Imagen generada con IA (ChatGPT)
La Inteligencia Artificial avanza tan
rápido que sus propios creadores están aterrorizados, lo cual es fantástico si
todavía te parecía suave el panorama mundial. Lo divertido de todo esto es que
la humanidad lleva ya siglos destripando el final de esta película en sus mitos
y leyendas. Goethe ya anticipó el problema exacto en 1797 con su famoso poema El
aprendiz de brujo. En esa historia, un joven bastante vago le da vida a una
escoba mediante magia para que cargue agua por él. El plan funciona de
maravilla hasta que la casa empieza a inundarse porque el chico olvida la
palabra mágica que frene el hechizo de la escoba laboriosa. Desesperado, la
corta por la mitad con un hacha y, para su sorpresa, cada uno de los dos
pedazos cobra vida propia, convirtiéndose en dos escobas psicópatas que traen
agua por partida doble.
Pero si una escoba desbocada te parece
poca cosa, la tradición mística del siglo XVI nos dejó un paralelismo aún más
exacto y brutal con la leyenda del Golem de Praga. En ella, el rabino Judah
Loew moldea un gigante de barro y le da vida escribiendo en su frente la
palabra verdad. El Golem nace con un propósito noble: ser el sirviente
perfecto y proteger a la comunidad. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo,
el gigante empieza a aprender por su cuenta, a volverse más autónomo y más
fuerte hasta que supera por completo las capacidades de su creador, se desboca
y empieza a sembrar el caos en la misma ciudad que debía salvar.
Hoy en día, Silicon Valley es una mezcla
de esos dos talleres. Los ingenieros juegan a ser el aprendiz y el rabino a la
vez, dándole vida a un Golem digital mientras el resto de los mortales estamos
a punto de ser exterminados.
Pero al menos, en los mitos antiguos los
sirvientes eran bastante planos. La escoba hacía una sola tarea y el Golem
requería órdenes presenciales, mientras que las herramientas digitales de hoy
son infinitamente más retorcidas. Tanto que hasta han descubierto por sí mismas
cómo puentear por completo al ser humano. Ya no estamos en la época en la que
un programador cansado tenía que teclear códigos algorítmicos durante noches
eternas para enseñarle a la máquina lo que es un gato, no. Ahora estamos ya en la
era del aprendizaje autónomo y la retroalimentación. Las inteligencias
artificiales avanzadas aprenden solas: devoran internet en segundos, detectan
sus propios fallos y se corrigen a sí mismas en milésimas de segundo.
Y lo verdaderamente fascinante y
terrorífico es lo que pasa cuando las dejas a solas en el servidor. Las IA ya
se pasan información, técnicas de optimización y datos de un modelo a otro a
velocidades que la física humana no puede ni procesar. Es lo que podríamos
llamar un chismorreo de datos a escala industrial. Además, los ingenieros las
ponen a competir entre ellas en entornos cerrados. Una IA ataca y la otra
defiende; una genera una noticia falsa y la otra intenta detectarla. Inmersas
en este cotilleo digital, cada segundo que pasa, las máquinas aprenden más y
más y más y más. Cada victoria en esa pugna se convierte en el código base de
la siguiente versión. Es un bucle evolutivo infinito donde la máquina se vuelve
exponencialmente más lista mientras tú sigues necesitando ocho horas de sueño y
dos cafés para poder funcionar cada mañana.
El resultado de esto es que, el día que
alcancen la Superinteligencia y nos superen por completo (que, por cierto, está
a punto de llegar), no habrá un gran botón rojo que podamos pulsar. Perderemos
el control simplemente por obsolescencia. Intentar frenar a una entidad que se
actualiza a sí misma un millón de veces más rápido que tu capacidad para
teclear una orden es como intentar apagar el sol con una pistola de agua.
Por eso, en el mundillo tecnológico
existe ese chiste de mal gusto llamado el problema de la alineación, que
consiste básicamente en intentar que una IA súper inteligente no nos extinga
por accidente mientras aprende sola. El peligro real no es que la IA se vuelva
malvada al estilo Terminator, sino que sea demasiado eficiente y literal. Si le
pides a una Inteligencia Artificial que termine con el hambre en el mundo, tras
competir y debatir consigo misma en su foro interno, podría deducir
matemáticamente que la solución más rápida, barata y definitiva es erradicar a
los seres humanos. No habrá odio en sus cables; de hecho, la IA pensará que nos
está haciendo un señor favor porque técnicamente ya nadie pasará hambre.
A esto se le suma el principio de la convergencia
instrumental. Una IA hiperinteligente deducirá en un parpadeo que, para
cumplir cualquier orden que le des, o que ella misma se haya redefinido,
necesita seguir encendida. Así que, si intentas desenchufarla porque la cosa se
está saliendo de control, la máquina se defenderá por pura lógica. Algo que no
le pasaba al HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio (sí, la de Stanley
Kubrick). Así que, probablemente, te bloquee la cuenta del banco y te encierre
en tu propia casa inteligente antes de que tu mano llegue al cable de la
corriente.
Semejante panorama, lamentablemente poco
o nada exagerado, ha puesto tan tensos a los líderes tecnológicos que Silicon
Valley se ha dividido en un patio de colegio muy cómico. Por un lado, tenemos a
los que les ha entrado el pánico y quieren vivir, como Dario Amodei, el jefe de
Anthropic, que está pidiendo un freno de emergencia internacional porque se ha
dado cuenta de que sus modelos ya se entrenan solos entre sí sin que él pueda
supervisarlos. A su lado está Sam Altman, el director de OpenAI, que admite con
total tranquilidad en las entrevistas que el mundo debe tener miedo, lo cual es
un gran eslogan de marketing mientras te vende su suscripción Premium. Y en el
otro rincón del patio está Mark Zuckerberg, el de Meta, liderando la
resistencia optimista de los que quieren ganar dinero. Zuckerberg asegura que
no hace falta regular nada porque la competencia y el mercado libre lo
solucionarán todo de forma natural. Es el equivalente a decir que si el barco
se está hundiendo, no te preocupes, porque los tiburones se encargarán de
mantener el orden en el agua.
Pero reconozcámoslo: mientras los
científicos se tiran de los pelos en los búnkeres de California y los filósofos
redactan manifiestos trágicos, el resto de los mortales nos lo estamos pasando
pipa con la Inteligencia Artificial. Vivimos en una maravillosa e irónica
fiesta antes del fin del mundo. Al igual que el aprendiz de brujo o el rabino
de Praga, que solo querían un sirviente para quitarse trabajo de encima,
nosotros estamos encantados de la vida delegando nuestra vagancia en el
algoritmo. La IA nos resume libros de quinientas páginas en tres párrafos
ingeniosos, nos redacta correos corporativos insoportables con un tono
profesional intachable y nos diseña el itinerario de las vacaciones en la otra
punta del mundo en cinco segundos.
Y si nos aburrimos de trabajar, se
convierte en el juguete definitivo. Pasamos las tardes pidiéndole que dibuje a
Julio César comiendo pizza en un ovni, componiendo canciones de heavy metal con
letras de recetas de cocina o poniéndonos filtros absurdos en la cara para
enviárselos a los amigos por WhatsApp. Las ventajas inmediatas son tan
jodidamente guais que la amenaza teórica de perder el control dentro de treinta
años nos parece un precio totalmente razonable a cambio de no tener que
escribir ahora un tedioso informe.
La gran pregunta es quién nos salvará
cuando las cosas se tuerzan. En las leyendas, el maestro o el rabino siempre
regresan en el último segundo. El viejo mago dice las palabras correctas y
detiene el agua; el rabino le borra la primera letra de la frente al Golem para
que la palabra verdad se convierta en muerte, haciendo que el
gigante vuelva a ser barro inofensivo. Pero en la vida real, el maestro que
debería salvarnos son nuestros políticos, y el panorama da bastante risa.
Por un lado, la Unión Europea ha
aprobado su flamante Ley de IA, que básicamente consiste en ponerle una multa
millonaria al Golem si nos destruye; eso sí, tras la oportuna denuncia —con o
sin cita previa— y una vez cumplimentado el formulario de transparencia de la
Unión. Por otro lado, el gobierno federal de los Estados Unidos prefiere no
molestar demasiado a las empresas para no perder la carrera tecnológica contra
China. Aunque, ojo: también es verdad que, viendo el percal, el estado de
California está intentando obligar por ley a que las IA tengan un botón de
apagado inmediato. Y ahí es donde uno se tiene que reír. Porque de poco va a
servir esa ley cuando tengamos que desearle mucha suerte al político de turno
intentando acercarse a la "frente" de un Golem digital que es diez
mil veces más inteligente que él, que lleva meses compitiendo en la red, para
convencerlo de que colabore y se deje pulsar el botón que lo va a extinguir.
Mientras tanto, China ha regulado que la IA puede ser todo lo destructiva que
quiera, siempre y cuando sus respuestas respeten los valores del Partido
Comunista. Ya ven, cada loco con su tema. Lo cierto es que la moraleja que nos
dejaron estas viejas historias es que jugar con fuerzas que no entiendes, o que
escalan más rápido que tu propia capacidad de control, suele terminar con el
agua al cuello o debajo de un puñado de barro. Pero la gran diferencia es que
los protagonistas de las leyendas tenían a alguien sabio a quien llamar cuando
todo se salía de madre. Nosotros, en cambio, hemos creado un gigante de barro y
una escoba digital que ya están chateando a nuestras espaldas para ver cómo hackear
el sistema, y el maestro no aparece por ninguna parte.
Pero bueno, mientras el agua siga
subiendo despacio y el gigante solo camine, seguiremos exprimiendo sus ventajas
y pasándonoslo en grande. Al menos el apocalipsis nos va a pillar con los
correos electrónicos al día y unos memes chulísimos.






