sábado, 9 de octubre de 2021

SOTILEZA: El velo de Silda (Servando Gotor)

 




3. El velo de Silda. Una pincelada de Modernidad y simbolismo avant la lettre

 

 

Pocas veces habrá llegado el arte de la pluma a representar

con tanta belleza un carácter en embrión y un carácter original y fuerte,

 como va a ser el de Sotileza, con tan pocos rasgos y tan exteriores

(Clarín)

 

 

Una de las obsesiones de la Modernidad, si no la principal, es el mundo interior, el yo interior. Marcel Proust dedicó a esta obsesión una de las grandes obras maestras de la literatura: A la busca del tiempo perdido[1].

Pereda, en Sotileza, va más hacia la búsqueda del espacio perdido. Nótese bien la diferencia: Proust no busca tanto los lugares de su niñez como el yo inespacial de su infancia. Porque nuestros recuerdos no son espacio sino tiempo. Su medio vital es el tiempo, consiguiendo con los resortes de la memoria que lo que vivimos ayer podamos revivirlo hoy, con mayor o menor fidelidad, con mayor o menor intensidad.  

Se trata, en realidad, de valorar más el mundo interno que el externo. La imaginación a la vivencia. Se llega a mantener que  todo lo imaginado es vivencia, pero no toda vivencia contiene imaginación. Y esta transciende a aquella. Proust pone en su obra multitud de ejemplos. Así, en una de sus novelas (Por la parte de Swan), el protagonista sufre lo indecible por el amor no correspondido hacia Odette. Al final de la narración reflexiona, y concluye: ¡Y pensar que he echado a perder varios años de mi vida, que he querido morirme, que he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era de mi tipo! [2] Esta afirmación no hace sino acreditar una realidad: que en el amor es más importante el sentimiento o la sensación interna que la experiencia externa: cuando estamos enamorados de una mujer no hacemos otra cosa que proyectar en ella un estado de nuestra alma[3]. Afirmación que quizá contenga una de las tesis fundamentales de la obra de Proust, y que reitera una y otra vez de las formas más variadas. Por ejemplo al sentenciar que, de las cualidades del ser amado, son muy pocas las que realmente le corresponden: en su mayor parte son creación nuestra[4].  Nada nuevo en todo caso, ya que desde antiguo se viene afirmando que "el amor es ciego", y así lo han venido representado multitud de artistas y afirmando numerosos pensadores, muchos filósofos, y multitud de poetas: que toda nuestra realidad ―o la más importante de nuestras realidades― es interiorización, creación interna nuestra.

Y como todo es interiorización, lo externo se queda en un mero pretexto, una coartada o, incluso, una motivación para esa elaboración personal. Y hasta tal punto es ello así que la realidad externa siempre, o casi siempre, decepciona.  De hecho, en otra de las novelas del ciclo (A la sombra de las muchachas en flor), analiza Proust la percepción que tuvo de adolescente al cruzarse por la playa con un grupo de niñas: unas muchachas que, de lejos, me habían parecido fascinantes[5]. Se trataba de una visión colectiva y distante y, como tal, a todas las recordó hermosas: aún no había individualizado a ninguna[6]. Pero en los días siguientes volvió a cruzarse con el mismo grupo y, conforme iba concretando poco a poco los rasgos de cada una, ninguna resultaba tan cautivadora como en aquella primera visión fugaz, colectiva y difuminada. De hecho, cuando consigue que le presenten personalmente a la que en esas visiones lejanas más hermosa le había parecido, se produce el desencanto: el conocimiento real pone fin, para nosotros, no solo a las penosas búsquedas ―cosa que solo puede llenarnos de alegría― sino también a la existencia de cierto ser, ese que nuestra imaginación había desnaturalizado[7]. La lejanía es la mejor aliada de la belleza porque excita nuestra imaginación.

Abundando en esto, un antiguo poeta ruso contaba que cuando por la calle caminaba detrás de una mujer a la que no conseguía ver el rostro, su interés por ella crecía y su imaginación se enardecía imaginando miles y miles de facciones hermosas.  Si pensaba mucho en esto, acababa por desistir de ver a la mujer, porque por muy hermosa que fuera, aunque fuera la más bella del mundo, esa concreta belleza nunca podría igualar a las miles y miles, a las infinitas facciones maravillosas que su mente había forjado. En el momento en que conseguía ver el rostro de la mujer desconocida (un verdadero choque, un auténtico shock), las miles de hermosas caras que revoloteaban por su cabeza como inaprensibles mariposas, se disolvían en un solo y hasta accesible rostro, en una sola y abordable mujer. Hermosa, sí, pero nunca comparable a las infinitas bellezas que habían pasado por su cabeza. La realidad es única y limitada mientras la imaginación, en cambio, es diversa e infinita. Y lo peor: el encuentro con lo real diluye la riqueza de toda creación interior. Diagnóstico fatal, porque nuestro yo sensible vive encarcelado en esa realidad. Y en ese afán de liberación interna, en ese yo interior e insensible que pugna por escapar, reside el secreto del arte, de su inmortalidad.

 Y lo dicho sobre la belleza de la mujer es, por supuesto, extensible a todo lo demás. Por ejemplo a los viajes, a las ciudades, los paisajes…  Todo lo elaboramos interiormente, lo "idealizamos", de tal forma que la realidad nunca puede superarlo.

Pues bien, el descubrimiento del yo interno, su primacía sobre la realidad externa, o mejor dicho, el protagonismo que el arte ha dado a la "expresión" de ese yo interno, el caso que se le ha hecho, se exprese como se exprese, se entienda o no se entienda, llegue al receptor o no llegue… todo esto, marca la diferencia entre la Modernidad y cuanto le precede. Por supuesto, siempre con valiosísimas excepciones: el romanticismo lo atisbó, pero se quedó solo en el umbral. Tuvieron que llegar voces como la de Baudelaire y los simbolistas para frenar al arte de sus ímpetus realistas y naturalistas, analistas e integristas de lo real, alertándoles de que lo importante no era retratar esa realidad externa (para eso ya estaba la cámara oscura, invento de la época) sino intentar extraer, escarbar, analizar y explorar nuestro interior.  Y para ello, nada como la obra inacabada o, mejor aún, nada como la obra abierta…  El matiz, no el color, es lo que nos interesa, dirá Verlaine en su célebre poema L'art Poétique: También deberás buscar / palabras que se presten a equívoco: / nada más valioso que la canción gris,/ donde lo Indeciso se une a lo Preciso. / Es como unos bellos ojos tras unos velos… La sugerencia, más que la afirmación. El velo más que la imagen nítida. Porque la claridad ahoga nuestra imaginación. La aplasta y extermina.

El escritor realista, y especialmente el naturalista, explora la realidad externa como Zola la estación de San Lázaro: a pie de campo. Máquina de fotos a mano, papel y bolígrafo, tomando notas, la mirada atenta, inquisitiva. Todo para conseguir escenas como esta:

 

Roubaud siguió con la mirada la máquina de maniobras, una pequeña máquina ténder, de tres ruedas bajas y apareadas, que comenzaba a desenganchar el tren, ágil, laboriosa, empujando los vagones sobre las vías de los depósitos. Otra máquina de gran potencia, una máquina de exprés, con dos grandes ruedas devoradoras, esperaba sola, arrojando por su chimenea un espeso humo negro, que subía recto, con lentitud en el aire tranquilo. Pero toda la atención de Roubaud se concentró en el tren de las tres y veinticinco, con destino a Caen, lleno de viajeros y que solo esperaba su máquina.[8]

 

Al escritor moderno, sin embargo, nada de esto le interesa. Cierra los ojos a la realidad que le circunda y vuelve la mirada hacia su interior. Bastándole un olor, un sabor, o una frase musical, para que obre en él el milagro de un estremecimiento muy superior al que pudieran producirle todos los ruidos y colores, o todas las sensaciones que el mundo externo le ofrece. Se trata de la evocación que ese aroma, ese sabor o esas notas musicales le producen: recuerdos tan vibrantes, tan sólidos, que más parecen vivencias (re-vivencias, repetidas vivencias, ya experimentadas) de un yo profundo. Es la memoria involuntaria. Veamos el ejemplo de la famosa magdalena de Proust, cuyo sabor le transporta hacia cruciales momentos de su niñez:

 

… me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo… Bebo un segundo sorbo… un tercero, que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir. Es evidente que la verdad que busco no está en él, sino en mí… Dejo la taza y vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no ha de servirle para nada. ¿Buscar? Más aún: crear.[9] 

 

Note bien el lector: entre el texto de Zola (1880) y el de Proust (1913) media una diferencia de más de treinta años. Y, además, qué treinta años: los de la crisis de fin de siècle. Esa crisis de valores, de lenguaje, esa crisis brutal que desembocará en la Primera Guerra Mundial: la Gran Guerra.

Pues bien, en Pereda, en realidad un escritor adelantado a su tiempo (y mucho más de lo que pueda parecer),  pero de su tiempo, encontramos textos naturalistas y textos ya muy parecidos a los que la modernidad deparará. Así, sin salirnos de Sotileza, vemos que el grado de observación, análisis y descripción de los pataches en nada tiene que envidiar al empleado por Zola para los trenes:

 

El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo de bergantín-goleta…  puede afirmarse que el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres; a lo más, seis, o cinco y medio: el patrón tiene a popa su departamento especial, con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontonan en el rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo a lo ancho, a lo largo y a lo profundo, con dos a modo de pesebres a los costados. En estos pesebres se acomodan los marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan, pues son allí tan raras como las onzas de oro las mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada; tapa unas veces de corredera y otras de bisagras. De cualquier modo, si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire, y si la tapa se deja a medio correr o levantada, entran la lluvia y el frío, y el sol, y las miradas de los transeúntes; porque el patache, en los puertos, siempre está atracado al muelle. (Capt. X).

 

Para escribir esto nos imaginamos a Pereda en los muelles como a Zola en la estación de San Lázaro: a pie de campo, con el cuaderno de notas en la mano. Y puede que en este caso fuera así. Pero en la mayor parte de su obra, Pereda no nos habla de algo que haya investigado y analizado, sino de algo que ha vivido. Mejor aún: de algo que recuerda,  y en el recuerdo lo analiza. No es lo mismo. No es lo mismo retratar la realidad que analizar el recuerdo.

Por eso es fácil encontrar en su obra textos de corte intimista que se acercan ya a la modernidad. Como cuando Andrés ve de cerca la muerte, una muerte por agua que acecha a los pobres marinos que tiene al lado:

 

¿cabía imaginar un desamparo, una soledad, un desconsuelo más espantoso en derredor de un hombre para morir? Enseguida pasaron por su memoria, en triste desfile, los mártires que él recordaba de la numerosa legión de héroes, a la cual pertenecían los desventurados que le rodeaban, destinados quizá a desaparecer también, de un momento a otro, en aquel horrible cementerio. Y los vio, uno por uno, luchar brevísimos instantes, con las fuerzas de la desesperación, contra el inmenso poder de los elementos desencadenados; hundirse en los abismos; reaparecer con el espanto en los ojos y la muerte en el corazón, y volver a sumergirse para no salir ya sino como informe despojo de un desastre, flotando entre los pliegues de las olas y arrastrados al capricho de la tempestad.

Y viéndolos a todos así, llegó a ver a Mules; y viendo a Mules, se acordó de su hija; y acordándose de su hija, por una lógica asociación de ideas, llegó a pensar en todo lo que le había pasado y fue causa de que él se viera en el riesgo en que se veía, y entonces, a la luz que solo perciben los ojos humanos en las fronteras de la muerte, estimó en su verdadera importancia aquellos sucesos; y se avergonzó de sus ligerezas, de su insensatez, de sus ingratitudes, de su última locura, causa, quizá, de la desesperación de sus padres; y volvió su mortal naturaleza a reclamar sus derechos; y amó la vida, y le espantaron de nuevo los peligros que corría en aquel instante (Capt. XXVIII).

 

En todo caso, cierto es que Pereda, vive inmerso todavía en esa época de hartazgo realista (sumergido en él) que se extrema y culmina con el naturalismo. Hartazgo que nos llevará, como reacción, a ese simbolismo que, con los posteriores movimientos modernistas y expresionistas, abrirá las puertas a las vanguardias del siglo XX y, sin duda, al cambio más radical en la historia de las ideas artísticas. Interesa el yo interior. Su manifestación. ¿Pero es transmisible? Este es el problema: tan intrasmisible es nuestro yo como impenetrable el yo ajeno. En todo caso, esta intransmisibilidad ¿supone algún problema? En absoluto, porque si lo que nos interesa es el interior, su transmisibilidad, su comunicación, "enajenación" en suma, no importa. O importa como mucho a efectos de catarsis, de terapia: para sacar lo que llevamos dentro, exteriorizarlo, incluso analizarlo para comprenderlo, para comprendernos mejor a nosotros mismos, para oír, sentir, mejor nuestro yo. Incluso nos puede interesar la exteriorización del yo ajeno (si conseguimos descifrarla), pero también solo de modo instrumental: como medio, como criterio de comparación para profundizar mejor en el conocimiento de nosotros mismos.

Esto es la modernidad: el grito, la expresión, del yo interno reivindicando su existencia por encima de la externa. Y a partir de ahí la búsqueda, la interpretación. Y ese debe ser el objeto del arte, no el reflejo de una realidad externa que para contemplarla o analizarla no necesita de representación alguna bastando su mera contemplación; tampoco la imposible representación o descripción detallada del yo impenetrable, inexpresable e indescifrable, sino la mera, pero incitante, sugerencia verlainiana; el simple matiz excitante; el apunte provocador capaz de poner en marcha nuestros mecanismos internos para conocernos mejor a nosotros mismos y conocer mejor a los demás. Al Hombre. Que, en definitiva, es de lo que se trata. Esto es, insistimos, la Modernidad: el descubrimiento, más bien redescubrimiento, de ese yo interior. Y solo excepcionalmente encontramos esa búsqueda en obras anteriores. Y por eso también, Pereda, en general, se halla inmerso, le guste o no, en ese momento de hartazgo realista (ya naturalista), ofreciéndonos en Sotileza un ejemplo más, un buen ejemplo, de las técnicas propias del naturalismo, con alguna excepción como la que acabamos de ver.

Pero hay más. Más excepciones y más sorprendentes.  Marcelino Menéndez Pelayo, detecta seguramente la principal. Algo en lo que la crítica literaria debería detenerse y analizar con mayor detalle. El pensamiento artístico de Sotileza, la idea primera ―nos dice en su introducción― es tan honda, que casi parece un enigma.

 

Pero entendamos bien: no es el enigma pueril en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. Sotileza es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intención ulterior, en las profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en la conclusión le elude más bien que le resuelve. Ha hecho bien, después de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crítica. De este modo quedan como algo simbólico y misterioso, entrevisto en el crepúsculo de la poesía, que adivina tales naturalezas más bien que las penetra.

Sotileza, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor no ha hecho más que levantar una punta del velo sagrado.

 

¡El velo sagrado!

Recordemos de nuevo el poema de Verlaine, cuyo título, además, L'art Poétique, tampoco es casual: deberás buscar / palabras que se presten a equívoco: / nada más valioso que la canción gris… Es como unos bellos ojos tras unos velos…[10]

¿Conocía Menéndez Pelayo al escribir estas líneas, en 1885, este poema de Verlaine publicado el año anterior? Llama la atención incluso la expresa alusión al velo.

Lo conociera o no, de lo que no hay duda es que Menéndez Pelayo estaba al corriente de lo que acontecía literariamente en Francia. ¿Lo estaba también Pereda? En todo caso, con Sotileza, lleva a la práctica los mismos postulados poéticos de Verlaine, en lo que a este aspecto, que tan acertadamente destaca Menéndez Pelayo, se refiere.  

Y he aquí el descubrimiento de Menéndez Pelayo en su Introducción a Sotileza. Es algo cuyo alcance no acertó a percibir el  gran Clarín. Y no solo no acertó a verlo sino que incluso detectándolo  lo señaló como una carencia narrativa: el velo de Silda. Y no se trata de desmerecer o elogiar a uno u a otro. Imposible que Clarín, asturiano de Zamora ―y este es un tema que también aborda en su prólogo― "viviera" Sotileza como la vivió el polígrafo cántabro.

Clarín, decimos, lo detecta:

 

Pocas veces habrá llegado el arte de la pluma a representar con tanta belleza un carácter en embrión y un carácter original y fuerte, como va a ser el de Sotileza, con tan pocos rasgos y tan exteriores.

 

Lo detecta, pero le parece insuficiente o escaso:

 

el hilo principal que sigue el autor es el de la vida y pensamientos de Andrés, no el de Sotileza

(…)

Andrés, a pesar de su mérito, perjudica mucho por ocupar demasiado la atención del autor

(…)

lo que yo censuro es que se convierta en lo principal, en lo absorbente en una novela que tiene, gracias al ingenio del autor, elementos de belleza superiores con mucho a la que Andrés

(…)

la callealtera debía ser más suya, figurar ella más; y ese análisis interior que se emplea en Andrés, emplearlo en ella: en ella y en Muergo.

 

No, no hay que profundizar más, no conviene profundizar más. Definitivamente: el velo de Silda debe mantenerse. A la mirada, a las facciones… más: al interior de Silda, no solo le favorece la indefinición, el sfumato, la sugerencia verlainiana: es que es ahí donde reside toda la esencia y encanto de nuestra protagonista. Y ese desvío de atención hacia Andrés, realmente el personaje que más conocemos y literariamente ―y seguramente por eso― el más débil, sirve precisamente para realzar aún más la oscuridad de Silda. Luego, no sobra. En absoluto sobra.

Y de este modo, con el velo de Silda, Pereda se adelanta a su tiempo. Si bien es cierto que, desde siempre, los más grandes personajes de la literatura están solo sugeridos o, si detallados, inmersos en un mar de sombras: desde el Hamlet de Shakespeare, disuelto en sus dudas, hasta don Quijote ahogado en su delirio. Desde el desorientado Samsa de Kafka, convertido en un asqueroso insecto, al horrorizado Kurtz de Conrad, una voz sin palabras que se busca y no se encuentra, en el corazón de las tinieblas[11].  Y es que, como dice George Steiner, no es ya que el poeta renuncie deliberadamente a la expresión, sino que hay ciertas cosas, ciertas experiencias, que le resultan inexpresables. Impotencia de la que se pone a salvo con el mutismo. Ya Dante, en su Divina Comedia, se hacía eco del problema. Mayor, conforme sus visiones se cargan de un superior misticismo. Hasta que en el canto XXXIII del Paraíso, cuando roza la presencia divina, se rinde:

 

Mi ver, desde aquel punto, superaba

a nuestro hablar…[12]

 

Pero en el propio límite del lenguaje reside la grandeza del poema. Porque donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz[13]. Una luz de búsqueda, riqueza y verdad.

Y este es el acierto, más o menos consciente del autor de Sotileza: acertar ―porque hay que acertar como él acierta― en esos pocos rasgos y tan exteriores a los que se refiere Clarín, que posibiliten la sugerencia necesaria para representar con tanta belleza un carácter en embrión y un carácter original y fuerte, como va a ser el de Sotileza.  Algo a lo que pocas veces [ha] llegado el arte de la pluma a representar con tanta belleza.

 Con todo, hay una vez, una sola en toda la novela, en que el corazón de Silda se nos presenta desnudo. En realidad no es sino una más de esas sugerencias. Pero la que mejor nos permite indagar en la entraña del personaje. Y es, posiblemente por eso mismo, el momento más poético y, seguramente, el más moderno de la novela: cuando, en el capítulo XVI, tras la contemplación de la horrible fealdad de Muergo (que no olvidemos, significa "feo"), con expresión codiciosa, hundiendo al mismo tiempo toda la fuerza de su mirada en las tenebrosas escabrosidades de la cara de Muergo, se le escapan las únicas tres palabras, que en toda la novela brotan desde su interior más sincero:

 

¡Da gusto mirarle!

 

Y de aquí, otro debate de calado como solo lo suscitan las grandes obras: el del mito de La Bella y la Bestia. Porque, aunque muchos lo pongan en solfa, está claro que la monstruosidad de Muergo, epíteto que se repite en la novela hasta cuatro veces, constituye el verdadero y oscuro objeto del deseo de Silda. Algo ―y aquí vuelve el determinismo del naturalismo― que estaba en sus genes. Pues, todavía crisálida,

 

entre tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente se dolía de la roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía a estas relativas delicadezas de Silda, riéndose de ella, dándola una patada, o arrimándola un tronchazo como el de la Maruca. ¡Y la preferencia continuaba, por parte de Silda! ¿Por qué razón? Vaya usted a saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma monstruosidad de Muergo; un inconsciente afán, hijo de la vanidad humana, de domar y tener sumiso lo que parece indómito y rebelde, y de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo lo que algunas mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con ciertos perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos a sus pies, gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente porque son horribles y asquerosos y no debieran estar allí. (Capt. III).

 

¡Da gusto mirarle! Esta es la explosión de Silda, el único intersticio por el que muestra su alma al lector.  Al lector y al propio y desolado Andrés, cuya reacción inmediata obvia acertadamente el autor, para fijar su atención en los dos verdaderos protagonistas:

 

[Muergo] sintió la puñalada de luz en lo más hondo de sí mismo; conmoviose todo; relinchó como un potro cerril, y cargándose sobre el remo con todos sus bríos bestiales, dio tal estropada, cogiendo a Cole descuidado, que torció el rumbo de la barquía.

En la cara de Sotileza brilló entonces algo como relámpago de vanidad satisfecha, y al mismo tiempo se oyó la voz de Mechelín, que gritaba desde proa, detrás de la vela desmayada y lacia:

―¿Qué haces, animal?

―Na que le importe ―respondió Muergo, relinchando otra vez. (Capt. XVI).

 

¡Cosa más rara que aquella muchacha!, apostillará más adelante, ya en el capítulo XIX, el asombrado autor/narrador, admirándose y apartándose de la fría objetividad del naturalismo, en la que la opinión del autor no existe: ¡Cosa más rara…!  En el mismo sitio en que había domado los ímpetus apasionados de Andrés con su palabra desengañada y su continente esquivo, escuchaba las brutalidades de Muergo con la sonrisa en los labios y el regocijo en la mirada

Y después de esto, nada más dice ni debe decir el autor, ni es lícito preguntarle, ni creíble cualquier opinión que, forzada o no, pueda añadir. Porque el artista solo habla de su obra en su propia obra. Ahí comienza y concluye su expresión, para que finalmente, sea cada lector quien extraiga y module sus propias conclusiones. Y será entonces, y solo entonces, cuando alcanzará la obra sus poliédricos, vivos y esenciales objetivos. Sus verdades.

(El universo de Silda, Servando Gotor)



[1] Proust, 1913-1922.

[2] Proust, 1913:338.

[3] Proust, 1919:733.

[4] El amor se hace inmenso, no pensamos en el poco espacio que en él ocupa la mujer real (…) Esa Albertine [la real] era poco más que una silueta, todo lo que se había superpuesto a ella era de mi cosecha; hasta tal punto prevalecen en el amor las aportaciones que proceden de nosotros mismos (…) sobre las que nos vienen del ser amado. Proust, 1919:754.

[5] Proust, 1919:693.

[6] Proust, 1919:695.

[7] Proust, 1919:766.

[8]  Zola, 1880:2-3.

[9]  Proust, 1913:43.

[10] VV.AA, 2015:294.

[11] Sobre la poética de la sugerencia, destaca Umberto Eco que la primera vez que aparece una poética consciente de la obra "abierta" es ―como ya hemos visto―  con Verlaine. Añadiendo que más extremas y comprometidas son las afirmaciones de Mallarmé: "Nommer un objet c'est supprimer les trois quarts de la jouissance du poeme, qui est faitre du bonnheur de deviner peu à peu: le suggérer… voilà le rève…" Es preciso evitar que un sentido único se imponga de golpe. (Eco, 1962:79).

[12] Steiner, 1961:57-58.

[13] Steiner, 1961:56.


jueves, 5 de agosto de 2021

REFLEXIONES DE DON CLEOFÁS: Mentalidad y lenguaje (Antonio Envid)



The Passion of the Western Mind de Richard Tarnas, que ha sido traducido al español como “La pasión de la mente occidental”, es un manual de la historia del desarrollo del pensamiento de la cultura occidental y es de lectura obligatoria en varias universidades norteamericanas. En una amplia nota, el autor trata de explicar por qué no puede usar el lenguaje inclusivo (pretendido lenguaje, digo yo) en su libro, ya que desnaturalizaría el pensamiento de los autores que cita, incluso haría la obra ininteligible. Comienza diciendo en su nota: “Puesto que la cuestión del género es hoy especialmente significativa y afecta al lenguaje de este libro, resulta pertinente un comentario introductorio”. Continúa asegurando que considera injustificable que un escritor use en nuestros días la palabra “hombre” para referirse a toda la especie humana, ya que ello implica la exclusión de la mitad femenina de la especie, pero que resulta necesario usarla para exponer el pensamiento occidental desde los griegos hasta hoy, ya que la tradición intelectual ha sido inequívocamente patrilineal; que todos los lenguajes importantes en los que se ha desarrollado la tradición intelectual se ha desarrollado sobre palabras masculinas, y pone varios ejemplos como anthropos en griego y homo en latín. En fin, tras muchas lucubraciones reconoce que cada lengua tiene sus propias convenciones gramaticales, que diferentes palabras en diferentes contextos sugieren distintos grados de inclusión, pero el autor continúa su larga perorata para disculparse de la utilización de términos como “hombre”, “hombre moderno”, “el puesto del hombre en el cosmos” para referirse a toda la humanidad.

Algo muy importante está ocurriendo en EE. UU. con la destrucción de muchas de las convenciones de su idioma para que este filosofo vea necesaria una nota tan larga para disculparse por seguir usando las expresiones tradicionales sin ser acusado de machismo. Acusación tan grave hoy, como en tiempos la de herejía, que puede arruinar la más brillante carrera y arrastrar al acusado a una pira intelectual.

El sustantivo inglés “gender” se usa hoy con el significado de enunciar a los dos sexos (hombre y mujer), especialmente cuando se refiere a sus diferencias sociales y culturales por razón del sexo, según creo leer en el traductor de Google, que por lo demás es un traductor francamente bueno. Por otra parte, el diccionario de Oxford informa de que no ha sido hasta mediados del siglo veinte que el término “gender” haya llegado a tener el significado de “estado de ser hombre o mujer”, o sea, un sentido biológico y no su tradicional sentido gramatical. Ese término, nos dice, proviene del francés antiguo “gendre” y no se introdujo en el inglés hasta el siglo XIV, pero con un uso gramatical, para designar, como en otros idiomas, latín, griego, alemán y otros, el carácter masculino, femenino o neutro de una palabra.

Por imitación de esta corriente norteamericana, aquí, los políticos (¿debería decir los políticos y las políticas?), sobre todo una izquierda muy moderna y muy ignorante ha introducido con fervor un ininteligible “lenguaje inclusivo”, que terminará con la desigualdad secular contra la mujer por “razón de género”. Esta progresía, que elude los graves problemas reales que padece nuestra sociedad y se ocupa de defender “valores imaginarios”, en expresión de un ministro lituano, atormenta nuestros oídos con machaconas repeticiones en sus hueros discursos: “compañeros y compañeras”, “ciudadanos y ciudadanas”, y así hasta el infinito, y lo que es más irritante, cambia los sustantivos referidos a las personas terminados en “o” por una terminación en “a” cuando se refieren a las mujeres, llegando a situaciones que mueven a la risa, como cuando una ministro comunista –ministra comunista, me suena tan mal como, ministro comunisto – Yolanda Díaz, la musa de esa izquierda casposa, nos incita a que dejemos de usar la palabra “patria” y la sustituyamos por “matria”. Olvida la culta ministro la arraigada y patriótica expresión de “madre patria”, con que venimos designando a nuestra querida España.

La Real Academia no ha sucumbido todavía a aceptar esta moda tan destructiva para nuestro idioma –todavía podemos leer a Cervantes en su escritura original, sin necesidad de traducir a la lengua moderna como les ocurre a los ingleses con su Shakespeare– y sigue diciendo que ´para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo´, y reservar “género” en su sentido gramatical, para referirnos a la ‘propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros’ y considera inadmisible el uso de esta palabra como mero sinónimo de sexo (Diccionario panhispánico de dudas). Esperemos que siga imperando el sentido común en esta venerable institución frente a tanto ignaro para conservar la salud de nuestro idioma.

“El Gobierno nombra a la segunda general del Ejército, muy ligada con Zaragoza”, titular del Heraldo de Aragón de hoy. Estos “moñas”, sin embargo, desechan el uso arraigado de la forma femenina para determinados oficios o profesiones, como la palabra “poetisa”, prefiriendo hablar de “poeta”, aunque se refiera a una mujer, y tampoco aceptan “generala” cuando este puesto es ocupado por una señora, sin embargo, modifican el participio activo del verbo presidir, “presidente”, cambiando la e por una a, cuando quien preside es una señora, olvidando que los tiempos verbales carecen de género.




sábado, 17 de julio de 2021

COLECTIVIZACIÓN Y VOTO FEMENINO ("Conocer a... Manuel Azaña").

 


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La mejor edición de las dos obras más decisivas de Azaña, tanto para conocerlo a él, como para aproximarnos a los estertores de la Segunda República y de la Guerra Civil.
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BARCALA
¿Ya no tienes contrato?

PAQUITA
¡Si eso es un contrato!!... ¡Qué remedio! Todos iguales, a tres duros, el tramoyista y la primera tiple. Teatro lleno, pero tres duros. Es que estamos colectivizados. Recaudan en teatros y cines más de veinte mil duros diarios y a nosotros no nos dan nada. Nadie rechista. Una noche hubo escándalo porque me negué a repetir mi numerito. ¡Que lo repita el tramoyista! ¿No ganamos lo mismo? Pero todos se aguantan. ¿Has visto en un cine del Paseo de San Juan El vagabundo millonario? Es de actualidad[1].

(…)
PAQUITA
Soy muy republicana, pero estas cosas...

BARCALA
¡Qué has de ser republicana! Eres cosa mejor. Por ti me hago yo... fascista.

PAQUITA
¡Idiota! Por supuesto, fascista hay que ser para sacar tajada... En Barcelona están la Teresita San Juan y su marido. No trabajan. Andan buscando que la Generalidad los embarque para América y los subvencione. De lo más carca. Nunca han podido ver a la República. Cursis del Blanco y Negro...[2] Ahora hacen la rosca a los que mandan. Como la Soledad Martínez. La embarcaron aquí, después de darle dinero y cuanto quiso. ¿Qué ha dicho en la Habana? Horrores. Lo mismo sucederá con la Teresita. No escarmientan. Con ella está Antonia de Gracia... Tú la conoces, Miguel. ¡Hay que oírla! ¡Cómo os pone! Parece una marquesa a quien le han quitado el oratorio y los olivares. ¿Por qué no se lo dices al Gobierno?

RIVERA
Si no tienen dinero o les sobra miedo, ¿por qué no han de marcharse, como los ex ministros? Vayan en hora buena. ¡Con tal que la revolución no llegue a tanto como a obligarme a verlos hacer comedias!

(…)

MARÓN
Fuerza temible. Si Paquita se empeña en que denuncie usted a la Vargas, la denunciará usted. ¡Ah! No se enoje conmigo, Paquita. Es un modo de decir... En lo que ha contado usted tiene razón, sin duda. Quería hablar en general. ¿Han calculado ustedes la parte de las mujeres en el origen de esta guerra, es decir, de la rebelión? Las mujeres sienten con más violencia todavía que los hombres las pasiones políticas. Se refrenan menos porque están peor enseñadas aún. Desconocen la responsabilidad. En 1931 una señora de la clase media decía: «Las mujeres debemos estarle agradecidas a la República, porque al concedernos el voto nos ha convertido de cosas en ciudadanas»[3]. Opinión rara entre las señoras. Utilizaron el voto, con pleno derecho. Hubiéramos querido para la marcha regular de la política española que el encono contra la República se desfogara votando. Pero a las señoras no les importa el voto, lo desprecian, no lo necesitan y en ciertos respectos no les conviene. Una señora percibe que numéricamente su voto siempre pesará menos que el de sus criadas. Sabe de sobra que su acción se ejerce con más fuerza en la familia, en el ambiente social. El influjo de la mujer en la vida pública española ha sido muy poderoso, sin parecerlo. Tanto, que de reducirse al sufragio, habría salido perdiendo. No hablo especialmente de las cacicas, algunas muy célebres, que en la monarquía y en la República han gobernado desde el hogar a sus importantes maridos. En general, dentro de la zona burguesa, que profesaba, por lo menos de labios afuera, un liberalismo mitigado, el dominio de la mujer era enorme, decisivo en ocasiones, porque en esas zonas de la sociedad española se reclutaba el personal de gobierno. Mi experiencia de abogado me ha hecho conocer muchas interioridades de familia y he visto casos que por su misma abundancia dejan de ser extraordinarios. Muchos varones españoles no han llegado a darse cuenta cabal de su posición como cabezas de familia. Abundan los mantenedores de una autoridad marital moruna. Se creen los amos. En un pie de igualdad se tendrían por deshonrados. "¡Cómo se entiende que la mujer...!" "¡Qué iba yo a tolerar...!" Con relegarla aparentemente a los cuidados del hogar y envanecerse de ella cuando es bonita, mantienen una tradición que llaman española. A las mujeres mismas no les desagrada, sobre todo a las de clase burguesa, pequeña o grande, donde la libertad de trato está más cohibida y el temor al escándalo es mayor que en la clase alta. De una situación tan desigual se desquitan las mujeres con paciencia perseverante en cuantas cosas les importan de verdad, que no son, salvo casos de estúpida frivolidad, los trapos, las diversiones. Cuando los sentimientos religiosos, o las preferencias políticas de marido y mujer difieren (caso frecuentísimo en la clase media), la paz del hogar se funda en la transigencia del marido, por muy alto que lleve el cogote calderoniano. Por eso afirmo paradójicamente que la igualdad de derechos para hombres y mujeres, o, como suele decirse, "la emancipación legal y política de la mujer", produciría a la larga el fruto inesperado de asegurar al marido una independencia, una libertad que con demasiada frecuencia no ejerce. Habiendo hijos, el dominio de la mujer se dilata en el porvenir. El amor maternal le presta mayor ardimiento para preservar a sus hijos de los peligros que la estremecen. Se imagina que la sociedad de su país debe ser la proyección agrandada del hogar doméstico. La conexión con la política es aquí inmediata, visible. El agnosticismo en que ordinariamente concluyen los católicos que pierden la fe, combinado con la necesidad de paz doméstica aumenta la influencia de la mujer. Los hijos de los volterianos son alumnos de los jesuitas. Es uno de los motivos por los que la burguesía española, nacida de la revolución liberal del siglo pasado, no ha llegado a formar un gran tronco social, ni a poseer a fondo el gobierno, ni a gobernar con doctrina y miras propias, ni a sobreponerse a los poderes contra los que originariamente se rebeló y cuyo quebranto y sumisión eran el primer artículo de su dominio: la corona, el ejército y la tutela política de Roma. Muchos no han dejado de ser monárquicos, aunque sea su afán menor; ceden fácilmente a la dictadura y entre ellos están los que han hecho del catolicismo un programa político... ¡Gigantesco dislate! [4]



De La velada en Benicarló.
Zaragoza, 2021
pp. 51-58



[1]   El vagabundo millonario (The Guv'nor; Milton Rosmer, 1935). Comedia británica de 1935 protagonizada por George Arliss como un vagabundo que por una serie de malentendidos acaba convirtiéndose en presidente de un banco. La película fue relanzada en Inglaterra en 1944 y 1949.  En Estados Unidos se estrenó como Mr. Hobo. Aquí, no tiene mayor relevancia que emplear su título en castellano para rematar las palabras de Paquita, criticando la igualdad imperante y cómo un vagabundo puede ejercer cargos de responsabilidad. En cuanto a la sala de exhibición, debe referirse al  Chile Cinema, en el Paseo de San Juan 118 de Barcelona, inaugurado en 1930. Acabada la Guerra paso a ser el Cine Chile, y el Paseo de San Juan también se cambió por Paseo General Mola.

[2]     Blanco y Negro. Revista ilustrada. Fue fundada en 1891 por Torcuato Luca de Tena. Más adelante se convirtió en base de la editorial Prensa Española, que también publicaría el diario ABC. En su primera etapa, que se extendió hasta el año 1939 (y por tanto es a la que aquí se refiere Paquita Vargas), compitió con otras revistas ilustradas como La Ilustración Española y Americana y Nuevo Mundo. Su periodicidad fue semanal en unas épocas y quincenal, otras.

[3]     Clara Campoamor (1888-1972), de origen humilde, estudió Derecho, ya en la madurez, llegando a ser en 1925 la segunda mujer en pertenecer al Colegio de Abogados de Madrid (la primera fue Victoria Kent). El 1 de octubre de 1931, como diputada del Partido Radical, defendió el sufragio universal en las Cortes Constituyentes, con un célebre discurso en el que entre otras afirmaciones que han pasado a la Historia, sentenció que «sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre (…)  Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer». Victoria Kent, por su parte (1891-1987), figura también capital en la historia del feminismo español y primera Directora General de Prisiones, como diputada del Partido Radical Socialista se ausentó de la cámara en el momento de la votación por el sufragio femenino, al considerar que la mujer española todavía no estaba suficientemente preparada para asuntos políticos, debido precisamente a su marginación social, a su falta de formación; lo que la hacía vulnerable a influencias ajenas a ella, que solo servirían para beneficiar a las fuerzas más conservadoras (en este sentido, era notable la influencia del clero y el especial papel que como madre tenía asignado en la familia). La mujer, pues, debería  tomar conciencia plena de todo esto, e identificarse con los problemas sociales existentes antes de poder ejercer como ciudadana con derecho de voto. Téngase en cuenta, por último que, entonces, la mujer tenía derecho a ser elegida (sufragio pasivo) pero no a elegir o votar (sufragio activo). Algo de todo esto lo vamos a ver en las siguientes palabras de Marón.

[4]     El artículo 26 de la Constitución de 1931, declaraba suprimidas aquellas órdenes religiosas que en sus estatutos incluyeran el voto de obediencia a cualquier autoridad distinta de la legítima del Estado. En este aspecto, afectaba directamente a los jesuitas por su voto de obediencia al Vaticano. Para las fuerzas de izquierdas, la Compañía de Jesús era uno de los puntales más activos del poder de la Iglesia, especialmente en materia educativa. El 23 de enero de 1932, Azaña, anota en su diario:  «voy a casa del Presidente de la República, a ponerle a la firma el decreto de disolución de los jesuitas, aprobado en uno de los últimos Consejos. Albornoz [Álvaro de Albornoz Liminiana, Ministro de Justicia] quería que se publicase antes de concluir la semana parlamentaria, esperando sin duda que las Cortes le hiciesen una ovación. Yo lo he retrasado hasta conocer la marcha de las cuestiones de orden público, y le dije que lo firmaría hoy, pero reservándome el enviarlo a la Gaceta según viese las cosas.  He leído el decreto a don Niceto [Alcalá Zamora, Presidente de la República]; lo ha encontrado bien, dado lo que es el artículo de la Constitución. El momento no le parece muy a propósito para publicarlo. Y me hace notar que lo firma sin repararlo en una tilde (…) Aunque el Presidente de la República cree que no es oportuno publicar ahora el decreto, yo opino lo contrario. Doy una impresión de desembarazo y seguridad, y precisamente estos días en que he de ser riguroso con la extrema izquierda, me conviene serlo también con los del bando opuesto.» (Diarios Completos. República. Madrid, 1932. Crítica. Barcelona, 2000, pág. 443-444).



martes, 29 de junio de 2021

un poema de jorge boccanera

                                                                     




                                                                                                                   



                                                                                                 jorge boccanera

                                                                                                  tambor de jadeo

              cuchara



    Nace del verbo dar,

    como si el corazón tuviera mango. 

    Está hecha de lo que le falta, jamás

    se guarda nada para sí.

    Podría medir el mundo, acunarlo, transportar 

    su misterio, sus campanarios de agua de una 

    orilla

    a la otra.

    Más humana que un perro. 

    Más a mano que Dios.





                                                                        universidad externado de colombia 
                                                                        primera edición
                                                                        julio de 2009
                                                                        bogotá


                                                             

                                                    

                                                           

lunes, 28 de junio de 2021

el último elvis, un poema de vilas

                                                                        



Cuelgo este poema porque es de Vilas, de Manuel Vilas, del Gran Vilas, Barbastro 1962, 
el tipo escribe novelas, poesía, artículos, en fin, todo lo que se deje escribir.

He dudado en colgarlo por si resulta que es ya conocido, muy conocido, demasiado
conocido en este blog. Pero por fin me he dicho que un poema de Vilas nunca sobra,
y aquí está.


manuel vilas
el hundimiento
IV. madrid
el último elvis

poesía completa 1980-2018
3ª edición corregida y aumentada
noviembre 2019
visor libros
madrid


el último elvis

                                                No fear, no envy, no meanness

                                                                        Liam Clancy



Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraba tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quien hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.


Nombremos todo aquello
que nos convirtió en seres humanos.


Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.


Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.



                                                                                            narciso de alfonso


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