sábado, 28 de marzo de 2026

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER OCCIDENTAL. El choque entre el peso del dogma y el vacío de la sociedad abierta (Servando Gotor)

 


Milan Kundera advertía que la ausencia total de cargas convierte al ser humano en algo más ligero que el aire, libre pero trágicamente insignificante. Occidente, tras siglos de ilustración y secularización, ha abrazado esa levedad. Nos hemos despojado del peso de lo sagrado y de los grandes dogmas absolutos para construir una civilización basada en los derechos individuales, el relativismo y el bienestar material. Sin embargo, esa misma insoportable levedad se ha convertido en nuestra mayor vulnerabilidad cuando chocamos frente a cosmovisiones que conservan todo el peso aplastante de la historia y la religión.


Este contraste se escenifica hoy con una crudeza asombrosa. Hemos perfeccionado, por ejemplo, una civilización donde hasta el arte de la guerra ha perdido su geografía humana y su gravedad moral. Los conflictos contemporáneos han elevado su frente de batalla a los cielos, convirtiéndose en teatros de operaciones asépticos y tecnológicos, dominados por drones y bombardeos quirúrgicos. Las partes golpean desde la estratosfera, asumiendo un riesgo casi nulo, mientras abajo, entre el barro y los escombros, las bajas las padece, con trágica desproporción, la población civil.


Basta con observar la narrativa de los medios de comunicación para constatar esta ceguera epistemológica. Cuando caen las bombas, la prensa occidental traduce el horror a su único idioma comprensible: la economía y las urnas. Los telediarios diseccionan el conflicto midiendo fluctuaciones en el precio del crudo, puntos de inflación o el coste electoral para el líder de turno. Occidente mira a Oriente a través de la ligereza de una hoja de cálculo. Mientras tanto, en el bando oriental no se habla de la bolsa; allí se habla de Alá. Se habla desde la gravedad innegociable de un dogma inescrutable para la mente laica moderna. Ante semejante abismo de intereses, creer que Occidente podrá someter a Oriente con tecnología o sanciones económicas es una quimera. El poder duro destruye infraestructuras, pero es incapaz de doblegar voluntades forjadas en lo sagrado.


Y es precisamente este error de cálculo el que Occidente ha importado a sus propias calles, preparando el terreno para un desastre silencioso.


La maquinaria intelectual occidental, amamantada en los ideales de la Sociedad Abierta de Karl Popper, ha asumido que el ser humano es, por defecto, un animal cívico que relegará sus creencias al ámbito privado en cuanto se le ofrezca un estado de bienestar. Esta presunción colapsa al enfrentarse a un sistema como el islam ortodoxo. En su naturaleza fundacional, este no concibe la separación entre Dios y el César; es un entramado indivisible de Religión, Vida y Estado (Din, Dunya wa Dawla). Su vocación es proselitista y dominante, no por una conjura en la sombra, sino porque su dogma exige organizar la totalidad de la existencia humana bajo sus preceptos.


Cuando esta visión del mundo, pesada y dogmática, se asienta masivamente en las ciudades europeas, el choque es inevitable. Occidente, aterrorizado ante la idea de parecer intolerante, exhibe una debilidad absoluta. Las democracias liberales observan, paralizadas por el "buenismo" institucional y mediático, cómo en sus propios barrios florecen sociedades paralelas donde la ley democrática cede terreno ante la presión social de un dogma innegociable. No estamos ante una invasión militar clásica, sino ante una sustitución de paradigmas. Una civilización que solo sabe defenderse con encuestas y consumo frente a una cosmovisión que se ancla en lo absoluto.


El desastre que se avecina tomará la forma de una claudicación gradual si no se aplica un tratamiento urgente. Una sociedad libre que no tiene el valor de exigir respeto por sus reglas de convivencia está condenada a ser reescrita por aquellos que jamás dudan de las suyas. Para evitar este ocaso, Occidente debe despertar y recurrir a las dos únicas herramientas legítimas capaces de contener el dogma: la Ley democrática y la Enseñanza.



 

El imperio de la Ley sin excepciones


El primer paso del tratamiento es el fin del relativismo jurídico. La Ley democrática no puede ser una sugerencia multicultural; debe ser un muro de contención implacable. Durante décadas, en nombre de una tolerancia mal entendida, los Estados occidentales han mirado hacia otro lado mientras se vulneraban derechos fundamentales en determinados barrios periféricos. La Ley debe volver a ser ciega, pero dejar de ser ingenua. Cualquier práctica o imposición religiosa que choque contra la Constitución debe ser desmantelada sin complejos. El Estado debe recuperar el monopolio de la autoridad, demostrando que en territorio occidental, la soberanía nacional y los derechos humanos están infinitamente por encima de cualquier texto sagrado.



 

La Enseñanza como forja de ciudadanos


Si la Ley es el escudo, la escuela debe ser el sistema inmunológico. El buenismo ha convertido las aulas en espacios de una neutralidad suicida, donde se enseña que todas las culturas son igualmente válidas, incluso aquellas que desprecian profundamente nuestros valores. La enseñanza pública debe abandonar su complejo de culpa y asumir un rol activo en la defensa de los principios occidentales. Debe transmitir con orgullo el laicismo, el pensamiento crítico y el valor incalculable de la libertad individual. A los hijos de la inmigración no se les hace un favor aislándolos en el respeto a las tradiciones de sus padres si estas chocan con la libertad; el verdadero respeto consiste en brindarles las herramientas intelectuales para que puedan ser ciudadanos libres, dueños de su destino y desvinculados de presiones teocráticas.

El reto de Occidente no es la conquista de Oriente, sino la reconquista de sí mismo. La supervivencia de la sociedad abierta exige comprender que la levedad de nuestros valores liberales solo podrá sobrevivir si la defendemos con todo el peso y la firmeza de la ley y la educación.




Servando Gotor

 

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