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miércoles, 15 de mayo de 2019

AMAISAN. SONRISAS DE ÁFRICA - Eduardo Forcada. En la DPZ. Hoy, 23 de junio, último día.

VISITA VIRTUAL (click en la fotografía):


AMAISAN


Click sobre la imagen para ver un ejemplo, nunca comparable
con las fotografías reales exhibidas en el exposición

Las imágenes de AMAISAN, pertenecen al noroeste de Kenia, suroeste de Etiopía y Triangulo de Ileni, territorio en disputa entre Sudan del Sur, Kenia y Etiopia, y están concebidas desde la sensibilidad de alguien que ama África, y la ama porque la conoce bien al haberla recorrido en numerosas ocasiones, internándose en detalles que marcan las esencias de esas culturas.
Es la zona donde se encuentran algunas de las tribus más intactas de la Tierra.
En los recónditos valles del Río Omo en Etiopía, donde los paisajes de exultante verde se entremezclan con inhóspitas tierras yermas, unos quince grupos étnicos, algunos de ellos en riesgo de desaparecer, viven fieles a sus costumbres y tradiciones desde hace siglos con sorprendentes rituales de decoración del cuerpo y una forma de vida atávica regida por códigos tan solemnes como indescifrables.
Para estas tribus la belleza es un concepto abstracto, pintan su cuerpo con pigmentos minerales y vegetales y lo adornan con tocados hechos por ellos mismos con elementos de su entorno. Para ellos, esta forma de expresión es mucho más representativa que la música o la danza, y pueden cambiarla dos o tres veces al día según la situación o su estado de ánimo.
Desde una perspectiva occidental, en la que nos han inculcado unos valores de belleza prefabricada, que encaja en unas medidas perfectas, unos rasgos bastante definidos y unos estándares de lo masculino y lo femenino casi incuestionables, encontrar una visión tan artística y personal de lo bello resulta fascinante.
Son retratos de mujeres y niños pertenecientes a las tribus nómadas que habitan en estos territorios, y que se hicieron inicialmente con la intención de difundir y dar a conocer la labor humanitaria que llevan a cabo dos misioneros de la Comunidad Apostólica de San Pablo en estos remotos lugares.
Nada hay más reconfortante que la sonrisa de un niño. Las imágenes de los niños de África que, a pesar de la pobreza, sonríen con sus preciosos ojos brillantes de sensibilidad y esperanza, nos llaman poderosamente la atención y, en muchos casos, tranquilizan nuestra mala conciencia. Pero hay una infancia que no sonríe, porque la sonrisa es imposible cuando la vida duele tanto. Precisamente por esto, he querido titular la colección “sonrisas” (amaisan), porque si bien no todas las fotografías muestran sonrisas, si que existe esa sonrisa dentro de cada uno de los niños fotografiados y que a buen seguro aflorará tarde o temprano antes de alejarte de ellos.
Nunca se esta lo suficientemente preparado para encontrarse con una niña de las tribu de los Karo que se aferra a tu mano como queriendo fundirse contigo pidiendo con los ojos y su sonrisa que de alguna manera no te apartes de su vida.





EDUARDO FORCADA GONZALEZ, Zaragoza, Licenciado en Derecho. Aficionado a los viajes y la fotografía, especialmente al retrato de mujeres y niños africanos en espacios que ha frecuentado a propósito en más de treinta ocasiones. Pero su vocación viajera no es nueva. Forcada se ha recorrido medio mundo, y hasta cuentan que de joven se autofinanció algún viaje como músico que también es. Nada extraño, porque el artista, el verdadero artista, no repara en formas ni métodos, expresando cuanto lleva dentro en cualquier soporte, género o formato que considere eficaz. Pero además, Forcada pertenece a esa clase de artistas que se nutre de todo lo externo, que no se conforma con la mera contemplación. Necesita vivirlo. Y vivirlo emocionalmente, para luego asimilarlo interiormente, elaborarlo, reelaborarlo, y finalmente mostrárnoslo bajo el filtro de su mirada. Esa mirada que se refleja inexorablemente en la sincera sonrisa de sus modelos, y ello por mucha amargura que desgraciadamente escondan. Las fotografías de AMAISAN dan buena cuenta de esto. Concurre aquí lo hermoso y lo terrible. La sonrisa y el dolor. Lo bueno y lo sórdido. La acuarela seductora del aliño más atractivo y el disuasor cañón del kalashnikov más convincente. 





sábado, 15 de marzo de 2014

MERODEANDO A LA HUMANIDAD ÚLTIMA DE LEE JEFFRIES. HOY: CHARLES (Narciso de Alfonso)



Charles
de Lee Jeffries

Este hombre con ojos está en un clima descolorido, como cuando una tormenta no llueve pero se come toda la luz del cielo.
En la foto sólo vemos que quiere olfatearnos con esa enorme nariz: husmear, oler el mismo aire que nosotros respiramos; quitarnos el oxígeno que es nuestro y no nos sobra.
En la foto sólo nos enseña la mirada casi triste, con los ojos de no ser casi nadie y la cara de somático y de sufrido, como si llevara puestos con mucha fiebre los seis termómetros de la pena. Sólo nos dice, sin palabras, que es cordial y moribundo, que no ha comido suficiente y que somos sus hermanos humanos hombres, lo que tal vez es otra manera de decirnos que está libre de impuestos. En cualquier caso, mientras nos seduce o no nos seduce, parece que está en una huelga de princesas o en un certamen de amor tirano. No es más distinto de sí mismo que de los demás.
Debe saber: que lo primero es mantener activos a los testigos de su existencia y, casi a la par, asegurarse de que está en su nicho ecológico y que no debe salir de allí. A continuación: nada de plantearse historias que no quepan en su vida. Y para terminar: que somos hijos del rigor y lo que hagamos de nuestra vida depende de ciertos mordiscos.
Se trata de un hombre de la intemperie interminable, que es una intemperie –claro- que viene a estar allí donde huele a sal y donde hay un pequeño comedor con estorninos que no se utiliza.
Está cerca de donde acaba la vida, en la grieta donde el tiempo se abre y se rompe, quizá está ya olfateando el abismo o sólo aguantando el tipo o bostezando dentro de los días como si vomitara mismidad en una palangana blanca. Ya no necesita moverse, ni desplegar las alas, ni siquiera sospechar, ni oponerse: ya no necesita nada, solamente estar. 
Quisiéramos conocerlo más a fondo para responder, cuando nos pregunten, que su nombre de pila es pedazos, y que sus documentos generales tienen todas las páginas negras.


Narciso de Alfonso
Merodeos, IV



sábado, 8 de marzo de 2014

MERODEANDO A LA HUMANIDAD ÚLTIMA DE LEE JEFFRIES. HOY: LANDON (Narciso de Alfonso)


Landon
de Lee Jeffries

Qué sencillo es sentir una directa fraternidad con el hombre humano de la foto, confundirnos con su aspecto penúltimo, no saber si él llegó antes que nosotros a este turbio asunto de la vida o si seremos nosotros los que nos iremos primero, dejándolo aquí con su tubo en la oreja y el parche de amianto en la sien, afilado de rasgos y gran observador miope.

Qué fácil es sentir una fresca fraternidad inmediata, ponerse en su lugar de sacacorchos, meterse en su piel, manchada de barro a goterones, y sentir con él un enfado seco en los dientes y una soledad de corredor de fondo, con la mirada de un pollo rapaz que se ha desvelado y espera, sin esperar, a que amanezca o anochezca, es igual, la luz y la sombra tienen para él un mismo significado y un sonido continuo de chapoteo en el agua o de doloroso deseo sin deseo.

No buscamos el diálogo tonto, sino la identificación entre caballos, la réplica, el trasiego de oscuridad y de alma. Él es una caldera vieja, obstinado y rígido, cruel como una realidad continua o un agujero frío, helado, áspero.
Claro que también es un extraño, ya no le quedan diminutivos, sólo el piloto automático y unos fusibles fundidos, ni siquiera le funciona el circuito del agua caliente. 
Es una pieza extra, inútil, que no recuerda quién ha pagado este viaje.
Cada rato se olvida de lo rápido que se mueve todo, y cada vez se sorprende de la velocidad de las cosas que, antes, nunca se movían: un estropajo, un ladrillo, una pared. Tiene el cabello escaso y con el brillo metálico de un alambre, de un muerto. Y toda la cara cubierta de pelo, de vello, que le crece ya mezclado, mixto de pestaña y barba, de cabello y ceja, con unos pómulos como dos pedradas negras, o dos huevos duros, dos pómulos que se le van haciendo armas para golpear, huesos de hueso: nos recuerdan que todo empieza con una caja y una oscuridad.


Narciso de Alfonso
Merodeos, IV

sábado, 15 de febrero de 2014

NOLI ME TANGERE (Narciso de Alfonso)




A María Clara hay que situarla en sus islas y en su destino de mestiza tagala, cuando entonces, cuando la independencia de Filipinas: cómo arde el mar –dijo el poeta. Es una mujer hacia salvaje que no titubea porque no necesita organizar sus prioridades: sabe que todo debe colocarse en un orden fulminante. 
Lleva todo el universo metido, quizá a las malas, dentro de su piel, que es del color castigado y puro de la intemperie de la noche, después de una cacería a caballo: con el pelo negro de la melena negra hacia atrás, peinado por la velocidad del viento o por el viento de la velocidad.
Tiene los ojos rasgados, de mirada dura y con un punto de crueldad, que tal vez provenga de su condición de princesa india, con el corazón entrecruzado de amor y de odio, y ella sonríe sin sonreír, o parece que sonríe sin sonreír: quizá solamente con la intención de la mirada.
María Clara es una real hembra que ama de cerca y en actualidad, con un querer animal y posesivo, insobornable, sin reflexiones técnicas: oscuramente y aparte, como saciando una sed que nunca se sacia. 
‘Chocaría con su alma, sobándole el destino con la mano y me quedaría mirando a su materia’ –dijo el poeta, que no calla. 
Se ha dado cuenta de que la felicidad no siempre es la mejor manera de ser feliz, así que, oscura de sienes, con la cabellera tremenda y feroz y un olor a pólvora y nardo, ha tomado el duro rumbo de la contrafelicidad, de la cosmética extrema: se dejará crecer los ojos, las doce pieles suavísimas y la tiniebla bonita debajo de los tejadillos.
Es el tiempo, que marcha descalzo de la muerte hacia la muerte.

Narciso de Alfonso
Merodeos



miércoles, 20 de noviembre de 2013

MERODEANDO A... El taxi de Londres (Narciso de Alfonso)

sgs

El fotógrafo del tráfico rodante y empedernido nos ha dejado abierta una ventana llena con un vehículo automóvil, con un taxi de Londres que, como los demás, es impúdico, obsceno, con los zapatos negros y lustrados y con un techo demasiado alto que lo hace fúnebre, como cuando lo fúnebre era una carroza negra tirada por mil caballos.

Parco y sin crisantemos, el taxi fúnebre y funeral de Londres, feo como un bulto feo, es un asunto anacrónico que debería estar muy prohibido por la cantidad de despropósitos que reúne, tan ajeno al sol y al amor, tan destartalado de proporciones, con esa solemnidad convencional de lo negro, con esa sonrisa de caballo listo.

Lo sucio, lo siniestro del taxi de Londres es que alude a la apariencia, a la representación, a lo funeral de la muerte pero sin que haya muerto, sobre todo porque la muerte no está en el ataúd, ni en el coche fúnebre, ni en las coronas, ni siquiera en el muerto. No sabemos dónde está, solamente, si acaso, que ha pasado por un tipo que estaba vivo y lo ha dejado tieso, para enterrar: ya no se puede contar con él para nada.

Los taxis de Londres vienen a ser una agencia funeraria que trabaja sin muertos, sin esperar a que la gente se muera, en una especie de anticipación de lo que será el entierro del que se sube al taxi, en un ensayo de oscuridad. 

Lo que nos viene a importar del taxi de Londres -o de cualquier otra ciudad- es, más bien, el taxista mortal que conduce la máquina automóvil, que se llama taxi porque lleva incorporado un aparato taxímetro, que es un mixto de tiempo y dinero, como el alma o el destino. 

Cabe suponer que el taxi –y tal vez el taxista- tiene unos deseos semejantes a los del barco ebrio: que los pieles rojas utilicen como blanco de tiro a los pasajeros, clavándolos desnudos en postes de colores.

El taxista, sentado en su carricoche fúnebre, echa en falta los caballos de la carroza que nunca tuvo y con los que, a veces, todavía sueña: cuatro caballos cuatro, del color de los caballos del Apocalipsis: blanco, rojo, negro y pálido –no bayo, ni palomino, ni cuarto de milla-. 

El taxista es, naturalmente, un hombre humano, mortal, dos veces sapiens, es decir, como todos los demás pero en taxista, lo que significa vivir la vida como si importara o como si no importara, depende. Quizá, por la tremenda cantidad de sedentarismo al que su actividad le obliga, es un hombre que ha dejado que se oxide todo el hierro que hay en él, y se ha ido quedando duro, masivo, como un matadero al amanecer o como si estuviera siempre escuchando un sermón sobre la muerte.


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


martes, 12 de noviembre de 2013

MERODEANDO A... Los jugadores judíos de Nueva York



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El fotógrafo de los más tormentosos juegos de azar nos ha dejado abierta la ventanilla de las apuestas frente a estos jugadores judíos de Nueva York, que más bien necesitan un poco de glamour, que es eso que sucede cuando se descorcha una botella de cava y sale un chorro inmediato de espuma dorada y de burbujas absolutas. Pero quién, pero quién no necesita un poco de glamour o incluso empezar una nueva vida, aunque sea exactamente la misma pero con la cocina, entrando, a la derecha y un motor de ocho cilindros en uve. 
Más emocionante que el juego que no vemos es verlos mantener un equilibrio que parece imposible, de mesita muy escasa que derrota hacia la izquierda y de caja de plástico reventona y sin corsé. Y, sobre todo: en el mismísimo centro de tanta inestabilidad en desequilibrio, los jugadores judíos de Nueva York se mantienen concentrados como si estrenaran un par de orejas, están sosegados como si les doliera la sangre, sumisos de manos como dos obispos tristes que acabasen de llegar desde muy lejos a jugar y a bendecir, en ese orden exacto y devoto, con los paneles en alto, su minuto horizontal y sus hornillos.
El jugador al que vemos de frente frontal, expuesto a la galería y recio como un paquebote, es el que tiene el aspecto de ganador, mientras que el otro es más bien un mindundi al que ni siquiera le interesa ni le gusta el juego, y que se ha dejado caer, caminito de jerez, solamente para que el gordo de Minnesota lo gane –y, a ser posible, deprisita-.
Luego, más tarde, otro día, otro año, recordarán estas partidas, ‘vivir es construir futuros recuerdos’ –dijo el poeta, y tal vez hablen de Lester, que es el espectador menudo que, por entonces, ya habrá entregado el alma, lo que todavía aumentará más el valor de estas partidas en la memoria de los jugadores judíos de Nueva York. 
Están aprovechando el placer auxiliar de ser ellos mismos; relajados como si no llevaran sujetador o se lo hubieran desabrochado para jugar más sueltos de tetas. Casi a la distancia de una partida de mus, parecen unos seres transitorios, casuales como vietnamitas, a la sombra de unos barrotes oscuros como los de los balcones o las jaulas, quizá para no escaparse de sí mismos, o para no volar.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


lunes, 14 de octubre de 2013

TUTORIAL: DE CÓMO UN ASUNTO SIN IMPORTANCIA LLEGA A CONOCIMIENTO DE UN JUEZ (Mercedes)



Mercedes



Partimos para nuestro peculiar estudio de dos jóvenes que acuden a una fiesta. Ya a la salida de la misma, se ven inmersos en un montón de gente que se empuja a las puertas del guardarropa, con tan mala suerte que al final uno acaba recibiendo un puñetazo. Pues bien, el agredido decide denunciar, que para eso está en todo su derecho.

Considero que es una reacción un tanto exagerada acudir al juzgado por un puñetazo que te da un desconocido al salir de una fiesta a altas horas de la madrugada, más aún cuando se da en el contexto en el que mucha gente se está dando empujones y peleándose.

Hasta cierto punto es normal el puñetazo que se llevó el denunciante; pensémoslo: sale de una fiesta ya de madrugada, cansado, en cierto estado de embriaguez presumiblemente, se ve metido en una pelea en la que la gente a su alrededor se empuja y se grita.

No es tan extraño que al final alguien acabe herido.

No es como si los acusados se dedicaran a ir pegando a la gente por la calle.

No obstante, si denuncia, es bastante probable que acabe obteniendo una indemnización.

Y así es como un asunto sin importancia llega al conocimiento de un juez. 


Mercedes




miércoles, 9 de octubre de 2013

MERODEANDO A... La moza gallega (Narciso de Alfonso)


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El fotógrafo de la gente que ya no tiene nada que perder nos ha dejado abierta la ventana indiscreta apuntando directamente a la gallega, que ya no sube las escaleras tan deprisa como solía hacerlo y que está vendiendo cualquier cosa que se pueda o se deje vender o –por lo menos- que se esté quieta –y no muerda- mientras la vende.

Con su trasiego de anchoas y de lotería de navidad, la gallega está parada y apretada, con su abundante cola negra de caballo negro, como reuniendo o recuperando fuerzas, en una pose quizá digestiva o indigestiva de gases o de barriga, de retortijón, mirando al fondo del mar, moviéndose entre berberechos.

No está reflexionando, claro, sino sólo como reincorporándose, desmemoriada y disponible, fiel y fugitiva, apoyada a tres patas en su tenderete, en su mostrador improvisado que ha cubierto con un mantelillo sujeto con pinzas: es, otra vez, el absurdo de la humanidad o de la vida, que nunca –nunca- nos acabamos de creer aunque lo estemos viendo: porque las apariencias son más reales que la realidad: la vida será, al final, una mujer gallega con su abundante y apretada cola de caballo, con la contradicción cachonda de estar vendiendo la fortuna en esos décimos de lotería que cuelgan al viento encima de su cabeza.

A la vida, a la humanidad y a la gallega, es que les gusta el contradiós, la mezcla, el equívoco: se ponen y se quitan continuamente el ojo de cristal, que es el izquierdo pero el derecho, y nos vienen a decir que la felicidad no siempre es la mejor forma de ser feliz, hala, son así, y simplifican simplificando o sin simplificar y vulgarizan vulgarizando o sin vulgarizar, siempre, siempre jugando al contradiós. Y también nos vienen a decir que nada es sencillo, porque han sido maestras de ballet y saben que nada es sencillo.

Malograr su vida es un derecho inalienable para todo ser humano y, el que más o el que menos, todos necesitamos testigos de nuestra existencia, y lleva mucho tiempo –a veces, todo- no juzgarse a través de los ojos de los demás. El poeta añadió otros dos a la lista de los derechos inalienables del hombre: el derecho al desorden y el derecho de marcharse.

Y también se dice que un problema no es grave si no lo convertimos en un problema grave, y que lo malo es más fácil de creer. Y además, todo el mundo quiere ser libre, hasta la gallega que vende anchoas de Santoña y las envuelve en décimos de lotería: dale que dale con la libertad: pero luego, cuando vemos a un tipo realmente libre nos cagamos patas abajo, que quizá es lo que explica la pose indigestiva de la moza gallega.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV




domingo, 29 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... El viejo lavadero (Narciso de Alfonso)


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El relimpio fotógrafo del fairy ultra nos ha dejado abierta la ventana que da directamente al fregadero, sin pasar por Puerto Prícipe. Estos son los rincones -tiernos y ásperos- del universo cósmico que uno, merodeando, ama con una lujuria doméstica, involuntaria y aseada, tal vez porque son los últimos espacios, los reductos terminales y definitivos, sin un más allá, o, simplemente, porque apestan a lejía y a humedad cáustica, que es como debía de oler aquel caldo primigenio de donde surgió la vida.

Aquí todo, casi todo, sucede entre botellones de plástico feos y vacíos, abollados y tambaleantes; aquí, en los últimos lavaderos, se puede pasar directamente del vim clorex al alma bonita, sensibilizada por las burbujas tóxicas de la espuma y por el ruido a lavativa que hacen los desagües. 

Son estos rincones periféricos, marginales, en los que siempre es invierno, que están como dentro o debajo o detrás de una pecera o de un acuario, y donde no suele haber nadie, pero cuando hay alguien es una mujer arremangada en faena, despeinada, vestida de un luto arrugado, desordenada de ropa: una mujer que, entre las grietas del olor a jabón, huele directamente y en sólido diámetro a sudor, a estropajo y a fregona, como si le hubieran crecido los verdes, y sabemos que está ahí, con su cuerpo humano entre mucho calzoncillo, para mantenerse subida a la ingrata línea quebrada de la felicidad doméstica, familiar, lo que viene a ser duro y difícil como mantenerse montada en un potro mecánico. 

Estos son los recónditos rincones cósmicos donde no hay apariencias ni adornos, sino sólo la materia cruda, despellejada: el cadáver de una estrella que enseña impúdicamente toda su áspera realidad. Estamos en la región telúrica de los lavaderos, con sus aguas blancas y sordas, con sus hechos turbios e incoloros, con su clima detenido. 

A veces, sin darnos mucha cuenta, nos vamos a los últimos lavaderos generales buscando una salud, una penitencia, una purificación, una paz, quizá porque el roce con las paredes despojadas nos hace desprendernos de los pedazos muertos que llevamos encima: de piel, de sentimientos, de vida, o acercarnos a la verdad fosfórica del fairy, o porque a los lavaderos finales se entra sin el fantasma personal: tenemos que desmontarnos de nuestro caballo interior y dejarlo atado fuera, enfrente de la puerta, como se hacía en el Lejano Oeste antes de entrar en el saloon. 


Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


lunes, 23 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA CASITA CHINA (Narciso de Alfonso)


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El fotógrafo de todo lo que sea habitable nos ha dejado abierta la ventana indiscreta delante de una casa elemental, sencilla, que tal vez sería la más apropiada para vivir cuando ya se ha vivido mucho, demasiado, casi todo.

Cuando uno ya está cansado de llevarse puesto y se siente, por fin, un hombre de mundo –pero del otro mundo-. A cierta altura de la vida, que no es paralela al número de años, hay que tener un coeficiente intelectual negativo: no bajo ni profundamente bajo, que eso se llama retraso mental, sino negativo, que es con el que se entiende lo irreal y lo irracional, esas movidas pordioseras que se escapan a la relación causa y efecto -que es una de nuestras peores pesadillas-.

Se trata de una humilde casita tierna donde podrían vivir Hansel y Gretel si no fueran dos niños ficticios, los personajes irreales y ñoños de un cuento. Es una casita donde se puede ser feliz más tiempo o más veces –más veces en menos tiempo-; puede ser el lugar del extravío: allí donde se puede vivir cuando uno se pierde y no quiere volver a encontrarse: cuando ya sólo queda la conformidad de no entender nada, de ver la misma lluvia lavando los mismos árboles.

Cuando ya no se necesitan más que cuatro paredes, una certeza de orden y tres medidas de cebada por un denario. El puzle social nos enseñó su última combinación, que no era buena; escuchamos la voz de los gansos salvajes, fuerte y excitante como la voz ronca de una mujer, y supimos que había llegado el tiempo de buscar nuestro lugar en la familia de las cosas, que es lo que nos trajo a esta casita.

Todavía tenemos que aprender lo que no nos enseñaron en la escuela, y buscar la aquiescencia del universo entero, y tal vez, ya al final, cortarnos las trenzas y juntar las manos, quedarnos puros y orejones, sin nudos en los pies, canturreando en voz baja y sonriendo a la nada, sin hacer antigüedades. 




Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



jueves, 19 de septiembre de 2013

EL GRAN MAESTRO EN LA MONCLOA (Armando Muchabulla)


AEM

Desde que llegó a la Moncloa el venerado maestro Phrami Pashandhabarta, pocos son los que puedan afirmar que lo hayan visto. A su llegada hizo saber a través de su discípulo que solo precisaba una libra de arroz, una libra de té y un infiernillo de alcohol y solicitaba que retirasen todo el mobiliario  de su alojamiento, pues la esterilla que traía consigo era todo el ajuar que precisaba. Se dice que a raíz de la invasión china de su país abandonó el convento y con su discípulo predilecto se retiró a un monte en medio del desierto donde se dedicó durante todos estos años a una intensa meditación aislado del mundo, alcanzando fama de gran sabiduría.
Al fin, parece que accedió a ser consultado por nuestro presidente Rajoy, y aunque todo está rodeado de un gran secreto, las filtraciones aseguran que a las preguntas de Rajoy sobre el problema de Cataluña, contestó: “las partes contienen el todo y el todo contiene a las partes”. Ante estas enigmáticas palabras, que al parecer complacieron a nuestro presidente, pues revelaban cierta afinidad con el pensamiento gallego, Rajoy es quien se ha retirado a meditar sobre ellas.


Armando Muchabulla


lunes, 16 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... TORITO GUAPO (Narciso de Alfonso)


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El fotógrafo de la fiesta ha metido en la ventana del peligro a un torito guapo, parado en lo alto de las piedras. Es un buen mozo, apretado de llaves, zaíno, veleto, abierto y afilado de pitones, que derrama la vista desde su posición, tal vez midiendo la plaza: ‘que nadie lo toque, que lo dejen tranquilo y no lo provoquen’.

‘Ese toro bonito ya nació para semental, las vaquillas lo siguen y no lo dejan descansar’. Ahí está, vengándose de los colores y amenazando con tirar los brazos por la borda, duro como un horizonte, fuerte y dolido de piernas, inmenso.

El torito guapo está delantero y chorreando, como para echar el carbón de su noche, como agarrando la carne de su hoguera. Engendra la cabeza y discurre eléctricamente, con estilo, con estampa, extraordinario y feroz.

‘Se lleva detrás todas las hembras, las quisiera montar todas a un tiempo a pesar de tener sólo dos yerbas’. El bicho está en la soledad grande y tranquila, casi fría como el espacio en el que se mueven las estrellas tiernas.

Tal vez está numerando el tamaño, de espaldas al cielo para no ver su tremenda oscuridad, que no descansa de tragarse toda la luz que le llega. Es un morlaco serio y siniestro, una gran visita de energía que nos está haciendo el teléfono desde lo alto de las piedras para recordarnos quién manda, para que no olvidemos que la muerte no llega más que una vez, pero se hace sentir en todos los momentos de la vida.

‘Una hembra se dejó babear bajo una encina, cuando quiso escapar, ya estaba encima’. El torito guapo sabe que el mejor camino para llegar a los sitios es siempre a través, y que, una vez que se conoce el peligro, ya no se puede vivir sin él.

Se mueve en el infinito y se parece a su dolor: el único problema de ser toro es que ocupa todo el tiempo, y ser toro, además, es un caso límite: es un animal persuasivo más que informativo, y que, si es necesario, desnuca el sentido común para conseguir enseguida todo aquello que quiere, siempre por las bravas.

Con todo, como los hombres, el torito guapo muere porque no es capaz de juntar el principio con el final, aunque el toro, por bonito, pueda mirarse al espejo junto a una lámpara.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV




miércoles, 11 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... MONTMARTRE (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo del amor se ha dejado abierta una ventana indiscreta en medio de la calle lluviosa, cuando ya es de noche en París, y las luces se reflejan en el suelo mojado, y hay balconcillos con macetas, y dos tramos de escaleras que suben o bajan, y el toldo de un bar, y algunas personas se han refugiado en un soportal iluminado, aunque la lluvia sólo sea un incordio si no te quieres mojar.

Tal vez sería el lugar, el momento propicio para enamorarse, para coincidir con una persona a quien no tocara el tiempo, que la noche no pasara estando con ella, que no se apagaran uno a uno los anuncios de neón.

Luego, afortunadamente, el amor llega cuando quiere, donde quiere, si quiere, como un copo de nieve que nunca cae en el lugar equivocado. Junto a la dulzura están los imanes de la muerte, y el sucio amor puede encontrarnos mientras escuchamos la música contrapasional de una sardana sosa, insoportable, o cuando los caballos del tiempo sacian su sed con nuestra sangre, o cuando el firmamento se deshace las gruesas trenzas porque va apretando el calor.

Se dice que, a veces, el amor es misterioso como el color de la carne, con su perfume de azucena, como el alma, y que, otras veces, llega con su sima, con su dibujo bellísimo y atroz. Aunque el maldito amor no nos va a encontrar en esta escena lluviosa, nos gusta esperarlo en sitios así, quizá para no sentirnos tan impotentes, tan vendidos, sin nada que hacer para provocarlo.

Lo que sabemos es que, aunque no sirva para nada, se le espera, no se le aguarda: porque al que espera, sólo, siempre le llega lo inesperado, pero al que aguarda sólo puede llegarle lo que espera, lo previsto.

La tierra se oscurece después de llover, y el odioso amor no ha llegado. En el universo todo es cacería, y sentimos de nuevo toda otra vida, todo otro dolor. Y nos repetimos, para templar la decepción, que la vida es solamente para tener en orden los labios, para mirarse las palmas de las manos, para dormirse con una funda en la conciencia: una cosa triste con escasos intervalos alegres, con un olor difuso a carbonilla y a tierra.

El amor es algo así como una gran visita de energía que aumenta nuestro conocimiento de la irrealidad, de modo que conviene desconfiar si se parece más bien a la copia de una copia de una copia: no es el amor, sino la vecina del tercero.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV





lunes, 9 de septiembre de 2013

HABLAR Y NO DECIR NADA (Ängel Ferrer)


afs

Hablar y no decir nada
no es no decir nada
es intentar alcanzarte sin llegar nunca
es acariciarte el tímpano sin reconocerme
es media soledad, para ti
es agradarte mientras escapas
para que vuelvas
aunque soy yo el que no ha llegado
o si he llegado pero no estoy quieto
entonces es una atracción vacía
pero siento el alma llena
como rompiéndome el pecho desde dentro
y mis palabras rebotan
en el preservativo del lenguaje



Ángel Ferrer


jueves, 5 de septiembre de 2013

EL PÉNDULO (Baraque)


Baraque

Demasiado tiempo
dejándome mover
por mecanismos ajenos a mí

He parado
inmóvil desde hace meses
prefiero esta quietud
decisión de mi voluntad

Atrás el vértigo
producto de un vaivén desenfrenado
escapando a mi control
sobrepasando el arco natural
que soy capaz de dibujar
como mucho, ciento ochenta grados
¿qué queréis de mi?
solo soy un péndulo


Baraque



lunes, 2 de septiembre de 2013

MERODEANDO A... LA ZAPATERÍA DEL AMOR (Narciso de Alfonso)



El fotógrafo de la vida y de la muerte no ha tenido piedad y nos ha dejado abierta una ventana impúdica delante de la zapatería del amor, donde todos los zapatos son huérfanos de pareja y de pieses, y tal vez por eso sienten el frío falso de la soledad, añadido al frío real del frío, y se amontonan para darse calor como si no estuvieran muertos.

Es la zapatería de Auschwitz-Birkenau, ante la que uno debería callarse para siempre, o andar de rodillas todo lo que le quedara de vida, o sumergirse ahí, en el montón de zapatos, y arrancarse el pelo o comerse las orejas propias y ajenas, o vestirse de saco y de ceniza en una penitencia definitiva.

Es la tienda de las últimas rebajas, de los saldos funerales, no hay manera de encontrar dos zapatos ni siquiera parecidos: después de pasarse una hora buscando entre la muerte y tanto cuero loco, se acaba saliendo con una chancleta en un pie y una bota en el otro, las dos pequeñas de talla y las dos del pie siniestro, que además abollan el empeine, como les pasaba con el zapato de cristal a las hermanastras malas de Cenicienta.

Hay que quedarse en estos zapatos, con estos zapatos, mucho rato, muchas vidas, en esta zapatería de los altos hornos de Loewe, para no olvidar nada, para impedir que la imaginación nos lleve más allá: hay que ponerse las piernas de madera, las patas de palo para clavarse en la tierra y, riendo como una hiena, obligar a la vieja que ya está desnuda y azul de frío a que se quite las sandalias Armani de cuero trenzado en rojo y negro para que la nieve bonita le haga cosquillas en los talones mientras se le come los dedos de los pies a gangrenazos, y como parece contenta de frío, pedirle que nos baile la última muñeira de su vida, a la pata coja y levantándose hasta la barbilla las tetas, que las tiene como baberos de babear.

Hay que quedarse muchas horas en la zapatería del amor, hasta que nos salgan suelas en los labios, hasta que vuelva la tormenta que nos llama padre y que llora en su delantal como una camarera, hasta que suba el nivel del mar que no existe y se lleve el rebaño de zapatos a las playas del Caribe, donde podrán andar descalzos y pisar la arena tibia, la arena blanca, la espuma larga de las olas.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV



domingo, 1 de septiembre de 2013

HAY UN CAMINO DE BARRO (Ángel Ferrer)



afs

Hay un camino de barro, en el entendimiento
que se mastica hasta que sales, como tubérculo a respirar
si tienes suerte de no emerger, en el fondo del mar
de seguir comiendo, hasta llegar al principio de la lluvia
más allá del vacío eterno
y me dices que aterrice


Ángel Ferrer




jueves, 29 de agosto de 2013

TRES VÉRTICES (Baraque)


Baraque

Salud, dinero y amor
lo dice la canción
nunca lo he creído

La prueba
que me da la razón
ha aparecido
tres vértices también
que emergen dentro de los existentes

Irrumpe pequeño
pero devorará al grande
triángulo modesto en su tamaño
ambicioso en su intención
irá ganando terreno
hasta adueñarse
del que ahora le da cobijo

Cuando la metamorfosis acabe
mis ojos, hambrientos de la verdad
contemplarán la gran obra

Tres vértices
los verdaderos
El yo
El nosotros
lo que sobra


Baraque


miércoles, 21 de agosto de 2013

LÁGRIMAS (Baraque)


Baraque

Lágrimas que no han querido
no han sabido o podido
surcar unas mejillas
resbalar por ellas
hasta dejar rastro
en una mesa, un papel o una tela

Lágrimas introvertidas
incapaces de dejarse ver
han elegido el camino inverso
un interior demasiado dolorido
para soportar su sal



Baraque


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