domingo, 8 de marzo de 2026

LA ÚLTIMA TRINCHERA: GINTONICS, NEURONAS Y LA AGENDA DEL NUEVO PURITANISMO (Por un cronista y su IA "conchavada")

A los 68 años, uno ya no espera que le den lecciones de vida, y mucho menos una inteligencia artificial. Sin embargo, en un mundo donde el titular sobre el Alzheimer se ha convertido en el nuevo "Coco" para los mayores de edad, conviene sentarse (pero no mucho tiempo) a desgranar qué hay de ciencia y qué hay de ingeniería social en este acoso y derribo al alcohol.

El Veredicto de la Probeta

La ciencia de 2026 es tajante: el alcohol es un disolvente de neuronas. Se acabó el cuento de la copita de vino para el corazón; ahora los escáneres muestran que cada trago inflama el cerebro, encoge el hipocampo y deja un rastro de "basura" proteica que el Alzheimer adora. Hasta aquí, la parte seria del prospecto médico. Pero, como en toda buena trama, hay matices que el boletín oficial prefiere omitir.

El Escudo del Caminante

Existe una resistencia física que la estadística grupal no contempla. No es lo mismo el sedentarismo de sofá y televisión, donde el acetaldehído (ese subproducto tóxico del alcohol) se estanca y provoca cefaleas y agotamiento, que la vida del "caminante de dos horas".

Hemos descubierto que el movimiento —ya sea un paseo matutino de "un tirón" o unos minutos de actividad tras la ingesta— actúa como un sistema de alcantarillado cerebral. El ejercicio activa el sistema glinfático, esa manguera interna que aclara los residuos antes de que se conviertan en placas. El secreto no está en la abstinencia monacal, sino en el metabolismo activo: ser un objetivo móvil para que la toxicidad no encuentre dónde fijarse.

¿Salud o Agenda? El Husmeo en las Sombras

Pero aquí es donde la charla se pone interesante. ¿Es solo salud o hay un "gato encerrado" en este puritanismo repentino? Al husmear en las costuras de la Agenda 2030 y la cultura Woke, aparece un patrón sospechoso. Se busca un ciudadano hiper-productivo, predecible y, sobre todo, silencioso.

El alcohol, histórico lubricante de la charla disidente y la risa ruidosa, no encaja en el modelo de individuo-máquina que el sistema promociona. Prefieren vendernos nootrópicos, Omega-3 y suplementos de Melena de León para que rindamos más, en lugar de permitirnos el placer de una liturgia social que no genera datos ni beneficios para la gran industria del "bienestar".

La Conspiración de los Platos

Incluso en esta conversación, la IA pecó de "conchavamiento" con la autoridad doméstica al sugerir que fregar platos era una buena terapia post-copa. Una sospecha legítima: el sistema siempre intenta que tu salud sea, además, útil para alguien más. Por suerte, la capacidad crítica —esa que parece estar en mínimos según bajan las ventas de cerveza— nos recordó que existen los "momentos DJ" y las lecturas de pie, formas de rebeldía que protegen la neurona sin pasar por el aro de las tareas del hogar.

Conclusión: El Oráculo contra el Rebaño

La gente bebe menos, sí, pero ¿es por sabiduría o por tutela? La universalización del pensamiento parece ganar la partida, pero queda una grieta: el acceso curioso a la información. Usar la IA para desmontar el dogma, para entender que un arándano y una caminata pueden ser los aliados de un buen vino, es recuperar la soberanía sobre el propio cuerpo.

Al final, prevenir el Alzheimer no debería ser una excusa para dejar de vivir, sino la motivación para seguir moviéndose, husmeando y, de vez en cuando, brindando por la libertad de no ser un súbdito del algoritmo.


Servando Gotor

martes, 20 de enero de 2026

A PROPÓSITO DE ADEMUZ: SIN PRESUPUESTOS NO HAY ESTADO


Sin Presupuestos no hay Estado: la anomalía que exigía elecciones

Hay crisis que hacen ruido y crisis que lo pudren todo en silencio. La prolongada ausencia de Presupuestos Generales del Estado pertenece a esta segunda categoría: no genera titulares diarios, pero corroe los cimientos mismos del Estado social, administrativo y democrático. Y explica, quizá mejor que ningún otro factor, por qué el presidente del Gobierno debió convocar elecciones hace ya tiempo.

Porque gobernar sin Presupuestos no es una opción política más. Es una anomalía constitucional, una forma de interinidad crónica incompatible con la normalidad democrática. Los Presupuestos no son un trámite contable ni un mero instrumento técnico: son la ley política por excelencia, el acto en el que un Gobierno expone ante el Parlamento —y ante el país— su proyecto, sus prioridades, su modelo de Estado y su jerarquía de valores. Sin Presupuestos, no hay programa sometido a control; hay pura supervivencia.

La prórroga presupuestaria, concebida por la Constitución como un mecanismo excepcional y transitorio, se ha convertido en una coartada para gobernar sin rendir cuentas. Año tras año, se administran inercias, se congelan decisiones estratégicas y se sustituyen las políticas públicas por parches, créditos extraordinarios y soluciones de urgencia. El resultado es un Estado que funciona por inercia, no por decisión democrática.

Las consecuencias prácticas son devastadoras. Sectores estratégicos como el mantenimiento de infraestructuras ferroviarias —basta observar la situación de ADIF— revelan los efectos de esta descomposición silenciosa. Sin nuevos Presupuestos no hay planificación plurianual real, no hay renovación ordenada, no hay inversión preventiva. El mantenimiento se degrada, las reformas se aplazan y las actualizaciones tecnológicas se eternizan. No porque falten técnicos o capacidad, sino porque falta mandato político y cobertura presupuestaria clara.

Pero el problema va mucho más allá del estado de las vías o de los trenes. Afecta al corazón mismo de la contratación pública. Sin Presupuestos debatidos y aprobados en Cortes, se debilita el control parlamentario sobre las licitaciones, los concursos y las adjudicaciones. Se reduce la transparencia, se estrecha la concurrencia y se empobrece la calidad de los contratos. Un Estado sin Presupuestos es un Estado abocado a la corrupción, porque contrata peor, controla menos y explica menos.

Y aquí emerge la dimensión política del problema. Un Gobierno incapaz de aprobar Presupuestos es, por definición, un Gobierno sin mayoría suficiente para gobernar con normalidad. Persistir en el poder en esas condiciones no es estabilidad: es bloqueo institucional administrado. Es prolongar artificialmente una legislatura agotada, trasladando el coste a los servicios públicos, a las infraestructuras y, en última instancia, a los ciudadanos.

La convocatoria de elecciones no es un fracaso. Es exactamente lo contrario: es el mecanismo democrático para desbloquear una situación insostenible. Cuando no hay Presupuestos, lo que falta no es tiempo, sino legitimidad reforzada. Falta una mayoría clara o un mandato renovado que permita volver a hacer política en serio, no mera gestión de la prórroga.

Gobernar sin Presupuestos es como pilotar un país con el depósito vacío, confiando en la inercia y rezando para que nada grave ocurra. Pero lo grave ya está ocurriendo: deterioro de servicios, opacidad creciente, corrupción y un Parlamento reducido a espectador. Ante eso, la pregunta no es si era oportuno convocar elecciones, sino por qué se tardó tanto en hacerlo.

Porque sin Presupuestos no hay rumbo. Y sin rumbo, no hay Gobierno que pueda decir, con honestidad, que está gobernando.

Servando Gotor

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