sábado, 22 de diciembre de 2012

JACINTO CONTRERAS RECIBE SU PAGA EXTRAORDINARIA: SENTIMENTAL FABULILLA DE NAVIDAD (Camilo José Cela)


Fotografía: Francesc Catalá Roca





A Jacinto Contreras, en la Diputación, le habían dado la paga extraordinaria de Navidad. A pesar de que la esperaba, Jacinto Contreras se puso muy contento. Mil doscientas pesetas, aunque sean con descuento, a nadie le vienen mal.

-Firme usted aquí.

-Sí, señor.

Jacinto Contreras, con sus cuartos en el bolsillo, estaba más contento que unas pascuas. ¡Qué alegría se iba a llevar la Benjamina, su señora, que la pobre era tan buena y tan hacendosa! Jacinto Contreras, mientras caminaba, iba echando sus cuentas: tanto para unas medias para la Benjamina, que la pobre tiene que decir que no tiene frío; tanto para unas botas para Jacintín, para que sus compañeros de colegio no le pregunten si no se moja; tanto para una camiseta de abrigo para él, a ver si así deja de toser ya de una vez (las zapatillas ya se las comprará más adelante); tanto para un besugo (gastarse las pesetas en un pavo, a como están, sería una insensatez sin sentido común), tanto para turrón, tanto para mazapán, tanto para esto, tanto para la otro, tanto para lo de más allá, y aún sobraba dinero. Esto de las pagas extraordinarias está muy bien inventado, es algo que está pero que muy bien inventado.

-¿Usted qué piensa de las pagas extraordinarias?

-¡Hombre qué voy a pensar! ¡A mí esto de las pagas extraordinarias, es algo que me parece que está la mar de bien inventado!

-Sí, eso mismo pienso yo.

Jacinto Contreras, para celebrar lo de la paga extraordinaria -algo que no puede festejarse a diario-, se metió en un bar y se tomó un vermú. Jacinto Contreras hacía ya más de un mes que no se tomaba un vermú.

-¿Unas gambas a la plancha?

-No, gracias, déjelo usted.

A Jacinto Contreras le hubiera gustado tomarse unas gambas a la plancha, olerlas a ver si estaban frescas, pelarlas parsimoniosamente, cogerlas de la cola y, ¡zas!, a la boca, masticarlas despacio, tragarlas entornando los ojos...

-No, no, déjelo...

El chico del mostrador se le volvió.

-¿Decía algo, caballero?

-No, no, nada..., muchas gracias..., ¡je, je!..., hablaba solo, ¿sabe usted?

-¡Ah, ya!

Jacinto Contreras sonrió.

-¿Qué le debo?

En la calle hacía frío y caía un aguanieve molesto y azotador. Por la Navidad suele hacer siempre frío, es la costumbre. Jacinto Contreras, en la calle, se encontró con su paisano Jenaro Viejo Totana, que trabajaba en la Fiscalía de Tasas. Jenaro Viejo Totana estaba muy contento porque había cobrado su paga extraordinaria.

-¡Hombre, qué casualidad! Yo también acabo de cobrarla.

Jenaro Viejo y Jacinto Contreras se metieron en un bar a celebrarlo. Jacinto Contreras, al principio, opuso cierta cautelosa resistencia, tampoco muy convencida.

-Yo tengo algo de prisa... Además, la verdad es que yo ya me tomé un vermú ...

-¡Venga, hombre! Porque te tomes otro no pasa nada.

-Bueno, si te empeñas.

Jenaro Viejo y Jacinto Contreras se metieron en un bar y pidieron un vermú cada uno.

-¿Unas gambas a la plancha?

-No, no, déjelo usted.

Jenaro Viejo era más gastador que Jacinto Contreras; Jenaro Viejo estaba soltero y sin compromiso y podía permitirse ciertos lujos.

-Sí, hombre, sí. ¡Un día es un día! ¡Oiga, ponga usted un par de raciones de gambas a la plancha!

El camarero se volvió hacia la cocina y se puso una mano en la oreja para gritar.

-¡Marchen, gambas plancha, dos!

Cuando llegó el momento de pagar, Jenaro Viejo dejó que Jacinto Contreras se retratase.

-Y ahora va la mía. ¡Chico, otra ronda de lo mismo!

-¡Va en seguida!

Al salir a la calle, Jacinto Contreras se despidió de Jenaro Viejo y se metió en el metro, que iba lleno de gente. En el metro no se pasa frío, lo malo es al salir. Jacinto Contreras miró para la gente del metro, que era muy rara e iba como triste; se conoce que no habían cobrado la paga extraordinaria; sin cuartos en el bolsillo no hay quien esté alegre.

-Perdone.

-Está usted perdonado.

Al llegar a su casa, Jacinto Contreras no sacó el llavín, prefirió tocar "una copita de ojén", en el timbre (to ring the doorbell very lightly-as if with a glass of brandy). A Jacinto Contreras salió a abrirle la puerta su señora, la Benjamina Gutiérrez, natural de Daimiel, que la pobre era tan buena y tan hacendosa y nunca se quejaba de nada.

-¡Hola, Jack!

La Benjamina, cuando eran novios, había estado una vez viendo una película cuyo protagonista se llamaba Jack, que ella creía significaba Jacinto, en inglés. Desde entonces siempre llamaba Jack a Jacinto.

-¡Hola, bombón!

Jacinto Contreras era muy cariñoso y solía llamar bombón a la Benjamina, aunque la mujer tenía una conjuntivitis crónica que la estaba dejando sin pestañas. 

-He cobrado la paga extraordinaria. La Benjamina sonrió.

-Ya lo sabía.

-¿Ya lo sabías?

-Sí; se lo pregunté a la Teresita por teléfono.

La Benjamina puso un gesto mimoso y volvió a sonreír.

-Mira, ven a la camilla, ya verás lo que te he comprado.

-¿A mí?

-Sí, a ti.

Jacinto Contreras se encontró al lado del brasero con un par de zapatillas nuevas, a cuadros marrones, muy elegantes. -¡Amor mío! ¡Qué buena eres!

-No, Jack, el que eres bueno eres tú ... Te las compré porque tú no te las hubieras comprado jamás ... Tú no miras nunca por ti ... Tú no miras más que por el niño y por tu mujercita...

Jacinto Contreras puso la radio y sacó a bailar a su mujer.


-Señorita, ¿quiere usted bailar con un joven que va con buenas intenciones y que estrena zapatillas?

-¡Tonto!

Jacinto Contreras y la Benjamina bailaron, a los acordes de la radio, el bolero Quizás, que es tan sentimental. La Benjamina, con la cabeza apoyada en el hombro de su marido, iba llorando.

La comida fue muy alegre y de postre tomaron melocotón en almíbar, que es tan rico. La Benjamina, a cuenta de la paga extraordinaria, había hecho unos pequeños excesos al fiado.

-Y ahora te voy a dar café.

-¿Café?

-Sí; hoy, sí.

Mientras tomaban café, Jacinto Contreras, con el bolígrafo, fue apuntando.

-Verás: unas medias para ti, cincuenta pesetas.

-¡No seas loco, las hay por treinta y cinco!

-Bueno, déjame. Una barra de los labios, con tubo y todo, otras cincuenta.

-Anda, sigue, los hay por treinta y duran lo mismo.

-Déjame seguir. Llevamos cien. Unas botas para el Jacintín, lo menos doscientas. Van trescientas. Una camiseta de abrigo para mí, cuarenta pesetas... Hasta lo que me dieron, menos el descuento y los dos vermús que me tomé ... ¡Tú verás! Queda para el besugo, para turrón, para mazapán, para todo, ¡y aún nos sobra!

Jacinto Contreras y la Benjamina se sentían casi poderosos.

-¿Hay más café?

-Sí.

Jacinto Contreras, después de tomarse su segundo café, palideció.

-¿Te pasa algo?

-No, no...

Jacinto Contreras se había tocado el bolsillo de los cuartos.

-¿Qué tienes, Jack?

-Nada, no tengo nada...

La cartera donde llevaba el dinero -una cartera que le había regalado la Benjamina con las sobras de la paga de Navidad del año pasado- no estaba en su sitio.

-¿Qué pasa, Jack? ¿Por qué no hablas?

Jacinto Contreras rompió a sudar. Después besó tiernamente a la Benjamina. Y después, con la cabeza entre las manos, rompió a llorar.

Hay gentes sin conciencia, capaces de desbaratar a los más honestos sueños de la Navidad: comprarle unas medias a la mujer y unas botas al niño, comer besugo, tomar un poco de turrón de postre, etc.

Fuera, el aguanieve se había convertido en nieve y, a través de los cristales, los tejados y los árboles se veían blancos como en las novelas de Tolstoi...






de La penúltima novela
(Café de artistas y otros cuentos
Bibloteca Básica Salvat, 1969)






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viernes, 21 de diciembre de 2012

ELOGIO A UN BUEN HOMBRE (Antonio Envid Miñana)

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Bien Juan, ya ves lo que has conseguido, ni figuras en la Enciclopedia Británica, ni en el libro de los Ginnes, ni en el Ghota, o sea, que tranquilo, a estas alturas ya no vale esforzarse. Fúmate un puro y tómate una copa para celebrarlo.

Por el contrario: has demostrado tu total incapacidad para los trabajos mecánicos, no eres ni especialmente virtuoso, ni sabio, de modo que nadie espera nada excepcional de ti. Fúmate un puro y tómate una copa para celebrarlo.

Nunca has desempeñado un cargo importante, de forma que tus errores no han dañado a nadie, quizá a ti mismo, pero tú sabrás disculparte fácilmente. Fúmate un puro y tómate una copa para celebrarlo.


Tampoco has sido ningún criminal, ni has tenido grandes vicios, por tanto, tampoco nada de que arrepentirte en esta última etapa de tu vida. No necesitas penitencias ni otras zarandajas. De modo que fúmate un puro y tómate una copa.

Nunca has querido ser un ejemplo, ni siquiera para tus hijos. Has tenido la suficiente cordura para no desear que tus hijos fueran como tú. ¡Cuántos cretinos se han esforzado para que sus hijos se parecieran a ellos! Lo peor es que muchos de ellos lo han conseguido. Fúmate un puro y tómate una copa para celebrarlo. 

Concéntrate en lo que importa: supervisa las nubes, mira atento el vuelo de las moscas, busca un carasol en invierno y un sitio fresco en verano para tomarte una copa y fumarte un puro. Tú sí que sabes.



Antonio Envid


miércoles, 19 de diciembre de 2012

DOLOR DULCE (Juan Serrano)

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Al ver la cara de la santa pienso que entre el amor espiritual y el humano no hay distinción alguna; y que el amor, si existe, es uno, infinito e indivisible. Y su gusto sabe a eterno, sin llegar a serlo. Y que el amor y la muerte tienen algo en común. Será por el parecido entre la eternidad y la nada. Y por eso repetimos, repetimos el coito sin jamás hartarnos.

Y queremos abstraernos del tiempo. Consumar sin consumar el éxtasis, hacerlo interminable. Y una niña de apenas seis años dice que el infinito es comerse una tarta que no se acaba nunca. Y yo le digo a la niña que no hay en el mundo confitero con nata suficiente...

Y de nuevo me fijo en la expresión orgásmica de la santa, y no llego a saber si Teresa está dolida o gozosa. O es que quizá el amor (el genérico, el que no existe, el que a diario (?) gastamos los mortales), tal vez sea agridulce, entre espinoso y suave.

Y todo esto me vino al leer este texto del Libro de la vida (cap.29) de Teresa de Ávila:

Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aún harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo al su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.


Juan Serrano 
(En el blog Blao
20 de octubre, 2012)



martes, 18 de diciembre de 2012

BUSCANDO (Narciso de Alfonso)

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Ando por los montes buscando un poco de agua, un motivo para vivir, pero sólo encuentro árboles secos, cabras perdidas, piedras extrañas.

Voy buscando un columpio, una flor, una escuela, pero sólo encuentro pasajeros extraviados, papeles rotos, puertas cerradas.

Yo busco mi persona y sólo encuentro lechugas, algún sapo muerto, un caracol que huye.

Busco mi dignidad, el orgullo de ser hombre, y sólo encuentro un vinagre, un dinero, un viento herido.

Busco mi integridad, mi identidad, mi esencia elemental, pero sólo encuentro tierras húmedas, iglesias destruidas, zonas de muerte.

Busco la infancia, mi voz, y sólo encuentro luces apagadas, comida vieja, flores feas.





Narciso de Alfonso
Cuescos


lunes, 17 de diciembre de 2012

LA GIMNASIA, LA MAGNESIA Y LOS DESAHUCIOS (Antonio Envid)

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El Gobierno ha aprobado, quizá, las únicas medidas que podía tomar en el tema de los desahucios, remediar algunas situaciones límite y prometer un fondo de viviendas para alquileres sociales. En el proceso de recapitalización en que se encuentran bastantes entidades bancarias españolas, poner impedimentos legales para que recuperen sus créditos (porque al fin, una hipoteca no es más que una garantía de cobro de un préstamo) supondría un jarro de agua fría sobre los poco animados inversores.

En esta gran ceremonia de la confusión en que estamos inmersos todo se mezcla para crear oscuridad. En primer lugar, quien contrae una deuda sabe que ha de pagarla, aunque sea a largo plazo y tenga el optimismo de un don Juan: “cuan largo me lo fiáis”. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, advierten nuestros clásicos. En tiempos más cabales la familia que solicitaba una hipoteca era de inmediato estigmatizada; en el casino se comentaba en voz baja, fulano ha pedido una hipoteca sobre sus fincas…, todo el mundo consideraba aquello como un indicio de próxima bancarrota y mala administración. Quien habiendo obtenido un préstamo voluntariamente con la garantía de su vivienda, no hace frente a sus obligaciones, no tiene porque asombrarse de que su acreedor ejecute esa garantía; otra cosa es ir en contra de la seguridad jurídica que debe presidir todo orden social. Asunto distinto es, y esto es lo que viene a decir el dictamen de la abogada general del Tribunal de Justicia de la UE, Juliane Kokott, que todo este proceso se rodee de malas prácticas y abusos por parte de la banca. No confundamos pues la magnesia con la gimnasia, y si nos ponemos castizos, el culo con las témporas.

Lo verdaderamente aberrante es que un banco prestamista cobre a su cliente unos intereses de demora del 19 o el 20%, que le imponga unos costos de ejecución hipotecaria estimados arbitrariamente de hasta un tercio del capital prestado, que estas mismas entidades hayan creado una vana ilusión en su clientela presentando unas tasaciones fantásticas y fraudulentas, etc. etc. En otras épocas, ya digo, más cabales, esto habría sido tachado de usura y castigado hasta con la excomunión. Precisamente las Cajas de Ahorro, esas Cajas que imponen esas leoninas condiciones a sus clientes, se fundaron para evitar los abusos de usureros sin entrañas. ¡Ay, si el Padre Piquer levantara la cabeza, volvería avergonzado a su tumba!

No es defendible la actuación de las entidades financieras en este asunto. Yo siempre he sostenido que la ética es el factor más rentable de los negocios, que cuando se habla de empresas sostenibles hay que hacer hincapié en que su comportamiento hacia la sociedad, sus empleados, sus clientes y proveedores, sea ético, solo así podrán ser sostenibles en el tiempo. Cuando falta la ética, cuando el negocio omite las consideraciones morales en un afán de lucro inmediato, llegamos a situaciones de quiebra y debacle como la actual. En los últimos años las entidades financieras españolas han demostrado un desprecio total por los valores morales digno de reproche social, pero eso nada tiene que ver con el proceso jurídico de recuperación forzosa de las cantidades prestadas, salvo que estemos dispuestos a sufrir las consecuencias: ver como los mercados internacionales aumentan su desconfianza en la Banca española, cerrándoles todavía más sus puertas, dando una vuelta de tuerca a nuestra asfixiada economía tan escasa de financiación. Evítense las malas prácticas y los abusos, modérense los intereses moratorios, ajústense las costas del procedimiento, siéntese la mano sobre esas sociedades de valoración que se han dejado influir demasiado por sus clientes los Bancos. Todo eso lo verá favorablemente el mercado de capitales. 

Pero en todo esto ¿qué tiene que ver la Ley hipotecaria? La Ley hipotecaria, bien gestionada y aplicada, con sus límites de garantía sobre el valor real del bien, ha facilitado el acceso a la propiedad de la vivienda a millones de familias españolas. Es una Ley fundamental para nuestro derecho civil y debe estar a salvo de vaivenes circunstanciales y oportunistas.


Antonio Envid
26/11/12

domingo, 16 de diciembre de 2012

CRISÁLIDA (Ángel Ferrer)

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¿Cuál será la palabra que sea yesca
que rompa el silencio en esta noche?
Completarse es una infinitud laboriosa
y su fin no está aquí

Si en el amor todo vale
¿Porqué acato estas normas tan estrictas
que nos mantienen alejados ?

¿Quién construye esta campana de silencio?

Mutilado
uno frente al otro en el altar

¿Con qué miembro saludaré al respetable
el día de nuestra unión ante Dios ?

Vanagloriarte por llevar una cruz
no te da derecho a clavar mi alma
otra más en tu colección
entomólogo cabrón.




Ángel Ferrer



sábado, 15 de diciembre de 2012

UN DOMINGO DE JULIO (Servando Gotor)

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Queridos hermanos —dijo don Mariano desde el púlpito, clavando una mirada inquisitiva en Jacinto—:  Acabamos de escuchar la parábola de la red.  —Hubo un silencio—.  Una vez más, la Palabra de Dios llega a nosotros en el momento preciso...  Pues nunca mejor para las jornadas que estamos viviendo que recordarnos el castigo.  Pero no un castigo material y, por tanto, pasajero, sino un suplicio eterno:  Así sucederá al fin del mundo —recordaba la Lectura—.  Saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos en el horno del fuego;  ALLI —dijo con énfasis—  SERA EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES —alguna vieja se santiguó al oir esto— .  Fijaos en la gravedad de estas palabras que nos transmite San Mateo:  ALLI SERA EL LLANTO Y EL RECHINAR DE DIENTES...  ¡Y nosotros nos permitimos despilfarrar el poco tiempo que nos queda en desavenencias materiales!  Queremos arreglar el mundo, donde no vamos a estar más que unos días, y olvidamos lo principal: aprovechar bien esta vida, en la-que-só-lo-es-ta-mos-de-pa-so, para preparar la venida del Verbo —Manolín, el del Herrero, se hizo un lío llegado este punto, ¿cómo podría venir un verbo?, se preguntaba—.  ¡Es-ta-mos-per-dien-doel-tiem-po!  ¡Apostamos por lo adjetivo descuidando lo sustantivo! —Manolín casi se asustó. Con ojos de plato recordó que tenía pendientes los ejercicios de gramática que papá le exigiría el lunes— .  ¡Nos sabemos de memoria cuatro o cinco artículos determinados de la Constitución pero olvidamos las proposiciones últimas —Manolín entendió preposiciones—  que en tiempos pretéritos nos ha dado a conocer el Hijo de Dios —otra vez los verbos, pensó el muchacho mientras tragaba saliva y comenzaba a palidecer—.  ¡No hermanos, no!  Estamos olvidando lo principal.  ¡Nos hundimos en el fango...!   Han llegado a mis oídos ciertas desavenencias que se han producido en el café de la Fonda...  Me han puesto los pelos de punta.  —No le debió gustar mucho esta última expresión y rectificó con fuerza—:  ¡Me han erizado los cabellos...!  Ya no os conformáis sólo con gritar o dar golpes en la mesa e insultaros, sino que habéis llegado a la violencia física, cuando la violencia, así nos lo enseña el Evangelio, só-lo-en-gen-dra-vio-len-cia.  ¿Qué pretendéis?  ¿Aún creéis que tiene pocos problemas la Patria?  ¿Sabéis acaso que estamos atravesando una situación EXTREMADAMENTE CRITICA y que todos los indicios hacen pensar en una GUERRA CIVIL?  No hermanos, no...  Así no vamos a ningún sitio.  Tenemos pocos problemas a nivel estatal y vosotros nos creais otros en el pueblo.  ¿Os habéis vuelto locos?  ¿De verdad pensáis que con vuestra actitud se puede arreglar algo?  ¿Acaso salvaréis al mundo con esas execrables conductas...?  Estamos perdiendo todos el juicio... Y los que esperáis arreglar los problemas de la humanidad con esas acciones violentas debéis tener bien claro lo dicho:  que así no vais a ninguna parte.  Porque si ni siquiera sabéis hablar, si ni siquiera sabéis dialogar, ya me diréis lo que se puede esperar de vosotros.  —Dicho esto, los ojos del Cura volvieron a clavarse una vez más en Jacinto, que aunque no había participado en la reyerta a que se refería, de todos eran conocidas sus ideas anarquistas.  Don Mariano prosiguió su sermón como si se dirigiera sólo a Jacinto— .  Y los demás, los que no participasteis en aquella batalla campal, no os creáis libres de culpa.  ¡Aquí todos tenemos nuestro grado de responsabilidad!  Los unos por no haber tratado de sembrar la concordia a su debido tiempo;  y, los otros —o sea, Jacinto— , porque con sus actitudes, con sus comportamientos, han contribuido a crear este ambiente de odio fratricida que tenemos en el pueblo.  No seamos soberbios, no nos creamos tan fácilmente que estamos en posesión de la verdad.  Reflexionemos seria, cabalmente.  Verdad no hay más que una y en buena hora nos la ha recordado el Evangelio:  ALLI SERA EL LLANTO...  Y EL RECHINAR DE DIENTES.  Aún estamos a tiempo, hermanos.  Parece que Dios ha querido recordarnos, precisamente hoy... —dudó un instante:  en realidad la lectura no se correspondía con aquel domingo, la había elegido él premeditadamente, saltándose así las formas, actitud de cierta rebeldía y arbitrariedad que caracterizaba la personalidad de don Mariano; siguió, no obstante:— precisamente hoy ha querido recordarnos este castigo eterno que nos espera si nos apartamos del camino correcto, del único que nos lleva hacia Él.  No seamos necios.  No pensemos arreglar heroicamente lo que quizá no tenga arreglo o que, en cualquier caso, es secundario.  Centrémonos en lo que realmente interesa, en lo realmente importante.  Centrémonos en esa salvación que todavía tenemos al alcance de nuestras manos, evitando así ese destierro de nuestras almas a un lugar infernal donde sólo se nos augura EL LLANTO... —aquí siempre hacía una pausa, para que los fieles, y sobre todo Jacinto, reflexionaran—  Y EL RECHINAR DE DIENTES.—Hizo un último silencio y terminó con lo que podría ser el lema de la homilía—:  ¡AUN ESTAMOS A TIEMPO!
Al concluir, muchos de los presentes tuvieron que hacer un esfuerzo para reprimir las ganas que tenían de aplaudir.  Se les podría llamar ignorantes, lo que se quiera, pero en general eran gente buena.   Otros, los de la reyerta, hubieran colgado del cuello al Cura.  ¿Pero qué se habrá creído este mequetrefe? —despotricaban— .   A mí nadie tiene que decirme lo que debo hacer, pensaba uno de derechas mientras un republicano, sospechoso de anarquista, que no sabía ni por qué iba a misa, sonreía viendo a los vecinos del pueblo como a un rebaño de ovejas engañado, decía:  ¡Cómo os toma el pelo!, aunque para sus adentros pensaba:  el caso es que lo hace bien el jodido del Cura.
Para mí los sermones de don Mariano solían tener poco de novedosos porque, prácticamente, los adivinaba con papá la noche anterior.  El Cura acostumbraba a adelantarnos algo de lo que pensaba decir y, además, siempre surgían en el púlpito frases y temas de las largas veladas del sábado anterior.
La reyerta a la que se había referido tuvo lugar la noche del viernes anterior como consecuencia de las muertes del teniente Castillo, de la Guardia de Asalto republicana, y del lider de la oposición parlamentaria,  don José Calvo Sotelo (no sé exactamente por qué pero a los líderes de derechas siempre se les trataba de "don").  Alguien dijo que había sido la Pasionaria la responsable del asesinato de Calvo Sotelo, a lo que replicó un simpatizante comunista que qué más daba, que así había un fascista menos, contestándole el primero que entonces la Pasionaria era una asesina y volviendo a replicar el otro que quien mataba a un reaccionario de mierda no podía ser llamado asesino.  El de derechas insistió en que la Pasionaria era una asesina y que quien priva de la vida a una persona es un criminal de causa, y el segundo le contestó esta vez que Calvo Sotelo había sido un fascista cabrón, a lo que el que había iniciado la disputa le contestó definitivamente con un disparo en el brazo.  No se sabía cómo pero por aquellas fechas circulaban armas de fuego por el pueblo.
Cuando el Cura pronunció este sermón censurando lo ocurrido en el bar de la Fonda, el General Franco ya se había alzado en Marruecos, aunque en el pueblo todavía no se conocía tan transcendental acontecimiento.
A la salida de misa recuerdo que Manolín se cruzó con papá y hubo de sobreponerse a la tentación de echar a correr no sin antes decirle que de los deberes no tendría que darle cuenta hasta el lunes.  Mi padre, que se había percatado de la angustia de algunos de sus alumnos al oir referirse al Cura a lo sustantivo y lo adjetivo, a los verbos y las proposiciones, los artículos determinados y los tiempos pretéritos, no pudo ocultar una ligera sonrisa a pesar de lo preocupado que ya estaba por los acontecimientos de Madrid.  La Nene y yo tampoco entendimos muchas de aquellas cosas que había dicho el Cura, pero luego papá nos aclaró lo que estimó que no debíamos ignorar.
Serían las cinco de la tarde cuando el pueblo se convirtió en un continuo hormigueo de gentes que iban de casa en casa pregonando la noticia que se había oído por alguno de los ocho o diez aparatos de radio que había:  En Marruecos y en Sevilla el ejército se había sublevado.  Esta era la causa que traía loco a todo el pueblo.  El Cura y el Boticario se presentaron en casa alarmados.  Nosotros aún no sabíamos nada:  Don Joaquín, ponga la radio que Franco y Queipo de Llano se han levantado contra el Gobierno de la República.
A partir de ese momento, y hasta que la casa fue ocupada por las tropas republicanas, vivimos angustiosamente con el oído pegado a aquel dichoso aparato, al que llegué a odiar.  Mi padre pasaría noches enteras en vela.  Los golpes de mano y las adhesiones al alzamiento se multiplicaban por momentos, aunque las noticias siempre eran confusas.  Al bar de la Fonda no acudieron más los de las tertulias acaloradas, que preferían quedarse en casa o en la de algún amigo de ideología afín que tuviera radio.  El Marqués desapareció aquel mismo domingo, de la noche a la mañana, con toda su familia, quedando su casa cerrada a cal y canto.  Leopolda, la criada, y Sebastián, el jornalero, sólo sabían que el día anterior les dijeron que no volvieran y que, en definitiva, se habían quedado sin trabajo;  aunque, según supimos más tarde, a Sebastián le permitieron seguir viviendo en el antro que venía ocupando, cerca de San Roque, a condición de que no abandonara el cuidado de las tierras de sus amos, pues cuando esto acabe —se ve que le había dicho el Marqués—  si las cosechas no se echan a perder, te recompensaremos como es debido.  También se marchó del pueblo, al tiempo que el Marqués y con igual sigilo, el viejísimo don Ramón, el médico, dejando igualmente medio plantada a su criada que, cuando fue a la mañana siguiente a la casa, se encontró con una escueta nota que decía:
Querida Clotilde:  me he ido a la espera de que los tiempos cambien.  El estado de nuestra Patria es grave y necesita de una buena terapia (una buena cura, en términos vulgares) al objeto de eliminar ciertos gérmenes malignos que la vienen minando.  Hágase Vd. cargo de la casa, use de ella sin reparo y no se preocupe que Dios proveerá (o, para que me entienda, Él lo arreglará todo).  Cuídese.
También se esfumó un buen día, antes de que ocuparan nuestra casa, y sin decir nada a nadie, el Cura.  Esto nos sorprendió a todos porque la buena relación que manteníamos con él exigía una despedida y ni a nosotros, ni al Secretario ni al Boticario, nos dijo nada;  y, además, conocíamos bien a don Mariano y era incapaz de hacernos un feo como ese (aunque cierto es que los tiempos no estaban para cumplidos) dado sobre todo, como era, a dar desmedidas explicaciones de todo cuanto hacía.  Así que nos temimos lo peor, máxime cuando él había comentado en más de una ocasión que sabía muy bien como las gastaba ese Durruti, ese que ahora —decía—  le daba por liberar a Zaragoza, que era uno de los asesinos del Obispo Aragüés y tomó parte importante en el atraco del Banco de Central en Vigo.  Ese, insistía, tiene de anarquista lo que yo de torero: no es más que un criminal disfrazado de revolucionario.
Don Mariano había desaparecido del pueblo la noche del tres de Agosto, justo al día siguiente en que la columna de Durruti obtuviera su primer triunfo a escasos kilómetros  de nuestro pueblo.
                    Servando Gotor
El amor y las moiras, 1994
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