viernes, 14 de agosto de 2026

LA MUTACIÓN DEL BIOPODER: de la hoguera de las brujas al exorcismo "woke"

Imagen generada con IA (ChatGPT) 

 

En su célebre Historia de la sexualidad, Michel Foucault dinamitó la idea de que el poder político o religioso se limita a reprimir el sexo. El filósofo francés mantuvo que el poder produce discursos sobre el cuerpo orientados a la administración de la vida de las personas, la catalogación de la población y el gobierno de las mentes. A este fenómeno lo denominó biopoder. Durante siglos, la Iglesia Católica fue la gran cirujana de la intimidad, utilizando el sacramento de la confesión obligatoria para acceder a la psique del creyente y erigirse en el juez último de su verdad. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una sorprendente mutación de este mecanismo. Las coordenadas han cambiado, pero el tablero es el mismo: las políticas identitarias contemporáneas, a menudo englobadas bajo el término woke, operan como el nuevo biopoder de nuestro tiempo.


Para comprender el alcance de esta transformación, resulta iluminador rescatar una distinción que el propio Foucault analizó en su curso Los anormales: el contraste entre la brujería del siglo XVI y las crisis de posesión del siglo XVII.


La bruja era un fenómeno periférico. Habitaba en los márgenes geográficos y culturales —en los bosques, las montañas o las costas—, allí donde el poder de la Iglesia no había logrado cristianizar del todo. El inquisidor perseguía a la bruja desde fuera porque ella encarnaba una soberanía enemiga; una disidencia basada en un pacto explícito y voluntario con el demonio a cambio de un poder terrenal. A la bruja se la combatía para destruirla.


Sin embargo, un siglo después, el paisaje cambió con las epidemias de posesión demoníaca, que ya no ocurrían en la periferia salvaje, sino en el centro mismo de la ciudad, intramuros de los conventos y los hogares burgueses. El poseso no firmaba ningún pacto; era impregnado y sometido por una fuerza que tomaba el control de su cuerpo y de su lengua. La posesión no implicaba un comercio voluntario, sino una agónica lucha interna entre el sujeto y el "espíritu" que lo habitaba. Ante esto, la estrategia de la Iglesia ya no era la persecución exterminadora, sino la salvación obligatoria. Había que aplicar el ritual del exorcismo para reeducar la voluntad, extraer la confesión y devolver el alma descarriada a la comunidad.


Si observamos el debate cultural actual en torno al sexo, el género y la identidad, es evidente que no estamos ante una caza de brujas, sino ante un gigantesco escenario de posesión colectiva: no quieren tanto deshacerse de nosotros como convertirnos.


Hoy ya no existe un "afuera" o un bosque idílico al que huir para escapar del biopoder; las pantallas, las redes sociales y las nuevas burocracias institucionales ocupan todo el espacio público y privado. El ciudadano contemporáneo no pacta conscientemente con la nueva ortodoxia ideológica; es impregnado por ella a través de una ósmosis cultural omnipresente. Los discursos hiperespecíficos sobre las identidades y los géneros cruzados se introducen en la mente del individuo desde la infancia. Creemos que elegimos nuestros deseos e identidades de manera autónoma, cuando en realidad repetimos un guion prediseñado por el propio sistema para fragmentar y gestionar la sociedad en nichos predecibles.


Esta "posesión" moderna genera su propia patología: una angustia existencial y una autovigilancia feroz. El examen de conciencia ya no se realiza de rodillas en el confesonario, sino ante el tribunal digital de las redes sociales. El individuo vive en una convulsión constante, midiéndose a sí mismo por temor a no ser lo suficientemente "puro", "deconstruido" o "aliado".


La respuesta de las nuevas instituciones —gobiernos, universidades y corporaciones multinacionales— ante el ciudadano común que se resiste a estas lógicas no es el castigo físico inmediato, sino la "pedagogía de la salvación". Se ha invertido el concepto de normalidad: quien mantiene una visión tradicional o puramente biológica de la realidad es catalogado de inmediato como un "anormal moral" (un fóbico o un alienado). Pero el sistema, con una retórica impregnada de compasión e inclusión, le ofrece la redención. Los talleres de sensibilización obligatorios, los cursos de nuevas masculinidades y los códigos de conducta corporativos son los nuevos rituales de exorcismo. No buscan quemar al disidente; buscan colonizar su mente para que abrace la nueva verdad por su propio bien.


El fluido con el que se inocula esta posesión es, indiscutiblemente, el lenguaje. Foucault sabía que quien domina la palabra domina la realidad. La introducción de una neolengua institucional —que sustituye palabras materiales como "madre" por abstracciones administrativas como "persona gestante"— no es un avance lingüístico inocente, sino un rito de sumisión ideológica. Al cambiar las reglas del juego semántico constantemente, el ciudadano común cae en un estado de perpetua inseguridad. Ante el temor de usar el término incorrecto y ser excomulgado civilmente a través de la cancelación, el individuo opta por el silencio.

El biopoder actual ha logrado así su mayor victoria: ya no necesita un policía en la puerta ni una hoguera en la plaza. Le basta con vigilar la sintaxis del ciudadano para recordarle que el poder ya no se ejerce contra su cuerpo, sino desde el interior de su propia cabeza. Y por si la autorregulación falla, ahí están los omnipresentes observatorios institucionales para recordárselo. 


De Mis conversaciones con la IA


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