sábado, 31 de octubre de 2026

URDA. La falacia del factor humano: por qué la NBA demuestra que la alta velocidad no puede depender de una inteligencia natural.

 

(Imagen generada por IA -ChatGPT)


Si ni el ser humano más seleccionado, entrenado y monitorizado del planeta puede ser infalible, resulta una temeridad diseñar un sistema ferroviario cuya última barrera de seguridad, cuando cae la tecnología, dependa de que un operario de Adif no se equivoque.


Existe una verdad matemática e incómoda que la ciencia del rendimiento deportivo ha dejado al descubierto: el ser humano, llevado a su máxima expresión de preparación y excelencia, sigue siendo estructuralmente falible. Las franquicias de la NBA invierten fortunas astronómicas en seleccionar al talento más exclusivo del globo. Sus jugadores son sometidos a entrenamientos biomecánicos, análisis estadísticos en tiempo real, preparación física de extraordinaria intensidad y un seguimiento médico permanente. Y, sin embargo, los datos históricos de la liga son implacables: el porcentaje medio de acierto en tiros de campo ronda el 47%, lo que significa que aproximadamente el 53% de esos lanzamientos no entra.

Naturalmente, un lanzamiento fallado en el baloncesto no equivale necesariamente a un error humano; la disciplina incorpora oposición física, incertidumbre y una dificultad deliberadamente creada por el adversario. Pero el dato ilustra algo mucho más elemental: incluso una destreza específica, practicada millones de veces por seres humanos excepcionalmente seleccionados y entrenados, conserva un margen inevitable de fracaso. La perfección humana tiene límites neurocognitivos. Y esa constatación debería preocuparnos de forma extrema cuando abandonamos una cancha de baloncesto y entramos en un centro de control ferroviario. El reciente accidente ocurrido en la línea de alta velocidad en Urda (Toledo) ha venido a demostrar hasta qué punto una degradación de los sistemas automáticos puede volver a colocar sobre el factor humano una responsabilidad crítica.



La gran objeción: tratar la seguridad nacional con estatus de estrella


Llegados a este punto, cualquiera podría objetar la comparación: «Al fin y al cabo, las estrellas de la NBA son figuras de un negocio multimillonario del espectáculo, no funcionarios públicos regulados». Pero es precisamente en esa réplica donde radica el núcleo del escándalo moral, político y operativo.

Cuando lo que está en juego no es un partido de baloncesto, sino la vida de miles y miles de personas cada día y la soberanía de las comunicaciones de España, ¿no debería tratarse a quienes la custodian como a verdaderas estrellas? Si para garantizar el éxito en un juego recreativo de masas se exige un nivel extraordinario de cualificación, selección, entrenamiento y monitorización, resulta difícil comprender que quienes pueden encontrarse tomando decisiones de las que dependen centenares de vidas no reciban un tratamiento profesional acorde con semejante responsabilidad. Quien tiene en sus manos la prevención de una catástrofe ferroviaria de magnitud nacional debería contar con los recursos económicos, el entrenamiento intensivo en simuladores de crisis y la consideración profesional de una auténtica élite.



1.449 euros de sueldo base para una responsabilidad de Estado


La realidad de los Centros de Regulación y Control (CRC) de Adif destapa una contradicción difícil de ignorar entre la responsabilidad atribuida a estos trabajadores y su posición económica dentro de la propia organización pública. El Factor de Circulación de Entrada de Adif corresponde al nivel salarial 4. Su tabla salarial oficial estipula un sueldo base de 1.449,37 euros brutos mensuales. Es cierto que, al añadir las pagas extraordinarias, las primas de circulación o producción y los complementos por objetivos, la retribución bruta anual de entrada se eleva como referencia por encima de los 31.900 euros. No estamos ante trabajadores que perciban literalmente 1.449 euros mensuales, pero tampoco ante una élite profesional remunerada y protegida psicológicamente de acuerdo con una supuesta obligación civil de no equivocarse jamás.

¿Qué precio real le pone el Estado a la persona que, en una situación de degradación tecnológica, debe tomar en pocos minutos decisiones de las que dependen centenares de vidas humanas que viajan a 300 kilómetros por hora?

A ello se añade una cuestión que merece ser discutida. El sistema de acceso exige conocimientos del Reglamento de Circulación Ferroviaria, pruebas psicométricas y requisitos de aptitud psicofísica. Los trabajadores reciben además formación específica y necesitan las correspondientes habilitaciones para ejercer funciones de seguridad. No estamos, por tanto, ante personas elegidas simplemente por memorizar un reglamento. La pregunta es otra: ¿selecciona y entrena el sistema, con suficiente intensidad, auténticos pilotos de tormentas: profesionales específicamente preparados para tomar decisiones críticas bajo condiciones excepcionales de estrés, saturación informativa y degradación simultánea de los sistemas automáticos? Porque conocer perfectamente el reglamento y ser capaz de aplicarlo durante una jornada normal no es exactamente lo mismo que mantener intacta la capacidad de decisión cuando varios sistemas comienzan a fallar simultáneamente y cada segundo importa.



El escenario de Urda: cuando la tecnología rabiosa nos devuelve a los pedales


El suceso de Urda ha desmontado la peligrosa complacencia según la cual la informática de última generación puede hacernos invulnerables. El pasado 28 de octubre, una grave incidencia provocó la caída del sistema de supervisión y protección LZB en el tramo afectado de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. El LZB está precisamente concebido para realizar algo que ningún cerebro humano puede efectuar con idéntica continuidad: supervisar permanentemente la circulación y actuar automáticamente ante determinadas situaciones de peligro.

Al quedar fuera de servicio el LZB, la circulación sufrió una brusca regresión tecnológica: de la supervisión continua automática se pasó a un régimen degradado apoyado en señalización lateral, procedimientos reglamentarios y comunicaciones humanas. La seguridad no desapareció, pero el peso del factor humano aumentó decisivamente. Y ahí comienza la parte verdaderamente inquietante.

Un tren Iryo quedó detenido en la vía. Por detrás circulaba un AVE de Renfe. Según los datos conocidos hasta ahora, el AVE había sido autorizado a continuar bajo Bloqueo de Señalización Lateral en «marcha normal», llegando a circular a velocidades de entre 160 y 200 kilómetros por hora. Mientras tanto, el centro de control recibió la comunicación de que el Iryo permanecía detenido. Las informaciones conocidas sobre el protocolo aplicable apuntan a que el AVE debería haber avanzado en «marcha a la vista», con una velocidad máxima de 40 kilómetros por hora que permitiera detener el tren ante cualquier obstáculo. No ocurrió así. El resultado, según la cronología oficial conocida hasta ahora, fue un alcance a las 8:53 de la mañana.

La investigación técnica y judicial deberá establecer definitivamente qué ocurrió, qué procedimientos eran exactamente aplicables, qué decisiones se adoptaron y dónde se produjeron los distintos fallos. No corresponde a un artículo periodístico anticipar una sentencia. Pero existe una pregunta que puede formularse ya: ¿qué barrera independiente debía haber impedido que una decisión humana incorrecta pudiera terminar colocando a dos trenes en trayectoria de colisión?

El problema no es el operario. Esto no es un alegato contra la cualificación o el esfuerzo de los trabajadores de Adif. Es exactamente lo contrario. Un ser humano perfectamente formado, habilitado y conocedor del reglamento puede confundirse. Puede sufrir una sobrecarga cognitiva. Puede interpretar incorrectamente una información. Puede perder durante unos segundos la representación mental exacta de la posición de varios trenes. Puede recibir simultáneamente varias comunicaciones. Puede entender mal una instrucción o creer que otra persona dispone de una información que en realidad desconoce. Puede, sencillamente, equivocarse. Y no por incompetencia.

Porque la biología le impide ser un ordenador. Y ahí reside la verdadera falacia del factor humano: imaginar que podemos eliminar su falibilidad mediante más selección, más reglamentos o más presión sobre quien ocupa la silla. No podemos.



La seguridad no necesita héroes: necesita redundancia


La ingeniería de seguridad moderna —y, como metáfora intuitiva, también la estadística de la NBA— nos obliga a dejar de formular la pregunta equivocada: «¿Cómo conseguimos que este controlador ferroviario no se equivoque jamás?». La única pregunta madura para una infraestructura crítica es otra: «¿Cómo conseguimos que, cuando inevitablemente un ser humano se equivoque, su error no pueda convertirse en una catástrofe?»

Un país tecnológicamente avanzado tampoco puede aspirar a sustituir la falibilidad humana por una imaginaria infalibilidad informática. Los ordenadores fallan. Los sensores fallan. Las comunicaciones fallan. La alimentación eléctrica falla. El software falla. Urda parece precisamente una dramática demostración de que distintos fallos técnicos pueden concatenarse. Por eso la solución no consiste en sustituir la fe en el hombre por la fe en una máquina. La solución se llama redundancia.

La seguridad de España exige una arquitectura tecnológica independiente, diversificada y diseñada a prueba de fallos individuales. Si el sistema principal —LZB o ERTMS— queda fuera de servicio, deben existir barreras de respaldo capaces de mantener automáticamente condiciones seguras de circulación, evitando que un único fallo técnico o una única decisión humana puedan abrir por sí solos el camino hacia una catástrofe. Y si también falla una segunda barrera, debe existir otra. La filosofía de la seguridad no consiste en conseguir componentes infalibles. Consiste precisamente en asumir que todos pueden fallar y diseñar el sistema para que ningún fallo aislado tenga consecuencias irreversibles.



La tecnología debe protegernos también de nosotros mismos


El progreso tecnológico no consiste simplemente en colocar más pantallas delante de un operario. Consiste en diseñar sistemas capaces de impedir que nuestros errores inevitables produzcan consecuencias irreparables. Si falla el sistema automático principal, el sistema de respaldo debería mantener, en la medida técnicamente posible, una protección suficiente para impedir que dos trenes puedan encontrarse en situación de colisión.

Y si finalmente resulta necesaria la intervención humana, esa intervención debería producirse dentro de un entorno tecnológico concebido para detectar, advertir y, cuando sea técnicamente posible, bloquear una decisión incompatible con la seguridad. No para sustituir al trabajador. Para protegerlo. Y para protegernos a todos de aquello que ningún proceso selectivo, ningún examen psicométrico, ningún reglamento y ningún reconocimiento médico podrá eliminar jamás: nuestra condición humana.

La alta velocidad española no puede seguir jugándose en una ruleta rusa analógica cuando falla su primera barrera tecnológica. Si seguimos confiando en el heroísmo individual de operarios sometidos a una responsabilidad extraordinaria, en lugar de construir sistemas donde el error humano sea detectado y neutralizado por nuevas barreras independientes, estaremos pidiendo a la inteligencia natural algo que ni la ciencia ni la experiencia permiten exigirle: que no falle nunca.

Y entonces, el próximo triple fallo no será una estadística deportiva. Será otra tragedia nacional.


De Mis conversaciones contra la IA


sábado, 24 de octubre de 2026

TODO LO QUE NO SE QUIERE DECIR SOBRE EL TEMA DE LA VIVIENDA (Antonio Envid Miñana)

 

(Imagen generada con IA -Gemini-)

Escucho por ahí: «antes los jóvenes reclamaban poder comprar una vivienda, ahora se conforman con poder alquilarla». Pues no; a los jóvenes, sin perjuicio de carecer de recursos para comprar una vivienda —lo cual es cierto—, eso no les preocupa hoy. Lo que quieren es poder pagar un alquiler e independizarse. A su edad son conscientes de que no van a vivir siempre en el mismo lugar, de que tendrán que peregrinar de ciudad en ciudad, o incluso de país en país, en pos de trabajo, o de que ampliarán sus estudios lejos de donde nacieron. Por tanto, carece de sentido anclarse a un sitio por la propiedad de una vivienda, y mucho menos por una hipoteca. Finalmente ha llegado a nosotros la práctica, generalizada en toda Europa, en la que la gente vive de alquiler y solo comienza a pensar en adquirir su vivienda cuando ha alcanzado cierta estabilidad familiar y laboral, y cree que ya se halla establecida en un lugar concreto.

Comprar y vender una vivienda suele ser un pésimo negocio, dados los altos impuestos y costos que rodean estas transacciones. Los españoles de cierta edad suelen pensar: «mira, mi casa me costó tanto y hoy vale bastante más, me he hecho rico con esta compra». Y eso sin venderla, simplemente viendo los precios de fincas similares.

Nos hace felices ver las cosas así, aunque todo sea producto de una mera ilusión financiera. En primer lugar, esos ciudadanos pertenecen a generaciones en las que era habitual crecer y vivir en un mismo lugar sin verse obligados a desplazarse de modo permanente; si no toda la vida, al menos una gran parte de ella. En segundo lugar, no cuentan con que ese dinero que pagaron ha sufrido mucho más el efecto de la inflación que el inmueble. Los inmuebles, salvo aquellos que se ubicaban en zonas periféricas que se han ido consolidando dentro del entramado urbano, también han ido perdiendo valor con el tiempo, pero mucho menos que el dinero.

España viene sufriendo desde tiempo inmemorial una inflación constante, a veces vertiginosa. No tenemos que acudir a los tiempos en que Fuentes Quintana se vio obligado a devaluar el 20 % del valor de la peseta; hoy, según el último dato del INE, la inflación interanual en septiembre es del 4,9 %. No es que el precio de los pisos sea elevado, es que el dinero que pagamos no vale nada.
Varios factores confluyen en la actual escasez de viviendas. Uno de ellos, indudablemente, es el crecimiento de la población, sobre todo en las grandes ciudades; pero destaca, principalmente, lo poco que se ha construido en los últimos años. Enfriado el sector de la construcción tras la locura que se vivió en la época de Zapatero, este ha sido muy cauto a la hora de sacar al mercado nuevas viviendas. En el caso concreto de la vivienda social, gran parte de la culpa la tiene el sector gubernamental. La Ley del suelo obliga a todo urbanizador a ceder al municipio gratuitamente una parte del suelo nuevamente urbanizado. Con esta normativa, el legislador creyó que los Ayuntamientos obtendrían un banco de solares ya urbanizados que podrían destinarse a la promoción de viviendas sociales; sin embargo, lo que han venido haciendo es vender especulativamente esos solares para alimentar las arcas municipales. Por eso el sector público ha construido tan pocas viviendas para el alquiler o para ser adquiridas a un precio asequible; eso, sumado al cortoplacismo con el que suelen actuar los poderes públicos.



viernes, 23 de octubre de 2026

MARICARMEN: La persona, el símbolo, la contradicción política y el disparate institucional

 Imagen generada con IA (ChatGPT)

Maricarmen Abascal murió a los 87 años, catorce días después de ser desahuciada de la casa donde vivió siete décadas. Su lanzamiento se produjo, simple y llanamente, por la extinción legal de su contrato de renta antigua y tras completarse un procedimiento judicial que cumplió con todos los requisitos y garantías procesales para su efectividad. El hecho de que la propiedad le ofreciera un contrato nuevo —fueran cuales fuesen sus condiciones— no altera en absoluto la base legal y procesal que motivó el desahucio. Sin embargo, durante semanas, la imagen de su salida del edificio en camilla la transformó en el rostro indiscutible de la crisis de la vivienda en España. Pero los símbolos, al construirse sobre personas de carne y hueso, corren el riesgo de chocar frontalmente con la biografía.

La cautela documental 

Antes de reescribir la historia, el rigor periodístico exige comprobar de forma irrefutable (y así se supone que se habrá hecho) que la "María del Carmen Abascal Martín" que figura como administradora de FIEBA y vicesecretaria del consejo de JINUR S.A. (una sociedad de inversión y explotación inmobiliaria con un capital de 950 millones de pesetas en 1994) es la misma persona. Asumir la identidad sin cruzar el DNI del Registro Mercantil con el del expediente judicial supondría cometer la misma ligereza que hoy se critica a quienes la encumbraron, máxime ante un nombre y unos apellidos bastante comunes. 

Una contradicción política insostenible 

Si la verificación documental confirma el dato, conviene ser precisos. El pasado de Maricarmen, ni el de nadie, sirve para justificar una injusticia actual, en el supuesto de que la hubiera. Ocupar un alto cargo societario hace treinta años no equivale a poseer personalmente esos 950 millones, ni atenúa la dureza humana de abandonar un hogar en la vejez.

Sin embargo, desde el punto de vista político y narrativo, el hallazgo plantea una contradicción insostenible. Resulta un despropósito argumental elevar a la categoría de símbolo supremo contra la especulación inmobiliaria a alguien cuya actividad mercantil pasada encarnaba diametralmente lo opuesto a la causa que hoy se defiende. Si un movimiento político o social necesita personificar la vulnerabilidad frente al mercado, existen sin duda biografías mucho más coherentes para sostener esa bandera sin que el relato colapse. Que, además, este relato se haya plasmado literalmente en la exposición de motivos de una norma legal publicada en el BOE, eleva el despropósito a categoría de disparate institucional.

El fracaso de la inercia mediática 

La responsabilidad de este cortocircuito no recae en una mujer que simplemente afrontaba el final de su etapa en esa vivienda, sino en el ecosistema mediático y político que fabrica santos laicos por pura inercia. Arrastrados por el impacto emocional de una imagen, dirigentes y medios convirtieron un caso particular en paradigma nacional sin hacer el trabajo básico de consultar un registro público. Las trincheras ideológicas exigen víctimas inmaculadas, pero este caso demuestra que, al sacrificar la comprobación en favor de la propaganda emocional, se corre el riesgo evidente de elegir al símbolo equivocado.

De Mis conversaciones con la IA

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POSTDATA: Una comprobación que cambia el alcance de la información

Después de redactar este artículo he podido realizar una comprobación adicional que considero necesario incorporar, por elemental rigor periodístico.

La información publicada por OKDIARIO sobre la trayectoria societaria de María del Carmen Abascal no se basa simplemente en la existencia de una persona con ese nombre en la documentación mercantil. El propio medio ha contrastado la identidad de la persona que aparece en los documentos del Registro Mercantil con la de la Maricarmen protagonista del procedimiento de desahucio, recurriendo a su documentación identificativa y haciendo constar, además, su fecha de nacimiento.

Esta comprobación resulta particularmente relevante porque elimina la objeción más inmediata que podía hacerse a la información: la posibilidad de que se tratara de una simple homonimia.

Por tanto, después de examinar las fuentes y las comprobaciones efectuadas por el propio periódico, considero que la información de OKDIARIO debe darse, mientras no aparezca una prueba que la contradiga, por suficientemente contrastada. Naturalmente, cualquier medio tiene plena libertad para verificarla por su cuenta y llegar a una conclusión diferente. Pero si pretende afirmar categóricamente que es falsa, que se trata de un bulo o que la persona identificada en el Registro Mercantil no es la misma que protagonizó el caso del desahucio, ya no basta con expresar dudas sobre la procedencia de la información: debe aportar una comprobación fehaciente que desmienta la identificación realizada por OKDIARIO.

Y esta precisión refuerza, en lugar de debilitar, la tesis central de este artículo, redactado, he de confesarlo como tantos otros, no como fruto de una conversación con la IA sino como una conversación contra la IA. Y cuando hablo de IA, hablo de varias herramientas condicionadas por la información mayoritaria y por determinados sesgos ideológicos dominantes contra los que siempre hay que luchar si se persigue un mínimo rigor y una mínima objetividad.

En definitiva, no estamos ante una información que deba aceptarse porque la publique un determinado periódico. Estamos ante una información susceptible de ser comprobada documentalmente por cualquier otro medio. La cuestión, por tanto, no es quién la publica ni cuál sea su orientación editorial, sino si los hechos que afirma son verdaderos.

Y en este caso concreto hemos podido comprobar algo que resulta esencial: OKDIARIO hizo precisamente la comprobación que despeja la duda fundamental sobre la identidad de la persona de la que hablaba.

De modo que, a partir de ahora, el debate ya no debería ser si «hay que creerse a OKDIARIO». La pregunta correcta es mucho más sencilla:

¿Hay algún documento o comprobación que demuestre que la María del Carmen Abascal que aparece en aquellas sociedades no es la misma María del Carmen Abascal protagonista del desahucio?

Hasta que aparezca esa prueba, lo objetivamente razonable es considerar acreditada esa identidad y discutir, a partir de ahí, las consecuencias —políticas, mediáticas o sociales— que cada cual quiera extraer de los hechos.


De Mis conversaciones contra la IA

lunes, 19 de octubre de 2026

INVOLUCIÓN (The answer, my friend, is blowin' in the wind)

(Imagen generada con IA)

¡Venid, chicos, mirad Limoges, su ayuntamiento, años y años de convivencia hechos cenizas! ¡El fuego abajo en la planta baja, sí, las llamas lamiendo las viejas vigas de madera, subiendo y devorando las plantas superiores hasta que la cubierta del siglo XIX y la torre se desploman con un rugido de piedra que araña las conciencias! ¡Arte, arte abstracto con pinceladas de humo y nada! Pero no busques la respuesta  en los libros! ¡Tomad nota en vuestras tablets: ciento cinco ayuntamientos asaltados a lo largo y ancho de la Galia, doscientos setenta y tres cuarteles policiales bajo el asedio de la multitud, y doscientos cuarenta y tres centros educativos, escuelas e institutos donde ya no resuenan las lecciones sino el estruendo de cristales rotos! ¡Dos mil quinientos ocho edificios dañados en la gran contabilidad del caos! ¡Mirad, mirad la plaza Bellecour de Lyon, la Oficina de Turismo que resistió ciento setenta y cuatro inviernos hoy es solo un esqueleto chamuscado! ¡Los alcaldes de Lille, Marsella y Grenoble contemplan sus puertas forzadas; la Marianne de París profanada y su busto en Marsella rodando por el suelo, derribados sin piedad, mientras la prefectura de la Gironda en Burdeos se ve invadida por la furia, y las sedes de CNews y Europe 1 en París reciben una lluvia de pedradas en sus cristaleras! El gobierno sale al paso, se rasca los bolsillos, y resuelve: doscientos cincuenta millones de euros para la reconstrucción de los símbolos de la Patria... Pero los arquitectos y artesanos advierten que el arte no se resuelve sólo con dinero, y que harán falta hasta dos años para que esos viejos palacios abran de nuevo sus puertas.

¡Mirad, mirad el zoco del pillaje, navegad sobre el océano de comercios arrasados! ¡Entre mil y dos mil establecimientos y almacenes asaltados a lo largo y ancho de La France! ¡Cincuenta Carrefours vandalizados y veinte de ellos totalmente vaciados,  exentos como el desierto! ¡Cien comercios desvalijados en Burdeos, con la calle Sainte-Catherine convertida en un flujo de mercancías robadas! Ocurrió en París, en Marsella, en Lyon, en Lille, en Montpellier y en Toulouse; la costosa Avenida Montaigne y las tiendas de la FNAC fueron violadas por los monstruos de la noche. ¡Más de doce mil coches ardiendo en las avenidas como hogueras entre nubes asfixiantes, miles de contenedores convertidos en rusientes barricadas, el mobiliario urbano en brasas! Mil barrenderos  arrancando la rabia a los adoquines, a jornada completa. Las aseguradoras con miles de partes sobre la mesa: más de ochocientos millones de euros. Y los pequeños comerciantes con sus negocios cerrados  entre tres y seis semanas para recuperar caros por escasos productos y proveerse de unas persianas y unos cerrojos imposibles por falta de personal, material... y seguridad. Las  estadísticas, implacables: el veinticinco por ciento de ellos irá a la quiebra y nunca más podrán abrir... ¡Sí, chaval... y el viento sigue soplando sobre los escaparates rotos!
¡Pasen, pasen y vean el catálogo de la carne masacrada, el recuento del dolor en esta arena de espanto! Un hombre murió en París, con el corazón roto por el esfuerzo y el horror en mitad de la refriega. ¡Un adolescente de diecisiete años en Saint-Étienne con la mano derecha amputada, desgarrada por la explosión de una granada que estalló a destiempo! Más de mil civiles atendidos en los hospitales con brechas en la cabeza, contusiones e inhalando el humo amargo de los gases lacrimógenos. ¡En el otro lado del frente, entre ciento cincuenta y seiscientos policías, gendarmes y bomberos heridos, algunos de ellos debatiéndose en la extrema gravedad de las UCI! Y cuarenta mil agentes desplegados por las carreteras de la nación para contener el dique roto de la calle.
¡Mirad, mirad la marea humana, ochocientas mil almas movilizadas con los puños en alto o los rostros tapados en las plazas de toda Francia! Al final de la noche, el balance de los calabozos: entre mil ochocientos y dos mil detenidos arrastrados a las celdas del país, ochocientos cincuenta y cinco solo en París. ¡Pero no rebléis. Escuchad el eco más terrible que flota en el viento de la plaza: entre el ochenta y nueve y el noventa por ciento de los detenidos son menores, muchachos que apenas empiezan a vivir y ya conocen el sabor de las rejas!
¡Y el locutor del noticiario, incólume...! Cuando los narradores callan y el polvo se asienta, los sabios de la ciudad discuten por las esquinas de las plazas desiertas. Vale de cifras. Vale de ruidos. Basta la mirada asombrada de la calle.  Pero, amigos,  andamos todos atrapados por el hechizo de la canción contrapuesta: a un lado, el clamor de quienes ven en este inventario el acta de defunción de Occidente; en el otro, la voz áspera que interpreta cada destrozo como el síntoma terminal de una quiebra estructural profunda, el grito desesperado de un sistema ciego que normalizó la exclusión antes de que la calle saltara en mil añicos. 
No, no le des más vueltas, chico... la masa se disuelve, las cifras quedan para quienes las padecen, y la respuesta sigue y seguirá flotando en el viento.
De Mis conversaciones con la IA


domingo, 18 de octubre de 2026

EL ASCENSOR DESAHUCIADO. Cuando el talento vive de alquiler

 

(Imagen generada con IA)

Hay confesiones televisivas que actúan como un escáner de la salud nacional. Hace unos días, en el plató del que seguramente es el programa diario de mayor audiencia en prime time, dos firmas imprescindibles de nuestro periodismo compartían un dato demoledor: superados holgadamente los cuarenta y en la cúspide de su influencia, los dos viven de alquiler.

Que la élite de la trinchera mediática —ella, un bisturí implacable en tribunales; él, uno de los analistas más lúcidos del país— siga sujeta a la inestabilidad inmobiliaria certifica una avería estructural. Hace un par de décadas, su nivel de excelencia profesional garantizaba un patrimonio sólido. Hoy, el prestigio público ya no se traduce en seguridad financiera.

Este escenario trasciende la anécdota para reflejar la fractura de la promesa sobre la que se asienta cualquier democracia sana: la existencia de una clase media robusta. A diferencia de nuestros vecinos del norte y centro de Europa, donde el binomio sueldo-coste de vida aún permite acumular ahorro, España está consolidando una "precariedad ilustrada". Cuando el talento y el esfuerzo ya no bastan para asegurar un techo sin angustias, el contrato social se quiebra, perdiendo el colchón vital que garantiza la paz social y amortigua los extremismos.

En el ámbito de la comunicación, esta asfixia económica esconde además un peaje democrático gravísimo: el colapso de la independencia periodística. Como acreditó con crudeza Marta Gómez Montero en el programa de Jesús Cintora, la precarización obliga a muchos a tragar con líneas editoriales impuestas o, literalmente, a "comer mucha mierda" para poder pagar las facturas a fin de mes. La audacia y la libertad de expresión exigen una red de seguridad material. Si el profesional vive en el alambre, encadenando colaboraciones como un jornalero de la opinión, el riesgo de la sumisión y la autocensura se multiplica.

Si quienes nos explican el mundo cada día y destacan en sus disciplinas no logran asentar su propia estabilidad, la promesa del mérito ha saltado por los aires. Destruida esa promesa, no hay clase media; y sin un tejido social libre y seguro, el futuro del país queda irremediablemente a la intemperie.


De Mis conversaciones con la IA

lunes, 5 de octubre de 2026

EL PAPA DE LA ORTODOXIA Y EL PROFETA DEL VICIO

Imagen generada con IA (Gemini)

 

Por un Occidente que apenas representa el 15 % de la población global, un extraño fervor normativo se ha apoderado de sus élites. Bajo el paraguas de un mesianismo verde y tecnocrático —del cual la Agenda 2030 es su compendio más ilustrativo—, la civilización occidental pretende dictar un código de conducta riguroso, casi monacal, destinado a frenar el deterioro ecológico del planeta. Lo paradójico no es solo que una minoría demográfica aspire a imponer este manual de restricciones al restante 85 % de la humanidad; lo verdaderamente desconcertante es que, al mismo tiempo, Occidente desarma sus fronteras y sus estructuras morales mediante una filosofía de tolerancia e integración absolutas. Una apertura asimétrica frente a un "resto del mundo" que, en gran medida, no comparte sus valores y, en sus vertientes más radicales, aspira a fagocitarlos. ¿Cómo se explica semejante inmolación civilizacional?

Para rastrear el disparo intelectual de salida de este repliegue, es imprescindible regresar a 1945, año en que el filósofo Karl Popper publicó La sociedad abierta y sus enemigos. Popper legó una de las mayores advertencias del siglo XX: la "paradoja de la tolerancia". El filósofo austriaco argumentaba que si una sociedad es tolerante de manera ilimitada, su capacidad de tolerar será finalmente destruida por los intolerantes. Lo que Popper concibió como una vigorosa defensa de la democracia liberal frente a los totalitarismos nazi y soviético, la posmodernidad occidental lo terminó desvirtuando. Occidente transformó la "sociedad abierta" en una intemperie espiritual: un espacio híper-regulado en lo material y económico, pero completamente relativista y vaciado de certezas en lo identitario. Al renunciar a sus dogmas fundacionales en nombre de una inclusión sin contrapartidas, la civilización se ha quedado sin anticuerpos morales para defenderse.

Es precisamente en este vacío existencial donde emerge la inquietante convergencia entre dos figuras aparentemente antitéticas: el difunto pontífice Juan Pablo II y el polémico novelista francés Michel Houellebecq.



El Papa y el provocador: Una coincidencia en el abismo

A primera vista, la hipótesis resulta casi herética. Michel Houellebecq es considerado por los sectores tradicionales como la encarnación misma del vicio, el nihilismo y la depravación de las letras contemporáneas; un cronista implacable de la decadencia sexual, la alienación y el consumo. Por su parte, Karol Wojtyła representó la ortodoxia, la defensa inquebrantable de la ley natural y los valores absolutos de la Iglesia católica.

Sin embargo, al adentrarse en las páginas de Las partículas elementales (1998), se descubre una asombrosa lucidez sociológica. Houellebecq no escribe desde la inmoralidad celebratoria, sino desde el diagnóstico clínico de una autopsia. A través de la trágica alienación de sus protagonistas, Bruno y Michel, el autor francés sitúa el colapso de la civilización occidental en la resaca del Mayo del 68. Al disolver la familia, mercantilizar el cuerpo y entronizar el egoísmo hedonista, Occidente atomizó a sus ciudadanos hasta convertirlos en partículas aisladas, infelices y estériles.

Es en este punto exacto donde el novelista del vicio le da la razón al Papa de la ortodoxia. En la novela se verbaliza con crudeza: solo Juan Pablo II vio venir el suicidio de Occidente.

¿Qué fue lo que vio el Pontífice? Wojtyła acuñó el concepto de "Cultura de la muerte" para advertir que una sociedad que reduce la existencia al bienestar material, al utilitarismo económico y al placer inmediato, está condenada a la extinción demográfica y espiritual. Ambos, desde trincheras opuestas, coincidieron en que la Iglesia progresista cometió un error fatal al intentar "secularizarse" y mimetizarse con la modernidad tolerante para agradar al mundo. Al liquidar sus propios absolutos, Europa generó un vacío metafísico colosal. Y la historia demuestra que los vacíos espirituales siempre acaban siendo llenados por otras culturas con identidades colectivas mucho más fuertes, asertivas e intolerantes.


La Agenda 2030 como el sucedáneo moral de las élites

Desprovistas de una mística o de una fe común que justifique la supervivencia y la reproducción, las élites dominantes de Occidente han tenido que fabricar un sucedáneo moral para justificar su gobernanza. Aquí es donde encajan las agendas globales contemporáneas.

Al no poder ofrecer una salvación para el alma, la burocracia de Bruselas y Washington ofrece una "salvación para el planeta". Se trata de un puritanismo laico y secularizado: la culpa judeocristiana ya no se purga en el confesionario, sino cumpliendo rigurosas normativas de huella de carbono y consumos restringidos. Sin embargo, este relato ecologista no es más que una máscara ideológica. Incapaz de insuflar vitalidad demográfica o coraje defensivo a una población envejecida, el discurso verde funciona, en última instancia, como un mecanismo de ingeniería financiera y control social que beneficia a las élites corporativas mientras acelera la pérdida de relevancia geopolítica del viejo continente.

La inmolación de Occidente se explica, por tanto, como una crisis de fe en sí mismo. Una civilización que comenzó fascinada por la promesa de la "sociedad abierta" de Popper, terminó devorada por sus propias paradojas. Al final del camino, resulta poético —y profundamente perturbador— que la mirada gélida del novelista coincida con la advertencia del Pontífice. Cuando los dogmas espirituales se extinguen y solo quedan el vacío material y la culpa regulatoria, la caída es inevitable. Es la paradoja última de nuestro tiempo: ha tenido que ser el cronista de la decadencia quien certifique que el vicario de Cristo tenía razón. El texto está escrito, el cuerpo civilizacional se desangra bajo la máscara de sus agendas globales, y en esta asombrosa coincidencia entre el Papa de la ortodoxia y el profeta del vicio, solo nos queda asistir a la autopsia de una inmolación civilizacional.


De Mis conversaciones con la IA

domingo, 27 de septiembre de 2026

MIRADAS EN LA TARDE (Antonio Envid Miñana)

 

Imagen generada por IA (ChatGPT)


¿Qué contempla ese viejo sentado en el parque?
Parece arrobado, ni siquiera puede
mover su postura, no sea que pierda el encanto.
No mira a los niños que juegan,
tampoco a los gorriones que llegan
a por las miguitas que ha esparcido
tan distraídamente, que ya las ha olvidado.
Pero, ¿qué mira? ¿Podéis decírmelo?
No mira esa realidad que lo rodea,
Ya no le concierne, la actualidad lo ha desplazado
Fijaos, poneos delante. No se dará cuenta,
salvo porque le quitáis el sol,
ese sol benéfico y tibio de los viejos,
seguirá ensimismado.
Ved su mirada profunda, mira hacia dentro
Se pierde por los pasillos de su laberíntica memoria,
atraviesa derribos y salas abatidas
para encontrar su verdadera realidad,
la que le es propia, y nadie puede arrebatarle
Encontrará fantasmas del pasado,
cuando eran jóvenes y de gentil figura.
Avanzarán hacia él con gesto amable.
El tiempo no ha pasado para ellos.
Nítidos o envueltos en bruma
y desparecerán de inmediato.
Esa es su verdadera realidad, no la que le rodea,
que ya no le corresponde
Se internará por secretas cámaras que preservan
prístinos los paisajes de su juventud donde fue feliz.
Los momentos amargos se han borrado.
¿Qué miran si no es la devastación del tiempo
los viejos sentados en los parques?


                                                                                                                   Antonio Envid

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