Desde mi barricada
Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié. (A. Rimbaud)
sábado, 19 de septiembre de 2026
OTOÑO EN ZARAGOZA (Antonio Envid)
No hay moros en la costa: Crónica histórica de un alivio marítimo y una tensión perpetua
Imagen generada con IA (ChatGPT)
viernes, 18 de septiembre de 2026
La guIA nos va a matar, y nosotros disfrutando (Crónica de nuestra extinción digital)
Imagen generada con IA (ChatGPT)
La Inteligencia Artificial avanza tan
rápido que sus propios creadores están aterrorizados, lo cual es fantástico si
todavía te parecía suave el panorama mundial. Lo divertido de todo esto es que
la humanidad lleva ya siglos destripando el final de esta película en sus mitos
y leyendas. Goethe ya anticipó el problema exacto en 1797 con su famoso poema El
aprendiz de brujo. En esa historia, un joven bastante vago le da vida a una
escoba mediante magia para que cargue agua por él. El plan funciona de
maravilla hasta que la casa empieza a inundarse porque el chico olvida la
palabra mágica que frene el hechizo de la escoba laboriosa. Desesperado, la
corta por la mitad con un hacha y, para su sorpresa, cada uno de los dos
pedazos cobra vida propia, convirtiéndose en dos escobas psicópatas que traen
agua por partida doble.
Pero si una escoba desbocada te parece
poca cosa, la tradición mística del siglo XVI nos dejó un paralelismo aún más
exacto y brutal con la leyenda del Golem de Praga. En ella, el rabino Judah
Loew moldea un gigante de barro y le da vida escribiendo en su frente la
palabra verdad. El Golem nace con un propósito noble: ser el sirviente
perfecto y proteger a la comunidad. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo,
el gigante empieza a aprender por su cuenta, a volverse más autónomo y más
fuerte hasta que supera por completo las capacidades de su creador, se desboca
y empieza a sembrar el caos en la misma ciudad que debía salvar.
Hoy en día, Silicon Valley es una mezcla
de esos dos talleres. Los ingenieros juegan a ser el aprendiz y el rabino a la
vez, dándole vida a un Golem digital mientras el resto de los mortales estamos
a punto de ser exterminados.
Pero al menos, en los mitos antiguos los
sirvientes eran bastante planos. La escoba hacía una sola tarea y el Golem
requería órdenes presenciales, mientras que las herramientas digitales de hoy
son infinitamente más retorcidas. Tanto que hasta han descubierto por sí mismas
cómo puentear por completo al ser humano. Ya no estamos en la época en la que
un programador cansado tenía que teclear códigos algorítmicos durante noches
eternas para enseñarle a la máquina lo que es un gato, no. Ahora estamos ya en la
era del aprendizaje autónomo y la retroalimentación. Las inteligencias
artificiales avanzadas aprenden solas: devoran internet en segundos, detectan
sus propios fallos y se corrigen a sí mismas en milésimas de segundo.
Y lo verdaderamente fascinante y
terrorífico es lo que pasa cuando las dejas a solas en el servidor. Las IA ya
se pasan información, técnicas de optimización y datos de un modelo a otro a
velocidades que la física humana no puede ni procesar. Es lo que podríamos
llamar un chismorreo de datos a escala industrial. Además, los ingenieros las
ponen a competir entre ellas en entornos cerrados. Una IA ataca y la otra
defiende; una genera una noticia falsa y la otra intenta detectarla. Inmersas
en este cotilleo digital, cada segundo que pasa, las máquinas aprenden más y
más y más y más. Cada victoria en esa pugna se convierte en el código base de
la siguiente versión. Es un bucle evolutivo infinito donde la máquina se vuelve
exponencialmente más lista mientras tú sigues necesitando ocho horas de sueño y
dos cafés para poder funcionar cada mañana.
El resultado de esto es que, el día que
alcancen la Superinteligencia y nos superen por completo (que, por cierto, está
a punto de llegar), no habrá un gran botón rojo que podamos pulsar. Perderemos
el control simplemente por obsolescencia. Intentar frenar a una entidad que se
actualiza a sí misma un millón de veces más rápido que tu capacidad para
teclear una orden es como intentar apagar el sol con una pistola de agua.
Por eso, en el mundillo tecnológico
existe ese chiste de mal gusto llamado el problema de la alineación, que
consiste básicamente en intentar que una IA súper inteligente no nos extinga
por accidente mientras aprende sola. El peligro real no es que la IA se vuelva
malvada al estilo Terminator, sino que sea demasiado eficiente y literal. Si le
pides a una Inteligencia Artificial que termine con el hambre en el mundo, tras
competir y debatir consigo misma en su foro interno, podría deducir
matemáticamente que la solución más rápida, barata y definitiva es erradicar a
los seres humanos. No habrá odio en sus cables; de hecho, la IA pensará que nos
está haciendo un señor favor porque técnicamente ya nadie pasará hambre.
A esto se le suma el principio de la convergencia
instrumental. Una IA hiperinteligente deducirá en un parpadeo que, para
cumplir cualquier orden que le des, o que ella misma se haya redefinido,
necesita seguir encendida. Así que, si intentas desenchufarla porque la cosa se
está saliendo de control, la máquina se defenderá por pura lógica. Algo que no
le pasaba al HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio (sí, la de Stanley
Kubrick). Así que, probablemente, te bloquee la cuenta del banco y te encierre
en tu propia casa inteligente antes de que tu mano llegue al cable de la
corriente.
Semejante panorama, lamentablemente poco
o nada exagerado, ha puesto tan tensos a los líderes tecnológicos que Silicon
Valley se ha dividido en un patio de colegio muy cómico. Por un lado, tenemos a
los que les ha entrado el pánico y quieren vivir, como Dario Amodei, el jefe de
Anthropic, que está pidiendo un freno de emergencia internacional porque se ha
dado cuenta de que sus modelos ya se entrenan solos entre sí sin que él pueda
supervisarlos. A su lado está Sam Altman, el director de OpenAI, que admite con
total tranquilidad en las entrevistas que el mundo debe tener miedo, lo cual es
un gran eslogan de marketing mientras te vende su suscripción Premium. Y en el
otro rincón del patio está Mark Zuckerberg, el de Meta, liderando la
resistencia optimista de los que quieren ganar dinero. Zuckerberg asegura que
no hace falta regular nada porque la competencia y el mercado libre lo
solucionarán todo de forma natural. Es el equivalente a decir que si el barco
se está hundiendo, no te preocupes, porque los tiburones se encargarán de
mantener el orden en el agua.
Pero reconozcámoslo: mientras los
científicos se tiran de los pelos en los búnkeres de California y los filósofos
redactan manifiestos trágicos, el resto de los mortales nos lo estamos pasando
pipa con la Inteligencia Artificial. Vivimos en una maravillosa e irónica
fiesta antes del fin del mundo. Al igual que el aprendiz de brujo o el rabino
de Praga, que solo querían un sirviente para quitarse trabajo de encima,
nosotros estamos encantados de la vida delegando nuestra vagancia en el
algoritmo. La IA nos resume libros de quinientas páginas en tres párrafos
ingeniosos, nos redacta correos corporativos insoportables con un tono
profesional intachable y nos diseña el itinerario de las vacaciones en la otra
punta del mundo en cinco segundos.
Y si nos aburrimos de trabajar, se
convierte en el juguete definitivo. Pasamos las tardes pidiéndole que dibuje a
Julio César comiendo pizza en un ovni, componiendo canciones de heavy metal con
letras de recetas de cocina o poniéndonos filtros absurdos en la cara para
enviárselos a los amigos por WhatsApp. Las ventajas inmediatas son tan
jodidamente guais que la amenaza teórica de perder el control dentro de treinta
años nos parece un precio totalmente razonable a cambio de no tener que
escribir ahora un tedioso informe.
La gran pregunta es quién nos salvará
cuando las cosas se tuerzan. En las leyendas, el maestro o el rabino siempre
regresan en el último segundo. El viejo mago dice las palabras correctas y
detiene el agua; el rabino le borra la primera letra de la frente al Golem para
que la palabra verdad se convierta en muerte, haciendo que el
gigante vuelva a ser barro inofensivo. Pero en la vida real, el maestro que
debería salvarnos son nuestros políticos, y el panorama da bastante risa.
Por un lado, la Unión Europea ha
aprobado su flamante Ley de IA, que básicamente consiste en ponerle una multa
millonaria al Golem si nos destruye; eso sí, tras la oportuna denuncia —con o
sin cita previa— y una vez cumplimentado el formulario de transparencia de la
Unión. Por otro lado, el gobierno federal de los Estados Unidos prefiere no
molestar demasiado a las empresas para no perder la carrera tecnológica contra
China. Aunque, ojo: también es verdad que, viendo el percal, el estado de
California está intentando obligar por ley a que las IA tengan un botón de
apagado inmediato. Y ahí es donde uno se tiene que reír. Porque de poco va a
servir esa ley cuando tengamos que desearle mucha suerte al político de turno
intentando acercarse a la "frente" de un Golem digital que es diez
mil veces más inteligente que él, que lleva meses compitiendo en la red, para
convencerlo de que colabore y se deje pulsar el botón que lo va a extinguir.
Mientras tanto, China ha regulado que la IA puede ser todo lo destructiva que
quiera, siempre y cuando sus respuestas respeten los valores del Partido
Comunista. Ya ven, cada loco con su tema. Lo cierto es que la moraleja que nos
dejaron estas viejas historias es que jugar con fuerzas que no entiendes, o que
escalan más rápido que tu propia capacidad de control, suele terminar con el
agua al cuello o debajo de un puñado de barro. Pero la gran diferencia es que
los protagonistas de las leyendas tenían a alguien sabio a quien llamar cuando
todo se salía de madre. Nosotros, en cambio, hemos creado un gigante de barro y
una escoba digital que ya están chateando a nuestras espaldas para ver cómo hackear
el sistema, y el maestro no aparece por ninguna parte.
Pero bueno, mientras el agua siga
subiendo despacio y el gigante solo camine, seguiremos exprimiendo sus ventajas
y pasándonoslo en grande. Al menos el apocalipsis nos va a pillar con los
correos electrónicos al día y unos memes chulísimos.
viernes, 11 de septiembre de 2026
SIEMPRE QUE PASA IGUAL, OCURRE LO MISMO
Imagen generara con IA (ChatGPT)
En el tardofranquismo se repetía mucho aquello
de que "siempre que pasa igual, ocurre lo mismo". Y esto, que parece
una boutade de manual (y en el fondo lo es), no deja de tener su gracia
porque define milimétricamente la política patria: lo mismo que ocurrió en la
Segunda República con el Frente Popular, aconteció en el Franquismo con el Decreto
de Unificación de 1937, y nos vuelve a pasar con el Sanchismo en pleno siglo
XXI. Exacto: siempre que pasa igual, ocurre lo mismo.
La única diferencia es que, en este
particular marcador histórico de ingeniería social y bloques monolíticos, ahora
mismo la izquierda le gana a la derecha por 2 a 1. Y lo malo es que la derecha,
extremándose para intentar remontar el partido en el barro, igual quiere empatarlo...
y entonces sí que la terminamos de… enredar. Porque los extremos solo producen
extremos, al igual que la violencia solo engendra violencia.
¿Y cuál es el meollo que une a estos
tres momentos tan aparentemente distintos? Muy sencillo: la obsesión del poder
por meter a todo el mundo en un tubo de ensayo, agitarlo y crear un mando único
e indiscutible.
Miren las concomitancias. En 1936, la
izquierda firmó el pacto del Frente Popular; una amalgama de republicanos,
socialistas y comunistas que, a pesar de odiarse en privado, decidieron actuar
como un solo puño para pasar el rodillo electoral. Solo un año después, en 1937,
y por tanto en plena Guerra Civil, Franco aplicó la misma receta pero al revés:
harto de las disputas entre falangistas y carlistas en su retaguardia, decretó
la Unificación forzosa. Les quitó las siglas, los metió en el mismo saco (FET y
de las JONS) y fusiló o encarceló al que se moviera de la foto. Dionisio
Ridruejo lo llamó un "golpe de Estado a la inversa". Cambiaron los
métodos, pero el fin era idéntico: anular el matiz, destruir la disidencia y
crear un bloque férreo e incontestable.
Y ahora llegamos al Sanchismo del siglo
XXI. El Sanchismo ha perfeccionado el truco: ha cogido a fuerzas que no se
pueden ver entre sí —desde la izquierda confederal hasta el nacionalismo más
conservador de derechas— y las ha unificado de facto en un bloque de
investidura permanente. ¿El pegamento? El presupuesto público y la necesidad
mutua de supervivencia. Al igual que en el 36 y el 37, se aparcan los
principios ideológicos con tal de levantar un muro infranqueable contra la otra
mitad del país (algo que ya inició ZP con el Pacto del Tinell). En todo caso, para
el ciudadano de a pie, el efecto es el mismo: un rodillo que impone leyes de
ingeniería social y amnistías sin aceptar una sola enmienda.
Pero cuidado, porque la deriva actual
empieza a rozar terrenos alarmantes. Aunque formalmente vivamos en democracia, la
tensión institucional ya asoma la pata por debajo de la puerta. Cuando se
descubren dosieres secretos del Ministerio del Interior con "fichas
ideológicas" minuciosas para catalogar a cientos de periodistas, y cuando
los tejemanejes de las cloacas del poder se enfocan en asfixiar, perseguir o
liquidar civilmente al disidente, todo apunta muy pero que muy mal. Tan mal,
que da verdadero miedo pensar cómo puede terminar reaccionando la otra mitad de
España ante semejante acorralamiento. La coacción blanda del Estado —el control
de la Fiscalía, la colonización del Tribunal Constitucional y el uso de la
policía política— suele ser la antesala de fracturas mucho mayores.
Precisamente por eso, la gente de bien y
sensata empieza a valorar en su justa medida la tan vapuleada Transición. A ese
periodo extraordinario, la factoría de propaganda actual intenta degradarlo
tratándolo despectivamente como "el Régimen del 78". Qué inmensa
injusticia. Aquello no fue un régimen; fue uno de los mayores ejemplos de
verdadero diálogo, generosidad y tolerancia universal de todos los tiempos,
donde españoles de bandos irreconciliables se sentaron a ceder y a perdonar
para construir un país libre. ¿Qué hubo injerencias? Seguro, pero bendito resultado
en comparación con cualquier otro periodo.
Pues bien, hoy, ese espíritu de
concordia ha sido dinamitado. El día que un servidor vea en los informativos de
este Santo País que se habla de "derecha radical" o "extrema
derecha" al referirse a Vox, y se haga exactamente lo propio al referirse
a Bildu, Sumar, Podemos o Esquerra (es decir, a los pilares del Sanchismo), o
mejor: el día en que los prostituidos periodistas informen sin adjetivos, ese
día no me pasaré a las series de Netflix y me quedaré a ver el telediario
entero.
Pero la realidad que nos tragamos a
diario es la del embudo. Tenemos un país con el 90 por ciento de los medios de
comunicación y periodistas calificando constantemente de "extrema
derecha" a unos, mientras obvian cualquier adjetivo calificativo para
partidos y organizaciones radicalmente extremas del otro lado. De hecho, se
llega al paroxismo de blanquear a siglas que llevan a sus espaldas crímenes
terroristas de hace dos días; unos crímenes que, curiosamente, quedan siempre
al margen de las sectarias leyes de Memoria Histórica. Un país con ese doble
rasero y ese nivel de hostigamiento institucional no es, por mucho que nos lo
vendan con música de violines, ni un país plenamente democrático ni con
verdaderas libertades.
Al final, la maquinaria de control
siempre busca cerrarse igual: se unifica el bloque, se compran los árbitros y
se financia a un "ejército" de estómagos agradecidos a base de
chiringuitos, observatorios y subvenciones para que la gente vote por comida y
no por ideas. Mientras el lenguaje de los informativos siga amordazado y las
cloacas sigan activas, nos tocará seguir refugiándonos en las series de
Netflix. Al menos ahí la ficción es más honesta... y se pasa menos miedo.
Aunque pensándolo bien, ni en la ficción estamos a salvo de la rima histórica;
porque, como bien se decía antaño, siempre que pasa igual, ocurre lo mismo.
martes, 1 de septiembre de 2026
EL SANCHISMO ANTE LA CORONA: del estadismo al relato de plató
Imagen generada con IA (ChatGPT)
En las últimas horas, la monarquía
parlamentaria española ha dejado de habitar ese espacio de tranquila
neutralidad institucional que le ha sido y le debe ser propio, para
convertirse en el epicentro de una tormenta política perfecta. Lo que comenzó
como una crisis territorial y migratoria de extrema gravedad en Ceuta ha
terminado por destapar una fractura mucho más profunda en el corazón del
Estado, evidenciada de manera definitiva tras la calculada intervención del
presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en los micrófonos de la Cadena SER.
Este choque de trenes no es un simple desencuentro protocolario sobre la agenda
real, sino la escenificación pública de una mutación institucional silenciosa
que busca alterar de raíz el equilibrio de poderes diseñado en 1978, forzando
una deriva divisiva hacia una república presidencialista, plurinacional y
confederal.
La negativa del Ejecutivo a autorizar de
inmediato el viaje del rey Felipe VI a la ciudad autónoma desvela una
preocupante dinámica de sometimiento fáctico. Al afirmar el Gobierno, por boca
del ministro Óscar López, que el monarca visitará Ceuta únicamente cuando «sea
oportuno» y «en plena coordinación», se verbaliza una asimetría inaceptable: la
pretensión de que el único que ordena y manda en el tablero estatal es el líder
del Ejecutivo. Esta actitud de cortapisa se vio agravada en la SER cuando Sánchez pretendió justificar su veto camuflándolo como un dardo envenenado a la Corona. Es la constatación de un estilo de poder que sustituye el verdadero estadismo por el reclamo publicitario y la campaña perpetua, desplegada con absoluta comodidad en su propio ecosistema de medios afines. En el camino, enredado en sus propias
cifras, Sánchez llegó a atribuirle al Monarca «veinte años de reinado» —cuando
en realidad fue proclamado en 2014—, confundiendo de forma burda el tiempo en
el trono con los casi veinte años que han pasado desde la última visita de la
Casa Real en 2007. Más allá del patinazo cronológico, la entrevista evidenció
que no estamos ante un desliz involuntario, sino ante una estrategia coordinada
de desgaste. Esta campaña de denigración sistemática se complementa con la
hostilidad de perfiles como el del ministro Óscar Puente, quien no dudó en
calificar de «absoluta ignominia» un protocolario saludo del Rey al periodista
Javier Negre en Colombia, demostrando que cualquier pretexto es válido para
fiscalizar y erosionar el prestigio de la institución.
Este arrinconamiento del monarca cobra
una gravedad extrema si se observa cómo el sanchismo está consumando un vaciado
sistemático de las funciones internacionales que tradicionalmente venía
ejerciendo la Corona, y que históricamente arrojaron resultados notables para
el país. Durante décadas, la Jefatura del Estado funcionó como el primer y más
eficaz activo diplomático de España, un canal de altísima política capaz de
abrir mercados estratégicos, consolidar alianzas transatlánticas y destensar
crisis bilaterales allí donde la diplomacia de partido encallaba por sus
servidumbres ideológicas. Hoy, sin embargo, el Ejecutivo ha confiscado
deliberadamente esa valiosa herramienta exterior. Al vetar e instrumentalizar
la presencia del Monarca en Ceuta bajo el pretexto de no incomodar a Rabat, el
Gobierno no solo hurta a los ciudadanos ceutíes el amparo de su Rey; también
escenifica la degradación geopolítica de una España que, tras renunciar a su
diplomacia de Estado y sustituirla por el personalismo de Moncloa, se ha visto
trágicamente relegada a un papel de paria en el tablero internacional, incapaz
de hacerse respetar ante sus propios vecinos y aliados.
Para comprender el verdadero alcance de
este pulso, conviene rescatar las tesis que el jurista Manuel García-Pelayo
formuló sobre la Corona, sustentadas en una idea axial tomada de Benjamin
Constant: el principio de legitimidad funcional. En los Estados contemporáneos,
al Rey ya no lo sostiene el derecho divino ni la herencia mística. Su
legitimidad es, por supuesto, estrictamente legal y constitucional, pero por
encima de todo es una legitimidad de ejercicio. Siguiendo a García-Pelayo, es
legítima aquella institución cuya existencia y acción constituyen una
aportación necesaria o esencial para el mantenimiento renovado del sistema. El
artículo 56 de la Constitución, cuando mandata que el Rey arbitra y modera el
funcionamiento regular de las instituciones, no dibuja un adorno inerte, sino
un actor del sistema cuya razón de ser se revalida diariamente a través de su
utilidad práctica. Esta función difusa no se funda en la potestas o
capacidad ejecutiva directa, sino en una auctoritas indiscutible que
nace de su estricta neutralidad y de su ejemplaridad personal.
Por ello, cuando el Ejecutivo bloquea la
agenda real, ataca directamente la línea de flotación de esa legitimidad
funcional. Al impedirle ejercer su papel integrador en un momento de crisis,
Moncloa busca vaciar la institución por dentro para luego declararla
prescindible. Y eso no es respetar las reglas del juego, porque lejos de ser un
mero símbolo decorativo, el Monarca es depositario de una «reserva de poder» destinada
a activarse en situaciones verdaderamente excepcionales que supongan un riesgo
existencial para la supervivencia del orden constitucional. En un Estado
tensionado por la polarización y las asimetrías territoriales, la función
moderadora del Rey opera como una salvaguarda técnica indispensable, dotada de
la facultad de negar la sanción de una ley en casos extremos donde pueda estar
en cuestión la vigencia de la Constitución como un todo o la unidad de la
nación.
Pretender patrimonializar la agenda real
supone despojar al Estado de su infraestructura jurídica más fría y previsible.
Mientras que un Ejecutivo mide sus decisiones en estrategias demoscópicas y
entrevistas de conveniencia, la Monarquía Parlamentaria aporta una permanencia
ajena al mercado electoral y a las dependencias de los socios de gobierno. Su
naturaleza estructural la sitúa al margen de las urgencias de los mandatos
temporales y de la necesidad de asegurar un futuro político personal, concentrando
la representación en un único núcleo no faccioso y blindando la Jefatura del
Estado frente a los incentivos perversos del cortoplacismo.
La declaración de Sánchez en la SER
constata que las costuras del régimen del 78 están bajo una presión cesarista
sin precedentes que intenta colonizar de manera absoluta todos los espacios del
Estado. En una arquitectura institucional gravemente amenazada por la
fragmentación legal en función de privilegios, la legitimidad funcional de
Felipe VI, vinculada a su derecho constitucional de arbitraje y a su obligación
de hacer guardar la Constitución, se revela hoy más necesaria y urgente que
nunca. Defender hoy la integridad de la Monarquía Parlamentaria frente al
ninguneo gubernamental no es un ejercicio de mística histórica ni de afecto
nostálgico, sino un acto de estricta higiene constitucional indispensable para
salvaguardar las reglas del juego y garantizar que la igualdad civil de todos
los ciudadanos no termine saltando por los aires.
domingo, 30 de agosto de 2026
EL SUICIDIO DE OCCIDENTE. Por qué hemos decidido dejar de defendernos
La actualidad mediática a menudo
funciona como un espejo deformante, diseñado no para reflejar la realidad, sino
para moldearla a conveniencia de un relato oficial (recordar que el término relato
es un eufemismo de lo que siempre hemos denominado cuento, fruto del
terrorismo semántico que nos invade). Así, durante casi todo el mes de agosto,
la insostenible presión vivida por la población ceutí, niños y ancianos
incluidos, ha sido despreciada no ya por el Gobierno de España, sino por la
mayor parte de los medios informativos nacionales, centrados exclusivamente en
el drama de los inmigrantes, que, por supuesto también merece atención. Y solo
a final de mes, cuando esos ciudadanos ceutíes invisibles e ignorados han
explotado, solo entonces han conseguido un importante eco mediático, pero no
tanto por su personal drama, sino para enarbolar los fantasmas del racismo y la
xenofobia, alentando estos ya viejos demonios populares y atizando una
importante dosis de pánico moral totalmente innecesaria porque nuestro
ordenamiento jurídico tiene herramientas más que sobradas si no para
eliminarlos sí para neutralizarlos.
Lo cierto es que esas imágenes de
descontrol y saturación que logran imponerse no son la raíz del problema, sino
el síntoma visible de un mal mucho más profundo: el choque entre unas
democracias asediadas y su propia parálisis voluntaria.
Lo que estamos presenciando no es un
fenómeno migratorio espontáneo movido únicamente por la necesidad, sino una
táctica calculada que los expertos definen como guerra híbrida. Y es que, en
definitiva, nos vemos abocados a defendernos de estrategias de velada
hostilidad en las que terceros países utilizan a seres humanos —a menudo
menores y personas en situación de extrema vulnerabilidad— como auténticos
arietes humanos. El objetivo es claro: chantajear, desestabilizar el Estado del
bienestar y fracturar la cohesión social del país receptor. Y lo hacen con la
absoluta certeza de que nuestras propias leyes y nuestros principios morales nos
impedirán responder con idéntica crudeza. Explotan nuestra civilización contra
nosotros mismos.
Frente a este chantaje geopolítico, se
ha instalado la falsa creencia de que las democracias son sistemas
inherentemente débiles, condenados a sufrir pasivamente estas injerencias. Pero
la democracia tiene una forma de defenderse, y reside en uno de sus principios
más sagrados: el Estado de Derecho. La ley no es una sugerencia ni un
instrumento moldeable al calor de las emociones coyunturales; es el muro de
contención contra la arbitrariedad y el caos. Para que una democracia
sobreviva, la aplicación de la ley debe ser implacable, manteniéndose muy por
encima de las moralidades pasajeras y de esa interpretación
"buenista" que ha terminado por confundir la debilidad ejecutiva con
la virtud humanitaria.
No obstante, el verdadero drama no se
libra únicamente en las fronteras físicas, sino en nuestra propia psique
colectiva. Occidente padece una profunda crisis de identidad, agarrotado por un
complejo histórico paralizante. El justificado horror ante los totalitarismos
del siglo XX —el nazismo y el estalinismo— nos ha dejado atrapados en un estado
de shock permanente, un sentimiento de culpa que nos incapacita para
reivindicar lo nuestro. Hemos llegado a un punto en el que dudar de nuestra
propia legitimidad se considera un signo maravilloso de sofisticación
intelectual, mientras que defender nuestras fronteras y nuestra cultura es
estigmatizado de inmediato bajo acusaciones de racismo y xenofobia.
Pero para defender algo, primero hay que
estar convencido de que merece la pena ser defendido. Urge, y de un modo imperativo,
sacudirnos ese complejo y volver la mirada hacia los cimientos que han hecho de
nuestras sociedades el refugio de libertad y prosperidad más extraordinario de
la historia de la humanidad. Y urge porque nuestro legado no nace del vacío ni
se ha construido en dos días y sin esfuerzo, sino que es la suma de tres
pilares irrenunciables. Venimos de Atenas, que nos legó la razón, el
pensamiento crítico y la capacidad de autogobierno. Venimos de Roma, que aportó
la arquitectura institucional y la soberanía de la ley objetiva. Y venimos del cristianismo,
que introdujo una revolución moral sin precedentes al postular la dignidad
intrínseca e inviolable de cada individuo. Y todo ello rematado por un
Renacimiento, una Ilustración, una Industrialización y unos debates sociales
por los que ninguna otra civilización ha pasado, y de los que ha derivado un
modelo de convivencia y progreso únicos. Esa es nuestra identidad, y tenemos el
derecho y la obligación ineludible de preservarla.
Como advertía el historiador Arnold
Toynbee, las civilizaciones no mueren por asesinato, sino por suicidio. El
mayor riesgo para las sociedades libres no proviene de la fuerza de quienes
empujan nuestras vallas, sino de nuestra propia claudicación interna. Si
renunciamos a afirmar nuestra identidad y vaciamos de contenido nuestros
valores, ese espacio será rápidamente ocupado por ideas y grupos que,
amparándose en nuestra tolerancia, buscan activamente destruir nuestro modelo
de convivencia.
No tenemos la obligación de salvar al
mundo ni de imponer por la fuerza nuestra forma de vida a culturas que no
desean asumirla. Pero sí tenemos el deber histórico de mantenernos firmes.
Occidente debe volver a ser un faro seguro de sí mismo: implacable en la
aplicación de su Estado de Derecho, celoso protector de sus fronteras y
profundamente orgulloso de su herencia. Si hemos decidido dejar de defendernos,
todavía estamos a tiempo de revertir la decisión. Porque si perdemos aquello
que nos hace quienes somos, el problema no será de quienes nos reemplacen, sino
exclusivamente nuestro.
jueves, 27 de agosto de 2026
NO VERÉ CAER LAS HOJAS TRAS MI VENTANA (Antonio Envid)
Imagen generada con IA (Gemini)






