El fenómeno social del deporte femenino
en España encara su momento más crítico: la confrontación directa entre el
fervor político y el frío veredicto de las leyes del mercado. Mientras
pabellones como el Príncipe Felipe de Zaragoza baten récords de asistencia con
el Casademont femenino, el ecosistema audiovisual ha hecho estallar la burbuja
del fútbol femenino, lanzando una seria advertencia que amenaza de muerte el
proceso de profesionalización.
El último concurso para la adjudicación
de los derechos de televisión de la Liga F (la Primera División de Fútbol
Femenino) ha quedado completamente desierto. Tras la espantada de la plataforma
DAZN —que ha roto su contrato un año antes de lo previsto—, ninguna cadena de
televisión ha querido cubrir el precio mínimo de salida de siete millones de
euros. Fuentes del sector audiovisual consultadas por el diario digital THE
OBJECTIVE califican el escenario actual sin rodeos: «Quieren colocar un
producto que no gusta, y eso el mercado no lo admite».
Una burbuja ficticia inflada por la
política
Este desplome audiovisual destapa las
costuras de un modelo que ha crecido a marchas forzadas bajo el amparo de la
Moncloa. Al calor de las políticas de igualdad y del tirón del Mundial de 2023,
el Gobierno inyectó ingentes cantidades de fondos públicos (incluyendo 16
millones de euros directos del CSD) y presionó para una profesionalización
exprés que equiparase estas competiciones a las masculinas.
Sin embargo, los datos demuestran que se
trataba de una estructura artificial. La audiencia televisiva nunca respondió
y, para colmo, la asistencia a los estadios de la Liga F se ha desplomado un
18,6% en la última temporada, concentrándose la mitad de todo el público
únicamente en los partidos del FC Barcelona. Fuera de los tres grandes
transatlánticos (Barça, Real Madrid y Atlético), la viabilidad económica de las
plantillas medias y modestas es insostenible si falla el dinero de la
televisión.
Vasos comunicantes: el coste interno
del éxito en Zaragoza
La crisis del fútbol femenino contrasta
en las formas con la estrategia seguida por el baloncesto, pero el modelo de la
canasta tampoco está libre de tensiones internas. En clubes polideportivos o
con secciones unificadas bajo una misma Sociedad Anónima Deportiva (SAD), el
crecimiento del deporte femenino ha empezado a operar bajo la ley de los vasos
comunicantes.
El ejemplo más evidente se vive en la
capital aragonesa. Mientras el Casademont Zaragoza femenino ("las
chicas") no ha dejado de crecer en presupuesto, fichajes de relumbrón y
masa social, la sección masculina de la Liga Endesa (ACB) ha experimentado un
declive deportivo constante. Las voces críticas señalan una realidad financiera
incómoda: en una estructura con recursos globales limitados y recortes en las
partidas institucionales, el imparable auge del proyecto femenino se ha
logrado, en parte, mordiendo y fagocitando el presupuesto histórico del equipo
masculino, que la pasada temporada salvó la categoría en el último segundo. En suma: vestir un santo para desnudar al
otro.
La implacable ley de la oferta y la
demanda
A pesar de esta redistribución interna y
del músculo de patrocinadores como el Grupo Costa, el baloncesto femenino se
asoma al mismo abismo que el fútbol si eleva sus pretensiones salariales fuera
de la realidad comercial. Las subvenciones sirven hoy como red de seguridad
obligatoria para el Casademont, pero el club no puede fiar su subsistencia
futura a un mercado audiovisual que ya ha dado su veredicto.
Y es que el mercado no entiende de
decretos ni de voluntades políticas, sino de masa crítica dispuesta a pagar por
consumir un producto. Y mientras, en fútbol masculino, el Real Zaragoza, en
Primera Federación, al margen ya del fútbol profesional, ha superado con creces
este año los 20.000 socios, y podrían ser muchísimos más los aragoneses que
paguen por ver sus partidos desde cualquier plataforma. Esta abismal diferencia
evidencia que el respaldo económico natural e histórico de los aficionados
sigue fluyendo de forma masiva hacia los formatos tradicionales del deporte
masculino, incluso cuando estos atraviesan su peor crisis institucional.
A la Liga F de fútbol solo le quedan dos
salidas ante el mercado desierto: rebajar dramáticamente sus pretensiones
económicas en la segunda puja del 19 de agosto, o activar "el comodín de
la televisión pública". Expertos del sector dan por hecho que RTVE o los
canales autonómicos tendrán que acudir al rescate de la competición con dinero
de los contribuyentes, ya que las televisiones públicas pueden asumir pérdidas
millonarias sin importarles los datos de audiencia.
La situación actual deja una lección
económica inapelable. Los decretos gubernamentales, las leyes con perspectiva
de género y las dinámicas internas de los clubes para potenciar la igualdad
pueden alterar las prioridades presupuestarias a nivel local, pero no pueden
obligar al espectador a encender el televisor de pago. Sin interés real del
consumidor, no hay negocio privado posible; y sin negocio privado, el deporte
femenino español seguirá condenado a depender crónicamente de la caridad
presupuestaria del Estado o del sacrificio deportivo de sus homólogos
masculinos.






