Imagen generara con IA (ChatGPT)
En el tardofranquismo se repetía mucho aquello
de que "siempre que pasa igual, ocurre lo mismo". Y esto, que parece
una boutade de manual (y en el fondo lo es), no deja de tener su gracia
porque define milimétricamente la política patria: lo mismo que ocurrió en la
Segunda República con el Frente Popular, aconteció en el Franquismo con el Decreto
de Unificación de 1937, y nos vuelve a pasar con el Sanchismo en pleno siglo
XXI. Exacto: siempre que pasa igual, ocurre lo mismo.
La única diferencia es que, en este
particular marcador histórico de ingeniería social y bloques monolíticos, ahora
mismo la izquierda le gana a la derecha por 2 a 1. Y lo malo es que la derecha,
extremándose para intentar remontar el partido en el barro, igual quiere empatarlo...
y entonces sí que la terminamos de… enredar. Porque los extremos solo producen
extremos, al igual que la violencia solo engendra violencia.
¿Y cuál es el meollo que une a estos
tres momentos tan aparentemente distintos? Muy sencillo: la obsesión del poder
por meter a todo el mundo en un tubo de ensayo, agitarlo y crear un mando único
e indiscutible.
Miren las concomitancias. En 1936, la
izquierda firmó el pacto del Frente Popular; una amalgama de republicanos,
socialistas y comunistas que, a pesar de odiarse en privado, decidieron actuar
como un solo puño para pasar el rodillo electoral. Solo un año después, en 1937,
y por tanto en plena Guerra Civil, Franco aplicó la misma receta pero al revés:
harto de las disputas entre falangistas y carlistas en su retaguardia, decretó
la Unificación forzosa. Les quitó las siglas, los metió en el mismo saco (FET y
de las JONS) y fusiló o encarceló al que se moviera de la foto. Dionisio
Ridruejo lo llamó un "golpe de Estado a la inversa". Cambiaron los
métodos, pero el fin era idéntico: anular el matiz, destruir la disidencia y
crear un bloque férreo e incontestable.
Y ahora llegamos al Sanchismo del siglo
XXI. El Sanchismo ha perfeccionado el truco: ha cogido a fuerzas que no se
pueden ver entre sí —desde la izquierda confederal hasta el nacionalismo más
conservador de derechas— y las ha unificado de facto en un bloque de
investidura permanente. ¿El pegamento? El presupuesto público y la necesidad
mutua de supervivencia. Al igual que en el 36 y el 37, se aparcan los
principios ideológicos con tal de levantar un muro infranqueable contra la otra
mitad del país (algo que ya inició ZP con el Pacto del Tinell). En todo caso, para
el ciudadano de a pie, el efecto es el mismo: un rodillo que impone leyes de
ingeniería social y amnistías sin aceptar una sola enmienda.
Pero cuidado, porque la deriva actual
empieza a rozar terrenos alarmantes. Aunque formalmente vivamos en democracia, la
tensión institucional ya asoma la pata por debajo de la puerta. Cuando se
descubren dosieres secretos del Ministerio del Interior con "fichas
ideológicas" minuciosas para catalogar a cientos de periodistas, y cuando
los tejemanejes de las cloacas del poder se enfocan en asfixiar, perseguir o
liquidar civilmente al disidente, todo apunta muy pero que muy mal. Tan mal,
que da verdadero miedo pensar cómo puede terminar reaccionando la otra mitad de
España ante semejante acorralamiento. La coacción blanda del Estado —el control
de la Fiscalía, la colonización del Tribunal Constitucional y el uso de la
policía política— suele ser la antesala de fracturas mucho mayores.
Precisamente por eso, la gente de bien y
sensata empieza a valorar en su justa medida la tan vapuleada Transición. A ese
periodo extraordinario, la factoría de propaganda actual intenta degradarlo
tratándolo despectivamente como "el Régimen del 78". Qué inmensa
injusticia. Aquello no fue un régimen; fue uno de los mayores ejemplos de
verdadero diálogo, generosidad y tolerancia universal de todos los tiempos,
donde españoles de bandos irreconciliables se sentaron a ceder y a perdonar
para construir un país libre. ¿Qué hubo injerencias? Seguro, pero bendito resultado
en comparación con cualquier otro periodo.
Pues bien, hoy, ese espíritu de
concordia ha sido dinamitado. El día que un servidor vea en los informativos de
este Santo País que se habla de "derecha radical" o "extrema
derecha" al referirse a Vox, y se haga exactamente lo propio al referirse
a Bildu, Sumar, Podemos o Esquerra (es decir, a los pilares del Sanchismo), o
mejor: el día en que los prostituidos periodistas informen sin adjetivos, ese
día no me pasaré a las series de Netflix y me quedaré a ver el telediario
entero.
Pero la realidad que nos tragamos a
diario es la del embudo. Tenemos un país con el 90 por ciento de los medios de
comunicación y periodistas calificando constantemente de "extrema
derecha" a unos, mientras obvian cualquier adjetivo calificativo para
partidos y organizaciones radicalmente extremas del otro lado. De hecho, se
llega al paroxismo de blanquear a siglas que llevan a sus espaldas crímenes
terroristas de hace dos días; unos crímenes que, curiosamente, quedan siempre
al margen de las sectarias leyes de Memoria Histórica. Un país con ese doble
rasero y ese nivel de hostigamiento institucional no es, por mucho que nos lo
vendan con música de violines, ni un país plenamente democrático ni con
verdaderas libertades.
Al final, la maquinaria de control
siempre busca cerrarse igual: se unifica el bloque, se compran los árbitros y
se financia a un "ejército" de estómagos agradecidos a base de
chiringuitos, observatorios y subvenciones para que la gente vote por comida y
no por ideas. Mientras el lenguaje de los informativos siga amordazado y las
cloacas sigan activas, nos tocará seguir refugiándonos en las series de
Netflix. Al menos ahí la ficción es más honesta... y se pasa menos miedo.
Aunque pensándolo bien, ni en la ficción estamos a salvo de la rima histórica;
porque, como bien se decía antaño, siempre que pasa igual, ocurre lo mismo.






