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miércoles, 24 de julio de 2013

MI LOCA CARLOTA, TU JOVEN WERTHER (Narciso y Servando)







Zaragoza, 13 de mayo del 2005

Mi loca Carlota:

Acabo de releer tu carta. Sí, la última. La que me escribiste desde la espesa niebla de tus dudas, tras la ventana golpeada por la lluvia, desde la mesa camilla del brasero agonizante. La acabo de leer. No sé, quizá sea porque hoy, precisamente hoy, me siento desdichadamente solo. Desde luego, no por la absurda boda de mañana, que lo impregna todo, no. Quizá porque hoy he leído algo grande y cuando leo algo grande me arrugo como una babosa infeliz. Tal vez porque la primavera no parece primavera. No sé, ya te digo que no lo sé, pero mis manos han corrido urgentes a la vieja carpeta roja. Y al releerla, al releer tu última carta, siento que el esperma me abrasa, que los espermatozoides que yo creía muertos despiertan ardientes desde el núcleo mismo de mi yo material.

Y al releerla, las eternas dudas. Las mías, propiciadas por las tuyas. Sí, lo sé, lo sé. Moriré con ellas y ellas morirán conmigo, bien. Pero me atrapan y me agarran y se aferran a mi cuello como una pitón que me estrangula. Carlota, mi Carlota, dime, aclárame, por lo que más quieras, aclárame qué pasó la noche aquella, tras la representación de La cantante calva. Dime que es verdad, dime que no hubo nada. Júrame por nuestro hijo, por nuestro único hijo, muerto al caerse de un avión, que entre Atropina y tú, al quedaros solas tras la representación, en aquel mugriento café de barrio en el que os dejé devoradísimo por los celos, no pasó nada. Que vuestras caricias en el escenario carecían de sentimientos. Que de verdad, de verdad, de verdad, eran ficticias. Sí, ya lo sé, ya sé. Dos grandes actrices, sí. Pero nunca, nunca os vi interpretar nada tan real como aquella noche. Ni a ti ni a ella. Jamás. Y luego, luego, en el rancio café, sentí el crepitar de vuestras miradas. Tan fuerte, tan fuerte, mi querida Carlota, que hasta me salpicó. Fue tanto el dolor, tan aturdido me quedé, que tuve que irme y dejaros. Ya ves, la huida; la cobarde huida. En lugar de arrostrar el peligro, en lugar de apagar el fuego, lo excité. Dímelo, Carlota mía, dime que no, que no hubo nada entre Atropina y tú. Que aquella noche nada pasó. Y aclárame, aclárame de una vez para siempre qué quieres decir en tu carta cuando te refieres a las preocupaciones de la pobre Atropina. ¿Es que la has visto? ¿Es que os veis? ¿Qué hace Atropina en Manhattan? ¿Por qué te fuiste a Manhattan? Sí, ya sé, ya sé, por supuesto. El cursillo en el Actors Studio, sí. Pero qué hace allí Atropina. Por qué no me dijiste que ella iba también. No, no me lo dijiste, Carlota mía, no. No me lo dijiste. ¿Por qué? ¿Acaso alguien, menos aún Atropina, puede darte el fuego, el calor que yo te he dado? No, Atropina no tiene una lengua como la mía, que conoce tu sexo, los rincones más profundos de tu sexo, mejor que tus propios dedos, Carlota. No. Nadie, nadie te dará nunca lo que yo te doy, nadie te hará las cosas que yo te hago, las más abyectas, las más bruscas, las más encendidas. No, Carlota mía, no. Nadie, nadie estará dispuesto a todo lo que yo lo estoy por ti. Por lo que más quieras, escríbeme. Escríbeme y dime que no, dime que Atropina es sólo eso, una amiga, una compañera de trabajo. Nada más. Dímelo y ven, regresa pronto. Te necesito con urgencia, con turgencia. Y me arrepiento, de verdad que ahora me arrepiento, de haberte dejado ir sola. Debí acompañarte, tenías razón. Pero, ya sabes, ya conoces mis impulsos, mis arrebatos, mis celos. Sí, está claro. Tenías razón. Siempre tienes razón. Qué torpe soy, qué torpe. Incapaz de sujetar mis impulsos, mis celos. Pero soy así, Carlota, soy así, fogoso, apasionado. Bien lo sabes, bien lo sabes cuando estoy entre tus piernas, mi amor. Así soy y así me tienes que querer, cielo: ardiente.

Cuánto te hecho de menos, Carlota mía, cuánto. Me paso el día centrado en tu imagen. Y cuando recuerdo tu piel morena y tus pezones azulados, se me inflaman los testículos, se me hinchan de tal forma que asemejan la redondez de tus pechos. Y entro en un círculo vicioso. Mi cielo, hoy me he pasado dos horas y media, dos, tú lo sabes y podrás creerme, dos horas y media masturbándome. Casi sin descanso, corriéndome en tu boca. En tus labios. En tu sexo acogedor. 

Ven pronto, Carlota, ven cuanto antes. Y, mientras, me escribes. Sí, escríbeme o mejor, si te es posible, llámame. Llámame y déjame un teléfono de contacto, por lo que más quieras, vida mía.

Te quiero.

Tu joven Wherter





Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El guacamayo azul

sábado, 22 de junio de 2013

CUANDO QUEDA CON EL FARISEO EN EL HOTEL ORIENTE (Narciso de Alfonso y Servando Gotor)



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Cuando queda con el Fariseo en el hotel Oriente, frente al edificio Adriática, se pasan al Savoy para echar un vermú con self y Niklaus le pide al caballero con sombrero de hongo gris que se pasa la vida allí, que le haga una fotografía junto a Bermúdez, sobre todo cuando viste de faraón. ‘Que la enseñaré a los amigos’, comenta en voz alta, ‘y presumiré de viajero’, piensa sin mover los labios. El Fariseo se sitúa frente al objetivo y Niklaus le dice que no, que se desplace un poco ‘para que se vea detrás la calle Alfonso y el Pilar’. Niklaus tiene ya cerca de quinientas fotografías como esta, pero no piensa parar hasta las mil, por lo menos. Después hacen una visita guiada en francés por Conde Aranda, ‘le notre Pigalle’, señala el Fariseo con su chaqueta amarillo chevallier, que siempre lleva puesta cuando va por ‘cette rue, le plus insigne et curiose rue du monde’. Y ya cerca del Portillo, junto al Colegio del Carmen y San José, andan tras ellos dos quinceañeras que, con sus patines a la espalda, se dirigen al Ibón.

- A ver si me explico, Marga: supón por un momento que somos amigas y alguien me quiere pegar, es sólo un suponer. ¿No me defenderías?
- Hombre...
- Seríamos amigas, Marga, no lo olvides...
- Mujer, si fuera una persona sola quien quisiera pegarte... sí, seguramente, sí.
- Pero ¡me quieren pegar, Marga! Ponte en situación.
- No, ya, si te entiendo, te entiendo perfectamente. Y si fuera una persona sóla la que quisiera pegarte, pues sí, yo creo que te defendería. Ahora, si fueran más...
- Si fueran más, qué...
- Que si fueran más, no. No, porque, a fin de cuentas, serían cosas vuestras... Y yo no me voy a meter en donde no me llaman. 

Vaya futuro el que nos espera, las tetas de las blancas aparecen en el Playboy, las tetas de las negras en el National Geographic, hay que joderse, dice el Faraón ajustándose el sombrero amarillo chevalier a juego con la chaqueta.


Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El Guacamayo Azul


sábado, 8 de junio de 2013

STARTWAY TO HEAVEN (Narciso y Servando)


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No lo dudó. Murdoc no lo dudó. Hizo examen de conciencia sin propósito alguno de la enmienda. Y de tripas, corazón. ‘Hasta aquí hemos llegado’, protestó al recordar al enano garroso que le había tratado como a una piltrafa. ‘A él, hablarle así a él, al Sire’. Se puso el mundo por montera y olvidó todo lo que tenía que olvidar: los ojos, la nariz y la sonrisa que se ocultaban tras el dorado cabello de una niña cuyo rostro jamás llegó a ver. Todo. Hasta las rencillas con el reverendo, que tan mal había llevado aquello de la fender, cuando Brown se la pidió para un concierto de catequistas y él se negó con el estribillo de la Ronda de las Mozas que le había oído al Fariseo: 

que se me ha roto la prima, 
la segunda y la tercera, 

le dijo. Sí, eso le dijo. Y Brown es de los que ni perdona ni olvida, Pero Murdoc se puso el mundo por montera, cogió su harley davidson, se ciñó la fender estratocaster en bandolera, como si fuera un rifle de caza mayor y, con la cabeza semioculta bajo las alzadas solapas de su chupa de chapa, fue a ver al maldito reverendo, atajando a golpe de acelerador por el corredor de Vasari. 
La puerta de la sacristía, cerrada. Pero el recinto entero retumbaba por los watios del interior. ‘El equipo DJ del cabrón del cura, se dijo’. Y lamentó haberse olvidado su disco de los Zeppelin. Ahora, ahora hubiera sido el momento de escuchar Startway to heaven al revés para oír los mensajes satánicos. Pero había que seguir. Así que golpeó varias veces con los nudillos sobre una estrella de ocho puntas. Se hizo sangre, claro, y se acordó de la madre del maldito mudéjar que diseñó la dichosa puerta. Enseguida comprendió que, con tanto volumen, era imposible que el reverendo le oyera. Y cuando ya estaba a punto de desistir, reparó en el videoportero de la sacristía. La voz del reverendo era como la de Spencer Tracy cuando lo doblan en español:
- Murdoc, qué cojones quieres de mí.
- Es un asunto importante, reverendo. 
- ¿Tiene algo que ver con el XVI Certamen de Boquiñeni?
- Qué certamen ni qué niño muerto.
- El de los juegos malabares.
- No, no tiene nada que ver.
- Pues entonces márchate, Murdoc.
- ¡Reverendo!
- Ya lo has oído, ¡vete!
- Es por lo de la convocatoria.
- ¿La de Boquiñeni?
- No, Brown, no. La de esta noche, a las dos.
- ¿La del Guacamayo Azul?
- Sí, la del Guacamayo Azul.
- Bueno, pasa. 
Se abrió una de las dos hojas de la gran puerta mudéjar. La sacristía, envuelta en incienso y con iluminación de verbena, le pareció a Murdoc el mejor escenario para una jam session en toda regla: El reverendo DJ vs. Murdok Stratocaster, pensó.


Narciso de Alfonso
Servando Gotor









sábado, 25 de mayo de 2013

CONDE ARANDA (Narciso de Alfonso y Servando Gotor)


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Unos dicen que era como la gorra de Wagner o de Durero, a otros les pareció una chapela. Los más despistados no vieron gran diferencia con el sombrero de teja que a veces llevaba el reverendo Brown. Pero lo que realmente llevaba Bermúdez, el Fariseo, el día que comenzaron las obras en Conde Aranda, era el gorro de la Cofradía de los Desamparados de la Triste Faz del Casco Antiguo. Negro y brillante como una cucaracha, pesado como un bloque de granito de Porriño, duro como el orden y cegador como un rayo de luna llena sobre los remolinos del Pozo de San Lázaro. 
Como le venía grande, lo fijaba sobre sus orejas, doblándolas, abriéndolas hacia fuera, machacando los cartílagos, comprimiéndole el  cráneo, clavando sus pies contra el suelo.  Y le cubría los ojos, reduciendo la longitud de su rostro en un tercio. Sin oscuridad no habría sueños.
-Pero, Fariseo, ¿cómo vas con esas pintas?
-No te oigo, Paxton. No puedo oirte. Es por el gorro, ¿sabes? Por el gorro de la Cofradía, que me aprisiona las orejas y me tapa los oídos.
-Pues quítatelo.
-No, no pienso. Todavía no estoy preparado. Acaban de levantar la calle. Mi calle.
-Pero ¿no decías que no oías?
-Y no oigo, pero adivino lo que me dicen. Como tampoco veo, pero imagino lo que le están haciendo con mi querida calle. Espero que no toquen el foso de los cocodrilos y que dejen en paz el acuario de los peces vampiro. Si se llevan el tren chuchú me da lo mismo, que ya estoy harto de verlo. 

El Fariseo afronta siempre Conde Aranda con sólido monólogo. ‘Dios es tímido; por eso no sabemos si realmente existe’, recuerda haber dicho esa misma madrugada a sus más de treinta esclavizadas hijas, que trabajaban sin descanso en la construcción de la pirámide, cada vez más retrasada porque las muchachas deshacen por la noche todo lo que han construído durante el día, o incluso un poco más, como treinta despechadas penélopes.


Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El Guacamayo Azul



jueves, 18 de agosto de 2011

EL GUACAMAYO AZUL: Indice de personajes principales

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Agencia
Esposa de Homero, el ciego vendedor de cupones.

Alejandra
Camarera del El Guacamayo Azul, ena-morada de un desconocido con bigote que conoció en los galachos de Juslibol.

Anacleto
Taxista ilustrado y kiosquero.  Marido de Cassandra, a quien le tiene que rendir cuentas a diario, aunque le sisa a menudo.

Atropina
Atropina Jackson.  Egipcia, amiga de Certeza y Alejandra, que acostumbra a pasear por la isla con sus cinco tigres.

Bermúdez, el fariseo
Especulador venido a millonario que tiene esclavizadas a sus treinta hijas, quienes construyen para él una pirámide.  Le llaman Fariseo porque viste como un faraón, aunque también acostumbra a llevar una chaqueta amarillo-chevalier.

Callaway
Condenado por la matanza de los niños de Ohio.

CASSANDRA
Esposa de Anacleto, a quien siempre le exige rendir cuentas.

Caty
Catalina. Pintora de naturalezas muertas. Esposa de Paxton y madre de Platón.

Ceferino
Churrero de Conde Aranda.

Certeza
Hija de T.S. Murdoc y novia de Platón Andrade. Vive de espaldas a la realidad y, a veces, patina en el Ibón.

Cherubino
Matador que se enamora de Caty.

Ciegus
Murdoc.

Contreras
Apoderado de Cherubino.

Damián
Cadáver por el que tocan a muerto en la isla. Muy mujeriego (en vida).

Delgadina
Perdida en la intemperie de Blue Bayou. Madre de Devy

Delphine
Amiga de Certeza. Antes era puta, ahora tiene una tienda de animales.

Desmond Potter
Bala humana del circo Sustanzzia. Novio de Atropina Jackson.

Devy
Hija de Delgadina.

Dondieu
Senegalés con locutorio público en Conde Aranda,  junto a la tienda de Kamal.

Dora
Recoge un clavel que se le ha caído a Certeza.

Elisabeth Louise Vigée-Lebrun
Pintora de Maria Antonieta (s. XVIII) cuyo autorretrato está en el corredor de Vasari.

Es
Prima de Murdoc que dormía desnuda.

Fariseo, el

Bermúdez.

Felipe, don
Viejo verde y rojo maestro azul de la Reme

Frany
Madre de Murdoc.

Gertru
Camarera de El Viejo Mandril.

Homero
Ciego, vendedor de cupones.

Humberto
Cartero.

Kamal
Tendero musulmán de Conde Aranda.

Lizzette
Gata Persa ya muerta. Mascota de Certeza que sirvió asada en un compromiso.

Louchette
Gatita persa.  Nueva mascota de Certeza, que se parece a la nube que hay sobre la isla.

Luget
Dueña y cajera pedorra del Contraseña Falsa.

Luño
Hijo de la Reme y Poncio.

Maxwell
También, Max. Marino de los de antes. Marchó de la isla pero sigue enamorado de Susan, a quien le envía mensajes de amor embotellados.
 
Mortimer
Mulligan

Mulligan
Vericueto Mulligan.  Su verdadero nombre: Joe Mortimer (Morton). Jefe del departamento de homicidios de Ohio, disfrazado de turista. Mide 1,51 de estatura.

Murdoc
Thomas Stern Murdoc. Padre de Certeza Murdoc.  Dice estar enamorado de su madre Frany, de Es, una prima que dormía desnuda, y de Caty. Las dos últimas le recuerdan a Elisabeth-Louise Vigée Lebrun.

Nanus
Mulligan.

Nietzche
Perro de los Andrade (Paxton, Caty y Platón ).

Niklaus
Turista y enterrador de la isla.

Olloqui, Alberto
Juez navarro, residente en Madrid, que viene a Zaragoza, su nuevo destino, para comprar un piso.

Orrios Viamonte
Camarero de El Viejo Mandril.

Padre Gervasio
Padre escolapio que rompió a Murdoc la única fotografía que guardaba de su primer amor.

Parva feligresa
Amiguota del reverendo Brown.

Patinadora
Certeza.

Paula
Gemela de Rebeca.  Vecina de Platón.

Paxton
Paxton Andrade. Defensor del lado frágil de Zaragoza (la isla), marido de Catalina (Caty) y padre de Platón Andrade.  Está enamorado de Caty, de Alejandra y de la patinadora del Ibón.

Platón
Platón Andrade. Hijo taciturno y solitario de Catalina (Caty) y Paxton Andrade, novio de Certeza Murdoc. A veces viste como Wherter cuando se suicidó, habla con dificultad desde que Certeza le rompe la boca, y trabaja de aprendiz en la droga Alfonso.

Poncio
Marido de la Reme y padre de Luño. Trabajó en el circo Sustanzzia y ejerce como abogado.

Ray Piper
Víctima de Murdoc, según Murdoc, que lo tiró a los tiburones y, desde entonces, pinta con los pies.

Rebeca
Gemela de Paula.  Vecina de Platón.

Reme, La
Remedios.  Pintora de naturalezas vivas. Esposa de Poncio y madre de Luño, perdió a una hija, se ha dado a la bebida y tiene problemas siquiátricos.

Reverendo Brown
Jack Brown.  Cura falso de la isla, hijo de Santi Tartanas.  Su verdadero nombre es Santiago Moreno y está obsesionado con participar en el XVI Certamen de Malabaristas de Boquiñeni.

Santi  Tartanas
Lechero del barrio Jesús que hizo fortuna especulando con el suelo, aunque la isla guarda una leyenda romántica de la que es protagonista.  Padre secreto del reverendo Brown.

Sasiné
Camarero de L’enfant Sauvage, enamorado de Certeza.

Silvestre
Anciano indigente, cliente de Poncio.

Sire
Murdoc.

Sloan
Padre de Alejandra.

Solanillas
El tigre más listo de los cinco que tiene Atropina Jackson.

Stanton
Hermano y primera víctima de Murdoc.  Mató a sus propios hijos.
 
Susan
Tiene una casa en el río y espera el regreso de Maxwell.

Thierno
Senegalés enganchado a internet en el locutorio de Dondieu.

Waiter
Orrios Viamonte.

Sza-Sza
Madre de Paxton Andrade.

Sza-Sza
Amor de Paxton Andrade.

Sza-Sza
Gata persa de Paxton Andrade.




Narciso de Alfonso
Servando Gotor





sábado, 22 de noviembre de 2008

En la casa del río de El Guacamayo Azul

Aquí estamos: Concha, Narciso (Nar), Peparnáu-calvoarnáu (Er Pito de la Capadoccia) y yo en la casa del río de Concetta la noche que la inauguramos. Cuánta inspiración para nuestro Guacamayo Azul.



Susan es humana, demasiado humana, pero tal vez de su infancia le queda una ferocidad fija, una extraña facilidad carnívora para matar, un estilo venenoso de defenderse. A Susan le gusta mucho el Carrefour porque dice que se parece a Betanzos, aunque ella nunca haya estado en Betanzos, se vino directamente de Nueva Caledonia a Zaragoza, sin pasar por Puerto Príncipe. A veces llora sin motivo, con los ojos, sólo con los ojos, de pronto dos enormes lagrimones cruzan su cara y, goteando, caen al suelo, plop, plop.

Espesa de pestañas, decorada para enamorar, subida de tono y proclive al canto gregoriano, Susan anda de puntillas para acercarse silenciosamente al amor sexual, que tanto necesita siempre. En celo, enorme de tetas, elástica de estilo y cubierta de oro a borbotones, tantea a los machos de la manada esperando una respuesta de inmediata erección, sin cortejos ni entretiempos.

Susan, en un rincón de El Guacamayo Azul, frente a su vaso, aunque parezca que duerme, en realidad sueña. Sueña que te lleva abajo, a su casa junto al río. Persianas bajas. Párpados cerrados. Rayitos de luna perdidos bañan la casa del río. Con olor a hierba. Con ecos etílicos.

En la casa del río huele a jazz. A jazz, a bourbon y a mississippi. El saxo de Ben Webster que suena como ninguno, suena mejor en la casa del río.

Ahí están, sí. Ahí ve a los tres. Como en los mejores tiempos de El Guacamayo Azul, igual. Pero mejor aquí, en la casa del río, cerquita de mí: Paxton, el reverendo Brown y Maxwell, mi Maxwell.
(de El Guacamayo Azul)
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