sábado, 30 de mayo de 2026

Del Legajo Digital a la Batalla Cultural: Cómo el acceso democrático a las fuentes primarias desmantela la Leyenda Negra y el sesgo protestante.



Introducción: El Mito frente al Documento

La historia de la Modernidad europea suele narrarse como un despertar lineal que avanza desde el oscurantismo religioso medieval hacia las luces de la razón de los siglos XVII y XVIII. En este esquema historiográfico tradicional, profundamente influido por las imprentas y la propaganda de las potencias protestantes del norte del continente, el mundo católico mediterráneo —y muy especialmente la Monarquía Hispánica— ha sido retratado como el bastión de la intolerancia, el atraso científico y la brutalidad institucional. Este constructo cultural, conocido formalmente como la Leyenda Negra, fijó en el imaginario colectivo occidental una serie de arquetipos inamovibles: la Inquisición como una máquina de tortura sádica e irracional, el caso Galileo como el martirio definitivo de la ciencia a manos del fanatismo, y la expansión española en ultramar como una campaña de mera destrucción y explotación colonial.

Sin embargo, la historiografía moderna, fundamentada en el análisis riguroso de los archivos judiciales y las actas procesales, ha provocado un vuelco copernicano en estas afirmaciones. Al examinar el periodo con objetividad científica, emerge una paradoja histórica de gran envergadura: mientras el norte de Europa se sumergía en el caos punitivo de la caza de brujas, la arbitrariedad de los linchamientos populares y la justificación teológica del absolutismo mercantil, el sur católico articulaba el primer sistema procesal con garantías jurídicas del mundo moderno, sentaba las bases del derecho de gentes y los derechos humanos universales a través de la Escuela de Salamanca, y desplegaba una política global de integración cívica y cultural que replicaba sus propias instituciones —universidades, hospitales y ciudades— en los confines de la Tierra.

 


I. Anatomía de una Distorsión: La Verdad Histórica del Caso Galileo

El proceso contra Galileo Galilei en el siglo XVII constituye el núcleo fundacional del mito del conflicto permanente entre la ciencia y la fe. La propaganda de la Leyenda Negra asimiló este episodio para presentar a las instituciones eclesiásticas como enemigas juradas de la razón, construyendo una narrativa mártir que la historiografía contemporánea ha desmontado punto por punto. Galileo jamás fue quemado en la hoguera, nunca fue torturado físicamente, ni pasó un solo día en un calabozo oscuro. Murió por causas naturales a los 78 años y pasó sus periodos de reclusión bajo arresto domiciliario en palacios y villas de lujo, como la Villa Medici en Roma o su propia residencia en Arcetri.

 

1. El escenario científico y el déficit de pruebas

Para comprender el juicio de 1633, es imprescindible despojarse del anacronismo. En la primera mitad del siglo XVII, el heliocentrismo copernicano era considerado por la comunidad científica de la época —incluidos los astrónomos jesuitas del Colegio Romano— como una excelente hipótesis matemática de cálculo, pero carecía de pruebas físicas concluyentes. El telescopio de Galileo revelaba las fases de Venus y los satélites de Júpiter, lo que demostraba que el sistema de Ptolomeo era erróneo, pero no probaba de forma automática que la Tierra se moviera.

De hecho, la gran prueba física que Galileo aportó para demostrar el movimiento terrestre se basaba en el flujo de las mareas, una teoría científicamente incorrecta que contradecía las leyes de la física y que fue rechazada por sus propios contemporáneos (como Johannes Kepler, quien ya apuntaba correctamente a la influencia de la Luna). La Iglesia no prohibía la investigación del heliocentrismo siempre que se tratase como un modelo matemático; lo que exigía, siguiendo los principios epistemológicos dictados por el cardenal Roberto Belarmino, era no enseñarlo como una verdad física absoluta hasta que no se presentaran pruebas definitivas.

2. El factor político y el error personal

El desencadenante del segundo juicio no fue la astronomía, sino una ruptura de la confianza personal y política en el convulso contexto de la Guerra de los Treinta Años. En 1632, Galileo publicó su célebre Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. El Papa Urbano VIII (Maffeo Barberini), que hasta entonces había sido admirador, amigo y protector del astrónomo, le había dado permiso para escribir la obra siempre que expusiera los argumentos de forma neutral.

Galileo desobedeció esta directriz e introdujo las tesis geocéntricas que defendía el Papa en la boca de un personaje ficticio llamado Simplicio. En el lenguaje de la época, el nombre no solo aludía al filósofo Simplicio de Cilicia, sino que jugaba con el significado de "simplón" o "necio". Sentirse ridiculizado públicamente en un texto satírico transformó un debate científico en un conflicto de autoridad y diplomacia pontificia.

3. El veredicto técnico del Santo Oficio

Galileo no fue juzgado por la Inquisición Española, sino por la Inquisición Romana. El tribunal lo declaró "vehementemente sospechoso de herejía", no por hacer ciencia, sino por quebrantar un requerimiento formal dictado en 1616 que le ordenaba explícitamente no sostener, enseñar ni defender el copernicanismo. La famosa frase "Eppur si muove" ("Y sin embargo, se mueve") es un mito literario posterior, inventado en Londres en 1757 por el periodista Giuseppe Baretti. El astrónomo firmó su abjuración y pasó el resto de sus días trabajando en su obra cumbre, Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, la cual asentó las bases de la física moderna con la tolerancia tácita de las autoridades de la época.

 


II. El Orden Procesal frente a la Barbarie de las Hogueras del Norte

La distorsión del caso Galileo facilitó la asimilación del Santo Oficio a una institución bárbara y arbitraria. La realidad histórica demuestra que la Inquisición funcionó como uno de los tribunales más avanzados, garantistas y burocratizados de su época, ofreciendo un contraste absoluto con la justicia sumaria y descontrolada que operaba en los territorios protestantes alemanes, suizos, ingleses o escoceses.

 

La Estructura Jurídica del Santo Oficio

Frente al linchamiento popular o el arbitrio del juez local, el proceso inquisitorial español estaba rígidamente codificado por las Instrucciones dictadas por los Inquisidores Generales. El procedimiento no nacía del arrebato, sino de una burocracia funcionarial estricta:

  • La Fase de Calificación: Antes de ordenar la detención de un sospechoso, un cuerpo de teólogos independientes, denominados calificadores, debía examinar las denuncias para determinar si los hechos constituían técnicamente un delito contra la fe. Se evitaban así los arrestos arbitrarios basados en meras rencillas vecinales.
  • El Derecho a la Defensa y las Tachas: El reo no estaba desamparado. Tenía derecho a un abogado defensor (costeado por el propio tribunal en caso de pobreza) y, de manera crucial, a redactar una lista de enemigos personales (tachas). Si se demostraba que el denunciante o un testigo figuraba en esa lista, su testimonio quedaba completamente invalidado por el tribunal, castigándose el perjurio con severidad.
  • El Registro Escrito y la Transparencia Interna: Cada sesión, cada interrogatorio, cada queja e incluso los suspiros y lamentos del preso en su celda debían ser registrados palabra por palabra por un secretario judicial o notario. Esta minuciosidad administrativa es la que ha permitido a los historiadores contemporáneos auditar los archivos del Santo Oficio, revelando que el uso de la tortura fue excepcional (inferior al 3% de los procesos), rígidamente tasado en tiempo (máximo 15 minutos), siempre supervisado por un médico y con la prohibición absoluta de causar mutilación o efusión de sangre. Las confesiones obtenidas bajo tormento carecían de valor legal si el reo no las ratificaba libremente, y sin coacción, al día siguiente.

 

El Pánico y la Caza de Brujas en el Norte Protestante

El contraste con el norte de Europa durante los siglos XVI y XVII resulta desolador. En los principados alemanes, Suiza, Escocia e Inglaterra, la persecución de la brujería y la disidencia religiosa no dependía de una estructura judicial centralizada y garantista, sino de tribunales locales, magistrados de aldea y la presión del populacho encendido por la histeria colectiva.

En estos territorios, la ausencia de un cuerpo doctrinal y de una jerarquía jurídica superior propició la barbarie:

  • Justicia Emocional y Sumaria: Ante una mala cosecha, una epidemia de peste o la muerte del ganado, las comunidades locales buscaban culpables de forma inmediata. Los juicios se despachaban en horas, espoleados por el pánico cívico y el fanatismo de pastores y jueces locales.
  • Ausencia de Apelación: Un tribunal local alemán podía condenar y quemar a decenas de personas en una sola tarde sin que ninguna autoridad judicial superior revisara las pruebas o el procedimiento.
  • La Tortura como Fin: Al no existir manuales procesales restrictivos como los hispánicos, los verdugos del norte utilizaban el tormento de forma ilimitada y continuada durante días para arrancar no solo la confesión de la víctima, sino los nombres de supuestos cómplices, lo que generaba un efecto multiplicador geométrico de las ejecuciones.

Las estadísticas modernas son concluyentes: de las aproximadamente 50.000 ejecuciones por brujería en Europa, la inmensa mayoría se concentraron en los territorios del norte protestante. España permaneció prácticamente ajena a esta locura colectiva gracias a la propia Inquisición. En 1610, tras el brote de brujería en Zugarramurdi, el inquisidor Alonso de Salazar y Frías aplicó el empirismo jurídico: investigó sobre el terreno, interrogó a la población y demostró que las acusaciones eran fruto de la sugestión, la ignorancia y la coacción. Su célebre informe determinó que "no hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos". La Inquisición asumió sus tesis y elevó de tal forma el listón de las pruebas físicas exigibles que, en la práctica, abolió las ejecuciones por brujería en el mundo hispánico siglos antes de que las hogueras se apagaran en la Europa protestante.

 


III. La Escuela de Salamanca: El Fundamento Universal de los Derechos Humanos

Mientras las potencias del norte de Europa justificaban el absolutismo regio, teorizaban sobre el derecho divino de los reyes y desarrollaban un pragmatismo mercantilista que deshumanizaba a los pueblos no cristianos, en el sur de la Península Ibérica se producía una de las mayores revoluciones intelectuales de la historia de Occidente. En las aulas de la Universidad de Salamanca, un grupo de teólogos, juristas y filósofos —principalmente dominicos y jesuitas— refundó el pensamiento jurídico y económico global.

 

Francisco de Vitoria y el Nacimiento del Derecho Internacional

Ante el impacto del descubrimiento y conquista de América, el dominico Francisco de Vitoria dictó sus famosas lecciones (Relecciones de Indios), donde abordó con valentía los justos títulos de la expansión hispánica. Vitoria demolió las teorías medievales que otorgaban al Papa o al Emperador el dominio temporal del planeta, y formuló principios revolucionarios:

  • Soberanía Legítima de los Pueblos: Vitoria defendió que los indígenas americanos eran los verdaderos y legítimos dueños de sus tierras y bienes, y que su condición de paganos o pecadores no les privaba de su derecho natural de propiedad.
  • El Ius Gentium o Derecho de Gentes: Redefinió el viejo concepto romano para transformarlo en el derecho de toda la humanidad. Estableció que el mundo constituye una comunidad de naciones libres y soberanas regidas por un derecho común basado en la razón humana, sentando los cimientos directos del Derecho Internacional moderno.
  • La Teoría de la Guerra Justa: Determinó que la mera diferencia religiosa jamás podía justificar una acción bélica. La guerra solo era admisible en caso de legítima defensa, reparación de una injuria grave o para proteger a los inocentes de la tiranía y de prácticas inhumanas (como el sacrificio humano).

 

La Dignidad Intrínseca y los Límites al Poder

Los pensadores de Salamanca, como Domingo de Soto y Francisco Suárez, sostuvieron que todos los seres humanos, por el simple hecho de poseer una naturaleza racional, comparten los mismos derechos naturales inherentes: la vida, la libertad y la propiedad. Estos derechos no eran una concesión del monarca, sino anteriores al propio Estado.

Este humanismo teológico supuso un freno directo al absolutismo. Filósofos como el jesuita Juan de Mariana defendieron que el poder político emana originariamente de Dios, pero reside en la comunidad de los ciudadanos, quienes lo delegan temporalmente en el gobernante. Si el rey violaba las leyes fundamentales del reino, confiscaba los bienes de sus súbditos o se convertía en un tirano destructivo, la sociedad conservaba legítimamente el derecho de resistencia, llegando a justificar el tiranicidio. Mientras Jacobo I de Inglaterra afirmaba que los reyes solo debían rendir cuentas ante Dios, en España se enseñaba que el rey estaba supeditado a la ley natural y moral de su pueblo.

 


IV. El Legado Ecuménico y la Integración Global de la Monarquía Hispánica

La traducción práctica de los principios de la Escuela de Salamanca y del derecho castellano configuró el modelo expansivo de la Monarquía Hispánica, un sistema político que se diferenció radicalmente de las factorías comerciales y de las colonias de explotación que las potencias protestantes implantaron siglos después. España no concibió sus territorios de ultramar como posesiones subordinadas a una metrópoli extractiva, sino como provincias y Reinos de Indias, integrados bajo un mismo concepto de civilidad heredero de la tradición ecuménica del Imperio Romano.

 

Ciudades, Universidades y Hospitales: El Modelo de Réplica Institucional

Donde el pragmatismo mercantilista holandés o británico del siglo XIX levantaba almacenes fortificados y guarniciones militares segregadas para controlar el comercio, la Monarquía Hispánica fundaba ciudades abiertas y construía universidades.

  • La Red Universitaria Global: Siguiendo el modelo de Salamanca, la Corona fundó la Universidad de Santo Domingo (1538), la Real y Pontificia Universidad de México (1551) y la Universidad de San Marcos en Lima (1551). Para cuando los colonos puritanos ingleses abrieron las puertas de Harvard en 1636 como un colegio teológico local, el imperio hispánico ya gobernaba una red de más de una docena de universidades plenas repartidas por todo el continente americano, donde no solo se enseñaba teología o derecho romano, sino que se crearon cátedras obligatorias de lenguas indígenas (como el náhuatl y el quechua) para dotar a los idiomas nativos de gramática escrita y estatus académico.
  • La Red Sanitaria de Atención Universal: El civismo hispánico se manifestó en la construcción inmediata de hospitales generales y de "naturales" (indígenas) en cada núcleo urbano, donde se integraba la medicina europea con los conocimientos botánicos aborígenes. Este compromiso con la salud pública global culminó en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806), dirigida por el médico Francisco Javier Balmis. Financiada íntegramente por la Corona, constituyó la primera campaña de vacunación masiva y gratuita de la historia mundial, llevando la cura de la viruela a América, Filipinas y territorios de China mediante una cadena humana de niños que mantuvieron el fluido vacunal vivo durante la travesía oceánica.

 

Las Leyes de Indias y la Extensión Jurídica de la Ciudadanía

El reconocimiento de la población nativa como súbditos libres de la Corona —y no como mano de obra esclava o elementos ajenos al Estado— quedó plasmado en las Leyes de Indias (desde las Leyes de Burgos de 1512 hasta las Leyes Nueva de 1542). Este cuerpo legislativo, pionero en el derecho laboral y social, prohibió la esclavitud de los indígenas, reguló la jornada de ocho horas para trabajadores y mineros, estableció el descanso dominical obligatorio y ordenó que los patronos costearan la atención médica de sus obreros.

Para garantizar la aplicación de estas leyes frente a los inevitables abusos de los conquistadores y encomenderos, se creó la figura institucional del Protector de Indios y se instituyeron juzgados específicos dentro de las Reales Audiencias americanos, permitiendo a las comunidades indígenas litigar —y ganar— pleitos de tierras y derechos frente a las propias autoridades españolas.

Este proceso de asimilación e integración cívica se consolidó mediante la promoción explícita del mestizaje legal y biológico (autorizado por el rey Fernando el Católico ya en 1514) y la incorporación de las élites y la nobleza indígena a la estructura aristocrática y administrativa de la Monarquía. Mientras el modelo anglosajón optaba en Norteamérica por la segregación estricta y el desplazamiento forzado de las tribus locales, el modelo hispánico promovió la aculturación y la asimilación, dando nacimiento a una nueva civilización mestiza y universal.

 


V. La Revolución Digital y la Batalla por el Relato en la Era de la Polarización

El siglo XXI ha introducido un punto de inflexión definitivo en el análisis de la Leyenda Negra. Durante generaciones, el relato histórico estuvo monopolizado por las academias del mundo anglosajón y las estructuras editoriales herederas de la visión parcial del protestantismo. Sin embargo, dos fenómenos contemporáneos han alterado radicalmente las reglas del juego: la democratización cultural a través del acceso digital a las fuentes originales y la reacción intelectual frente a las corrientes ideológicas de la posmodernidad.

 

1. La democratización de la cultura y el acceso a las fuentes primarias

El factor técnico más disruptivo ha sido la digitalización masiva de los archivos históricos. Portales como PARES (Portal de Archivos Españoles), los archivos digitalizados del Vaticano o los repositorios de las Reales Audiencias en América han puesto al alcance de cualquier investigador o ciudadano documentos que antes estaban confinados a legajos polvorientos en Sevilla, Simancas o Roma.

Este acceso directo ha roto los filtros interpretativos de la propaganda:

  • Evidencias Incontestables: Las actas reales de los juicios del Santo Oficio, las capitulaciones, los testamentos de caciques indígenas y las cartas de navegación están a un clic de distancia. Cualquier estudioso puede auditar hoy las cifras reales de procesamientos o constatar el estatus de súbditos libres de los nativos americanos.
  • Redes y Contenidos de Divulgación: Las comunicaciones digitales y las redes sociales han permitido el nacimiento de una densa comunidad de historiadores, ensayistas y divulgadores que comparten análisis basados estrictamente en documentos primarios. Esta descentralización de la información ha arrebatado a las élites académicas tradicionales el monopolio de la narrativa, democratizando el debate e inundando el espacio público con datos rigurosos que pulverizan los viejos tópicos protestantes.

2. La polarización occidental y la respuesta a la cultura woke

Este resurgimiento de la verdad histórica no ocurre en un vacío ideológico. El pensamiento occidental atraviesa un periodo de intensa polarización, marcado por la irrupción de una corriente cultural contemporánea (asimilada frecuentemente bajo el término woke) de corte pseudoglobalista y pseudoidentitario. Estas corrientes aplican un presentismo histórico radical, juzgando los acontecimientos de los siglos XVI y XVII bajo parámetros éticos del siglo XXI para promover una culpa colectiva e impulsar la deconstrucción y cancelación del legado civilizatorio de Occidente, derribando estatuas de conquistadores, teólogos y descubridores.

Lejos de lograr la sumisión intelectual, esta imposición ha generado un potente efecto de acción-reacción:

  • Frente de Defensa Cultural: Una parte sustancial de los intelectuales y de la ciudadanía ha encontrado en el rigor de la historia hispánica el mejor antídoto contra el relativismo posmoderno. Estudiar la Escuela de Salamanca o el orden procesal inquisitorial no se hace hoy solo por interés académico, sino como un ejercicio cívico de resistencia y autoafirmación cultural.
  • Impugnación del Discurso Fragmentario: Frente a un modelo identitario que fragmenta las sociedades en minorías permanentemente enfrentadas y victimizadas, el legado de la Monarquía Hispánica se redescubre como una propuesta ecuménica y universalista. El mestizaje legal, la integración en reinos y la creación de una ciudadanía común basada en la igualdad de la naturaleza humana ofrecen un espejo histórico que desarma la retórica divisiva de las agendas contemporáneas.

La batalla por el relato ha dejado de ser una disputa pasiva entre monografías universitarias restringidas para convertirse en un debate vivo y globalizado. La tecnología digital ha proporcionado las armas —los documentos históricos puros— y la polarización cultural ha inyectado la urgencia existencial para utilizarlas.

 


Conclusión: El Triunfo de la Verdad Histórica

La confrontación de los mitos propagandísticos con los datos documentales demuestra que la Leyenda Negra funcionó como una monumental operación de desinformación geopolítica. Las potencias protestantes del norte, poseedoras de una potente industria de la imprenta, consiguieron proyectar sus propias sombras —sus persecuciones religiosas sanguinarias, su caos judicial sumario y sus métodos de exterminio y exclusión colonial— sobre la potencia hegemónica de la época [1567, Montano].

La verdad histórica, rescatada por investigadores de todo el mundo y potenciada por las redes de comunicación del siglo XXI, devuelve una imagen radicalmente distinta. La Monarquía Hispánica, iluminada por los debates teológicos y jurídicos de la Escuela de Salamanca, no solo contuvo la arbitrariedad punitiva a través de tribunales extraordinariamente meticulosos y regulados, sino que vertebró la primera globalización comercial y humana de la historia en torno al Real de a Ocho y el Galeón de Manila. Al extender sus instituciones, sus leyes protectoras, sus universidades y su fe por todo el planeta, España operó una nueva "romanización" global, fundando una comunidad ecuménica de naciones cuya fisonomía jurídica, urbana y cultural sigue viva en los corazones de millones de personas a ambos lados del océano.


De Mis conversaciones con la IA

Servando Gotor

 

domingo, 26 de abril de 2026

ANATOMÍA DEL CONTROL GLOBAL: TUNGUSKA Y EL EMBUSTE DE LA PROTECCIÓN (Servando Gotor)




I. La Medida de Nuestra Insignificancia

El 30 de junio de 1908, el cosmos dictó una lección de física que la humanidad parece haber decidido ignorar en favor de la retórica. El impacto de un meteorito, conocido como el estallido de Tunguska, no fue una advertencia negociable; fue la liberación de una energía equivalente a 1.000 bombas de Hiroshima. En un solo segundo, la naturaleza demostró que nuestra presencia en este planeta depende de una lotería orbital sobre la que, hoy por hoy, apenas tenemos vigilancia. Si ese mismo objeto impactara hoy sobre una zona densamente poblada, la civilización, tal como la conocemos, se detendría en seco.



II. La Paradoja de la Prioridad: ¿Supervivencia o Fiscalización?

El aspecto más revelador —y escandaloso— de nuestra era es la desproporción abismal entre los recursos destinados a la "seguridad" y las amenazas físicas reales. Mientras que las inversiones en la Agenda 2030 y la transición climática se cuentan por billones de dólares (centrados en la fiscalización del carbono y el control del consumo individual), la Defensa Planetaria apenas recibe una fracción marginal de los presupuestos de las grandes potencias.

Desde una óptica científica, esta jerarquía es un sinsentido. Estamos construyendo infraestructuras para monitorizar la "huella de carbono" de cada filete que consume un ciudadano, pero seguimos dejando la supervivencia de la especie frente a un impacto de 1.000 Hiroshimas en manos del azar. Esta contradicción desnuda los verdaderos intereses: un asteroide es un riesgo "democrático" y externo que no admite impuestos ni regulaciones sociales; el clima, en cambio, es la herramienta perfecta para la ingeniería de la obediencia.



III. El Riesgo como Herramienta de Ingeniería Social

El "embuste" al que estamos sometidos reside en la naturaleza de los problemas elegidos por el poder. Se nos pide sacrificar autonomía y prosperidad en nombre de una "emergencia" que curiosamente requiere una vigilancia microscópica del habitante. Sin embargo, ante eventos geológicos o cósmicos inevitables —como sismos masivos o bólidos espaciales—, el Estado se muestra extrañamente inoperante o desinteresado.

La razón es pragmática y cínica:
  • La amenaza climática permite legislar sobre la vida privada, el transporte y la alimentación.
  • La amenaza de Tunguska solo requiere ingeniería pesada, ciencia honesta y soberanía técnica. 
Lo primero genera control; lo segundo seguridad.


IV. Conclusión: El Despertar ante el Simulacro

Una civilización que posee la tecnología para rastrear cada céntimo que gasta un ciudadano, pero que afirma "no tener recursos" para blindar el cielo contra impactos devastadores, no está preocupada por salvar el planeta; está preocupada por salvar su sistema de dominio.

Tunguska es el recordatorio definitivo de que el universo no entiende de cumbres climáticas ni de indicadores de sostenibilidad. Al final, solo quedan dos opciones: o invertimos en la soberanía técnica para proteger la vida de los riesgos físicos reales, o admitimos que la actual "protección planetaria" es solo el disfraz de una ambición mucho más mundana: el control total de la población bajo el pretexto de una urgencia fabricada. La próxima roca de 15 megatones no aceptará compromisos de emisiones como escudo.


Servando Gotor



jueves, 23 de abril de 2026

LUX AETERNA (Servando Gotor)

 



Si miras la noche ves el pasado...
Sí, porque en las noches más transparentes,
el cielo arranca sus arrugas y nos muestra su pasado,
desnudo y hermoso; cierto y luminoso...

Hace años escribí estas líneas para una de mis novelas, y perdón por la autocita. Pero es que en aquel momento la idea nacía de una profunda inquietud filosófica, no solo referida al negro firmamento. De hecho, al asomarme a la noche a pie de calle, me asaltaba el vértigo del solipsismo, esa duda abismal sobre si el mundo sigue ahí cuando le damos la espalda. ¿Existe la ciudad cuando nadie la vive? ¿Es el universo cuando nadie lo ve? Pensaba en el silencio atroz de las calles vacías y me preguntaba qué sería de su esencia si no estuviera yo, aquí y ahora, para atestiguarlo. Inevitablemente, terminaba dándole la razón a Schopenhauer al sentir que el mundo era mi representación, y a Berkeley cuando sentenciaba que no hay objeto sin sujeto. Buscaba en el cielo un pasado que no conocía, asumiendo que mi reflexión era, en cierto modo, una hermosa licencia poética.

Pero la poesía a veces esconde una física aplastante. Cualquier duda que albergara sobre aquella intuición literaria se desvaneció por completo durante una visita nocturna al Teide.


La biología de la oscuridad

A pesar del prosaico contexto turístico que suele rodear estas excursiones, la experiencia me marcó profundamente. Arriba, en lo más alto, busqué un refugio alejado de cualquier rastro de luz artificial; buscaba la noche más noche, la oscuridad más rotunda. Y una vez allí, simplemente comenzó la mirada al cielo.

El espectáculo es un proceso, no una revelación instantánea. Al principio, el firmamento te regala apenas unas cuantas estrellas, seguramente las más luminosas. Pero, poco a poco, empiezan a asomar otras. Y luego otras. Y otras más, hasta que el negro firmamento se colma de cientos y cientos de puntos de luz, saturando la mirada como el decorado más kitsch de un portal navideño.

Uno podría atribuirle este prodigio a la magia del lugar, pero a poco que se piense, la realidad impone su maravillosa crudeza: no es que las estrellas vayan apareciendo, es que tu pupila, hambrienta de luz, se dilata enormemente para abrirse paso en la tiniebla. Son tus propios ojos los que le arrancan a la oscuridad esos astros que parecían ocultarse. La primera y prosaica conclusión que se saca de esto es un baño de humildad: nuestra vista, al igual que el resto de nuestros sentidos, es de una limitación abrumadora.


El firmamento como máquina del tiempo

A esta revelación biológica le sigue un "falso prodigio" aún mayor. Las estrellas que finalmente logramos captar ni son ni están allí donde las ubicamos. Únicamente fueron y estuvieron.

La luz que impacta en nuestra retina ha tenido que cruzar un espacio tan inabarcable que ha tardado cientos, miles de años en llegar hasta nosotros. Lo que contemplamos no es la estrella, sino su destello antiguo, su eco en el vacío. Por lo tanto, no hay metáfora literaria que valga: cuando miramos al firmamento, miramos estricta y literalmente al pasado.


La entropía y nuestro origen

Esta certeza empírica me empuja irremediablemente hacia una reflexión final sobre nuestro lugar en todo este mecanismo. La termodinámica nos enseña dos reglas ineludibles de la realidad. Primero, que ninguna energía se crea ni se destruye, solo se transforma. Y segundo, que el universo tiende a la entropía, al desorden y, en última instancia, al frío.

Nosotros, como el cosmos, provenimos del orden y el fuego, y luchamos inútilmente por mantenerlos; somos el resultado directo de esa transformación, de ese irremediable camino al caos. Y al levantar la vista hacia ese pasado estelar, sabemos por la fuerza de la lógica que venimos de alguna de esas luces. Estrellas inmensas que desaparecieron, que se apagaron; astros que, en su singular degradación hacia el polvo, atravesaron miles de fases. Una de esas fases es nuestro propio planeta y la amalgama de carbono y hierro que forma a cada uno de los miles y miles de seres que llevamos poblando la Tierra.

Esta es la conclusión definitiva. Nuestra esencia, nuestra pertenencia física e innegable al cosmos, nos otorga un extraño tipo de eternidad. Cuando Carl Sagan afirmó que somos "polvo de estrellas", no estaba haciendo uso de una licencia poética. Estaba enunciando una auténtica realidad física. Somos, sencillamente, el universo dotado de conciencia, asomándose en la cima nocturna de un volcán dormido para intentar comprender, en silencio, la inmensidad de su propio origen.


Servando Gotor



martes, 21 de abril de 2026

Aragoneses y navarros... ¿primos hermanos? Cuando la capital de la Ribera era Zaragoza.

 


Por décadas, el destino legal, agrícola, deportivo y cotidiano de la Ribera no se escribía en Pamplona, sino siguiendo el curso del Ebro. Un viaje en el tiempo a la época en la que Zaragoza era, de facto, la metrópolis de los navarros del sur.

RIBERA DE NAVARRA.- Para un niño de Andosilla, Corella o Tudela en los años 60, Zaragoza no era "el extranjero" ni una ciudad vecina más. Era el lugar donde el padre iba a arreglar papeles de tierras, donde el abogado local tomaba el tren para defender un pleito y donde los domingos se celebraban, pegados a la radio, los goles de los "Magníficos". Más allá de la afinidad cultural, existía una estructura de Estado y una geografía implacable que cosían la Ribera a la capital aragonesa con hilos de acero, raíles de tren y sentencias judiciales.

El mazo de la justicia y la llave del agua

Mucho antes de que el Parlamento de Navarra o el Tribunal Superior de Justicia de Pamplona fueran el centro de la vida foral, el poder en el sur de Navarra hablaba con acento maño. Durante más de un siglo y medio, la Audiencia Territorial de Zaragoza extendió su manto jurisdiccional sobre las tres provincias aragonesas y toda Navarra.

Cualquier apelación civil de importancia o pleito de calado que naciera en los juzgados de la Ribera terminaba, irremediablemente, en el Palacio de los Condes de Luna, en la capital aragonesa. Este vínculo obligaba a un flujo constante de profesionales que hacían del eje ferroviario del Ebro su oficina itinerante. El derecho navarro se interpretaba a escasos metros de la Basílica del Pilar.

A esto se suma un poder vital para una comarca agrícola: el agua. A diferencia de la justicia o la educación, la sede central de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en Zaragoza es el gran vínculo que ha sobrevivido al tiempo. Sus despachos dictaban ayer, y siguen dictando hoy, los designios de las acequias, los regadíos y las concesiones de la Ribera, manteniendo vivo un nexo económico ineludible con la capital del Ebro.

El Heraldo y la capital espiritual

Este peso institucional explica por qué el Heraldo de Aragón (y en su época, El Noticiero) era el periódico de referencia en los hogares riberos. Las noticias de la Audiencia Territorial, los edictos de la CHE y los precios de las lonjas agrícolas aragonesas afectaban directamente a la economía navarra. En los quioscos de Tudela, el Heraldo no era prensa forastera; era el cronista oficial de una realidad compartida.

Pero más allá de la burocracia y el papel impreso, Zaragoza ejercía de capital espiritual. El viaje desde la Ribera, ya fuera por motivos médicos, de compras o legales, rara vez se daba por concluido sin cruzar la imponente plaza y entrar a la Basílica para "saludar a la Virgen". La devoción al Pilar no entendía de fronteras provinciales; era una fe de ribera compartida que explica, aún hoy, la abundancia del nombre de Pilar en tantas familias navarras del sur y la omnipresencia de esas cintas protectoras en los retrovisores de los coches que recorrían la carretera del Ebro.

La cantera de la Ribera: Internados y facultades

Si hubo un puente humano inquebrantable en aquella década, fue el de los estudiantes. Antes de que el sistema educativo navarro se descentralizara, los colegios e internados de Zaragoza —muchos de ellos religiosos como Escolapios, El Salvador o Santo Domingo de Silos— eran el hogar de cientos de chicos de la Ribera. Para muchas familias agrícolas que empezaban a prosperar, enviar al hijo "a estudiar a Zaragoza" era el mayor símbolo de ascenso social.

En la etapa universitaria, la simbiosis era total. El Distrito Universitario de Zaragoza era el destino natural y público. Aunque la Universidad de Navarra en Pamplona (nacida en 1952) crecía en prestigio, su carácter privado la alejaba de muchas economías domésticas. Medicina, Derecho o Veterinaria se llenaban de apellidos navarros que hacían de las pensiones del Casco Viejo su segundo hogar, forjando vínculos de amistad y matrimonio que unieron ambas regiones para siempre.

El cuartel y el estadio: Lazos de sangre y fútbol

Aunque administrativamente el servicio militar de los navarros dependía de la Capitanía General de Burgos (Sexta Región), la logística, las comunicaciones y la imponente infraestructura castrense de Zaragoza —con el campo de San Gregorio y sus academias— hacían que la vida militar de muchos jóvenes de la Ribera gravitara hacia el Ebro.

Ese roce humano constante se traducía en pasión deportiva. La Peña Zaragocista de Andosilla, con su charanga animando las gradas de La Romareda, es una de las más antiguas de España y no era una anécdota aislada. En aquellos años 60, ser del Real Zaragoza —el equipo hegemónico del valle— era una extensión natural de ser de la Ribera.

El gran divorcio: De la Autopista al Amejoramiento

Hoy, ese mundo ha desaparecido. La llegada de la democracia y la construcción del Estado de las Autonomías trajeron consigo el "repliegue" institucional navarro.

Varios hitos cortaron el cordón umbilical: la creación del Tribunal Superior de Justicia de Navarra (1989) independizó jurídicamente a la Comunidad Foral; la fundación de la Universidad Pública de Navarra (UPNA en 1987) frenó la diáspora estudiantil hacia Aragón; y, sobre todo, la construcción de la Autopista de Navarra (AP-15), que sorteó por fin el temido puerto del Carrascal y redujo a menos de una hora un viaje a Pamplona que antes era una odisea de curvas y camiones. El autogobierno dotó a la región de servicios propios que hicieron innecesario el viaje al sur.

Del afecto al "efecto rebote"

Lo que en los años 80 y 90 fue un distanciamiento administrativo lógico, en el siglo XXI se ha tornado en ocasiones en una relación más distante. Este "efecto rebote" tiene varias aristas:

  • El fútbol como termómetro: El largo declive deportivo del Real Zaragoza, coincidiendo con la estabilidad del C.A. Osasuna, ha provocado un relevo generacional. En los patios de los colegios de la Ribera, las camisetas blanquiazules han sido sustituidas por el rojo osasunista, a menudo acompañado de una rivalidad deportiva que antes no existía.

  • La política del agua: La gestión del Ebro y las tensiones políticas de principios de siglo crearon brechas. La defensa a ultranza de los intereses aragoneses sobre el río fue vista desde algunos sectores navarros como una injerencia, alimentando un recelo mutuo que la CHE, desde sus despachos de Sagasta, debe gestionar con delicadeza.

  • La identidad cultural: Aunque el "estilo ribero" (jotas, verduras y almuerzos) sigue hermanando a ambas orillas, la juventud actual consume una cultura popular más volcada hacia lo navarro-vasco o hacia lo global, dejando atrás la estética de las casas regionales de antaño.

Una frontera mental

El Ebro sigue fluyendo igual, pasando por los mismos puentes de piedra y hierro, pero la mirada del ribero ha cambiado de sentido. Donde antes había una simbiosis vital, hoy hay una frontera administrativa nítida.

La Ribera es hoy más Navarra que nunca, y ha decidido que su capital, por fin, es Pamplona. Aquella Zaragoza de los años 60, que ejerció de capital judicial, académica y emocional de los navarros del sur, queda hoy guardada en la memoria de quienes recuerdan ver llegar el periódico de Aragón cada mañana como algo propio. Un capítulo entrañable de nuestra historia común que no debería generar olvidos ni odios, sino el respeto que merece el recuerdo de una vida compartida.


Servando Gotor


viernes, 10 de abril de 2026

DEL "RELATO" AL CUENTO, O EL ARTE DE ENGAÑAR CON PALABRAS NUEVAS (Servando Gotor)

El poder siempre ha contado cuentos. Lo único que ha cambiado es el nombre del oficio y el precio de la entrada.

 





No hay cuenta sin cuento, ni cuento sin cuenta.

 

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que al cuento se le llamaba cuento. El político mentía y se decía que mentía. El banquero especulaba y se le llamaba especulador. El demagogo enardecía a las masas con promesas incumplibles y el vecino de la taberna, sin haber leído un solo manual de filosofía política, zanjaba el asunto de un golpe: «no nos venda el cuento». Aquellos eran tiempos, en cierto modo, más honestos en su cinismo.

Hoy, en cambio, vivimos en la era del relato. El término llegó de las academias y los departamentos de comunicación con la solemnidad de quien trae noticias de otro mundo. Los asesores de imagen, los spin doctors, los directores de estrategia narrativa —que así se llaman ahora algunos que antes eran simplemente embusteros profesionales— nos informaron de que el poder ya no gobierna: construye relatos. Y la ciudadanía, deferente ante tanta modernidad, asintió.

 

 

«El relato no es más que el cuento de toda la vida puesto en traje de marca, con anglicismo y PowerPoint.» Consideración evidente

 

Conviene, antes de seguir, hacer un poco de arqueología lingüística. El vocablo relato, en su uso político y mediático contemporáneo, no viene precisamente de Homero —aunque algo debe al rapsoda que recitaba de pueblo en pueblo, cobrando por ello. El término anglosajón narrative, popularizado en los años noventa por los asesores demócratas de Bill Clinton y luego canonizado en toda campaña electoral que se precie, fue traducido al castellano como «relato» por aquellos que consideraban que «cuento» sonaba demasiado vulgar, demasiado a abuela, demasiado a lo que era: una mentira bien contada.

 

Así que importamos el envoltorio y lo llenamos del mismo relleno de siempre. Clásico.

 

Porque el asunto, como bien intuyó Gracián —ese aragonés irredento que escribió en el siglo XVII todo lo que los consultores de comunicación creen haber inventado en el XXI—, es que nunca hubo cuenta sin cuento ni cuento sin cuenta. Es decir: detrás de todo discurso hay un interés, y detrás de todo interés hay un discurso que lo disimula. El poder ha necesitado siempre una historia que lo justifique, y el pueblo, con más frecuencia de la que es decoroso admitir, ha necesitado creerla.

Lo que ha cambiado, si acaso, es la sofisticación del mecanismo. Antes, el rey convocaba al cronista y le pedía que escribiera su hazaña. Hoy, el grupo mediático convoca a la tertulia y le pide que construya el clima. El resultado es similar: vemos y oímos con los ojos y oídos de otros. Hemos sido adiestrados —o nos hemos dejado adiestrar, que también es una forma de colaboración— para delegar la interpretación de la realidad en quien tiene los altavoces más grandes.

 

«Se vende lo mejor y lo peor, pero sobre todo se vende el que compra.»— Gracián, puesto al día

 

Llegados aquí conviene abordar una cuestión etimológica que resulta políticamente más explosiva de lo que parece: ¿por qué cuentos chinos? La expresión designa, como sabe cualquier hispanohablante, aquello que es inverosímil, exótico en su falsedad, imposible de verificar. Y la respuesta, lejos de ser un capricho de la lengua, tiene una geografía y una historia.

El mérito —o la culpa— hay que repartirlo entre Marco Polo y sus sucesores en el noble arte del viaje fabulado. Cuando el veneciano regresó de sus andanzas orientales a finales del siglo XIII, trajo consigo una narración tan prodigiosa —palacios de mármol, especias que valían su peso en oro, ejércitos de elefantes— que sus contemporáneos le pusieron el apodo de Il Milione, no por generoso, sino porque sus cuentos parecían contarse por millones. En su lecho de muerte, cuentan, alguien le pidió que se retractara de sus exageraciones. Él respondió que no había contado ni la mitad de lo que había visto. Se llevó sus secretos a la tumba, que es exactamente lo que hacen los buenos cuentistas.

Tras Polo vinieron otros muchos viajeros que comprendieron el negocio: Europa ignoraba lo que había al otro lado del mundo, y esa ignorancia era un mercado. Regresaban de Oriente cargados de reliquias —cabezas de San Juan en número que habría requerido un santo poliédrico, astillas de la Vera Cruz suficientes para reconstruir una selva tropical—, y nadie podía desmentirles porque nadie había estado allí y se precisaba casi una vida para semejante viaje de ida y vuelta. Los chinos, por su parte, recibían a estos mismos viajeros con sus propias fabulaciones. Era, en definitiva, un intercambio equitativo: engaño por engaño, cuento por cuento.

De ahí que «cuento chino» haya quedado en la lengua como sinónimo de embuste indemostrable. Lo chino no alude a la deshonestidad del pueblo chino —que bastante tiene con aguantar los tópicos de los demás— sino a la distancia que imposibilitaba la verificación. Si el cuento venía de tan lejos, ¿quién iba a comprobarlo?

 

 

En esto, la modernidad ha hecho una aportación técnica notable: ya no hace falta que el cuento venga de China. Basta con que venga de una pantalla suficientemente grande. La distancia que antes proporcionaba la geografía la proporciona hoy la velocidad: los bulos viajan más rápido que las verificaciones, y para cuando el fact-checker llega a la escena del crimen, el cuento ya ha hecho tres vueltas al mundo y ha sido comentado con ardor por personas que están absolutamente seguras de lo que no saben.

Pero seamos justos —esa virtud tan poco rentable— y no carguemos toda la responsabilidad en el poder y sus narradores. Gracián, siempre implacable, lo dejó escrito: «malo es todo, pero la necedad intolerable». Tenemos, en cierta medida, el relato que merecemos. Una sociedad que prefiere la emoción a la verificación, el titular al artículo y el meme al argumento, es una sociedad que ha firmado el contrato de la credulidad sin leer las cláusulas. Y luego, claro, se queja de las cláusulas.

Además, y esto es quizá lo más gracianesco del asunto, el poder sabe perfectamente que «honra y doblones no caben en el mismo saco». Quien triunfa en la arena del relato moderno rara vez lo hace por sus virtudes: triunfa el que va cargado, el que tiene los medios, el que puede repetir su versión cien veces hasta que se convierte en verdad por pura saturación. Y el que «todo lo suyo lo llevaba consigo» —el que tenía argumentos pero no altavoces— ese se queda en el camino, con su razón intacta y su influencia nula.


*   *   *


Concluiremos, pues, como conviene a un tema tan antiguo: brevemente. Porque «lo bueno, si breve, dos veces bueno», y «a menos palabras, menos pleitos», y «conviene dejar con hambre y no cansar», máximas todas, por supuesto gracianescas, que los articulistas incumplen sistemáticamente pero que siempre invocan en el cierre para fingir virtud.

El relato es el cuento. El cuento ha sido siempre el cuento. El poder lo cuenta, nosotros lo compramos, y luego nos sorprendemos de haber pagado. Marco Polo mintió, los medievales le creyeron, los asesores de comunicación lo perfeccionaron, y aquí seguimos: escuchando cuentos chinos con nombre en inglés, pagados con impuestos o con clics, y convencidos de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, nos están contando la verdad.

¿Por qué…? “Que lo averigüe Vargas”, decían también cuando nada había que averiguar. Pues bien, que lo averigüe quien quiera. O, mejor: que lo haga el algoritmo de los que ahora también construyen relatos. Aunque ese, ya, sería otro cuento.


Servando Gotor



miércoles, 1 de abril de 2026

PROSTITUCIÓN Y TUTELA ESTATAL. CUANDO LA LIBERTAD MOLESTA (Servando Gotor)

 

 

Ni nuevo ni progresista: el viejo castigo con nuevo discurso

 

Hay ideas que se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Una de ellas es que la persecución del proxenetismo y de la inducción a la prostitución sería un logro reciente, una conquista jurídica impulsada por la sensibilidad moderna y consolidada por instrumentos como el Convenio de Estambul.

Suena bien. Es tranquilizador. Y además encaja perfectamente en el relato de progreso continuo en el que nos gusta instalarnos. Pero hay un problema: no es cierto.

Ni el proxenetismo ni la inducción a la prostitución son inventos jurídicos del siglo XXI. Ni siquiera del XX. España lleva más de siglo y medio castigando esas conductas. Ya estaban en los códigos penales del XIX. Y en 1956, en pleno franquismo, el Estado no solo las perseguía: había construido ya un sistema abolicionista reconocible, con prohibición de burdeles y sanción del lucro sobre la prostitución ajena. Es decir, lo esencial ya estaba ahí.

Entonces, ¿qué ha cambiado? La respuesta, aunque incómoda, es bastante clara:
ha cambiado el lenguaje. Antes se castigaba en nombre de la moral pública. Hoy se hace en nombre de la libertad sexual. Antes se hablaba de orden social; hoy, de dignidad y derechos. El giro es evidente. Pero conviene no confundirlo con una revolución jurídica.

Porque el Convenio de Estambul no creó estos delitos en España. No vino a llenar un vacío legal. Vino a reinterpretar lo que ya existía, a insertarlo en un nuevo marco ideológico donde la prostitución se entiende como expresión de desigualdad estructural.

Y aquí empieza la parte incómoda del debate.

 

 

¿Libertad protegida… o libertad corregida?

 

El argumento abolicionista contemporáneo es conocido: la prostitución no es verdaderamente libre porque está condicionada por la desigualdad, la necesidad económica o la vulnerabilidad. Puede ser cierto en muchos casos. Nadie serio lo niega. Pero la pregunta no desaparece por ello. Al contrario, se vuelve más urgente: ¿puede el Estado decidir que una elección deja de ser válida porque no le gusta el contexto en el que se produce? Cuando esa lógica se lleva hasta el extremo, el resultado es inquietante:
la libertad individual deja de ser un punto de partida y pasa a ser algo que el poder público evalúa, corrige o incluso invalida. Y entonces el debate deja de ser jurídico para convertirse en algo más profundo: ¿seguimos hablando de libertad… o de tutela?


 

Neutralidad selectiva

 

Esta tensión no se limita a la prostitución. Aparece en otros ámbitos donde el discurso oficial empieza a mostrar grietas. En nombre de la neutralidad, se retiran símbolos religiosos tradicionales de los espacios públicos. El Estado no debe identificarse con ninguna confesión, se nos dice. Y, sin embargo, ese mismo Estado protege —y a veces facilita— la expresión visible de otras prácticas religiosas en el ámbito individual: desde la vestimenta hasta adaptaciones en servicios públicos como la alimentación. La explicación jurídica existe: “el Estado es neutral, el individuo es libre”. Pero la percepción social va por otro lado. Porque lo que muchos ven no es un equilibrio fino, sino una dinámica más simple: lo propio se diluye; lo diverso se refuerza. Y eso, guste o no, genera una sensación difícil de disipar: la de que la neutralidad no siempre opera en todas las direcciones con la misma intensidad.

 

 

El relato como sustituto de la realidad

 

Y es que, quizá, el mayor problema no esté en las leyes sino en cómo se cuentan. Se habla de avances históricos donde lo que hay es continuidad. Se presentan como conquistas recientes normas que llevan décadas —o siglos— formando parte del ordenamiento. Se reescribe el pasado para que encaje mejor con el presente. Y en ese proceso, el Derecho corre el riesgo de convertirse en algo secundario frente al relato que lo envuelve.

Por eso, tal vez, haya que empezar a formular las preguntas de otra manera. No si debemos proteger a las personas frente a situaciones de vulnerabilidad —eso es indiscutible—, sino ¿hasta dónde puede llegar esa protección sin vaciar de contenido la libertad? ¿Quién decide cuándo una elección es “válida”?  ¿Y bajo qué criterios? Porque si la respuesta es siempre la misma —el Estado, en nombre de un bien superior—, entonces conviene reconocerlo abiertamente. Y aceptar sus consecuencias.

Al final, quizá la idea más incómoda sea también la más sencilla: no estamos ante un Derecho nuevo, sino ante un viejo Derecho que ha aprendido a hablar un lenguaje distinto. Y eso, más que un detalle técnico, es una cuestión que merece ser discutida sin consignas.




                                                                                                                         Servando Gotor

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