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—¡Que no, Luigi, que tu cadera izquierda está en superposición cuántica! ¡Por eso no hueles un balón desde el siglo pasado! —grita el anciano brasileño o Baixinho, apoyándose en su andador de aluminio.
—¡Che stupidaggini! —responde Luigi desde la portería, reajustándose una dentadura postiza que amenaza con salir disparada—. Mi cadera está perfecta. Es tu maldito balón el que se desintegra en una función de onda cada vez que tomas carrera. ¡Eres un tramposo subatómico, Baixinho!
Y así llevan ochenta y cuatro años con el mismo rollo. Vamos por el penalti 14.620.411 del Mundial de 1942, un torneo a un solo partido que la FIFA borró de sus archivos oficiales por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Solo Brasil e Italia se presentaron en este claro de la selva de Río Seco. Y así, tras un empate a cero absoluto en los noventa minutos y en la prórroga, se abrió la tanda de penaltis más larga de la historia de la humanidad... y de la física moderna.
O Baixinho acomoda el esférico, que ya no es de cuero, sino una masa remendada con cinta aislante que emite un ligero zumbido fosforescente. El brasileño toma tres pasos de carrera corta, sus articulaciones nonagenarias crujen como ramas secas y dispara.
En ese instante, las leyes de Isaac Newton colapsan en Río Seco. El balón no viaja en una trayectoria limpia; se transforma en una nube de probabilidad estocástica. Es, a la vez, un disparo a la escuadra izquierda, un tiro raso al centro y un balonazo al estómago de Luigi. El guardameta italiano vuela hacia su derecha e intercepta limpiamente la versión A de la pelota. Siente el impacto en sus guantes gastados, pero la versión B de la pelota ya está agitando los jirones de alambre de la red.
Según el principio de incertidumbre (física cuántica cien por cien), hasta que un observador válido no mira el fondo de la portería, el gol es y no es al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger. Pero como el árbitro (un panadero local) falleció en el 84, el universo siempre colapsa a favor del gol para evitar una paradoja espaciotemporal que destruiría Sudamérica.
—¿Tu vês isso? ¡Effetto túnel, cara! Ha atravesado las mias manos sólidas como si fuera un fantasma de elio —protesta Luigi, sacudiéndose el polvo de las rodillas con infinita paciencia mientras le devuelve el balón a los brasileños.
Y de repente…:
—¡Silencio en el laboratorio de campo! —brama una voz chillona desde el córner.
Todos se miran extrañados. Es el profesor Hans-Werner Heisenberg (sin parentesco real con el físico, aunque él insiste en lo contrario), un científico chiflado que lleva tres décadas viviendo en una cabaña junto al córner. Viste una bata de laboratorio manchada de mango y sostiene un osciloscopio conectado a una batería de camión.
—¡Por favor, no alteren las variables psicológicas! —exclama el profesor, ajustándose unas gafas de tres cristales—. Mis instrumentos confirman que la repetición hiperbólica de este maldito penalti en un entorno selvático aislado ha roto el tejido de la física clásica. Son todos ustedes prisioneros de una probabilidad matemática irrefutable. ¡El error les está biológica y físicamente vedado!
El científico loco corre hacia el punto de penalti, apartando a los ancianos con ademanes frenéticos.
—¡Miren! Si un delantero intentara fallar a propósito para poder morir en paz y ver a sus tataranietos, el entrelazamiento cuántico haría que la bola rebotara en una molécula de oxígeno flotante y se desviara mágicamente hacia la escuadra. ¡De modo que están condenados a la perfección eterna! Dios no juega a los dados, pero la FIFA claramente sí.
Luigi y o Baixinho miran al científico, luego se miran entre ellos y suspiran al unísono. La tiranía del azar cuántico los mantiene jóvenes por tres segundos cada vez que golpean la pelota, pero el resto del tiempo el reuma sigue ahí.
— Va bene, va bene, professore… —dice Luigi, acomodando el esférico cuántico en la cal por millonésima vez—. Meno scienza e mais concentração, por favor. Tengo que chutar. ¡Baixinho: a ver si las tuas partículas elementales te ayudan a parar esta, malandro!
El loco profesor se lleva las manos a la cabeza, horrorizado por la blasfemia científica, mientras el venerable italiano toma carrera. Un anciano chuta, un portero vuela en tres dimensiones paralelas a la vez, y el viejo silbato del árbitro difunto, colgado de la rama de un mango, vibra silenciosamente en su propia frecuencia de onda.
Y así llevan ochenta y cuatro años. Bajo el sol eterno de la selva de Río Seco. Se rumorea que los tataranietos de Luigi ya se han jubilado y que la FIFA sigue enviando balones de contrabando para que la función de onda no colapse. Y dicen, y dicen y dicen, en fin, que los viejos campeones nunca morirán, condenados por las leyes de la física a buscar, un penalti tras otro, el milagro macroscópico de que alguna vez el azar, gracias a una decisiva mirada, decida sencillamente que un balón dé en el poste y salga rebotado fuera de los tres palos.
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