domingo, 3 de mayo de 2020

PERO ESTE TRABAJO PUEDE SER MORTAL... ¿LO SABE VD.? ("La peste", Albert Camus)




—Sé —dijo Tarrou [periodista de investigación], sin preámbulos— que con usted puedo hablar abiertamente. Dentro de quince días o un mes usted ya no será aquí de ninguna utilidad, los acontecimientos le han superado.
—Es verdad —dijo Rieux [Médico asesor de la Admnistación].
—La organización del servicio es mala. Le faltan a usted hombres y tiempo.
Rieux reconoció que también eso era verdad.
—He sabido que la prefectura va a organizar una especie de servicio civil para obligar a los hombres válidos a participar en la asistencia general.
—Está usted bien informado. Pero el descontento es grande y el prefecto está ya dudando.
—¿Por qué no pedir voluntarios?
—Ya se ha hecho, pero los resultados han sido escasos.
—Se ha hecho por la vía oficial, un poco sin creer en ello. Lo que les falta es imaginación. No están nunca en proporción con las calamidades. Y los remedios que imaginan están apenas a la altura de un resfriado. Si les dejamos obrar solos sucumbirán, y nosotros con ellos.
—Es probable —dijo Rieux—. Tengo entendido que están pensando en echar mano de los presos para lo que podríamos llamar trabajos pesados.
—Me parece mejor que lo hicieran hombres libres.
—A mí también, pero, en fin, ¿por qué?
—Tengo horror de las penas de muerte.
Rieux miró a Tarrou.
—¿Entonces? —dijo.
—Yo tengo un plan de organización para lograr unas agrupaciones sanitarias de voluntarios. Autoríceme usted a ocuparme de ello y dejemos a un lado la administración oficial. Yo tengo amigos por todas partes y ellos formarán el primer núcleo. Naturalmente, yo participaré.
—Comprenderá usted que no es dudoso que acepte con alegría. Tiene uno necesidad de ayuda, sobre todo en este oficio. Yo me encargo de hacer aceptar la idea a la prefectura. Por lo demás, no están en situación de elegir. Pero...
Rieux reflexionó.
—Pero este trabajo puede ser mortal, lo sabe usted bien. Yo tengo que advertírselo en todo caso. ¿Ha pensado usted bien en ello?
Tarrou lo miró en sus ojos grises y tranquilos.
—¿Qué piensa usted del sermón del Padre Paneloux, doctor?
La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también.
—He vivido demasiado en los hospitales para gustarme la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.
—Usted cree, sin embargo, como Paneloux, que la peste tiene alguna acción benéfica, ¡que abre los ojos, que hace pensar!
—Como todas las enfermedades de este mundo.

(Albert Camus, 1947)

sábado, 2 de mayo de 2020

"SE CREÍAN LIBRES Y NADIE SERÁ LIBRE MIENTRAS HAYA PLAGAS" (Abert Camus: "La peste")

Albert Camus (1913-1960). Premio Nobel de Literatura, 1957

Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido.” Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. 
Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas. 
Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababa de morir inesperadamente de la peste, el peligro seguía siendo irreal para él. Simplemente, cuando se es médico, se tiene formada una idea de lo que es el dolor y la imaginación no falta. Mirando por la ventana su ciudad que no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. 
Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación. 
(…) Y el doctor Rieux que miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar. Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer... 
Pero este vértigo no se sostenía ante la razón. Era cierto que la palabra “peste” había sido pronunciada, era cierto que en aquel mismo minuto la plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos víctimas. Pero ¡y qué!, podía detenerse. Lo que había que hacer era reconocer claramente lo que debía ser reconocido, espantar al fin las sombras inútiles y tomar las medidas convenientes. En seguida la peste se detendría, porque la peste o no se la imagina o se la imagina falsamente.

(Albert Camus, 1947)



"DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE", de Daniel Defoe (Por Antonio Envid)



Daniel Defoe al redactar la crónica de la peste que asoló Londres -y otras capitales europeas- en 1665-66 cuenta como muchas conciencias fueron estimuladas a arrepentirse de pecados y delitos pasados haciendo penitente confesión, como se ablandaron muchos duros corazones. Claro está que no todos los comportamientos fueron tan dignos, en las casas donde había algún enfermo, que fueron clausuradas por orden del ayuntamiento impidiendo salir y entrar a nadie, en algunos casos los habitantes huían por la noche dejando desamparado a la víctima, o, como cuenta con indignación el narrador, el caso de un grupo de personas que se reunía en una taberna por cuya calle pasaba al atardecer el carro que transportaba a los muertos a la fosa común; cuando pasaba por allí el macabro transporte, abrían las ventanas del establecimiento para mofarse de los muertos y los familiares que los acompañaban, riéndose a carcajadas y profiriendo blasfemias y escatológicas bromas.
El miedo impulsa a realizar actos indignos y huir del contagio. Esto también lo estamos viviendo ahora, ancianos que han sido abandonados a su suerte en residencias o han quedado aislados en su domicilio. Pero en el actual episodio se echa en falta esa contrición de la comunidad por la desgracia de tantos seres fallecidos, un duelo general por quienes nos han abandonado en esas trágicas circunstancias, la solidaridad necesaria con la gente que ha perdido a seres queridos, muertos en la soledad de una UCI, o peor, en una residencia de acianos, y enterrados casi en la clandestinidad. La gente sale al balcón o ventana de su domicilio puntualmente cada día a las ocho de la tarde a dirigir unos aplausos y siempre alguien saca un reproductor de música para amenizar la velada. La excusa es que se aplaude la labor de los sanitarios que luchan contra la enfermedad con escasez de medios debido a la negligencia de las autoridades, y con una abnegación digna de todo aplauso y agradecimiento, también la policía y fuerzas armadas realizan su trabajo con gran riesgo personal. Es muy plausible este reconocimiento, pero se está convirtiendo en una rutina, algo como una expresión de fiesta poco acorde con la trágica realidad. Lo que no veo por ninguna parte es la expresión de duelo exigible a una comunidad sensible ante el dolor humano, esa expiación necesaria de una sociedad banal con unos valores meramente materiales, basada en la frivolidad, un examen interno para comprender como hemos podido llegar a esta trágica situación, qué errores hemos cometido y seguimos cometiendo.
Pero esta pandemia derribará los últimos dioses. Tras esto nadie tendrá fe en nada. Esta sociedad hace tiempo que abandonó la creencia en un dios sobrenatural y lo sustituyó por conceptos abstractos como el progreso humano, la justicia social, y otros tan ilusorios como estos. La ciencia, especialmente la medicina, uno de los últimos falsos dioses, que nos prometía la sanación de todas las enfermedades, incluso una cuasi eterna vida, ciento cincuenta años o más de longevidad, ha demostrado su fracaso y nos ha vuelto al temor de las enfermedades sociales. El Estado, al que los españoles tan dados somos en reclamar que se haga cargo de nuestros problemas, enseñanza gratuita para nuestros hijos, residencias gratuitas para nuestros padres y abuelos, sanidad gratuita, cultura gratuita, subvención si no trabajamos, y un largo etc. ha resultado ser otro ídolo de barro. En qué tendremos fe después de esto.



viernes, 1 de mayo de 2020

ESPLÍN. REGRESO AL CAOS. (Servando Gotor)


Hospital de Campaña por la pandemia del COVID 19
IFEMA - Madrid (Foto: Pedro Amestre - El País)


La estancia era infinita, fría y luminosa.

Bombillas, lámparas… Llegarían hoy a casa. Un juego de dos. Y yo aquí, sin poder salir. A buenas horas… El baño sin luz, las dos lámparas a un tiempo…  Y el puto flexo ese que siempre me saca de apuros… Hmm… ¡Qué jodida esta respiración…! Si pudiera, ahora mismo me tiraría por una ventana. Pero me fallan las fuerzas. Si al menos viera… ¿Habrá ventanas aquí?  El resplandor me ciega. Pero no, eso no es lo peor… Lo peor es la nostalgia de quien solo se siente huésped… (¿quién dijo eso?). Es como yo me siento aquí… un huésped, un eterno huésped, que va subiendo peldaño a peldaño por la calle de la miseria…

Sí, la estancia era infinita. Infinita, fría y luminosa. Al menos así la presentía, porque mis sentidos estaban muy limitados. El aburrimiento era enorme aunque no mayor que el de por ahí afuera. Ahora, además, apenas veía ni oía nada. Pero un sombrío murmullo delataba que tenía gente a mi alrededor, bastante gente. Tranquila, eso sí: sosegada y a esa prudente distancia tan recomendada también en el exterior. A veces, puntualmente, se oían algunos gritos. Y solo las deficientes voces e imágenes que, filtradas, elaboraba a duras penas mi cerebro, me daban idea, junto a los dolores y el terrible ahogamiento, del extraño momento que estábamos viviendo. Y de mi terrible situación física… Cada despertar, por muy débiles que tenía los sentidos, era un verdadero martirio.
Entre la consciencia de la vigilia y el apagón del sueño, suele haber un momento de transición muy breve que siempre he intentado retener pero que siempre acaba por escaparse. Porque cuando las tinieblas te envuelven, desapareces.  Pero alguna vez… Alguna vez he estado a punto de atraparlo. Es más, por décimas de segundos, por milésimas quizá hasta he conseguido retenerlo. Te acuestas y, en la cama, piensas. Piensas y recuerdas.  Y dominas recuerdos y pensamientos, hasta que llega un momento en que son ellos los que te dominan a ti. Es en ese preciso instante en que la inconsciencia ha vencido a la consciencia pero aún no ha conseguido eliminarla del todo. Recuerdos y pensamientos se confunden con sonidos externos: el tráfico, la lejana bocina de un camión, campanadas anónimas... Quizá las últimas. Porque siempre dudas del regreso, del despertar. Y todo, todo, se cruza y amontona como en un palimpsesto.

Bombillas, lámparas… Llegarían hoy a casa, y yo aquí, sin poder salir… Una copia de un poema escrito por mi madre el mismo día que nació mi hermano… ¿lo recuerdas…? Setenta veces siete ¿Setenta…? No, no... lo correcto sería o setecientas o diez veces siete… Ya, sí, pero suena mejor así… El oído, claro… Qué aburrimiento. Lo peor es el aburrimiento. No, no seas ingenuo, es Graco, el cazador…  Pero, ¿quién es libre siendo inferior?... Antonio, mi amigo Antonio me lo ha dicho: esto es como en el Diario de la peste de Defoe. Sí, como en el siglo XVII. Lo mismo… carros atiborrados de cadáveres… solo que ahora no los ves. Pero existen… ―¿Tienes miedo, madre…? ―A mi edad no se teme mucho…London Bridge is falling, down falling down… Hasta el rumor del agua parece iluminarse.

Sí, llega un momento en que la consciencia se rompe, y el pensamiento, los recuerdos, se hacen añicos. Dejas de dominarlos. Yo he podido examinarlo… Sentirlo. ¡El plácido caos! Ese dejarse llevar… El caos del que venimos y al que volvemos. Al que pertenecemos. La vida no deja de ser un calvario tan intenso como inútil hacia el orden, un orden del que solo nos libramos con el sueño y, al final, con la muerte. El orden, sí. La consciencia. La lógica. Eso a lo que llamamos vida. Ese maldito sistema que nos esclaviza y martiriza: piensa por la mañana, actúa al medio día, come al atardecer, duerme por la noche… Pero hay un punto en que… Sí, yo lo he conseguido. Yo he tenido, he sentido, destellos de ese caos. El verdadero paraíso perdido, al que solo se regresa definitivamente con la muerte. Poco tiempo, cierto. Pero, sí, yo he llegado a palpar ese material de desecho, esos rastros fragmentarios… La materia, la verdadera materia de que están hechos los sueños.
―Hola, ¿qué tal hoy?
―No insistas, no te oye.
―¡Hola…!  ¿Hola..? Sí, no parece oírme…
Pero los oigo, claro que los oigo. Lejanos, pero los oigo. Y no solo los oigo, acierto a escuchar lo que dicen. Ellos creen que no, pero todavía, y aunque sea por momentos, me entero de todo.
―Entonces…
―Sí, a la UCI. Ya…
¿Dolor? ¿Angustia por el ahogo…? Sí, también el dolor y el ahogo, en ese preciso instante, van diluyéndose. Pero qué dicen estos tipos. Sanitarios, sin duda... Ahora veo, ahora alcanzo a ver algo. Qué nave tan grande. Camas, pijamas celestes, médicos… Lo había visto en la tele…  Pero qué asfixia, ¡qué terrible asfixia! Me llevan a la UCI, claro… Bueno, parece llegado el fin. Mejor. Moriré solo, sin familia. Pero solo, no por el coronavirus, sino porque no tengo a nadie. Siempre he estado solo…

Y si vuelvo a casa, el baño seguirá sin bombilla… Con el flexo… Hmm… ―¡Laufend!  ―Ya lo has oído: ¡En marcha! … ¡Qué asfixia…! Eduardo, tú por aquí! ―¿No lo sabías…? Estamos montando una sala VIPS, aquí, en el aeropuerto… Ya se acerca, ya se acerca ese mágico instante. Atento, tal vez sea el último… Y bajé. Bajé y la besé… Y entonces pregunté: ¿es que basta la firme convicción de que algo es tal cosa para que lo sea? Y respondió: Todos los poetas creen que sí…

―Pero queda una plaza, una sola plaza…
―Ya… Ya veo.
―Hay que elegir, ¡coño! ¡Otra vez tenemos que elegir…!
―No, perdona. No hay elección. Esta muy claro: primero aquel...
―¿Por ser quién es…?
―¡Ya basta, cabrón! No compliques las cosas… Es más joven que este pobre hombre… ¡Punto!

Bajó ella y bajé yo. Bajó y bajé. Bajé y me besó… Cris. ¡Cris, cariño…! ¡Mi auténtica venus alada…! Qué solo sin ti!


50 textos contra 
las umbrías tardes de confinamiento

(Servando Gotor)






domingo, 12 de abril de 2020

VIERNES DE PASIÓN DURANTE LA EPIDEMIA (Antonio Envid)



sgs


Paseaba Cristo su mirada por las calles vacías
Padre, aleja de mí este cáliz

Y el sol acudió a su cita en esa mañana de abril
y bañó las calles y plazas desiertas
Las gentes con el ánimo encogido, tras las ventanas
contemplaban un horizonte de tristeza

Padre, aleja de mí este cáliz

Quebrada la oración, rota la saeta
Gavillas de manos implorantes
Perdona a tu pueblo, Señor,
Tú que no existes

Padre, aleja de mí este cáliz

En los hospitales se libra la Pasión
Jeringuillas como clavos, sudarios como vendas
Silencios. Solo el goteo del dolor se atreve a taladrar
el espeso muro del silencio

Padre, aleja de mí este cáliz

Pero en el valle florecían los manzanos
en una locura de rosicleres,
aunque nadie contemplara su belleza
En esta dulce mañana de abril

Padre, aleja de mí este cáliz



sábado, 11 de abril de 2020

GRATIS EN AMAZON SOLO HOY, SÁBADO 11






ESPLÍN. 50 TEXTOS CONTRA LAS UMBRÍAS TARDES DE CONFINAMIENTO (Servando Gotor)

"ESPLÍN. 50 textos contra las umbrías tardes de confinamiento", recoge una excelente selección de prosas, prosas poéticas y poemas de Servando Gotor, presididos por una reflexión sobre el ser humano y su interior, no exenta en muchos casos de cierto humor negro que, en general, lejos de deprimir al lector consigue entretenerlo no solo con su propia lectura sino, sobre todo, con el poso de grandes interrogantes que casi todos sus contenidos provocan. Algo que siempre es de agradecer en tiempos tan difíciles como los que vivimos. Complemento ideal de estas prosas, nos lo proporciona también el ensayo del mismo autor "¿Crisis? Nunca pasa nada", también editado por lecturas-hispanicas.com en enero de 2013.


SERVANDO GOTOR es abogado y escritor. En su ya amplia obra literaria ha tratado todos los géneros, desde la poesía y el drama hasta el ensayo literario, filosófico y de ayuda. Su primera novela, "El amor y las moiras" estuvo en la selección finalista del Premio Planeta (1995) y del Azorín (1997). Como editor, tanto de autores clásicos como contemporáneos, lleva firmados más de setenta títulos.

lecturas-hispanicas.com

jueves, 9 de abril de 2020

ESPLÍN. 50 TEXTOS CONTRA LAS UMBRÍAS TARDES DE CONFINAMIENTO (Servando Gotor)



Monumento a los emigrantes (L. Sanguino, 1973 Nueva York)
Foto: sgs




Ya nadie se acordará


A las víctimas de guerras y pandemias
―que todo es uno―,
y a sus hijos.

Y, luego, cuando las lluvias
Hayan arrastrado los últimos restos de sangre
Del soldado muerto,
La mañana seguirá a la noche y la noche al día
Los niños saldrán de la escuela gritando y saltando
Y muchachos y muchachas se buscarán
Y buscarán ansiosos las sombras de la tarde.
Y ya nadie se acordará de que un día
No muy lejano
Hubo hombres que volvieron a matarse
Para que todo permaneciera igual
Y así seguirá el desgaste de la nueva paz
Germinando la semilla de una próxima
De otra inútil guerra.


(Servando Gotor, marzo, 2020)


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