Cómo el arte, la evolución y las
leyes han divinizado históricamente a la mujer para arrancarle su terrenalidad
y su libre albedrío.
IMAGEN GENERADA POR IA (Gemini)
De la «donna angelicata» medieval al neopaternalismo legal contemporáneo: por qué el poder, el arte y el inconsciente social se resisten a soltar el control del cuerpo y la voluntad de la mujer, cambiando históricamente el látigo del castigo por el escudo de la hiperprotección.
A lo largo de la historia de la
civilización occidental, el control biopolítico sobre las mujeres ha operado
bajo un eufemismo tan sofisticado como persistente: la salvaguarda y la
adoración. Cuando el ordenamiento jurídico, la religión o la moral pública han
necesitado encauzar la libertad femenina, raramente lo han hecho admitiendo un
deseo de opresión. Al contrario: el discurso del poder siempre se ha vestido
con las sedas del cuidado patriarcal y la veneración sacra.
Si en las sociedades tradicionales la
transgresión masculina se castigaba con el rigor del Código Penal y la cárcel,
la rebeldía femenina se abordaba desde una perspectiva tutelar, médica o moral.
La mujer que rompía la norma no era tratada como un sujeto plenamente
responsable, sino como una criatura extraviada a la que había que «proteger» de
sí misma y de los peligros de un mundo hecho por y para hombres. Sin embargo,
al examinar las derivas legislativas y culturales del presente, surge una
pregunta incómoda pero ineludible: ¿hemos superado realmente esa tutela, o
simplemente hemos sustituido la figura del padre guardián por la de un Estado
pastoral que, bajo la promesa de una protección integral, sigue considerando a
la mujer un sujeto de agencia disminuida?
El imperativo evolutivo y el pedestal
sagrado
Para comprender esta inercia no basta
con apelar a la sociología del poder; es preciso descender a los estratos más
profundos de la especie. Desde la antropología evolutiva, la propensión a
hiperproteger a la mujer responde a un estricto imperativo de supervivencia
dictado por la demografía primigenia. En los albores de la humanidad, el útero
constituía el verdadero cuello de botella reproductivo: la pérdida de varones
en la caza o la guerra era absorbible por el grupo, pero la pérdida de mujeres
abocaba a la tribu a la extinción. Ese instinto visceral de blindaje se
ritualizó con los siglos, transformando una necesidad biológica de conservación
en una arquitectura social y jurídica de control.
Esta dinámica encaja con precisión en el
inconsciente colectivo descrito por la psicología analítica de Carl Gustav Jung
y Erich Neumann. La figura femenina se erigió como el arquetipo del misterio de
la vida, generando en la mirada masculina una ambivalencia indisoluble:
fascinación, adoración y temor abisal. Al sacralizar a la mujer como un ser
superior en pureza y espiritualidad, la sociedad la elevó a un pedestal. Pero
un pedestal es, por definición, una superficie diminuta de la que no se puede
dar un paso sin caerse al vacío. La veneración exige inmutabilidad. Así, el
control sobre su libertad se ejerció históricamente no desde el desprecio, sino
desde el tabú religioso: la urgencia angustiosa de mantener incólume la fuente
sagrada de la vida y de la moral.
La estética del cautiverio: la mujer
como musa inerte
Donde con mayor nitidez se revela este
arquetipo de la veneración que paraliza es en la literatura y el arte,
auténticos espejos del subconsciente masculino. Desde el amor cortés medieval y
el Dolce Stil Novo, el ideal de perfección fue la donna angelicata.
La Beatriz de Dante o la Laura de Petrarca no son mujeres de carne y hueso, con
deseo, contradicciones o autonomía de acción; son elevaciones espirituales,
puentes hacia la divinidad. Para ser infinitamente adoradas, debían ser
despojadas de toda terrenalidad y pulsión individual: musas glorificadas en la
pasividad.
Centurias después, el siglo XIX refinaría
esta estética del cautiverio. El poeta británico Coventry Patmore popularizó el
término que definiría la moral burguesa occidental con su célebre poema El
ángel del hogar (The Angel in the House). En este arquetipo, la
mujer es divinizada como el santuario moral de la familia: pura, abnegada,
exenta de los vicios y la codicia del espacio público terrenal. Sin embargo,
como denunciaría de forma demoledora Virginia Woolf décadas más tarde, para que
una mujer libre pudiera pensar, escribir o actuar en el mundo real, el primer
paso era indispensable y dramático: «matar al ángel del hogar».
La pintura del Prerrafaelismo en la
época victoriana fijó visualmente esta paradoja. Los lienzos de John Everett
Millais o Dante Gabriel Rossetti muestran una sucesión de Ofelias flotando
ahogadas, Proserpinas atrapadas y Beatrices melancólicas. Mujeres de una
belleza embriagadora y mística, sí, pero invariablemente retratadas en reposo,
enclaustradas, enfermas o muertas. El mensaje estético del patriarcado se
desnudaba así sin pudor: la máxima adoración que se le puede profesar a una
mujer es aquella en la que su belleza y pureza quedan fijadas para siempre a
costa de su movimiento y su libertad.
La trampa del «sexismo benevolente»
Este sustrato artístico y evolutivo
cristalizó en el ámbito psicosocial en lo que, en 1996, los psicólogos Peter
Glick y Susan Fiske denominaron «sexismo benevolente». A diferencia de otras
formas de opresión, las relaciones de género están atravesadas por una profunda
interdependencia afectiva y sexual. El varón no percibe mayoritariamente a la
mujer como un enemigo, sino como la compañera vital indispensable y el objeto
de su amor.
De ahí nace un paternalismo que concibe
el deber varonil o institucional como la obligación sagrada de custodiar y
defender a las mujeres como seres delicados y moralmente superiores. Esta
dinámica es devastadora precisamente porque rara vez es percibida como hostil
por quien la ejerce ni, en muchas ocasiones, por quien la recibe. Nace del
afecto genuino, de la veneración artística y del deseo de protección, pero
opera funcionalmente como una jaula de oro: «Te protejo porque eres
demasiado valiosa y pura para contaminarte en el barro de la libertad real».
Al elevar su estatus moral, se le extirpa la soberanía individual para asumir
riesgos, errar o defenderse por sí misma en el espacio público.
De la moral autoritaria al
neopaternalismo legal
En el pasado siglo XX de nuestro propio
país, este mecanismo se manifestó con dureza en las instituciones públicas y
religiosas que, durante décadas, fiscalizaron la moralidad de la juventud. Bajo
la coartada lingüística de la «protección», millares de jóvenes que desafiaban
el orden tradicional, que escuchaban músicas transgresoras o que reivindicaban
su autonomía en los espacios de ocio fueron sometidas a tutelas administrativas
y reclusión sin que mediara delito alguno. Bastaba una denuncia por rebeldía o
por apartarse del canon del «ángel del hogar» para que el Estado interviniera
para salvaguardar la virtud de la transgresora y el honor familiar.
Hoy, habiendo secularizado las leyes y
derribado los viejos muros de moral autoritaria, filósofas de la política como
Wendy Brown o teóricas del derecho como Janet Halley alertan de un preocupante
«eterno retorno» en las democracias liberales contemporáneas. Al construir
ordenamientos jurídicos y discursos públicos que pivotan de manera casi
exclusiva sobre la vulnerabilidad estructural y la perpetua condición de
víctima del sexo femenino, se corre el riesgo de recaer en una sofisticada
forma de neopaternalismo.
Cuando un movimiento social o un
legislador exige del Estado una hiperprotección penal y administrativa
permanente basándose en una indefensión sistémica y en una supuesta
inferioridad de recursos defensivos ante el varón, se produce una inversión
perversa: el poder estatal concede esa protección a cambio de codificar y
congelar la debilidad en la ley. Sustituimos la antigua donna angelicata
o al viejo ángel del hogar por un nuevo arquetipo hipervulnerable, donde la
autonomía de la mujer vuelve a quedar tutelada por un árbitro superior —ahora
estatal y punitivo— que asume por defecto que ella carece de las herramientas o
la robustez necesarias para negociar, consentir o confrontar en el tráfico
social en condiciones de igualdad real.
Romper este círculo histórico exige una
honestidad intelectual que incomoda por igual al conservadurismo tradicional y
al reformismo contemporáneo. La verdadera emancipación no consiste en cambiar
al tutor patriarcal por un tutor burocrático, ni en trasladar a la mujer del
pedestal de la pureza estética al pedestal de la vulnerabilidad perpetua. La
igualdad real y la mayoría de edad cívica solo se alcanzan cuando se reconoce
el derecho pleno a la agencia, al rozamiento con el mundo, a la asunción de riesgos
y a una libertad genuina que no requiera de salvavidas institucionales no
solicitados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario