domingo, 7 de noviembre de 2010

JUSTICIA Y CATARSIS (Servando Gotor)

SGS

Los juristas tienen claro que el fin del Derecho no es la Justicia sino la paz social. Que el Derecho, como todo lo humano no es perfecto y difícilmente puede aspirar a algo más que zanjar un conflicto.

El juez es un hombre no un dios y, por tanto, sólo alcanza a saber, a conocer -y aun ello de forma casi siempre imperfecta y subjetiva- aquellos hechos susceptibles de ser probados. Y ello sólo si las partes implicadas –también humanas- son capaces o tienen posibilidades de transformarlos en pruebas (“recuerdos”, “referencias” de algo que pasó). Cuanto no se pruebe no existe ni debe existir para el juez. Si el juez tuviera los dones divinos de la ubicuidad y la atemporalidad, si lo pudiera ver todo, no necesitaría ni alegaciones ni pruebas. Le bastaría con observar y juzgar. Y, aun así, para acertar necesitaría otro don divino: el de la infalibilidad.

Es curioso cómo constantemente oímos en el ámbito futbolístico –sin duda el mejor ejemplo- lo difícil que es arbitrar. El árbitro juzga en el acto no algo que le dicen las partes sino lo que él mismo está observando. Y además asistido por otros dos jueces que también son testigos presenciales de cuanto acontece. Aún así, jamás ha existido ni existirá encuentro sin errores arbitrales. ¿Cómo podemos, entonces, exigir acierto a quien juzga sólo por referencias (en definitiva eso son las pruebas: meras referencias de hechos pasados) por muy contundentes que estas sean?

Supongo que se comprenderá ahora, con mayor claridad lo dicho al inicio: que el fin del Derecho –humano y exento de trascendentalismos- no es la Justicia sino la mera paz social: el cierre del conflicto, la solución modesta y formal que siempre intentará apuntar, si se actúa con honradez, al mayor grado de equilibrio posible.

En todo caso, absolución o condena judicial sólo expían culpas (“hechos”, más bien) formalmente tipificados por el poder: “delitos”. Y, en lo más profundo poco nos afectará, salvo en la medida de que, condenados, hayamos de sufrir el castigo físico y psicológico que toda pena comporta: la privación de libertad o la multa, fundamentalmente. De igual forma, cumplida ésta habremos saldado nuestra deuda con el poder (no con la sociedad) establecido. Punto. Si Roldán o De Juana han cumplido – jurídicamente de verdad- las penas a las que fueron condenados, nada más hay que hablar en este terreno. Lo mismo con Ruiz Mateos: si cumplió, punto. Si en algún aspecto lo absolvieron o le dieron la razón, justo es que se le indemnice.

Al margen de la redención formal que la Justicia nos pueda ofrecer existen otras dos: la social y la personal. Todas cuentan. La social tampoco redime internamente: pero la satisfacción del reconocimiento público de tu inocencia constituye un premio proporcionalmente inverso al castigo que toda condena social implica. Ruiz Mateos, con sus ridículas manifestaciones públicas en el transcurso de sus procedimientos, lejos de redimirse socialmente se hundía más. Mario Conde, hablando, argumentando tras salir de prisión, (dando la cara, sobre todo) está en disposición de acercarse a la redención social, siempre que la opinión pública, además, se sienta indemnizada o entienda que no tiene por qué serlo. Roldán, públicamente, adopta un silencio cómplice y amenazador a un tiempo, mezquino en todo caso, y así difícilmente podrá optar al perdón social.

Por último, la principal, la verdadera catarsis: personalmente, interiormente, a uno sólo puede redimirle “la” verdad, que no es otra que “su” verdad más íntima, más sincera, la que a sí mismo no puede ocultarse. Y esta es y será siempre la verdadera expiación, la que de verdad cuenta para una conciencia tendencialmente pura, sana. Que, dicho sea de paso, aun tendencialmente, quedan pocas. Cada vez menos.

(El Comarcal del Jiloca, 29/10/10)

sábado, 6 de noviembre de 2010

GRIS (Elvira González Gaspar)

SGS

Almas grises, atardeceres simultáneos.
acaban con el día del hambre a la anochecida
Trastoca el humo en altas chimeneas a la noche
Gris. Nada eterno. Amor humano


Elvira González Gaspar

LA VISITA DE LOS VIERNES, PART. 2ª (Antonio Envid)


Ah! Ha vuelto. No sabe lo larga que se me ha hecho la semana.¡Me ha traído violetas! ¿Cómo sabía que me encantan las violetas? Y también bombones. Escondámoslos, que mis compañeras de residencia no se enteren, porque no me dejarán ni uno.¿Quiere camelarme, eh? Pero si ya sabe que me tiene totalmente a su disposición. Con lo buen mozo que es. ¿Sabe? Si llevara bombín y se dejara un bigote con las guías hacia arriba parecería mi primer marido Sisenanado. Bueno siéntese y le seguiré contando la historia. Resulta que mi primer marido se me murió tontamente en la flor de la vida. Nunca había perdido ningún caso, pero el último lo falló. A su cliente lo condenaron a muerte. No sabe que días más malos pasó, qué desasosiego, que nerviosismo. Se empeñó en acompañar al condenado hasta su último momento. Lo ajusticiaron de madrugada, una mañana fría y desabrida de enero. De vuelta a casa pilló un resfriado, que luego se complicó con una pulmonía y en quince días, un hombre como un castillo, fuerte y joven, bajó a la tumba y quedé yo, joven viuda, sin el amparo de un hombre.

No salía yo de casa, hundida en la mayor depresión, solo iba a misa y a la botica a por unas píldoras que me había recetado el médico, amigo nuestro, el que atendió al pobre Sisenando, para mis opilaciones y sofocos. El boticario había sido amigo íntimo de mi marido y estaba soltero. Pronto empezó a echarme los tejos y se deshacía en remilgos y atenciones conmigo. Me obsequiaba con unos caramelos de violeta que él mismo fabricaba con una fórmula ancestral. Por eso me encantan las violetas. ¿Qué quiere que le diga? A mi no me parecía nada mal el hombre, era atento, bien plantado y había sido amigo de mi marido. Total, que al año justo del fallecimiento, justo cumplido el luto, nos casamos, teniendo que aguantar la cencerrada correspondiente, ya comprenderá.

Segismundo, que así se llamaba el boticario, era muy galán y un excelente amante, no tanto como el anterior, pero para ser segunda parte no estaba mal. Yo creo que el abogadito le había contado alguna confidencia sobre nuestras aventuras amorosas, porque noté que se esforzaba en la alcoba tratando de competir con un fantasma. Los hombres, siempre combatiendo con fantasmas, sin bajar nunca a la realidad. Al principio le noté un extraño aliento, que no era desagradable, pero raro, de modo que me acostumbré a hacer el amor desliendo en la boca una de las célebres grageas de violeta, que fabricaba mi marido. Por lo demás, nuestras noches eran mejor que los días, sin ser éstos precisamente malos. Segismundo se pasaba la mañana en la oficina de la farmacia fabricando fórmulas magistrales, ante la extrañeza del mancebo, que un día me comentó que últimamente empleaba mucho tiempo en eso, cuando antes con dedicar una mañana a la semana a ello era suficiente, y que él no notaba que hubieran aumentado los encargos. “Seguramente está experimentando algún medicamento nuevo”, me confesó con un tono cómplice. “Será una fórmula nueva y no querrá que se sepa hasta que no la haya registrado”. El cansancio de la investigación no le impedía que por la noche cumpliera como el primero, incluso le diré que más. Más en cantidad, no en calidad, comparado con el pobre Sisenanado, pero para no quejarme, desde luego.

Una noche, en pleno éxtasis, exclamó ¡Ay, Rosamunda, qué me voy, qué me voy…! Pensé que llegaba al clímax y era que se iba de verdad, de pronto, cayó pesadamente sobre mí. ¡Que horror! Había sido fulminado por un infarto. Llamé corriendo a Sigerico, el médico amigo nuestro, pero cuando llegó lo único que pudo hacer fue certificar la muerte del buen Segismundo.

Ya ve, que poco me duraban los maridos ¡qué fatalidad! Poco tiempo después descubrí la causa de su muerte. Repasando las facturas con el farmacéutico que quería tomar en traspaso la farmacia, se extrañó de las considerables compras de cantáridas, que yo no sabía que cosa eran, hasta que me lo explicó. No se si sabrá, joven, lo que son, pues una porquería: mosca española desecada y convertida en polvo. Tienen un gran poder afrodisíaco, pero son tóxicas y si se pasa uno de la raya le pueden provocar la muerte. Dicen que Fernando el Católico murió por esa causa. Ahora hay una cosa que llaman viagra. En fin, de que cosas se entera una, esa debía de ser la fórmula magistral en que empleaba las mañanas, para utilizarla por las noches, de ahí lo del extraño aliento. O sea que mi Segismundo me hizo el mejor tributo que un hombre puede hacer a una mujer: morir de amor.

¡Qué! ¿Vendrá a verme el próximo viernes? Ya se que sí, porque falta la historia de mi tercer marido. No me traiga nada, solo un ramito de violetas, humildes, sencillas, baratas y muy queridas por mí, ya se imagina porqué.

Antonio Envid.


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jueves, 4 de noviembre de 2010

Café-Bar LOQASTO (Isabel Carceller)


- Hola, buenos días. Más tarde vendré, ahora voy con prisa, pero voy a colgar este artículo de Aduardo Lago sobre el el novelista Philip Roth.
- Vale, ¿de qué va?
-Es sobre ‘Nemesis’, la nueva novela del escritor
-Ok, hasta luego.


EL MEJOR PHILIP ROTH ESTÁ DE VUELTA

- Tras una década de producción excesiva y desigual, la crítica se rinde al último libro del escritor-

-El nobel Coetzee ha destacado la “maestría” de ‘Nemesis’-

De Philip Roth (Newark, 1933) se podría afirmar lo que dijo Borges a propósito de Quevedo: “NO ES UN ESCRITOR, ES UNA LITERATURA”.

Desde que publicó su cuarto libro, ‘El lamento de Portnoy’ (1969), se convirtió en uno de los referentes imprescindibles del panorama literario universal. Dentro de su vasta producción, hay varias obras de gran envergadura, como la serie de novelas protagonizadas por su “alter ego”, Nathan Zuckerman, personaje más real que lo que da de sí la realidad, y que PERMITIÓ a Roth LLEVAR A CABO UNA SERIE DE COMPLEJAS EXPLORACIONES ACERCA DEL SENTIDO DEL ARTE Y DE LA VIDA.

Sus seguidores (que en España, donde le edita Mondadori, son legión)están de enhorabuena: su última obra, “NEMESIS”, recién publicada en Estados Unidos NOS DEVUELVE AL MEJOR ROTH trás una decada de producción algo desigual y excesiva. O al menos así lo ha considerado la crítica del país.

UNO DE LOS MAYORES LOGROS DE ROTH COMO NARRADOR ES QUE OBLIGA A LOS LECTORES A ADENTRARSE CON ÉL EN LAS REGIONES SUMSMENTE OSCURAS DE LA EXPERIENCIA HUMANA.

ELLO LE CONVIERTE EN UN NARRADOR A QUIEN PUEDE RESULTAR INCÓMODO SEGUIR. Se ha dicho de él que nadie ha explorado mejor en nuestro tiempo el misterio de la sexualidad. Otras cumbres de su arriesgada propuesta son “El teatro de Sabbath” (1995), “Pastoral Americana” (1997), y “La mancha humana”(2000).

Aunque es cierto que EN ALGUNA DE SUS NOVELAS HA PUESTO A PRUEBA LAS POSIBILIDADES DEL ARTE NARRATIVO, como en “El pecho” (1972) o “La contravida”(1986), la VERDADERA FUERZA de Roth ESTÁ EN OBLIGARNOS A MANTENER LA MIRADA ABIERTA EN LOS MOMENTOS MÁS DUROS QUE NOS PLANTEA A TODOS EL RETO COTIDIANO DE LA EXISTENCIA.

Así, en “Patrimonio” (1991), el protagonista (que puede o no ser el propio Roth) SOSTIENE UN DUELO INSOPORTABLE CON LO QUE SIGNIFICA SER TESTIGO DE LA AGONÍA Y MUERTE DE SU PADRE.

Otro tanto hace, en distintos momentos de su obra, con la ENFERMEDAD Y LA VEJEZ.

-El reto es difícil porque al hacerlo logra alejarse de lo que en sí es aborrecible y dloroso para trascenderlo a través del arte-

NO ES QUE BORRE LA DISTANCIA ENTRE REALIDAD Y FICCIÓN, COMO SE HA DICHO, SINO QUE NOS SITÚA EN UN PUNTOEN EL QUE, DESDE LA emoción, NOS PERMITE entender SITUACIONES cruciales DE LA VIDA PARA LAS QUE NO HAY SINO LAS palabras más elementales: ‘EL ODIO’, ‘EL MAL’, ‘EL AMOR’, Y LA posibilidad DE QUE EL MUNDO Y LA HISTORIA estén gobernados POR EL MÁS absoluto SINSENTIDO.

Para afrontar la vida, cuando es difícil y en los momentos de esplendor, disponemos del arte.

Sabiendo que es así, Roth no deja de escribir.

Probablemente no podría hacerlo, aunque quisiera.

“LA MANCHA HUMANA”(2000)supuso la entrada de su obra en el siglo XXI. A partir de entonces, lejos de ralentizarse, su productividad se regularizó, con títulos como “EL ANIMAL MORIBUNDO”, “LA CONJURA CONTRA AMÉRICA”, “EVERYMAN”,”SALE EL ESPECTRO”, “INDIGNACIÓN Y HUMILLACIÓN”.

Aunque sus lectores parecían necesitarlo tanto como siempre, cabía preguntarse si el escritor había llegado al límite de sus posibilidades.

¿Se estaba repitiendo?

Llegó octubre de 2010, volvió a sonar su nombre, como cada año, entre los candidatos al Nobel.

lo que sí llegó con la puntualidad de siempre fue la nueva novela, ‘NEMESIS’, y con ella la SORPRESA. A ROTH LE QUEDABA MUCHO POR DECIR.

El tema de ‘NEMESIS’ es la epidemia de polio que asoló Estados Unidos durante el verano de 1941, tal y como le afectó a la comunidad judía de Newark, la ciudad natal del autor, escenario de su infancia, al que ha regresado repetidamente en su obra.

En ‘NEMESIS’ Roth retoma un viejo tema, el de la peste, tratado anteriormente por Daniel Defoe y Albert Camus.

El trasfondo, en este caso, es la II Guerra Mundial, con sus atrocidades.

En su última entrega, Roth nos arrastra a lo mejor de que es capaz el teatro de la imaginación , alcanzando un virtuosismo del que sólo son capaces los maestros de la invisible.

Al comenzar la novela, el sudafricano J.M. Coetzee, ganador de un Premio Nobel de Literatura, repara en una escena misteriosa en la que se explica cómo cavar una tumba.

Se trata de una lección, señala Coetzee, tanto de vida como de muerte.

ESCRIBIR ES AFRONTAR LA MUERTE Y APRENDER A VIVIR. TODO A LA VEZ.

Isabel Carceller

miércoles, 3 de noviembre de 2010

LA VISITA DE LOS VIERNES, PART. 1ª (ANTONIO ENVID)

SGS

Pues, sí. Tal como me ve, hecha una ruina, yo de joven era bonita y tenía mucho éxito entre los hombres. Con una sonrisa pícara confiesa: Tuve varios amantes. No todos a la vez, claro, aquello habría sido pecado. ¿Ahora no hay pecados, verdad? Solo delitos. Qué vida más aburrida, no tiene matices, o algo es delito o está permitido, monocroma, en blanco y negro. Entonces, no, entonces había pecados, veniales, menos graves, graves, y creo que incluso los había muy graves reservados a la Santa Sede. Toda una amplia gama de pecados, había donde escoger. Y la confesión, ¡ah, la confesión! La morbosidad de recordar el pecado, confesándolo a un hombre, cura, pero hombre, y luego el dolor del arrepentimiento, la laceración de la contrición, voluptuosamente, he pecado, mi carne es débil, y al fin, la lasitud del perdón… Pero, bueno, no nos desviemos, le he dicho que tuve varios amantes, concretamente tres, pero sucesivos y legales, como Dios manda. Me casé tres veces. Tuve tres maridos y todos ellos estuvieron locamente enamorados de mí. Me duraban poco los maridos, se morían los pobrecitos, después de haberme dado lo mejor de su vida. Dios, sabiendo mi concupiscencia, y escribiendo derecho con renglones torcidos, lo dispuso así, para que no pecara, digo yo, por eso lo haría. Él lo dispuso así. ¿Le aburro, joven? Es que aquí, en la residencia, me dicen que hablo mucho, pero yo tengo que aguantarles sin protestar sus interminables listas de dolores, achaques y goteras. Eso sí que es aburrido. No le digo nada cuando se ponen a echar pestes de sus hijos, yernos y nueras…

En fin, mi primer marido, Sisenando, era abogado, penalista, por más señas. Un pimpollo de hombre, siempre iba hecho un pincel, perfumado, con su traje, su corbata de seda, que se hacía traer de Inglaterra y sus camisas blancas, inmaculadas, también inglesas. Era muy educado, siempre me cedía el paso, me arrimaba la silla cuando nos sentábamos a la mesa y me traía flores, como usted, ¿sabe? Por eso le cuento estas cosas, porque usted es muy amable y sabe tratarme como una señora, no como estos empleados de la residencia, que me tutean sin ningún respeto. Bueno, era lo que se dice un buen mozo. Pero en la cama…En la cama era un diablo, nunca he conocido otro mejor, los demás fueron buenos, pero éste fue el campeón. Cuando me amaba me recitaba artículos del Código penal y yo me ponía a cien. “ El que por imprudencia grave causare la muerte de otro, será castigado, como reo de homicidio imprudente, con la pena de prisión.” Ve, aún me acuerdo. Una vez, cuando ambos alcanzábamos la cumbre me susurró: “Será castigado con la pena de muerte, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes: Con alevosía Por precio, recompensa o promesa. Con ensañamiento”. Y a cada parrafito, un dulce empujoncito. Cuando llegaba a pronunciar “ensañamiento”, ambos estábamos en la cima, tocando el techo de la alcoba nupcial. Otra vez, mientras nos acariciábamos y yo jugueteaba con su miembro me contó cómo a los ajusticiados, cuando se les ahorcaba, a muchos de ellos se les producía una erección, una gran erección, pronunciada y persistente, la última gran erección, tan persistente que a menudo al meterlos en la caja, el propio enterrador tenía que atajarla de un fuerte golpe para cerrar la tapa. Todavía recuerdo como me puse aquella vez, fue inolvidable… ¿Ya se va, joven? Claro, claro, ha pasado el tiempo de la visita. ¿Vendrá, como siempre, el próximo viernes? ¿Y me traerá un ramito de flores? De violetas, no se gaste mucho. Me encantan las violetas. Pues si es buen chico le contaré como me fue con el boticario, que también tenía su encanto el hombre, de otro estilo, pero adorable.

Antonio Envid

ATROPINA, SU NOVIO, SUS TIGRES Y EL CAMARERO DE "EL GUACAMAYO AZUL" (Narciso y Servando)

SGS

Atropina ama su trabajo y ama todavía más a Desmond Potter, su novio y la bala humana del circo, que hace también de payaso y de funambulista, pero su amor verdadero, completo, definitivo y total es, sin duda, Solanillas, el más joven y listo de sus tigres, que distingue los colores, sabe contar hasta mil y, en privado, en la intimidad, le habla a su dueña al oído, ‘no pienso pero existo’, le suele decir con ironía. Atropina ama a Desmond Potter, sí, pero eso no quita... Quien sabe, a lo mejor. Lo ama, sí, aunque... En fin, prefiere no darle vueltas a la cabeza y seguir avanzando hacia su particular nirvana. De hecho, en ese camino de perfección, lee a Rainer María Rilke en alemán, El libro de las horas, mientras sus tigres la rodean; lee a Fernando Pessoa en portugués, El libro del desasosiego. Sus tigres parecen aburridos. A Desmond no le gustan los tigres ni ningún otro animal, salvo las gallinas enanas de Madagascar. A Desmond le gustan las cosas que miden poco y los amaneceres de la isla, pero siempre está durmiendo cuando amanece. Se justifica diciendo que también le gustan los mediodías, y las tardes, y las mañanas, y las noches, pero sabe que no es lo mismo, cómo va a ser lo mismo, le dice Atropina, que es una mujer insobornable y egipcia.

Los cinco tigres parecen cansados, aburridos, con sueño y hastío, indiferentes, impasibles, amodorrados, quizá tontos, sí, en ocasiones parece que a los cinco tigres de Atropina les falta un riego, un hervor, un algo, no acaban de enterarse de la fiesta, parecen estar en otra cosa, estorbados o hartos, pensando en las avutardas. Cuando va a tomar el sol y a bañarse en la playa de Los diecisiete silencios, siempre desierta por el temor a los tiburones, Atropina se lleva a sus cinco tigres para que disfruten del agua del mar y de la espuma de las olas, de la arena negra y de los galápagos, frotándose la piel contra las palmeras y jugando a ser feroces y malos. Si no tontos, los cinco tigres parecen niñatos, quizá porque Atropina los mima demasiado. Alguna vez se comen a algún turista perdido, pero Atropina se dice que viene a ser como si lo hubieran devorado los tiburones, así que no hace caso y les da menos cena, para que no engorden.

- ¿Otro cruasán?
- Sí, hija, qué quieres, cuando me sale la mañana tonta...
- Y yo, ¿qué me tomaría yo ahora?
- No sé, un pincho tortilla, por ejemplo.
- Bueno, haré de tripas corazón.
- ¿Decían las señoras…?
- Señoritas.
- Perdón, ¿decían las señoritas?
- Para mi amiga otro doble con leche y otro cruasán. Y para mí un somontano y un pincho tortilla.
- Muy bien.
- Mi con leche con tres de azúcar, por favor.
- Perfecto, con tres de azúcar.
- ¿De qué te ríes ahora?
- Nada, de la cara que ha puesto el camarero a tus tigres. No se acostumbra.
- No, ni se acostumbrará ya.
- Yo creo que le gusta.
- El qué.
- Hacerse el nuevo. Y no sólo por tus tigres, sino por lo de ‘señoras’.
- Para mí que lo hace para joderme. Como me ve más mayor.
- Qué cosas tienes, Atropina, chica, cualquiera diría.

Atropina, como buena egipcia, tiene un estilo divino, faraónico y cruel de valorar las cosas, y la vida de los hombres no es importante para ella. Desnuda en la playa de Los diecisiete silencios, acompañada por sus cinco tigres, tumbada, tomando el sol o mirando el horizonte, Atropina se siente viva y saborea toda la extensión del universo.

De El Guacamayo Azul
Narciso y Servando



martes, 2 de noviembre de 2010

EN LA ETERNIDAD (Antonio Envid)

SGS

En la eternidad ¿de qué nos alimentaremos?

¿de aquella tarde en que llovía mientras te esperaba?
¿de aquel bosque de hayas en otoño?
- dulces oros grecorromanos en la mañana –
¿de la límpida mirada del hijo entre tus brazos?
¿del anochecer en la alcoba
mientras peinabas tu cabello
y la luz escasa resbalaba por tu espalda?

Oh! Simples sombras,
girones de niebla,
remedos de vida sin carne.

Sin boca para morder
sin manos para acariciar
desprovistos de cuerpo
esclavos del deseo

seremos polvo enamorado
temblorosos del cierzo
atenazados por la avidez
del sediento
que sueña con la fuente.

Impotentes.

¿siquiera serán soportables estos tenues recuerdos
para nuestro leve ser?

Y toda la eternidad desplegada delante de nosotros.

Antonio Envid
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