miércoles, 13 de noviembre de 2013

LAS FORMAS Y CONCEPTOS DE LA VIDA (Ángel Ferrer)


AFS


Las formas y conceptos
de la vida, en la vida
no tienen nombre
en una primera vez

Son afluentes
que recorren
espacio yermo
la primera vez

Desembocan en lo hondo
hasta que se es río
y se ve
y se siente
por primera vez

¿Quién soy yo para poner tantos nombres
si no conozco los nombres?

Sé qué es el cuchillo
¿por qué he sentido su filo?
sé qué es la sangre
¿por qué he visto la mía?
sé qué es el aire
¿por qué me ha faltado?

Sé que no es la vida
porque no he vivido aquí
sé qué no es la vida
porque siempre he estado allí


Ángel Ferrer


martes, 12 de noviembre de 2013

MERODEANDO A... Los jugadores judíos de Nueva York



sgs

El fotógrafo de los más tormentosos juegos de azar nos ha dejado abierta la ventanilla de las apuestas frente a estos jugadores judíos de Nueva York, que más bien necesitan un poco de glamour, que es eso que sucede cuando se descorcha una botella de cava y sale un chorro inmediato de espuma dorada y de burbujas absolutas. Pero quién, pero quién no necesita un poco de glamour o incluso empezar una nueva vida, aunque sea exactamente la misma pero con la cocina, entrando, a la derecha y un motor de ocho cilindros en uve. 
Más emocionante que el juego que no vemos es verlos mantener un equilibrio que parece imposible, de mesita muy escasa que derrota hacia la izquierda y de caja de plástico reventona y sin corsé. Y, sobre todo: en el mismísimo centro de tanta inestabilidad en desequilibrio, los jugadores judíos de Nueva York se mantienen concentrados como si estrenaran un par de orejas, están sosegados como si les doliera la sangre, sumisos de manos como dos obispos tristes que acabasen de llegar desde muy lejos a jugar y a bendecir, en ese orden exacto y devoto, con los paneles en alto, su minuto horizontal y sus hornillos.
El jugador al que vemos de frente frontal, expuesto a la galería y recio como un paquebote, es el que tiene el aspecto de ganador, mientras que el otro es más bien un mindundi al que ni siquiera le interesa ni le gusta el juego, y que se ha dejado caer, caminito de jerez, solamente para que el gordo de Minnesota lo gane –y, a ser posible, deprisita-.
Luego, más tarde, otro día, otro año, recordarán estas partidas, ‘vivir es construir futuros recuerdos’ –dijo el poeta, y tal vez hablen de Lester, que es el espectador menudo que, por entonces, ya habrá entregado el alma, lo que todavía aumentará más el valor de estas partidas en la memoria de los jugadores judíos de Nueva York. 
Están aprovechando el placer auxiliar de ser ellos mismos; relajados como si no llevaran sujetador o se lo hubieran desabrochado para jugar más sueltos de tetas. Casi a la distancia de una partida de mus, parecen unos seres transitorios, casuales como vietnamitas, a la sombra de unos barrotes oscuros como los de los balcones o las jaulas, quizá para no escaparse de sí mismos, o para no volar.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


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Un abrazo a todos.


sgs

lunes, 11 de noviembre de 2013

EL EXTRAÑO CASO DEL COLCHONERO (Antonio Envid)


sgs

¿Se han sentido alguna vez como una caca arrastrada por el arroyo hacia una inevitable alcantarilla? Yo he podido comprobar esa sensación. El día comenzó mal, no funcionaban ni la luz ni el agua caliente y hube ducharme con agua fría y ni siquiera pude calentar café. El autobús vino con el acostumbrado retraso y llegue al trabajo después del jefe. Esos pequeños desastres suelen preceder a las grandes tragedias, son como los sueños premonitorios de la mujer de César. No tenemos todo el día, me dice, apúrese que hacemos inventario. Inventario, por qué inventario hoy; hoy precisamente que juegan el Atlético y el Barsa. Cuando hay inventario se termina a las tantas. Como a mi jefe no le gusta el fútbol -¿qué puede esperarse de un tío así?- qué le importa la hora en que acabemos. Tirano, peor que tirano, porque hasta a Franco le gustaba el fútbol. Pagándome un mísero jornal se hace dueño de una parte importante de mi vida. Yo había quedado con Toño y Juan para ver el partido juntos en casa. Toño y Juan comparten conmigo el apartamento, ya saben, para ahorrar gastos, pero cada uno va a su bola, lo único que nos une es que somos del Atlético, colchoneros los tres, por eso son tan importantes estos encuentros, es lo que nos mantiene unidos, nuestro credo. Anda, explícale al animal de mi jefe, que carece de toda humanidad, lo importante que es esta reunión, que llevamos toda la semana esperándola, que incluso me juego la convivencia con mis compis. En fin, harto de subir y bajar cajas, de hacer recuentos, de haber comido un bocadillo y una cerveza en un descanso de veinte minutos (con cargo a la empresa, ha recalcado el dictador) termina la jornada. Aun puedo ver el segundo tiempo, me digo. Salgo a la calle y la ley de Murphy se cumple inexorable: por mal que esté una situación, siempre es susceptible de empeorar. Llueve, llueve aquí, donde jamás cae una gota, pues hoy a chorrear de buena gana. Ni un taxi, todos viendo el partido, claro. El autobús viene con considerable retraso, debe haber cogido un atajo por Tumbuctú. Cuando logro llegar a casa, cansado como un galeote, calado y sucio como una fregona, y con una cara de gilipuertas que haría reír a un buzón de correos, abro y ¡sorpresa!, allí estoy yo repantingado en el sofá, acompañado de Toño y Juan, rodeados de latas de cerveza y paquetes de ganchitos vacíos, comentando las jugadas, fresco como un capullo, tomando la enésima cerveza, como un señor, ¡vamos!. Me habría cogido por el cuello y me habría estrangulado, me habría pegado dos patadas en el culo, yo aquí como un pachá, mientras mi body pasando el día más arrastrado de mi vida. Me entró la neura y arremetí contra todo lo que encontraba al paso, muebles, televisión, y Toño y Juan, porque salieron por piernas, que si no, allí perecen. Me han diagnosticado un episodio alucinatorio producido por el estrés, pero yo estoy con un parapsicólogo que afirma que es el caso de bilocación más reciente y mejor documentado que ha visto; ya tengo varias propuestas para ir a la tele. 


Antonio Envid


domingo, 10 de noviembre de 2013

NUNCA MÁS SE LE VIO EL PELO (Juan Serrano)



El humo de las chimeneas de las fábricas ensombrece mis ojos. Azulada es un pueblo intransitable, tapón múltiple, todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas emborronan lo que busco. La situación del pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas en cuesta arriba. Callejones y travesías entrecruzadas forman un laberinto que me impiden dar con el niño que dejé aquí hace cincuenta años. 

Azulada parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. Todos corren al mismo tiempo, a la misma hora, con el mismo empeño, tras la misma presa, parecen evacuados trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Miro las baldosas en forma de pastillas de chocolate. Estas losetas que piso son las mismas que de pequeño aporreaba con una caña camino de la escuela. 

Las casas del pueblo todas están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero retener la antigua casa que una excavadora destruye con avidez.. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva construcción. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy son comercios y cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, un aparcamiento de dos plantas, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos grises. 

Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo, surcado por aires tan rápidos y frescos, es el mismo que de pequeño viera.

A mí madre también le hace daño echar la vista atrás, le duele recordar el camino andado, sufre volver sobre los recuerdos perdidos. Cuando alguien ha amado mucho a quien ha muerto, olvida para no seguir sufriendo su ausencia. Para madre el futuro es su muerte como para mi el pasado. Se esfumaron nuestros besos, las delicias del roce, las canciones y las risas. Atrás quedó su juventud de canciones entre vendimias y recogidas de aceitunas. Ya nunca volverán los olores a levadura de la artesa, cubierta con aquella manta de colores sobre la masa masajeada. Madre no quiere regresar al cuarto hondo, a la habitación trasera, a la covacha, no quiere remover sus heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de víveres para terminar la semana, la vergüenza de soportar que su hija tenga que servir en casa de señoritos altivos. 

En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay suficiente para pagar al señor, el prestamista que nos adelantó el dinero para comprar la casa. Madre no aguanta que mi hermano cuente ahora historias de antes: 

¡Para ya de decir tontunas, te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir mentiras!

Más me creo lo que dice mi hermano, que lo que madre quiere olvidar. Mi hermano habla ahora de dos árboles que teníamos en el corral bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, hincábamos la navaja en el cuadrado del otro, y según como quedara el sentido de la hoja clavada en tierra, así marcábamos en esa dirección una recta, que arrebataba al contrario una buena porción de su territorio. 

Y mientras mi hermano cuenta y cuenta anécdotas de cuando éramos pequeños, yo no me acuerdo de nada. Nada guardo de mi infancia, nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: ni un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad que me pudieron reportar aquellos entretenimientos. Es triste nacer mayor, como un pájaro que sale del huevo con las uñas largas, como el vino sin calor, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. No recuerdo las caricias de mi madre en noche de altas fiebres. Y tengo que inventarme sus canciones a mis sueños de miedo. Recrear el olor de su seno a leche, la ternura de sus dedos acariciando los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi mano helada.

Escucho a mi hermano por ver si sus palabras pudieran devolverme mi niño olvidado. Es duro perder a un padre cuando uno es pequeño, pero más duro es perder el pequeño que todos llevamos dentro. Busco a ese niño por toda Azulada, y no lo encuentro. Esta tierra me aprieta. Mi hermano de pequeño me desposeyó ganándome al juego de la lima, comiéndome el terreno. Tal vez no fuese mi hermano, que fuera el hijo de Doña Pilar Redondo, aquel que me abrió la cabeza de una pedrada cuando jugábamos detrás del viejo teatro del Concha Segura. Por esa brecha salió espantada mi tierna infancia, como niño despavorido que toca el timbre de una casa y sale corriendo y nunca más se le vio el pelo.


Juan Serrano
de su blog: Blao
30 octubre, 2013


sábado, 9 de noviembre de 2013

viernes, 8 de noviembre de 2013

SOMOS ESCLAVOS (Mercedes)


MARK GERTLER: Merry-Go-Round (1916)
(sgs)

Las personas nacemos como si fuésemos un papel en blanco, o mejor, una pasta moldeable, como la plastilina, pero una plastilina de los chinos, que cuanto más la retuerces más se va desgastando y endureciendo, hasta que llega un momento en el que ya no hay marcha atrás, la plastilina ya no cambia de forma, puedes intentar limar las esquinitas que tiene pero la única solución es dar por perdida la figurita de plastilina y dejarla en el estante hasta que se rompa y la puedas tirar a la papelera sin remordimientos.
Conclusión: ¿A quién no le ha influenciado la educación y los padres que ha tenido que aguantar? Nos creemos muy libres e independientes, pero sólo somos fruto de las circunstancias con las que hemos convivido en nuestra infancia. La cuestión es: ¿podremos en algún momento liberarnos y descubrir nuestra verdadera personalidad? En mi opinión no. 
¡Qué poca confianza en el género humano!


Mercedes



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