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jueves, 28 de septiembre de 2017

"METÁSTASIS". La última novela de Javier Iribarren






Acabo de leer la segunda novela de Javier Iribarren. En la primera (Interino, 2014), ya prometía, por supuesto, pero en esta se ha desatado y ha conseguido un trabajo que ronda la perfección. Y si en aquella aseguraba su autor que no habría película, esta parece un auténtico guión cinematográfico. Proyección (valga el término) que la propia narradora deja entrever en una de sus muchas confesiones.
Si la mirada de Iribarren  era ya muy crítica con la corrupción político/funcionarial en "Interino", aquí golpea de frente y sin miramientos a la responsabilidad principal: la de todos nosotros, la del hombre de a pie, la de la gran masa sumisa y obediente que sostiene este hipócrita sistema presidido por lo políticamente correcto. No deja títere con cabeza. Y todo con el humor corrosivo que ya asomaba en "Interino" pero que aquí se extrema con total acierto, lo que por lo demás y junto con muchas otras virtudes de la novela, hace que su lectura enganche y cueste interrumpirla.  Lo dicho, se mete con todos y con todo. Constituye un retrato perfecto del hombre-masa medio que la prensa y televisión moldean: el feliz idiota que no  es que no vea más allá de sus narices, sino que solo ve por las de los líderes sociales vacíos y de cartón piedra que nos dominan. "Quieren loros. Prohibido pensar". Aquí hay para todos. Sin miramientos, sin tonterías: a calzón quitado. Emplea términos que están en la calle pero con el micrófono abierto. Habla de pesebreros, por supuesto. Se refiere a los banqueros catalanes que usan y abusan de los empleados como los "putos catalanes"; alude a moros y charnegos; a maricas que alardean de serlo; al País Vasco, donde "la rueda nacionalista campa a sus anchas, señalando a los infieles que no comulgan con el credo" (el protagonista se suena los mocos con una ikurriña, diciendo que no es la primera vez que lo hace); a la plaga de nombres gilipollas que nos invade ("Manuel. No vacilamos con el nombre... queríamos huir de las tendencias, de ese dandismo paleto que predomina en los padres de hoy... ¿puede llegar a viejo alguien llamado Joel?"); a la fealdad de la vejez ("la edad se ensaña con las nalgas"), sin olvidarse de las nuevas tribus: los loser, los runner, los hipster, los pijipis... Si no llevas su uniforme... "Mi traje -dice el protagonista- desviste su fondo de rencor social". O a las modas/imposiciones pijas: desde el alquiler en grupo de casas rurales que suele acabar como el rosario de la aurora, hasta veranear en Zahara de los Atunes, pasando por  los juegos de mesa o el apadrinamiento de un niño... a distancia, claro; pagando unos eurillos al mes y recibiendo puntualmente una fotografía de... vaya usted a saber. Modas. Cosas que hay que hacer.
Lenguaje sin trabas, algo a lo que no estamos acostumbrados. Llamando, como se llama en la calle, por lo demás -aunque hasta eso está en peligro- a cada cosa por su nombre: "Fue un polvo más, incluso decepcionante. El primer tipo que pronunció '¡Vaya jaca!' debió de toparse con alguien como Annette. Su corpulencia entorpecía la unidad de acción que requiere el sexo compartido. Sí, fue decepcionante".
¿Y el contexto? ¿La historia?  Rabiosamente actual: el protagonista es un joven empleado de banca que se ha puesto las botas vendiendo preferentes... ¿Resultado? La ruina de muchas familias.  El padre de una de ellas, desesperado, se presenta en la oficina de aquel y le asesta un disparo. Nuestro hombre queda postrado en una cama. Y desde allí, con la colaboración profesional (lo que quiere decir, pagada) de una periodista que trabaja en un periódico que "no lo lee ni el Tato" y ha hecho sus pinitos literarios, urde dos tramas: la primera escribir una novela; la segunda no la desvelo porque afecta al desenlace final.
Así que estamos -y entro ahora en el estilo literario- en una novela dentro de una novela. Algo que por muy usado no deja de ser apasionante si se sabe hacer. Y aquí se sabe porque hay oficio. Evidentemente. De entrada, permite a sus personajes/coautores (el protagonista en cama y la periodista/narradora) establecer su particular visión sobre la forma de novelar; en definitiva, asentar sus personales poéticas. Así se avanza el comienzo (literariamente brutal) de la novela dentro de la novela. Merece la pena reseñarlo. El encamado protagonista lo recita mientras su colaboradora lo graba:
-Veintisiete minutos. El cura rogaba por el difunto, los viejos rogaban por el difunto, las nietas también rogaban por el difunto, pero a mí, el recuerdo de la tronca de la portada, con los pechos descubiertos y su sexo asilvestrado, me...
Llegados a este punto detuve la grabadora y me erguí con brusquedad del asiento.
-Un momento Luis, ¿qué?, ¿es?, ¿esto?
-¿Qué te pasa, Carlota? Siéntate.
-Pensaba que íbamos a hacer una biografía. ¡Joder! -exclamé alterada- ¿Quieres que escriba eso? ¿En serio? ¿Qué vas, de Bukowsky?
(...)
-Creo que te dejé claro que no era una biografía al uso. Es literatura...
Por lo demás, y en cuanto al autor, hace como Hitchcock: asomar el morro, al menos una vez de manera explícita. Porque implícitamente, quien ya lo ha leído, reconoce su sombra -y me niego a decir "alargada", a pesar de mi admiración por Delibes-; esa sombra que transita por por todos los rincones de la novela.
En fin, un relato veraz. Un auténtico retrato (como ya lo fue "Interino") de esta sociedad nuestra de neolenguaje y postverdad. Con un par. Como se dice aquí: al pan pan, y al vino vino. Y, en definitiva y como ya dijo el poeta (un tal Keats): belleza es verdad y verdad es belleza. Punto.

Servando Gotor

domingo, 23 de noviembre de 2014

PAPÁ (Javier Iribarren)




El día de su funeral cené con mamá en un mesón de los que se dicen jamoneros. Cuando concluyó la ceremonia buscamos un lugar para guarecernos de los mentideros creados en torno al pórtico de la parroquia. Amigos y conocidos de conocidos chismorreaban sin cuartel. Era su momento: “¡Cómo estaba la iglesia!”, “Muy bien este cura, eh”, “¡Solo nos vemos en funerales!”, “Que me voy ya, me alegro de verte”.
En el mesón estudié la carta con detenimiento: raciones, bocadillos fríos, los calientes, hamburguesas… Mamá, que tiene poca desenvoltura en los bares, me confió la iniciativa. Pedí dos bocadillos, el completo de jamón serrano, sin pimiento como lo prefirió ella, y el de cecina de Astorga con paté y aceite, que nos recomendó entusiasta el camarero. Los presentaron al cabo de cinco minutos, generosos y rotos en mitades, para facilitarnos el mordisco. Deliciosos los dos, vaya por delante, si convenimos a la hora de señalar el de cecina como excelente. Y así se lo hicimos saber al camarero, pues no dejaba de fisgar nuestros bocados en busca de una aprobación coral a su sugerencia. Bien a gusto me hubiera zampado otra mitad, y creo que mamá también, pero un conocido, otro más, se acercó a mostrar sus sentidos respetos a la viuda. Mamá ni siquiera se acordaba de su nombre, “el de la ferretería, sí, sí, claro”, pero verlo así de afectado, derramando la compostura entre sollozos, le causó algo de rubor.
Camino de casa retomamos el hilo del funeral. Mamá se atrevió a especular con cifras de asistentes y evocó con resignación socarrona las últimas voluntades de su marido, “Nada de misas ni sermones. Y tiráis mis cenizas al Ebro”.
Antes de retirarnos a dormir volvimos a coincidir en la cocina.
- ¿No te acuestas, hijo?
- Sí, ahora. Me he quedado con hambre. Voy a picar algo.
- Yo también tengo apetito, no te creas. ¿Queda algo de queso?
- En el “frigo” no. Lo terminé ayer.
- Hay en el balcón, creo.
- ¿Voy?
- Sí, por favor.
- Vale. Ahora vuelvo.
- ¡Luis!
- ¡Dime mamá!
- Coge también las nueces.


Javier Iribarren


jueves, 13 de noviembre de 2014

AYER PRESENTAMOS EN ZARAGOZA "INTERINO", LA NOVELA DE JAVIER IRIBARREN

Ayer, miércoles, después de su presentación en Pamplona, Logroño y otras localidades, se presentó por fin en Zaragoza la novela de nuestro amigo Javier Iribarren. Pasamos un buen rato de charla y conversación y, desde aquí, sólo me queda agradecer la presencia de los que allí estuvistéis y de los que queríais estar y no os fue posible. Os dejo abajo la crítica que en su día colgué en el blog Lecturas hispánicas.
Una buena novela, muy por encima de la media de lo que se está publicando. Calidad literaria, testimonio, crítica, amor y humor, de la mano de un autor con talento y oficio.



Procuré retomar el ritmo de estudio, por enésima vez, aunque no fue sencillo. Tal vez convenga precisar aquí al lector que aunque no lo parezca el relato avanza, y hacia delante. Las correrías de un opositor no encierran asesinatos junto al lago, leyendas templarias ni secretos vaticanos. Es probable que no haya ni sexo. Auguro que no habrá película. (de "Interino". Javier Iribarren.Ediciones Eunate. Pamplona, 2014).

Pues no, no es cierto. Porque en "Interino" sí que hay película. Javier Iribarren nos presenta una apasionante novela de amor, humor y crítica social, que destapa los padecimientos y hasta los peores instintos humanos ante la lucha diaria por la supervivencia, y cómo esa lucha puede convertirse en una verdadera trampa. Su lectura suscita multitud de interrogantes, pero quizá el principal consista en cuestionar nuestras propias ambiciones: la naturaleza de las mismas y sus efectos, su legitimidad y, en todo caso, su verdadera conveniencia (su oportunidad). Buen punto de partida para una profunda reflexión sobre lo que la sociedad espera de nuestros jóvenes y ellos de la sociedad.
Estamos ante el crudo testimonio del suplicio padecido por esta juventud condenada al fracaso escolar o a discurrir por un eterno laberinto implacable y desesperanzado de estudio, disciplina y pobreza, difícilmente compatibles con la mínima estabilidad física y emocional que cualquier tipo de proyecto vital precisa. Panorama sólo roto por algún que otro escarceo casi siempre condenado al fracaso, bien sea por el extranjero (Londres, en este caso) para intentar buscar salidas y, de paso, aprender o perfeccionar otro idioma; bien por los bosques de una administración efímera, transitoria y provisional. Estudiante, opositor o interino, qué más da: la angustia es extrapolable a cualquier otra situación en que se hallan inmersos los jóvenes de hoy. Y este es el testimonio y esta la odisea: un relato verdaderamente dramático. ¿Cómo que no hay película? 
Y ya, en la perspectiva puramente formal o literaria, nos encontramos con una prosa exenta de experimentos lingüísticos o expresivos o de pretensiones líricas o poéticas, pero rigurosa y eficaz; de hecho, la narración mantiene un ritmo muy bueno con dosis, si no de un suspense hitchcockiano (inapropiado por lo demás para el género), sí de la necesaria tensión para atrapar la atención del lector, aderezada además con pinceladas -ahí sí- de un lirismo nada pacato (y por tanto acorde con el tono narrativo) pero muy emotivo y salpicado de un humor muchas veces fino e inteligente. La trama está perfectamente estructurada y los personajes acertadamente definidos, lo que unido a ese logrado ritmo hacen de "Interino" una novela muy por encima de la mediocridad a la que nos tiene acostumbrados el actual mercado literario .
Recomiendo, pues, su lectura: es interesante, emocionante, divertida y motivadora. Pero, además, lo dicho: contiene un vivo testimonio de nuestra época. Bueno, hoy, para la reflexión y, mañana, para el recuerdo aleccionador.


Servando Gotor


sábado, 8 de noviembre de 2014

LA NOVELA "INTERINO" DEJAVIER IRIBARREN, SE PRESENTA EN ZARAGOZA ESTE MARTES, DÍA 12

Interino, la novela de nuestro amigo Javier Iribarren, editada por Ediciones Eunate, se presenta en Zaragoza el próximo día 12 a las 19,30 en Sala Cultural de Librería Central (Corona de Aragón, 40). En el acto intervendrá el abogado y escritor Servando Gotor y el propio autor. 



Interino es sinónimo de provisional, transitorio, fugaz. ¿Puede una persona llevar una existencia interina? Eduardo Iturralde es un joven universitario con nombre de árbitro y dificultades para pronunciar la erre. La timidez, parece, le viene de serie. Los proyectos que emprende, sean laborales o personales, no terminan de cuajar. “No acabas nada, hijo. Hay que ser más paciente en la vida”, le recuerda su madre.
Javier Iribarren
No parecen las mejores credenciales para estudiar una oposición, desde luego. Pero Iturralde es obstinado y la propia inercia de la vida le ha llevado por ese camino. Convertirse en alto funcionario de la Administración Foral de Navarra se convertirá a partir de entonces en su aspiración.
Un reto intelectual mayúsculo que el protagonista tratará de compaginar con su relación de pareja y con diversos empleos temporales al servicio de la Administración Pública. ¿Lo conseguirá? 
Una historia de superación que nace en el periodo de bonanza y profundiza en lo más profundo de la crisis actual. El testimonio (crudo testimonio) de lo que la sociedad actual depara a nuestros jóvenes. 
Javier Iribarren  nace en Logroño en 1980. Es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja. “Interino” es su primera novela.


sábado, 17 de mayo de 2014

INTERINO, UNA NOVELA QUE ES LA AUTOBIOGRAFÍA DE MUCHOS (J.R. Chaves García)



Comprar Interino en Casa del Libro

Por el libro desfilan las historias paralelas de todo aspirante a funcionario de carrera: su relación de pareja, con sus amigos y con sus padres. De hecho, su tira y afloja con su adorada Alba corre vicisitudes paralelas a su cortejo con las oposiciones ( algo así como el clásico, “ni contigo ni sin tí tienen mis males remedio, contigo porque me matas, y sin tí porque me muero”) También asistimos a sus dudas y cavilaciones, y al análisis de sus experiencias, particularmente de las aventuras laborales fallidas en Londres ( donde la diestra pluma de Javier demuestra un cronista de lujo de lo que es sobrevivir en la gran ciudad) o de sus inicios como opositor ( admitiendo finalmente que “tampoco respondía yo al estereotipo del opositor clásico, ese ser meditabundo sin ingresos ni trabajo, ni actualización de vestuario”).
En el libro resulta memorable la magnífica exposición del primer día como funcionario interino, como también lo es el relato de la zozobra ante los exámenes para funcionario de carrera, su relación con el preparador o la actitud hacia sus competidores por las ansiadas plazas. El autor, utilizando la visión global e inmediata de la primera persona, nos ofrece lo que ve y lo que siente el protagonista “en tiempo real”, con sus pensamientos y dudas, dejándonos a los lectores como cómodos observadores de un pececillo inocente en la pecera de la Administración, donde el pez grande se come al chico y el permanente al interino.
Es un libro fresco, divertido, ambientado en Navarra, y que me recordó prontamente a los amenos escritores de mi juventud, dos Martines, a Martín Casariego (“Qué te voy a contar”, Anagrama,1989) y a Martin Amis (“El Libro de Rachel”, Anagrama, 1973), aunque también a David Lodge ( “¡Buen trabajo”!) y a nuestro castizo Sosa Wagner (“Es indiferente llamarse Ernesto”,1992). Estamos ante un tema que se prestaba al estilo melancólico y tenebrista propio de “Oliver Twist” ( Dickens) y que se ofrece bajo una luz gozosa y de aceptación positiva.

J.R. Chaves García 
Del blog Contencioso

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Esta reseña es
un extracto de un artículo más amplio.
Para leerlo completo


martes, 22 de abril de 2014

Javier Iribarren: «Lo que menos se conoce de un opositor es su soledad»

Este funcionario logroñés presenta esta tarde en el Espacio Santos Ochoa su primera novela, 'Interino', una historia de superación y aprendizaje 



«Es un tributo a los jóvenes muy preparados que aparcan todo para iniciar esta aventura incierta»


«Lo que menos se conoce es la soledad del opositor. Su única compañía es la del preparador y la misión de éste es la de atizarle para que siga estudiando. Está solo. Porque los compañeros de oposición, aunque pueda haber momentos de camaradería y convivencia, son sus principales enemigos, sus rivales por la plaza y, por tanto, impera el egoísmo».
Javier Iribarren (Logroño, 1980) presenta esta tarde su primera novela, 'Interino', una historia de superación y aprendizaje, con Eduardo Iturralde -sí, como el mítico árbitro español y que solo tiene el nombre como único nexo en común- como opositor a un puesto de alto funcionariado de la Administración Pública en Navarra. «Sin llegar a ser una obra de humor, está pensada para una lectura ágil. Es una novela urbana, pero alejada del bullicio de las grandes ciudades y con las crisis económica como trasfondo». Y todo ello también con cierta crítica social, «lo que la sociedad hoy en día ofrece a jóvenes muy preparados, que se ven obligados a emprender un camino muy incierto».
«Eduardo Iturralde no es autobiográfico», confiesa Javier Iribarren, aunque «sí tiene algo de mí. Hay cierta timidez, algunos prejuicios, o la dificultad en pronunciar la 'r' -lo que le impulsó a buscar un apellido contundente que incluyera esa letra-». Pero luego las cosas que le pasan y su evolución no coinciden con él. «Yo aprobé mi oposición en año y poco -Iribarren es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja-, mientras que la del personaje se extiende en el tiempo, para terminar el libro con un final abierto, en el que no se sabe si aprueba o no».
Y el final abierto obedece a un único objetivo. «Es una historia de superación, al margen de que apruebe o no. El mérito reside en la constancia». Y de eso sabe mucho. Él mismo trabajó duro para obtener su plaza. «La situación del opositor es una de las más precarias que existen, porque trabaja como el que más y no cobra; además, sufre cierta incomprensión social. Nadie es capaz de ponerse en su lugar. A medida que avanza en el tiempo, se vuelve más desconsiderado; vive como en una burbuja, con un cronómetro y los boletines oficiales para conocer las novedades administrativas. La gente no está preparada para asumir cómo una persona normal puede convertirse en antipática y egoísta».
Sabe que es imposible separar sus propios pensamientos con los de Eduardo Iturralde, pero el personaje «tiene ideas propias» y expresa, a veces, «cosas que uno no se atreve a decir», pero reitera que «yo no tengo nada de novelesco, soy mucho más tranquilo».
Iribarren pretende que esta primera novela sea «un tributo al opositor de grandes miras. A los jóvenes muy preparados que aparcan todo para embarcarse en una aventura incierta y penosa que es la de opositor».
Reconoce que es un gran defensor de la administración, pero por motivos literarios se ha basado en una ficticia para desarrollar su obra. «Está satirizada. La burocracia narrativa se entiende a nivel grotesco, porque si no es más complicado. La novela tiene así el tono desenfadado que pretendía».
Con Eduardo Mendoza, Andrea Camilleri e Italo Calvino como referentes literarios, Iribarren empezó a escribir relatos cortos inconexos sobre el mundo del opositor. «Luego me di cuenta de que iba generando muchos datos. Lo hilé todo con un personaje central y quise dar continuidad a la historia».
Una obra, ubicada en Pamplona, «con anécdotas mías y de compañeros, pero adaptada a la novela, y narrado todo en primera persona, porque creo que facilita que el lector se identifique con el personaje».


22 abril 2014



jueves, 17 de abril de 2014

LA NOVELA "INTERINO", DE JAVIER IRIBARREN, SERÁ PRESENTADA EN LOGROÑO EL PRÓXIMO MARTES, DÍA 22

 Interino, la novela de nuestro amigo Javier Iribarren, editada por Ediciones Eunate, será presentada el próximo día 22 a las 19,30 en el Espacio Santos Ochoa (Doctores Castroviejo, 19, de Logroño). 


Interino es sinónimo de provisional, transitorio, fugaz. ¿Puede una persona llevar una existencia interina? Eduardo Iturralde es un joven universitario con nombre de árbitro y dificultades para pronunciar la erre. La timidez, parece, le viene de serie. Los proyectos que emprende, sean laborales o personales, no terminan de cuajar. “No acabas nada, hijo. Hay que ser más paciente en la vida”, le recuerda su madre.
Javier Iribarren
No parecen las mejores credenciales para estudiar una oposición, desde luego. Pero Iturralde es obstinado y la propia inercia de la vida le ha llevado por ese camino. Convertirse en alto funcionario de la Administración Foral de Navarra se convertirá a partir de entonces en su aspiración.
Un reto intelectual mayúsculo que el protagonista tratará de compaginar con su relación de pareja y con diversos empleos temporales al servicio de la Administración Pública. ¿Lo conseguirá? 
Una historia de superación que nace en el periodo de bonanza y profundiza en lo más profundo de la crisis actual. El testimonio (crudo testimonio) de lo que la sociedad actual depara a nuestros jóvenes. 
Javier Iribarren  nace en Logroño en 1980. Es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja. “Interino” es su primera novela.




viernes, 25 de octubre de 2013

EL BEST-SELLER (Javier Iribarren)


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"Cualquiera de Anatoli Kerzhakov, sin duda".

A raíz de aquel premio, otorgado por el Ayuntamiento de Calahorra, Julia se enfrentó a uno de sus mayores miedos, las entrevistas. La primera edición del Concurso Verdura de la Ribera no acaparó la atención de los círculos literarios, pero sí despertó cierta curiosidad local. Los días que sucedieron al fallo varios becarios del Heraldo, del Correo y del Diario de Navarra se pusieron en contacto con la autora de "Puticlub 97", la novela ganadora.
Era su primera novela, sí, reiteraba Julia. Se había aventurado con la escritura hacía ahora seis años, cuando cumplió setenta y cinco. Tras una vida de lecturas, con miles de reseñas y valoraciones, que almacenaba en su vieja libreta, Julia había cruzado la acera. ¿Los motivos? Unos cuantos. Suponía que la edad, la soledad, el miedo... La verdad es que no sabía qué responder a la mayor parte de las preguntas de aquellos jóvenes periodistas: ¿La escritura es para usted una terapia? ¿Cuánto tiene de autobiográfico Puticlub 97? ¿Qué consejo daría a todo escritor novel que quiera darse a conocer?
Y para acabar, la ineludible: ¿Cuál es su libro de referencia, el que más le ha influenciado? Como todo lector con tablas, Julia recibía el golpe con estupor. Revivía inmediatamente las conversaciones de sus amigas, puntuales consumidoras de best-sellers, siempre ávidas por catalogar y recomendar todas sus vivencias: mis diez lugares de ensueño, mis cinco playas imprescindibles, mis cinco libros favoritos... Ellas elegían sus lecturas al calor de los listados de ventas de las grandes librerías, top marzo, top abril, sin profundizar en nada, sin experimentar el cosquilleo de descubrir nuevas vías o el regocijo de indagar en los estantes más polvorientos de una biblioteca municipal.
No había libro favorito, claro que no. Había etapas, temporadas o estados de humor. "No hay nada más obsceno que preguntar a un escritor por su libro de cabecera", pensaba Julia, "No entienden nada". Y acto seguido, con voz firme y pose circunspecta, sentenciaba:
"¿Mi libro de referencia? Cualquiera de Anatoli Kerzhakov, sin duda. Uno de los referentes de la literatura rusa de comienzos del dieciocho". Y así, una tras una, en la media docena de entrevistas que concedió la flamante ganadora del "I Verdura de la Ribera", aquel ruso imaginario, de nombre ácrata y militar, fue colmando lagunas de realidad.
Los libreros de Logroño y Calahorra, por aquellos días, rogaban un poco de paciencia a su clientela: "Kerzhakov se ha agotado. A ver la próxima semana".


(Cita)

Las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; por poco que uno las manifieste o se vanaglorie de ellas, todo parece fatuo, sin sentido e incluso mezquino.

Italo Calvino, El Barón rampante



Javier Iribarren


martes, 8 de octubre de 2013

LA BODA DEL TEBAS (Javier Iribarren)


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¿Qué pensarían de él? Los días previos a Nacho le asaltaban las dudas. A decir verdad nunca barajó acudir a la boda de Arturo, el Tebas. El cuidado de los niños, un viaje a la Toscana o el trabajo acumulado se alzaban en su distancia madrileña como mentiras insuperables. Pero la llamada del Tebas le sorprendió bajo de defensas. Desde un número que su móvil no reconoció la rasgada voz de su viejo amigo de Vinaceite emergió avasalladora. “¿Qué te cuentas, primo?”. Al cabo de cinco minutos se confirmaban los peores augurios: “¿El 7 de septiembre, sábado, en Zaragoza? ¿Cómo no, Tebas? Marga y yo estaremos allí”. No sabía decir que no.

Carecía de soltura social, desde luego. A Marga se la llevaban los demonios. Se había casado con una lumbrera: Abogado del Estado (número dos, “ex aequo”, de su promoción), doctor en Derecho Aeronáutico, patrón de recreo, padrazo, novelista en ciernes… Todos estos atributos los enumeraba con sorna Marga segundos antes de escupir su veredicto: “Y al final, Nacho, eres un jodido inadaptado”.

La reprimenda traía causa de aquella maldita boda “con los del pueblo”. Nacho era uno de las seis piezas del puzzle: Tebas, Ofo, Nachete, Tego, Rocas, y Perdigón. La cuadrilla más revoltosa de los veranos del Bajo Martín. Sus caminos se habían separado cuando llegó la gran decisión: universidad, ladrillo, hormigón… Nacho tomó la senda paternalista, en verdad la única abierta para él, y después su propio éxito profesional consumó el abandono.

Hacía una década que no los veía. Sabía de ellos poco y de oídas. Órdenes de alejamiento, el paro, la muerte de un padre, robos con intimidación. En el fondo, temía el reencuentro. Ellos se habían mantenido firmes en la adversidad. A veces coincidían por El Tubo, se iban de cañas, al Plata o lo mismo de putas. Nacho no. Los fines de semana su mujer se escapaba a Serrano y Claudio Coello, todo lo más al palco del Santiago Bernabeu. Marga no contemplaba como idea el pasar dos días en provincias, ni siquiera en Zaragoza. Diríase que pasaba olímpicamente.

Lo recibieron como si nada, sin alardes ni recelos, en el pórtico de la Iglesia de San Pablo. Nacho se relajó. La pandilla no entendía de brechas sociales. Con las primeras anécdotas los años perdidos se contrajeron como un acordeón. Los roles de antaño resurgían incólumes, y él seguía siendo Nachete, el juicioso y estudiante. Marga le pellizcó para advertirle que se cerraban las puertas de la iglesia. La ceremonia comenzaba. Se despidieron del grupo mientras Ofo recolectaba el bote para las cervezas. Nacho, ante la lluvia de chascarrillos, les pidió indulto con la mirada.

En el restaurante los sentaron en la mesa C2, denominada sin riesgo “Amigos de Vinaceite”. Marga, que albergaba alguna esperanza de no ser identificada con aquella casta salvaje, torció el gesto. No iba a ser aquella su gran noche. De entrada Tego, con poca fortuna en el manejo de las pinzas, roció su vestido con la salsa del bogavante. Con la merluza surgieron los cánticos, y toda la mesa se alzó para homenajear a los novios con aquello del polvo de esa noche, que ya no era ilegal. El Tebas les agradeció el gesto besando a la suegra. El ternasco tardó en llegar y el grupo se solazó en los baños. Rocas regresó con una pequeña jaula y abrió con malicia la trampilla. Un huidizo cochinillo correteó asustado por el gran salón. La gran mayoría de los invitados saludó con vítores la propuesta.

En la antesala de la barra libre una Marga llorosa instó a Nacho a recogerse: “Ya está bien. Lo de hoy ha sido vergonzoso. Son unos animales. Sácame de aquí”. El hotel se encontraba a escasos cien metros del restaurante. Nacho escoltó a su esposa hasta la habitación. “Última vez Ignacio, ¡última!, que nos juntamos con esta chusma. Lo de esta noche no se puede ni contar, ¡qué vergüenza!”. Mientras Marga se desvestía Nacho, un pelín tostado, se repantingó sobre el butacón de cuero. Las imprecaciones de ella no atisbaban horizonte: “¡Qué paletos, por Dios! ¡Qué garrulos! Me van a ver el pelo otra vez por aquí. Y luego dices tú de la gente de Madrid...en fin”.  Pasaron varios minutos hasta que Marga reparó en él:

-      ¿A qué esperas? Quítate la ropa
-      Creo que debería ir a despedirme de éstos
-      Vamos Nacho, mira cómo vas. Quítate el traje.
-      No Marga, me vuelvo al restaurante.
-      ¡Nacho!, escúchame bien: si cruzas esa puerta, por mí como si no vuelves. ¿Me oyes?

Nacho cerró con delicadeza y descendió en el ascensor. No se reconocía.

No habían pasado quince minutos desde la rebelión. La cerradura magnética cedió y Marga, que aún no había logrado conciliar el sueño, se hizo la dormida. “Tan calzonazos como siempre”, pensó triunfal.

-      Marga… Marga…  Sé que estás despierta…¡Marga!
-      ¡Por Dios Nacho, acuéstate! ¡Y déjame en paz!

La luz exterior del pasillo sombreó la silueta de su marido, que permanecía inmóvil en el umbral de la puerta. Marga distinguió el pañuelo en la cabeza y el purito alargado, que colgaba de sus labios. Una densa neblina de humo honró su despedida:


-      Ha ganado Tokio, Marga. Jo-de-te.


Javier Iribarren



viernes, 27 de septiembre de 2013

EL HOMBRE DE GRIS (Javier Iribarren)



sgs

Con resignación. Así recibió la noticia Paco. Se prometió que la enésima congelación del sueldo ya no le quitaría el sueño. Se adentró en el dormitorio procurando no hacer ruido, y auxiliado por la luz de la pantalla del móvil se acostó al lado de Laura, que farfulló un sinsentido y se acurrucó de costado. Por lo menos, se dijo Paco tras los Padrenuestros, en 2014 no nos quitan la paga. Tampoco durmió mal.

A las cinco y treinta y cinco el despertador le puso en situación y deambuló sin oriente hasta el cuarto de baño. Un hombre de cincuenta y ocho años hace ya todo según puede. Mientras se aseaba encendió la radio. Los orates del alba comenzaban a desgranar la actualidad: “…y hay que recordar a los queridos oyentes que los médicos, los enfermeros, los maestros, los jueces, no se vayan a creer, que también los hay dignos, y los bomberos, por ejemplo… también ellos son funcionarios”.

En el cercanías Colmenar Viejo-Atocha de las seis cuarenta de la mañana los pasajeros no destacan ni en número ni relevancia. Paco ofrece largos bostezos mientras hojea un periódico “de gratis”. Un columnista critica a doble página la congelación de los sueldos públicos: “Los funcionarios son también los policías que nos protegen, los médicos que nos cuidan y los maestros que enseñan a nuestros hijos”.

El metro hasta Nuevos Ministerios presenta más de media entrada. Paco se acomoda junto a una joven que masca chicle. Dos mujeres con uniforme sanitario colocan carteles por el interior del vagón: “NO A LA PRIVATIZACIÓN/NO A LA CONGELACIÓN”. Varios pasajeros las ayudan y alientan.

A las siete y media de la mañana Paco llega a su mostrador y saluda a sus compañeros del Registro de Atención al Ciudadano. Mientras el ordenador se desentumece Paco se acerca a la máquina de café y se trae un cortado descafeinado. Mari Carmen y Conchita parlotean sobre el nuevo paquete de medidas. “Por lo menos el año que viene tenemos las dos pagas”, coinciden. Lee Paco en un periódico digital que los funcionarios acumulan una pérdida de poder adquisitivo cercana al 30 %. No es hombre de vasta ciencia pero calcula que con doscientos euros más, cada mes, podría ser el Rey de Roma.

A las ocho Paco abre la ventanilla y se inicia la riada. En pocos minutos la caravana de administrados gana la calle. En los aledaños del Ministerio se concentran enfermeros y profesores, en otra de sus huelgas, y muchos de ellos aprovechan la proximidad del registro para poner al día sus papeles. Las camisetas verdes y negras dan color a sus reivindicaciones.

Dan las once y el estómago de Paco ruge. Desde aquel primer café solo ha podido saciar su sed. Le ruega a Conchita que le supla unos minutos, mientras él sale a picar algo. Paco avanza hacia la calle humillando la mirada, sin reparar en la fila, que murmulla desairada.

Al cabo de quince minutos regresa entre abucheos. Conchita está reparando la fotocopiadora y la ventanilla permanece desierta. Un tipo de bata blanca le señala con el dedo y amenaza con ponerle una queja. La turba secunda al líder y jalea sus arrestos: “¡Es intolerable!, ¡Qué vergüenza!, ¡Ya está bien!”.

Paco se calla, se sienta y reabre el tráfico. Funcionarios y (putos) funcionarios.



Javier Iribarren




viernes, 30 de agosto de 2013

CÓMPLICES DE CONFIDENCIA SUCIA (Javier Iribarren)


sgs

En los malos momentos me desbordan las palmadas, y me nubla la dificultad para distinguir el compromiso de la amistad. Los abrazos presurosos, los mensajes prefabricados, las condolencias vacilantes... Como en todo lo fútil, casi todo me sobra. 

A los verdaderos amigos los reconozco cuesta abajo, en las tardes de baraja, en las noches infinitas o en las resacas del jardín. Cómplices de confidencia sucia, de vaso ancho y pocos hielos, de muchachas compartidas y de órdago a mayor. Alejados de la bruma de velorios y hospitales, también están ahí, aguardándote en la calle, con su auto en doble fila, los amigos.

Javier Iribarren


martes, 20 de agosto de 2013

JAHANGIR KHAN (Javier Iribarren)


Fotografía: Miguel Herrero

No existe. O no como ella cree. Como el niño indio apadrinado por nosotros, desde luego que no. 
Escogí el nombre para no olvidarlo. 
La idea solidaria partió de Cecilia. El reportaje de unos niños que crecían en los arrabales de Calcuta le llegó al corazón. Quizá apadrinando uno de aquellos desgraciados podríamos paliar nuestras carencias. Hasta la fecha no habíamos contribuido en gran medida a mejorar el mundo. Yo aún, que había autorizado decenas de créditos suicidas, pero Cecilia, funcionaria municipal, todo lo más que podía hacer era no molestar.
Por veinte euros al mes se supone que alimentábamos y escolarizábamos a cualquier trasto hindú. En el folleto de la ONG así lo aseguraban. Cero intermediarios, cero comisiones. Todo para el niño. 
En un principio saludé la empresa con menos reticencias de las esperadas. Con una miserable transferencia bancaria podíamos ponernos la venda y restregar nuestra bondad a todo aquel que quisiera escucharnos. Sin necesidad de visitar hospitales o asociaciones de beneficencia, ni mucho menos acoger saharauis o construir pozos en el desierto. Un simple click, automático el día uno de cada mes, bastaba para alistarnos en el selecto club de los filántropos.
Los veinte euros me la sudaban, así que prometí a Cecilia encargarme de las gestiones. Si nos daban a elegir preferíamos nene. Sospechábamos que también en La India los niños serían más inocentes y tontorrones que las niñas. Una niña de Calcuta con dinero podía convertirse en cualquier cosa. La rima es libre.
El tipo de la primera ONG con la que contacté me pareció un desconsiderado. Mi preocupación por el sexo del crío debió de hacerle bastante gracia: ¿Y lo quieren rubio o moreno? ¿De ciencias?, ¿quizá de letras? A mí su ingenio también me maravilló, así que colgué el teléfono y busque otra ONG. Las había a cientos y más económicas. 
Contacté seguidamente con una de índole cristiana. Puestos a elegir, los mandamientos no hacen mal a nadie. Me atendió un hombrecillo muy cortés, que me habló largo sobre la persecución que sufren las minorías en las zonas fronterizas con Pakistán. Me narró su aventura misionera y las penurias del lugar. No debía de ser fácil para un crío desarrollar su fe cristiana en un entorno de yihadistas. Decidido: allí estaba nuestro niño. 
Al llegar a casa comenté con Cecilia la jugada. Orgullosa de mi iniciativa, su visto bueno me tranquilizó. En cuestión de días se arreglaría el papeleo y nos enviarían información sobre el muchacho. Nos abrazamos sintiéndonos grandes. 
El jueves de esa misma semana cenamos con Abel y Rosa. Tocaba en su casa pero era mi cumpleaños, así que insistimos para que nos visitaran. Trajeron vino, tarta y varios regalos, muchos de los cuales no recuerdo. Sí el jarrón verde, porque nos dieron once euros en el Cash and Converters. 
Bien entrada la cena, tras confesar Rosa que había abandonado el gimnasio, llegó el trueno. “¿Y vosotros qué, alguna novedad?”. Cecilia cogió el guante y nos adelantó que se auguraban cambios importantes en el organigrama del Ayuntamiento. Concejales entrantes, salientes… “De momento todo habladurías, no digáis nada eh”. 
Aprovechando un respiro de Cecilia les revelé lo de nuestro indio. ¿Mayor novedad que aquella? Durante los siguientes quince minutos les expuse los trazos más relevantes del conflicto social y religioso que afectaba a la región, que identifiqué como Cachemira con veracidad nula. Abel y Rosa me seguían con admiración. Mi jerarquía moral se restregaba sobre ellos. ¡Qué instantes, qué gozo! Cuando concluí alabaron nuestra generosidad e incluso me pidieron información de la ONG. Eran enanos. 
Después de aquello la velada continuó, aunque con un perfil más bajo. Tras la despedida recogí la mesa y me senté en el salón, como hacíamos siempre, prestos a despellejar a nuestros queridos invitados. Pero esta vez Cecilia se perdió en el dormitorio. Fui a buscarla y la encontré sentada sobre la cama, lloriqueando y sonándose la nariz. Entonces comenzó el sermón. “¿Para que coño has tenido que contarles lo del niño? ¿Qué les importa a ellos?; y encima te has inventado todo, esos nombres… ¿Para qué? ¿Para hacerte el interesante? No comprendes nada Luis, ¡pareces idiota! Estas cosas se hacen porque sí o si no, no se hacen. No es para ir divulgándolo, en plan qué guay somos. ¡No me jodas! Es que no sabes estar callado. Y encima vas a conseguir que ellos también apadrinen. ¡Igual hasta cogen dos!”. 
¿Apadrinar para no contarlo? ¡Qué parida! Aquello no iba conmigo. Cecilia y la hipocresía. La bondad sin propaganda, lugar de santos. Nuestro sacrificio me parecía tan insignificante que silenciarlo nos situaba en peor lugar. Cecilia podía ver en ello abnegación pero yo no veía más que vergüenza y cinismo. 
Yo no estaba dispuesto a esconder al niño. Mi único fin era mostrarlo. Desde luego mejor eso que guardarse la bala para ocasiones especiales. Porque Cecilia tarde o temprano se vanagloriaría de su indio, y eso era peor. Yo prefería afrontar el nuevo vínculo con normalidad. Como en aquellos quince minutos de gloria, sacudiendo las conciencias de Rosa y Abel, que amortizaban con creces todo el desembolso económico de la empresa. No me importaba en absoluto si el dinero llegaba a destino, o si una vez allí caía en manos de corruptos. Tampoco en gran medida la salud del niño, siendo sinceros. Cada día millones de pequeños sufren violaciones, recorren campos minados o portan armas de fuego. Más cerca, aquí mismo, muchos agonizan en plantas de oncología, a veces solos. Y tampoco hacemos nada. No hay mayor vileza que nacer en occidente y crecer sano. 
El enojo de Cecilia se prolongó tanto, y cómo, que se me hincharon las pelotas. Cuando me hizo jurar que nunca más revelaría el asunto ideé la trama de Jahangir. 
No resultó complicado. De las gestiones del apadrinamiento me encargaba yo y desde la oficina manejaba todas nuestras cuentas. El papeleo de la economía doméstica siempre me ha correspondido. 
Elegí el nombre como un homenaje a mis años de adolescencia, cuando me aficioné a la práctica de squash de la mano de mi amigo Floren. Gracias a él supe del gran Jahangir Khan, el mejor jugador de todos los tiempos. El nombre me citaba con feroces caudillos de imperios lejanos. Jahangir Khan, El Grande. ¿Cómo no triunfar? Mi niño se llamaría así. 
Cecilia cabalgaba por la vida ajena a los entresijos del deporte, así que del squash ni hablamos. La carta de presentación del joven Jahangir le conmovió. Tomé una fotografía de internet y la llevé a plastificar. Se trataba de un niño espigado, con pelazo negro y sombra de mostacho, que sonreía portando un bate de críquet. Calculé que tendría ocho años, tirando por lo bajo. A Cecilia también le pareció que nuestro indio andaba crecidito, pero una vez hubo leído la carta se le olvidaron las sospechas. 
Cada cuatro meses nos llegaban sus historias. Yo las escribía a mano en la oficina, con letra rarísima y en inglés, y de vez en cuando añadía alguna foto graciosa del chiquillo. Todos se parecen. 
Jahangir nos agradecía el esfuerzo y no veía llegar el momento de conocernos en persona. Nuestra aportación le permitía ir a la escuela en autobús, sin tener que caminar los treinta y cinco kilómetros que separaban su orfanato de la ciudad. También comía en diferentes franjas horarias y asistía como monaguillo a unos frailes capuchinos de una misión cercana. Sobre el conflicto religioso no se prodigaba para no hacernos sufrir. Un encanto de crío. 
Cecilia recibía sus palabras envuelta en lágrimas. Nos sentábamos en el sofá y nos abrazábamos con ternura. Jahangir nos devolvió con creces nuestro sacrificio. Nunca nos arrepentimos de apadrinarlo.


Javier Iribarren



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