lunes, 19 de octubre de 2026

INVOLUCIÓN (The answer, my friend, is blowin' in the wind)

(Imagen generada con IA)

¡Venid, chicos, mirad Limoges, su ayuntamiento, años y años de convivencia hechos cenizas! ¡El fuego abajo en la planta baja, sí, las llamas lamiendo las viejas vigas de madera, subiendo y devorando las plantas superiores hasta que la cubierta del siglo XIX y la torre se desploman con un rugido de piedra que araña las conciencias! ¡Arte, arte abstracto con pinceladas de humo y nada! Pero no busques la respuesta  en los libros! ¡Tomad nota en vuestras tablets: ciento cinco ayuntamientos asaltados a lo largo y ancho de la Galia, doscientos setenta y tres cuarteles policiales bajo el asedio de la multitud, y doscientos cuarenta y tres centros educativos, escuelas e institutos donde ya no resuenan las lecciones sino el estruendo de cristales rotos! ¡Dos mil quinientos ocho edificios dañados en la gran contabilidad del caos! ¡Mirad, mirad la plaza Bellecour de Lyon, la Oficina de Turismo que resistió ciento setenta y cuatro inviernos hoy es solo un esqueleto chamuscado! ¡Los alcaldes de Lille, Marsella y Grenoble contemplan sus puertas forzadas; la Marianne de París profanada y su busto en Marsella rodando por el suelo, derribados sin piedad, mientras la prefectura de la Gironda en Burdeos se ve invadida por la furia, y las sedes de CNews y Europe 1 en París reciben una lluvia de pedradas en sus cristaleras! El gobierno sale al paso, se rasca los bolsillos, y resuelve: doscientos cincuenta millones de euros para la reconstrucción de los símbolos de la Patria... Pero los arquitectos y artesanos advierten que el arte no se resuelve sólo con dinero, y que harán falta hasta dos años para que esos viejos palacios abran de nuevo sus puertas.

¡Mirad, mirad el zoco del pillaje, navegad sobre el océano de comercios arrasados! ¡Entre mil y dos mil establecimientos y almacenes asaltados a lo largo y ancho de La France! ¡Cincuenta Carrefours vandalizados y veinte de ellos totalmente vaciados,  exentos como el desierto! ¡Cien comercios desvalijados en Burdeos, con la calle Sainte-Catherine convertida en un flujo de mercancías robadas! Ocurrió en París, en Marsella, en Lyon, en Lille, en Montpellier y en Toulouse; la costosa Avenida Montaigne y las tiendas de la FNAC fueron violadas por los monstruos de la noche. ¡Más de doce mil coches ardiendo en las avenidas como hogueras entre nubes asfixiantes, miles de contenedores convertidos en rusientes barricadas, el mobiliario urbano en brasas! Mil barrenderos  arrancando la rabia a los adoquines, a jornada completa. Las aseguradoras con miles de partes sobre la mesa: más de ochocientos millones de euros. Y los pequeños comerciantes con sus negocios cerrados  entre tres y seis semanas para recuperar caros por escasos productos y proveerse de unas persianas y unos cerrojos imposibles por falta de personal, material... y seguridad. Las  estadísticas, implacables: el veinticinco por ciento de ellos irá a la quiebra y nunca más podrán abrir... ¡Sí, chaval... y el viento sigue soplando sobre los escaparates rotos!
¡Pasen, pasen y vean el catálogo de la carne masacrada, el recuento del dolor en esta arena de espanto! Un hombre murió en París, con el corazón roto por el esfuerzo y el horror en mitad de la refriega. ¡Un adolescente de diecisiete años en Saint-Étienne con la mano derecha amputada, desgarrada por la explosión de una granada que estalló a destiempo! Más de mil civiles atendidos en los hospitales con brechas en la cabeza, contusiones e inhalando el humo amargo de los gases lacrimógenos. ¡En el otro lado del frente, entre ciento cincuenta y seiscientos policías, gendarmes y bomberos heridos, algunos de ellos debatiéndose en la extrema gravedad de las UCI! Y cuarenta mil agentes desplegados por las carreteras de la nación para contener el dique roto de la calle.
¡Mirad, mirad la marea humana, ochocientas mil almas movilizadas con los puños en alto o los rostros tapados en las plazas de toda Francia! Al final de la noche, el balance de los calabozos: entre mil ochocientos y dos mil detenidos arrastrados a las celdas del país, ochocientos cincuenta y cinco solo en París. ¡Pero no rebléis. Escuchad el eco más terrible que flota en el viento de la plaza: entre el ochenta y nueve y el noventa por ciento de los detenidos son menores, muchachos que apenas empiezan a vivir y ya conocen el sabor de las rejas!
¡Y el locutor del noticiario, incólume...! Cuando los narradores callan y el polvo se asienta, los sabios de la ciudad discuten por las esquinas de las plazas desiertas. Vale de cifras. Vale de ruidos. Basta la mirada asombrada de la calle.  Pero, amigos,  andamos todos atrapados por el hechizo de la canción contrapuesta: a un lado, el clamor de quienes ven en este inventario el acta de defunción de Occidente; en el otro, la voz áspera que interpreta cada destrozo como el síntoma terminal de una quiebra estructural profunda, el grito desesperado de un sistema ciego que normalizó la exclusión antes de que la calle saltara en mil añicos. 
No, no le des más vueltas, chico... la masa se disuelve, las cifras quedan para quienes las padecen, y la respuesta sigue y seguirá flotando en el viento.
De Mis conversaciones con la IA


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