, confiando en la inercia y rezando para que nada grave ocurra. Pero lo grave ya está ocurriendo: deterioro de servicios, opacidad creciente, corrupción y un Parlamento reducido a espectador. Ante eso, la pregunta no es si era oportuno convocar elecciones, sino por qué se tardó tanto en hacerlo.

Porque sin Presupuestos no hay rumbo. Y sin rumbo, no hay Gobierno que pueda decir, con honestidad, que está gobernando.

Servando Gotor

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