viernes, 7 de septiembre de 2012

UN AGUA ATRAVESADA (Narciso de Alfonso)

-
.

‘Antes de irme a hacer el oso con las ánimas de Plutón’ –como dijo el poeta, quiero merodear con las siempre escasas palabras del lenguaje a mujeres como Alice, que quizá sabe o siente que, con demasiada frecuencia, el orden nos exime de ser libres, y ella va y viene por los caminos de los campos, y muerde con sus dientes ácidos el viento cuando pasa.

Alice es una mujer estilosa, elegante de esqueleto alto, larga de extremidades y delgada de organismo, con unas manos anchas y prácticas, de dedos gruesos. Si viene del odio tal vez se pregunte dónde queda el amor: hay un cariño que no nace nunca, quizá por eso se ha sentado a un cuerpo de distancia de su alma: para no ser un agua atravesada por gemidos.

‘A mí me gusta el encantamiento de ciertas tardes, cuando lo evidente no es real’ –dijo el poeta; los niños, todavía puros, no confunden lo real con lo que es sólo tangible: quizá sean motivos como estos los que han hecho que Alice ande, vague, recorra los caminos del mundo y se siente en las pacas de paja, con esos espléndidos labios a la luz del sol.



Narciso de Alfonso
del blog
El merodeador

.

jueves, 6 de septiembre de 2012

GOCE Y LINCHAMIENTO (Truhán)

- 
sgs


Qué aficionados somos en este país a los linchamientos. Y lo peor es ver cómo disfrutan todos: unos descaradamente, como los periodistas de la prensa amarilla (¿existe hoy otra?); otros, colegas del linchado, más disimuladamente, pero disfrutando también. Lo he visto. Hoy. No sé si todos lo ven, también es cierto.
 
En fin, me estoy refiriendo a linchamiento que está padeciendo la antropóloga de la policía judicial que emitió el famoso primer informe en el caso Bretón.
 
Aquí, quizá por vez primera, estoy casi casi de acuerdo con el juez Garzón (que por cierto al final ha encontrado lo que quería: un programa propio en la televisión colombiana -ya saben que estos países últimamente se dedican a dar clases de democracia y derechos humanos al resto).  Bien pues Garzón dice que un error como el de la antropóloga forense entra dentro de la normalidad.
 
Y es verdad.  Cuántos informes periciales contienen errores. Piensen Vds. que en cada procedimiento judicial suelen existir opiniones divergentes de expertos que cada parte presenta en su defensa, de igual forma que existen testimonios (pruebas testificales) que también difieren frontalmente entre ellas.  Y nunca pasa nada. Y esto es lo normal: que no pase nada.
 
La pregunta siguiente es: bien, pero que sea normal, quiere decir que sea deseable: ¿no debería ser el error la excepción?  Bueno, pues no, tajantemente, no: somos humanos y como humanos no es que nos equivoquemos, ni mucho menos que falseemos voluntariamente la realidad, simplemente que esa realidad no es para todos igual, ni todos la percibimos igual.
 
Cierto que existen errores que no deben o no deberían consentirse y que, por tanto, deben ser sancionados.  Y es muy posible que el informe de esta antropóloga sea uno de ellos, pero atención: el resultado ha sido la extensión en el tiempo de la duda lacerante y martirizante que agrava el dolor de la madre: esa punzante incertidumbre que supone la dilación instructora.
 
Bien, pues si objetivamente (lo cual nunca es fácil) se concluye que la antropóloga del famoso primer informe ha obrado con una negligencia profesional sancionable: sanciónese. Pero el linchamiento al que se le está sometiendo ni se lo merece ella ni se lo merece nadie.
 
¿Por cierto, alguna vez se linchó así a quienes emitieron informes científicos y jurídicos que concluyeron con la excarcelación del asesino en serie de Juana Chaos?  Porque aquellos informes sí que concluyeron en un error brutal: posibilitaron nada menos que la fuga del multiasesino.
 
Bien, pues  el error (si es que objetivamente lo hay y es objetivamente sancionable) de la hoy tristemente famosa antropóloga, no ha posi-bilitado, afortunadamente, la absolución de otro posible asesino.  Pero es que la de de Juana sí y sin embargo no se montó el circo mediático que aquí se está montando contra los técnicos que allí informaron también equivocadamente, al menos a la vista del resultado de la fuga. Ni se mentó: el humo político, el escándalo político supongo que los libró.
 
Qué quieren, uno odia el linchamiento. Simplemente.  Y si el presunto asesino de sus propios hijos tiene derecho a la defensa, mucho más lo tendrá una científica que se equivoca, por grande que sea el error. 
 
Aun me acuerdo del regocijo de aquél diputado sinvergüenza  del PSOE interrogando a Mariano Rubio (a la sazón, Presidente del Banco de España) en aquella famosa Comisión de Investigación del caso Ibercorp.  No sé si se acordarán: disfrutaba vejando, humillando, algo que denotaba que él y la sociedad que disfrutó con semejante espectáculo estaba ya entonces tan gravemente enferma como la actual. Bien, pues ese buen hombre, aquél "escandalizado" investigador acabó con los años (qué cosas) presidiendo Caja Castilla-León, entidad que acabaría siendo intervenida y él procesado (ahora mismo lo está).  Lo que es la vida.
 
Bueno, pues tampoco él merece ser linchado, sino juzgado, si es que se le llega a juzgar y con todas las garantías.
 
Qué quieren, no me va el linchamiento, es tanta mi debilidad que siempre acabo por defenderlo (her-moso verbo éste que tan mal se conjuga en este enfermo país).  Ojo, y con ello no me estoy poniendo de su lado: simplemente me estoy interponiendo entre los linchadores y él.
 
No, ya sé que estas cosas no suelen entenderse. Pero ¿cómo va a entenderlo esta sociedad que disfruta tanto con el espectáculo del linchamiento?
 
 
 
Truhán 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

RELATOS PARA CUATRO GATOS (Antonio Envid)

-
AEM
 
A menudo me paraba a escucharlo. Sus razonamientos se hallaban dotados de una sutil lógica. Por lo común me hablaba sin atender demasiado a mis palabras, que, por lo demás, no solían ser sino afirmaciones, pues comprendía que lo único que provocaban era la interrupción impertinente del hilo de sus pensamientos. Digamos, que igual habría hablado ante una silla vacía.
“Normalmente empleamos las palabras `realidad´ y `verdad´ como sinónimas, cuando son conceptos muy distintos. ¿No cree?”. Y continuó sin aguardar contestación alguna. “La realidad son los hechos, meras constataciones, hechos desnudos, sin connotación moral alguna. Pertenecen al mundo de lo material. Le pondré un ejemplo: vemos como alguien saca un revolver y mata a otro. Esta es la realidad, pero nada nos dice sobre si ha sido un asesinato a sangre fría o si esa muerte es consecuencia de una pasión desmesurada, si había algún motivo o, por el contrario, ha sido un crimen totalmente gratuito, obra de un asesino frío y amoral, o un crimen por encargo, incluso si, analizado, podríamos llegar a la conclusión de que su causa era una presión intolerable que la victima ejercía sobre el ejecutor y, en realidad, ha sido un acto de legítima defensa. Ahí es donde aparece la verdad, la verdad es una categoría moral, la verdad es omnicomprensiva, comprende en ella los hechos, todas las causas de que derivan y todas sus consecuencias, además de todas las circunstancias que rodean al hecho, y si es producto de un acto humano, también comprende al ejecutor y al receptor y a quienes beneficia el hecho y a quienes perjudica o perturba de alguna manera. ¡Tela, eh, joven! No, no se trata de juzgar nada, entiende, sino de inquirir la verdad. Juzgar es propio de espíritus estrechos. Yo nunca he juzgado los actos humanos, he buscado su explicación, nada más. ”
“Conocerá una de las películas clásicas de John Ford, El hombre que mató a Liberty Balance. No era una pregunta, sino una afirmación, tenía la obligación de conocerla, de modo que no esperó a mi confirmación o, por el contrario, a que alegase mi ignorancia. Ni le importaba lo más mínimo. “En  ella, un abogado bastante pusilánime, que no ha manejado nunca una pistola, se enfrenta a un pistolero, Liberty, a quien todo el mundo teme por su habilidad con las armas y su falta de escrúpulos morales para matar. Contra todo pronóstico el abogado (James Steward) termina disparando y matando al pistolero. El espectador ve la escena y constata ese hecho, así parecen apreciarlo los demás personajes de la película, pues el abogado se convierte en un heroe. Al final del film se vuelve a proyectar la escena, pero desde otro ángulo diferente, y vemos como John Waine (el pistolero bueno) ante la certeza de que va a ser inmolado un inocente, desde las sombras y escondido tras una columna dispara sobre el agresor y es quien mata realmente a Liberty. Ya ve, como no podemos estar seguros de que conozcamos los hechos. La realidad, que parece algo sólido y material, es poliédrica, cambias de enfoque y se transforma, ves cosas nuevas y se te ocultan otras. La realidad nos es inaprensible. Siendo así ¿cómo vamos a aspirar a apresar algo mucho más complejo, como es la verdad? La verdad no existe.” 
 
Llegado a este punto paró de hablar, como si fuera un muñeco que deja de moverse al agotarse las pilas que le suministran la energía. Sabía que había dado por terminada la conversación y podía permanecer callado por horas. Me levanté, lo salude afectuosamente y me fui con el convencimiento de que era verdad su afirmación de que la verdad no existe ¡Qué paradoja!.
 
 
Antonio Envid
 
 

martes, 4 de septiembre de 2012

¿FELICIDAD? NEXT... (Fabiola A.M.)

-
-

sgs


Quería hacer lo que me diera la gana. Y cada vez que estaba a punto de conseguirlo… ZAS, aparecía algún valor o principio que me inculcó mi educación y las costumbres de la sociedad del momento y lugar en el que desarrollé mi personalidad. Distinta y determinada, tal vez. Avispada, bastante. Pero siempre en el último momento retraída por esos principios en los que hay que apoyarse, esos papeles que no se deben perder y esos modales que deben guardarse.

Un día me rebelé y decidí cuestionarlos todos. Decidí plantar cara a Felicidad, Honestidad, Humanidad, Sinceridad, Humildad,… y casi por no romper con todas esas dades etéreas llegué a cuestionarme la Navidad. Luego llegaron algunos ismos: mi preferido, el Romanticismo, y también el Compañerismo. Y la Paz. La Tolerancia. El Respeto…

Los maté a todos uno por uno, por estar vacíos. Les puse en fila, primero, por no prejuzgar. Y les pedí la documentación.     

La primera fue en la frente. 24 años pensando que el dinero no daba la Felicidad, y la RAE me lo soltó a la cara sin ningún género de dudas.

Felicidad.

1.       Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien.
 
2.       Satisfacción, gusto, contento.

3.       Suerte feliz.

En definitiva, (1) uno es feliz si posee un bien. Y los bienes podrían ser desde un kilo de patatas hasta un chalet en Marbella (eso lo sabe cualquier estudiante de ADE). Al fin y al cabo, en nuestro rico idioma, felicidad implica posesión.

 Cabría que algún inteligente me dijera que aquí la RAE se está refiriendo a bien como el opuesto al Mal. Pero entonces estaríamos entrando en el pecado y la virtud, en el cielo y el infierno, y en los tontos y los listos… y mira, imbécil, que a mí no me gusta etiquetar…

De todas formas, rompo una lanza a favor del idioma y de los órdenes en los que he creído que funcionaban hasta ahora. Pienso en la gran cantidad de millonarios que acaban suicidándose en bañeras (eso sí, en bañeras de suites de lujo), y en los millones de pobres de película que se aman en el seno de un hogar en el que se comparten patatas hervidas. Y por todos ellos, busco una definición de Bien en mi bien-amado diccionario.
¡Se recogen 17 acepciones las cuales están al alcance de cualquiera con conexión a Internet. De todas ellas, solo 3 se refieren a un bien que pudiera ser objeto de posesión. Y todas con concuerdan como idea de bien material.

Atenta especialmente contra mi curiosidad la primera de las acepciones, que transcribo por ver si deja de ser imprecisa: Bien. Aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual ni se mueve ni puede moverse sino por el bien, sea verdadero o aprehendido falsamente como tal.

 A lo que yo digo, primero, misión no cumplida. Y segundo, lo que yo veo ahí es que bien es aquello que se puede llegar a querer (de voluntad, no de amor). Entonces: Voluntad de poseer un bien àPosesión del bien à Felicidad (o, con la contra, sino me lo compran me da un berrinche).

Así que, sintiéndolo mucho Mamá, la felicidad es poseer.

Pero, de acuerdo, hay otra felicidad (2). Y no sería justo juzgar el todo por la parte (eso también sería poco ético, ¿verdad?). Y aquí la felicidad es:

- Satisfacción à Ok. Cuanto apruebas 7 asignaturas en febrero, te sientes satisfecho y estás feliz.

- Gusto à no como sentido, entiendo, sino como placer obtenido al hacer una cosa. Y esto sería como decir que si me gustan los helados soy feliz si me estoy comiendo uno.


- Contento à ¿Si estoy contento estoy feliz? De acuerdo.

Y, vamos más allá, porque no hay dos sin (3). La felicidad es SUERTE FELIZ. Y a mí que siempre me dijeron en el cole que la palabra definida no podía incluirse en la definición. Al parecer los Hombres de las Letras que configuran nuestro idioma cobran por permitirse estas licencias. Sigo sin entenderlo, pero sería algo así como: corro buena suerte à soy feliz. Del tipo… tengo suerte, me toca la lotería, poseo bienes a tope, y soy feliz.

Entonces se pecaría de repetición, y sería una acepción que bien podría sobrar, porque esa idea ya la teníamos recogida en la primera, tan primordial como tajante. Para darle un valor añadido me planteo que sería tal vez aplicable a todas esas expresiones que tanto nos gusta decir por quedar bien (Quedar Bien también como valor ético) desde a la panadera hasta los amigos que ves dos veces al año. Me estoy refiriendo a Feliz Navidad, Feliz Cumpleaños, Feliz aniversario… porque claro, es mucho más bonito pensar que estamos deseando una suerte feliz a que estamos deseando que te regalen muchas cosas (que es algo que solemos desear también, como plus de encanto).

Así que podría cuadrar perfectamente: Feliz Año à Suerte feliz para el año. Plus: no te olvides las bragas rojas y cómete todas las uvas.

Con todo lo anterior, feliz es el que tiene. Y mi reto se hace fuerte, porque como valor ético me parece una sandez. Vale que la acepción 2 es la que todos podríamos tener como idea de felicidad. Pero los segundos nunca fueron lo suficientemente importantes como para ser los primeros, y mi vocación no es buscar medias tintas, ni medios blancos.

Tajante. La búsqueda de la felicidad, tan rimbombante y altruista es en realidad una farsa. Y bueno, la Felicidad no se opondría a hacer lo que me diera la gana… siempre que fuera la mía. Porque se entiende (o me entiendo) que no me dará la gana hacer aquello que no me haga feliz. Pero está claro que no me voy a poner por delante la Felicidad de los demás antes de hacer lo que me dé Mi Gana.
En otras palabras, que si me quiero comprar el último pantalón modelo exclusivo de la 36 que queda en los estantes, no se lo voy a dejar a otra, porque la posesión de ese bien l – pantalón modelo exclusivo talla 36 última pieza – es la que me dará la felicidad.

En conclusión, la Felicidad se ha adaptado también a la realidad en la que vive. Se ha sumado al mercantilismo y se ha disfrazado de Codicia por no desentonar, a medio camino entre la Ambición y la Avaricia.

Estamos de acuerdo en que el Derecho evoluciona, el Lenguaje evoluciona… y al igual que los pantalones campana se fueron para que llegaran los pitillo, los valores se vacían de contenido, y los principios ya no solo no están de moda sino que se cambian por fines, que además tienen la suerte (feliz) de justificar los medios. Y aquí el que no corre derrapa.

Por otra parte, y dada la abstracción de esta dad que nos ocupa, no dudo en decir que no es posible hablar de una felicidad universal, que todos compren. De eso no me queda.
La Felicidad es relativa, y cada uno se hace la suya. A medida y en tanto en cuanto le conviene. Habrá quien sienta satisfacción, gusto y contento por fumarse un habano, y habrá quien lo sienta por tirárselo (a la cara el puro, digo). Pero nadie estará dispuesto a comulgar con la Felicidad de otro a la mínima personalidad que tenga guardada.

Y a la postre me encuentro con la misma imprecisión con la que partí. De un lado la felicidad capitalista; del otro la felicidad a medida. Pero ninguna infalible, ninguna prêt a porter, ninguna que me merezca la pena abanderar, por la que enterraría Mi Gana y la ofrecería a cambio de la satisfacción, gusto y contento eternos.
 
Felicidad, yo no te compro.

Next.



 

Fabiola A.M.

lunes, 3 de septiembre de 2012

BALCONCILLOS 22 (Narciso de Alfonso)

 
sgs

El problema (uno de los problemas) es que el recuerdo no es ordenado: ignora lo precedente y lo subsiguiente; a veces se desprende y vive por su cuenta. Hace ya 50 años: la luz iba cambiando del verde al púrpura y al rosa; la música era fuerte y vibrante. Rosalie era la mejor: sabía cómo hacerlo, rugíamos cuando ella brindaba magia a los solitarios. Eras buena, Rosalie, suficientemente buena como para recordarte ahora que la luz es amarilla y las noches son otras, muy lentas.

Uno de los chicos que –dicho entre nosotros- es un poco neurasténico, quiso responderse a aquella pregunta que dice: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? En seguida supo que sus preferidas eran las caras de mujer –incluso para llevarlas él-, pero no le servían. Desechó las caras de santos, filósofos, boxeadores, incluso la de Dios padre: le pareció demasiado solemne. Acabó quedándose con su cara y, de este modo, respondió que sí, sí, a la pregunta que se había hecho. De todas formas –y como era de esperar en él-, enseguida comenzó con su retahíla: que los ojos se le habían licuado y su luz era oscura y triste; que las arrugas a los lados de la boca eran como arcos o paréntesis y le hacían parecer un perro viejo; que de perfil, la nariz le crecía groseramente y –sin saber por qué- se le encorvaba. Volvió entonces a preguntarse: si tuvieras dos caras ¿estarías usando esta? Después de un minuto de reflexión contestó, de nuevo, que sí, sin duda que sí.

Otro de los muchachos ha descubierto el glíglico y se pasa el día, los días, diciendo cosas como: ella lo vio de lejos; él llevaba en la cinfrosa un burtio de buen tamaño que, cada tanto, dejaba caer al suelo sin desatarlo. El burtio, como iluminado de pronto, comenzaba entonces a discogar, despacio al principio, pero cada vez con más cresiolos, bedrando peligrosamente con las implodesas traseras y con el amilón, que parecía una sirena o una cesta llena de fresas. Como se acercaban a un corral de gallinas y agumios que él, vigilando al burtio, no había visto, ella tuvo que grosarle con fuerza para evitar que el burtio, con un olfato físulo, se apojagara contra las gallinas y, sobre todo, contra los agumios, casi recién nacidos.

En estos balconcillos, como en casi todas partes, la realidad es veloz, impaciente, urgente, puro dinamismo. Uno de los veteranos, charles, dice que si acompañamos con la vista cualquier movimiento de lo real –el paso de un tren, la cuerda de una polea en acción, un burtio que sale disparado- el resultado óptico es momentáneamente estático. Esa, esa es precisamente la estrategia, dice charles: detener lo dinámico, analizar el vértigo como si fuera un objeto detenido. Los demás lo escuchan pero no le replican, lo que no es una buena señal.

El bueno de césar (que siempre ha de dar la nota) pasa las tardes en las mañanas tristes, dando silbidos técnicos con toda su maquinaria en marcha. Vive la vida, sólo la vida, así: cosa bravísima, dentro del orgullo grave de la célula. Se alimenta de lo inexacto y muchas mañanas vuelve del bosque, desvelado y sin prisa, con un pequeño rectángulo de eternidad entre las manos.

Pero ¿quién no vuelca pequeños venenos azules? Los niños de managua sueñan con ser pelícanos y buscan un océano y golpean sus rostros contra el agua hasta perder la vista. Los líquenes traen de la noche un verde mortal. Hay perros románticos en todos los seres de cinco letras. Estando, ay, así las cosas, ¿quién no sueña con vengarse?
 
 
 
Narciso de Alfonso
 
 

sábado, 1 de septiembre de 2012

LA OBSCENIDAD DE LAS PALABRAS (Juan Serrano)

-
-
 

 
 
Cuando entré en la cocina no la oí a primera vista. Tal vez mi padre se avergonzara de ella y la tuvieran encerrada en el sótano de su garganta.

Nadie en casa, excepto él, y sólo en contadas ocasiones (momentos de mala suerte, de discusión, o de cansancio), se atrevía a destapar su estentórea indecencia. Entonces mi padre escupía por la boca el tan reprimido vocablo. Y yo veía como la vergüenza de la palabra se resistía a mostrarme sus partes íntimas. Y me acordaba del cartel de la plaza del pueblo: prohibido blasfemar. A mi corta edad yo creía que aquel letrero quería decir algo así como niño que orina en la calle no puede hacer la primera comunión. 

Luego cuando a mis oídos, en vez de un desnudo en toda regla, llegó un chillido contra el santo grial, me cachis en el copetín de bullas, y mi madre dijo ¡hombre de Dios, no blasfemes!, sólo entonces supe que blasfemar era como gritar en falsete.

En aquellos años de mi niñez, el pundonor de las palabras era muy respetado. Y las palabras obscenas guardaban fuera del alcance de mis sentidos las tetas escondidas en el sujetador de su lenguaje constreñido. Y el res non verba de los latinos era lo que se estilaba en aquel tiempo de genuflexiones semánticas en que las palabras no eran el nombre de las cosas sino su camarero y máscara.

Las palabras, eso creía yo entonces, eran pudorosas cual veneno de bellas mariposas; se las daban de castas, y con tan sólo tocarlas, te contagiaban de blenorrea silábica. Luego con el destape y el derecho de cátedra llegó el asueto, el taquerío, el bufé libre de las palabras. Yo mismo recuerdo mi alarde de hablar carretero, mi osadía libertaria a base de tacos defecatorios que apestaban y herían la sensibilidad de las niñas; éstas huían de las malas palabras como los pájaros que se espantan del estruendo de una escopeta.

Hasta que una tarde lleno de curiosidad y valentía estuve tres horas seguidas estrujando el culo a una palabra obscena para que pusiera el huevo de su maledicencia. No obtuve ningún resultado. Nada me mostró la palabra terca; ningún repliegue íntimo de sus carnes lésbicas reconfortó mi deseo de verla en pelotas. Así que la indulté de su pecado, de su herética concuspiscencia.

Y gracias a ello supe muy pronto que las palabrotas que mi padre tantas veces no decía, y en los libros eran puntos suspensivos, tartamudeo en el confesionario, y en las mentes de los niños fantasmas y castigos, no eran malas; malos, los tiempos de candado y de cruzadas que llenaban nuestras mentes de maldades inventadas.
 
  
 
 
Juan Serrano
(En el blog Blao
18 de noviembre de 2011)
 
 
 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...