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viernes, 25 de junio de 2021

LA RAYA DEL PELO ES FELIZ (Narciso de Alfonso)



 
"Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo".

Es una greguería de Ramón Gómez de la Serna, que tiene muchas más, algunas de ellas son escasas, pobres o penosas, pero otras son espléndidas, exactas y enormes.

Torrente Ballester, para acercarse a la greguería, eligió una de primera clase, posiblemente más difícil, aunque a él le parezca evidente: "el agua de sifón sabe a pie dormido".

Dice Torrente Ballester que "es conocida la sensación del pie cuando se duerme; cuando parece colmado de burbujas a causa de un insuficiente riego sanguíneo".

El agua y el pie, o, más exactamente, el agua de «sifón» y el pie «dormido» tienen en común el cosquilleo y las burbujas.

Añade ahora Torrente: "como todo el mundo sabe, el agua de sifón sabe a pie dormido DE VERDAD" [las mayúsculas son suyas].

Y en esta verdad está lo grave, lo transgresor, lo peligroso del asunto.

"Todo aquel a quien alguna vez se le ha dormido un pie y ha bebido del agua de un sifón, sabe que el agua de sifón sabe a pie dormido".

Pero ahora no nos interesan las posibles consecuencias de las greguerías, sino solamente mostrar algunas de ellas para sentir la extraña verdad que formulan con una evidencia que, por evidente, no admite explicación.

"La raya del pelo es feliz" o "los azulejos abren el apetito" nos obligan a sentir la evidencia sin poder dar razón de ella.

Lo difícil es explicar ese cruce de entrevisiones que es una greguería, que siempre enuncia un acierto inesperado y evidente: "la timidez es como un traje mal hecho".

Que "los cuervos se tiñen" es evidente, como que "los sordos ven doble" o que "después de comer alcachofas, el agua tiene un sabor azul".

Por decirlo con otras palabras, lo propio de las greguerías no es permitirnos conocer, sino más bien obligarnos a sentir un acierto cuya evidencia es inquietante.

Narciso de Alfonso


jueves, 24 de junio de 2021

Y CROABAN LAS ESTRELLAS TIERNAS (Narciso de Alfonso)

Foto: Freepik

Vuelve Narciso a estos restos de blog. Vuelve la poesía. Vuelve la realidad. La verdadera. El pensamiento. La vida...  El hombre.  Sencillamente, brutal. Un golpe de dados...  ¿demasiada realidad...?  Aquí va el primer poema de esta segunda época.  Casi nos habíamos olvidado de que la vida era otra cosa.
Eric Clapton tiene dicho que, de vez en cuando, necesita volver al blues para cargar pilas.  Muchos de nosotros, nuestras prosas, nuestras vidas, también necesitan volver a la poesía, para lo mismo: para renovarnos, para coger fuerzas. Y para poesía poesía, la de Narciso. Siempre. Poema sobre poemas, vida sobre vidas, pensamiento sobre pensamientos... Altura. Mucha altura.  Estamos, estoy, de enhorabuena. Sin duda. Así que vamos allá. Vamos a disfrutarlo, a saborearlo físicamente.(S.G.S).


La casada infiel, la casada infiel, todas las noches con magia
—y también muchas noches sin magia— uno recuerda a la casada infiel, no sólo por la casada, sino también por sentirse un gitano legítimo y regalarle un costurero enorme, aunque sea de raso pajizo,  un color que parece excesivamente discreto, demasiado elegante.

Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos, dice el poeta.

Un horizonte de perros ladra, lejos del río.

Con el aire se batían las espadas de los lirios.

Uno, que ha pasado muchos días —y muchas noches— a la orilla del río, sabe que el poeta menciona tres sucedidos que son los que montan la noche: la oscuridad; un viento suave y fresco y rasante que hace sonar los lirios, y la lejanía que ponen los perros ladrando y que va y viene con el viento.

Y es la noche, y no el día, la que tiene esquinas, que además son las últimas, exactamente: en las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos.

Bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo, sigue diciendo el poeta.

Como tantas veces son los detalles, lo que el poeta nos trae de la realidad real, lo que se queda en nosotros quizá para siempre. La realidad del poeta se nos clava en la piel y en la carne.

Sin en cambio, Lorca, que no podía quitarse a la luna de encima, aquí parece disculparla: hay que buscar —y encontrar— el motivo, porque además nombra la ausencia de la luna: sin luz de plata en sus copas, los árboles han crecido.

En otro poema dijo: cuando las estrellas clavan rejones al agua gris.

Y en otro dijo: y croaban las estrellas tiernas. Y también: en la luna negra de los bandoleros cantan las espuelas. Y: una luna incomprensible que iluminaba por los rincones los pedazos de limón seco.

Claro que omitimos los detalles del embate amoroso: ahora mismo no alcanzamos a decirlos como tienen que ser dichos. Sin embargo, nos queda una duda, que no es una duda absoluta, por supuesto: “no quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo”. ¿Qué le dijo, en concreto? No queremos de ningún modo saber las palabras que le dijo, sino solamente escucharlas, oírlas, una y otra vez, una y otra vez.

sábado, 7 de julio de 2018

INMENSIONISMO (una obra de Narciso de Alfonso). No responda ahora, hágalo después de la eternidad


Inmensionismo
(Narciso de Alfonso)

Mi querido amigo Pepe Arnau me envía este cuadro/retrato, y me dice que sale de la paleta de Narciso... ¿Narciso... pintor?  Sí, Narciso, artista. Con mayúsculas, como siempre. "Es un genio en lo que se pone", me dice Pepe. 

Se me van los ojos detrás de esa mirada, detrás de esos colores, detrás de esa boca, de ese pelo ceniciento, de esos rasgos exagerados... Y he tenido que leer con atención lo que me dice Pepe, para reparar en que el retrato no es de ahora: debe de tener ya unos cuantos años. Callado se lo tenía.

Me encanta. El sujeto centra la mirada... en algo. Pero termina de con-centrarse. Aparece envuelto en colores difusos,  con luz, casi resplandor. Resplandores. Difuminados, sí, borrosos. Pero colores. Mucho color. Tampoco demasiado... A veces el color siempre parece poco. La expresión, de angustia... creo. Lo que ve no parece gustarle, y sus labios susurran algo acorde con la sorpresa y la angustia. Más que susurrar, parece gritar hacia dentro. Inspirando, no expirando.

¿Qué coño mira? O mejor, ¿qué coño ve? Porque mirar miras a algo concreto. Otra cosa es lo que realmente ves... más real que nada: lo real principal... Lo real esencial... para uno. Para cada cual.  

¿Cómo se titula, si es que tiene título? ¿Quién es, si es que es alguien concreto? ¿Y qué coño ve...?  Acaso... una aparición? Un demonio...? Una mujer hermosa...?

No, no... Que nadie me responda ahora a esta última pregunta. Háganlo después de la eternidad... Que siendo el retrato brutal (en todos los sentidos y acepciones) lo mejor del cuadro no está en el cuadro. Lo mejor es precisamente eso: no saber ni qué mira ni qué ve...!).

Lo siento... Sin  permiso, ni al autor ni al mensajero... Lo voy a colgar en esta abandonada barricada.

Y lo voy a titular así: Inmensionismo. A fin de cuentas, Narciso es un inmensionista.

Servando Gotor

martes, 7 de noviembre de 2017

BÉLGICA ... Shhhhhh.... MUCHO QUE CALLAR: EL AUSCHWITZ OCULTO, EL GULAG SILENCIADO.






El horror era anterior a las dos guerras mundiales. Lo que ocurre es que se conocía poco, o no se quería conocer, o incluso conociéndose no se tenía por tal. Esa Europa "moderna" y "sepulcral" (de "sepulcro blanqueado" habla Conrad en la novela al referirse a Bruselas), esa Europa del progreso, la ciencia y el bienestar, esa Europa "moderna", causaba estragos en sus asentamientos coloniales en África (a veces auténticas propiedades privadas). Vargas Llosa, haciéndose eco de voces como las de los historiadores Adam Hochschild o Neal Ascherson, ha aireado y denunciado la injusticia que supone que el rey belga Leopoldo II no figure con Hitler y Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX. "Porque lo que hizo en el África, durante los veintiún años que duró el llamado Estado Libre del Congo (1885 a 1906) fraguado por él, equivale, en salvajismo genocida e inhumanidad, a los horrores del Holocausto y del Gulag". Las cifras son espeluznantes: entre cinco y ocho millones de nativos exterminados.
Pero ¿por qué ese silencio? ¿Por qué este olvido? Entre otras respuestas, por lo demás obvias, porque las víctimas no vivieron para contarlo, y porque sus familiares, sus descendientes, tampoco consiguieron progresar lo mínimo como para que sus voces fueran oídas. Exterminio, pues, y además pobreza, miseria y abandono total de la colonia engañada, saqueada y devastada.


Las Voces de Kurtz
Servando Gotor
En la edición de lecturas-hispanicas.com de
El corazón de las tinieblas
de Joseph Conrad






martes, 29 de agosto de 2017

ELOGIO A NARCISO






Aunque data de 2014, nos enteramos ahora. La generosidad, la discreción y la humildad de Narciso, como la de todos los grandes, había hecho que una más de sus importantes colaboraciones/aportaciones pasara inadvertida hasta para sus más cercanos seguidores (yo el primero). Lo  cierto es que me acabo de enterar por su querido primo Pepe, el famoso Pepe Arnau, persona y personaje querido, protagonista tantas veces de nuestras ficciones (las de Narciso y mías).

En fin, a lo que voy: en diciembre de 2013, se editó por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) la traducción al español de "La creatividad de la acción" de Hans Joas, sociólogo alemán de la Universidad de Chicago. "No es este un libro ordinario -dice en la presentación su traductor Sánchez de la Yncera-. Es una guía de tono mayor, un faro de la sociología actual. Veo en él un ejemplo excelente, verdaderamente logrado, de responsable desempeño del intento de aprender y de enseñar a mirar -a mirarnos- mejor; un rendimiento excepcional en ese cometido de primer orden en los prolegómenos de la sociología".

Bueno, como el contenido es bastante técnico y aquí lo que nos interesa es Narciso, voy al grano. Esto dice de él Sánchez de la Yncera,  en los agradecimientos:
Y he tenido la fortuna de contar también en este caso en un generoso y gratuito ejercicio de su amistad incompensable con la preciosa ayuda de Narciso de Alfonso Arnau, escritor de primer orden y amigo del alma, que corrigió, de arriba abajo, con paciencia, diligencia y un cuidado inexplicables, el estilo de un texto borrador retorcido, donde mi escritura había medido su elasticidad para traducir el exigente texto alemán de Joas, con la necesidad de absorber en grandes partes del libro, y en la mayor medida posible, el estupendo trabajo previo, expreso o subyacente, del profesor Pedro Cordero. Si el texto necesitaba un buen pulimento, acabó enriquecido con el resplandeciente, admirable sentido del lenguaje de Narciso, el mejor escritor y pensador de la luz más viva que conozco.  (p. 52).
Nada nuevo: Narciso. Siempre esencial, siempre gratuito, siempre generoso... como el genio que es. Ya lo ha dicho (adelantándose) Concha (que también se ha enterado por Pepe Arnau) en una nota perdida por ahí, comparándolo con Pessoa...

En fin, creo que, al final, pasaré a la historia de las humanidades como autor de un perpetuo  "Elogio a Narciso", no sé si por escribir o ya escrito entre líneas, entre años...

Y ahí me quedo...




Servando Gotor

sábado, 15 de marzo de 2014

MERODEANDO A LA HUMANIDAD ÚLTIMA DE LEE JEFFRIES. HOY: CHARLES (Narciso de Alfonso)



Charles
de Lee Jeffries

Este hombre con ojos está en un clima descolorido, como cuando una tormenta no llueve pero se come toda la luz del cielo.
En la foto sólo vemos que quiere olfatearnos con esa enorme nariz: husmear, oler el mismo aire que nosotros respiramos; quitarnos el oxígeno que es nuestro y no nos sobra.
En la foto sólo nos enseña la mirada casi triste, con los ojos de no ser casi nadie y la cara de somático y de sufrido, como si llevara puestos con mucha fiebre los seis termómetros de la pena. Sólo nos dice, sin palabras, que es cordial y moribundo, que no ha comido suficiente y que somos sus hermanos humanos hombres, lo que tal vez es otra manera de decirnos que está libre de impuestos. En cualquier caso, mientras nos seduce o no nos seduce, parece que está en una huelga de princesas o en un certamen de amor tirano. No es más distinto de sí mismo que de los demás.
Debe saber: que lo primero es mantener activos a los testigos de su existencia y, casi a la par, asegurarse de que está en su nicho ecológico y que no debe salir de allí. A continuación: nada de plantearse historias que no quepan en su vida. Y para terminar: que somos hijos del rigor y lo que hagamos de nuestra vida depende de ciertos mordiscos.
Se trata de un hombre de la intemperie interminable, que es una intemperie –claro- que viene a estar allí donde huele a sal y donde hay un pequeño comedor con estorninos que no se utiliza.
Está cerca de donde acaba la vida, en la grieta donde el tiempo se abre y se rompe, quizá está ya olfateando el abismo o sólo aguantando el tipo o bostezando dentro de los días como si vomitara mismidad en una palangana blanca. Ya no necesita moverse, ni desplegar las alas, ni siquiera sospechar, ni oponerse: ya no necesita nada, solamente estar. 
Quisiéramos conocerlo más a fondo para responder, cuando nos pregunten, que su nombre de pila es pedazos, y que sus documentos generales tienen todas las páginas negras.


Narciso de Alfonso
Merodeos, IV



sábado, 8 de marzo de 2014

MERODEANDO A LA HUMANIDAD ÚLTIMA DE LEE JEFFRIES. HOY: LANDON (Narciso de Alfonso)


Landon
de Lee Jeffries

Qué sencillo es sentir una directa fraternidad con el hombre humano de la foto, confundirnos con su aspecto penúltimo, no saber si él llegó antes que nosotros a este turbio asunto de la vida o si seremos nosotros los que nos iremos primero, dejándolo aquí con su tubo en la oreja y el parche de amianto en la sien, afilado de rasgos y gran observador miope.

Qué fácil es sentir una fresca fraternidad inmediata, ponerse en su lugar de sacacorchos, meterse en su piel, manchada de barro a goterones, y sentir con él un enfado seco en los dientes y una soledad de corredor de fondo, con la mirada de un pollo rapaz que se ha desvelado y espera, sin esperar, a que amanezca o anochezca, es igual, la luz y la sombra tienen para él un mismo significado y un sonido continuo de chapoteo en el agua o de doloroso deseo sin deseo.

No buscamos el diálogo tonto, sino la identificación entre caballos, la réplica, el trasiego de oscuridad y de alma. Él es una caldera vieja, obstinado y rígido, cruel como una realidad continua o un agujero frío, helado, áspero.
Claro que también es un extraño, ya no le quedan diminutivos, sólo el piloto automático y unos fusibles fundidos, ni siquiera le funciona el circuito del agua caliente. 
Es una pieza extra, inútil, que no recuerda quién ha pagado este viaje.
Cada rato se olvida de lo rápido que se mueve todo, y cada vez se sorprende de la velocidad de las cosas que, antes, nunca se movían: un estropajo, un ladrillo, una pared. Tiene el cabello escaso y con el brillo metálico de un alambre, de un muerto. Y toda la cara cubierta de pelo, de vello, que le crece ya mezclado, mixto de pestaña y barba, de cabello y ceja, con unos pómulos como dos pedradas negras, o dos huevos duros, dos pómulos que se le van haciendo armas para golpear, huesos de hueso: nos recuerdan que todo empieza con una caja y una oscuridad.


Narciso de Alfonso
Merodeos, IV

sábado, 15 de febrero de 2014

NOLI ME TANGERE (Narciso de Alfonso)




A María Clara hay que situarla en sus islas y en su destino de mestiza tagala, cuando entonces, cuando la independencia de Filipinas: cómo arde el mar –dijo el poeta. Es una mujer hacia salvaje que no titubea porque no necesita organizar sus prioridades: sabe que todo debe colocarse en un orden fulminante. 
Lleva todo el universo metido, quizá a las malas, dentro de su piel, que es del color castigado y puro de la intemperie de la noche, después de una cacería a caballo: con el pelo negro de la melena negra hacia atrás, peinado por la velocidad del viento o por el viento de la velocidad.
Tiene los ojos rasgados, de mirada dura y con un punto de crueldad, que tal vez provenga de su condición de princesa india, con el corazón entrecruzado de amor y de odio, y ella sonríe sin sonreír, o parece que sonríe sin sonreír: quizá solamente con la intención de la mirada.
María Clara es una real hembra que ama de cerca y en actualidad, con un querer animal y posesivo, insobornable, sin reflexiones técnicas: oscuramente y aparte, como saciando una sed que nunca se sacia. 
‘Chocaría con su alma, sobándole el destino con la mano y me quedaría mirando a su materia’ –dijo el poeta, que no calla. 
Se ha dado cuenta de que la felicidad no siempre es la mejor manera de ser feliz, así que, oscura de sienes, con la cabellera tremenda y feroz y un olor a pólvora y nardo, ha tomado el duro rumbo de la contrafelicidad, de la cosmética extrema: se dejará crecer los ojos, las doce pieles suavísimas y la tiniebla bonita debajo de los tejadillos.
Es el tiempo, que marcha descalzo de la muerte hacia la muerte.

Narciso de Alfonso
Merodeos



martes, 7 de enero de 2014

LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA "AEQUILIBRIUM", EL PRIMER LIBRO DE POEMAS DE ÁNGEL FERRER



La magia de estos poemas de Ángel Ferrer está en que, como nos pide en uno de sus versos, nos dejan escuchar el metrónomo cósmico. Su prodigio va todavía un poco más lejos: nos hacen escuchar el metrónomo cósmico.
Ángel tiene sus temas poéticos, o sus temas poéticos lo tienen a él, quién sabe: lo que ahora nos importa es que, cuando se encuentran, puede pasar casi cualquier cosa: por ejemplo, que quieran mover su centro pretendiendo hacer sinapsis o que rebusquen en su memoria al vagabundo que estaba seriamente enfadado con los teléfonos.
De algunos de estos encuentros de Ángel con sus asuntos poéticos, que a veces parecen, más que encuentros, colisiones o apretados besos de tornillo, salen, saltan chispas: fenómeno que, afortunadamente, los poemas retienen, de manera que, cuando pasamos una página o releemos alguno de estos preciosos poemas, podemos encontrarnos, de pronto, en una nube de chispas bonitas, como si estuviéramos en casa del herrero o debajo de una lluvia de estrellas. 
Así que la única salida que nos queda es ser una olla exprés —tolerante— o adquirir el ángulo visual de un pez –como los ríos en su segundo viaje-. Y es que uno sospecha, cada vez con menos sospecha y con más certeza, que Ángel es un cronopio, emparentado con Louis (Armstrong), enormísimo cronopio, también amante de la música y, como él, según los describe Julio Cortázar —que los conocía de cerca—, criatura ingenua, idealista, desordenada, sensible y poco convencional, en claro contraste con los famas, que son seres rígidos, organizados y sentenciosos, o las esperanzas: simples, indolentes, ignorantes y aburridas.
Uno sólo sabe acercarse a Ángel —y a sus poemas— a través de un larguísimo merodeo: me adelantaré para ser acariciado por los míos, diría —dice— él en sus versos, porque la caricia, las caricias, son una de sus actividades preferidas, de ida y vuelta, con las que consigue sincronizarse –asunto que siempre he entendido como un enhebrarse como parte de un todo por un instante-.
Quizá sus mejores momentos —por decirlo de algún modo— sean cuando está activo, muy activo, como un niño ocioso que atrapa su lengua entre los labios: cuando consigue reunir ese ocio ocioso, muy suyo, con alguna actividad muy activa, cosa también muy suya: lo que espero que se entienda porque no sé explicarlo de otra manera.
De pronto —porque esa es otra: a Ángel casi todo le pasa de pronto— puede comenzar a distinguir a sus verdaderos compañeros entre los centauros o a sentirse de repente —y sin contradicciones que valgan—, sujeto a la vida por la verdad y los hechos, en un brusco ataque de realismo realista.
No he encontrado tampoco una manera de llamar a esos actos, muy propios de Ángel, que llegan con su reincidencia ya puesta: realismo realista, ocio ocioso, actividad muy activa: viene a ser que, en un solo acto, pone la acción y la insistencia, el gesto y el regesto, la intención y la segunda intención intencionada.
En súmula: es para mí un privilegio prologar este sin-gular —y con frecuencia insólito— libro de poemas. De manera premeditada no he querido referirme por separado a las viñetas de poesía gráfica, que considero muy valiosas dentro de la valiosa aportación de Ángel: creo que son otra forma de su misma poesía, de su mismo sentido o de su mismo instinto poético: tanto con las palabras como con los dibujos nos deja, de pronto, a la intemperie, como si apartara la lona de la carpa del circo en el que estamos y nos mostrara el horror, pero también la maravilla, a los que estamos siempre expuestos, y que posiblemente nunca veríamos si Ángel —y los de su estirpe— no nos señalaran una y otra vez, con la entrañable insistencia de los cronopios. 



Narciso de Alfonso
(del prólogo a




miércoles, 20 de noviembre de 2013

MERODEANDO A... El taxi de Londres (Narciso de Alfonso)

sgs

El fotógrafo del tráfico rodante y empedernido nos ha dejado abierta una ventana llena con un vehículo automóvil, con un taxi de Londres que, como los demás, es impúdico, obsceno, con los zapatos negros y lustrados y con un techo demasiado alto que lo hace fúnebre, como cuando lo fúnebre era una carroza negra tirada por mil caballos.

Parco y sin crisantemos, el taxi fúnebre y funeral de Londres, feo como un bulto feo, es un asunto anacrónico que debería estar muy prohibido por la cantidad de despropósitos que reúne, tan ajeno al sol y al amor, tan destartalado de proporciones, con esa solemnidad convencional de lo negro, con esa sonrisa de caballo listo.

Lo sucio, lo siniestro del taxi de Londres es que alude a la apariencia, a la representación, a lo funeral de la muerte pero sin que haya muerto, sobre todo porque la muerte no está en el ataúd, ni en el coche fúnebre, ni en las coronas, ni siquiera en el muerto. No sabemos dónde está, solamente, si acaso, que ha pasado por un tipo que estaba vivo y lo ha dejado tieso, para enterrar: ya no se puede contar con él para nada.

Los taxis de Londres vienen a ser una agencia funeraria que trabaja sin muertos, sin esperar a que la gente se muera, en una especie de anticipación de lo que será el entierro del que se sube al taxi, en un ensayo de oscuridad. 

Lo que nos viene a importar del taxi de Londres -o de cualquier otra ciudad- es, más bien, el taxista mortal que conduce la máquina automóvil, que se llama taxi porque lleva incorporado un aparato taxímetro, que es un mixto de tiempo y dinero, como el alma o el destino. 

Cabe suponer que el taxi –y tal vez el taxista- tiene unos deseos semejantes a los del barco ebrio: que los pieles rojas utilicen como blanco de tiro a los pasajeros, clavándolos desnudos en postes de colores.

El taxista, sentado en su carricoche fúnebre, echa en falta los caballos de la carroza que nunca tuvo y con los que, a veces, todavía sueña: cuatro caballos cuatro, del color de los caballos del Apocalipsis: blanco, rojo, negro y pálido –no bayo, ni palomino, ni cuarto de milla-. 

El taxista es, naturalmente, un hombre humano, mortal, dos veces sapiens, es decir, como todos los demás pero en taxista, lo que significa vivir la vida como si importara o como si no importara, depende. Quizá, por la tremenda cantidad de sedentarismo al que su actividad le obliga, es un hombre que ha dejado que se oxide todo el hierro que hay en él, y se ha ido quedando duro, masivo, como un matadero al amanecer o como si estuviera siempre escuchando un sermón sobre la muerte.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


martes, 12 de noviembre de 2013

MERODEANDO A... Los jugadores judíos de Nueva York



sgs

El fotógrafo de los más tormentosos juegos de azar nos ha dejado abierta la ventanilla de las apuestas frente a estos jugadores judíos de Nueva York, que más bien necesitan un poco de glamour, que es eso que sucede cuando se descorcha una botella de cava y sale un chorro inmediato de espuma dorada y de burbujas absolutas. Pero quién, pero quién no necesita un poco de glamour o incluso empezar una nueva vida, aunque sea exactamente la misma pero con la cocina, entrando, a la derecha y un motor de ocho cilindros en uve. 
Más emocionante que el juego que no vemos es verlos mantener un equilibrio que parece imposible, de mesita muy escasa que derrota hacia la izquierda y de caja de plástico reventona y sin corsé. Y, sobre todo: en el mismísimo centro de tanta inestabilidad en desequilibrio, los jugadores judíos de Nueva York se mantienen concentrados como si estrenaran un par de orejas, están sosegados como si les doliera la sangre, sumisos de manos como dos obispos tristes que acabasen de llegar desde muy lejos a jugar y a bendecir, en ese orden exacto y devoto, con los paneles en alto, su minuto horizontal y sus hornillos.
El jugador al que vemos de frente frontal, expuesto a la galería y recio como un paquebote, es el que tiene el aspecto de ganador, mientras que el otro es más bien un mindundi al que ni siquiera le interesa ni le gusta el juego, y que se ha dejado caer, caminito de jerez, solamente para que el gordo de Minnesota lo gane –y, a ser posible, deprisita-.
Luego, más tarde, otro día, otro año, recordarán estas partidas, ‘vivir es construir futuros recuerdos’ –dijo el poeta, y tal vez hablen de Lester, que es el espectador menudo que, por entonces, ya habrá entregado el alma, lo que todavía aumentará más el valor de estas partidas en la memoria de los jugadores judíos de Nueva York. 
Están aprovechando el placer auxiliar de ser ellos mismos; relajados como si no llevaran sujetador o se lo hubieran desabrochado para jugar más sueltos de tetas. Casi a la distancia de una partida de mus, parecen unos seres transitorios, casuales como vietnamitas, a la sombra de unos barrotes oscuros como los de los balcones o las jaulas, quizá para no escaparse de sí mismos, o para no volar.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


viernes, 1 de noviembre de 2013

MERODEANDO A.... Muchacha aposentada en lo duro y gris (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo cruel del rosa al amarillo, nos ha dejado abierta una ventana en la que, siendo un poco exigentes, no se ve –cabalmente- nada, pero quizá nos convenga quedarnos cerca de la muchacha que está en un descanso de canguro, con las piernas de saltar recogidas mientras ella mira, posiblemente, al mar o a las últimas amapolas o al horizonte detenido o a ese otro horizonte portátil que llevamos dentro, que desplegamos si hace falta y que viene a ser una línea confusa, seca y sin campanas, en la que se acaba el pensamiento y empieza la corriente incolora de la conciencia o la imagen mental que tenemos de la vida en bruto, en grueso, en gordo, en tonto o –incluso- ese límite largo en el que empezaríamos a pensar, de verdad, si alguna vez lo alcanzáramos, pero, como el mismo horizonte, es inalcanzable. 

La muchacha, que puede ser muy hermosa, o menos hermosa, lleva una camisa del color del coral, y tal vez se ha venido a ver a papá mar directamente desde el amor o desde la escuela, porque arrastra recelos largos y pegajosos y verdes como las algas tupidas, o porque se siente llena de círculos viciosos, o porque tiene muchas neuronas heridas o enfermas. 

Como una vampiresa eficaz, ha chupado todos los colores de la foto para cumplir el eslogan que dice que la vida es en color, pero la realidad es en blanco y negro –como unas cuantas hormigas en la nieve-. La muchacha está natural, bonita, recién ordeñada, con un rulo de menos –quizá para hacernos hablar-, tragándose todos los colores del mundo como cuando cae la tarde y deja descolorido el paisaje, los rebaños y el pueblo. 

Tal vez así, abandonada, está haciendo vida y recuerdos, montada en la bicicleta de sí misma y dando pedales al corazón, que es muy memorioso para las cosas pequeñas y para los divinos detalles, como un costurero con hilos de muchos colores y muchos botones sólo para desabrochar, que son más bonitos y eróticos. 



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


lunes, 21 de octubre de 2013

MERODEANDO A... La tiendecita (Alfonso de Arnau)


sgs

El fotógrafo de lo inverosímil nos ha puesto su ventana más absurda delante de estas tiendas, que tal vez son hermanas o, por lo menos, buenas amigas, y en las que se venden –o se compran o se cambian- cosas tan especiales como un precioso sklep spozywczy, que estoy pidiendo a los reyes magos -y no magos- desde los cinco años, que fue cuando pude ver, brillando en la oscuridad como una hoguera en llamas, el primer sklep, que desde entonces circula en mi sangre como un verde veneno.  
Lo que uno daría por ser Aron Weinberg o Benjamin Holcer, no –sólo- por conseguir de inmediato un sklep o un stolarz, ni por cambiar de identidad, ni por meterme, de lleno y de pronto y deprisa, en la sección judía de la humanidad, sino simplemente por tener una de estas tiendecitas que, más que pequeñas, son excesivamente estrechas, extrañamente adosadas, apretadas, y con un mismo diseño estético y un mismo ambientazo de luz de vela en la penumbra, que, sin duda, proporciona la intimidad de un interior mortuorio de fresca sombra y, quizá, incluso ese olor a madera vieja de los ataúdes, a madera húmeda, a dulce carroña.
Una tiendecita desde donde se puede silbar a la muerte, como si fuera una cabra que va de paso entre el tiempo tonto de la vida y las largas trenzas impares la eternidad.
Lo que uno daría por ser el dueño propietario y comercial de una de esas tiendecitas, con el derecho a poner encima de la puerta un cartelón enorme y hermosísimamente feo, pintado en colores ciruela sobre un fondo pastel, y escribir el nombre propio y el propio apellido, en letras grandes y fatales, enfáticas, como las de una esquela anunciando la vida, la marcha, el ritmo sandunguero del negocio y de la venta.
Lo que uno daría, sin regatear, por una de estas tiendecitas, sintiéndolo todo en plural, humanamente: la tienda y el cartelón, la penumbra con vela y el sklep. Porque lo que uno desea de todo esto es más bien, de verdad, lo agudo, lo exacto, lo inmortal: el orden dentro del orden; los tiernos fresales creciendo en la tierra azul; la línea larga del horizonte en la línea larga de la vida.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV





miércoles, 16 de octubre de 2013

MERODEANDO A... TAMARA (Narciso de Alfonso)


Tamara
En la cara, en la expresión de Tamara hay cierta tensión, o cierto cansancio, que quizá se aprecia también en los tonos de la piel, en la textura, en los tejadillos. Como cuando hay mucha gente contenta y una persona sola, apartada, incómoda, se anuda los lazos negros. Tal vez hay en ella algo indebido, una falta de cordialidad o de educación, una actitud menos civilizada: un deterioro o un reproche.
Como si en ella ya se hubiera hecho de noche, y su corazón fuese de terciopelo ajado, o insolidario, ingrato. Parece que se está secando a pausas; que se ha caído ya dos, tres veces. Tamara: hermética y tirana, enferma o triste, pero de pronto esa mirada dura que sostiene a dos ojos claros, con esas cejas oscuras que son como las patas de la sombra, y no respira porque está asfixiada de polvo o de carbón.
Quizá tenga un novio aviador que no ha vuelto de la última misión, que se ha ido volando firmamento arriba, y ahora qué, ella sola, pensativa como una anciana, melenuda como un ficus, hila que hila. Ya siente el hierro de las próximas tardes, las ojeras irritadas, los párpados negros como pétalos rotos.
Tamara está mustia, recogida, escueta, con el fúnebre olor de mucha ceniza flotando en el aire; con la decisión de empezar a tejer una telaraña enorme, densa, de hilos largos y malos, amarga de sabor y triste de tiempo.
Si se dejara crecer los ojos, o los labios de la boca una, o las laderas de la nariz, si dejara, en suma, de contener los átomos, las flores de su belleza, todos esos electrones que mantiene atados al cutis bonito, si soltara al viento la llama estupenda, si apenas, si saltando, si tal vez.
Está hermosa con el pelo suelto, con el pelo claro, con la melena a dos aguas y el peinado de escoba, partido de raya en medio. No es fácil saber si el pelo, un concreto pelo, embellece o destempla; es difícil, tal vez, como decir qué semillas crecerán en la tierra húmeda, bajo la ropa oscura, entreabriéndose con perfume de miel quemada.
Tamara está hermosa como una sustancia desconocida, dulce de sombra, que calla en la distancia como si estuviera lloviendo, entre manzanas, entre la tarde y el mar, oscura de sienes, atada a la cintura del día con una cadena de plata.
Tal vez está soñando una madre, o quince años más o menos, o unas frescas matitas de lechuga, o un viaje más lejos de lo lejos.
Narciso de Alfonso

miércoles, 9 de octubre de 2013

MERODEANDO A... La moza gallega (Narciso de Alfonso)


sgs


El fotógrafo de la gente que ya no tiene nada que perder nos ha dejado abierta la ventana indiscreta apuntando directamente a la gallega, que ya no sube las escaleras tan deprisa como solía hacerlo y que está vendiendo cualquier cosa que se pueda o se deje vender o –por lo menos- que se esté quieta –y no muerda- mientras la vende.

Con su trasiego de anchoas y de lotería de navidad, la gallega está parada y apretada, con su abundante cola negra de caballo negro, como reuniendo o recuperando fuerzas, en una pose quizá digestiva o indigestiva de gases o de barriga, de retortijón, mirando al fondo del mar, moviéndose entre berberechos.

No está reflexionando, claro, sino sólo como reincorporándose, desmemoriada y disponible, fiel y fugitiva, apoyada a tres patas en su tenderete, en su mostrador improvisado que ha cubierto con un mantelillo sujeto con pinzas: es, otra vez, el absurdo de la humanidad o de la vida, que nunca –nunca- nos acabamos de creer aunque lo estemos viendo: porque las apariencias son más reales que la realidad: la vida será, al final, una mujer gallega con su abundante y apretada cola de caballo, con la contradicción cachonda de estar vendiendo la fortuna en esos décimos de lotería que cuelgan al viento encima de su cabeza.

A la vida, a la humanidad y a la gallega, es que les gusta el contradiós, la mezcla, el equívoco: se ponen y se quitan continuamente el ojo de cristal, que es el izquierdo pero el derecho, y nos vienen a decir que la felicidad no siempre es la mejor forma de ser feliz, hala, son así, y simplifican simplificando o sin simplificar y vulgarizan vulgarizando o sin vulgarizar, siempre, siempre jugando al contradiós. Y también nos vienen a decir que nada es sencillo, porque han sido maestras de ballet y saben que nada es sencillo.

Malograr su vida es un derecho inalienable para todo ser humano y, el que más o el que menos, todos necesitamos testigos de nuestra existencia, y lleva mucho tiempo –a veces, todo- no juzgarse a través de los ojos de los demás. El poeta añadió otros dos a la lista de los derechos inalienables del hombre: el derecho al desorden y el derecho de marcharse.

Y también se dice que un problema no es grave si no lo convertimos en un problema grave, y que lo malo es más fácil de creer. Y además, todo el mundo quiere ser libre, hasta la gallega que vende anchoas de Santoña y las envuelve en décimos de lotería: dale que dale con la libertad: pero luego, cuando vemos a un tipo realmente libre nos cagamos patas abajo, que quizá es lo que explica la pose indigestiva de la moza gallega.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV




domingo, 29 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... El viejo lavadero (Narciso de Alfonso)


sgs


El relimpio fotógrafo del fairy ultra nos ha dejado abierta la ventana que da directamente al fregadero, sin pasar por Puerto Prícipe. Estos son los rincones -tiernos y ásperos- del universo cósmico que uno, merodeando, ama con una lujuria doméstica, involuntaria y aseada, tal vez porque son los últimos espacios, los reductos terminales y definitivos, sin un más allá, o, simplemente, porque apestan a lejía y a humedad cáustica, que es como debía de oler aquel caldo primigenio de donde surgió la vida.

Aquí todo, casi todo, sucede entre botellones de plástico feos y vacíos, abollados y tambaleantes; aquí, en los últimos lavaderos, se puede pasar directamente del vim clorex al alma bonita, sensibilizada por las burbujas tóxicas de la espuma y por el ruido a lavativa que hacen los desagües. 

Son estos rincones periféricos, marginales, en los que siempre es invierno, que están como dentro o debajo o detrás de una pecera o de un acuario, y donde no suele haber nadie, pero cuando hay alguien es una mujer arremangada en faena, despeinada, vestida de un luto arrugado, desordenada de ropa: una mujer que, entre las grietas del olor a jabón, huele directamente y en sólido diámetro a sudor, a estropajo y a fregona, como si le hubieran crecido los verdes, y sabemos que está ahí, con su cuerpo humano entre mucho calzoncillo, para mantenerse subida a la ingrata línea quebrada de la felicidad doméstica, familiar, lo que viene a ser duro y difícil como mantenerse montada en un potro mecánico. 

Estos son los recónditos rincones cósmicos donde no hay apariencias ni adornos, sino sólo la materia cruda, despellejada: el cadáver de una estrella que enseña impúdicamente toda su áspera realidad. Estamos en la región telúrica de los lavaderos, con sus aguas blancas y sordas, con sus hechos turbios e incoloros, con su clima detenido. 

A veces, sin darnos mucha cuenta, nos vamos a los últimos lavaderos generales buscando una salud, una penitencia, una purificación, una paz, quizá porque el roce con las paredes despojadas nos hace desprendernos de los pedazos muertos que llevamos encima: de piel, de sentimientos, de vida, o acercarnos a la verdad fosfórica del fairy, o porque a los lavaderos finales se entra sin el fantasma personal: tenemos que desmontarnos de nuestro caballo interior y dejarlo atado fuera, enfrente de la puerta, como se hacía en el Lejano Oeste antes de entrar en el saloon. 


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


lunes, 23 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA CASITA CHINA (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo de todo lo que sea habitable nos ha dejado abierta la ventana indiscreta delante de una casa elemental, sencilla, que tal vez sería la más apropiada para vivir cuando ya se ha vivido mucho, demasiado, casi todo.

Cuando uno ya está cansado de llevarse puesto y se siente, por fin, un hombre de mundo –pero del otro mundo-. A cierta altura de la vida, que no es paralela al número de años, hay que tener un coeficiente intelectual negativo: no bajo ni profundamente bajo, que eso se llama retraso mental, sino negativo, que es con el que se entiende lo irreal y lo irracional, esas movidas pordioseras que se escapan a la relación causa y efecto -que es una de nuestras peores pesadillas-.

Se trata de una humilde casita tierna donde podrían vivir Hansel y Gretel si no fueran dos niños ficticios, los personajes irreales y ñoños de un cuento. Es una casita donde se puede ser feliz más tiempo o más veces –más veces en menos tiempo-; puede ser el lugar del extravío: allí donde se puede vivir cuando uno se pierde y no quiere volver a encontrarse: cuando ya sólo queda la conformidad de no entender nada, de ver la misma lluvia lavando los mismos árboles.

Cuando ya no se necesitan más que cuatro paredes, una certeza de orden y tres medidas de cebada por un denario. El puzle social nos enseñó su última combinación, que no era buena; escuchamos la voz de los gansos salvajes, fuerte y excitante como la voz ronca de una mujer, y supimos que había llegado el tiempo de buscar nuestro lugar en la familia de las cosas, que es lo que nos trajo a esta casita.

Todavía tenemos que aprender lo que no nos enseñaron en la escuela, y buscar la aquiescencia del universo entero, y tal vez, ya al final, cortarnos las trenzas y juntar las manos, quedarnos puros y orejones, sin nudos en los pies, canturreando en voz baja y sonriendo a la nada, sin hacer antigüedades. 




Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



lunes, 16 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... TORITO GUAPO (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo de la fiesta ha metido en la ventana del peligro a un torito guapo, parado en lo alto de las piedras. Es un buen mozo, apretado de llaves, zaíno, veleto, abierto y afilado de pitones, que derrama la vista desde su posición, tal vez midiendo la plaza: ‘que nadie lo toque, que lo dejen tranquilo y no lo provoquen’.

‘Ese toro bonito ya nació para semental, las vaquillas lo siguen y no lo dejan descansar’. Ahí está, vengándose de los colores y amenazando con tirar los brazos por la borda, duro como un horizonte, fuerte y dolido de piernas, inmenso.

El torito guapo está delantero y chorreando, como para echar el carbón de su noche, como agarrando la carne de su hoguera. Engendra la cabeza y discurre eléctricamente, con estilo, con estampa, extraordinario y feroz.

‘Se lleva detrás todas las hembras, las quisiera montar todas a un tiempo a pesar de tener sólo dos yerbas’. El bicho está en la soledad grande y tranquila, casi fría como el espacio en el que se mueven las estrellas tiernas.

Tal vez está numerando el tamaño, de espaldas al cielo para no ver su tremenda oscuridad, que no descansa de tragarse toda la luz que le llega. Es un morlaco serio y siniestro, una gran visita de energía que nos está haciendo el teléfono desde lo alto de las piedras para recordarnos quién manda, para que no olvidemos que la muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida.

‘Una hembra se dejó babear bajo una encina, cuando quiso escapar, ya estaba encima’. El torito guapo sabe que el mejor camino para llegar a los sitios es siempre a través, y que, una vez que se conoce el peligro, ya no se puede vivir sin él.

Se mueve en el infinito y se parece a su dolor: el único problema de ser toro es que ocupa todo el tiempo, y ser toro, además, es un caso límite: es un animal persuasivo más que informativo, y que, si es necesario, desnuca el sentido común para conseguir enseguida todo aquello que quiere, siempre por las bravas.

Con todo, como los hombres, el torito guapo muere porque no es capaz de juntar el principio con el final, aunque el toro, por bonito, pueda mirarse al espejo junto a una lámpara.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV




miércoles, 11 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... MONTMARTRE (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo del amor se ha dejado abierta una ventana indiscreta en medio de la calle lluviosa, cuando ya es de noche en París, y las luces se reflejan en el suelo mojado, y hay balconcillos con macetas, y dos tramos de escaleras que suben o bajan, y el toldo de un bar, y algunas personas se han refugiado en un soportal iluminado, aunque la lluvia sólo sea un incordio si no te quieres mojar.

Tal vez sería el lugar, el momento propicio para enamorarse, para coincidir con una persona a quien no tocara el tiempo, que la noche no pasara estando con ella, que no se apagaran uno a uno los anuncios de neón.

Luego, afortunadamente, el amor llega cuando quiere, donde quiere, si quiere, como un copo de nieve que nunca cae en el lugar equivocado. Junto a la dulzura están los imanes de la muerte, y el sucio amor puede encontrarnos mientras escuchamos la música contrapasional de una sardana sosa, insoportable, o cuando los caballos del tiempo sacian su sed con nuestra sangre, o cuando el firmamento se deshace las gruesas trenzas porque va apretando el calor.

Se dice que, a veces, el amor es misterioso como el color de la carne, con su perfume de azucena, como el alma, y que, otras veces, llega con su sima, con su dibujo bellísimo y atroz. Aunque el maldito amor no nos va a encontrar en esta escena lluviosa, nos gusta esperarlo en sitios así, quizá para no sentirnos tan impotentes, tan vendidos, sin nada que hacer para provocarlo.

Lo que sabemos es que, aunque no sirva para nada, se le espera, no se le aguarda: porque al que espera, sólo, siempre le llega lo inesperado, pero al que aguarda sólo puede llegarle lo que espera, lo previsto.

La tierra se oscurece después de llover, y el odioso amor no ha llegado. En el universo todo es cacería, y sentimos de nuevo toda otra vida, todo otro dolor. Y nos repetimos, para templar la decepción, que la vida es solamente para tener en orden los labios, para mirarse las palmas de las manos, para dormirse con una funda en la conciencia: una cosa triste con escasos intervalos alegres, con un olor difuso a carbonilla y a tierra.

El amor es algo así como una gran visita de energía que aumenta nuestro conocimiento de la irrealidad, de modo que conviene desconfiar si se parece más bien a la copia de una copia de una copia: no es el amor, sino la vecina del tercero.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV





lunes, 2 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA ZAPATERÍA DEL AMOR (Narciso de Alfonso)



El fotógrafo de la vida y de la muerte no ha tenido piedad y nos ha dejado abierta una ventana impúdica delante de la zapatería del amor, donde todos los zapatos son huérfanos de pareja y de pieses, y tal vez por eso sienten el frío falso de la soledad, añadido al frío real del frío, y se amontonan para darse calor como si no estuvieran muertos.

Es la zapatería de Auschwitz-Birkenau, ante la que uno debería callarse para siempre, o andar de rodillas todo lo que le quedara de vida, o sumergirse ahí, en el montón de zapatos, y arrancarse el pelo o comerse las orejas propias y ajenas, o vestirse de saco y de ceniza en una penitencia definitiva.

Es la tienda de las últimas rebajas, de los saldos funerales, no hay manera de encontrar dos zapatos ni siquiera parecidos: después de pasarse una hora buscando entre la muerte y tanto cuero loco, se acaba saliendo con una chancleta en un pie y una bota en el otro, las dos pequeñas de talla y las dos del pie siniestro, que además abollan el empeine, como les pasaba con el zapato de cristal a las hermanastras malas de Cenicienta.

Hay que quedarse en estos zapatos, con estos zapatos, mucho rato, muchas vidas, en esta zapatería de los altos hornos de Loewe, para no olvidar nada, para impedir que la imaginación nos lleve más allá: hay que ponerse las piernas de madera, las patas de palo para clavarse en la tierra y, riendo como una hiena, obligar a la vieja que ya está desnuda y azul de frío a que se quite las sandalias Armani de cuero trenzado en rojo y negro para que la nieve bonita le haga cosquillas en los talones mientras se le come los dedos de los pies a gangrenazos, y como parece contenta de frío, pedirle que nos baile la última muñeira de su vida, a la pata coja y levantándose hasta la barbilla las tetas, que las tiene como baberos de babear.

Hay que quedarse muchas horas en la zapatería del amor, hasta que nos salgan suelas en los labios, hasta que vuelva la tormenta que nos llama padre y que llora en su delantal como una camarera, hasta que suba el nivel del mar que no existe y se lleve el rebaño de zapatos a las playas del Caribe, donde podrán andar descalzos y pisar la arena tibia, la arena blanca, la espuma larga de las olas.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



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