domingo, 3 de noviembre de 2013

LA INSPIRACIÓN SE EXPANDE (Ángel Ferrer)


sgs

La inspiración se expande
devolviendo espejos cóncavos

convexos
cada rasgo
una risa

un llanto
y en la sala yo
y somos muchos



Ángel Ferrer


sábado, 2 de noviembre de 2013

EL DON DE LA UBICUIDAD (Juan Serrano)



Las hojas de los árboles habían dejado de moverse. El cielo, completamente azul. La ciudad parecía un estanque de hielo en verano. La calle estaba desierta. Las aceras, todavía mojadas. Los barrenderos, hacía poco, que habían terminado su trabajo. Con ser la hora de entrar los niños al colegio, no vi a ninguna madre arrastrando a su hijo camino de la escuela. Tan quieto estaba el aire, que todo parecía una fotografía.
Me quedé sobrecogido nada más ver tus pies calzados con mis propias sandalias. Precisamente en aquella época pasaba por un momento de simplicidad tal, que todo, o casi todo lo que precisaba para vivir, lo hacía con mis propias manos. Como te digo, las sandalias que yo calzaba en aquellas fechas, eran irrepetibles. Yo mismo compré el cuero en la tienda de aquel peletero. Con las herramientas de marroquinería que me prestó mi amigo Alfonso, yo mismo emblandecí, corté y cosí las tiras de las sandalias, que productivamente años me duraron. Las sandalias que por aquel entonces yo llevaba, nadie, ¡nadie!, a no ser que fuesen las mías, podía calzarlas. Al verte aquella mañana con mis sandalias puestas, me llené de asombro y una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Un doble y contradictorio sentimiento ambiguo estranguló por un momento mi respiración: descanso por dar al fin con la persona de mis cuernos, y tristeza, al traerme tu presencia el recuerdo de mi desgracia.
No me dio tiempo a entendérmelas contigo, ni a que me sacaras de dudas. Cuando quise hacerlo, ya habías desaparecido. Me ocurrió lo que al niño que juega en la ribera de un río. Un poco más arriba del curso del arroyo, este mismo niño ha tirado al agua un trozo de corcho, la pequeña corteza de árbol, en la que su abuelo le ha ahuecado, tallado, el diminuto barco de sus sueños. El niño corre veloz por ver, si un poco más abajo, adelantándose al rápido fluir del barquito, pudiera ahora recibir con vítores su llegada. Todo ha sido inútil, cuando el niño, agotado tras una larga carrera, se asoma a la orilla, ve como su ilusión navega, lejos ya, entre las curvas del boscaje del arroyo. 
Que nos crucemos en la calle a personas llevando nuestra misma camisa, no es de extrañar. Hasta la sudación, una cosa tan original por su especificidad como es el olor personal, ya es ahogado por el invento de los desodorantes. Nos cruzamos con personas que visten, se peinan, se pintan y se calzan igual que nosotros, llevan nuestro propio gusto, el mismo perfume, el mismo paraguas. Yo aquella mañana me di de bruces con quien conmigo compartía mi amor por la misma mujer.
Al verte aquella mañana con mis sandalias, una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Quise demostrarme en aquel momento el don de la ubicuidad. Pero no me dio tiempo a preguntarte:
Por favor me podría usted dejar ver un momento. No le parece demasiada coincidencia que tengamos el mismo gusto por el calzado. 
Al llegar a casa, lo primero fue preguntar a mi mujer por mis sandalias de cuero.
No te acuerdas que las tiré a la basura, estaban para el arrastre. ¡Mira que te cuesta trabajo desprenderte de las cosas! Tan obsesionadamente te apegas a ella, que luego no hay quien te haga quitártelas de encima. 
Mi mujer continuó luego hablándome de algo que casi no me acuerdo, de fetichismo, de que si yo subjetizaba de tal manera mis prendas de vestir que las personalizaba hasta el punto de confundirme con ellas. Yo, en ese momento, de tan confundido, no tenía ganas ganas de dicutir. A mi mujer, por supuesto, nada le dije de mi encuentro contigo, y mucho menos de que te había visto con mis propias sandalias. Tal fue su divagada defensa de ocultar lo que para mí era vital, que desistí de ampliarle los detalles de nuestro simbólico encuentro. 
A partir de ahí, lo que empezó a preocuparme, no fue la mirada esquiva de mi mujer ante ciertas alusiones mías relacionadas con nuestra más honda intimidad conyugal, sino mis olvidos consentidos. Pero de lo que sí estaba completamente convencido es, de que las sandalias que tú llevabas aquel día eran las mías, las que yo curtí con mis propias manos. Como aquellas, imposible que hubiesen otras. A no ser que tu y yo fuésemos la misma persona.
Después de verte andando con ellas, de verte como casi con mis propios pies te distanciabas delante de mí, sin hacerme ni puñetero caso, acudió a mi cabeza, (¡tan desmemoriada para otras cosas!), las palabras textuales que se me habían quedado, tras leer aquella novela de Novairge: 
Si ves un hombre caminando con tus propios zapatos, piensa que tal vez los haya cogido equivocadamente de debajo de la cama donde duerme tu mujer.

Juan Serrano
de su blog: Blao
15 octubre, 2013




viernes, 1 de noviembre de 2013

MERODEANDO A.... Muchacha aposentada en lo duro y gris (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo cruel del rosa al amarillo, nos ha dejado abierta una ventana en la que, siendo un poco exigentes, no se ve –cabalmente- nada, pero quizá nos convenga quedarnos cerca de la muchacha que está en un descanso de canguro, con las piernas de saltar recogidas mientras ella mira, posiblemente, al mar o a las últimas amapolas o al horizonte detenido o a ese otro horizonte portátil que llevamos dentro, que desplegamos si hace falta y que viene a ser una línea confusa, seca y sin campanas, en la que se acaba el pensamiento y empieza la corriente incolora de la conciencia o la imagen mental que tenemos de la vida en bruto, en grueso, en gordo, en tonto o –incluso- ese límite largo en el que empezaríamos a pensar, de verdad, si alguna vez lo alcanzáramos, pero, como el mismo horizonte, es inalcanzable. 

La muchacha, que puede ser muy hermosa, o menos hermosa, lleva una camisa del color del coral, y tal vez se ha venido a ver a papá mar directamente desde el amor o desde la escuela, porque arrastra recelos largos y pegajosos y verdes como las algas tupidas, o porque se siente llena de círculos viciosos, o porque tiene muchas neuronas heridas o enfermas. 

Como una vampiresa eficaz, ha chupado todos los colores de la foto para cumplir el eslogan que dice que la vida es en color, pero la realidad es en blanco y negro –como unas cuantas hormigas en la nieve-. La muchacha está natural, bonita, recién ordeñada, con un rulo de menos –quizá para hacernos hablar-, tragándose todos los colores del mundo como cuando cae la tarde y deja descolorido el paisaje, los rebaños y el pueblo. 

Tal vez así, abandonada, está haciendo vida y recuerdos, montada en la bicicleta de sí misma y dando pedales al corazón, que es muy memorioso para las cosas pequeñas y para los divinos detalles, como un costurero con hilos de muchos colores y muchos botones sólo para desabrochar, que son más bonitos y eróticos. 



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


jueves, 31 de octubre de 2013

NADA, DEBIÓ RESBALAR (Servando Gotor)





Nada, debió resbalar y al caer se daría con la cabeza contra el bordillo, muchacho. 
Isa... 
La niebla del alba tiñe el todo de luna con implacable palidez y en alguna casa con jardín las desnudas ramas de los rosales golpean contra los cristales de las ventanas.
Nosotros no tenemos jardín y la casa ni siquiera es nuestra, Isa. 
Y ahora… ahora sigues estando sola. Como siempre. Sola. Conmigo o sin mí.

cuando por deseo expreso de la familia…

La familia, tendré que avisar a la familia, te dices.  Y recapacitas porque la familia, mi familia, eres tú, tú quien has de hacer y deshacer, quien ha de decidir lo que se haga o no se haga con mis restos. 

Nada, debió resbalar.

¿Resbalar…? No te lo quitas, lógicamente no puedes quitártelo de la cabeza. 
Volvías de la oficina sin paraguas.  La tormenta acababa de estallar furiosa, el agua, burbujeando y saltando, corría hacia las alcantarillas con estrépito y fuerza, los tejados chorreaban y por los desagües caían torrentes. Y tú, el pelo mojado y la lluvia en los labios, sorteando los obstáculos sin bajarte de la acera porque la corriente inundaba la calzada. 
La mirada triste.  Porque siempre fue triste tu mirada, Isa, reconócelo.

Nada.

Te presentas en la calle al inicio, doblando la esquina.  Puedo verlo. Y cuando pasa el tranvía, nuestro viejo tranvía, te haces a un lado.  Sorteando obstáculos. Estás contrariada porque a medio día hemos reñido.  Una tontería sin importancia.  Pero cuando reñimos te hundes y no te recuperas hasta volver a mis brazos. Te encuentras mal y aún así tarareas algo. Una canción de moda que desconozco, porque siempre he desconocido tus gustos y tus canciones, Isa.  Perdona. Alzas la mirada, apuras el paso, qué cielo tan extraño, apocalíptico: Apuestas, Lotería, Cine Capitol, doble sesión, plis plas, plis plas, plis plas, neón intermintente y multicolor que se refleja en la acera, plis plas, brillante por la lluvia, Cafetería Snack Esplanade, desayunos desde las seis de la mañana, una canción de los setenta, You're so vain I be you think this song is about you, don't you, don't you, en el Esplanade siempre se oyen canciones antiguas que normalmente te gustan, nos gustan,  you had one eye in the mirror as you watched yourself gavotte, pero esta de ahora diluye la que tú tatareabas, suave, amorosamente. Trattoría Cambalache, pastas y pizzas de primera calidad. Miras la calzada inundada.  El agua arrastra cantidades de basura, y te enternece ver un ramo de novia que empuja la corriente. 
Luego, de repente el tumulto, el ruido, la ambulancia.  En la puerta de casa, frente al número tres.  Y tú, sola.  Como siempre. Conmigo o sin mí, sola. 
En el suelo, golpeado por la corriente y por la basura que el agua arrastra ―colillas, periódicos, restos de comida y algún condón usado― el cuerpo de un hombre con abrigo gris abraza los adoquines.  Insensible ya al paso del tiempo.  Rodando lento al compás de la tierra.  Es joven.  El hombre muerto que abraza la calzada es joven.  De mi edad. De la tuya, Isa.  Soy yo.  Y junto a la acera una hoja de lechuga empapada y marcada por la suela de un zapato, de mis zapatos, piensas.  Los que tú me compraste, Isa.  Y se te pasa por la cabeza que la culpa es tuya, nada más y nada menos, por Dios.  Te remuerde la conciencia. ¿Por qué te remuerde la conciencia?  Jamás debería remorderte la conciencia.  Eres inocente.  Siempre lo has sido.  Pero la bolsa del supermercado con los embutidos, la botella de vino rota, el pan y la fruta, sobre todo la fruta, Isa, la que había comprado para ti, todo, toda esa imagen de aquellas minucias esparcidas por el suelo, te hacen sentir culpable.  Y el abrigo, ese abrigo gris que llevo puesto y que tanto odias… No me gusta, Bob, pertenece a otra época y pareces un donnadie. 
Y, ahora por la mañana ya, perdida sin saber qué hacer...



Servando Gotor



miércoles, 30 de octubre de 2013

ENTRO EN LA NOCHE (Jordi del Ampurdán)


sgs

Entro en la noche
Con los ojos abiertos
Y ya no veo nada
Si: veo sombras
Que van y vienen
Si veo sombras
Que me saludan
Soy yo
Que me confundo con la noche: mi, tu, mi sombra, la tuya
Todo es un tiovivo en la noche
Si veo que no estoy solo
Pero soy solo
Entonces mis ojos se llenan de lágrimas
Ya no veo nada…
Estoy solo con mis lágrimas.



Jordi del Ampurdán


lunes, 28 de octubre de 2013

LOS SÓTANOS DEL JUEZ (Antonio Envid)


Fotografía: AEM

La vista había terminado más tarde de lo acostumbrado. Mañana dictaría la sentencia. Sus sentencias tenían fama de fundadas y razonadas, pero también de severas. Se quitó despacio la toga, que plegó cuidadosamente para guardarla en el armario, se lavó minuciosamente las manos, retocó el peinado pasándose un cepillo por los cabellos, comprobó que la corbata estaba en su sitio y que su atuendo se hallaba en perfecto estado. Todo en su escritorio estaba recogido. Orden y método, ese era su lema. Condujo despacio hacia su casa, respetando todas las señales e indicaciones y crispando el gesto cuando observaba a algún conductor descuidado o que cometiera alguna incorrección.
Ya en su casa, en una de las urbanizaciones de los alrededores de la ciudad, resonaron sus pasos en el silencio de la soledad. Se desvistió lentamente, cepilló y guardó cuidadosamente sus ropas y vistiendo un albornoz bajó al sótano.
Una sensación de humedad y un extraño rumor, un glu-glu sordo. Cuando encendió la luz comprobamos extrañados como un enorme acuario ocupaba la casi totalidad del espacio de la bodega. Una gran masa gelatinosa se movía perezosamente en el tanque de agua, como si se desperezase. El abominable ser se aproximó con movimientos lentos hacia una de las paredes de recio vidrio, sujetándose a él con sus poderosas ventosas. El juez se quitó el albornoz y sujetando una pequeña botella de oxígeno a la espalda se puso la máscara en la boca, descendiendo lentamente al fondo del acuario. Allí, con delectación, se dejó abrazar por los ocho viscosos tentáculos de la bestia, abandonándose a él. 

Antonio Envid


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