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| SGS |
El poeta francés Paul Valery se despertaba a las cuatro o cinco de la mañana (“la hora pura y profunda”) durante los cincuenta últimos años de su vida, dedicando esas primeras horas, las más frescas del día, a la meditación, el análisis de la vida, del mundo… de todo. Las ideas así concebidas las fue escribiendo en unos cuadernos, los “Cahiers”, doscientos sesenta y uno en total, ejemplo cabal de cómo aprovechar una vida: “Aquí no me propongo agradar a nadie”, “autodiscusión infinita”, “a esta hora, a las 5 de la mañana, me repugna ser obligado a trabajar con la mente de otro. Es la hora de ser lo menos semejante, lo más único posible”, “levantado antes de las 5 tengo la impresión, a las 8, de haber vivido ya toda una jornada con la mente, y de haberme ganado el derecho de ser tonto hasta la noche”.
También a mí, en esta barricada, me gusta pensar (vivir). Uno respira, observa y aprende. Por eso, cuanto más crezco como persona más me arrugo socialmente. Cuanto más analizo y me analizo más me aparto del mundanal ruido, como me aparto de toda influencia colectiva adormecedora del yo. Vivimos, que sepamos, una sola vez y, cada vez más, pretendo vivirla al máximo. Porque sólo yo vivo mi vida y nadie más que yo la vivirá por mí.
Evidentemente, cuando digo “vida social” me refiero a la acepción más al uso ya que vivir es vivir con tu entorno y tu entorno es todo lo ajeno a ti: seres y cosas. Vivimos nuestra vida inmersos en lo ajeno pero desde el yo absorbente y escrutador. Cuando estoy con seres queridos, cuando estoy con gente que me transmite y me aporta algo mi yo se enriquece: esa es la única “vida social” que acepto. Me gusta estar con gente a la que quiero o con gente con la que puedo entablar una buena relación en la que su yo y el mío –personales, intelectuales, afectivos- mejoren. Sin embargo, cuando “asisto” a un “evento social” en el que tengo que actuar como se espera que yo actúe (sea como actor o, normalmente, como espectador), donde no hay verdadera “relación” sino una “representación de relaciones”, siento apagarme no sólo porque mi yo no vive su vida ni se enriquece sino porque, además, la vida es limitada en el tiempo y ese tiempo perdido jamás volverá. En esa vida social al uso todo es falso: desde el disfraz real que nos ponemos (el “uniforme” propio del evento) hasta el papel que nos toca -nos exigen o queremos o necesitamos- representar. Si a ese evento tenemos que asistir forzosamente porque el pan de cada día nos lo impone, habrá que hacerlo, claro, pero porque no queda otro remedio. Lo malo es cuando asistimos voluntariamente porque nos divierte, porque “matamos el tiempo”.
La vida social, esa “vida social” es una pérdida existencial, una pérdida de tiempo irreparable. Y no deberíamos estar dispuestos, bajo ningún concepto a perder un minuto de esta corta y única vida que tenemos. Hasta cuando soñamos somos más nosotros que cuando estamos en un evento social. Quizá cuando soñamos o, incluso en esos tiempos muertos que no hacemos –o creemos no hacer- nada somos más nosotros que en la vigilia porque el pensamiento rara vez se queda en blanco y el pensamiento es el principal instrumento de la conciencia.
De ahí que el Poder que maquina y diseña esa “vida social” nos bombardee constantemente con mensajes que falazmente la hermosean: sabe que encierra la muerte individual. Y eso quieren y así nos quieren: más muertos que vivos. Con razón advertía Baudelaire, otro poeta francés que es el Diablo quien maneja los hilos que nos mueven… “—hypocrite lecteur,—mon semblable,—mon frère!”
(El Comarcal del Jiloca
10/06/2011)





