Pensar «al bies», o pensar «al sesgo». O por qué el
cerebro prefiere la diagonal del sesgo cognitivo antes que la implacable y parsimoniosa seguridad de un razonable cálculo laberíntico.
En geometría elemental, la diagonal es
siempre el camino más corto entre dos esquinas opuestas; y en el comportamiento
humano, es la definición perfecta de un atajo. En el diseño de moda, cortar «al
bies» o «al sesgo» consiste en trazar una línea a 45 grados respecto al hilo de
la tela para otorgarle una elasticidad imposible en el corte recto. Pues bien,
en la estructura de nuestra mente ocurre algo similar: cuando el seguir la
lógica implacable nos agota, el cerebro prefiere «cortar por lo sano», o lo que es lo
mismo: ir por el camino de en medio y recortar la realidad por la diagonal. Con
lo que esta física del atajo une los talleres de sastrería, la física
geográfica, la psicología cognitiva, y hasta los mercados financieros, en un
divertido combate entre la intuición (pensar y decidir «rápido») y la
cuadriculación (pensar y decidir «lento»).
El término sesgo ofrece hoy un
juego semántico extraordinario. Transita desde su origen físico y geométrico
(del latín sessus, posición inclinada) hasta colonizar la conducta a
través de tres dimensiones entrelazadas: (i) la costura técnica del atajo - el
heurístico camino de en medio- , (ii) el enfoque subjetivo del prejuicio moral
—que arrastra la interpretación lejos de la neutralidad recta— y (iii) el uso
metodológico en la estadística y la psicología moderna -error sistemático ajeno
al azar-. Curiosamente, esta polifacética inclinación del comportamiento humano
ya fue anticipada con una alta dosis de ironía en el Siglo de Oro por José de
la Vega, un judío sefardí que en 1688 publicó en Ámsterdam Confusión de
confusiones, el primer tratado mundial sobre el mercado de valores. Un
verdadero tratado universal y, por ende, rabiosamente actual sobre el comportamiento humano,
y específicamente, sobre la toma de decisiones.
El «Eureka» frente a la parálisis del
algoritmo
Mucho antes de que los psicólogos Daniel
Kahneman y Amos Tversky teorizaran en el siglo XX sobre el «pensamiento rápido»
y los sesgos cognitivos, De la Vega ya se burlaba con saña de la fauna bursátil
holandesa utilizando esta misma premisa. El cerebro humano detesta el laberinto cuadriculado del pensamiento algorítmico. El algoritmo, obsesionado con evitar
cualquier tipo de atajo, avanza con la lentitud de un sastre que mide el hilo
milímetro a milímetro; es un proceso exasperantemente seguro pero, en la
volatilidad de la vida (y de la Bolsa), a menudo resulta interminable e
inoperante. La parálisis por análisis no paga dividendos.
Frente a esa rigidez cuadriculada, De la Vega
retrató el triunfo del pensamiento heurístico, esa lectura «al bies» de la
realidad. De naturaleza emparentada con el Eureka por su carácter
aleatorio, el hallazgo heurístico es el atajo mental definitivo. El autor
barroco comprendió con humor que el inversor prefiere la chispa intuitiva y el
volantazo diagonal del rumor antes que sentarse a procesar datos de forma pausada, matemática y razonable. Los operadores de Ámsterdam, impulsados por este
pensamiento rápido, saltaban de cabeza a la euforia (efecto manada) o al
pánico (sesgo de disponibilidad). No procesaban la información «al hilo»
de los hechos objetivos, sino mediante ágiles —y a veces catastróficos— saltos
oblicuos.
Un reciente trabajo sobre el texto del
sefardí —una edición crítica que cuenta con más de 1.700 notas a pie de página
y 50 páginas de bibliografía— subraya que las palabras polisémicas son las
verdaderas soberanas de esta comedia del intelecto. En el tablero del mercado,
los conceptos deben ser elásticos porque las mentes que compran y venden son
incorregiblemente heurísticas. Parecerá mal decirlo, pero el autor de semejante
edición es quien firma estas líneas, y vamos a dejarnos de falsas modestias (*).
El poliedro de la «Acción»
El ejemplo paradigmático de esta flexibilidad es el término «Acción», que De la Vega estira simultáneamente en cinco vectores que funcionan como soberbios y divertidos atajos conceptuales:
- El vector financiero (La propiedad simbólica): El atajo jurídico para poseer una porción de la Compañía de las Indias Orientales sin cargar físicamente con sus barcos.
- El vector físico y psicológico (El movimiento continuo): El desasosiego del inversor, de quien se mofa en el Diálogo Tercero diciendo que se les llama «accionistas, por estar siempre en acción». Es la agitación constante que prohíbe la quietud algorítmica; el vaivén del «delfín» bursátil que se mueve inquieto hasta cuando duerme en el mar del rumor.
- El vector teatral y literario (El drama del engaño): El acto dramático de una comedia de enredos donde los personajes se saltan la vía recta de la verdad mediante el equívoco y el chiste, convirtiendo la plaza de Ámsterdam en un gran teatro de espejismos.
- El vector moral y delictivo (La estratagema): La maniobra astuta, la artimaña especulativa de los rescontres y las trampas oblicuas calculadas para hacer «dar de ojos» al oponente mientras el delfín sigue soñando con ganancias imaginarias.
- El vector judicial o procesal (El rudo despertar): La «acción» que se activa cuando el enredo bursátil estalla, el humo se disipa y el delfín despierta bruscamente en la fría orilla de los tribunales. Es el derecho procesal como último resguardo legal; el amargo tránsito que va desde la vibrante agitación de la plaza hasta la solemne inmovilidad de un estrado judicial.
La obra demuestra que el idioma español opera por asociación espacial y que el humor es la mejor herramienta para explicar la economía. El ser humano recurre a las líneas oblicuas del sesgo cuando la cuadrícula de la literalidad es incapaz de cartografiar el caos. Al final, tanto en la sastrería como en la Bolsa —como en el mundo—, avanzar al bies sigue siendo la técnica más sofisticada para adaptarse a las curvas de la incertidumbre: tomar el atajo creativo antes de que la inoperancia del corte recto rompa el tejido.






