miércoles, 29 de julio de 2026

LOS SEÑORES DE LOS BONSÁIS (Antonio Envid)


Imagen generada por IA (Gemini)

Me entero por los medios de comunicación de que Pedro Sánchez regaló un bonsái al Papa León XIV. Antes había hecho análogo regalo al poderoso, en su día, José Luís Ábalos por su sesenta cumpleaños. Desconozco si es habitual que el presidente haga estos singulares regalos o son hechos aislados y excepcionales, también, si son regalos que encierran algún símbolo o una manera de ir desalojando La Moncloa de esos objetos difíciles de reubicar, como los enseres de otro inquilino o los recuerdos de la abuela.

Estos sucesos me han hecho recordar un excelente artículo que publicó el inefable Sánchez Ferlosio – sí, el hijo de Sánchez Mazas, una de las mentes más sibilinas de mi contemporaneidad – con el título El monasterio Hidaka y el arte del bonsai. En él el destacado escritor hacía una sutil crítica a Felipe González, muy aficionado, como se sabe, a esos arbolillos enanos y deformes a fuerza de artificio.

Se describía la presencia en el complejo gubernamental de un nonagenario monje taoísta que cuidaba la notable colección de bonsáis del presidente y señalaba la paciencia y delicadeza que esa función exigía, así como, que los momentos libres que al gobernante dejaban las tareas de gobierno los invertía en escuchar las enseñanzas de Lao-Tse de boca del venerable anciano y en conocer este arte japonés. No deja de notar el articulista los dos millones y medio de pesetas – estábamos todavía en el reino de la peseta – del sueldo anual del maestro que salían de nuestra tesorería. 

Para tratar de comprender el artículo hay que mencionar el contexto en el que está escrito. Era el segundo mandato de Felipe González y, aunque gozaba de una holgada mayoría de 184 diputados, el entusiasmo que había despertado en el primer mandato, 202 diputados, los había rebajado sensiblemente. El descontento social se palpaba en el ambiente, hasta desembocar ese mismo año 1988 en una huelga general convocada por UGT y CC OO que paralizó España; a principios de ese mismo año se había producido el secuestro de Revilla por los terroristas de ETA. Mientras, Felipe González se embebía en las enseñanzas taoístas y en el cultivo de bonsáis.

Pero el recuerdo de aquel artículo no es casual sino causal, alguna correlación encuentro entre aquella pasada época con la presente. La cultura del bonsái exige que el crecimiento del árbol se limite, se le encorsete y se le dirija hacia la dirección que quiere el cultivador, en lugar de dejar que obre libremente la naturaleza. Ignoro si Pedro Sánchez ha adquirido la afición por estos artificiales arbolitos, pero sus largos silencios de meditación pudieran indicar que trate de ensayar en los cerebros de los españoles las técnicas de dirigismo y falta de libertad del bonsái, minimizándolos para que acepten su relato.

Vizcaíno Casas tituló a Felipe González como El Señor de los bonsáis, y la historia se repite, como nos enseñó Marx, la segunda vez como farsa, pudiéramos estar viviendo bajo el reinado del Señor II de los bonsáis.

                                                                                                                                            Antonio Envid

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