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jueves, 4 de agosto de 2022

LA “POLITICAL CORRECTNESS” O LA INQUISICIÓN MODERNA (Reflexiones de don Cleofás. Antonio Envid)

 


El Buscón don Pablos, maquinando para hacerse con un pollo, amenaza a su hospedera, “¿No os acordáis que dijisteis a los pollos, pío, pío, y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia?”. La pobre mujer asustada por lo que pudiera derivarse de una denuncia a la Inquisición le entrega al bribón Pablos los dos pollos para que los lleve a un familiar de la Santa y los queme. El pícaro y sus amigos hacen con ellos una buena merienda. Con esta sátira Quevedo evidencia el pánico que provocaba en la gente de su tiempo cualquier mínima incorrección que pudiera echarles a la Inquisición encima.

Los que vivimos la excitante época de los ochenta en nuestro país sabemos lo que es la verdadera libertad. Fue la fiesta de la democracia, los periódicos vertían todo tipo de opiniones, desde las de la izquierda extrema, pasando por el centro, hasta las de la derecha más montaraz; se produjo una explosión de literatura, Muñoz Molina, Llamazares, Almudena Grandes, Vargas Llosa, por citar algunos de los muchos escritores que florecieron; la movida madrileña era referente de creatividad; en las Cortes escuchábamos intervenciones, a menudo, llenas de mala uva, pero ingeniosas, que nunca alcanzaban el exabrupto ni el insulto grosero. Todos expresando su opinión sobre todos los temas, la gran gala de la libertad de expresión.

Ese estallido de luz se fue oscureciendo poco a poco, fue emergiendo la “political correctness”, que aquí llamamos lo políticamente correcto, para ir poniendo orden en tanta conciencia extraviada, y, sobre todo, vigilar en lo que se decía y como se decía, hasta llegar a la asfixiante situación actual. Cuidado con lo que se dice – no, con lo que se hace, eso importa menos – si no se ajusta a lo políticamente correcto. El escritor, el autor, el dicente en cualquier medio, todos han de escoger muy bien los temas sobre los que hablan, sin traspasar las numerosas líneas rojas que ha trazado la sociedad actual. Ojo con los temas ecologistas, feministas, de diversidad sexual, las minorías étnicas o confesionales, o el trato a los animales, son terrenos muy resbaladizos en los que una contradicción con los dogmas impuestos por los popes de cada una de estas religiones puede hacerle a uno perder pie con facilidad y caer en el abismo, empujado por hordas mediáticas sin piedad. De hecho, algunas de las obras literarias de la década de los ochenta del pasado siglo no se habrían producido hoy, bien por medrosidad de sus autores, bien porque habrían sido calificadas como inadecuadas y condenadas al ostracismo de inmediato. Una pregunta que no he podido responderme: ¿quién dicta los dogmas sobre estas cuestiones que parecen intocables? ¿qué anónimos Moisés han traído desde las alturas estas nuevas tablas de la ley? Dogmas que luego se repetirán machaconamente por los medios de comunicación de masas hasta que queden incrustadas en la conciencia de los ciudadanos.

También hay que tener cuidado de cómo se dice, no me refiero a defectos de ortografía o de sintaxis, que estos ni serán apreciados en la mayoría de los casos, y de ser observados serán disculpados con facilidad, si no por el uso inadecuado del lenguaje inclusivo y del elusivo, esos que están destrozando el español llevándolo a situaciones lamentables, llenando el vacuo discurso con inútiles repeticiones de género cuando se refieren a colectivos, a pesar de que es obvio que en esos colectivos conviven personas de los dos sexos – y aún de tres o cuatro, según las modas actuales – o con enfadosas perífrasis, o dotando de género a los tiempos verbales. En fin, para qué seguir, un español medianamente leído puede leer “El Quijote” tal y como lo escribió Cervantes, el del mañana quizá tenga que leerlo traducido a un extraño idioma inclusivo.

Hemos pasado de la época de la ética a la condenable etapa de la moral. No es que en la época de los ochenta aceptáramos todo lo que se decía, yo no estaba de acuerdo con mucho de ello, pero imperaba un ambiente de tolerancia, de verdadera igualdad, cada uno tenía su criterio y cuando escuchaba algo discordante, o bien lo atribuía a ignorancia de quien lo profería y trataba de sacarlo del pretendido error, o bien continuaba su camino sin hacer caso. Hoy no, hoy contra el discordante, sobre todo si se sale de lo políticamente correcto, se lanza la jauría de oponentes con una crueldad que llega hasta el linchamiento moral. Estamos, como digo, en una época dominada por la moral social. Cualquier moral adoptada por una sociedad, la victoriana, la puritana, la luterana, la islámica, cualquier otra, es opresora del individuo, exige que este se disuelva en la comunidad, la moral se convierte en norma de obligado cumplimiento, su vulneración está castigada con la exclusión social, convierte al quebrantador en un paria social, y, desde luego, es frustrante para el creador artístico. Por eso también afirmo que hemos abandonado la época de la ética, las normas éticas son recomendables, es una aspiración a vivir en un mundo mejor, alcanzar un ideal aristotélico, pero no serán nunca coercitivas, el castigo se lo infiere el propio infractor, que se priva de vivir de manera más saludable para su conciencia. Paul Ricoeur nos lo ha explicado.

¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!, exclamaba Manon Roland ofreciendo su cuello a la guillotina.


Antonio Envid

 

jueves, 31 de marzo de 2022

PARAGUAS DE RONDA (Reflexiones de don Cleofás. Antonio Envid)



Que los objetos tienen una vida secreta independiente de sus dueños ha sido motivo de cuentos infantiles y muchos otros relatos, pero don Cleofás ha podido comprobar que esto no es sólo producto de la imaginación de los artistas, sino que se trata de una realidad contrastable, su paraguas se lo ha mostrado.

El paraguas de don Cleofás es un buen ejemplar, es un clásico inglés, con mango de whangee y tela de seda, propio de un gentleman de la city tocado con bombín y armado de portafolio de cuero. Aunque el paraguas en cuestión pueda parecerle al no avisado un tanto trasnochado, cualquier persona de buen gusto sabrá apreciar su buena calidad y valía.

Pues bien, este paraguas es un objeto de lo más rebelde que podamos pensar, es caprichoso y amante de su libertad y gusta de tener una vida propia, de modo que nunca está en su sitio. Saca de sus cabales a su dueño cuando lo precisa y no lo encuentra. Al principio cuando notaba su falta se afanaba en buscarlo por toda la vivienda, pues su pérdida suponía un auténtico disgusto, el recuerdo de tiempos mejores, cuando encargaba en Londres sus camisas y sombreros, pero con el tiempo ha comprendido que cuando no se encuentra en el paragüero es que el tipo se ha largado a una de sus correrías.

Habitualmente lo halla en la cafetería de su propia calle, pues el paraguas gusta de visitarla y hasta se ha hecho amigo de los camareros, así que cuando don Cleofás llega un tanto azorado le guiñan un ojo con una sonrisa cómplice diciendo: “Aquí está, don Cleofás, no se preocupe, aquí lo hemos recogido”. Pero otras veces sus aventuras son de más alcance, así lo ha encontrado viendo una película en un cine cercano, en el restaurante que suele frecuentar, en la farmacia, incluso en la consulta de algún médico. Este artilugio trotacalles ya es conocido en todo el barrio y los vecinos acostumbrar a ver a don Cleofás visitando los más variados lugares preguntando por él para volverlo a casa. En una ocasión se le oyó decir, advirtiendo a su paraguas con enfado: “Si no cesas en tus aventuras terminarás teniendo un fortuito encuentro con alguna máquina de coser en una mesa de disección. Allá tú”.




 

jueves, 20 de enero de 2022

HEIDEGGER: EL SER ENTRE LA NADA Y EL INFINITO (Don Cleofás)

 

La Belle Société. René Magritte, 1965-1966
(Fotografía: SGS).


Martín Heidegger en un artículo publicado por “Cruz y Raya” en 1933 se pregunta por la nada. Mientras en Alemania el partido nazi asaltaba el poder, suplantaba al Parlamento y clausuraba la democracia, Heidegger en su gabinete de la universidad de Friburgo se preguntaba por la nada.

El artículo, en versión de Zubiri, es un inteligente y delicado recorrido por el camino del razonamiento lógico hacia el reino de la nada, territorio incognito tras las fronteras de la divinidad, para responder: “La nada es la posibilitación de la patiencia del ente, como tal ente, para la existencia humana”. Advirtamos que la palabra que utiliza Zubiri, patiencia, procede de patente, o sea, lo que es manifiesto, eso es, hacerse patente.

He dicho más allá de la frontera de la divinidad porque para Heidegger el Dios cristiano es un ens increatur, negando la proposición de la antigua metafísica, “de la nada nada adviene”, ex nihilo nihil fit.

El filósofo alemán nos dice que al hacernos la pregunta ¿qué es la nada? partimos de la base de “la nada” como algo que “es” de algún modo, es decir, como un “ente”, con lo cual la pregunta se despoja de su propio objeto.

Si no he entendido mal al filósofo, cosa harto probable, que lo haya entendido mal, quiero decir, el ente está como flotando en la nada, y nosotros formamos parte del ente, pero, tal vez, escapemos del ente cuando alcanzamos un grado de indeterminación tal que nos conduzca a la angustia creada por la imposibilidad de ser determinado, y esa angustia se halla penetrada por una especial tranquilidad. ¿No es esto, precisamente, lo que decía el Maestro Eckhard de la divinidad? Que se hallaba en un retiro eterno e inconmovible, pues en el acto de creación ya estaba todo creado y todo previsto, todo lo que sucedería y surgiría. Hay que recordar que Eckhard vivió a caballo entre los siglos trece y catorce.

Seguir los razonamientos de Heidegger es un bello ejercicio acompañándolo por los vericuetos del razonamiento nada fáciles de seguir, pero aunque nos perdamos en esa intrincada selva no por eso pierde su belleza. Es como contemplar sentados en la grada las hábiles cabriolas y corbetas de un experimentado jinete, más bellos aún porque nos sabemos incapaces de imitarle.

No cabe sino rememorar a Descartes en la obligada, por el invierno, tregua de la guerra de treinta años, sentado junto a la estufa en su refugio, tratando de encontrar un punto de arranque que lo llevara a comprender el mundo y en último término la existencia de Dios.

Pudiera ser que los verdaderos sabios fueran aquellos capaces, aún en el fragor de los cantos guerreros, de mantener la calma y discurrir serenamente sobre el ser y la nada.



jueves, 5 de agosto de 2021

REFLEXIONES DE DON CLEOFÁS: Mentalidad y lenguaje (Antonio Envid)



The Passion of the Western Mind de Richard Tarnas, que ha sido traducido al español como “La pasión de la mente occidental”, es un manual de la historia del desarrollo del pensamiento de la cultura occidental y es de lectura obligatoria en varias universidades norteamericanas. En una amplia nota, el autor trata de explicar por qué no puede usar el lenguaje inclusivo (pretendido lenguaje, digo yo) en su libro, ya que desnaturalizaría el pensamiento de los autores que cita, incluso haría la obra ininteligible. Comienza diciendo en su nota: “Puesto que la cuestión del género es hoy especialmente significativa y afecta al lenguaje de este libro, resulta pertinente un comentario introductorio”. Continúa asegurando que considera injustificable que un escritor use en nuestros días la palabra “hombre” para referirse a toda la especie humana, ya que ello implica la exclusión de la mitad femenina de la especie, pero que resulta necesario usarla para exponer el pensamiento occidental desde los griegos hasta hoy, ya que la tradición intelectual ha sido inequívocamente patrilineal; que todos los lenguajes importantes en los que se ha desarrollado la tradición intelectual se ha desarrollado sobre palabras masculinas, y pone varios ejemplos como anthropos en griego y homo en latín. En fin, tras muchas lucubraciones reconoce que cada lengua tiene sus propias convenciones gramaticales, que diferentes palabras en diferentes contextos sugieren distintos grados de inclusión, pero el autor continúa su larga perorata para disculparse de la utilización de términos como “hombre”, “hombre moderno”, “el puesto del hombre en el cosmos” para referirse a toda la humanidad.

Algo muy importante está ocurriendo en EE. UU. con la destrucción de muchas de las convenciones de su idioma para que este filosofo vea necesaria una nota tan larga para disculparse por seguir usando las expresiones tradicionales sin ser acusado de machismo. Acusación tan grave hoy, como en tiempos la de herejía, que puede arruinar la más brillante carrera y arrastrar al acusado a una pira intelectual.

El sustantivo inglés “gender” se usa hoy con el significado de enunciar a los dos sexos (hombre y mujer), especialmente cuando se refiere a sus diferencias sociales y culturales por razón del sexo, según creo leer en el traductor de Google, que por lo demás es un traductor francamente bueno. Por otra parte, el diccionario de Oxford informa de que no ha sido hasta mediados del siglo veinte que el término “gender” haya llegado a tener el significado de “estado de ser hombre o mujer”, o sea, un sentido biológico y no su tradicional sentido gramatical. Ese término, nos dice, proviene del francés antiguo “gendre” y no se introdujo en el inglés hasta el siglo XIV, pero con un uso gramatical, para designar, como en otros idiomas, latín, griego, alemán y otros, el carácter masculino, femenino o neutro de una palabra.

Por imitación de esta corriente norteamericana, aquí, los políticos (¿debería decir los políticos y las políticas?), sobre todo una izquierda muy moderna y muy ignorante ha introducido con fervor un ininteligible “lenguaje inclusivo”, que terminará con la desigualdad secular contra la mujer por “razón de género”. Esta progresía, que elude los graves problemas reales que padece nuestra sociedad y se ocupa de defender “valores imaginarios”, en expresión de un ministro lituano, atormenta nuestros oídos con machaconas repeticiones en sus hueros discursos: “compañeros y compañeras”, “ciudadanos y ciudadanas”, y así hasta el infinito, y lo que es más irritante, cambia los sustantivos referidos a las personas terminados en “o” por una terminación en “a” cuando se refieren a las mujeres, llegando a situaciones que mueven a la risa, como cuando una ministro comunista –ministra comunista, me suena tan mal como, ministro comunisto – Yolanda Díaz, la musa de esa izquierda casposa, nos incita a que dejemos de usar la palabra “patria” y la sustituyamos por “matria”. Olvida la culta ministro la arraigada y patriótica expresión de “madre patria”, con que venimos designando a nuestra querida España.

La Real Academia no ha sucumbido todavía a aceptar esta moda tan destructiva para nuestro idioma –todavía podemos leer a Cervantes en su escritura original, sin necesidad de traducir a la lengua moderna como les ocurre a los ingleses con su Shakespeare– y sigue diciendo que ´para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo´, y reservar “género” en su sentido gramatical, para referirnos a la ‘propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros’ y considera inadmisible el uso de esta palabra como mero sinónimo de sexo (Diccionario panhispánico de dudas). Esperemos que siga imperando el sentido común en esta venerable institución frente a tanto ignaro para conservar la salud de nuestro idioma.

“El Gobierno nombra a la segunda general del Ejército, muy ligada con Zaragoza”, titular del Heraldo de Aragón de hoy. Estos “moñas”, sin embargo, desechan el uso arraigado de la forma femenina para determinados oficios o profesiones, como la palabra “poetisa”, prefiriendo hablar de “poeta”, aunque se refiera a una mujer, y tampoco aceptan “generala” cuando este puesto es ocupado por una señora, sin embargo, modifican el participio activo del verbo presidir, “presidente”, cambiando la e por una a, cuando quien preside es una señora, olvidando que los tiempos verbales carecen de género.




jueves, 26 de marzo de 2020

EL BECARIO (UNA FÁBULA POLÍTICA) - Don Cleofás



Monumento a las Cortes de Cádiz. Detalle.
(Modesto López Otero y Aniceto Marinas,1912)
Fotografía: SGS


Juan había emprendido con entusiasmo el encargo del ayuntamiento de su ciudad de catalogar la biblioteca de un ilustre prócer, que yacía en los sótanos de la casa consistorial desde que los últimos herederos no sabiendo que hacer con ella, el libro viejo ha perdido mucho valor en el mercado a no ser ejemplares escogidos, decidieron donarla al consistorio. El importe de la beca no era mucho, aunque no le irían mal unos dinerillos, pero lo importante es que se trataba de su primer trabajo tras su graduación en Historia, una forma de iniciar currículo para ir abriéndose paso en el difícil mundo de su profesión, y ¿quién sabe? podría encontrar alguna rara obra sobre la que realizar algún estudio. Sin embargo, hoy se le ve inquieto, mirando el reloj constantemente, como si la jornada se le hiciera pesada y tuviera deseos de que llegara la hora de dar de mano. Mientras, cataloga unos volúmenes impresos en el siglo diecinueve, que no parecen tener más valor que el de sus bellas encuadernaciones en piel. 

Terminada por fin la jornada, desperezándose ligeramente, coge su abrigo y bufanda y abandona el trabajo con premura. Espera impaciente el autobús que lo llevará a casa. Se despoja rápidamente de las prendas de abrigo y se arroja literalmente sobre su mesa de trabajo en el pequeño estudio. Allí, entre algunos diccionarios y algún otro libro, se encuentra un mazo de fotocopias sobre las que trabaja. Ahora descubrimos su impaciencia por terminar la jornada laboral, no se debía, como alguno pueda pensar, por la cita con alguna chica, o por haber quedado con los amigos para tomar unas cervezas, ni por haber perdido el entusiasmo inicial por su trabajo, sino para enfrascarse en el desciframiento de esas fotocopias. Resulta que lo improbable ha ocurrido y entre los volúmenes de la biblioteca ha descubierto un viejo manuscrito que parece interesante. Sacó fotocopias de él y las tiene en casa para su examen. Nadie había reparado en el original hasta ahora, por lo visto. No es extraño, los libros se encontraban almacenados en el sótano del ayuntamiento desde que la nieta del antiguo propietario falleciera y sus herederos realizaran la donación, una encantadora viejecita no muy leída, pero sí pagada de ser la descendiente del insigne filólogo, aunque la gente le hiciera repetir el nombre antes de exclamar ¡Ah, ese ilustre conciudadano nuestro!, más por cortesía que por saber a quién se refería. La anciana se había erigido en guardiana y conservadora de la residencia y enseres de su sabio abuelo, y a su muerte sus herederos se precipitaron a vender lo que tuviera algún valor y a deshacerse de tanto cachivache. 

El manuscrito en cuestión recoge una colección de leyendas y cuentos tradicionales, es difícil de fechar y está escrito en una lengua antigua, aunque Juan no es filólogo, sabe que no es castellano medieval, ni tampoco catalán, una lengua intermedia, tal vez un viejo dialecto aragonés. Juan tiene alguna dificultad en su lectura y tiene que echar mano de un par de diccionarios lexicográficos. Tras un primer examen le llama la atención un cuento que parece una primitiva versión del conocido “La bella durmiente”, pero difiere bastante de la redacción de Perrault, y aun más de la de los hermanos Grimm. Esto promete, quizá haya tenido la suerte del principiante y pueda dar al público una versión patria anterior y desconocida hasta la fecha de estos cuentos tradicionales. 

El sentido de la narración ya lo conoce, aunque su traducción le llevará algún tiempo y seguramente tendrá que consultar a algún experto, él no es filólogo, es historiador. El cuento se presenta aquí de modo distinto al popularizado, la princesa y todo el pueblo se sumergen en un profundo sueño, pero en la corte no todo el mundo duerme, el rey permanece despierto y hay una siniestra camarilla que tampoco se ha sumido en el sopor. 

Mientras el pueblo permanece recogido y traspuesto en sus casas, los cortesanos intrigan y maquinan activamente. Constituyen un tribunal ante el que llevan al rey acusándolo de ser el causante de la calamidad que aflige al país. Lo juzgan sumariamente deponiéndolo y condenándolo al exilio. No pudiendo reunirse el parlamento de la nación, por falta de miembros, que dormitan plácidamente, modifican la constitución, derogan leyes, aprueban otras, trasforman el país en una república, nombran un presidente vitalicio y un gobierno republicano, modifican las leyes electorales que les asegurarán un futuro con escasa competencia, destruyen los símbolos de la vieja monarquía y los sustituyen por emblemas cívicos, cambian himno, banderas y escudos. Cuando el pueblo despierta ve cómo sus tradicionales derechos y libertades ciudadanos han quedado suprimidos, como ya no les rige una monarca sino un presidente de la república, y como todos los puestos públicos han sido ocupados por la camarilla que ha permanecido despierta, sus parientes y adictos. 

Al día siguiente, pasada la fiebre del descubridor de la pepita de oro, Juan reflexiona sobre lo extraño del caso. ¿Y si se tratara de una mixtificación? un manuscrito dejado con intención por alguien. ¿Y cuál sería esa intención? una burla para dejarlo en ridículo. Pero también podría estar ante un fenómeno más sofisticado, que el autor del apócrifo hubiera buscado este medio para dar a conocer la fábula, que se le diera publicidad como un importante descubrimiento, y de esa manera advertir a la población sobre algún peligro que se cerniera sobre ella.



sábado, 22 de febrero de 2020

LAS BUENAS GENTES (Don Cleofás)



Pericles (foto: sgs)


España está llena de buenas gentes. Personas que respetan las normas y las leyes, no por miedo al castigo si las infringen, sino porque consideran que las leyes son justas, son buenas para todos, hay que observarlas. Son gentes que acuden todos los días a sus trabajos y ocupaciones y tratan de desarrollarlos de la mejor manera que saben, no para recibir ningún premio o distinción, sino por ser su obligación. Gentes que respetan la autoridad. Las autoridades velan precisamente para que se cumplan las normas, están al servicio de todos. Gentes que sienten un gran respeto por quien ostenta la autoridad. No solo se le respeta, sino que un simple apretón de manos por parte de un político supone una deferencia hacia ellos, simples plebeyos. Cuando llega uno de estos regidores, van corriendo a vitorearlo, a aplaudirlo y si consiguen hacerse con él una foto, levitan de gozo. Estos ciudadanos ven normal que quienes se ocupan de lo público gocen de numerosos privilegios y preferencias. Son gentes que ven y escuchan la televisión y la radio públicas y se sienten incapaces de pensar que quienes le están informando lo hagan torticeramente, sesgadamente, faltando a la verdad. Gentes que piensan que los cargos institucionales están ocupados por personas bien preparadas, dispuestas a resolver los problemas de los ciudadanos, que su principal prioridad es anticiparse, incluso, a cualquier emergencia, desarrollando planes para acometerla.
Las buenas gentes son muy nocivas para la sociedad, son las que permiten que prosperen los logreros, los que se aprovechan de sus cargos para sus propios intereses, los que retuercen las leyes o las hacen a su gusto, los que disfrutan los bienes públicos convirtiéndolos en sus bienes exclusivos.


martes, 3 de diciembre de 2019

CÓMO CONTRIBUYE EL PEDO AL CAMBIO CLIMÁTICO (don Cleofás)




La población del planeta actualmente estará sobre los siete mil millones de personas. Como consecuencia de los procesos digestivos, cada uno de nosotros emitimos de media unos 600 ml. de gas por persona. La composición química de estos gases es compleja, pero predominan en ellos el dióxido de carbono y el metano, ambos causantes del efecto invernadero. De modo que 600 ml x 7.000 millones es igual a 4.200.000 litros de gases contaminantes lanzados a la atmósfera diariamente. Eso sin contar con el dióxido de carbono que emitimos por la respiración. Aparece claro por qué el peo (tal como lo recoge el diccionario de la R.A.E.), flato, ventosidad, o más coloquialmente, pedo, es un término tabú en nuestra civilización occidental, por su peligrosidad para el género humano. Se trata por todos los medios de ignorar el peligro.
A pesar de ser púdicamente ocultado, existe un principio universal: cada uno se solaza de los suyos y abomina de los de los demás; por otra parte, este fenómeno neumático ha dado lugar a sustanciosas anécdotas. Aquí algunas:
Mozart escribía frecuentemente a su prima Maria Anna Thekla. Ambos eran jóvenes de parecida edad y se expresaban con la total libertad que les proporcionaba su parentesco. Mientras Mozart le escribe una de sus cartas, expele uno de estos vientos, que suelen huir de nuestro cuerpo con alguna alegría. Sin embargo, Mozart, genio y figura…, expresa a su prima su sensación así: “¡qué nota tan larga y tan triste!”
La reina Victoria de Inglaterra, ya anciana, en una audiencia, perdido ya, por razones de edad, el perfecto control de su cuerpo, deja escapar un pedo. El embajador francés haciendo gala de unos extraordinarios reflejos, envuelto entre los regios gases y poniendo cara de circunstancias, exclama ¡Pardon! Cuando por segunda vez se pronuncia la popa real, suenan otra vez los “mille pardons”. Cuando, por tercera vez se pronuncia el regio trasero, el embajador alemán adelantándose a todos los presentes, manifiesta, “¡Majestad! ¡En nombre del gran Imperio alemán asumo este pedo y los cinco siguientes!”.
Cuenta Péter Esterházy que el hijo, un niño, de un antepasado suyo, con ocasión de agradecer junto a su padre el nombramiento de teniente de la guarda imperial, al arrodillarse ante Catalina II dejó escapar una ventosidad. La emperatriz murmuró: ¡Por fin, señores, una palabra honesta!

Don Cleofás


martes, 5 de noviembre de 2019

LA JULI (Opiniones de don Cleofás)

"En el bar" (Ricard Canals Llambí, 1910. Foto: SGS)


La Juli regentaba, no creo que a título de dueña, un bar de la zona oscura de la ciudad. Bar lo titulaba el rótulo pintado en el dintel de la entrada, pero en realidad era una sucia taberna que ya frecuentó mi abuelo, y alguna de las izas, rabizas y colipoterras que allí se congregaban -no precisamente para convencer a los parroquianos de que estarían mejor en sus casas, que allí tirando su mísero jornal- podrían contarme algunas intimidades de él, de haber tenido yo alguna curiosidad. Eran tiempos ya abolidos, en los que ni siquiera se conocía el “chocolate” por aquellos tugurios, a no ser que algún caballero legionario hubiera hecho parada en él durante breve permiso, y la sífilis y la gonorrea reinaban en su esplendor.

La Juli, así la llamaba todo el mundo, tendría apellidos pero a ella misma le costaba recordarlos, era delgada, huesuda, cetrina, dos enormes azabaches como ojos, fríos y hermosos, aureolados por unas ojeras de vicio, melena negra como noche sin luna, angulosa y de maneras algo hombrunas. Como había algo de confianza, mientras se tomaba un orujo invitada, abría algo su alma y te contaba como tuvo que salir de su casa, en un pueblo de Granada, de jovencita porque su padrastro la perseguía, y su madre prefirió prescindir de ella antes que de su marido. Lo normal, con otros clientes, es que contara que era hija de un general, que la expulsó de casa al encontrarla en la cama con el chófer de quien estaba perdidamente enamorada, “mi debilidad es enamorarme de quien no debo”, añadía, repitiendo lo que había leído en alguna novelucha de quiosco, “pero de niña he tenido niñera e institutriz”. Yo la miraba, a veces, desde el fondo de la barra mientras contaba estas historias y lo hacía con tal firmeza, que estoy seguro, que para ella eran la pura verdad.

La Juli tenía arraigadas ideas socialistas, hasta citaba a Marx. Era miembro del clandestino partido comunista y cuando sufría algún arresto se la beneficiaban los policías a cambio de no recibir una mano de hostias, al menos eso contaba a su vuelta. A los obreros les hacía descuento en sus servicios, y cuando algún aprovechado, sabiendo como era, le contaba que acudía a ella porque su mujer padecía una larga enfermedad, se le arrasaban esos ojos de azabache, limpiándolos con una punta del delantal disimuladamente, y no le cobraba. Pero había que saber mentir, porque luego había que ir contándole la evolución de la enfermedad, sus periodos de mejora y sus crisis de agravamiento. No habría yo aconsejado a nadie ese peligroso juego, en caso de no responder a la verdad, porque la Juli era de armas tomar y de haber descubierto la mentira era capaz de clavarte el cuchillo que usaba para cortar unas lonchas de jamón cuando algún parroquiano se sentía rumboso.
Si todavía vive, que lo dudo, la Juli dormirá en el metro y durante el día deambulará perdida por las calles. Dios la tenga perdonada.
Dicen que Hemingway empuñando una metralleta y al mando de unos cuantos resistentes se adelantó unas horas a los aliados y liberó el bar del Hotel Ritz de París. Una hazaña admirable y justificadísimo el empuñar un arma para acometerla.
Aparentemente, poca relación cabría establecer entre el “Petit Bar” del Ritz donde Cole Porter, F. Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y otros norteamericanos exilados a Europa por las leyes prohibicionistas de su país ahogaban sus angustias vitales en dry martinis y cócteles que se hicieron célebres, tanto por la calidad de sus elaboraciones como por la calidad y resistencia de sus consumidores, con el tugurio regentado por la Juli, donde ahogaban sus angustias reales en “quintos” de La Zaragozana y “chatos” de morapio una selecta parroquia de bebedores. No hay que echar en saco roto la advertencia del viejo Arcipreste de que bajo una mala capa puede haber un buen bebedor. Sin embargo, entre esos norteamericanos, que refugiados en la solidez del dólar en una Europa azotada por la inflación, contemplaban como auténticos voyeurs el desenfreno al que se entregaba el continente en vísperas del apocalipsis y que hacía decir cínicamente a Hemingway que eran muy pobres y muy felices, y los parroquianos de la Juli, que verdaderamente eran pobres, pero seguramente no eran felices, en todos existía una seria conexión, el bar constituía un refugio para sus naufragios.





Don Cleofás

viernes, 30 de junio de 2017

REFLEXIONES DE DON CLEOFÁS





Don Cleofás es un jubilado algo solitario con el que coincido muchas veces en el bar de mi calle. Cuando tengo tiempo siempre pego la hebra con él. Mejor dicho, él pega la hebra conmigo, porque yo suelo escucharle, siempre tiene una visión particular de las cosas. Dice que así como otros practican algún deporte, como correr o jugar al tenis, él practica el deporte de pensar, y, puedo asegurarles que lo hace bastante bien y logra algo poco corriente: opiniones propias.

Don Cleofás sabe que está asistiendo al nacimiento de una nueva sociedad. Una sociedad que ya no será la suya y en la que será un meteco durante el tiempo en que en ella more. Una sociedad que le recuerda vagamente al mundo feliz que describiera Aldous Huxley y que tanto le impactó cuando leyó esta novela en su juventud. La crisis que ha azotado con tanta intensidad a Europa, y en menor medida EE. UU., mientras grandes porciones de Asia, China e India sobre todo, vivían el periodo de mayor crecimiento económico de su historia, junto al fenómeno de la revolución tecnológica (uno de los principales factores) ha cambiado totalmente lo que se creía el curso de la historia.

Una sociedad donde el individuo creerá vivir un mundo de gran libertad: desaparición de muchos convencionalismos sociales, gran permisividad en materia sexual y aceptación de uniones entre personas del mismo sexo, desaparición del concepto de fidelidad dentro de la relación, así como total desenfado en el vestir y en las relaciones entre los individuos. En fin, migajas de libertad, pero que proporcionan, en la superficie, la sensación de que se vive una libertad nunca vista hasta ahora. Frente a esto, a poco que se piense notaremos, que en realidad, vivimos encorsetados por una fuerte censura social ante los grandes temas, que se consideran tabú, y ni siquiera cabe cuestionarlos. La opinión mayoritaria en  cuestiones fundamentales se nos impondrá inquisitorialmente, quien se atreva a no aceptarla, o, simplemente, a discutirla se enfrenta al rechazo de toda la sociedad.

El individuo, que solo existe si se le permite su libre albedrío, su independencia y libertad, está gravemente amenazado, será sustituido por la masa. Zacarías sabe que esto se ha predicado de otros momentos, pero, seguramente, ha llegado el tiempo en que se cumplan las profecías.

Por una parte, la robotización y el tratamiento masivo de datos, que descargan de labores al ciudadano y deberían de abrir la puerta a un mundo idílico de gentes exentas del castigo del trabajo, gozando de mucho tiempo libre para dedicarlo a sus aficiones o al mero ocio, no están contribuyendo precisamente a esto, sino, como en la época del manchesterismo, a la masiva destrucción de puestos de trabajo y a la aparición de masas sin empleo o con trabajos precarios obligadas a proyectos de vida provisionales, carentes del imprescindible sustento económico para gozar de una verdadera libertad.

No hay que esperar que la Universidad forme a personas con buena cultura y pensamiento independiente. La masificación de la universidad no lo permitiría, y, además, no va a ser esa su función. Aparte de ser un almacén de jóvenes donde retenerlos el mayor tiempo posible, el mercado laboral se estrecha y la Universidad hace las veces de pantano de la masa laboral, la sociedad no cree necesitar elites muy cultivadas, sino mano de obra que se acople fácilmente a las herramientas tecnológicas (¿qué arquitecto sigue calculando a mano la estructura necesaria para una construcción, por poner un ejemplo?) y que sea versátil y buen comunicador. Recientemente, don Cleofás ha leído un artículo en el que un catedrático se lamentaba de como en la universidad no podían emitirse opiniones contrarias a lo políticamente correcto, ni siquiera como materia de discusión: la esencia de la universidad, manifestaba, ha sido el ser foro de debate de todos los conceptos en que se basa, no solo la ciencia, sino, toda la cultura en general. Esa es una concepción medieval de la Universidad, aquella que no solo era una isla de libertada espiritual, si no que gozaba de fuero especial, de extra jurisdicción.

El pensamiento único se impondrá y ni siquiera será necesaria la coerción de un poder superior, sino por el medio más sutil de la reprobación por el grueso de la sociedad de lo que se considere una desviación. Las redes sociales se encargarán de difundir el pensamiento ortodoxo en las cosas principales, mientras que en lo accesorio, esas mismas redes, permitiendo todo tipo de ocurrencias, serán las encargadas de mostrar la gran libertad y permisividad social de que se goza.

La intimidad del individuo está gravemente amenazada. A ello ha contribuido el fenómeno del terrorismo. So pretexto de velar por la seguridad de la sociedad se captan y analizan millones de conversaciones, de comunicaciones de todo tipo. El Fisco y la Banca hacen el resto, el manejo de efectivo, con la excusa de luchar contra el fraude fiscal y los negocios ilícitos, se restringe y se obliga a realizar todas las transacciones a través de las instituciones bancarias (que aprovechan la ocasión para embolsarse sustanciosas comisiones) todos los movimientos quedan registrados, archivados, estudiados. Toda la vida de un individuo, incluso su personalidad, puede rastrearse a través de sus compras y gastos. Los teléfonos móviles registran nuestros pasos, qué lugares visitamos y en qué momentos del día; nuestras conversaciones quedan registradas. En fin, la intimidad queda totalmente vulnerada. La persona queda reducida a una célula del gran individuo que es la sociedad.

A. Envid
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