lunes, 26 de abril de 2021

T.E. LAWRENCE. DOGMA Y DUDA. ORIENTE Y OCCIDENTE. INTOLERANCIA CONTRA PROGRESO



 

En estos momentos en que la duda -y por tanto la capacidad crítica- está en peligro, conviene recordar que el dogmatismo solo lleva a la intolerancia. Y una buena forma de rememorarlo es  la lectura de estas palabras escritas por un gran conocedor y amante de los pueblos árabes: Thomas Edward Lawrence.




Al ser la población tribal y la urbana del Asia árabehablante, no dos razas diferentes, sino dos estadios económicos y sociales distintos, cabría esperar que un cierto aire de familia se manifestara en su modo de pensar, haciendo igualmente razonable que en las producciones de ambos tipos de población aparecieran elementos comunes. Ya desde el principio, en mi primer encuentro con ellos, pude hallar una simplicidad universal, una dureza en las creencias, casi matemática en su limitación, y repulsiva en su falta de simpatía. Los semitas (*) no mostraban medias tintas en el registro de su modo de ver las cosas. Eran un pueblo de colores primarios, o más bien de blancos y negros, que veían el mundo siempre con nítidos contornos. Eran un pueblo dogmático, que despreciaba la duda, nuestra moderna corona de espinas. No comprendían nuestras dificultades metafísicas, ni nuestra introspectiva forma de interrogarnos. Sólo conocían la verdad y la no verdad, la creencia o la incredulidad sin nuestro habitual cortejo de dudas y matizaciones. 

Para aquel pueblo sólo existía lo blanco y lo negro, no sólo en lo que hace a la visión de las cosas, sino también en lo referente a sus constituyentes más íntimos: blanco o negro, no sólo en lo visible, sino también en lo valorable. Su pensamiento sólo se sentía a gusto en los extremos. Se sentían plenamente cómodos sólo en lo superlativo. A veces, sentimientos contrapuestos parecían actuar a la vez en ellos; nunca, sin embargo, llegaban a un compromiso: llevaban adelante la lógica de varias opiniones incompatibles hasta desembocar en metas absurdas, sin notar la incongruencia. (...) 

Eran un pueblo de limitadas y estrechas miras, cuya inerte inteligencia tendía a caer en la incuria y en la resignación. Su imaginación era viva, pero falta de creatividad. Había en Asia tan poco arte árabe que podría decirse que carecían de arte en absoluto, aunque sus clases superiores eran liberales mecenas, y habían fomentado todo tipo de talentos en la arquitectura, en la cerámica o en cualquiera de las otras artesanías en las que sus vecinos e ilotas descollaban. Tampoco llegaron a manejar grandes industrias: carecían de organización mental o material. No habían inventado ni sistemas filosóficos ni mitologías complejas.


Thomas Edward Lawrence, 1926


__________

(*) Los pueblos de lengua semita estaban constituidos por un conjunto heterogéneo de pueblos y etnias, todos ellos pertenecientes a la antigua familia lingüística semita. La acepción racial de «semita» es hoy considerada pseudocientífica, y su uso es desaconsejado. La relación entre los pueblos semitas se debe exclusivamente a su origen lingüístico y cultural, por lo que el uso de «semita» se debe circunscribir a estos ámbitos. Es, pues, impropio hablar de «razas» indoeuropeas o de «razas» semitas, sino que debe hablarse de pueblos que hablaron alguna de estas lenguas.

domingo, 4 de abril de 2021

LEOPOLDO LUGONES Y LA INVENCIÓN DEL CUENTO MODERNO (Servando Gotor)

 





"Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado”.

Así empieza Yzur, uno más de los jugosos relatos del argentino Leopoldo Lugones (1874-1938),  escritor que sirve de puente entre el modernismo hispanoamericano (Rubén Darío a la cabeza) y la potente literatura que vendrá después, rebosante de realismo, ciencia y magia, desde Borges o Bioy Casares hasta Gabriel García Márquez, pasando por Juan Rulfo. 

La narración continúa en estos términos:

 

La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas fue una tarde, leyendo no sé dónde que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. “No hablan, decían, para que no los hagan trabajar”.

Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico: los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.

 

Subvierte aquí Lugones los postulados científicamente correctos…  aparentemente, claro. Porque lo que dice no es en realidad tan extraño a la ciencia, siempre tan cara para él. De hecho, ya había sido un niño precoz con una memoria prodigiosa al que se le daban maravillosamente las ciencias y las historias. A su familia y a los de su entorno -dicen- se les caía la baba escuchando sus ocurrencias.  Y en 1921 llegó a escribir un folleto sobre la relatividad (El tamaño del espacio) por el que -cuentan- se interesó el propio Einstein. Lo cierto es que en este relato parece contradecir -incluso condenar- a Darwin, quien planteó la teoría de la evolución en sentido positivo. Pero Lugones, en este relato, lo que plantea es que la evolución en vez de ir en un único sentido de ida o avance -la denominada Ley de la irreversibilidad evolutiva de Dollo-, puede, también, retroceder, algo que ya señalaron a finales del siglo XIX las denominadas teorías de la devolución o des-evolución; esto es: una evolución hacia atrás, hacia el origen.  

Pierre Boulle, en El planeta de los simios (1963) nos muestra a unos primates que, no tan vagos, sí avanzan hacia el lenguaje, y ello les llevará inexorablemente a una cierta organización social.  Pero lo que Lugones nos cuenta es que los monos que hoy conocemos no evolucionaron porque voluntariamente se opusieron a la esclavitud a que el lenguaje (y con él la organización social) podía arrastrarles. Los muy listos. 

Estas reflexiones/fantasías sobre las posibilidades de los animales (hoy tan valoradas) las vuelve a repetir Lugones en Los caballos de Abdera, una distopía, que nos hacer pensar en la transcendencia de los extremismos e intolerancias, adelantándose así, con un siglo de anticipación, al debate animalista actual.

Pero no solo de animales se alimenta la evolución; o lo que es lo mismo,  la vida. Porque el concepto vida es eso: movimiento, evolución y, por tanto: tiempo (la cuarta dimensión).  Y quien posibilita esos movimientos, es precisamente ese cúmulo de apasionantes fuerzas extrañas, a día de hoy todavía tan desconocidas, no solo para el hombre de a pie. Y a ese movimiento y a sus consecuencias están dedicados, más o menos directamente, la mayor parte de los relatos que componen este fantástico volumen. Asistimos así a la búsqueda  de la energía que rige la armonía pitagórica de las esferas para utilizarla como herramienta desintegradora (La fuerza omega), al estudio de la fuerza delatora de la luz y el color de los sonidos (La metamúsica), o a la radiación de los olores en ciertas plantas mortales o flores del mal (La viola acherontia); a los efectos de otras fuerzas no menos extrañas capaces, en unos casos, de absorber y materializar los pensamientos (El Psychon), o desvelarnos un universo paralelo o de desdoblamientos (Un fenómeno inexplicable), e incluso hasta plantear cierta hipótesis pretendidamente científica sobre el comienzo de la vida: Ensayo de una cosmogonía y El origen del diluvio. Esta última narración con evidentes tintes ocultistas o espiritistas, que no faltan tampoco a lo largo de todos los relatos, en los que, en todo caso, se desborda la fantasía pura y simple y sin mayor intento de explicación, como El milagro de San Wilfrido o El escuerzo; de los que se ha llegado a decir que contenían un realismo mágico avant la lettre. O las dos soberbias prosas relacionadas con el bíblico final de Sodoma y Gomorra:  La lluvia de fuego y La estatua de sal.

Monos, caballos, dobles, máquinas sorprendentes, armonía de las esferas, pitagorismo, espiritismo… Y todo contado con buenas dosis de ironía que jalonan la obra de principio a fin, alimentándose —como toda ironía— de contrastes: la lógica y el absurdo; o lo que es lo mismo: la quiebra de la lógica. Así,  razonadas, y hasta razonables hipótesis científicas, son rematadas con las más variopintas conclusiones. Y las más curiosas invenciones técnicas para descubrir o utilizar esas energías, concluyen materializadas en esperpénticas máquinas que acaban con la muerte, la locura o la mutilación de su propio hacedor, lo que, lejos de desorientar al lector, lo hacen cómplice del guiño y el sarcasmo del autor, quien parece castigar con crueldad a sus propios personajes: esos estrafalarios diletantes que meten las narices donde no deben.

Pero nada de todo esto es gratis: Lugones arrastra al lector por caminos a veces tortuosos, exigiéndole fe y lealtad. Y solo si somos capaces de aceptar el reto, disfrutaremos plenamente del siempre merecido y generoso final, hacia el que todas y cada una de esas sendas conducen.Y, en definitiva, es esa la esencia del cuento. En ella se encierra el núcleo de toda su poética: el comienzo -y a partir de él toda la trama- está pensado, diseñado y tiranizado por el final: en mi principio está mi fin, recordará T.S. Eliot. Final hacia el que el poeta nos conducirá por caminos y vericuetos insospechados.

Son cuentos

Y el cuento, a diferencia de la novela, no permite pausas ni distracciones: hay que leerlo de un tirón. La novela exige tregua, el cuento entrega. En la novela caben respiros,  el cuento solo admite frenesí. La novela invita a la reflexión, el cuento al arrebato.

Eso sí, el recorrido ha de ser verosímil. Y la verosimilitud se logra con la pormenorización de datos y detalles, lo que Lugones consigue llevar a niveles científicos, reales o ficticios, pero siempre con una convincente apariencia de verdad.  Para que la ciencia ficción o la fantasía enganchen es preciso vencer al descreimiento, lo que solo se consigue con una convincente y recia apariencia de lógica y coherencia internas impecables. 

Pero aún hay algo más, no menos importante que la coherencia: para que la objetividad resulte creíble tiene que estar siempre exenta de la mínima exageración emocional. Los narradores de los trece cuentos, resultan todos ellos consumadamente asépticos en este sentido.  El relato discurre por una especie de crónica descriptiva en que el contador opina lo justo; y cuando lo hace es para destacar algún detalle fáctico imprescindible en la trama. Y si ese detalle revela alguna emoción, esta se deduce normalmente del propio dato sin ulterior aliño ni comentario. Cuando el narrador duda, por ejemplo, de la cordura de un personaje, lo hace para describir una sensación basada en dos hechos objetivos: una actuación insensata que presencia, y la impresión que a él le causa esa actuación (impresión que no por personal pierde objetividad). Así, cuando el homeópata de Un fenómeno inexplicable, después de una detallada relación de sucesos extraños y hasta extravagantes, acaba por decirle al narrador que a veces ve las cosas dobles porque cada ojo procede sin relación al otro, este concluye: «Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto raciocinio». Sin más.

Objetividad, pues, dato, detalle, coherencia y distancia,  crean la verosimilitud necesaria para acabar con el descreimiento del lector. Y esta es sin duda la mejor y mayor aportación de Lugones al cuento moderno. En literatura se pueden crear universos distintos al nuestro pero siempre han de ser verosímiles. Y nuestro autor, además, lo hace en un contexto de hipótesis científica que da mayor valor a sus ficciones.

Lugones da un salto cualitativo en nuestra Literatura. Su narrativa está muy pero que muy lejos de la de Rubén Darío. Se aparta radicalmente del florido modernismo dando paso a ese lenguaje tan preciso como conciso de la Modernidad que consigue impactar con tal fuerza en el lector, que no necesita de mayores efectos, artefactos ni aditamentos.

Pero, además, esta aparente asepsia y frialdad, no está reñida con la belleza.  La prosa de Lugones no solo alcanza la sublimidad en muchos momentos, sino también la belleza. Y como mero ejemplo baste citar, precisamente, uno de los relatos fantásticos, alejado -solo aparentemente, eso sí- del cientifismo que jalona al resto: La lluvia de fuego, la obra maestra de Lugones, según el propio Borges. Y para muchos, desde el plano estético el cuento más conseguido de Las fuerzas extrañas.

 

Servando Gotor

sábado, 27 de marzo de 2021

UN AGUJERO DE GUSANO (Antonio Envid)



Ya era noche cerrada cuando los viajeros llegan al “Auberge de La Poste”. La dueña, con oficio de recepcionista, contempla con alguna sorpresa la entrada en su establecimiento de unas personas con vestimentas más propias del siglo diecinueve que de estos días. Será alguna compañía de cómicos que no han tenido tiempo de cambiar el vestuario de su última representación, no hay que plantearse muchas preguntas, con esto de las restricciones para viajar por causa de la pandemia el hotel está casi vacío y esta inesperada llegada de clientes es una bendición. La patrona les da la bienvenida con una amplia sonrisa al tiempo de excusarse por la escasa iluminación. - Hubo ayer una gran tormenta y el fluido eléctrico falla todavía, por eso usamos velas, pero mañana, me han prometido, que será restablecido completamente el suministro. Les ruego que disculpen la molestia de esta noche, pero cuando se levanten por la mañana todo estará ya en orden-. Los recién llegados reciben en completo mutismo las explicaciones, pero tampoco exteriorizan ningún disgusto. El cochero demanda a voces por la entrada de la cuadra para alojar a los caballos, la han cambiado de sitio desde su último viaje en que paró aquí. Se produce una ligera confusión, la patrona pide a su marido y a un criado que le ayuden a alojar a los recién llegados.
El establecimiento tenía a gala haber conservado el ambiente de la antigua posada, cuando era parada de postas y relevo de caballos, llevaba en manos de la misma familia más de doscientos años y el mobiliario y la decoración evocan aquella época pretérita, sólo algún anacronismo, como el teléfono o el ordenador en la mesa de recepción revelan los tiempos actuales. En estos momentos, a la vacilante luz de las velas, con aquella concurrencia ataviada al modo del siglo diecinueve, el salón aparecía como el “atrezzo” de una obra teatral. Es como si el telón acabara de levantarse y el coro deambulara por la escena dispuesto a atacar el inicio de una ópera o una zarzuela.
Mientras la recepcionista entrega las llaves de las habitaciones, informando de que en media hora estaría a disposición de los señores huéspedes una cena fría, dado que por lo avanzado de la hora la cocina se hallaba apagada, procede a registrar a los viajeros: la señora viuda de Coubert, recalca lo de viuda, a la vez que ella y su pálida hija reciben la llave de su habitación con una ligera reverencia, el coronel de La Môte, que recibe la suya con un taconazo militar y el abate Prevest, así indica que figure en el registro, la recoge con gentileza eclesiástica. El resto, dos caballeros, que no se sabe muy bien por qué, la patrona considera que uno parece un representante de comercio y el otro, algún pasante de notario, también toman su llave. Todos, provistos de su equipaje y portando cada uno una palmatoria con su correspondiente vela, inician un desfile dirigiéndose a sus respectivas habitaciones.
A la mañana siguiente todo el hotel se halla en calma, los viajeros llegados la noche precedente no aparecen por ninguna parte, en el comedor se hallan los platos de la improvisada cena sin tocar, las servilletas todavía dobladas y las velas apagadas, convertida cada una en un informe cúmulo de cera. Las habitaciones que habían ocupado esos extraños viajeros están en perfecto orden, las camas hechas, los objetos de aseo en el mismo estado en que la camarista los había puesto, las toallas, limpias y en sus toalleros, nada revela que alguien las hubiera ocupado esa noche. Los extraños huéspedes han marchado, sin que nadie se apercibiera de su salida; ningún ruido, ni el más mínimo rumor de voces, han denunciado su salida, ningún sonido de motores o puesta en marcha de vehículos se ha escuchado, nada.
Solo unas viejas botas de militar en la habitación del coronel, dejan pensativa a la dueña.


Antonio Envid

miércoles, 3 de febrero de 2021

DE LO QUE PUDO HABER SIDO... (Un tango de Antonio Envid)

 



Las mañanas de Buenos Aires son buenas para pasear. Me gusta deambular por el barrio de San Telmo, sus callecitas flanqueadas por casitas de dos plantas, sus tiendas de barrio, sus cafetines, todo tan familiar, como un pueblito. A media mañana entro en el mercado y recorro sus puestos, hablo con los vendedores, compro alguna fruta, saludo a las vecinas, ya me conocen, y con algunas entablo largas conversaciones que giran siempre sobre lugares comunes. Qué lindo es hablar de cosas intrascendentes dejando pasar el tiempo, sin compromisos, sin grandes implicaciones, quejarse de lo cara que está la vida, del pegajoso calor de estos días, escuchar recetas de cocina, que yo, absolutamente negado en el arte culinario, no he de cocinar, pero me las cuentan con tanto entusiasmo, que quién les niega ese desahogo. “El chimichurri es muy fácil: perejil, orégano, ajo, cebolla, aji, vinagre y aceite, todo picadito en el mortero. Yo le añado hierbabuena. El aceite tiene que ser bueno.”. Pasado el mediodía entro en la tasca de mi paisano el gallego, una copa de ese buen vino que produce Argentina, lo llevarían los jesuitas, seguro, que son muy sabios, me gustan los de Salta, que tienen la reciedumbre de los de mi tierra, pero tampoco les hago ascos a los de Mendoza oTucumán. En realidad, lo del vino es una excusa para echar otra larga charrada con algún parroquiano o con el tasquero…

- Mariano, que se te enfría la comida. Te estoy llamando y no te enteras. ¿Pero qué haces con esta poca luz? ¿Y esos planos, es que estás preparando algún viaje? Ya sabes que ahora no se puede viajar, que están la mayoría de las fronteras cerradas con esto del coronavirus. Y nada menos que a Argentina. Qué se nos ha perdido a nosotros en Argentina, tan lejos, de joven ya me habría gustado ir, nos lo propusimos varis veces, ¿te acuerdas?, pero por unas cosas o por otras, siempre quedó aplazado, cuando teníamos tiempo no teníamos dinero, cuando teníamos dinero no teníamos tiempo, qué pena, ya nos habría gustado ir ya, pero a hora a nuestra edad, emprender un viaje tan largo en avión. Ya sabes que yo no puedo viajar en avión, en esos asientos tan estrechos, que las varices me obligan a moverme. Venga, venga, que se nos enfría la comida, hoy hay eso que tanto te gusta, empanadas de carne a la criolla con chimichurri, con aquella receta que sacaste de internet.


domingo, 31 de enero de 2021

ENFERMEDAD Y TIEMPO (Antonio Envid)


(Basado en un testimonio de La Conchaparís)


A las ocho en punto de la mañana se encuentra en la puerta del hospital. Siempre puntual. Coincide en el vestíbulo con hombres y mujeres presurosos, son los sanitarios que comienzan su turno de trabajo y llegan con el tiempo justo para incorporarse. Se cruza con gente que abandona el recinto sanitario, pálidos enfermos que han obtenido el alta y ayudados por algún familiar desean llegar a sus casas, visitantes que van a saludar a algún conocido o pariente interesándose por su estado. Todo el mundo a lo suyo. En fin, lo normal en el vestíbulo de un centro sanitario. Toma el ascensor y llega a la sala de de quimio. Los boxes están todavía vacíos. Pero no, el joven con el que siempre coincide ya ha llegado y se está preparando para recibir su tratamiento. Ella se dispone a ocupar el suyo, le espera una agotadora jornada, la revisión, el análisis, la espera de la fórmula que le van a suministrar con los dos goteros que pronto colgarán del soporte al lado de la camilla, se tiende en ella a la espera del enfermero.

- ¡Buenos días! Es una joven que le sonríe amable. ¿Cómo nos encontramos? Tienes buena cara, yo creo que el tratamiento va bien. Es un poco lento, pero con paciencia todo se alcanza.

- Sí, parece que me encuentro algo mejor, sin entrar en muchos detalles, claro. Aquí, cómo todas las semanas, a recibir estos medicamentos o estos venenos, que no sé como llamarlos.

- De todo hay, una mezcla de cosas buenas y malas, pero que curan. Remángate la manga de la blusa, el pinchazo de siempre, para hacer un análisis.

La espera, poner la mente en blanco, será un largo día y es mejor no pensar, o dejar que la mente se pierda en vaguedades. Ese joven, qué mala cara tiene hoy, me gana siempre la mano, siempre llega antes que yo, es el primero, como si tuviera prisa para curar cuanto antes, para ganar días a la enfermedad, se comprende, es joven y tiene prisa por vivir la vida, pero no parece, pobrecito, que las cosas le vayan muy bien. Siempre llega antes que yo y se marcha antes. Por mucho que me esfuerce no consigo no ser yo a quien siempre le toque cerrar la sala, es algo que me irrita, ver como desfilan todos hacia la salida y en mi gotero todavía queda para un cuarto de hora, por los menos. Mira, ya van llegando todos, y todos se irán antes que yo. La viejecita esa que es tan animosa, aquél, el que yo llamo el “séneca”, porque tiene aspecto de estoico, ahí llega ese otro con su mal humor acostumbrado, pues dos trabajos tiene: enfadarse y desenfadarse. Todos ocupando su cubículo dispuestos a recibir estos, teóricamente, salutíferos mejunjes, que nadie sabe qué contienen, ni los médicos ni nadie. “Llegan de Estados Unidos con las prescripciones para cada caso”, es todo lo que he podido saber. Ya estamos todos, es como una asamblea del dolor, o como una infeliz familia, todos nos conocemos, aunque ni siquiera sepamos los nombres.

Hoy he madrugado más, he venido diez minutos antes, hoy tengo que ser la primera y marcharme antes que otros. No es que tenga prisa, que ya sé que es un día perdido, entre análisis, esperas, los goteros, pero es un reto que me he puesto: hoy no cierro la sala, he de irme antes que ese joven que siempre se va delante de mí. Ves, no hay nadie, la primera, ni siquiera el muchacho que siempre llega antes. Ahí viene la enfermera, lo de siempre, la sonrisa, hay que dar ánimos al paciente, la consabida pregunta de cómo me encuentro y la respuesta habitual. Hay que reconocer que es muy amable, bueno, en general todos son amables, a pesar de este trabajo que debe ser duro, todos los días luchando contra la enfermedad, y cada uno tiene sus problemas, esta chica, a pesar de ser joven, pues tendrá los suyos, pero no los trasluce. Bueno, a ver si nos damos prisa y me voy antes que el joven, que no tardará en llegar.

Tengo suerte, esto va rápido, y ese chico ha venido, precisamente hoy, un poco más tarde. Le gano, seguro que le gano, me voy antes que él. Venga deprisa, los goteros, ya, ya están puestos, como llevo puesto el catéter, se enchufan pronto.

Pronto llegarán las navidades, por qué me acuerdo de ellas, será que este soporte con su racimo de bolsitas con líquidos de colores me ha traído a la memoria el árbol de navidad, ese que colocaré como todos los años con sus bolitas relucientes y sus regalitos. Pero han pasado ya las dos horas y este goteo va lento, va más lento que otros días, deberían de estar terminando de pasar los goteros, me van a hacer perder mi apuesta. Venga, venga, más deprisa. Los forzaré un poco.

- Señora, por favor no se levante ¿qué le pasa? Ahora acudo. No, no veo que esté obstruido, el líquido fluye bien, ya ve, gotea perfectamente. Hay que tener un poco de paciencia, ya falta poco y podrá irse, comprendo que esté cansada, pero ya lo sabe de siempre, no se puede forzar la marcha, tiene que fluir a su ritmo.

Cómo decirle que quiero irme antes que ese joven, pero no por nada, si no porque me he hecho una apuesta a mí misma. Qué vergüenza, como voy a explicarle que la prisa no es por terminar la sesión, que en realidad no me cansa, estoy acostumbrada, incluso aquí, tumbada en la camilla me relajo, si no que el motivo de la prisa es que quiero irme antes que el joven porque así me lo he propuesto, y cuando yo me propongo algo…


Antonio Envid


miércoles, 2 de diciembre de 2020

LA BELLEZA ES VERDAD (Servando Gotor)

 

Helena de Esparta. La belleza legendaria.
(Foto: sgs)

Lo diré claramente y de una vez por todas: el verdadero amo del mundo ha sido y es una joven hermosa. Y nuestra eterna y fracasada lucha consiste en atenuar los graves efectos de su eterna y dolorosa ausencia. 
Dicho lo cual, miró el móvil, comprobó la hora y señaló al maître algunas copas vacías. Su mirada perdida acabó por fijarse en el vaso griego que tenía enfrente. Una muchacha desnuda bebía y le miraba insensible. Nada de esto era casual, porque las casualidades no existen ―pensó―. Además, el vaso griego estaba allí por encargo suyo, al igual que los versos de Keats vinculados a dicha imagen: cuando el tiempo nos destruya, tú permanecerás en medio de otro dolor que ya no será el nuestro. 
Y con los ojos humedecidos, imploró: 
―¿Ubi sunt? 
Entonces, como si todo estuviera minuciosamente ensayado, como si de una interpretación dramática se tratara, apareció ella apuntándole con un revólver. Al principio se extrañó. Pero cuando reconoció el colt python su sorpresa se tornó terrorífica. Y no precisamente porque presintiera cabalmente su segura e inmediata muerte. 
Con todo, quiso asegurarse: 
―¿Tú? 
―Sí, yo. 
―Entonces… ¡Hazlo! 
Y ella le disparó a bocajarro sin que nadie pudiéramos evitarlo.




lunes, 23 de noviembre de 2020

LO ÚLTIMO DE ANTONIO ENVID. Un bellísimo canto a la soledad y la España vaciada; y un divertimento que nos lleva por la Italia del siglo XVIII.


"La estación maldita", es un bellísimo canto a la soledad y la España vaciada. Protagonizada por el jefe de una estación sin tráfico ferroviario, por la que pasa el tiempo sin que ocurra nada, salvo la visita de algunos personajes entrañables -que no se sabe muy bien si son reales, o fantasmas forjados por su propia soledad y recuerdos-. "La estación maldita" es, seguramente, la mejor prosa de Antonio Envid, y un texto de una gran altura literaria. "El duque y su máscara", es un divertimento, pleno de humanidad y con un personaje que tiene mucho en común con el jefe de "La estación maldita". Ercole, un noble que hereda sin querer un ducado italiano, se olvida de sus deberes aristocráticos y recorre la Italia del siglo XVIII con una compañía de comediantes, legando sus asuntos nobiliarios, en manos de la familia de comerciantes adinerados de su esposa. Aprovechando la trama, Envid nos esboza un fiel retrato de esa apasionante Europa en la que "todo un mundo antiguo se desvanece poco a poco a pesar de que Italia, sumergida en un profundo sueño, no parezca enterarse", lo que ejecuta con maestría y todo un bagaje de conocimientos de la época que el lector interesado siempre sabrá saborear y agradecer.


 
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