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sábado, 15 de diciembre de 2012

UN DOMINGO DE JULIO (Servando Gotor)

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Queridos hermanos —dijo don Mariano desde el púlpito, clavando una mirada inquisitiva en Jacinto—:  Acabamos de escuchar la parábola de la red.  —Hubo un silencio—.  Una vez más, la Palabra de Dios llega a nosotros en el momento preciso...  Pues nunca mejor para las jornadas que estamos viviendo que recordarnos el castigo.  Pero no un castigo material y, por tanto, pasajero, sino un suplicio eterno:  Así sucederá al fin del mundo —recordaba la Lectura—.  Saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos en el horno del fuego;  ALLI —dijo con énfasis—  SERA EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES —alguna vieja se santiguó al oir esto— .  Fijaos en la gravedad de estas palabras que nos transmite San Mateo:  ALLI SERA EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES...  ¡Y nosotros nos permitimos despilfarrar el poco tiempo que nos queda en desavenencias materiales!  Queremos arreglar el mundo, donde no vamos a estar más que unos días, y olvidamos lo principal: aprovechar bien esta vida, en la-que-só-lo-es-ta-mos-de-pa-so, para preparar la venida del Verbo —Manolín, el del Herrero, se hizo un lío llegado este punto, ¿cómo podría venir un verbo?, se preguntaba—.  ¡Es-ta-mos-per-dien-doel-tiem-po!  ¡Apostamos por lo adjetivo descuidando lo sustantivo! —Manolín casi se asustó. Con ojos de plato recordó que tenía pendientes los ejercicios de gramática que papá le exigiría el lunes— .  ¡Nos sabemos de memoria cuatro o cinco artículos determinados de la Constitución pero olvidamos las proposiciones últimas —Manolín entendió preposiciones—  que en tiempos pretéritos nos ha dado a conocer el Hijo de Dios —otra vez los verbos, pensó el muchacho mientras tragaba saliva y comenzaba a palidecer—.  ¡No hermanos, no!  Estamos olvidando lo principal.  ¡Nos hundimos en el fango...!   Han llegado a mis oídos ciertas desavenencias que se han producido en el café de la Fonda...  Me han puesto los pelos de punta.  —No le debió gustar mucho esta última expresión y rectificó con fuerza—:  ¡Me han erizado los cabellos...!  Ya no os conformáis sólo con gritar o dar golpes en la mesa e insultaros, sino que habéis llegado a la violencia física, cuando la violencia, así nos lo enseña el Evangelio, só-lo-en-gen-dra-vio-len-cia.  ¿Qué pretendéis?  ¿Aún creéis que tiene pocos problemas la Patria?  ¿Sabéis acaso que estamos atravesando una situación EXTREMADAMENTE CRITICA y que todos los indicios hacen pensar en una GUERRA CIVIL?  No hermanos, no...  Así no vamos a ningún sitio.  Tenemos pocos problemas a nivel estatal y vosotros nos creais otros en el pueblo.  ¿Os habéis vuelto locos?  ¿De verdad pensáis que con vuestra actitud se puede arreglar algo?  ¿Acaso salvaréis al mundo con esas execrables conductas...?  Estamos perdiendo todos el juicio... Y los que esperáis arreglar los problemas de la humanidad con esas acciones violentas debéis tener bien claro lo dicho:  que así no vais a ninguna parte.  Porque si ni siquiera sabéis hablar, si ni siquiera sabéis dialogar, ya me diréis lo que se puede esperar de vosotros.  —Dicho esto, los ojos del Cura volvieron a clavarse una vez más en Jacinto, que aunque no había participado en la reyerta a que se refería, de todos eran conocidas sus ideas anarquistas.  Don Mariano prosiguió su sermón como si se dirigiera sólo a Jacinto— .  Y los demás, los que no participasteis en aquella batalla campal, no os creáis libres de culpa.  ¡Aquí todos tenemos nuestro grado de responsabilidad!  Los unos por no haber tratado de sembrar la concordia a su debido tiempo;  y, los otros —o sea, Jacinto— , porque con sus actitudes, con sus comportamientos, han contribuido a crear este ambiente de odio fratricida que tenemos en el pueblo.  No seamos soberbios, no nos creamos tan fácilmente que estamos en posesión de la verdad.  Reflexionemos seria, cabalmente.  Verdad no hay más que una y en buena hora nos la ha recordado el Evangelio:  ALLI SERA EL LLANTO...  Y EL RECHINAR DE DIENTES.  Aún estamos a tiempo, hermanos.  Parece que Dios ha querido recordarnos, precisamente hoy... —dudó un instante:  en realidad la lectura no se correspondía con aquel domingo, la había elegido él premeditadamente, saltándose así las formas, actitud de cierta rebeldía y arbitrariedad que caracterizaba la personalidad de don Mariano; siguió, no obstante:— precisamente hoy ha querido recordarnos este castigo eterno que nos espera si nos apartamos del camino correcto, del único que nos lleva hacia Él.  No seamos necios.  No pensemos arreglar heroicamente lo que quizá no tenga arreglo o que, en cualquier caso, es secundario.  Centrémonos en lo que realmente interesa, en lo realmente importante.  Centrémonos en esa salvación que todavía tenemos al alcance de nuestras manos, evitando así ese destierro de nuestras almas a un lugar infernal donde sólo se nos augura EL LLANTO... —aquí siempre hacía una pausa, para que los fieles, y sobre todo Jacinto, reflexionaran—  Y EL RECHINAR DE DIENTES.—Hizo un último silencio y terminó con lo que podría ser el lema de la homilía—:  ¡AUN ESTAMOS A TIEMPO!
Al concluir, muchos de los presentes tuvieron que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas que tenían de aplaudir.  Se les podría llamar ignorantes, lo que se quiera, pero en general eran gente buena.   Otros, los de la reyerta, hubieran colgado del cuello al Cura.  ¿Pero qué se habrá creído este mequetrefe? —despotricaban— .   A mí nadie tiene que decirme lo que debo hacer, pensaba uno de derechas mientras un republicano, sospechoso de anarquista, que no sabía ni por qué iba a misa, sonreía viendo a los vecinos del pueblo como a un rebaño de ovejas engañado, decía:  ¡Cómo os toma el pelo!, aunque para sus adentros pensaba:  el caso es que lo hace bien el jodido del Cura.
Para mí los sermones de don Mariano solían tener poco de novedosos porque, prácticamente, los adivinaba con papá la noche anterior.  El Cura acostumbraba a adelantarnos algo de lo que pensaba decir y, además, siempre surgían en el púlpito frases y temas de las largas veladas del sábado anterior.
La reyerta a la que se había referido tuvo lugar la noche del viernes anterior como consecuencia de las muertes del teniente Castillo, de la Guardia de Asalto republicana, y del lider de la oposición parlamentaria,  don José Calvo Sotelo (no sé exactamente por qué pero a los líderes de derechas siempre se les trataba de "don").  Alguien dijo que había sido la Pasionaria la responsable del asesinato de Calvo Sotelo, a lo que replicó un simpatizante comunista que qué más daba, que así había un fascista menos, contestándole el primero que entonces la Pasionaria era una asesina y volviendo a replicar el otro que quien mataba a un reaccionario de mierda no podía ser llamado asesino.  El de derechas insistió en que la Pasionaria era una asesina y que quien priva de la vida a una persona es un criminal de causa, y el segundo le contestó esta vez que Calvo Sotelo había sido un fascista cabrón, a lo que el que había iniciado la disputa le contestó definitivamente con un disparo en el brazo.  No se sabía cómo pero por aquellas fechas circulaban armas de fuego por el pueblo.
Cuando el Cura pronunció este sermón censurando lo ocurrido en el bar de la Fonda, el General Franco ya se había alzado en Marruecos, aunque en el pueblo todavía no se conocía tan transcendental acontecimiento.
A la salida de misa recuerdo que Manolín se cruzó con papá y hubo de sobreponerse a la tentación de echar a correr no sin antes decirle que de los deberes no tendría que darle cuenta hasta el lunes.  Mi padre, que se había percatado de la angustia de algunos de sus alumnos al oir referirse al Cura a lo sustantivo y lo adjetivo, a los verbos y las proposiciones, los artículos determinados y los tiempos pretéritos, no pudo ocultar una ligera sonrisa a pesar de lo preocupado que ya estaba por los acontecimientos de Madrid.  La Nene y yo tampoco entendimos muchas de aquellas cosas que había dicho el Cura, pero luego papá nos aclaró lo que estimó que no debíamos ignorar.
Serían las cinco de la tarde cuando el pueblo se convirtió en un continuo hormigueo de gentes que iban de casa en casa pregonando la noticia que se había oído por alguno de los ocho o diez aparatos de radio que había:  En Marruecos y en Sevilla el ejército se había sublevado.  Esta era la causa que traía loco a todo el pueblo.  El Cura y el Boticario se presentaron en casa alarmados.  Nosotros aún no sabíamos nada:  Don Joaquín, ponga la radio que Franco y Queipo de Llano se han levantado contra el Gobierno de la República.
A partir de ese momento, y hasta que la casa fue ocupada por las tropas republicanas, vivimos angustiosamente con el oído pegado a aquel dichoso aparato, al que llegué a odiar.  Mi padre pasaría noches enteras en vela.  Los golpes de mano y las adhesiones al alzamiento se multiplicaban por momentos, aunque las noticias siempre eran confusas.  Al bar de la Fonda no acudieron más los de las tertulias acaloradas, que preferían quedarse en casa o en la de algún amigo de ideología afín que tuviera radio.  El Marqués desapareció aquel mismo domingo, de la noche a la mañana, con toda su familia, quedando su casa cerrada a cal y canto.  Leopolda, la criada, y Sebastián, el jornalero, sólo sabían que el día anterior les dijeron que no volvieran y que, en definitiva, se habían quedado sin trabajo;  aunque, según supimos más tarde, a Sebastián le permitieron seguir viviendo en el antro que venía ocupando, cerca de San Roque, a condición de que no abandonara el cuidado de las tierras de sus amos, pues cuando esto acabe —se ve que le había dicho el Marqués—  si las cosechas no se echan a perder, te recompensaremos como es debido.  También se marchó del pueblo, al tiempo que el Marqués y con igual sigilo, el viejísimo don Ramón, el médico, dejando igualmente medio plantada a su criada que, cuando fue a la mañana siguiente a la casa, se encontró con una escueta nota que decía:
Querida Clotilde:  me he ido a la espera de que los tiempos cambien.  El estado de nuestra Patria es grave y necesita de una buena terapia (una buena cura, en términos vulgares) al objeto de eliminar ciertos gérmenes malignos que la vienen minando.  Hágase Vd. cargo de la casa, use de ella sin reparo y no se preocupe que Dios proveerá (o, para que me entienda, Él lo arreglará todo).  Cuídese.
También se esfumó un buen día, antes de que ocuparan nuestra casa, y sin decir nada a nadie, el Cura.  Esto nos sorprendió a todos porque la buena relación que manteníamos con él exigía una despedida y ni a nosotros, ni al Secretario ni al Boticario, nos dijo nada;  y, además, conocíamos bien a don Mariano y era incapaz de hacernos un feo como ese (aunque cierto es que los tiempos no estaban para cumplidos) dado sobre todo, como era, a dar desmedidas explicaciones de todo cuanto hacía.  Así que nos temimos lo peor, máxime cuando él había comentado en más de una ocasión que sabía muy bien como las gastaba ese Durruti, ese que ahora —decía—  le daba por liberar a Zaragoza, que era uno de los asesinos del Obispo Aragüés y tomó parte importante en el atraco del Banco de Central en Vigo.  Ese, insistía, tiene de anarquista lo que yo de torero: no es más que un criminal disfrazado de revolucionario.
Don Mariano había desaparecido del pueblo la noche del tres de Agosto, justo al día siguiente en que la columna de Durruti obtuviera su primer triunfo a escasos kilómetros  de nuestro pueblo.
                    Servando Gotor
El amor y las moiras, 1994

jueves, 15 de noviembre de 2012

LA MECEDORA DE BAMBÚ (Servando Gotor)

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Constantina Calmarza esperaba en casa.  Con la mirada perdida en dirección a la ventana de su dormitorio, esperaba.  No sabía a ciencia cierta qué, pero esperaba. Estaba sentada en una mecedora de bambú que Saturno le regaló porque decía que le recordaba al Caribe.  Nunca la había utilizado hasta ahora y sólo cuando volvió la vista hacia el lecho vacío lo pensó.  Paró en seco el balanceo y tuvo la sensación de que aquel dormitorio no era el suyo. El dormitorio, pensó, siempre lo veía desde la puerta de entrada o desde la cama, tumbada.  Aquella nueva perspectiva lo adulteraba.  Qué tontería.  Ella, que hacía cambios continuos en la casa para que no le resultara aburrida, acababa de descubrir que bastaba con moverse de sitio.  Que no eran los muebles lo que había que mover sino nuestros cuerpos. Sencillo cambio y brutal, a la vez. Muchas veces damos vueltas a las cosas para cambiar nuestro entorno y en realidad basta con que nos movamos un poco.  Es como algo mágico.  Ni siquiera es necesario desplazarse: un giro de cuello y la vida cambia.  Somos animales de costumbres que nos convertimos en autómatas: comemos en el mismo sitio, dormimos en el mismo lado y soñamos sólo cuando dormimos.  Una pequeña alteración en las costumbres y nuestro universo se transforma.  No:  aquél ya no era su dormitorio.  Ni la cama la que había compartido con Saturno.  De hecho, desde la mecedora de bambú, Constantina no se veía en la cama con su marido.  A él sí.  A él se lo imaginaba muy nítidamente. Pero no con ella sino con una mujer de color.  Y esto le resultaba insoportable.  Analizó su vida con Saturno y llegó a la conclusión de que nunca la había querido.  Pero había sido necesario verlo desde la mecedora de bambú, lo que le llevó a la conclusión de que aquel cambio brutal producido por la nueva perspectiva, le dañaba.  Y le dañaba porque no había sido un cambio voluntario.  No se había movido sino que la habían movido.  ¿Quién?  Ella no, desde luego.  ¿Quizá su marido?  ¿Quizá el destino?  ¡El destino!, pensó.  A Constantina nadie le habló de las moiras, pero las intuyó en aquél trance y se preguntaba una y otra vez:

—Por qué a mí.  Por qué a mí.



Servando Gotor
El amor y las moiras, 1994



martes, 29 de mayo de 2012

EL COLOR DE LA ESPERANZA (Servando Gotor)

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Toda la sordidez inicial que marcó sus primeras impresiones tropicales se tornó en pura exquisitez, descubriendo un paraíso inesperado no en los paisajes exóticos, cuya hermosura resultaba incuestionable, sino en uno de los oasis de palmeras que esporádicamente flanqueaban el camino entre San Pedro e Higüey. El viejo carro de fabricación americana que había comprado a un catalán afincado en La Romana no resistió la embestida del diluvio que le sorprendió a pocos kilómetros de Higüey. Las gotas de lluvia parecían globos de acero y el camino superaba en caudal y en fuerza al propio Yuma, cuyo cauce se adivinaba en el horizonte de los campos de caña. A duras penas intentaba alcanzar, a pie y contra corriente, el puntito negro que destacaba entre la llanura, inmensa y agobiante, gris con la lluvia y dorada y asfixiante momentos antes de que se dejaran sentir las primeras gotas. Dejó todo su equipaje en el carro y el carro en el camino. Pensó que el aguacero cesaría antes de llegar la noche, pero también ésta se apoderó de la escasa luz tamizada por los grises y gigantescos nubarrones. Y el puntito negro (nunca se pintó así la esperanza) desapareció. A ciegas, y a duras penas, improvisó un lecho de lodo y caña y se dejó caer muerto pensando que a poco que durara el torrencial aquélla sería la última noche. La más negra.

Pero el puntito negro tampoco se libró de la tormenta. El agua se apoderó de aquel oasis de cocoteros y deshizo las chabolillas, los bohíos de maderas multicolores frágilmente construídos al abrigo de las palmeras. El tren cargado de caña y de negros, haitianos en su mayoría, no tendría problemas sin embargo para hacerse con el puntito negro. La fortaleza de sus ruedas y el hierro de los propios railes que discurrían paralelos al camino era superior al vigor de la lluvia. No obstante, unas millas antes, se detuvo: habían visto, por unos destellos milagrosos, la chapa de un carro americano abandonado por su chauffeur. Reanudó la marcha lentamente y entre tantos ojos, negros como la noche, dieron con él.

-¡Tá muelto! - dijo una voz melodiosa.

 

Lo subieron a uno de los vagones, con intención de acomodarlo en alguno de los bohíos, pero los encontraron destrozados y todos tuvieron que pasar la noche a la intemperie, con la sola cobertura de los cocoteros y algunas mantas.

Serían las cinco de la mañana cuando cesó la lluvia y las diez o las once cuando un sol esplendoroso, ardiente y repelente despertó a Saturno G. Montejano de lo que creyó ser una de sus últimas noches. En principio se encontró solo porque los hombres habían vuelto a sus trabajos. Pero por los ruidos y las voces que pudo oír enseguida notó la presencia de varias negras que se habían quedado para reconstruir el poblado. Por un momento pensó que estaba abandonado, pero una morenita de mirada dulce, de no más de veinte años, dio vuelta por él como debía de haberlo hecho durante toda la noche. Aquélla fue la primera vez que la vió. En la bochornosa mañana de un Jueves de Marzo.

Ella, se asustó y corrió a llamar a las otras mujeres:

-¡Tá dehpielto! ¡Tá dehpielto! ¡L'americano tá dehpielto!

Acudieron todas y le prepararon un desayuno con las frutas más variadas y el caldo de tres pequeños cocos. Hizo mención de marcharse pero ni le dejaron ni hubiera podido, dadas las condiciones en que se encontraba.

Vivió durante unos cuantos días a cuerpo de rey. Se enamoró de la preciosa negrita y le pasó por la cabeza quedarse para siempre en aquel oasis, en aquél puntito negro que a la luz del sol era verde, como siempre le habían pintado el color de la esperanza. Pero tenía que seguir hacia Higüey:

-Volveré y te llevaré conmigo - le dijo.

Ella no respondió, pero sus vidriosos ojos lo dijeron todo. El resto de sus días, hasta que el americano cumplió, los consumió escrutando el horizonte. Cuantas motitas negras surcaban el amarillo de la llanura provocaban en su corazón enormes latidos de esperanza. Y entretanto, imaginó e idealizó su regreso de diez mil formas. Soñó que los campos de caña se convertían en jardines inmensos y que los bohíos se tornaban en solariegas mansiones como las de los franceses adinerados de Puerto Príncipe. Vió a su amado llegar navegando por un Yuma ancho, caudaloso y desconocido, en una barcaza de lujo por él mismo pilotada. Se observó a sí misma con preciosos vestidos blancos de encajes y brocados, con cintas de raso dorado y sombrillas a juego, como las señoritas ricas a las que sirvió en Santo Domingo. Y succionó y saboreó el amor, la belleza y la bondad de su galán, igual que las estrellas de Hollywood en las películas que pasaban los días de fiesta en un cine al aire libre cerca del malecón.

Por fin, una de aquellas motitas negras resultó ser la materialización de sus sueños. Era el coche del americano. Venía de Higüey, donde había aprendido a medrar a costa de los negros bajo la tutela de un viejo terrateniente de origen español que comenzó trabajando en unas minas de cobre cubanas y acabó con una importante industria de forjados en la República Dominicana. También Saturno G. Montejano había soñado con aquel encuentro. También él proyectó todas sus esperanzas sobre dos puntitos negros: el oasis de bohíos que se divisaba desde el coche y, ya más cerca, el cuerpecito frágil y escultural de su mulata que destacaba hermoso y subyugante sobre los mejores frutos de aquel vergel.

Cuando llegó al campamento de bohíos, con la complicidad absorta e ilusionada de todas las miradas, se apeó del carro, un vehículo nuevo y de un amarillo brillante, también de fabricación americana. Vestía un traje de lino blanco que contrastaba con la guayabera incolora que llevaba cuando lo acogieron maltrecho la vez anterior. Traía una rosa en el ojal de la chaqueta. Cogió en brazos a la muchacha, la sentó en el carro, la besó y le colocó la flor en el pelo. Al estrépito del automóvil cuando arrancó se sumó el de los aplausos, las risas y los gritos de festejo.


 

Servando Gotor
de El amor y las moiras (1994)






miércoles, 8 de septiembre de 2010

BELTRÁN (Servando Gotor)

SGS

Me interesé después por Mariano el de la Fonda, aquél al que mis padres pudieron salvar de los atroces fusilamientos.  Me dijeron que llevaba una vida extraña. Vivía en un pueblo cercano con un perro y un puñal.  Al perro le llamaba Beltrán y  pasaba temporadas sin hablarle, aunque mejor sería decir que era el perro el que no le hablaba a él porque Mariano, cuando reventaba, erguía la cabeza, se encaraba al chucho y le decía con rabia: "orgulloso, cabrón, ¡miá que vel-me po'encima l'hombro!” Después buscaba cualquier cosa que encontraba a mano, un coscurro de pan o un trozo de tocino rancio y entonces  Beltrán se acercaba rabeando y Mariano, gimiendo, le acariciaba el lomo. Luego le daba una buena paliza buscando sus partes, echaba mano del puñal y limpiándose con él las uñas leía en alto la inscripción de la empuñadura:  "Ay del que se cruce en mi camino”. Entonces Beltrán huía cabizbajo y con el rabo entre las piernas y Mariano  le gritaba: "algún día me iré y no sabrás más de mí, hijoputa, ¿lo'entiendes? ¡Nunca más... sabrás de mí!".  Las semanas siguientes Mariano las pasaba llorando. 

de El Amor y las moiras   

martes, 12 de enero de 2010

Desde mi infierno (Servando Gotor)

He soñado. He vuelto a soñar amargamente con madame Bovary, con mi padre, con la guerra y con los ciegos. Volví a pasear por las praderas de un extraño valle y me dirigí al pedregoso riachuelo que lo atravesaba. Sus aguas descendían rápidas, como apresuradas por encontrar la paz del lejano Mediterráneo. Pero esta vez, en su movimiento, se reflejaba fija en la superficie la imagen joven y apacible de mi madre. Mis manos acariciaron su gélida incorporeidad consiguiendo arrebatar algunas gotas de su juventud que refrescarían mi rostro, sofocado y bermejo. Mis ojos participaron de su estructura cristalina y los relieves del valle se me presentaban múltiples, indefinidos y complejos: caleidoscópicos. Restaurado el paisaje, lo distinguí con mayor claridad. Reparé en un puente romano, cuya antigüedad me atraía y volé hacia él, porque todo lo enigmático nos seduce. Conforme me acercaba vislumbraba un extraño personaje ataviado con una túnica negra y un sombrero de alas caídas. Ya de cerca, observé que llevaba un báculo y cubría sus ojos con unas gafas de cristal negro. Era un ciego, claro. Levantaba su bastón como amenazándome y me alejé de él buscando de nuevo la paz y la juventud. Su voz se oía grave por todo el valle: ES MEJOR DEJARLOS ESTAR. ES MEJOR DEJARLOS ESTAR. Sumergí de nuevo mis manos en el riachuelo sobre la figura de mi madre, enjugué mi rostro y recuperé la paz y la serenidad que caracterizaron mi niñez antes de la Guerra, en la casa de mis padres. En el comedor, convertido en un tremendo salón rococó, con columnas salomónicas, amplias puertas de doble hoja a derecha e izquierda y múltiples y enormes ventanas ojivales, un conocido pianista de jazz interpretaba una gnosiana de Satie, triste y dulce al mismo tiempo. Parecía un baile de máscaras en que todos, incluido el músico, llevaban gafas oscuras y peluca, de forma que no era fácil reconocer a ninguno. Las mujeres, portaban antifaces que dotaban a sus ojos de miradas felinas. Se trataba de un baile de disfraces con tres invitados masculinos de excepción de quienes todo el mundo hablaba y señalaba pero que me resultaban irreconocibles por las gafas y las pelucas. Mi curiosidad se tornó en incertidumbre y la incertidumbre me devolvió el desasosiego. Los únicos personajes reconocibles para mí, por el templado contacto de sus manos, eran mis padres a quienes preguntaba inútilmente, una y otra vez, qué era lo que se celebraba. Mis insistentes preguntas sólo tenían una contestación: No seas impertinente y fíjate en esos tres. ¡Pero ¿quiénes son?!, insistía. ¡Fíjate bien y lo sabrás!, contestaba mamá. Pero, por más que lo intentaba, no los reconocía. Estaban sentados los tres en un lujoso escaño y portaban enormes capas negras que cubrían su vestimenta interior, con lo que aún resultaba más difícil identificarlos y distinguirlos entre sí. El del medio parecía el más joven y atractivo. "¿Has visto...? - me decía uno de los invitados refiriéndose a él - Al final, después de todo, ha demostrado ser un fenómeno. Para que luego digan de los judíos y de los homosexuales..." Lo miré fijamente, tratando de reconocerlo con este comentario y me sonrió, lo que me dio pié a preguntarle directamente quién era, y abrazándome me susurró al oído: “Gilberta, procura que no te pase como a Papá/Cisne, que luchó durante mucho tiempo y sufrió por una mujer que no era de su tipo." Mi padre, que se había acercado con respeto y admiración, se ofendió: "Eso no es cierto: ni la niña se llama Gilberta, ni yo soy El Cisne, ni padecí nunca por una mujer que no me gustara." "Entonces, ¿con quién se ha casado?". "Con... con... - papá temblaba al sentirse observado por mamá - con dos mujeres muy hermosas." "¿Hermosas...? - cuestionó el desconocido - Es posible, muy posible, porque las mujeres hermosas son para ustedes, los hombres sin imaginación. Y usted., don Joaquín, es un hombre sin imaginación. No lo olvide." "Pensándolo bien - replicó mi padre - he sido un hombre enamorado y por tanto, como usted mismo tiene dicho, las cualidades, las buenas cualidades del ser amado se las ponemos nosotros..., y son muy pocas las que realmente atesoran. Así que... -temblaba de nuevo- dudo... dudo si mis esposas son hermosas realmente o ello es fruto de mi imaginación..." "Bravo... Bravo... don Joaquín" Mamá se enfadó por el servilismo que observó en mi padre: “¡Serías capaz de venderte al mismísimo diablo cuando estás con una celebridad!" "¿Ha mentado usted al diablo, señora...?" La pregunta venía del otro personaje, el sentado a la derecha del anterior; el que, de los tres, denotaba un aspecto más arisco. "¡Sí!", contestó mamá desafiante. "Es que... verá: yo lo he buscado con ahínco y no lo he encontrado todavía," replicó, mientras sorbía una infusión de mate. "Será porque no lo ha buscado bien. ¿Dónde esperaba encontrarlo? ¡¡¿En las cloacas, en los subterráneos... acaso en los TUNELES?!! ¡NO!: ¡usted no lo ha sabido buscar! ¡Debió de haber abierto los ojos más!". El desconocido concluyó, mirándola fijamente: "¡señora!, ahora, ahora que los tengo bien abiertos, me parece que al fin lo he encontrado". "Tonterías, tonterías de falsos intelectuales -remató mamá-. Al diablo no hay que buscarlo con linterna, está aquí: en el lado de la luz." "¿Alguien ha hablado de la luz...?", preguntó el tercer personaje, mientras mis padres desaparecían. "Sí, le contesté: ha sido mi madre." "Pero Adelita -me hablaba con cariño-, si eres tú; tú que vas a dedicarme tantas horas de tu vida... ¿Te da miedo la oscuridad?" "Mucho", contesté. "Pues vayamos a la luz... -Se levantó y dominando todo el Salón exhortó a todos los invitados -: ¡VAYAMOS A LA LUZ!". El primero que se desprendió de las gafas y la peluca fue él: Jacinto. Sucesivamente lo hicieron los otros dos personajes: el segundo dejó su mate y su expresión arisca: era Sábato. Y el primero, el principal, el que estaba sentado entre los dos resultó ser Proust. El pianista de jazz, Ray Charles, cambió las gnosianas por El tiempo pasará. También mi padre se deshizo de sus gafas: ¡Fuera los espejuelos!, gritó como si todo hubiera sido una broma. Mi madre se desprendió de su antifaz y apartó de mis ojos el que los cubrían sin yo saberlo. Todos los invitados eran conocidos. El General Cardenio Nogales bailaba con Isabel, la hermana de la Nene; ésta con Manolo Pastor; mi padre con mamá y su madame Bovary a un tiempo; yo con Rubén que me llevaba en brazos mientras le insistía: "¿qué se celebra?, ¿qué se celebra?" y él me contestaba: "y a ti qué te importa, mocosa, ¿no te lo estás pasando bien...?, ¿sí?, pues de eso se trata." Pero los más hermosos, los que mejor bailaban, jóvenes y llenos de vida y plenitud eran Jacinto y Beatriz. Me dedicaron el baile: "Por ser la única que nos has entendido". Yo, sin hacerles mucho caso insistía a Rubén: "pero ¿por qué bailamos?, ¿qué celebramos?".


De El amor y las Moiras (1994)

jueves, 4 de junio de 2009

El amor y las moiras (Servando)


Tendría once años cuando tomaron los republicanos la casa de mis padres como cuartel general. A nosotros nos reservaron una habitación. Mi madre había tenido la precaución de resguardar bien las imágenes religiosas para evitar que las destrozaran o, en el mejor de los casos, nos las arrebataran. En el pueblo se supo enseguida que las tropas que llegaban las encabezaba el General Cardenio Nogales, lo cual suponía un alivio para todos aquéllos que tanto temían a Castell.

La toma del pueblo fue correcta (?) y, sobre todo, incruenta. En casa no tardamos en comprobar que aquellos soldados nada tenían en común con los "demonios" que implantaban el comunismo libertario por donde pasaban, aunque sabíamos que, después de Cardenio Nogales, había de llegar la devastadora "Columna de Castell" salvo que, en virtud de algún milagro, las tropas nacionales consiguieran evitarlo.

Los meses que siguieron a la ocupación cambiaron a mi padre: un hombre con gran sentido del humor se convirtió en un ser introvertido, triste e imagino que aterrorizado. Su mirada se fijaba en mis ojos (inconscientemente risueños todavía, por la novedad) lánguida, inexpresiva, húmeda... El movimiento de la casa contrastaba ferozmente con la quietud y silencio de la plaza que, desde el interior de aquel improvisado cuartel, fue el único rincón del pueblo que vi durante una larga temporada. Los soldados, en general, me trataban cariñosamente, algunos hasta jugaban conmigo. El propio General, que había hecho suyo el despacho de mi padre, me trataba con una especial delicadeza. Lo recuerdo todavía como un buen hombre. Pero aquella aparente calma, se vio perturbada muy pronto y enseguida corrió de boca en boca una expresión que a todos (incluso a mí) se nos antojó maldita: "EJECUCION". Y, después, los disparos. Aquellos sonidos lejanos, secos, no muy numerosos pero quizá por ello más espeluznantes. Sabíamos que cada uno de ellos significaba la muerte de algún vecino. ¿Podría ser aquel gallardo y correcto General quien tomara semejantes decisiones? Yo nunca lo creí así y tenía algún indicio para ello. En la casa, como he dicho, había mucho movimiento. Pero no sólo de los soldados que la ocupaban. De vez en cuando venían nuevos con aspecto de malhechores (así me lo parecía a mí) y aquellas visitas solían preceder a las ejecuciones. También frecuentaban la casa dos vecinos del pueblo, a los que mi madre miraba con desprecio y sin disimulo, y se encerraban en el despacho de mi padre con el General y los soldados nuevos. Y aquellas reuniones eran seguidas igualmente de fusilamientos.

(Extracto del Capt. I -La ocupación-, de 'El amor y las moiras', Servando Gotor)
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