jueves, 11 de junio de 2020

CONVERSACIONES DE ENAMORADOS (La náusea, Jean Paul Sartre)

El beso. Rodin, 1881 (Tate Modern, Londres)


No los escucho más: me irritan. Se acostarán juntos. Lo saben. 
Cada uno sabe que el otro lo sabe. Pero como son jóvenes, castos y decentes, como cada uno quiere conservar su propia estima y la del otro, como el amor es una gran cosa poética que es preciso no espantar, van varias veces por semana a los bailes y a los restaurantes a ofrecer el espectáculo de sus pequeñas danzas rituales y mecánicas... 
Después de todo hay que matar el tiempo. 
Son jóvenes y robustos, todavía tienen para unos treinta años. Entonces no se dan prisa, se demoran y no están equivocados. Cuando se hayan acostado juntos, habrá que buscar otra cosa para ocultar el enorme absurdo de la existencia. 
Con todo... es absolutamente necesario engañarse?


La naúsea
Jean Paul Sartre, 1931

sábado, 6 de junio de 2020

"OASIS". LAS DOS PRINCIPITAS DE ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY




Este maravilloso cuento está basado en una historia real, vivida por Antoine de Saint-Exupéry en Argentina. Las muchachas coprotagonistas del relato son las hermanas Susana y Edda Fuchs. Los argentinos dicen que está aquí la base de lo que luego sería "El principito". No está muy claro que esto sea así, pero lo que sí está claro es que se trata de una historia maravillosa.
A partir de las ideas que el propio Saint-Exupéry le presentó a Jean Renoir, el director Nicolás Herzog, en su película/documental "Vuelo nocturno" (2016), cuenta estos sucesos, con testimonios y documentos reales verdaderamente interesantes.


Os he hablado mucho del desierto, pero antes de seguir hablando de él, quiero describir un oasis. Y aquel cuya imagen quiero evocar no anda perdido en las profundidades del Sahara. Porque otro de los milagros del vuelo es que nos sumerge directamente en el corazón del misterio. Detrás de la ventanilla erais el biólogo que analiza el hormigueo humano, evaluando fríamente esas ciudades asentadas en sus llanuras, en el centro de los caminos que se abren en forma de estrella y las alimentan como arterias con la sabia de sus campos. Pero una aguja ha parpadeado en un manómetro y esa verde espesura se ha vuelto universo, y habéis quedado atrapado en el verde tapiz de un campo dormido.

No es la distancia la que mide el alejamiento. Un pequeño huerto doméstico puede encerrar más secretos que la Muralla China, y el alma de una niña está mejor protegida por el silencio que los oasis saharianos por el espesor de sus arenas.

Os contaré una breve escala que hice en alguna parte del mundo que, si bien estaba cerca de Concordia, en Argentina, podría haber sido en cualquier otro sitio: el misterio se extiende así por todo el mundo.

Había aterrizado en medio de un campo y no sabía que lo que me esperaba era un cuento de hadas. El viejo Ford en el que íbamos no tenía nada de particular, como no lo tenía el matrimonio que me había auxiliado:

-Le acomodaremos esta noche en nuestra casa.

Y en un recodo del camino la luz de la luna descubrió un bosquecito, y detrás, una casa. ¡Pero qué casa tan extraña! Fornida, maciza, casi una fortaleza. Castillo legendario que ofrecía, franqueada la muralla un refugio tan pacifico, seguro y protegido como un monasterio.

Aparecieron entonces de muchachas, que me miraron serias como dos jueces en el umbral de un reino prohibido. La más joven hizo una mueca y golpeó el suelo con una vara de madera verde. Hechas las presentaciones me tendieron sus manos en silencio y con aire de curiosidad y desafío. Luego desaparecieron.

Aquello me causó asombro y gracia a un tiempo. Todo era simple, silencioso y enigmático, como la clave de un secreto.

-¡Son unas fierecillas! - dijo el padre sin darle mayor importancia.

Y entramos. 

De Paraguay me llamó la atención esa graciosa hierba que se asoma la nariz entre el pavimento urbano y que, desde el invisible bosque virgen, se acerca a ver si los hombres todavía siguen en la ciudad o ha llegado la hora de deshacerse de todas esas piedras. Me gustaba esa forma de abandono que mostraba tanta riqueza. Pero aquí quedé maravillado.

Todo estaba en ruinas. Pero lo estaba adorablemente, como un viejo árbol vestido de musgo al que la edad ha resquebrajado un poco. Como esos bancos de madera que frecuentan los enamorados desde hace diez generaciones. Los revestimientos de madera estaban gastados, las puertas carcomidas, las sillas tambaleantes. Y aunque nada se reparaba todo se limpiaba con fervor. Todo estaba pulcro, brillante y pulido.

El salón adquiría un rostro de extraordinaria intensidad, como el rostro de una anciana con arrugas. Yo admiraba todo: las paredes cuarteadas, las grietas del techo, los desgarros del cielo graso, pero sobre todo ese suelo hundido aquí, inseguro como una pasarela allá, pero siempre bruñido, encerado y lustroso. Curiosa casa, pues no evocaba ni negligencia ni abandono, sino un respeto extraordinario. Con toda seguridad, cada año se añadía algo a su encanto, a la complejidad de su rostro, al fervor de su acogedor ambiente y, por supuesto, a los riesgos del trayecto que había que emprender desde el salón al comedor. 

-¡Cuidado!

Era un agujero, y se me advirtió de podría romperme fácilmente una pierna. Pero nadie era responsable de ese agujero: era obra del tiempo. Tenía el aire de esos grandes señores que desprecian toda excusa. De hecho ni siquiera se me decía:

-Podríamos tapar todos esos agujeros, somos ricos, pero…

Como tampoco se me decía -y sin embargo era cierto-:

-Tenemos esto alquilado al ayuntamiento durante treinta años. A él le compete repararlo. Pero aquí nadie da su brazo a torcer.

Se despreciaba la mínima explicación y tanta soltura me encantó. Como mucho me dijeron:

-Todo está algo descuidado.

Pero en un tono tan ligero que no parecía preocuparles mucho. ¿Se imagina un grupo de albañiles, carpinteros, ebanistas o yeseros derrumbando ocupando en este pasado sus sacrílegas herramientas, y dejando esta casa tan desconocida que creeríamos estar de visita? ¿Una casa sin misterios, sin rincones, sin trampas bajo los pies y sin escondrijos? ¿Una especie de Sala de Plenos?

No era de extrañar que las muchachas hubieran desaparecido en esta casa de tantos rincones. Y me imaginaba cómo serían las azoteas si el salón ya contenía toda la variedad propia de los desvanes. Cuando ya se adivinaba que del armario más pequeño, entreabierto, se desprenderían puñados de cartas amarillentas, recibos del bisabuelo, llaves que ya no encontrarían cerraduras en toda la casa, maravillosamente inútiles y que solo sirven para distraer nuestra razón con oscuros subterráneos, y escondidos cofres repletos de luises de oro.

-¿Vamos a la mesa? 

Y por el camino, respiré de habitación en habitación, esparcido como un incienso, ese olor a rancia biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo. Pero lo que más me atraía era el efecto de las lámparas. Verdaderas lámparas pesadas que se transportaban de una a otra habitación como en los tiempos más recónditos de mi infancia, y que proyectaban en las paredes sombras maravillosas. Reflejábamos en ellas ramilletes de luz y palmas negras. Luego, una vez fijadas, se inmovilizaban las zonas de claridad y esas vastas reservas de noche en todo alrededor, donde crujía la madera. 

Las dos muchachas reaparecieron tan misteriosa y silenciosamente como se habían desvanecido. Se sentaron graves a la mesa. Sin duda ya habían alimentado a sus perros, a sus pájaros, abierto sus ventanas a la noche clara y saboreado en el viento de la tarde el olor de las plantas. Ahora, al desplegar sus servilletas, me miraban con el rabillo del ojo discretamente, preguntándose si añadirme o no a su lista de mascotas. Porque también tenían una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y algunas abejas. Todos ellos mezclados sin orden alguno, pero entendiéndose a las mil maravillas y componiendo un nuevo paraíso terrestre. Reinaban sobre todos los animales de la creación, encantándoles con sus manitas, alimentándolos, dándoles de beber y contándoles historias que desde el hurón hasta las abejas, todo escuchaban con atención. 

Y yo esperaba ansioso cómo las dos jóvenes emitirían ante el hombre que tenían enfrente un juicio rápido, secreto y definitivo, con todo su espíritu crítico y toda su finura. En mi infancia, mis hermanas evaluaban a todos aquellos invitados que honraban nuestra mesa por vez primera. Y cuando la conversación decaía, se oía de repente, en el silencio resonar un "¡once!" que nadie entendía, salvo mis hermanas y yo. 

Mi experiencia en este juego, me turbaba un poco. Y me sentía más molesto a ver tan despiertos a mis jueces. Jueces que saben distinguir a las sagaces alimañas de los animalitos ingenuos; que interpretan en las huellas de su zorro si está o no de buen humor, y que poseen un gran conocimiento de los movimientos interiores.

Me encababan esos ojos tan despiertos y esas pequeñas almas tan derechas. Pero hubiera preferido que jugaran a otra cosa. Sin embargo, y por miedo del "once", yo les acercaba la sal y les servía el vino, pero al cruzarme con sus miradas, encontraba en las suyas todo el rigor de los jueces insobornables.

Hasta los mismos halagos hubieran resultado inútiles. Ignoraban la vanidad. La vanidad, pero no el orgullo, pues se veían a sí misma, sin necesidad de mi ayuda, mucho mejor de lo que me hubiera atrevido a decirles yo. No pensaba siquiera sacar partido de mis destrezas, entre ellas trepar hasta las últimas ramas de un plátano solo para controlar si los pichones se empluman, o simplemente para saludar a mis amigos.

Y mis dos hadas silenciosas vigilaban siempre tan bien mi comida que me encontraba a menudo con su mirada furtiva. Dejé de hablar. Se hizo un silencio y en tal silencio algo silbó ligeramente sobre el entarimado, murmuró bajo la mesa y luego calló. Levanté los ojos, curioso. 

Entonces, la menor, dando un mordisco al pan con sus jóvenes dientes salvajes, satisfecha sin duda de su juego y poniéndome a prueba, me explicó con una inocencia con la que esperaba dejar estupefacto al bárbaro, si es que yo lo era:

―Son las víboras.

Y se calló satisfecha, dando por hecho que dicha explicación era suficiente para cualquier que no fuera demasiado tonto. La hermana echó un vistazo rápido para juzgar mi primer movimiento, y ambas inclinaron hacia su plato la cara más dulce e ingenua del mundo.

―¡Ah, son las víboras!

Evidentemente, esas palabas las dije yo. Se habían resbalado sobre mis piernas, me habían rozado las pantorrillas, ¡y eran víboras…!

Afortunadamente para mí, sonreí. Y, además, sin ningún esfuerzo, ya que ellas se hubieran dado cuenta. Sonreí porque estaba satisfecho, porque esa casa me gustaba, decididamente, y más conforme pasaban los minutos y porque yo también tenía ganas de saber algo más acerca de las víboras.. La mayor vino en mi ayuda.

―Tienen su nido en un agujero bajo la mesa.

―Sobre las diez de la noche, regresan ―añadió la hermana―. Cazan de día.

A mi vez, sigilosamente, miré a las dos jóvenes. Su finura, su risa silenciosa detrás de sus rostros apacibles. Y admiré esa majestad que ejercían.

Hoy sueño. Todo aquello queda muy lejano. ¿Qué habrá sido de esas dos hadas? Sin duda se habrán casado. Pero entonces, ¿habrán cambiado? Es cosa seria pasar de muchacha a mujer. ¿Qué harán en otra casa? ¿Qué será de sus relaciones con las hierbas silvestres y con las serpientes? Estaban mezcladas a lago universal.

Pero llega un día en que la mujer se despierta dentro de la muchacha. Soñamos disfrutar finalmente de los diecinueve. Los diecinueve pesan en el fondo del corazón. Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez los ojos tan despiertos se equivocan y lo iluminan con bellos colores. Al imbécil, si dice versos, se lo cree poeta. Se piensa que comprende los pisos agujereados, se cree que ama a los hurones. Se cree que lo halaga la confianza de una víbora que cimbrea bajo la mesa, entre sus pies. Se le entrega el corazón, que es un jardín salvaje, a él, que solo aprecia los parques cuidados, y el imbécil se lleva esclava a la princesa.


ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY
Oasis 
(Capt. V de Tierra de hombres)



jueves, 21 de mayo de 2020

LOS DÍAS MUERTOS (Antonio Envid)



https://goo.gl/photos/QFyJNSd1fAbjFP92A
sgs

Todos los días han sido míos
Todos
Sin renunciar a ninguno de ellos

Los días huecos, sin sentido
Y también aquellos que parecían
ser plenos y quizá no lo fueron
Los días felices, que también los hubo
Y los amargos

Todos los días han sido míos
Pero ahora los atardeceres
Se tiñen de tristeza
Y siempre la misma pregunta
¿A dónde van los días cuando mueren?

Antonio Envid


martes, 19 de mayo de 2020

EPIDEMIAS HACE 2500 AÑOS. NADA HA CAMBIADO. UN TESTIMONIO DE PRIMERA MANO: TUCÍDIDES


Atenas, siglo V antes de Cristo. El testimonio de primera mano de un enfermo: el propio Tucídides, en el Libro II de su "Guerra del Peloponeso":  desconocimiento, desorientación, los médicos las principales víctimas, recurso inicial a ayudas espirituales y material desenfreno final.
Eso sí, entonces no tenían test...  Algo hemos avanzado. 

46. Pocos días después, sobrevino a los Atenienses una epidemia muy grande (...). Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad, y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos. No aprovechaba el arte humana ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones, ni otros medios de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y, vencidos del mal, se dejaban morir. 

47. (...) Poco después, invadió la ciudad alta, y de allí se esparció por todas partes, muriendo muchos más. Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina y el que no sabe nada de ella declare si es posible entender de dónde vino este mal y qué causas puede haber bastantes para hacer de pronto tan gran mudanza. Por mi parte diré cómo vino, de modo que cualquiera que leyere lo que yo escribo, si de nuevo volviese, esté avisado, y no pretenda ignorancia. Hablo como quien lo sabe bien, pues yo mismo fui atacado de este mal y vi los que lo tenían.

50. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión ni buen régimen para eximirse del mal. Lo más grave era la desesperación y la desconfianza del hombre al sentirse atacado, pues muchos, teniéndose ya por muertos, no hacían resistencia ninguna al mal. Por otra parte, la dolencia era tan contagiosa que atacaba a los médicos. A causa de ello muchos morían por no ser socorridos, y muchas casas quedaron vacías. Los que visitaban a los enfermos morían también como ellos, mayormente los hombres de bien y de honra que tenían vergüenza de no ir a ver a sus parientes y amigos, y más querían ponerse a peligro manifiesto que faltarles en tal necesidad. A todos contristaba mal tan grande, viendo los muchos que morían, y los lloraban y compadecían. Mas, sobre todo, los que habían escapado del mal, sentían la miseria de los demás por haberla experimentado en sí mismos, aunque estaban fuera de peligro, porque no repetía la enfermedad al que la había padecido, al menos para matarle; por lo cual tenían por bienaventurados a los que sanaban, y ellos mismos por la alegría de haber curado presumían escapar después de todas las otras enfermedades que les viniesen.

51. (...) Nadie se cuidaba de religión ni de santidad, sino que eran violados y confusos los derechos de sepulturas de que antes usaban, pues cada cual sepultaba los suyos donde podía. Algunas familias, viendo los sepulcros llenos por la multitud de los que habían muerto de su linaje, tenían que echar los cuerpos de los que morían después en sepulcros sucios y llenos de inmundicias. Algunos, viendo preparada la hoguera para quemar el cuerpo de un muerto, lanzaban dentro el cadáver de su pariente o deudo, y la ponían fuego por debajo; otros lo echaban encima del que ya ardía y se iban.

52. Además de todos estos males, fue también causa la epidemia de una mala costumbre, que después se extendió a otras muchas cosas y más grandes, porque no tenían vergüenza de hacer públicamente lo que antes hacían en secreto, por vicio y deleite. (...) Y pues la cosa pasaba así, les parecí mejor emplear el poco tiempo que habían de vivir en pasatiempos, placeres y vicios.



La Guerra del Peloponeso, II
(Tucídides)



sábado, 9 de mayo de 2020

TRAGEDIAS DE LA VIDA VULGAR (Antonio Envid)



 FOTO: NDREA FASANI / EFE / EPA

¡Dios mío, qué tragedia! Mire, mire usted, qué desastre. Con la compañía que me hacía. Cuando asomaba la luz de la mañana en el dormitorio solitario, no tenía ánimos para levantarme de la cama. El dormitorio desierto, lleno de sombras, las malas sombras del duermevela y del insomnio de la larga noche, que ni siquiera la luz del día llega a disipar. Como un muro, como un muro de cemento se alza el día. No me habría levantado la mitad de las veces. Se lo juro, no tengo fuerzas.  Pero pensaba, el pajarico me está esperando, tengo que limpiarle la jaula, cambiarle el agua, ponerle grano, estará inquieto, pobrecico, mira que si un día no puedo levantarme y arreglarlo, qué será de él. Me necesita. Y hacía un esfuerzo, primero sentarme al borde del colchón, luego, otro esfuerzo, ya estoy en pie, los primeros pasos, torpes ¿sabe usted? porque las bisagras están todas oxidadas. Es la edad, dice el médico, tómese estas pastillicas, le irán bien, son de calcio con no se qué. Nada, no me hacen nada, cada vez me cuesta más dar esos primeros pasos, pero luego, la verdad, una vez que se calienta el cuerpo, pues ya va mejor. ¿Qué le estaba diciendo? Ah, sí, que el pajarico me obligaba. Y luego, después yo le hablaba mientras le limpiaba la jaula y él echaba a cantar. Qué cantos, qué alegría. La cardelina más cantora que haya visto y oído usted, la más garbosa, había ganado concursos, tenía más arreos que ninguna otra. Qué trinos más melodiosos, cómo me alegraba el día. Cuando la sacaba a la ventana, mientras regaba los geranios, atronaba con sus cantos a toda la vecindad. La gente me decía, qué pájaro más alegre tienes Albertina, y yo les contestaba orgullosa, es de raza de cantores, todos con medallas, es lo que me queda de mi hermana. Y ahora, ya ve usted, unas plumas y unos colgajillos sanguinolentos de carne. No llegué a tiempo. Ese monstruo, la picaraza, negra como el pecado, ha metido el pico por las rejas de la jaula y ha destrozado al pobre pajarico. Pero si no tenía carnes ni para un picotazo. Cómo puede haber tanta maldad en el mundo. Dios mío, es el Mal, que se ha apoderado de todo. Yo que le juré a mi hermana, que marchara tranquila, que yo me ocuparía de la cardelina. Bueno, ella seguro que me dijo en sus últimos momentos, Albertina, sobre todo cuida del pajarico, pobrecico, que no tiene a nadie nada más que a las dos, y ya ves, yo me voy, pero me voy tranquila porque sé que queda en buenas manos. Esas serían sus últimas palabras, aunque yo no las oí. Ni yo ni nadie, porque murió sola, qué tristeza más grande, sola, rodeada de tubos, sin una mano que estrechar al marcharse. Murió en una de esas tétricas ucis, que llaman. Se la llevó la epidemia. Ni siquiera pudimos darle un entierro de cristianos. Nada, una caja con cenizas. Y ahora, esto, lo único que me quedaba de ella. Parece que mientras viviera el pajarico, algo de ella estaba con nosotros. Su alegría había quedado en el animalico. Porque ¿sabe usted? mi hermana era muy alegre, siempre estaba cantando y cuando yo escuchaba a la cardelina, la escuchaba a ella cantar, aunque ya nos hubiera dejado. Con qué inquina el mal se está cebando con nosotros, ¡Dios mío, qué cosas habremos hecho para merecer tanto castigo! El Maligno es quien manda ahora en el mundo. Qué estará pensando mi hermana, cuando haya visto mi descuido. ¡Ay, qué será de mí ahora! además de quedar sola, la carga de la culpa por no haber sabido cuidar del pobre pajarico.



martes, 5 de mayo de 2020

UNA NUEVA NORMALIDAD (Antonio Envid)

Foto: sgs

La principal arma de los políticos es la palabra. Ellos lo saben muy bien. Si siempre han subvertido el lenguaje, en estos momentos se está llegando a una de las cumbres de este proceso. Tras superar los momentos más complicados de la epidemia se habla de que estamos volviendo a una nueva normalidad. ¿En qué consistirá esta “nueva normalidad”? Porqué normalidad es lo habitual, lo que realizamos o apreciamos a diario, también, lo que sirve de norma o regla, de modo que esta “nueva normalidad”, para que sea nueva, tendrá que ser precisamente lo que hasta ahora hemos considerado como anormal. Hábitos distintos y parámetros nuevos para medir lo que entra en el terreno de lo normal y distinguirlo de lo que es extraordinario o anormal. Con esta nueva normalidad entramos en el mundo de lo anormal, o lo que es lo mismo, un mundo donde lo que percibíamos como algo natural será ahora algo fuera de lo común, y lo que hasta ahora veíamos como habitual se convertirá en infrecuente. 
Pero, además, con esta “nueva normalidad” corremos el riesgo de que se abra la puerta otra vez al “hombre nuevo”. No el hombre nuevo con el que soñaba Nietzsche, el Übermensch que ha alcanzado un grado superior de moralidad y espiritualidad, si no esa degeneración, el hombre nuevo que han preconizado todas los totalitarismos, de derechas y de izquierdas, el hombre nuevo de los nazis, capaz de las mayores aberraciones en pro de su patria y de su raza, más bien de lo que los jerarcas definían como el ideal de la patria y la superioridad de una pretendida raza; o el hombre nuevo soviético, alguien carente de pensamiento propio, cuya conciencia ha sido sustituida por el dogma del partido. 
A esta nueva normalidad nos llevará un proceso de “desescalada”, nuevo término acuñado por el Gobierno como sí nuestro rico castellano no tuviera palabras para expresar una vuelta a un estado de cosas. Pero claro, no es volver a lo habitual, sino, como se nos ha dicho, una nueva normalidad, sería pues un camino a recorrer hacía ese nuevo statu quo. Desescalada significará lo contrario a escalada, o sea, descenso. Vuelta a la realidad, convulsionada ahora por esta enorme tragedia que está viviendo el país. Pero, claro, este descenso lleva a una realidad que se antoja bastante menos amable que la anterior a la tragedia, y eso no es algo que pueda complacer a los políticos, ávidos siempre de discursos triunfalistas. Sin embargo, no sé por qué desescalada me recuerda a descalabro, desequilibrio, y creo que aquí no han estado muy acertados al inventar la palabra. 
Mantener la distancia social parece ser el único remedio para la enfermedad, pero la distancia social también puede servir para objetivos menos confesables, evitar que la gente se reúna, que trabe contactos e intercambie ideas, y que, en definitiva, llegue a la conclusión de que tiene que rebelarse ante el autoritarismo que asoma a lo lejos. 
Prefiero no hablar de escalofriantes vocablos puestos en circulación en estos alterados tiempos, como “triaje” o “techo terapéutico”.



                                  

 

lunes, 4 de mayo de 2020

APLAUSOS COVID 19 - LA OPINIÓN DE UN NOBEL (Albert Camus)



Foto: sgs

Mutatis mutandis, he aquí lo que sería la opinión de Albert Camus (1913-1960), sobre los aplausos que hoy concitan a muchos ciudadanos a los ocho de la tarde. Convendrá no obstante advertir que no puede identificarse la opinión de un personaje de ficción con la de su creador; y que hasta el narrador de una novela no deja de ser sino un personaje más de la misma y, por tanto, igual de ficticio. 
Los testimonios de otras épocas o de otros espacios geográficos, revelan que las diferencias que nos separan de nuestros antepasados o de nuestros antípodas son mínimas, y que todo se repite, salvando eso sí las distancias (no tan importantes) del momento histórico o del contexto geográfico en que se produzcan. A fin de cuentas, la naturaleza humana, por muchas diferencias que presente (y las presenta) es siempre esencialmente la misma. Las películas de Hollywood también nos enseñan que los humanos de este siglo o del anterior, estemos donde estemos, lloramos y nos reímos -en general- por lo mismo.
Dicho lo cual, esta es la opinión del narrador/cronista de "La peste" (1947), novela fundamental del existencialismo, en la que se nos describe una supuesta epidemia padecida en Orán (Argelia) en los años 40 del siglo pasado. Que la opinión del narrador coincida en este caso con la del autor, pocas dudas puede ofrecer en novelas de tesis y pensamiento (filosóficas, en suma), cuando a mayor abundamiento, quien la vierte no es un personaje más, sino -insisto- el que cumple la función de "narrador".
En todo caso, no deja de ser una opinión. Eso sí, debidamente fundamentada y, por supuesto, de un pensador tan cualificado como Albert Camus.

* * *

La intención del cronista no es dar aquí a estas agrupaciones sanitarias más importancia de la que tuvieron. Es cierto que, en su lugar, muchos de nuestros conciudadanos cederían hoy mismo a la tentación de exagerar el papel que representaron. Pero el cronista está más bien tentado de creer que dando demasiada importancia a las bellas acciones, se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones sólo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. 

Esta es una idea que el cronista no comparte. El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombres son más bien buenos que malos, y, a decir verdad, no es esta la cuestión. Sólo que ignoran, más o menos, y a esto se le llama virtud o vicio, ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible. 

Por esto nuestros equipos sanitarios que se realizaron gracias a Tarrou deben ser juzgados con una satisfacción objetiva. Por esto el cronista no se pondrá a cantar demasiado elocuentemente una voluntad y un heroísmo a los cuales no atribuye más que una importancia razonable. Pero continuará siendo el historiador de los corazones desgarrados y exigentes que la peste hizo de todos nuestros conciudadanos. 

Los que se dedicaron a los equipos sanitarios no tuvieron gran mérito al hacerlo, pues sabían que era lo único que quedaba, y no decidirse a ello hubiera sido lo increíble. Esos equipos ayudaron a nuestros conciudadanos a entrar en la peste más a fondo y los persuadieron en parte de que, puesto que la enfermedad estaba allí, había que hacer lo necesario para luchar contra ella. Al convertirse la peste en el deber de unos cuantos se la llegó a ver realmente como lo que era, esto es, cosa de todos. 

Esto está bien; pero nadie felicita a un maestro por enseñar que dos y dos son cuatro. Se le felicita, acaso, por haber elegido tan bella profesión. Digamos, pues, que era loable que Tarrou y otros se hubieran decidido a demostrar que dos y dos son cuatro, en vez de lo contrario, pero digamos también que esta buena voluntad les era común con el maestro, con todos los que tienen un corazón semejante al del maestro y que para honor del hombre son más numerosos de lo que se cree; tal es, al menos, la convicción del cronista. Éste se da muy bien cuenta, por otra parte, de la objeción que pueden hacerle: esos hombres arriesgan la vida. Pero hay siempre un momento en la historia en el que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro está condenado a muerte. Bien lo sabe el maestro. Y la cuestión no es saber cuál será el castigo o la recompensa que aguarda a ese razonamiento. La cuestión es saber si dos y dos son o no cuatro. Aquellos de nuestros conciudadanos que arriesgaban entonces sus vidas, tenían que decidir si estaban o no en la peste y si había o no que luchar contra ella. 

(...)


(Albert Camus, 1947)


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