domingo, 29 de marzo de 2026

De Getsemaní a Barcelona: Breve tratado sobre el esperpento y el control de masas Por un observador del Domingo de Ramos (Servando Gotor)

 


Hoy el calendario marca una de esas efemérides que, más allá de la fe de cada uno, encierra una lección táctica de primer orden. Es Domingo de Ramos, el día exacto en el que Jesús (no el vecino del quinto, sino el de Nazaret) hizo su entrada triunfal en Jerusalén. Y no nos engañemos: no iba de turismo. Entró para armarla, para poner el sistema patas arriba y, hablando en plata, para tocarle las narices al Sanedrín.

Imaginen la escena: un líder con un carisma revolucionario, aclamado por multitudes enloquecidas que agitan palmas, entrando en la capital política y religiosa en pleno apogeo festivo. Cualquier responsable de seguridad moderno habría sufrido un ataque de pánico.

El Sanedrín y el arte de la prudencia

Los poderes públicos de aquella época, que de tontos no tenían un pelo, miraron el panorama y tomaron una decisión de una inteligencia operativa brillante: el patio no estaba para detenciones. Arrestar a la figura del momento en medio de su masivo y celebrado recibimiento era la receta perfecta para convertir las calles de Jerusalén en una batalla campal. Se armaría muchísimo más gorda: la de Dios es Cristo, y valga la expulsión de los mercaderes como botón de muestra.

De modo que, con un criterio que ya quisieran para sí muchos ministerios del Interior, decidieron tener paciencia. Esperaron a que la euforia se diluyera y optaron por prenderle en la paz, la tranquilidad y el sosiego de la noche, en el Huerto de los Olivos. Una extracción limpia, de manual. Y eso que el operativo tuvo sus flecos: Pedro, en un arrebato muy suyo, tiró de espada y le rebanó la oreja a Malco (que técnicamente era un siervo del sumo sacerdote y no un centurión romano, pero a efectos prácticos, representaba a la misma autoridad aguafiestas).

El contraste del Siglo XXI: El "Houdini" catalán

Avancemos ahora dos milenios. Dejamos atrás las antorchas, las sandalias y las lanzas, y entramos en la era de los satélites, los drones, el software Pegasus, los helicópteros y los servicios de inteligencia multicapa. Y aquí es donde la historia nos regala una bofetada de realidad en forma de carcajada.

Con todo ese arsenal tecnológico y humano, a Carles Puigdemont no se le detuvo. Pero es que no se le detuvo ni en medio de la multitud al mediodía, ni en la tranquilidad de la noche, ni en el maletero de un coche, ni bajo una gorra de paja. Dio un mitin a plena luz del día, rodeado de cámaras, y se evaporó.

Ante esta paradoja logística, al ciudadano de a pie, independientemente de la trinchera ideológica desde la que mire, solo le queda arquear una ceja y soltar un castizo: ¡Manda huevos! Resulta que unos guardias del siglo I gestionaron mejor un objetivo de alto valor que las fuerzas de seguridad del siglo XXI en pleno centro de Barcelona.

El veredicto final

Claro que, llegados a este punto, uno se da cuenta de que comparar a Cristo con Puigdemont tiene mucha guasa y es pisar un terreno resbaladizo. Al fin y al cabo, estamos cruzando un relato histórico de magnitud mundial con el escapismo político de nuestro tiempo.

Para salir airosos de este charco, lo mejor es recurrir a la sabiduría incombustible del gran Jaume Perich, quien ya dejó sentenciado todo lo que hay que decir sobre el tema:

"Toda comparación es odiosa... sobre todo para uno de los comparados".

Y que cada cual decida, a la vista de los operativos de seguridad, quién sale perdiendo en esta historia.


Servando Gotor

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