domingo, 27 de enero de 2013

EL DUQUE EMPALMADO (Armando Muchabulla)

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Pues jugando al balonmano
y en pelotas tan experto
a quien extrañará el suceso
de ser un duque empalmado
ya que usó una vieja vía
para adquirir la nobleza
utilizar la bragueta
para tan alta porfía
ascendiendo desde abajo
llegando a la duquería
pasando por la varonía
sin coger ningún atajo



Armando Muchabulla

sábado, 26 de enero de 2013

APAGADA ANTES DE SER ENCENDIDA (Juan Serrano)

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Subo a tientas la escalera de las páginas del libro de Avelino Hernández, Campodelagua (1990). Y como Ángela, me bloqueo. No consigo entender el texto; pero me satisface más que si lo entendiera, pues tras su lectura, me quedo, (me sucede casi siempre con cualquier cosa que leo), casi a las puertas del misterio. Y ese casi es más que el todo. Y por ende las palabras de Avelino, siendo inútiles, (nunca me dicen lo que espero), no son innecesarias, sino bellas, suaves y frescas. No están de más. Día y noche: cadenciosas; pero sin degustar nunca el milagro. El escritor quizá tampoco haya saboreado la gracia que desea transmitirnos. Eso sí, lo barrunta en metáforas vestidas de lino y rica pana, con suave brisa, caricias del alba, con el silbo melancólico de los pájaros.

Mientras Ángela se desnuda, sin luz en la alcoba, yo como Ricardo me remuevo por no encontrarme nunca con la palabra desnuda. La sensación erótica de tener casi a la mano la quinta esencia de la palabra en su sola carne, (y no del todo). Si tal vez el milagro se diera, (toda, entera y desnuda), me quedaría con su dádiva apagada antes de ser encendida. ¡Qué bello este momento único, ambiguo y fugaz; ni de ayer ya ni todavía de hoy! La alborada que se escapa.

Después de haber escalado montañas de libros, y llegar a la cima, es penoso encontrarme de nuevo otro libro como reto, interminable peldaño. ¡Hasta que el cuerpo aguante!


Juan Serrano
(En el blog Blao
16 diciembre 2012)


viernes, 25 de enero de 2013

EL MAR OCULTO (Ángel Ferrer)

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sgs


El mar oculto
en lo recóndito de la memoria
que ya es olvido
anhela desatar las poleas
que vierten en el matraz
los límites de mi ser
que arrancan los segundos
de mi atropellada existencia
tras el cristal


Ángel Ferrer


jueves, 24 de enero de 2013

CONFUSIÓN DE CONFUSIONES (Antonio Envid Miñana)

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No puede asegurarse que el repunte al alza de la Bolsa al que estamos asistiendo estos días sea sostenido, pero razonablemente hay que esperar que en algún momento de este 2013 se produzca esa inflexión de subida generalizada de cotizaciones, cambiando la tendencia del mercado de valores español. Entre la economía financiera y la economía real tiene lugar un gap, de modo que la Bolsa se anticipa siempre a la reactivación de la actividad económica. Encarrilada, que no cerrada, la reestructuración de nuestro sistema financiero, el verdadero enfermo de nuestro sistema económico, cuando los grupos internacionales vuelvan la vista a España, país que les ofrece bastante seguridad jurídica, costos relativamente bajos en relación con otras áreas y personal bien formado, adecuadas infraestructuras, el inicio de la recuperación estará próxima, aunque quizá sus efectos no se noten todavía, y la Bolsa anticipará estas perspectivas.

No es muy conocido el hecho de que el primer tratado sobre la Bolsa se escribió en español. Su autor José Penso de la Vega, un judío de origen español, aunque quizá nacido en Portugal, y asentado en Ámsterdam, publicó en 1699 un libro que tituló “Confusión de confusiones”, en alusión a los azarosos negocios que en su ciudad se llevaban a cabo. El libro, aparte de describir el funcionamiento de la primera Bolsa moderna, la de Ámsterdam, es una pequeña joya literaria del judeoespañol. El gran hispanista francés M. Bataillon aseguraba que “Joseph de la Vega maneja con virtuosismo la lengua de Baltasar Gracián” y veía en sus obras el testimonio de la vitalidad de la cultura judeo-española en los Países Bajos en una época en que desaparecía Spinoza dejando una biblioteca bien nutrida de literatura castellana. La diáspora provocada por la expulsión de los judíos de España y luego de Portugal expandió su cultura por toda Europa.

Pero, como ha quedado dicho, a la vez se trata de un interesante libro para conocer cómo se desarrollaba el activo mercado de valores holandés del siglo XVII y conocer, de primera mano, el desarrollo de una de las burbujas financieras históricas. Holanda atravesaba un periodo de floreciente prosperidad en esa época; el comercio con sus factorías en las Indias proporcionaban una abundancia de dinero que buscaba colocación ante pocas alternativas, dando lugar a importantes especulaciones. Entre 1636 y 1637 se desarrolló el conocido episodio de la especulación con los tulipanes, de trágicas consecuencias, y con una duración de casi todo un siglo, el diecisiete, el auge y crisis de su Bolsa. Todo comenzó cuando en 1602 se funda la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, verdadera multinacional con factorías en Indonesia, India y China, que proporcionó a los Países Bajos un volumen inusitado de comercio. Sus jugosos beneficios hicieron que sus acciones subieron de valor rápidamente y ello dio lugar a un activo comercio con sus valores, sobre todo en el mercado de Ámsterdam. José Penso de la Vega nos informa de los tipos de negocio que se practicaban en dicha Bolsa y cómo se desarrollaban, con la sorpresa de que casi toda las operaciones actuales ya se conocían en aquel tiempo: además de las operaciones al contado se realizaban operaciones a crédito y a futuro, se contrataban, de modo habitual, opciones, tanto en la modalidad “call”, como “put”; incluso una curiosas operaciones sobre valores virtuales, que eran las acciones “ducaton”, fracciones ideales de acciones de la Compañía, que al ser su nominal muy elevado, 500 libras, se fraccionaban artificialmente para popularizar su negociación.

No faltaron tampoco los pánicos financieros, así en 1608 las acciones de la Compañía, que habían doblado su valor, cayeron de pronto a un treinta por ciento del mismo, debido a arteros negocios a corto de un grupo de inversores, aunque posteriormente se recuperaron, conociendo un buen ciclo, pero hacia finales de siglo, cuando nuestro autor publica su libro, la Bolsa se había desplomado otra vez, para no recuperarse ya. Por cierto que Penso de la Vega, al parecer, se arruinó en esa debacle y ello le impulsó a escribir su tratado y darle tan sugestivo título.

Puede hallarse este libro en Amazon en versión para Kindle con comentarios técnicos del autor de este artículo que ayudan a la comprensión de las operaciones financieras descritas.


Antonio Envid Miñana
21 enero 2013


miércoles, 23 de enero de 2013

LAS EXPLOSIONES MAMARIAS (Babiluno)

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El día señalado, Don Tomás me llamó a mí, el Administrador de su comunidad, y juntos nos dirigimos a la Comisaría Central. El Presidente se tiró todo el camino recitando el rollo aprendido, como un estudiante a punto de realizar un examen. Cuando entramos en el despacho del Inspector Jefe, no pude evitar un estremecimiento al comprobar que se trataba de una mujer tremendamente pechugona. No es que me disgusten las buenas delanteras, pero en los tiempos salvajes que nos han tocado vivir, lo mejor es no tentar a la suerte. De hecho, llevaba varios días refugiado en mi casa ante el alarmante incremento que habían experimentado las explosiones mamarias. Las imágenes del telediario mostraban la ciudad convertida en un infierno. En el momento menos pensado, cualquier buena señora que sufriera un ataque de risa descomunal, te podía mandar a freír espárragos de un chupinazo mamario. Nadie sabía, a ciencia cierta, cual podía ser el motivo de semejante burrada. Ni siquiera los expertos se ponían de acuerdo en qué tipo de domingas eran las más peligrosas, aunque no había que ser demasiado listo para saber que las gordas, o muy gordas, como era el caso, suponían un riesgo considerablemente más alto que las perillas limoneras de andar por casa. En este delicado asunto, nadie se mojaba oficialmente. Da lo mismo. Mi temor era cierto y no me extenderé más. Sin embargo, no pensaba salir corriendo como una gallina, así que traté de mantener la calma retirando mi vista del escote. Mientras tanto y tras las pertinentes presentaciones, el Presidente empezó su actuación. Como si estuviera en pijama frente al espejo de su casa, explicó con suma naturalidad, que en la urbanización teníamos un bruto que durante un tiempo fue considerado por los propietarios como un dios viviente, pero que ahora causaba un miedo atroz porque tenía la extraordinaria virtud de cicatrizar sus heridas a voluntad modelando sobre su piel unos horribles acertijos que, bien estudiados, podrían servir para esclarecer algunos de los misterios sin resolver que habían terminado poniendo en ridículo la labor de la policía. ¡Con dos pelotas, sí señor! Y dicho esto, el Presidente se calló satisfecho con su exposición. La Inspectora Jefe demostró ser una profesional como la copa de un pino. Aguantó el tipo realmente bien, pero finalmente, dejó de morderse los labios y se rindió. Encanada de la risa, empezó a soltar unos tremendos lagrimones y a pegar puñetazos sobre la mesa del despacho mientras se justificaba de forma entrecortada: “Perdone usted...pero eso que me cuenta…el Energúmeno…no puedo…no puedo…”


El pobre Don Tomás se quedó petrificado como si le hubiera mirado un basilisco, mientras la mujer se descoyuntaba de risa. Las carcajadas se fueron convirtiendo en un puro histerismo hasta que comenzaron a resonar extrañamente cavernosas. Pude comprobar horrorizado como sus enormes pechos se hinchaban peligrosamente. La mecha del petardo se había encendido. Desesperado, le hice toda clase de señas y aspavientos para avisarla, pero la insensata continuó riendo de forma descontrolada. Faltando al mínimo decoro exigible, pegué mi hombro contra las pechugas de la hembra y empecé a empujar con todas mis fuerzas, pero la presión me fue desplazando hacia atrás. Cuerpo a cuerpo, los chicharrones siguieron creciendo hasta que dejé de ver la cara a la autoridad. Aquellos pelotones de playa estaban a punto de estallar. No se podía hacer nada más. Tocaba ponerse a cubierto. Agarré al Presidente y lo saqué del despacho a empujones. Segundos después, la risotada se cortó de cuajo y un estampido hizo temblar los cimientos del edificio. Aunque el sistema automático de seguridad puso a tope la relajante música ambiental para aeropuertos, nadie pudo evitar que el pánico se extendiera como la pólvora. En estos casos, las normas aconsejan no utilizar el ascensor, así que una masa humana descontrolada colapsó las escaleras de bajada. Casi todos iban más despistados que un sordo en un baile mientras, los más listos, seguíamos mirando a nuestro alrededor no fuéramos a cruzarnos con la tonta de turno a la que siempre le da por echarse a reír como una loca en las situaciones más inconvenientes. ¡Ni se me ocurriría bailar con alguna así!


El Presidente no había recuperado el color de la cara, cuando cientos de nudillos llamaron a su puerta. Eran los vecinos de la “Asociación Pacífica con Antorchas” que había llegado para pedir explicaciones. La promesa no se había cumplido y el Energúmeno siguiera paseándose en tanga por la urbanización con su habitual tono amenazante, así que el Presidente, resignado, abrió el balcón del unifamiliar 37 sabiendo que iba a escribirse la última página de su biografía.



Leer completa
esta apasionante 
narración en
El blog de Babilunio





martes, 22 de enero de 2013

LA CASITA PAREADA (Antonio Envid)

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AEM


Con desgana se internó en la bruma del alba en la que las primeras luces del día, débiles y tristes, acompañando a las agrias emanadas de unas moribundas farolas trataban de conseguir, con escaso éxito, quebrar la oscuridad, dejando atrás su casita pareada, de fachada gris como todas las casitas uniformadas que con ella se alineaban . Atravesaba las calles de la urbanización, cortas y rectas, flanqueadas por casitas pareadas todas iguales y grises, sumidas en un silencio de hospital, roto por el ladrido de los perros. Un perro por cada casa, dos o tres ladridos por cada perro, al pasar. Sería un saludo, porque sabían que puntualmente cinco días a la semana y a la misma hora, salía de su casa y seguía siempre el mismo camino hasta la parada del autobús de empresa que lo llevaba al trabajo. No era un desconocido, ni, mucho menos, una amenaza. La vista baja, ¿para qué alzar la vista a las viviendas?, las tenía muy vistas, siempre le parecieron una columna de obreros esperando a que el capataz diera la voz de marchar. Si no rechazaba con determinación la imagen, le recordaban la foto de una fila de prisioneros de un campo de concentración alemán, vestidos con un uniforme de rayas grises y blancas, vista en un magacín dominical. Al menos, los restos del poblado o barrio que había ido retrocediendo ante las excavadoras de la constructora de la urbanización, eran de un polimorfismo inverosímil, de arquitectura caótica, pintadas con los colores más diversos, según el gusto de cada vecino o la pintura de oferta que su bolsillo le hubiera permitido adquirir, lo que les prestaba un aire humanizado y atractivo. Su mujer lo tildaba de loco cada vez que le proponía cambiar su moderna casa por una vieja de aquellas y mudarse al barrio suburbano, abigarrado y alborotador.

Poco a poco se abrían y cerraban las puertas de las casitas y gentes tan parecidas a él que podrían ser clones se subían las solapas del abrigo y con la vista al suelo comenzaban a caminar. De cada casa gris y uniforme salía una persona. En cada casa gris y uniforme se escuchaba el ladrido de un perro. En cada casa comenzaba a alumbrarse una luz. De cada casa salía un débil humo por su chimenea. De cada casa se desprendía la misma tristeza gris y uniforme.

Tenía que atravesar un descampado o solar que la crisis había convertido en un pedazo de tierra ambigua, ni era un campo, aunque crecían hierbajos, ni era solar, aunque amontonara desperdicios de construcción. Una luz lo cegó. Una especie de capsula espacial aterrizó a pocos pasos de él. Del artefacto se desprendió una rampa y comenzaron a deslizarse por ella unos extraños seres. ¡Por fin!, se dijo, “ya han llegado” y una sonrisa iluminó su cara.


Antonio Envid. 


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