(Imagen generada con IA -Gemini-)
Escucho por ahí: «antes los jóvenes reclamaban poder comprar una vivienda, ahora se conforman con poder alquilarla». Pues no; a los jóvenes, sin perjuicio de carecer de recursos para comprar una vivienda —lo cual es cierto—, eso no les preocupa hoy. Lo que quieren es poder pagar un alquiler e independizarse. A su edad son conscientes de que no van a vivir siempre en el mismo lugar, de que tendrán que peregrinar de ciudad en ciudad, o incluso de país en país, en pos de trabajo, o de que ampliarán sus estudios lejos de donde nacieron. Por tanto, carece de sentido anclarse a un sitio por la propiedad de una vivienda, y mucho menos por una hipoteca. Finalmente ha llegado a nosotros la práctica, generalizada en toda Europa, en la que la gente vive de alquiler y solo comienza a pensar en adquirir su vivienda cuando ha alcanzado cierta estabilidad familiar y laboral, y cree que ya se halla establecida en un lugar concreto.
Comprar y vender una vivienda suele ser un pésimo negocio, dados los altos impuestos y costos que rodean estas transacciones. Los españoles de cierta edad suelen pensar: «mira, mi casa me costó tanto y hoy vale bastante más, me he hecho rico con esta compra». Y eso sin venderla, simplemente viendo los precios de fincas similares.
Nos hace felices ver las cosas así, aunque todo sea producto de una mera ilusión financiera. En primer lugar, esos ciudadanos pertenecen a generaciones en las que era habitual crecer y vivir en un mismo lugar sin verse obligados a desplazarse de modo permanente; si no toda la vida, al menos una gran parte de ella. En segundo lugar, no cuentan con que ese dinero que pagaron ha sufrido mucho más el efecto de la inflación que el inmueble. Los inmuebles, salvo aquellos que se ubicaban en zonas periféricas que se han ido consolidando dentro del entramado urbano, también han ido perdiendo valor con el tiempo, pero mucho menos que el dinero.
España viene sufriendo desde tiempo inmemorial una inflación constante, a veces vertiginosa. No tenemos que acudir a los tiempos en que Fuentes Quintana se vio obligado a devaluar el 20 % del valor de la peseta; hoy, según el último dato del INE, la inflación interanual en septiembre es del 4,9 %. No es que el precio de los pisos sea elevado, es que el dinero que pagamos no vale nada.
Varios factores confluyen en la actual escasez de viviendas. Uno de ellos, indudablemente, es el crecimiento de la población, sobre todo en las grandes ciudades; pero destaca, principalmente, lo poco que se ha construido en los últimos años. Enfriado el sector de la construcción tras la locura que se vivió en la época de Zapatero, este ha sido muy cauto a la hora de sacar al mercado nuevas viviendas. En el caso concreto de la vivienda social, gran parte de la culpa la tiene el sector gubernamental. La Ley del suelo obliga a todo urbanizador a ceder al municipio gratuitamente una parte del suelo nuevamente urbanizado. Con esta normativa, el legislador creyó que los Ayuntamientos obtendrían un banco de solares ya urbanizados que podrían destinarse a la promoción de viviendas sociales; sin embargo, lo que han venido haciendo es vender especulativamente esos solares para alimentar las arcas municipales. Por eso el sector público ha construido tan pocas viviendas para el alquiler o para ser adquiridas a un precio asequible; eso, sumado al cortoplacismo con el que suelen actuar los poderes públicos.

Siendo todo el artículo interesante, lo que me parece totalmente demoledor es el último párrafo. Puro colectivismo.
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