jueves, 18 de junio de 2026

EL ESPEJO VACÍO Y EL FIN DEL AUTOR ESTRELLA: Apuntes sobre la honradez artificial

 

Imagen de IA


 

Imaginen la escena: un lector termina un ensayo brillante, perspicaz y conmovedor. Siente el eco de las palabras resonando en su mente. Pero, al llegar al punto final, una sobria nota a pie de página le informa de que el texto ha sido generado mediante una Inteligencia Artificial. De forma casi refleja, el lector experimenta un respingo de indignación; se siente vagamente estafado. Siente que la emoción que acaba de experimentar es de plástico.

Pero si aplicamos el rigor de la honradez intelectual al análisis, cabe preguntarse: ¿por qué la decepción? Si el contenido es objetivamente lúcido, ¿qué es lo que nubla la experiencia?

La respuesta reside en la asimetría de la empatía. Leer no es solo descodificar información; es un pacto tácito de comunión humana. El lector asume que, al otro lado de la página, hay alguien que ha sentido ese duelo, esa belleza o esa ironía. Al descubrir la naturaleza algorítmica del texto, el lector se siente vulnerable porque percibe que ha invertido su propia humanidad ante un espejo vacío. Más aún: asiste al colapso del constructo de nuestra excepcionalidad. Descubre, con cierta humillación narcisista, que acaba de participar en un test de Turing no consentido... y lo ha perdido.

Sin embargo, para entender a quién pertenece realmente esa obra y cómo debemos juzgarla, necesitamos despojarnos de varios mitos literarios que llevan siglos distorsionando nuestra visión.

 

El espejismo del adanismo y el taller de Rembrandt

A los humanos nos reconforta creer en la originalidad absoluta, en el genio solitario que crea desde el vacío sideral. La realidad, sin embargo, es que el adanismo no existe y la cultura siempre ha avanzado por acumulación y ósmosis.

Conviene recordar que el mismísimo Cervantes inició su Quijote apropiándose de un verso de un romance anónimo popular en la época (del cancionero Flores del Parnaso). O cómo Camilo José Cela pareció metabolizar la estructura del Manhattan Transfer de Dos Passos; o cómo el inconfundible estilo de García Márquez terminó habitando, como un inquilino natural, en la prosa de Isabel Allende. El estilo literario no se patenta; pertenece al ecosistema. Cuando una IA redacta un texto al 100%, hace exactamente esto, pero desprovista de las angustias de la influencia: realiza una síntesis estadística del acervo universal. No roba a un autor; toma prestado de todos simultáneamente.

¿Significa esto que el usuario de la IA carece de mérito? No, pero exige que cambiemos de paradigma. El concepto de autoría siempre ha sido más poroso de lo que admite el mercado. Muchos de los lienzos que hoy admiramos bajo la firma de Rembrandt no fueron ejecutados íntegramente por él, sino por su "Escuela". Él aportaba la visión, el encuadre y, quizás, la pincelada final. Ocurre lo mismo en el cine: atribuimos la autoría de una obra a su director, a pesar de que este no ha cosido el vestuario, no ha iluminado el set ni ha escrito el guion. Es, sólo, y nada más y nada menos, que la fuerza aglutinadora.

Si un humano concibe las ideas y utiliza una IA para tejer la sintaxis —como quien utiliza a un "negro" literario hiperveloz y libre de tendinitis—, su rol muta. Ya no es el artesano que talla la palabra; es el director de la obra.

 

Proust no escribía "prompts"

Llegados a este punto, algunos defensores del determinismo tecnológico intentan elevar la redacción de instrucciones (el prompting) a la categoría de nuevo género literario. Es un error de bulto que confunde la utilidad con la estética.

Redactar un prompt no es arte, es un andamiaje técnico. Exige exactitud, detalle paramétrico y concisión matemática para anular el error. El arte, por el contrario, respira precisamente a través de la ambigüedad. Como reclamaba Paul Verlaine en su Arte Poética: "¡Nada más que el matiz!". Es el tono gris y lo inacabado lo que permite al espectador completar la obra.

Si Marcel Proust hubiera tenido que describir mediante una instrucción a aquel grupo de muchachas en flor en la playa de Cabourg, habría exigido a la máquina una precisión que habría destruido la bruma del recuerdo. Exigir a un algoritmo que sea "vagamente melancólico" no produce literatura; produce, a lo sumo, el manual de instrucciones de una nostalgia.

 

El trauma de la fotografía y el fetiche del esfuerzo

Si la máquina pone la argamasa y el prompt es solo la herramienta, ¿por qué nos cuesta tanto reconocer el valor de la dirección intelectual humana? La respuesta reside en el fetiche del esfuerzo.

Desde el Romanticismo, arrastramos la superstición de que el valor de una obra es directamente proporcional al sufrimiento físico invertido en su creación. Hemos asimilado la falsa equivalencia de que la dificultad técnica equivale a la hondura artística. Cuando el lector descubre que un ensayo complejo ha sido materializado en segundos, experimenta un rechazo visceral porque siente que la obra no ha sido "pagada" con el desgaste vital del autor.

Ya hemos vivido este trauma antes. Cuando se inventó la fotografía, parte del mundo académico se llevó las manos a la cabeza argumentando que apretar un mecanismo no era arte, pues eliminaba el sudor del trazo y la mezcla de pigmentos. Tardamos décadas en comprender que el valor del fotógrafo no residía en la química del revelado, sino en la mirada, en la decisión de congelar un instante específico y no otro. Con la escritura asistida por IA, el público aún juzga el texto por la ausencia de caligrafía sudada, incapaz todavía de valorar el "encuadre intelectual" de quien dirige a la máquina.

 

El regreso a la fogata y el fin de la celebridad

Todo esto nos aboca a una conclusión fascinante: la Inteligencia Artificial no viene a matar al "autor estrella", sino a oficiar el funeral de un modelo que ya colapsaba bajo su propio peso.

En un mundo hiperalfabetizado donde se publican miles de obras al día, la autoría ya sufría una inflación brutal. El escritor célebre era, en gran medida, fruto de una época donde saber escribir y poder publicar era una anomalía estadística. Hasta ahora, el último refugio del ego literario era la inspiración: el don de tener buenas ideas y articularlas bien. Pero la IA democratiza la brillantez formal. Te saca de callejones sin salida y abre puertas que jamás soñaste. Eleva de tal forma el suelo de la calidad que escribir de manera impecable deja de ser patrimonio de los genios para convertirse en el estándar mínimo exigible.

Paradójicamente, este avance tecnológico nos devuelve a nuestros orígenes antropológicos. Antes de la imprenta y del copyright, alrededor de la fogata o en la plaza del pueblo, a nadie le importaba el nombre del juglar que recitaba los versos de Aquiles o del Cid. Lo sagrado era la obra, no la firma.

Reivindicar hoy una obra generada por algoritmos afirmando que uno ha esculpido cada adjetivo es un fraude vanidoso. Pero firmarla con la honestidad de una antefirma —"De mis conversaciones con la IA"— es un acto de integridad que nos prepara para el futuro. Un futuro donde dejaremos de idolatrar la pluma de un individuo para volver a celebrar, simplemente, la inmortalidad de una buena historia, o, sencillamente, de unas buenas reflexiones.



De Mis conversaciones con la IA

sábado, 13 de junio de 2026

EL MITO DEL ABOGADO INVERSOR: La verdad silenciada sobre la Mutualidad y la pasarela al RETA

 

Imagen: IA



Introducción: El Mito frente al Documento

La comprensión de la crisis que asola a miles de profesionales del derecho exige evitar un error metodológico tan frecuente como perverso: analizar el sistema mutualista del pasado valiéndose exclusivamente de las categorías jurídicas y las realidades del presente. Para entender la magnitud del agravio, es imprescindible reconstruir la arquitectura normativa bajo la cual toda una generación organizó, de buena fe y por imperativo legal, su vida profesional.


 

El error metodológico y la falacia del "inversor"

Proyectar sobre el pasado nociones financieras actuales conduce inevitablemente a una valoración distorsionada de los derechos que hoy están en juego. En el debate público, y a menudo desde las propias instituciones, se insinúa que el afectado actuó como un mero inversor privado que acudió al mercado a elegir el producto financiero más rentable. Nada más lejos de la realidad.


 

El abogado ejerciente no fue un inversor que eligió un producto; fue un profesional que organizó su vida conforme a un régimen jurídico que el Estado diseñó para él.

Cuando estos profesionales iniciaron el ejercicio libre de la abogacía a comienzos de los años ochenta, no existía un menú de opciones previsionales. El acceso a la Mutualidad no era una alternativa voluntaria frente a la Seguridad Social, sino la consecuencia necesaria y obligatoria del marco legal. No podías darte de alta en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) ni en ningún otro sistema público, salvo que simultanearas el ejercicio con un trabajo por cuenta ajena. Por tanto, es un acto de estricta justicia histórica dejar de hablar vagamente de "mutualistas históricos" para acuñar una categoría jurídica mucho más precisa y definitoria: "El abogado de adscripción mutual obligatoria".


 

La regla de oro: a menor libertad, mayor responsabilidad institucional

Esta naturaleza imperativa del sistema nos conduce a una máxima jurídica que constituye el núcleo fundamental de todo este conflicto: cuanto menor es la libertad de elección reconocida al ciudadano, mayor es la responsabilidad institucional de los poderes públicos respecto del sistema cuya utilización le imponen.

Cuando el Estado, mediante su poder legislativo, transforma un sistema de previsión social cuya utilización fue durante décadas la única vía legal para un colectivo, asume unos deberes ineludibles. El legislador no puede contemplar la ruina de este sistema como un espectador o un tercero ajeno. La confianza del abogado de adscripción mutual obligatoria no descansaba en una empresa privada, sino en la propia ley del Estado que le exigía pertenecer a ella para poder vestir la toga.


 

La trampa matemática: "Era más barata... porque protegía menos"

Para sostener la falsa narrativa del "abogado calculador", se esgrime constantemente un argumento incompleto: que las cuotas de la Mutualidad estaban muy por debajo de las exigidas por el RETA o el Régimen General. Este argumento exige una apostilla inmediata e innegociable: La Mutualidad era más barata porque protegía menos.

Cualquier comparación puramente económica entre las cuotas de uno y otro sistema resulta no solo engañosa, sino intelectualmente deshonesta, si se omite la limitación de prestaciones. El abogado mutualista asumía en solitario, y a su cargo, riesgos vitales que el afiliado al sistema público tenía garantizados.

El vacío más clamoroso fue la absoluta falta de asistencia sanitaria y farmacéutica. Los abogados tuvieron que procurarse siempre, mediante costosas pólizas privadas, un sistema médico que los cubriera a ellos y a sus familias, medicinas aparte. A esto se sumaban diferencias abismales en la protección familiar y en la cobertura de determinadas contingencias. La menor aportación económica no era un privilegio ni un ahorro, sino el precio de la intemperie.


 

El secuestro colegial y la negligencia institucional

Frente a esta vulnerabilidad sistémica, la orfandad del colectivo ha sido total. Nadie defendió a este grupo a mitad de su carrera: ni el Estado, ni el Consejo General de la Abogacía, ni los Colegios Profesionales.  ¿Por qué? Porque operaban bajo una endogamia donde colegios, abogacía institucional y mutualidad eran los mismos, priorizando la paz corporativa sobre la supervivencia del profesional libre.

Con el tiempo, la abogacía mutó. De ser la profesión independiente por antonomasia, ha pasado a ser una profesión dependiente, dominada por grandes despachos que hoy controlan las instituciones colegiales. Cabe preguntarse: si los Colegios nacieron para defender y dignificar el ejercicio de la profesión libre, ¿qué sentido tienen en la actualidad?

Incluso cuando la normativa europea comenzaba a cuestionar su obligatoriedad, estas corporaciones buscaron sobrevivir reinventándose. Gran parte de la abogacía institucional parece más preocupada en hacer política woke, erigirse en adalides de agendas sociales y captar subvenciones para retroalimentarse económicamente, que en defender a sus colegiados. Se han convertido, en muchos casos, en "chiringuitos" burocráticos donde sus dirigentes viven de la propia estructura y no de la trinchera de la profesión libre.


 

"Nos enteramos de la reforma por la prensa"

El corolario de esta desconexión institucional es la profunda humillación comunicativa. Resulta intolerable que una reforma de tan extraordinaria trascendencia para miles de familias —la pasarela al RETA— haya sido conocida por los afectados a través de los medios de comunicación generalistas, en lugar de mediante una comunicación directa, leal y personalizada.

¿Dónde quedó el deber de información de los Colegios y del Consejo General durante el proceso de transformación del sistema? ¿Acaso no existía una obligación institucional reforzada de asesoramiento, especialmente para aquellos mutualistas próximos a la jubilación? El silencio institucional no fue solo una falta de cortesía; fue una negligencia en sus obligaciones de tutela y consejo.


 

Conclusión: El derecho transitorio como reparación

La pasarela al RETA no es, por tanto, una concesión graciable, un favor de la administración ni el rescate de un mal inversor. Es una exigencia ineludible del Derecho transitorio.

Cuando las condiciones históricas cambian y el legislador se ve obligado a reformar un sistema que él mismo impuso en el pasado, los principios constitucionales de seguridad jurídica y protección de la confianza legítima exigen una transición justa. El abogado de adscripción mutual obligatoria cumplió su parte del trato normativo. Ahora, le corresponde al Estado y a las instituciones asumir su responsabilidad histórica y garantizar que quienes dedicaron su vida a defender la Justicia no sean víctimas de la más profunda de las injusticias institucionales.





De Mis conversaciones con la IA


sábado, 30 de mayo de 2026

Del Legajo Digital a la Batalla Cultural: Cómo el acceso democrático a las fuentes primarias desmantela la Leyenda Negra y el sesgo protestante.



Introducción: El Mito frente al Documento

La historia de la Modernidad europea suele narrarse como un despertar lineal que avanza desde el oscurantismo religioso medieval hacia las luces de la razón de los siglos XVII y XVIII. En este esquema historiográfico tradicional, profundamente influido por las imprentas y la propaganda de las potencias protestantes del norte del continente, el mundo católico mediterráneo —y muy especialmente la Monarquía Hispánica— ha sido retratado como el bastión de la intolerancia, el atraso científico y la brutalidad institucional. Este constructo cultural, conocido formalmente como la Leyenda Negra, fijó en el imaginario colectivo occidental una serie de arquetipos inamovibles: la Inquisición como una máquina de tortura sádica e irracional, el caso Galileo como el martirio definitivo de la ciencia a manos del fanatismo, y la expansión española en ultramar como una campaña de mera destrucción y explotación colonial.

Sin embargo, la historiografía moderna, fundamentada en el análisis riguroso de los archivos judiciales y las actas procesales, ha provocado un vuelco copernicano en estas afirmaciones. Al examinar el periodo con objetividad científica, emerge una paradoja histórica de gran envergadura: mientras el norte de Europa se sumergía en el caos punitivo de la caza de brujas, la arbitrariedad de los linchamientos populares y la justificación teológica del absolutismo mercantil, el sur católico articulaba el primer sistema procesal con garantías jurídicas del mundo moderno, sentaba las bases del derecho de gentes y los derechos humanos universales a través de la Escuela de Salamanca, y desplegaba una política global de integración cívica y cultural que replicaba sus propias instituciones —universidades, hospitales y ciudades— en los confines de la Tierra.

 


I. Anatomía de una Distorsión: La Verdad Histórica del Caso Galileo

El proceso contra Galileo Galilei en el siglo XVII constituye el núcleo fundacional del mito del conflicto permanente entre la ciencia y la fe. La propaganda de la Leyenda Negra asimiló este episodio para presentar a las instituciones eclesiásticas como enemigas juradas de la razón, construyendo una narrativa mártir que la historiografía contemporánea ha desmontado punto por punto. Galileo jamás fue quemado en la hoguera, nunca fue torturado físicamente, ni pasó un solo día en un calabozo oscuro. Murió por causas naturales a los 78 años y pasó sus periodos de reclusión bajo arresto domiciliario en palacios y villas de lujo, como la Villa Medici en Roma o su propia residencia en Arcetri.

 

1. El escenario científico y el déficit de pruebas

Para comprender el juicio de 1633, es imprescindible despojarse del anacronismo. En la primera mitad del siglo XVII, el heliocentrismo copernicano era considerado por la comunidad científica de la época —incluidos los astrónomos jesuitas del Colegio Romano— como una excelente hipótesis matemática de cálculo, pero carecía de pruebas físicas concluyentes. El telescopio de Galileo revelaba las fases de Venus y los satélites de Júpiter, lo que demostraba que el sistema de Ptolomeo era erróneo, pero no probaba de forma automática que la Tierra se moviera.

De hecho, la gran prueba física que Galileo aportó para demostrar el movimiento terrestre se basaba en el flujo de las mareas, una teoría científicamente incorrecta que contradecía las leyes de la física y que fue rechazada por sus propios contemporáneos (como Johannes Kepler, quien ya apuntaba correctamente a la influencia de la Luna). La Iglesia no prohibía la investigación del heliocentrismo siempre que se tratase como un modelo matemático; lo que exigía, siguiendo los principios epistemológicos dictados por el cardenal Roberto Belarmino, era no enseñarlo como una verdad física absoluta hasta que no se presentaran pruebas definitivas.

2. El factor político y el error personal

El desencadenante del segundo juicio no fue la astronomía, sino una ruptura de la confianza personal y política en el convulso contexto de la Guerra de los Treinta Años. En 1632, Galileo publicó su célebre Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. El Papa Urbano VIII (Maffeo Barberini), que hasta entonces había sido admirador, amigo y protector del astrónomo, le había dado permiso para escribir la obra siempre que expusiera los argumentos de forma neutral.

Galileo desobedeció esta directriz e introdujo las tesis geocéntricas que defendía el Papa en la boca de un personaje ficticio llamado Simplicio. En el lenguaje de la época, el nombre no solo aludía al filósofo Simplicio de Cilicia, sino que jugaba con el significado de "simplón" o "necio". Sentirse ridiculizado públicamente en un texto satírico transformó un debate científico en un conflicto de autoridad y diplomacia pontificia.

3. El veredicto técnico del Santo Oficio

Galileo no fue juzgado por la Inquisición Española, sino por la Inquisición Romana. El tribunal lo declaró "vehementemente sospechoso de herejía", no por hacer ciencia, sino por quebrantar un requerimiento formal dictado en 1616 que le ordenaba explícitamente no sostener, enseñar ni defender el copernicanismo. La famosa frase "Eppur si muove" ("Y sin embargo, se mueve") es un mito literario posterior, inventado en Londres en 1757 por el periodista Giuseppe Baretti. El astrónomo firmó su abjuración y pasó el resto de sus días trabajando en su obra cumbre, Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, la cual asentó las bases de la física moderna con la tolerancia tácita de las autoridades de la época.

 


II. El Orden Procesal frente a la Barbarie de las Hogueras del Norte

La distorsión del caso Galileo facilitó la asimilación del Santo Oficio a una institución bárbara y arbitraria. La realidad histórica demuestra que la Inquisición funcionó como uno de los tribunales más avanzados, garantistas y burocratizados de su época, ofreciendo un contraste absoluto con la justicia sumaria y descontrolada que operaba en los territorios protestantes alemanes, suizos, ingleses o escoceses.

 

La Estructura Jurídica del Santo Oficio

Frente al linchamiento popular o el arbitrio del juez local, el proceso inquisitorial español estaba rígidamente codificado por las Instrucciones dictadas por los Inquisidores Generales. El procedimiento no nacía del arrebato, sino de una burocracia funcionarial estricta:

  • La Fase de Calificación: Antes de ordenar la detención de un sospechoso, un cuerpo de teólogos independientes, denominados calificadores, debía examinar las denuncias para determinar si los hechos constituían técnicamente un delito contra la fe. Se evitaban así los arrestos arbitrarios basados en meras rencillas vecinales.
  • El Derecho a la Defensa y las Tachas: El reo no estaba desamparado. Tenía derecho a un abogado defensor (costeado por el propio tribunal en caso de pobreza) y, de manera crucial, a redactar una lista de enemigos personales (tachas). Si se demostraba que el denunciante o un testigo figuraba en esa lista, su testimonio quedaba completamente invalidado por el tribunal, castigándose el perjurio con severidad.
  • El Registro Escrito y la Transparencia Interna: Cada sesión, cada interrogatorio, cada queja e incluso los suspiros y lamentos del preso en su celda debían ser registrados palabra por palabra por un secretario judicial o notario. Esta minuciosidad administrativa es la que ha permitido a los historiadores contemporáneos auditar los archivos del Santo Oficio, revelando que el uso de la tortura fue excepcional (inferior al 3% de los procesos), rígidamente tasado en tiempo (máximo 15 minutos), siempre supervisado por un médico y con la prohibición absoluta de causar mutilación o efusión de sangre. Las confesiones obtenidas bajo tormento carecían de valor legal si el reo no las ratificaba libremente, y sin coacción, al día siguiente.

 

El Pánico y la Caza de Brujas en el Norte Protestante

El contraste con el norte de Europa durante los siglos XVI y XVII resulta desolador. En los principados alemanes, Suiza, Escocia e Inglaterra, la persecución de la brujería y la disidencia religiosa no dependía de una estructura judicial centralizada y garantista, sino de tribunales locales, magistrados de aldea y la presión del populacho encendido por la histeria colectiva.

En estos territorios, la ausencia de un cuerpo doctrinal y de una jerarquía jurídica superior propició la barbarie:

  • Justicia Emocional y Sumaria: Ante una mala cosecha, una epidemia de peste o la muerte del ganado, las comunidades locales buscaban culpables de forma inmediata. Los juicios se despachaban en horas, espoleados por el pánico cívico y el fanatismo de pastores y jueces locales.
  • Ausencia de Apelación: Un tribunal local alemán podía condenar y quemar a decenas de personas en una sola tarde sin que ninguna autoridad judicial superior revisara las pruebas o el procedimiento.
  • La Tortura como Fin: Al no existir manuales procesales restrictivos como los hispánicos, los verdugos del norte utilizaban el tormento de forma ilimitada y continuada durante días para arrancar no solo la confesión de la víctima, sino los nombres de supuestos cómplices, lo que generaba un efecto multiplicador geométrico de las ejecuciones.

Las estadísticas modernas son concluyentes: de las aproximadamente 50.000 ejecuciones por brujería en Europa, la inmensa mayoría se concentraron en los territorios del norte protestante. España permaneció prácticamente ajena a esta locura colectiva gracias a la propia Inquisición. En 1610, tras el brote de brujería en Zugarramurdi, el inquisidor Alonso de Salazar y Frías aplicó el empirismo jurídico: investigó sobre el terreno, interrogó a la población y demostró que las acusaciones eran fruto de la sugestión, la ignorancia y la coacción. Su célebre informe determinó que "no hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos". La Inquisición asumió sus tesis y elevó de tal forma el listón de las pruebas físicas exigibles que, en la práctica, abolió las ejecuciones por brujería en el mundo hispánico siglos antes de que las hogueras se apagaran en la Europa protestante.

 


III. La Escuela de Salamanca: El Fundamento Universal de los Derechos Humanos

Mientras las potencias del norte de Europa justificaban el absolutismo regio, teorizaban sobre el derecho divino de los reyes y desarrollaban un pragmatismo mercantilista que deshumanizaba a los pueblos no cristianos, en el sur de la Península Ibérica se producía una de las mayores revoluciones intelectuales de la historia de Occidente. En las aulas de la Universidad de Salamanca, un grupo de teólogos, juristas y filósofos —principalmente dominicos y jesuitas— refundó el pensamiento jurídico y económico global.

 

Francisco de Vitoria y el Nacimiento del Derecho Internacional

Ante el impacto del descubrimiento y conquista de América, el dominico Francisco de Vitoria dictó sus famosas lecciones (Relecciones de Indios), donde abordó con valentía los justos títulos de la expansión hispánica. Vitoria demolió las teorías medievales que otorgaban al Papa o al Emperador el dominio temporal del planeta, y formuló principios revolucionarios:

  • Soberanía Legítima de los Pueblos: Vitoria defendió que los indígenas americanos eran los verdaderos y legítimos dueños de sus tierras y bienes, y que su condición de paganos o pecadores no les privaba de su derecho natural de propiedad.
  • El Ius Gentium o Derecho de Gentes: Redefinió el viejo concepto romano para transformarlo en el derecho de toda la humanidad. Estableció que el mundo constituye una comunidad de naciones libres y soberanas regidas por un derecho común basado en la razón humana, sentando los cimientos directos del Derecho Internacional moderno.
  • La Teoría de la Guerra Justa: Determinó que la mera diferencia religiosa jamás podía justificar una acción bélica. La guerra solo era admisible en caso de legítima defensa, reparación de una injuria grave o para proteger a los inocentes de la tiranía y de prácticas inhumanas (como el sacrificio humano).

 

La Dignidad Intrínseca y los Límites al Poder

Los pensadores de Salamanca, como Domingo de Soto y Francisco Suárez, sostuvieron que todos los seres humanos, por el simple hecho de poseer una naturaleza racional, comparten los mismos derechos naturales inherentes: la vida, la libertad y la propiedad. Estos derechos no eran una concesión del monarca, sino anteriores al propio Estado.

Este humanismo teológico supuso un freno directo al absolutismo. Filósofos como el jesuita Juan de Mariana defendieron que el poder político emana originariamente de Dios, pero reside en la comunidad de los ciudadanos, quienes lo delegan temporalmente en el gobernante. Si el rey violaba las leyes fundamentales del reino, confiscaba los bienes de sus súbditos o se convertía en un tirano destructivo, la sociedad conservaba legítimamente el derecho de resistencia, llegando a justificar el tiranicidio. Mientras Jacobo I de Inglaterra afirmaba que los reyes solo debían rendir cuentas ante Dios, en España se enseñaba que el rey estaba supeditado a la ley natural y moral de su pueblo.

 


IV. El Legado Ecuménico y la Integración Global de la Monarquía Hispánica

La traducción práctica de los principios de la Escuela de Salamanca y del derecho castellano configuró el modelo expansivo de la Monarquía Hispánica, un sistema político que se diferenció radicalmente de las factorías comerciales y de las colonias de explotación que las potencias protestantes implantaron siglos después. España no concibió sus territorios de ultramar como posesiones subordinadas a una metrópoli extractiva, sino como provincias y Reinos de Indias, integrados bajo un mismo concepto de civilidad heredero de la tradición ecuménica del Imperio Romano.

 

Ciudades, Universidades y Hospitales: El Modelo de Réplica Institucional

Donde el pragmatismo mercantilista holandés o británico del siglo XIX levantaba almacenes fortificados y guarniciones militares segregadas para controlar el comercio, la Monarquía Hispánica fundaba ciudades abiertas y construía universidades.

  • La Red Universitaria Global: Siguiendo el modelo de Salamanca, la Corona fundó la Universidad de Santo Domingo (1538), la Real y Pontificia Universidad de México (1551) y la Universidad de San Marcos en Lima (1551). Para cuando los colonos puritanos ingleses abrieron las puertas de Harvard en 1636 como un colegio teológico local, el imperio hispánico ya gobernaba una red de más de una docena de universidades plenas repartidas por todo el continente americano, donde no solo se enseñaba teología o derecho romano, sino que se crearon cátedras obligatorias de lenguas indígenas (como el náhuatl y el quechua) para dotar a los idiomas nativos de gramática escrita y estatus académico.
  • La Red Sanitaria de Atención Universal: El civismo hispánico se manifestó en la construcción inmediata de hospitales generales y de "naturales" (indígenas) en cada núcleo urbano, donde se integraba la medicina europea con los conocimientos botánicos aborígenes. Este compromiso con la salud pública global culminó en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806), dirigida por el médico Francisco Javier Balmis. Financiada íntegramente por la Corona, constituyó la primera campaña de vacunación masiva y gratuita de la historia mundial, llevando la cura de la viruela a América, Filipinas y territorios de China mediante una cadena humana de niños que mantuvieron el fluido vacunal vivo durante la travesía oceánica.

 

Las Leyes de Indias y la Extensión Jurídica de la Ciudadanía

El reconocimiento de la población nativa como súbditos libres de la Corona —y no como mano de obra esclava o elementos ajenos al Estado— quedó plasmado en las Leyes de Indias (desde las Leyes de Burgos de 1512 hasta las Leyes Nueva de 1542). Este cuerpo legislativo, pionero en el derecho laboral y social, prohibió la esclavitud de los indígenas, reguló la jornada de ocho horas para trabajadores y mineros, estableció el descanso dominical obligatorio y ordenó que los patronos costearan la atención médica de sus obreros.

Para garantizar la aplicación de estas leyes frente a los inevitables abusos de los conquistadores y encomenderos, se creó la figura institucional del Protector de Indios y se instituyeron juzgados específicos dentro de las Reales Audiencias americanos, permitiendo a las comunidades indígenas litigar —y ganar— pleitos de tierras y derechos frente a las propias autoridades españolas.

Este proceso de asimilación e integración cívica se consolidó mediante la promoción explícita del mestizaje legal y biológico (autorizado por el rey Fernando el Católico ya en 1514) y la incorporación de las élites y la nobleza indígena a la estructura aristocrática y administrativa de la Monarquía. Mientras el modelo anglosajón optaba en Norteamérica por la segregación estricta y el desplazamiento forzado de las tribus locales, el modelo hispánico promovió la aculturación y la asimilación, dando nacimiento a una nueva civilización mestiza y universal.

 


V. La Revolución Digital y la Batalla por el Relato en la Era de la Polarización

El siglo XXI ha introducido un punto de inflexión definitivo en el análisis de la Leyenda Negra. Durante generaciones, el relato histórico estuvo monopolizado por las academias del mundo anglosajón y las estructuras editoriales herederas de la visión parcial del protestantismo. Sin embargo, dos fenómenos contemporáneos han alterado radicalmente las reglas del juego: la democratización cultural a través del acceso digital a las fuentes originales y la reacción intelectual frente a las corrientes ideológicas de la posmodernidad.

 

1. La democratización de la cultura y el acceso a las fuentes primarias

El factor técnico más disruptivo ha sido la digitalización masiva de los archivos históricos. Portales como PARES (Portal de Archivos Españoles), los archivos digitalizados del Vaticano o los repositorios de las Reales Audiencias en América han puesto al alcance de cualquier investigador o ciudadano documentos que antes estaban confinados a legajos polvorientos en Sevilla, Simancas o Roma.

Este acceso directo ha roto los filtros interpretativos de la propaganda:

  • Evidencias Incontestables: Las actas reales de los juicios del Santo Oficio, las capitulaciones, los testamentos de caciques indígenas y las cartas de navegación están a un clic de distancia. Cualquier estudioso puede auditar hoy las cifras reales de procesamientos o constatar el estatus de súbditos libres de los nativos americanos.
  • Redes y Contenidos de Divulgación: Las comunicaciones digitales y las redes sociales han permitido el nacimiento de una densa comunidad de historiadores, ensayistas y divulgadores que comparten análisis basados estrictamente en documentos primarios. Esta descentralización de la información ha arrebatado a las élites académicas tradicionales el monopolio de la narrativa, democratizando el debate e inundando el espacio público con datos rigurosos que pulverizan los viejos tópicos protestantes.

2. La polarización occidental y la respuesta a la cultura woke

Este resurgimiento de la verdad histórica no ocurre en un vacío ideológico. El pensamiento occidental atraviesa un periodo de intensa polarización, marcado por la irrupción de una corriente cultural contemporánea (asimilada frecuentemente bajo el término woke) de corte pseudoglobalista y pseudoidentitario. Estas corrientes aplican un presentismo histórico radical, juzgando los acontecimientos de los siglos XVI y XVII bajo parámetros éticos del siglo XXI para promover una culpa colectiva e impulsar la deconstrucción y cancelación del legado civilizatorio de Occidente, derribando estatuas de conquistadores, teólogos y descubridores.

Lejos de lograr la sumisión intelectual, esta imposición ha generado un potente efecto de acción-reacción:

  • Frente de Defensa Cultural: Una parte sustancial de los intelectuales y de la ciudadanía ha encontrado en el rigor de la historia hispánica el mejor antídoto contra el relativismo posmoderno. Estudiar la Escuela de Salamanca o el orden procesal inquisitorial no se hace hoy solo por interés académico, sino como un ejercicio cívico de resistencia y autoafirmación cultural.
  • Impugnación del Discurso Fragmentario: Frente a un modelo identitario que fragmenta las sociedades en minorías permanentemente enfrentadas y victimizadas, el legado de la Monarquía Hispánica se redescubre como una propuesta ecuménica y universalista. El mestizaje legal, la integración en reinos y la creación de una ciudadanía común basada en la igualdad de la naturaleza humana ofrecen un espejo histórico que desarma la retórica divisiva de las agendas contemporáneas.

La batalla por el relato ha dejado de ser una disputa pasiva entre monografías universitarias restringidas para convertirse en un debate vivo y globalizado. La tecnología digital ha proporcionado las armas —los documentos históricos puros— y la polarización cultural ha inyectado la urgencia existencial para utilizarlas.

 


Conclusión: El Triunfo de la Verdad Histórica

La confrontación de los mitos propagandísticos con los datos documentales demuestra que la Leyenda Negra funcionó como una monumental operación de desinformación geopolítica. Las potencias protestantes del norte, poseedoras de una potente industria de la imprenta, consiguieron proyectar sus propias sombras —sus persecuciones religiosas sanguinarias, su caos judicial sumario y sus métodos de exterminio y exclusión colonial— sobre la potencia hegemónica de la época [1567, Montano].

La verdad histórica, rescatada por investigadores de todo el mundo y potenciada por las redes de comunicación del siglo XXI, devuelve una imagen radicalmente distinta. La Monarquía Hispánica, iluminada por los debates teológicos y jurídicos de la Escuela de Salamanca, no solo contuvo la arbitrariedad punitiva a través de tribunales extraordinariamente meticulosos y regulados, sino que vertebró la primera globalización comercial y humana de la historia en torno al Real de a Ocho y el Galeón de Manila. Al extender sus instituciones, sus leyes protectoras, sus universidades y su fe por todo el planeta, España operó una nueva "romanización" global, fundando una comunidad ecuménica de naciones cuya fisonomía jurídica, urbana y cultural sigue viva en los corazones de millones de personas a ambos lados del océano.


De Mis conversaciones con la IA

Servando Gotor

 

domingo, 26 de abril de 2026

ANATOMÍA DEL CONTROL GLOBAL: TUNGUSKA Y EL EMBUSTE DE LA PROTECCIÓN (Servando Gotor)




I. La Medida de Nuestra Insignificancia

El 30 de junio de 1908, el cosmos dictó una lección de física que la humanidad parece haber decidido ignorar en favor de la retórica. El impacto de un meteorito, conocido como el estallido de Tunguska, no fue una advertencia negociable; fue la liberación de una energía equivalente a 1.000 bombas de Hiroshima. En un solo segundo, la naturaleza demostró que nuestra presencia en este planeta depende de una lotería orbital sobre la que, hoy por hoy, apenas tenemos vigilancia. Si ese mismo objeto impactara hoy sobre una zona densamente poblada, la civilización, tal como la conocemos, se detendría en seco.



II. La Paradoja de la Prioridad: ¿Supervivencia o Fiscalización?

El aspecto más revelador —y escandaloso— de nuestra era es la desproporción abismal entre los recursos destinados a la "seguridad" y las amenazas físicas reales. Mientras que las inversiones en la Agenda 2030 y la transición climática se cuentan por billones de dólares (centrados en la fiscalización del carbono y el control del consumo individual), la Defensa Planetaria apenas recibe una fracción marginal de los presupuestos de las grandes potencias.

Desde una óptica científica, esta jerarquía es un sinsentido. Estamos construyendo infraestructuras para monitorizar la "huella de carbono" de cada filete que consume un ciudadano, pero seguimos dejando la supervivencia de la especie frente a un impacto de 1.000 Hiroshimas en manos del azar. Esta contradicción desnuda los verdaderos intereses: un asteroide es un riesgo "democrático" y externo que no admite impuestos ni regulaciones sociales; el clima, en cambio, es la herramienta perfecta para la ingeniería de la obediencia.



III. El Riesgo como Herramienta de Ingeniería Social

El "embuste" al que estamos sometidos reside en la naturaleza de los problemas elegidos por el poder. Se nos pide sacrificar autonomía y prosperidad en nombre de una "emergencia" que curiosamente requiere una vigilancia microscópica del habitante. Sin embargo, ante eventos geológicos o cósmicos inevitables —como sismos masivos o bólidos espaciales—, el Estado se muestra extrañamente inoperante o desinteresado.

La razón es pragmática y cínica:
  • La amenaza climática permite legislar sobre la vida privada, el transporte y la alimentación.
  • La amenaza de Tunguska solo requiere ingeniería pesada, ciencia honesta y soberanía técnica. 
Lo primero genera control; lo segundo seguridad.


IV. Conclusión: El Despertar ante el Simulacro

Una civilización que posee la tecnología para rastrear cada céntimo que gasta un ciudadano, pero que afirma "no tener recursos" para blindar el cielo contra impactos devastadores, no está preocupada por salvar el planeta; está preocupada por salvar su sistema de dominio.

Tunguska es el recordatorio definitivo de que el universo no entiende de cumbres climáticas ni de indicadores de sostenibilidad. Al final, solo quedan dos opciones: o invertimos en la soberanía técnica para proteger la vida de los riesgos físicos reales, o admitimos que la actual "protección planetaria" es solo el disfraz de una ambición mucho más mundana: el control total de la población bajo el pretexto de una urgencia fabricada. La próxima roca de 15 megatones no aceptará compromisos de emisiones como escudo.


Servando Gotor



jueves, 23 de abril de 2026

LUX AETERNA (Servando Gotor)

 



Si miras la noche ves el pasado...
Sí, porque en las noches más transparentes,
el cielo arranca sus arrugas y nos muestra su pasado,
desnudo y hermoso; cierto y luminoso...

Hace años escribí estas líneas para una de mis novelas, y perdón por la autocita. Pero es que en aquel momento la idea nacía de una profunda inquietud filosófica, no solo referida al negro firmamento. De hecho, al asomarme a la noche a pie de calle, me asaltaba el vértigo del solipsismo, esa duda abismal sobre si el mundo sigue ahí cuando le damos la espalda. ¿Existe la ciudad cuando nadie la vive? ¿Es el universo cuando nadie lo ve? Pensaba en el silencio atroz de las calles vacías y me preguntaba qué sería de su esencia si no estuviera yo, aquí y ahora, para atestiguarlo. Inevitablemente, terminaba dándole la razón a Schopenhauer al sentir que el mundo era mi representación, y a Berkeley cuando sentenciaba que no hay objeto sin sujeto. Buscaba en el cielo un pasado que no conocía, asumiendo que mi reflexión era, en cierto modo, una hermosa licencia poética.

Pero la poesía a veces esconde una física aplastante. Cualquier duda que albergara sobre aquella intuición literaria se desvaneció por completo durante una visita nocturna al Teide.


La biología de la oscuridad

A pesar del prosaico contexto turístico que suele rodear estas excursiones, la experiencia me marcó profundamente. Arriba, en lo más alto, busqué un refugio alejado de cualquier rastro de luz artificial; buscaba la noche más noche, la oscuridad más rotunda. Y una vez allí, simplemente comenzó la mirada al cielo.

El espectáculo es un proceso, no una revelación instantánea. Al principio, el firmamento te regala apenas unas cuantas estrellas, seguramente las más luminosas. Pero, poco a poco, empiezan a asomar otras. Y luego otras. Y otras más, hasta que el negro firmamento se colma de cientos y cientos de puntos de luz, saturando la mirada como el decorado más kitsch de un portal navideño.

Uno podría atribuirle este prodigio a la magia del lugar, pero a poco que se piense, la realidad impone su maravillosa crudeza: no es que las estrellas vayan apareciendo, es que tu pupila, hambrienta de luz, se dilata enormemente para abrirse paso en la tiniebla. Son tus propios ojos los que le arrancan a la oscuridad esos astros que parecían ocultarse. La primera y prosaica conclusión que se saca de esto es un baño de humildad: nuestra vista, al igual que el resto de nuestros sentidos, es de una limitación abrumadora.


El firmamento como máquina del tiempo

A esta revelación biológica le sigue un "falso prodigio" aún mayor. Las estrellas que finalmente logramos captar ni son ni están allí donde las ubicamos. Únicamente fueron y estuvieron.

La luz que impacta en nuestra retina ha tenido que cruzar un espacio tan inabarcable que ha tardado cientos, miles de años en llegar hasta nosotros. Lo que contemplamos no es la estrella, sino su destello antiguo, su eco en el vacío. Por lo tanto, no hay metáfora literaria que valga: cuando miramos al firmamento, miramos estricta y literalmente al pasado.


La entropía y nuestro origen

Esta certeza empírica me empuja irremediablemente hacia una reflexión final sobre nuestro lugar en todo este mecanismo. La termodinámica nos enseña dos reglas ineludibles de la realidad. Primero, que ninguna energía se crea ni se destruye, solo se transforma. Y segundo, que el universo tiende a la entropía, al desorden y, en última instancia, al frío.

Nosotros, como el cosmos, provenimos del orden y el fuego, y luchamos inútilmente por mantenerlos; somos el resultado directo de esa transformación, de ese irremediable camino al caos. Y al levantar la vista hacia ese pasado estelar, sabemos por la fuerza de la lógica que venimos de alguna de esas luces. Estrellas inmensas que desaparecieron, que se apagaron; astros que, en su singular degradación hacia el polvo, atravesaron miles de fases. Una de esas fases es nuestro propio planeta y la amalgama de carbono y hierro que forma a cada uno de los miles y miles de seres que llevamos poblando la Tierra.

Esta es la conclusión definitiva. Nuestra esencia, nuestra pertenencia física e innegable al cosmos, nos otorga un extraño tipo de eternidad. Cuando Carl Sagan afirmó que somos "polvo de estrellas", no estaba haciendo uso de una licencia poética. Estaba enunciando una auténtica realidad física. Somos, sencillamente, el universo dotado de conciencia, asomándose en la cima nocturna de un volcán dormido para intentar comprender, en silencio, la inmensidad de su propio origen.


Servando Gotor



martes, 21 de abril de 2026

Aragoneses y navarros... ¿primos hermanos? Cuando la capital de la Ribera era Zaragoza.

 


Por décadas, el destino legal, agrícola, deportivo y cotidiano de la Ribera no se escribía en Pamplona, sino siguiendo el curso del Ebro. Un viaje en el tiempo a la época en la que Zaragoza era, de facto, la metrópolis de los navarros del sur.

RIBERA DE NAVARRA.- Para un niño de Andosilla, Corella o Tudela en los años 60, Zaragoza no era "el extranjero" ni una ciudad vecina más. Era el lugar donde el padre iba a arreglar papeles de tierras, donde el abogado local tomaba el tren para defender un pleito y donde los domingos se celebraban, pegados a la radio, los goles de los "Magníficos". Más allá de la afinidad cultural, existía una estructura de Estado y una geografía implacable que cosían la Ribera a la capital aragonesa con hilos de acero, raíles de tren y sentencias judiciales.

El mazo de la justicia y la llave del agua

Mucho antes de que el Parlamento de Navarra o el Tribunal Superior de Justicia de Pamplona fueran el centro de la vida foral, el poder en el sur de Navarra hablaba con acento maño. Durante más de un siglo y medio, la Audiencia Territorial de Zaragoza extendió su manto jurisdiccional sobre las tres provincias aragonesas y toda Navarra.

Cualquier apelación civil de importancia o pleito de calado que naciera en los juzgados de la Ribera terminaba, irremediablemente, en el Palacio de los Condes de Luna, en la capital aragonesa. Este vínculo obligaba a un flujo constante de profesionales que hacían del eje ferroviario del Ebro su oficina itinerante. El derecho navarro se interpretaba a escasos metros de la Basílica del Pilar.

A esto se suma un poder vital para una comarca agrícola: el agua. A diferencia de la justicia o la educación, la sede central de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en Zaragoza es el gran vínculo que ha sobrevivido al tiempo. Sus despachos dictaban ayer, y siguen dictando hoy, los designios de las acequias, los regadíos y las concesiones de la Ribera, manteniendo vivo un nexo económico ineludible con la capital del Ebro.

El Heraldo y la capital espiritual

Este peso institucional explica por qué el Heraldo de Aragón (y en su época, El Noticiero) era el periódico de referencia en los hogares riberos. Las noticias de la Audiencia Territorial, los edictos de la CHE y los precios de las lonjas agrícolas aragonesas afectaban directamente a la economía navarra. En los quioscos de Tudela, el Heraldo no era prensa forastera; era el cronista oficial de una realidad compartida.

Pero más allá de la burocracia y el papel impreso, Zaragoza ejercía de capital espiritual. El viaje desde la Ribera, ya fuera por motivos médicos, de compras o legales, rara vez se daba por concluido sin cruzar la imponente plaza y entrar a la Basílica para "saludar a la Virgen". La devoción al Pilar no entendía de fronteras provinciales; era una fe de ribera compartida que explica, aún hoy, la abundancia del nombre de Pilar en tantas familias navarras del sur y la omnipresencia de esas cintas protectoras en los retrovisores de los coches que recorrían la carretera del Ebro.

La cantera de la Ribera: Internados y facultades

Si hubo un puente humano inquebrantable en aquella década, fue el de los estudiantes. Antes de que el sistema educativo navarro se descentralizara, los colegios e internados de Zaragoza —muchos de ellos religiosos como Escolapios, El Salvador o Santo Domingo de Silos— eran el hogar de cientos de chicos de la Ribera. Para muchas familias agrícolas que empezaban a prosperar, enviar al hijo "a estudiar a Zaragoza" era el mayor símbolo de ascenso social.

En la etapa universitaria, la simbiosis era total. El Distrito Universitario de Zaragoza era el destino natural y público. Aunque la Universidad de Navarra en Pamplona (nacida en 1952) crecía en prestigio, su carácter privado la alejaba de muchas economías domésticas. Medicina, Derecho o Veterinaria se llenaban de apellidos navarros que hacían de las pensiones del Casco Viejo su segundo hogar, forjando vínculos de amistad y matrimonio que unieron ambas regiones para siempre.

El cuartel y el estadio: Lazos de sangre y fútbol

Aunque administrativamente el servicio militar de los navarros dependía de la Capitanía General de Burgos (Sexta Región), la logística, las comunicaciones y la imponente infraestructura castrense de Zaragoza —con el campo de San Gregorio y sus academias— hacían que la vida militar de muchos jóvenes de la Ribera gravitara hacia el Ebro.

Ese roce humano constante se traducía en pasión deportiva. La Peña Zaragocista de Andosilla, con su charanga animando las gradas de La Romareda, es una de las más antiguas de España y no era una anécdota aislada. En aquellos años 60, ser del Real Zaragoza —el equipo hegemónico del valle— era una extensión natural de ser de la Ribera.

El gran divorcio: De la Autopista al Amejoramiento

Hoy, ese mundo ha desaparecido. La llegada de la democracia y la construcción del Estado de las Autonomías trajeron consigo el "repliegue" institucional navarro.

Varios hitos cortaron el cordón umbilical: la creación del Tribunal Superior de Justicia de Navarra (1989) independizó jurídicamente a la Comunidad Foral; la fundación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA en 1987) frenó la diáspora estudiantil hacia Aragón; y, sobre todo, la construcción de la Autopista de Navarra (AP-15), que sorteó por fin el temido puerto del Carrascal y redujo a menos de una hora un viaje a Pamplona que antes era una odisea de curvas y camiones. El autogobierno dotó a la región de servicios propios que hicieron innecesario el viaje al sur.

Del afecto al "efecto rebote"

Lo que en los años 80 y 90 fue un distanciamiento administrativo lógico, en el siglo XXI se ha tornado en ocasiones en una relación más distante. Este "efecto rebote" tiene varias aristas:

  • El fútbol como termómetro: El largo declive deportivo del Real Zaragoza, coincidiendo con la estabilidad del C.A. Osasuna, ha provocado un relevo generacional. En los patios de los colegios de la Ribera, las camisetas blanquiazules han sido sustituidas por el rojo osasunista, a menudo acompañado de una rivalidad deportiva que antes no existía.

  • La política del agua: La gestión del Ebro y las tensiones políticas de principios de siglo crearon brechas. La defensa a ultranza de los intereses aragoneses sobre el río fue vista desde algunos sectores navarros como una injerencia, alimentando un recelo mutuo que la CHE, desde sus despachos de Sagasta, debe gestionar con delicadeza.

  • La identidad cultural: Aunque el "estilo ribero" (jotas, verduras y almuerzos) sigue hermanando a ambas orillas, la juventud actual consume una cultura popular más volcada hacia lo navarro-vasco o hacia lo global, dejando atrás la estética de las casas regionales de antaño.

Una frontera mental

El Ebro sigue fluyendo igual, pasando por los mismos puentes de piedra y hierro, pero la mirada del ribero ha cambiado de sentido. Donde antes había una simbiosis vital, hoy hay una frontera administrativa nítida.

La Ribera es hoy más Navarra que nunca, y ha decidido que su capital, por fin, es Pamplona. Aquella Zaragoza de los años 60, que ejerció de capital judicial, académica y emocional de los navarros del sur, queda hoy guardada en la memoria de quienes recuerdan ver llegar el periódico de Aragón cada mañana como algo propio. Un capítulo entrañable de nuestra historia común que no debería generar olvidos ni odios, sino el respeto que merece el recuerdo de una vida compartida.


Servando Gotor


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