Me entero por los medios de comunicación de que Pedro Sánchez regaló un bonsái al Papa León XIV. Antes había hecho análogo regalo al poderoso, en su día, José Luís Ábalos por su sesenta cumpleaños. Desconozco si es habitual que el presidente haga estos singulares regalos o son hechos aislados y excepcionales, también, si son regalos que encierran algún símbolo o una manera de ir desalojando La Moncloa de esos objetos difíciles de reubicar, como los enseres de otro inquilino o los recuerdos de la abuela.
Estos sucesos me han hecho recordar
un excelente artículo que publicó el inefable Sánchez Ferlosio – sí, el hijo de
Sánchez Mazas, una de las mentes más sibilinas de mi contemporaneidad – con el
título El monasterio Hidaka y el arte del bonsai. En él el destacado
escritor hacía una sutil crítica a Felipe González, muy aficionado, como se
sabe, a esos arbolillos enanos y deformes a fuerza de artificio.
Se describía la presencia en el
complejo gubernamental de un nonagenario monje taoísta que cuidaba la notable
colección de bonsáis del presidente y señalaba la paciencia y delicadeza que
esa función exigía, así como, que los momentos libres que al gobernante dejaban
las tareas de gobierno los invertía en escuchar las enseñanzas de Lao-Tse de
boca del venerable anciano y en conocer este arte japonés. No deja de notar el
articulista los dos millones y medio de pesetas – estábamos todavía en el reino
de la peseta – del sueldo anual del maestro que salían de nuestra
tesorería.
Para tratar de comprender el
artículo hay que mencionar el contexto en el que está escrito. Era el segundo
mandato de Felipe González y, aunque gozaba de una holgada mayoría de 184
diputados, el entusiasmo que había despertado en el primer mandato, 202
diputados, los había rebajado sensiblemente. El descontento social se palpaba
en el ambiente, hasta desembocar ese mismo año 1988 en una huelga general
convocada por UGT y CC OO que paralizó España; a principios de ese mismo año se
había producido el secuestro de Revilla por los terroristas de ETA. Mientras,
Felipe González se embebía en las enseñanzas taoístas y en el cultivo de
bonsáis.
Pero el recuerdo de aquel
artículo no es casual sino causal, alguna correlación encuentro entre aquella
pasada época con la presente. La cultura del bonsái exige que el crecimiento
del árbol se limite, se le encorsete y se le dirija hacia la dirección que
quiere el cultivador, en lugar de dejar que obre libremente la naturaleza.
Ignoro si Pedro Sánchez ha adquirido la afición por estos artificiales arbolitos,
pero sus largos silencios de meditación pudieran indicar que trate de ensayar
en los cerebros de los españoles las técnicas de dirigismo y falta de libertad
del bonsái, minimizándolos para que acepten su relato.
Vizcaíno Casas tituló a Felipe
González como El Señor de los bonsáis, y la historia se repite, como nos enseñó
Marx, la segunda vez como farsa, pudiéramos estar viviendo bajo el reinado del
Señor II de los bonsáis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario