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viernes, 4 de octubre de 2013

HOY EN BALCONCILLOS... Súcubo (Leopoldo María Panero)

y le dije: no tengo pelo, soy un pez

Súcubo
Y me encotré una mujer frente a mí,
y le dije: no tengo pelo,
soy un pez. Y ella me dijo:
conocerás el mar, esa ancha tumba
en que nada el Kraken
y se pierden los barcos.
Y era como descubrir en un barco, de noche
a la luz de las estrellas
que está uno abrazado al diablo,
a esa mujer, esa limosna
que sólo él puede ofrecerme
y cuya mano acaricia torpemente
las cuencas vacías de mis ojos
en ese albañal que tengo por juguete,
y por figura; y le diré entonces:
he tenido comercio con la nada..



Súcubo
de Piedra negra o del temblar, 1992
Poesía completa 2000-2010
Visor libros
Madrid, 2013

efes

miércoles, 12 de septiembre de 2012

BALCONCILLOS 23 (Narciso de Alfonso)

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sgs
 
La llaman bicho o bichito, está soliviantando al personal. Suele sentarse o tumbarse allá al fondo, detrás del perejil, entre el sol y la sombra. Sólo sabe hablar de las pollas y los coños que ha chupado por todo el mundo. Debería matarse. Que la hagan callar o que la maten, necesita un descanso largo, muy largo: eterno.

La sala 18, la sala 18, se cree que está en la sala 18 de algún sitio. Escúchala, escucha: a kafka le pasó lo que a mí, fue demasiado lejos en la soledad… y tuvo que saber que de allí no se vuelve. Él se alejó -yo me alejé- no por desprecio, sino porque una es extranjera, una es de otra parte. Ellos se casan, procrean, veranean, tienen horarios, no se asustan por la tenebrosa ambigüedad del lenguaje (no es lo mismo decir buenas noches que decir buenas noches).

Ya lo ves: una egocéntrica, una egomaníaca, una narcisista que desprecia todo y a todos, incluso a ella misma… debe ser algo maligno lo que tiene esta muchacha, bicho, bichito: bicharraco, me parece a mí que es su nombre.

Y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada, y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo, aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18, persuadiéndome día a día de que la sala, las almas puras y yo, tenemos sentido, tenemos destino.

¿No te lo decía? Ya salió la sala 18.

¿Sentido, destino? A esa pobre mujer, el médico le dice que tiene problemas, y ella dice que no sabe, tocándose las tetas dice que ahí tiene algo, y unas ganas de llorar que mama mía. ¿Sentido, destino? Ustedes, los mediquitos de la 18, son tiernos y hasta besan al leproso, pero ¿se casarían con el leproso?

Esta muchacha no está en sus cabales, ya te he dicho que era un ser maligno, perverso, dime tú, ¿cómo se va a casar el médico con el leproso, su paciente? Qué disparate, qué bicharraco de muchacha.

Pobres mediquitos, quieren que la sala 18 –una pocilga- esté limpia porque la roña les da horror, y el desorden les da terror, y la soledad de los días vacíos se les llena de los fantasmas ilícitos de la infancia. Haber besado tantas pollas para acabar encontrándome en una sala llena de carne de prisión.

Que la hagan callar como sea, si es un bichito que la espolvoreen con abundante insecticida. Se debe creer que es una poeta maldita… es más bien una maldita poeta. Insecticida, por favor.

Bien, bueno, ya ves que en estos balconcillos hay también miseria humana, no todo son palabras bonitas ni poesía pura. A veces los muchachos pierden la paciencia o se dan por vencidos o necesitan hacer daño para hacerse daño y que así les duela algo de verdad: un dolor concreto, reconocible porque ellos mismos lo han provocado.

Aquí, como en (casi) cualquier lugar, cuando alguien abre las puertas del infierno, se nota. Claro que ahí está don roberto, que se ha levantado nihilista, y no sé qué es peor: estamos en un naufragio sin barco, sin mar y sin playa, sin espectador, sin fondo y sin náufrago: una historia que nadie cuenta y nadie escucha: una falla sin importancia del abismo.

Sí, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa, me han adornado ridículamente para este mundo, ay, no es lo mismo decir buenas noches que decir buenas noches.

Es el bicho otra vez, creía que lo habrían exterminado, pero sigue extendiendo su malignidad y su resentimiento; su melancolía grande, gorda y marrón. Y, sin embargo, las hojas se estremecen, sin ningún sentido, hermosamente, cuando se levanta el viento del sur. Yo digo, yo creo que vivir es respirar, serenarse, mirar mapas, leer en la piel muchas cosas que no son cuestionables.

Las palabras deben tratarse con cuidado, casi con delicadeza, como los huevos, porque una vez rotas, son cosas imposibles de reparar.

Ya estamos, esa es anne, seguro. Aquí todos se la cogen con papel de fumar. Anne se pasa la vida viajando, trayendo y llevando átomos de aquí para allá; trasladando cosas que existen, desordenando el universo. Seguro que ella ha roto muchos más huevos que los que ha puesto, pero siempre tiene que decir algo, no puede estarse calladita.

La realidad privada detiene su regreso al desastre que conocemos, a la sucia oportunidad, y pone las opciones individuales en punto muerto. Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.

Aquí cada uno va a la suya, hala, y si les dices algo, se justifican alegando que es el tema el que los elige, que ellos son sólo instrumentos del idioma que los posee y habla a través suyo. El muchacho pelirrojo que habla en francés o en griego, según el día, busca su carnet de condenado. Para fastidiarlo, le pregunté: ¿y cómo es, cómo es ese carnet, por si lo he visto? Y me respondió con toda naturalidad –pero en griego- que como cualquier otro carnet, de color verde botella y plastificado, pero sin foto: solamente constan, me dijo –en griego- los datos de filiación en el reverso y el número, el número en cifras grandes y rojas, en el anverso. ¿Y cuál es tu número, muchacho?, le pregunté en buen francés. Eso es lo que quiero saber, por eso busco el carnet que he perdido, me respondió –en griego, con acento arcaico-.

Cae el crepúsculo y cesa el viento: las sombras son húmedas, las palomas, negras: he llegado por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.
 
 
 
 
Narciso de Alfonso
 
 
 

lunes, 3 de septiembre de 2012

BALCONCILLOS 22 (Narciso de Alfonso)

 
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El problema (uno de los problemas) es que el recuerdo no es ordenado: ignora lo precedente y lo subsiguiente; a veces se desprende y vive por su cuenta. Hace ya 50 años: la luz iba cambiando del verde al púrpura y al rosa; la música era fuerte y vibrante. Rosalie era la mejor: sabía cómo hacerlo, rugíamos cuando ella brindaba magia a los solitarios. Eras buena, Rosalie, suficientemente buena como para recordarte ahora que la luz es amarilla y las noches son otras, muy lentas.

Uno de los chicos que –dicho entre nosotros- es un poco neurasténico, quiso responderse a aquella pregunta que dice: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? En seguida supo que sus preferidas eran las caras de mujer –incluso para llevarlas él-, pero no le servían. Desechó las caras de santos, filósofos, boxeadores, incluso la de Dios padre: le pareció demasiado solemne. Acabó quedándose con su cara y, de este modo, respondió que sí, sí, a la pregunta que se había hecho. De todas formas –y como era de esperar en él-, enseguida comenzó con su retahíla: que los ojos se le habían licuado y su luz era oscura y triste; que las arrugas a los lados de la boca eran como arcos o paréntesis y le hacían parecer un perro viejo; que de perfil, la nariz le crecía groseramente y –sin saber por qué- se le encorvaba. Volvió entonces a preguntarse: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? Después de un minuto de reflexión contestó, de nuevo, que sí, sin duda que sí.

Otro de los muchachos ha descubierto el glíglico y se pasa el día, los días, diciendo cosas como: ella lo vio de lejos; él llevaba en la cinfrosa un burtio de buen tamaño que, cada tanto, dejaba caer al suelo sin desatarlo. El burtio, como iluminado de pronto, comenzaba entonces a discogar, despacio al principio, pero cada vez con más cresiolos, bedrando peligrosamente con las implodesas traseras y con el amilón, que parecía una sirena o una cesta llena de fresas. Como se acercaban a un corral de gallinas y agumios que él, vigilando al burtio, no había visto, ella tuvo que grosarle con fuerza para evitar que el burtio, con un olfato físulo, se apojagara contra las gallinas y, sobre todo, contra los agumios, casi recién nacidos.

En estos balconcillos, como en casi todas partes, la realidad es veloz, impaciente, urgente, puro dinamismo. Uno de los veteranos, charles, dice que si acompañamos con la vista cualquier movimiento de lo real –el paso de un tren, la cuerda de una polea en acción, un burtio que sale disparado- el resultado óptico es momentáneamente estático. Esa, esa es precisamente la estrategia, dice charles: detener lo dinámico, analizar el vértigo como si fuera un objeto detenido. Los demás lo escuchan pero no le replican, lo que no es una buena señal.

El bueno de césar (que siempre ha de dar la nota) pasa las tardes en las mañanas tristes, dando silbidos técnicos con toda su maquinaria en marcha. Vive la vida, sólo la vida, así: cosa bravísima, dentro del orgullo grave de la célula. Se alimenta de lo inexacto y muchas mañanas vuelve del bosque, desvelado y sin prisa, con un pequeño rectángulo de eternidad entre las manos.

Pero ¿quién no vuelca pequeños venenos azules? Los niños de managua sueñan con ser pelícanos y buscan un océano y golpean sus rostros contra el agua hasta perder la vista. Los líquenes traen de la noche un verde mortal. Hay perros románticos en todos los seres de cinco letras. Estando, ay, así las cosas, ¿quién no sueña con vengarse?
 
 
 
Narciso de Alfonso
 
 

miércoles, 22 de agosto de 2012

BALCONCILLOS 21 (Narciso de Alfonso)

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Merry-Go-Round
Mark Gertler (1916)
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Asómate a estos balconcillos si quieres, si te apetece, pero no te pares, no te sientes, no hables con la boca llena de sangre, que la sangre sueña con dalias y las dalias empiezan a sangrar.

No sé si es culpa tuya que estés hecho de cristales amargos (y de líquidos ardientes) que se disputan tu ternura y empujan sin cesar tus dolorosas poleas, tus émbolos y tus (dentadas) ruedas escarlata. Eres sólo un insolente juguete de cabellos negros y dientes amarillos.

Estás hecho de sonrientes materias (que sollozan y sollozan), pero también de sollozantes materias (que sonríen y sonríen). Eres un pobre laberinto de células y ácidos azules. Aunque no seas el padre de la jirafilla, asómate si quieres a estos balcones de ambiente ameno y amable clima. Puedes oír y hasta escuchar lo que dicen los muchachos cuando quieren hablar, que es sólo de vez en cuando. Puedes verlos ir y venir, a no ser que prefieran esconderse.

Te aviso: te mojarás en la rue dauphine, no hay nadie en los cafés repletos, no te miento: no hay nadie. No hay ventanas ni afuera y no llueve en rangoon. Si por lo menos fueras un poco sensato. Mira, mejor te sientas ahí, donde revolotea la mosca pequeña: estáis juntos, trenzados en el aire y en la vida y ya es tarde para los dos. Creo que te conviene conformarte con esa oscura –pero indudable- fraternidad que te une a la mosca, sí, a la más pequeña. ¿Qué más quieres?

Pongamos –por poner un poner- que fueras un producto nacional, o incluso un poder. En ese caso, los átomos te dejarían (de momento) que vivieras en tu fantasía, es decir, en lo vulgar del día, que es tan sólo un cada día más sin más, normal, fabulosamente real. Pero ya te he dicho que no te miento: no hay nadie en los cafés repletos, y no hay tampoco ventanas ni afuera. Y no llueve en rangoon.

Y tú ya me has dicho que estás tremendamente solo, hilvanando biodramina. Y también me has dicho cuánto catorce ha habido en tu existencia. Bien, bueno, vale, pero cuando alguien se va, alguien queda.

Alguien se va en tren o en avión o a caballo o a pie o arrastrándose. Pero se queda el órgano, el agente en gerundio y en círculo. Los pasos se van, como los besos y los perdones y los crímenes. Pero quedan los pies, los labios, los ojos, incluso el corazón. El bien y el mal, el sí y el no, se van, pero queda el sujeto del acto en preferente para llamarte paco o joe o mary, para decirte que eres un indecente o un pendejo o un sucio canalla.

Escucha, escucha: sharon está hablando de su madre, no te lo pierdas. ‘Por las ventanas de su nariz saca pergaminos que arden’. Caray con la madre de sharon, realmente tiene para todo. ‘En el grand finale se saca lentamente a mi padre de su coño y poniéndolo en un sombrero de seda, lo hace desaparecer’. Carajo con sharon y su madre, las dos solas llenarían el mundo de sucios conflictos.

Raymond, al contemplar cómo su esposa se suelta y se cepilla el cabello castaño frente a la ventana, se acuerda, no sabe por qué, de los 300, de aquellos lacedemonios sobre los que escribió el bueno de herodoto. El (espléndido) jerjes quiso saber (asombrado, incrédulo) por qué los 300 peinaban y repeinaban sus largos cabellos antes de la batalla. Le respondieron lo que ya (más o menos) sabemos: cuando estos hombres van a perder la vida, quieren que sus cabezas estén hermosas. A eso se le llama, aquí, entre nosotros, tenerlo claro.

Con la que está cayendo y allá va almudena con la chaquetita de angorina rosa y botones de nácar que le regaló su… amante. Pasaron un fin de semana en santiago, pero no pudieron encender una velita al apóstol porque, justo en ese momento, un niño se dio un (tremendo) cabezazo contra la piedra de la pila bautismal (wow, cómo duele eso) y tuvieron que consolarlo, claro. Ay, almudena y sus amores con señores y ustedes.

Aquí, en los balconcillos, en los asuntos del amor y de la vida y de la muerte (y en todos los demás) cada uno va por libre, sin encomendarse a dios ni al diablo. Hay momentos, cuando todo el mundo duerme, en que las preguntas se vuelven demasiado profundas para un hombre tan sencillo como yo. ¿Quieres decirme, por favor, lo que hemos aprendido? Sé que suena absurdo pero, por favor, dime quién soy. Y cuidado con lo que dices o te van a llamar radical, liberal, fanático y criminal. Son los supertramp, claro.


Narciso de Alfonso


lunes, 23 de julio de 2012

BALCONCILLOS 20 (Narciso de Alfonso)

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¿Cómo ordenas o cómo se ordenan las cosas en tu cabeza, mortal? El corazón es un río manando de sí mismo, un río que no puede ser cruzado y que (todavía) lleva el grito del somormujo y las sales de lo indeciblemente humano.

Así es como se expresan estos chicos cuando quieren o cuando pueden: nos hacen revelaciones: atento, atento: no enseñan ni hacen publicidad ni venden ni comunican ni inventan, sino que revelan. Sin abandono y sin impostura abren el pellejo. La revelación hizo, ha hecho, sigue haciendo que shakespeare se haya convertido en un intelectual. ¿Necesitamos más pruebas de que funciona?

Bien, bueno, ya basta, no quiero ensañarme con el pobre shakespeare, que, además, ya estaba pidiendo un relevo de universalidad, ya estaba cansado de haberlo dicho todo para siempre, no quería seguir siendo de la raza de todos menos uno.

Por lo demás, te conviene palparte la cara, la voz y, sobre todo, los papelitos, sí, no te olvides de palparte los papelitos. Asegúrate de que llevas un aceite contra dos vinagres y de que tienes tus octavos pensamientos. Aquí gotea el alba por todas partes, y cuando llueva verás que la lluvia se te parece (como tú, cae desvariando, solitaria en un mundo muerto, rechazada y sin forma obstinada, ay).

Puede que te encuentres con un poeta francés de mirada dura que dice que su vida está hecha de días de menos: no que cada día que pasa sea un día de menos: te dice que cada día que pasa, para él pasa en menos: no en negativo ni en vacío, sino en menos. ¿Ya?

Si oyes alguna palabra suelta y dicha de un modo raro, seguramente será alguna de las manzanas del frutero –el grande de la planta baja- que están aprendiendo a hablar.

Si vas a tratar con el mono (que es simpático y obsceno por elasticidad), puede que te conmueva el misterio de su unidad o su culo rosáceo y frágil o su olor. El mono llora lloviéndose por dentro cuando le duele y, si te mira, te confundirá con su evolución. Has de saber que su centro, su yo, no es un punto, ni la reducción de un punto al infinito, ni siquiera la ausencia de centro, de punto y de infinito: has de buscarlo con tu propia ausencia. Si llegas a él, si le alcanzas, entenderás que te dice –sin palabras, claro- algo como: ‘vales más que mi número, blando prójimo y hombre solo’. Si le contestas –o no- y qué le contestes será ya cosa tuya.

Es posible, puede –a poco que deambules o te pasees por estos balconcillos- que te cruces con un niño, con leopoldo maría, que te pedirá que lo despidas de su madre y apagues la luz de su cuarto porque él se va a jugar con la muerte. Si ve que eres persona de confianza te pedirá también que ordenes sus juguetes: le gusta poner al oso con el oso, al pájaro con el perro y, en cuanto al pato, prefiere que se deje solo al pato. Tú mismo, como siempre.

Y bueno, por acabar de ponerte un poco en antecedentes de lo que te puedes encontrar por estos andurriales, quizá te cruces con un muchacho alto y hermoso, con el pelo negro y perfumado y con el brillo de la inmortalidad en la mirada. Será justo en el momento en el que cae la tarde, entre las sombras y las luces, y te preguntarás cuál de Ellos ha bajado desde las Augustas Moradas, y para qué sospechoso placer.



Narciso de Alfonso

lunes, 16 de julio de 2012

BALCONCILLOS 19 (Narciso de Alfonso)

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¿Te acuerdas de cuando murió abraham? Sara estuvo toda la tarde hablando con él, con un cadáver. Y cuando la escuchábamos sonreíamos mientras, al mismo tiempo, nos secábamos las lágrimas. Te tienes que acordar, fue en este mismo tanatorio. La caja de abraham se parecía mucho a la tuya.

Vaya, a albert quizá le gusta escribir poemas con sorpresa final, pero se trata de un poema terrible, sí, la muerte, la muerte.

El bueno de pessoa le da la réplica con un poema de amor, quizá no menos terrible: atento, que habla el príncipe, guarda silencio: un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo, me sirvieron el amor como las tripas frías. Dije delicadamente al cocinero que las prefería calientes, que las tripas (y eran a la manera de oporto) nunca se comen frías. No comí, no pedí otra cosa, pedí la cuenta y salí a la calle. Pero si yo pedí amor, ¿por qué me trajeron tripas (a la manera de oporto) frías? No es un plato que pueda comerse frío, pero me lo trajeron frío. No me quejé, pero estaba frío. Nunca puede comerse frío, pero vino frío.

Lo que respondo cuando los muchachos me atacan con sus armas pesadas y, por decirlo de algún modo, pretenden impresionarme, es siempre lo mismo: quiero el color rosa o la vida, quiero el rojo o su amarillo frenético, quiero ese túnel donde el color se disuelve en el negro falaz con que la muerte ríe en la boca, entre las frías escamas de unos peces amándose. Ay, el temor a la muerte, ¿enmuerta? ¿te estás enmuertando? Será el miedo, con sombrero negro, que esconde ratas en tu sangre.

Pero también conviene, ay, que en estos balconcillos a veces siniestros, escuches palabras sosegadoras, quizá sosegadoras: siéntate en medio de las ruinas, siéntate con dulzura en el medio o al borde de las ruinas: son nuestra única propiedad. El río desciende y yo sólo siento ahora el olor del agua: sólo puedo darte el dolor de mis ojos, el azul capaz de matar y la luz que me acompaña, indefensa.

Si no quieres correr riesgos, has de irte de estos amenos balconcillos, de agradable clima, con la seguridad de que ningún recuerdo se ha quedado dentro de ti. Puedes sentarte a beber agua con el helecho, al caer la tarde: el helecho contemplará sus frondas y tú podrás contemplar las tuyas. Si tu animal aúlla o tu ángel está preocupado, puedes empezar a preguntar por la intemperie o puedes empezar a tocarte las manos: en cualquier caso, tranquilízate y piensa que cualquier día podrás deshacerte de los significados, en el caso de que se quedaran cortos –como se le van quedando pequeños los zapatos a un niño cuando crece-, porque cada cosa es ella misma y, además, un huevo, sí.

Ya sabes, ya sabes que aquí vivimos la vida sin pantuflas ni paralelos, gallardamente; estamos a favor y en contra de la unidad y sabemos –por sentido común- que nuestros cerebros se convertirán en blandos cojines blanquecinos, de forma que nos iremos acercando a la figura precisa de una puerta que, en un edificio en ruinas, cuelga desvencijada de la única bisagra que le queda. Dentro de nuestros ojos hay un caballo, el padre de los que después aprendieron a llorar, ay, y también vamos sabiendo que la muerte está hecha de sillas y de atardeceres extra.

Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte.




Narciso de Alfonso






miércoles, 27 de junio de 2012

BALCONCILLOS, 18 (Narciso de Alfonso)

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sgs



Si tu vida ha sido plana hasta el día de hoy, puede que el relieve te aceche en estos balconcillos, de clima suave y ambiente ameno. Puedes hacer las trampas que quieras con el tiempo, pero tus días están contados. ¿Tienes grietas cuando sales a la calle o las cejas crecidas de tanto llorar? ¿puedes mirar al destino directamente a los ojos? ¿está tu vida desecha en una raya de la noche, en ese vidrio que sangra en la ventana? Según lo que hayas respondido a estas sucias y precipitadas preguntas, tendrás que hacer un cursillo acelerado de genuflexión, ay.

Sube a uno de los balconcillos más altos, si quieres, desde el que verás girar las turbinas del crepúsculo. Sentirás la atmósfera estancada (y ligeramente teñida de rosa y de azul), verás el espacio puro donde las flores se abren interminablemente y donde se pueden contar hasta los caracoles en la hierba.

Bien, vamos allá, si te parece, que en la embajada se están poniendo nerviosos. En primer lugar, ¿eres como nosotros? ¿tienes suturas, cicatrices que muestren que has perdido algo? Parece ser que hay un error general, humano, cuyo ángulo no conocemos: eso es precisamente lo que más nos interesa, y tenemos que saber si tú has venido solamente a añadir las trivialidades de tu vida al (ya considerable) dolor de las nuestras. Los demás, que se apañen con la nómina o la falta de nómina, con el vídeo, la coca o la esperanza.

Algunos opinan que la vida es un viaje experimental hecho involuntariamente o que somos algo que sucede en el descanso de un espectáculo –por decirlo así-, una forma de estar en las cosas que no nos quieren o, quizá, como ratones que volvieran de algún infinito que desconocen. Estas explicaciones tienen la suficiente claridad y, también, la deliciosa oscuridad de la armonía, pero demasiada herrumbre, querido, demasiada herrumbre.

Lo que nos importa es poner huevos en el tiempo y no en la eternidad, y no estamos dispuestos a seguir jugando al cierraojos y ábrelos. Don roberto dice que el amor empieza cuando se rompen los dedos. Parece (sólo parece) que los árboles tratan de decirnos quiénes somos. Pero no sabemos ni siquiera a qué hora vendrán con nuestro retrato, ¿nos reconoceremos sin lo que nos sobra? Cuando el aire tiene sabor a tiempo, las fronteras no están lejos, ay.

Sube, si quieres, cuando quieras, a estos amenos y hermosos balconcillos y no te dejes intimidar, por lo menos de inmediato, por lo que oigas o dejes de oír. Mira las suaves laderas del crepúsculo dorado que está virando a negro. Si has estado anudado y te han desanudado con prisa o con violencia y te has quedado (como) depositado en nódulos y silencioso hasta la maldición, entonces ya sabes cómo anuda el amor, cómo alienta sobre el vinagre hasta volverlo azul. Después, más tarde, tal vez, cuando la luz regresa, ya no sabemos ni qué queríamos ser: hasta entonces, habíamos estado siempre atados de amor, sin amor, muertos, respirando un barro cansado, escondidos en sitios negros y dulces, tal vez ocultando los clavos, ay.

Sube y asómate aunque no seas el padre de la jirafilla, aunque no seas el padre de las tórtolas ni de los geranios, aunque no hayas contado los caracoles. Pero no te entretengas (demasiado) oliendo cómo el perfume se separa de las flores y emprende el viaje: si te descuidas, enseguida te meterán en unas meninas, montando caballos muertos, sí, tal como dijo el poeta inglés, tumbado en la hierba, de los tres segadores: un cuarto está segando, y ése soy yo.

Si no te mojas, si no te empeñas, si no te pones firme y serio y exigente, no verás nada preciso: una polvareda que pasa, una nubecilla rosada y tonta. Podrás decir: miraban, no miraban, y distantes distantes. O: me acuerdo de árboles (muy) altos. O: algunas cosas hacían sombra al moverse o al no moverse. O: había algunas columnas rotas y cisnes serios como hombres.

En súmula y ultimidad, una de tus manos se habrá quedado vacía y nunca sabrás cuál de las dos.



Narciso de Alfonso


sábado, 21 de abril de 2012

BALCONCILLOS, 17 (Narciso de Alfonso)



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El problema (uno de los problemas) es que el recuerdo no es ordenado: ignora lo precedente y lo subsiguiente; a veces se desprende y vive por su cuenta. Hace ya 50 años: la luz iba cambiando del verde al púrpura y al rosa; la música era fuerte y vibrante. Rosalie era la mejor: sabía cómo hacerlo, rugíamos cuando ella brindaba magia a los solitarios. Eras buena, Rosalie, suficientemente buena como para recordarte ahora que la luz es amarilla y las noches son otras, muy lentas.

Uno de los chicos que –dicho entre nosotros- es un poco neurasténico, quiso responderse a aquella pregunta que dice: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? En seguida supo que sus preferidas eran las caras de mujer –incluso para llevarlas él-, pero no le servían. Desechó las caras de santos, filósofos, boxeadores, incluso la de Dios padre: le pareció demasiado solemne. Acabó quedándose con su cara y, de este modo, respondió que sí, sí, a la pregunta que se había hecho. De todas formas –y como era de esperar en él-, enseguida comenzó con su retahíla: que los ojos se le habían licuado y su luz era oscura y triste; que las arrugas a los lados de la boca eran como arcos o paréntesis y le hacían parecer un perro viejo; que de perfil, la nariz le crecía groseramente y –sin saber por qué- se le encorvaba. Volvió entonces a preguntarse: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? Después de un minuto de reflexión contestó, de nuevo, que sí, sin duda que sí.

Otro de los muchachos ha descubierto el glíglico y se pasa el día, los días, diciendo cosas como: ella lo vio de lejos; él llevaba en la cinfrosa un burtio de buen tamaño que, cada tanto, dejaba caer al suelo sin desatarlo. El burtio, como iluminado de pronto, comenzaba entonces a discogar, despacio al principio, pero cada vez con más cresiolos, bedrando peligrosamente con las implodesas traseras y con el amilón, que parecía una sirena o una cesta llena de fresas.

Como se acercaban a un corral de gallinas y agumios que él, vigilando al burtio, no había visto, ella tuvo que grosarle con fuerza para evitar que el burtio, con un olfato físulo, se apojagara contra las gallinas y, sobre todo, contra los agumios, casi recién nacidos.

En estos balconcillos, como en casi todas partes, la realidad es veloz, impaciente, urgente, puro dinamismo. Uno de los veteranos, charles, dice que si acompañamos con la vista cualquier movimiento de lo real –el paso de un tren, la cuerda de una polea en acción, un burtio que sale disparado- el resultado óptico es momentáneamente estático.

Esa, esa es precisamente la estrategia, dice charles: detener lo dinámico, analizar el vértigo como si fuera un objeto detenido. Los demás lo escuchan pero no le replican, lo que no es una buena señal.

El bueno de césar (que siempre ha de dar la nota) pasa las tardes en las mañanas tristes, dando silbidos técnicos con toda su maquinaria en marcha. Vive la vida, sólo la vida, así: cosa bravísima, dentro del orgullo grave de la célula.

Se alimenta de lo inexacto y muchas mañanas vuelve del bosque, desvelado y sin prisa, con un pequeño rectángulo de eternidad entre las manos.

Pero ¿quién no vuelca pequeños venenos azules? Los niños de managua sueñan con ser pelícanos y buscan un océano y golpean sus rostros contra el agua hasta perder la vista. Los líquenes traen de la noche un verde mortal.

Hay perros románticos en todos los seres de cinco letras. Estando, ay, así las cosas, ¿quién no sueña con vengarse?

Narciso de Alfonso Arnau


jueves, 1 de marzo de 2012

BALCONCILLOS 16 (Narciso de Alfonso)

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SGS

¿Cómo ordenas o cómo se ordenan las cosas en tu cabeza, mortal?
El corazón es un río manando de sí mismo, un río que no puede ser cruzado y que (todavía) lleva el grito
del somormujo y las sales de lo indeciblemente humano.
Así es como se expresan estos chicos cuando quieren o cuando pueden: nos hacen revelaciones: atento, atento:
no enseñan ni hacen publicidad ni venden ni comunican ni inventan, sino que revelan. Sin abandono y sin impostura
abren el pellejo. La revelación hizo, ha hecho, sigue haciendo que shakespeare se haya convertido en un intelectual.
¿Necesitamos más pruebas de que funciona?
Bien, bueno, ya basta, no quiero ensañarme con el pobre shakespeare, que, además, ya estaba pidiendo un relevo
de universalidad, ya estaba cansado de haberlo dicho todo para siempre, no quería seguir siendo de la raza
de todos menos uno.
Por lo demás, te conviene palparte la cara, la voz y, sobre todo, los papelitos, sí, no te olvides de palparte
los papelitos. Asegúrate de que llevas un aceite contra dos vinagres y de que tienes tus octavos pensamientos.
Aquí gotea el alba por todas partes, y cuando llueva verás que la lluvia se te parece (como tú, cae desvariando,
solitaria en un mundo muerto, rechazada y sin forma obstinada, ay).
Puede que te encuentres con un poeta francés de mirada dura que dice que su vida está hecha de días de menos:
no que cada día que pasa sea un día de menos: te dice que cada día que pasa, para él pasa en menos: no en negativo
ni en vacío, sino en menos. ¿Ya?
Si oyes alguna palabra suelta y dicha de un modo raro, seguramente será alguna de las manzanas del frutero
–el grande de la planta baja- que están aprendiendo a hablar.
Si vas a tratar con el mono (que es simpático y obsceno por elasticidad), puede que te conmueva el misterio de su
unidad o su culo rosáceo y frágil o su olor. El mono llora lloviéndose por dentro cuando le duele y, si te mira, te confundirá
con su evolución. Has de saber que su centro, su yo, no es un punto, ni la reducción de un punto al infinito, ni siquiera
la ausencia de centro, de punto y de infinito: has de buscarlo con tu propia ausencia. Si llegas a él, si le alcanzas,
entenderás que te dice –sin palabras, claro- algo como: ‘vales más que mi número, blando prójimo y hombre solo’.
Si le contestas –o no- y qué le contestes será ya cosa tuya.
Es posible, puede –a poco que deambules o te pasees por estos balconcillos- que te cruces con un niño,
con leopoldo maría, que te pedirá que lo despidas de su madre y apagues la luz de su cuarto porque él se va a jugar
con la muerte. Si ve que eres persona de confianza te pedirá también que ordenes sus juguetes: le gusta poner al oso
con el oso, al pájaro con el perro y, en cuanto al pato, prefiere que se deje solo al pato. Tú mismo, como siempre.
Y bueno, por acabar de ponerte un poco en antecedentes de lo que te puedes encontrar por estos andurriales,
quizá te cruces con un muchacho alto y hermoso, con el pelo negro y perfumado y con el brillo de la inmortalidad
en la mirada. Será justo en el momento en el que cae la tarde, entre las sombras y las luces, y te preguntarás cuál
de Ellos ha bajado desde las Augustas Moradas, y para qué sospechoso placer.


Narciso de Alfonso

sábado, 18 de febrero de 2012

BALCONCILLOS 15 (Narciso de Alfonso)

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SGS


Asómate a estos balconcillos si quieres, si te apetece, pero no te pares, no te sientes, no hables
con la boca llena de sangre, que la sangre sueña con dalias y las dalias empiezan a sangrar.
No sé si es culpa tuya que estés hecho de cristales amargos (y de líquidos ardientes) que se disputan
tu ternura y empujan sin cesar tus dolorosas poleas, tus émbolos y tus (dentadas) ruedas escarlata.
Eres sólo un insolente juguete de cabellos negros y dientes amarillos.
Estás hecho de sonrientes materias (que sollozan y sollozan), pero también de sollozantes materias
(que sonríen y sonríen). Eres un pobre laberinto de células y ácidos azules. Aunque no seas el padre
de la jirafilla, asómate si quieres a estos balcones de ambiente ameno y amable clima. Puedes oír y hasta
escuchar lo que dicen los muchachos cuando quieren hablar, que es sólo de vez en cuando. Puedes
verlos ir y venir, a no ser que prefieran esconderse.
Te aviso: te mojarás en la rue dauphine, no hay nadie en los cafés repletos, no te miento: no hay nadie.
No hay ventanas ni afuera y no llueve en rangoon. Si por lo menos fueras un poco sensato.
Mira, mejor te sientas ahí, donde revolotea la mosca pequeña: estáis juntos, trenzados en el aire y en la vida
y ya es tarde para los dos. Creo que te conviene conformarte con esa oscura –pero indudable- fraternidad
que te une a la mosca, sí, a la más pequeña. ¿Qué más quieres?
Pongamos –por poner un poner- que fueras un producto nacional, o incluso un poder. En ese caso, los átomos
te dejarían (de momento) que vivieras en tu fantasía, es decir, en lo vulgar del día, que es tan sólo un cada día
más sin más, normal, fabulosamente real. Pero ya te he dicho que no te miento: no hay nadie en los cafés repletos,
y no hay tampoco ventanas ni afuera. Y no llueve en rangoon.
Y tú ya me has dicho que estás tremendamente solo, hilvanando biodramina. Y también me has dicho cuánto catorce
ha habido en tu existencia. Bien, bueno, vale, pero cuando alguien se va, alguien queda.
Alguien se va en tren o en avión o a caballo o a pie o arrastrándose. Pero se queda el órgano, el agente en gerundio
y en círculo. Los pasos se van, como los besos y los perdones y los crímenes. Pero quedan los pies, los labios, los ojos,
incluso el corazón. El bien y el mal, el sí y el no, se van, pero queda el sujeto del acto en preferente para llamarte paco
o joe o mary, para decirte que eres un indecente o un pendejo o un sucio canalla.
Escucha, escucha: sharon está hablando de su madre, no te lo pierdas. ‘Por las ventanas de su nariz saca pergaminos
que arden’. Caray con la madre de sharon, realmente tiene para todo. ‘En el grand finale se saca lentamente a mi padre
de su coño y poniéndolo en un sombrero de seda, lo hace desaparecer’. Carajo con sharon y su madre, las dos solas llenarían
el mundo de sucios conflictos.
Raymond, al contemplar cómo su esposa se suelta y se cepilla el cabello castaño frente a la ventana, se acuerda, no sabe
por qué, de los 300, de aquellos lacedemonios sobre los que escribió el bueno de herodoto. El (espléndido) jerjes quiso
saber (asombrado, incrédulo) por qué los 300 peinaban y repeinaban sus largos cabellos antes de la batalla. Le respondieron
lo que ya (más o menos) sabemos: cuando estos hombres van a perder la vida, quieren que sus cabezas estén hermosas.
A eso se le llama, aquí, entre nosotros, tenerlo claro.
Con la que está cayendo y allá va almudena con la chaquetita de angorina rosa y botones de nácar que le regaló su… amante.
Pasaron un fin de semana en santiago, pero no pudieron encender una velita al apóstol porque, justo en ese momento,
un niño se dio un (tremendo) cabezazo contra la piedra de la pila bautismal (wow, cómo duele eso) y tuvieron que consolarlo,
claro. Ay, almudena y sus amores con señores y ustedes.
Aquí, en los balconcillos, en los asuntos del amor y de la vida y de la muerte (y en todos los demás) cada uno va por libre,
sin encomendarse a dios ni al diablo. Hay momentos, cuando todo el mundo duerme, en que las preguntas se vuelven demasiado
profundas para un hombre tan sencillo como yo. ¿Quieres decirme, por favor, lo que hemos aprendido? Sé que suena absurdo
pero, por favor, dime quién soy. Y cuidado con lo que dices o te van a llamar radical, liberal, fanático y criminal.
Son los supertramp, claro.



Narciso de Alfonso
(de su blog, balconcillos)


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viernes, 24 de junio de 2011

BALCONCILLOS 14 (Loqasto)

SGS
Pon mis juguetes en buen orden, al oso con el oso, pon al perro con el pájaro, en cuanto al pato, déjalo solo al pato: padre, me voy, voy a jugar con la muerte. Se trata de leopoldo maría, sí, arreglando sus asuntos antes de morirse.

El bueno de pessoa, por su parte, sigue dando la lata con sus (ridículas)  dificultades, impropias de un adulto, y se da vergüenza de comprar plátanos en la calle –unos plátanos en los que se ha proyectado todo el sol del día como una linterna sin máquina-.  Los motivos de su vergüenza son todavía más ridículos –si cabe-: podrían no envolvérselos bien, o no vendérselos como deben ser vendidos por no saber él comprarlos como deben ser comprados (¿?); podrían extrañar su voz al preguntar el precio (¿?).  En fin, creo que conviene que corramos un tupido velo sobre el asunto de los plátanos. A veces parece que estos balconcillos están llenos de piantados.

Olga (orozco), a quien –hasta ahora- considerábamos una mujer sensata,  con los pies en el suelo, con la cabeza en su sitio, se ha puesto a decir que su pena es única, indeleble (sic), que se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera y, cuando la sopla, crece como si devorara la íntima sustancia de una llama. Añade algunos detalles sin importancia: que tiene la forma de un cristal de nieve y el perfume del viento y que irradia un fulgor azul o rojizo o dorado (¿?). Lo peor llega cuando parece que nos quiere vender su pena: no hallarás otra igual –dice- aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas. ¡Olga, por favor, que eres poeta, o eso creíamos, por lo menos!

Stephen (crane) también nos cuenta una breve y difícilmente creíble historia. Se encontró en el desierto con una criatura (desnuda y bestial) que, de cuclillas, devoraba su propio corazón. Bien hasta aquí, pero atiende ahora: stephen le pregunta, como si tal cosa: ¿está bueno, amigo? Le pregunta si está bueno su corazón y añade ¡amigo! Después de esta
tremenda falta de tacto, la respuesta de la pobre bestia tiene que parecernos coherente: amargo-amargo, pero me gusta porque es amargo y porque es mi corazón. Olé por la criatura, qué sabia respuesta a tan maleducada pregunta.

Afortunadamente, andando a lo largo de la solitaria playa que puede verse  desde los balconcillos que dan al sur, llega neruda diciendo –humildemente- que él no sabe, que conoce poco, que apenas ve, pero cree que el canto de la muerte tiene color de violetas húmedas, de violetas acostumbradas a la tierra, porque la cara de la muerte es verde, y la mirada de la muerte es verde, con la aguda humedad de una hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado. Agárrate, agárrate a la barandilla si te flaquean las fuerzas. Cuando estos inadaptados aciertan a decir, tiembla el misterio.

Pensar a solas duele: no hay nadie a quien golpear. Está uno y su cara: uno y su cara de farsante, ay. Bukowski, como tantas veces, nos da caña: no permite que nos apiademos de nosotros mismos ni que nos juzguemos con demasiada benevolencia, con excesiva suavidad: la vejez no es un crimen, pero la vergüenza de una vida deliberadamente malgastada entre tantas vidas deliberadamente malgastadas sí lo es. Este tarado dispara a dar y con perdigones del quince. Y sigue, sigue: ellos envejecieron mal porque vivieron mal: rehusaron ver. Ay, cuando estos inadaptados empiezan a hablar, tiembla el misterio.

Aunque no seas el padre de la jirafilla, o ni siquiera de las torcaces ni de los floridos geranios, sube si quieres a estos balconcillos, pero debes saber que los muchachos tienen días buenos y días menos buenos. Dicen –o dan a entender- que es mucho el dolor aquí; y la soledad, también es mucha la soledad. Y la tristeza. Pero también la belleza: hay tanta belleza y tanto silencio. Y miedo, también es mucho el miedo. Ellos, los muchachos, hacen lo que pueden, pero tienen muchos días malos, y muchos días muy malos.

Debes saberlo si subes a estos balconcillos.

¿Qué satisfacciones tengo en la vida? Se lo digo de veras, trabajo en lucento. ¿Qué satisfacciones tengo en la vida? Así es, jovenzuelo, se lo digo de veras, trabajo en lucento.

Si te quedas en los balcones de abajo, donde todavía da la sombra, puede que veas o escuches a pavese. Tal vez ya haya pasado la noche en el hotel de turín –si es así, estará relajado en la muerte-, pero si aún tiene que suicidarse, puede que lo encuentres hosco e irritable: no se lo tengas en cuenta. Siempre se queja de que cada vez que se sienta en un rincón a beberse un aguardiente, allí está el pederasta, o los niños gritones, o el desocupado, o la muchacha guapa: rompiéndole entre todos el hilo del humo. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, pavese, le dice la chica guapa sin ninguna intención. Tengo sesenta y ocho, la primera vez que cargué alfalfa tenía diecisiete, le responde pavese sin mirarla.

Era demasiado exquisita para esta vida, dice larkin a quien quiera escucharle. Arrodillada en la arena, la costa y un hotel con palmeras parecían brotarle de los muslos, sigue diciendo, aunque nadie le escucha. Llegó un día de marzo y un par de semanas más tarde ya era bizca. Como el relato se pone interesante y tiene morbo, ya hay dos feligreses escuchándole. Dijeron que aquello llevaba la firma del Enano Thomas. Sea como fuere, el desaprensivo autor de la atrocidad siguió torturándola: le tocó el turno a la sonrisa, y enseguida a las enormes tetas y a la raja de la entrepierna. Cuando le cortaron los labios con un cuchillo y muy pronto, en transversal, una mano, le pusieron encima un cartel nuevo, esta vez de la Lucha contra el Cáncer.



viernes, 3 de junio de 2011

BALCONCILLOS 13 (Loqasto)

SGS

Marosa está despistada, ensimismada, ausente, y toma enormes cantidades de café negro, espeso y amargo. Habla del amor y de la muerte como muy pocos poetas lo han hecho, muy pocos.



Los cisnes estaban serios como hombres cuando empezó a matar a su amado –porque no dijera su amor a nadie-. Él empezó a morir y su muerte siguió a lo largo del bosque: novio de tulipán, monstruo de almíbar, asesino de hojas dulces, amado. Ella perdió sus trenzas, abrazada a su terrible miel.



Quiso recoger su muerte en la saya, reunirla en sus brazos, abrazarla.



--------------------Voy a tener hijos de almíbar y de pétalos y no podrán besarte, oh, mi --novio de miel, mi tulipán



–le dice marosa al final del poema, queriendo sacarlo de la muerte. Porque la noche pertenece a los amantes, porque la noche pertenece al amor, le canta patti smith tal vez queriendo consolarla, aunque seguramente sabe que la pasión de marosa es grave, es tremenda, sin descanso ni paliativos.



-----------------Recupérate de marosa antes de pasarte al balconcillo donde el bueno de pessoa habla con esa terrible



precisión que le caracteriza y que es casi dolorosa: cuándo el azul del cielo es realmente verde y qué parte de amarillo existe en ese verde azul, se pregunta, nos pregunta, para apoyar la teoría mínima de que la sintaxis es una facultad del alma: la emoción verdadera, la capacidad de sutilizar y la inmortalidad dependen de la sintaxis, son funciones gramaticales.



Si habías llegado a suponer que neruda te había dado ya las combinaciones de palabras con las máximas descargas –eléctricas, telúricas, atómicas- que un humano medio puede soportar, llega como si nada a estos balconcillos para contarte qué pasa cuando un reloj se cae al mar, y ya con los primeros versos te dejará, posiblemente, mirando al techo, buscando en el cielo las avutardas, perplejo y asombrado, porque no sabías
que hay una edad nupcial de los días disueltos en una triste tumba que los peces recorren. Porque no te habías dado cuenta de que los pétalos del tiempo caen inmensamente, como vagos paraguas parecidos al cielo; ni de que hay años en el agua depositada y verde, que palpita de corrientes centrales. Porque no cae el viento y hay muchas dimensiones de súbito amarillas.





…………Mmm, te acabas de subir a uno de los balconcillos más difíciles, ni siquiera podrás ponerte de pie,  sino que tendrás que atender y observar apretando la cara contra los barrotes oxidados y fríos, acurrucado como un sastre que cosiera su mortaja, ay, con las venas rojas llenas de dinero. Desde este balconcillo de clima helado
no verás las tiernas pruebas de la primavera; ni a las mujeres de su mujer, que se ríen de las cosas que nombran; ni los pájaros mal vestidos que espantan la realidad. Verás sólo las perras negras, las posiciones del adiós y, tal vez, los bidones de ciclón-b de auschwitz, con su aspecto inofensivo, sobre el barro que todavía está de luto.



…………Desde este balconcillo verás la casa perfecta y la cosecha del abismo, y aprenderás así que no hay lugares puros y que el vacío tiene un fundamento de dulzura y terror. Ah, y no pierdas el tiempo llamando al 50-4765, el teléfono de los limpiadores de estrellas: ya no queda nadie que pueda contestar. Sólo te queda la atrocidad de los crepúsculos, la cirugía radical y los filamentos rojos que arden sin fin.



…………Oirás al muerto que se queja desde hace tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; vendrán las iguanas vivas a morderte; comerás la tierra húmeda, y si te duele tu dolor te dolerá sin descanso, y si cierras los ojos te azotarán.



……….¿Por qué has subido a este balconcillo, gilipollas, tonto del culo, botarate? Cuando no aguantes más, grita, grita que no puedes vivir, que no sabes vivir, que la carne se te queda cada día más pequeña y se te agrieta para arder, grita que tienes el alma llena de ceniza extranjera hasta el mismo reverso de la lengua. Un rocío voraz, una lepra de flores devorará tu rostro, y dentro estará el azúcar y las cruces y los espejos con olor a jacinto. Quizá habrás aprendido por fin que lo que importa es poner huevos en el tiempo, no en la eternidad y que un puente no se sostiene de un solo lado, jamás wrigth ni le corbusier van a construir un puente que se sostenga de un solo lado.



………..Desde este maldito balconcillo verás, tal vez, a gunther anders, sentado a la sombra de un nogal en algún lugar de mount washington, nueva inglaterra, con un cuaderno en la mano. Es un tipo oscuro, un bicho raro: después de haber  pasado por la obligación moral de odiar y por la producción industrial de la muerte descubrió una pregunta, la pregunta: ¿por qué?



………..¿Qué camino tomará el camaleón diluido si, después de varios días de huelga de princesas, escapa de tu alma escasa?



Afortunadamente estás herido, mírate: necesitas más vidas. Despréndete a golpes de tus pies, de tus manos, de tu casa, de todo.



Persuádete de que tienes un sentido, un destino. Cuando has subido al balconcillo eras tierno, hasta besabas al leproso,  pero ¿te habrías casado con el leproso? Mmmm… la roña te da terror, y el desorden, y la soledad de los días vacíos.



Te han adornado ridículamente para este mundo.


Loqasto
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