miércoles, 7 de marzo de 2012

EL RECIPIENTE DE LAS VISITAS (Babiluno)




SGS
-

Caluroso y extraño agosto, aquel del noventa y seis. Ahí estaba yo, como los detectives chuletas de las novelas de Raymond Chandler, sentado en una silla en equilibrio, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas cruzadas sobre la mesa del despacho. Seguía sin quitarle el ojo al teléfono. Estaba esperando mi primera llamada de trabajo como agua de mayo. Sin embargo, la llegada del calor estival me había empezado a desanimar. Lógico. Llevaba tres meses encerrado en aquella pequeña oficina esperando a que un teléfono sordomudo dijera algo. Tres, absolutamente solo, cumpliendo un ridículo horario de oficina para nadie. Y todo, porque una puñetera mañana me había levantado de la cama decidido a cambiar mi estupenda vida de crápula por otra diferente, más sensata y juiciosa. Sí, ya sé que es difícil de explicar, pero durante aquellos días comprendí que el camino de la responsabilidad, te puede llevar directamente al precipicio. Yo nunca he estado tan cerca de caer como entonces, cuando quise ser un ejemplo de vida y me convertí en una advertencia.

Me recuerdo bien, ahí sentado. Sudaba como un pollo y me levanté para estirar el esqueleto entumecido de no hacer nada. Empapado, caminé muy despacito hacía la rinconera que estaba junto a la puerta de entrada y rebusqué con el dedo entre los caramelitos del recipiente de las visitas. Sí, sí, de verdad. A esas alturas de mi retiro, todavía lo llamaba “el recipiente de las visitas”. En fin…dejé de remover decepcionado. Ya no quedaba ningún caramelito de fresa. ¡Vaya faena! Volví a mirar por si acaso, pero nada. Me los había comido todos. Yo, claro. Ahora, solo quedaban caramelitos del empalagoso sabor a plátano. Me propuse que la próxima vez que bajara a la tienda de las chuches, los compraría todos de fresa porque era una majadería no darme gusto cuando allí no venía nadie. Mirando el recipiente de las visitas, tuve la impresión de haber tomado una decisión inteligente para el futuro de mi negocio, y dejé que me embargara una tonta satisfacción que me sentó de maravilla. La supervivencia tiene estas cosas.

En unos segundos, aquella satisfacción se desvaneció sin dejar rastro y volví a sentirme como un mimo atrapado en su propio cubo de cristal. Un cubo sin aire acondicionado y con un gran ventanal por donde entraba el sol a lo bestia. Me encontraba a cincuenta grados y podía ver como las sillas y la mesa del fondo de la habitación, bailaban juntas el “Paquito el Chocolatero” con el desparpajo de un padrino borracho. Sin duda, estaba bajo los efectos de otro espejismo de oficina. Lo normal, supongo. Más cuidado requería el suelo sintético. El sol levantaba unas burbujitas de plástico que había que evitar para no quedarse pegado como una mosca en la miel. En esas condiciones, decidí refrescarme. Estaba más abandonado que un astronauta en la luna, así que me dirigí hasta el baño jugando a dar saltitos a cámara lenta, mientras saludaba con la mano a todos los terrícolas que me estarían viendo flotar desde el mundo habitado. Cuando llegué al lavabo, metí mi cabeza de astronauta debajo del grifo y poco a poco, fui recuperando el aburrido peso de la gravedad.

Algunas veces, me entretenía lanzándole boletas con una goma al San Pancracio que estaba en la estantería. Me lo había regalado mi madre para que me diera suerte, pero había demostrado ser un inútil y había que castigarlo. Como un francotirador entre las ruinas de Stalingrado, preparaba un arsenal de boletas de papel y desde diferentes puntos de la habitación le disparaba sin cesar hasta que lo derribaba. No pasa nada. El rango obliga y San Pancracio debe perdonarme por narices. Es lo que hay.

Pero faltaba poco para que todo cambiara. Estaba ajusticiando a mi Santo preferido cuando sonó el teléfono. Ansioso, me acerqué corriendo para descolgar el auricular pero, en el último segundo, detuve la mano en el aire. El aparato exhalaba un humillo raro. El sol le estaba cascando de lo lindo y parecía un membrillo derretido. Llevaba tres meses esperando esta oportunidad, así que, con decisión, hundí mis dedos en el plástico del auricular y descolgué. Sentí una quemazón salvaje pero conseguí que la conversación se desarrollara sin ningún tipo de alarido animal que resultara sospechoso: “Buenos días, dígame… sí… esta tarde a las cinco, pues le digo…sí que podría ser, sí…casualmente veo que tengo un hueco en la agenda a esa hora…conforme, hasta la tarde, pues.” ¡Milagro! El teléfono sordomudo había hablado. Me puse eufórico pero la alegría es muy rácana cuando llega en los tiempos difíciles. Eché un vistazo a mi alrededor y comprobé que no podía recibir a nadie en una oficina donde, salvo el ordenador que había traído de casa, un cuenco de caramelos y un San Pancracio martirizado, el resto eran estanterías vacías. Antes de las cinco de la tarde, mi despacho debería parecer un ruidoso negocio funcionando a pleno rendimiento o el Presidente de aquella comunidad de propietarios, se buscaría a otro Administrador. Había llegado la hora de la verdad.

Salí a la calle. Era mediodía y el calor me abrasaba la piel. Caminé varias manzanas hasta llegar a la bendita casa de mis padres y llené dos bolsas de deporte hasta los topes con un montón de libros de la carrera. Volví al infierno de asfalto. Con las dos manos ocupadas, el sudor me corría por la cara como chorros de aceite hirviendo. No podía ni ver la calle. Las bolsas pesaban tanto que creí que perdería los brazos por el camino. Pero conseguí llegar entero a la oficina y achicharrado como un cerdo, volví a usar el grifo del baño como ducha. ¡Buf! Ya había pasado todo. Contento, empecé a situar todos los libros que había traído, pero un rayo me partió en dos al comprobar que tan apenas ocupaban una estantería de las veintitantas vacías. El cálculo de los viajes pendientes era tan sencillo que me empecé a marear solo de pensarlo. Debía seguir, así que respiré profundamente y volví a la calle incandescente. La verdad es que no tengo fuerzas para contar todo lo que pasó después. Me voy a saltar esta parte. Hay mucho horror dentro. Solo os diré que conseguí trasladar cientos de kilos en libros a mi despacho durante esos momentos en los que nadie en su sano juicio saldría a la calle. Fueron los suficientes para llenar todas las estanterías. Allí estaban las enciclopedias completas ilustradas de “Larousse”, de “Santillana”, de la segunda guerra mundial, de la historia del cine, la vida submarina de “Cousteau”, “Viajar por España”, la “Cocina Sana para Hipocondríacos” y hasta mi colección de tapa dura de la “Espada Salvaje de Conan”. Tomo a tomo, los libros fueron ocupando su lugar en las estanterías. Unos iban metidos con el lomo para fuera y otros, lógicamente, para dentro. También puse cuidado en los detalles. Coloqué recibos de casa de mis padres en las bandejas y hasta tiré dos o tres por el suelo para crear la sensación de desorden organizado. Y por fin, justo a tiempo, acabé. Fui hasta la puerta de entrada y agité el recipiente de las visitas para que los caramelitos de plátano se colocaran en su sitio. Después, me volví y repasé mi obra poniendo la mirada de un desconocido. El escenario para rodar la secuencia era perfecto.

Desriñonado, me dispuse a recuperar el fuelle, pero antes de que mi trasero pudiera rozar la silla, el timbre empezó a sonar de forma insistente. Me acerqué raudo hasta la puerta de entrada, la abrí y estiré la mano para saludar al deseado. Ante mí, a las cinco en punto, pasó de largo un señor gordo con un enorme puro habano que olía a tarde de toros. Se paró ante el recipiente de las visitas y sin mirar, cogió un caramelito. Después, continuó su camino tan decidido que pensé que terminaría dando varias vueltas al ruedo de mi oficina antes de cansarse. Pero en lugar de eso, llegó a la silla del espejismo y se sentó.

- Vamos, vamos, que no tengo todo el día -, dijo impaciente, sin quitarse el puro de la boca -. Soy una persona muy ocupada y mis negocios me requieren. No puedo perder más el tiempo contigo.

Mientras me acercaba a la mesa, pensé que aquella era la primera persona con la que me cruzaba en el camino de la responsabilidad y prometí que nunca me parecería a ella. Ocupé mi sitio y el gordo del puro me miró fijamente: “Necesito un Administrador.” De pronto, como si le hubiera picado una avispa, apartó su mirada y empezó a girar la cabeza de aquí para allá.

- ¡Demonios, en este despacho hace un calor de mil pares de cojones! -, dijo mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo -. ¡No sé como puedes estar aquí, chaval!

Después, se llevó el caramelito a la boca dejando el envoltorio junto al teléfono retorcido que, curiosamente, le llamó bastante la atención.

- Uhmm…muy surrealista. Igual que el famosísimo cuadro de los teléfonos blandos de Dalí, ¿eh? - me dijo en un tono cómplice.

- Esto…sí, sí, claro” - le contesté mirando con disimulo al reloj de la pared que marcaba las cinco y dos minutos. Ni se me ocurriría joder el buen rollito.

El gordo abrió una carpeta y entramos en materia. Comenzó exponiendo la problemática de su comunidad. La verdad es que me encontraba bastante afinado y fui soltando unas respuestas bastante convincentes a todas las dudas que me iba planteando, hasta que me pidió un ejemplar de un balance para ver cómo presentaba las cuentas. ¡Jope! Menos mal que esto lo tenía previsto. Abrí el cajón del escritorio y con decisión, le planté encima de la mesa el tocho que nos había enviado el Administrador de la casa de mis padres. Solo había tenido que quitar la primera hoja donde figuraba su logotipo y grapar otra donde figuraba mi nombre con unas letras tan grandes, que solo me faltaba haber puesto debajo “el más cojonudo”. Al Presidente de la comunidad de vecinos le convenció mi actuación. Antes de despedirse, me ordenó que arreglara el aparato de aire acondicionado: “Así no puedes durar mucho y yo no tengo tiempo para buscarme otro Administrador”, y a las cinco y treinta y cuatro minutos, salió del despacho como un Miura, llevándose medio suelo sintético pegado a sus zapatos.

Cuando recogí el envoltorio del caramelito del Presidente, me llevé una sorpresa morrocotuda. ¡Era de fresa! Lo primero que pensé era que el Presidente debía ser el tipo con más suerte de la tierra. Sin embargo, lo más probable es que su sabor preferido fuera el de plátano y que diera con la única golosina de fresa de todo el recipiente porque no se puede decir, precisamente, que tuviera buena estrella. Una semana después de nuestro primer encuentro, mi Presidente estalló. Sí, sí. El pedo se produjo en plena calle. Estaba aparcando de oído su abusivo todoterreno, cuando el airbag delantero se disparó chocando contra el ardiente puro habano que llevaba metido en la boca. El formidable zambombazo fue recogido por el sismógrafo de un observatorio local que no se explicaba el origen de semejante vibración.

La vida no se ha parado desde entonces. El camino de la responsabilidad me ha privado de unas cosas y me ha ofrecido otras. Ahora, por ejemplo, tengo una nueva oficina en el centro de la ciudad con cortinas y aire acondicionado. Un lujo, vamos. Pero el recipiente de las visitas y el San Pancracio de mi madre siguen siendo los mismos. Cada día, me preocupo de rellenar el cuenco con caramelitos de plátano, sin olvidarme de meter uno de fresa. Luego, vuelvo a colocarlo sobre la mesita de la entrada a disposición de las visitas. Reconozco que no hay un ápice de bondad en este detalle de bienvenida. Lo hago, sencillamente, porque me mata la curiosidad por conocer el infortunio que correrá el visitante que dé con el único caramelito de fresa que se esconde en algún rincón de mi particular recipiente. Mientras preparo mis diabluras, el Santo bueno se tambalea en la estantería. No tiene más remedio que perdonarme, aunque algo me dice que le está costando lo suyo.



martes, 6 de marzo de 2012

DOS ALMAS GEMELAS Fábulas de desamor (Antonio Envid)

-
-
AEM

 
La descubrió en un baile en la embajada. Era idéntica a él, pero en mujer, su alma gemela. Tan pronto como fueron presentados surgió entre ellos una corriente de simpatía, la atracción irresistible y un fluir de energía como si estuvieran conectados a un mismo generador de corriente eléctrica que los animara simultáneamente, con la misma intensidad. 

Es cuestión de tiempo que 22 pares de cromosomas se combinen en una misma secuencia para dar dos personas idénticas, y quizá una probabilidad mayor el que solo se distinguieran en un único par, xx para una mujer y xy para un hombre. Que, además, el resultado de esas combinaciones coincidieran en el tiempo y en el espacio, era posible, aunque lejanamente probable. Pero como lo que es probable es posible, había ocurrido, no cabía darle vueltas.

Al principio combinaban la pareja perfecta, dos almas gemelas, ninguna disensión entre ellos, acuerdo total en todo, armonía en sus pensamientos y acciones. Cuando uno deseaba ir al cine, el mismo deseo anidaba el otro, y, lo más insólito, la elección de la película era unánime. Si se trataba de una excursión, era el día perfecto y el lugar adecuado. Ella simpatizaba de inmediato con los amigos de él y viceversa. Ambos sentían al unísono el deseo de acercarse al otro, de gozarse de ambos cuerpos, o sentían a la vez la necesidad de estar solos y aislarse.

Pero al poco sintieron como si la vida fuera un aburrido juego de espejos. Cuando uno de ellos deseaba una cocacola, el otro levantaba el brazo para solicitar del camarero el refresco. Las conversaciones se convertían en un experimentar con el eco, cada afirmación de antemano era asentida por la pareja, y cada pregunta tenía una respuesta sabida con anticipación. Era como si la vida se viviera dos veces, como si se hiciera de ella una descolorida copia que había, obligatoriamente, que volver a contemplar con un ligero intervalo de tiempo. Ni la más mínima discusión que sirviera para afianzar la identidad de cada uno y propiciara la posterior tierna reconciliación, ni la más simple sorpresa en la reacción del otro ante los hechos y circunstancias de la vida. El mundo se cubrió de un espeso velo de aburrimiento.

Es por eso que cuando él, esperando en la sala del aeropuerto el anuncio de la salida de su vuelo para Nueva Zelanda, contempló con gran alivio como pasaba ella presurosa hacia la puerta de embarque para Reikiavik.


Antonio Envid


lunes, 5 de marzo de 2012

CRÓNICA BOBA (Por Azulenca)

-
-

MJM

En esto de teorizar sobre los tontos se ha escrito mucho, hay quien dice que no hay tonto bueno, otros se compadecen alegando que son ignorantes, otros dicen que tontos tontos mierda mierda. Perdón. Por otra parte los tontos pueden causar risa, cabreo o indiferencia. Se me va la olla y ahora no sé a qué viene todo esto. Ya. Sí, quería añadir que hay tontos que no se enteran y esto puede ser un peligro cuando el que no se entera tiene cargo. Yo si fuera instructora de reyes, lo primero que les pondría en la mano sería El Príncipe de Maquiavelo y luego les daría las directrices oportunas. Caso Urdanga. ¿Se puede tener cargo, ser un presunto estafador a lo grande y encima no enterarse? Eso sí, poniendo la mano y metiendo al bolsillo. Esto no puede consentirse de ninguna manera, y encima echar la culpa a otros, ser un acusica, y salir del juzgado tan digno y campante. Pienso que nuestro monarca y su sucesor, en lugar de dedicar tanto tiempo al deporte deberían haberlo invertido en instruirse, es decir, leyendo a Maquiavelo. Si lo hubiesen leído, a estas horas el Duque de Palma estaría fuera de la circulación y la Casa de Su Majestad no tendría que seguir ninguna estrategia ni pasar por el bochorno que les está ocasionando el Duque vasco. La declaración del Duque de Palma me pareció de vergüenza, así como toda la puesta en escena. ¡Vaya estrategia Borbónica! Bueno, por los resultados más bien podría llamarse Borbonera. Otro ejemplo dónde mirar a la hora de dar escarmiento es La Campana de Huesca. No he dicho nada. Eso sí, estaba Urdanga tan regio y demacrado que parecía dirigirse al rodaje de una película del oeste, a mí su entrada me recordó Sólo ante al peligro. Este episodio del duque vasco daría también para escribir una novela al estilo de las de Italo Calvino como El Vizconde Demediado. Con razón Cayo Lara dando el callo dijo que Urdangarin está haciendo por la República más que todos los republicanos en los últimos tiempos.

Fundación Ideas. Precioso nombre con olor a progre pijo, suena a global y a reduccionismo puro, inspira tanto que no dice nada; si añadimos que esta fundación está vinculada al PSOE ya nos podemos imaginar los personajes. El pasado viernes debutó en su foro nuestro ex-presidente contemplador de nubes que pesca truchas en los ratos libres. Aplaudiendo a Zp estaba toda una bancada de lujo: Trini Jiménez desorientada desde que perdió su Ministerio de Exteriores, Rubalcaba por parte de madre, la Valenciano con cara de estreñimiento desde que el poder la ha abandonado y alguno más que no me acuerdo. Zp se reencontró en este evento con Rubalcaba por parte de madre y se abrazaron, esa escena me recordó a los célebres Hermanos Malasombra, que eran malos de verdad. Porque estos dos tienen ideas inflamables, ideas indeseables, ideas detestables, ideas extraviadas e ideas a la plancha y también con jamón y tomate.

Hay que ver, haciendo honor al título que preside esta crónica, el poder de convocatoria que tiene un tonto en estos tiempos. Además siempre pasa lo mismo: el tonto toma la palabra y el listo calla por miedo a meter la pata. Otro caso nacional, bueno regional: Tomás Gómez repite como líder del PSM. Resulta genial que vuelva a ganar el político que más apretones mentales sufre por semana. Lo sigue teniendo bien Esperanza de Madrid.

Hay que ver como se ha presentado nuestro Mariano en Bruselas, iba con un traje gris impecable, vamos, que parecía un novio frente al altar: sólo le faltaba el clavel blanco en el ojal. Y es que para soltar lo del déficit Mariano necesitaba al menos tener buena presencia, ya que seguimos con el peligro de ir a peor. Pues yo les hubiera dicho a esos europeanos: tranquilos que ahora tenemos un tesoro que nos avala, un tesoro venido del fondo de los mares perteneciente a nuestra fragata Ntra. Sra. De las Mercedes. Y diciendo esto hubiésemos quedado hidalgamente frente a la Gran Bretaña.

El miércoles al cine. Young Adult. No hay nada peor que no tener presente y volver al pasado in situ. Como la vida misma pero en versión americana.

Azulenca

 

domingo, 4 de marzo de 2012

NOCHES CALLADAS (Servando Gotor)

.
-
Foto: Escaparate de Paraguas Redondo (La Conchaparís)

 


No me jures que este extraño invierno estallará en jades y alabastros, y menos ahora que no imagino tus ojos. Una jauría de palomos salvajes revienta la calle a cada verbo y yo alimento mis entrañas con brisas marchitas. 

Vivíamos como siempre, rodeados de melones, nube de pacíficos lobos asesinos de encinas. No, no eran tiempos de móviles ni ordenadores, ni había luna. Sólo sombras militares y un policía en cada esquina. 

Ni siquiera llovía.

Y al Aspirina le hervía el culo cuando se cruzaba con el Pirulo, la cara lienzo de porrazos. Porque el Aspirina era un mierda. Un auténtico mierda que se había tejido dos caras con su propia miseria. Un mierda de caca caída al que pensando que hablaba de árboles lo encerraron en Carabanchel y su voz se tornó soplo y ya no habló más de árboles porque nunca había hablado de árboles. Ay, melón melón, melón limón que nunca maduras. 

Una vez –porque entonces las cosas ocurrían sólo una vez- conocí a una limoncita de rostro desvanecido, viva como débil flor en gélido invierno, despierta como un témpano de marfil bajo la noche más muda. Pobre, pobre limeloncita. Cómo era, no me lo preguntes. Imposible saberlo. Mi cerebro se diluye en tu boca y mi lengua pétrea dibuja mariposas sobre el negro nido de la rosa de nadie. Mi lengua pétrea…  

Años 70. Setenta veces siete. Mi limeloncita con sus levis de pana de Niu Orlins –decía- y yo con mis zapatos de gamuza azul Yoni Biz-Guz –cantaba-: haz el amor, haz el amor, que la guerra ya vendrá, sin Lucy ni Eskay, ni Dáyamons.  

Y entonces, Tú. Años 70, aún: Tú.

Y el color se hizo. 

No, no me lo jures. Y hoy menos. Vinieron los rojos, amarillos, anaranjados y hasta el signal con hexaclorofeno. El blanco y negro y el amarillo gualda se desvanecieron. Y la sangre del Pirulo, nutrida de esperma de infierno y ebria de néctar acetilsalicílico, ensayaba infausta oscuras burbujas de gloria, el dolor alimentando sus noches. 

Luego vas y te lanzas a la calle. Te atreves. Y los tilos se nublan bajo la sangre azul de las mariposas negras. ¿Qué pensabas? Las nubes ennegrecen como hongos podridos y litros y litros de savia azul rompen fuegos en los acantilados de un abismal asfalto. También hoy, también: melones, melones limón, meloncitos, melonazas, ¡setenta veces siete! Sí, la guerra vendrá porque la guerra nunca nos abandona. Siempre está ahí: alumbrando cadáveres, cadáveres vivos, cadáveres muertos. Cadáveres. 

Ahora caigo, empiezo a caer, pero ignoro aún si los mástiles se agitan por la brisa azul de un cielo inminente o por el agrio silbo de un feroz Vulcano. Sigue, sigue la guerra y tiene tus ojos. Los melones, si no maduran, se alimonan y acaban por secarse. Ayer. Hoy. Mañana. 

Y no me digas por qué ni me jures que en las calladas noches de invierno cesará el rumor ajeno de medias acariciadas.

Servando Gotor


viernes, 2 de marzo de 2012

EJERCICIO LITERARIO II (Juan Serrano)

-
-



En la caldeada calma de la habitación, el corazón de Marien se dilata al recordar la mirada enamorada de Virgilio; y sobre este grato sentimiento, de golpe se interpone otro no menos feliz, pero a la vez dolorido: la imagen anhelante de Marcial antes de partir al campo de batalla. Y el corazón de Marien se contrae.



Virgilio es tierno. Marcial, decidido y viril; Virgilio, emotivo y poético; Marcial, dadivoso y afortunado. Virgilio, delicado. Luchador y atrevido, Marcial. ¡Ay si ella pudiera reservar su alma para el poeta, y su cuerpo para el militar aguerrido! Pero no. Marien tiene revueltos y a presión en su corazón a los dos hombres metidos.



Marien con uno se siente segura; y con el otro, querida. Con aquel, realizada: con éste, satisfecha. Cualidades que se disputan a muerte un mismo lugar donde cabe un solo amor. Marien sufre los efectos sangrientos de esta contienda injusta dentro de sí. Ella no entiende qué de malo puede haber en su conducta por ser fiel al doble impulso de su corazón indivisible.



Si Marcial regresara del cautiverio, ¿Marien continuaría sus relaciones con Virgilio? Para la muchacha responder a esta pregunta es inútil. La solución no depende de ella. Los hombres son terriblemente impacientes en problemas de amores compartidos. Tanto Marcial como Virgilio se apresurarían movidos por el despecho a comportarse como fieras en celo. Alejados de toda cordura, seguro que llegarían a la solución más desastrosa para los tres.



A Marien lo que más le tortura es estar poseída por dos conciencias unidas por un sentimiento controvertido. Ella no duda de la sinceridad de su amor por los dos hombres al unísono, aunque una de sus conciencias no cese de increparle su honorabilidad. ¿Quién con verdadero conocimiento de causa, y no presionado por la moralidad social de unas costumbres basadas en falsos conceptos de honra, fidelidad y acatamiento, podría acusarla de no ser sincera?



De la chimenea una brasa ha saltado al suelo. Y para que no queme la alfombra, Marien con las tenazas mete el tizón en la cubeta del agua. Tras los malos pronósticos ahora parece que viene el sosiego. La muchacha se relaja, confía que será la propia naturaleza, la historia, el destino, quien pondrán las cosas en su sitio.



El plagiador, el hombre que olvidó el libro en el coche, detiene aquí su escritura, pone fin al juego literario. No sabe si ha sido fiel a la idea que el verdadero escritor tenía en su mente cuando escribió la novela. Reconoce haber cambiado el nombre de los tres protagonistas para encubrir al autor y su obra. Ahora restrega la palma de su mano derecha sobre su frente calenturienta. Se despereza como quien se despierta de un sueño, y dice para sí:


Resulta divertido mover el hilo de la historia de unos personajes que uno ni siquiera inventó, y sin embargo puede con ellos (si es capaz), hacer lo que le dé la gana. Es tan difícil conquistar la libertad como luego saber lo que hacer con ella.


Juan Serrano
(En el blog Blao
12 febrero 2012)
_____
Ir a EJERCICIO LITERARIO I
pinchando aquí

jueves, 1 de marzo de 2012

BALCONCILLOS 16 (Narciso de Alfonso)

-

SGS

¿Cómo ordenas o cómo se ordenan las cosas en tu cabeza, mortal?
El corazón es un río manando de sí mismo, un río que no puede ser cruzado y que (todavía) lleva el grito
del somormujo y las sales de lo indeciblemente humano.
Así es como se expresan estos chicos cuando quieren o cuando pueden: nos hacen revelaciones: atento, atento:
no enseñan ni hacen publicidad ni venden ni comunican ni inventan, sino que revelan. Sin abandono y sin impostura
abren el pellejo. La revelación hizo, ha hecho, sigue haciendo que shakespeare se haya convertido en un intelectual.
¿Necesitamos más pruebas de que funciona?
Bien, bueno, ya basta, no quiero ensañarme con el pobre shakespeare, que, además, ya estaba pidiendo un relevo
de universalidad, ya estaba cansado de haberlo dicho todo para siempre, no quería seguir siendo de la raza
de todos menos uno.
Por lo demás, te conviene palparte la cara, la voz y, sobre todo, los papelitos, sí, no te olvides de palparte
los papelitos. Asegúrate de que llevas un aceite contra dos vinagres y de que tienes tus octavos pensamientos.
Aquí gotea el alba por todas partes, y cuando llueva verás que la lluvia se te parece (como tú, cae desvariando,
solitaria en un mundo muerto, rechazada y sin forma obstinada, ay).
Puede que te encuentres con un poeta francés de mirada dura que dice que su vida está hecha de días de menos:
no que cada día que pasa sea un día de menos: te dice que cada día que pasa, para él pasa en menos: no en negativo
ni en vacío, sino en menos. ¿Ya?
Si oyes alguna palabra suelta y dicha de un modo raro, seguramente será alguna de las manzanas del frutero
–el grande de la planta baja- que están aprendiendo a hablar.
Si vas a tratar con el mono (que es simpático y obsceno por elasticidad), puede que te conmueva el misterio de su
unidad o su culo rosáceo y frágil o su olor. El mono llora lloviéndose por dentro cuando le duele y, si te mira, te confundirá
con su evolución. Has de saber que su centro, su yo, no es un punto, ni la reducción de un punto al infinito, ni siquiera
la ausencia de centro, de punto y de infinito: has de buscarlo con tu propia ausencia. Si llegas a él, si le alcanzas,
entenderás que te dice –sin palabras, claro- algo como: ‘vales más que mi número, blando prójimo y hombre solo’.
Si le contestas –o no- y qué le contestes será ya cosa tuya.
Es posible, puede –a poco que deambules o te pasees por estos balconcillos- que te cruces con un niño,
con leopoldo maría, que te pedirá que lo despidas de su madre y apagues la luz de su cuarto porque él se va a jugar
con la muerte. Si ve que eres persona de confianza te pedirá también que ordenes sus juguetes: le gusta poner al oso
con el oso, al pájaro con el perro y, en cuanto al pato, prefiere que se deje solo al pato. Tú mismo, como siempre.
Y bueno, por acabar de ponerte un poco en antecedentes de lo que te puedes encontrar por estos andurriales,
quizá te cruces con un muchacho alto y hermoso, con el pelo negro y perfumado y con el brillo de la inmortalidad
en la mirada. Será justo en el momento en el que cae la tarde, entre las sombras y las luces, y te preguntarás cuál
de Ellos ha bajado desde las Augustas Moradas, y para qué sospechoso placer.


Narciso de Alfonso

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...