lunes, 11 de febrero de 2013

BYBLIS DE BOUGUEREAU (Narciso de Alfonso)

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Biblis 
(William Adolphe Bouguereau, 1884) 


Biblis es, sin duda, una real hembra, lo que significa más bien una hembra real: sus dimensiones y proporciones, su consistencia y densidad, hacen que sea equiparable a la realidad real, física: no se deja pasar desapercibida; está ahí, resistente o tozuda; no se puede traspasar –no es vaporosa o etérea-; y es una individua femenina que se hace valer en su calle, en su barrio y –por decirlo así- en el universo sideral entero: no es fácil, es difícil ignorar su presencia –y su ausencia-. 

El pintor la ha puesto en un espacio en el que hay mucho de exacto, hay precisión en las formas y en las luces. Con el rabo al aire, quizá esté descansando –o muriendo- encima del arroyo del que ella sola se ha hecho hermoso puente sin barandillas. Pálida y tetuda, parece vacía de sangre o de vida, exhausta y final. Se le marcan todas –literalmente todas- las protuberancias de su cuerpo físico, de los músculos trabajados y del esqueleto de huesos y dureza blanca. La superficie de los hombros bilaterales es una pura ondulación, como la cara interna del muslo que está bebiendo. 

Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino –dijo el poeta. Si Biblis se muere, no será necesario dejar el balcón abierto, pero no la conocerán las higueras ni las hormigas de su casa porque se habrá muerto para siempre. La historia de mitos y leyendas cuenta que esta hermosísima mujer se enamoró de su hermano gemelo y se empeñó en su amor; lo siguió por esos mundos de dios hasta que la aflicción la derribó y, no pudiendo parar de llorar, se hizo arroyo, tal vez el arroyo sobre el que ahora mismo la vemos, ay. 

Son tantas las vidas llenas de asuntos sin atractivo, sin riesgo, que se reducen a matar el tiempo en el apestoso bar de Mayer, donde comen a precio fijo, vidas deliberadamente malgastadas como desequilibrios apresurados, como columpios descompuestos, que uno admira a Biblis y su determinación, ese modo de llegar al final, al fondo, del todo.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, II


domingo, 10 de febrero de 2013

ANTRÓPOLIS (Juan Serrano)

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¿Os acordáis de Roket, aquel hombre que tras un pequeño robo de 50 dólares en una gasolinera de las afueras de la ciudad y tras ser perseguido por un agente de seguridad provocó la infortunada muerte de un niño? Aquel día fatídico una tormenta de granizo nubló la madrugada. El cielo y la tierra no pudieron darse su acostumbrado abrazo en el horizonte. 

Mañana a las siete y media de la mañana Roket será ejecutado en Antrópolis, la inexpugnable penitenciaría del estado. Sus ojos ya no se bañarán en las tranquilas olas del alba. 

Durante sus siete años y medio de cárcel Roket todas las mañanas escucha el arrullo de una paloma dentro de su corazón, es el canto de aquella criatura que murió accidentalmente. El preso y el niño se han hecho amigos más allá de las rejas, más allá de la muerte. Al amanecer, antes de salir el sol, la paloma y el halcón se piden perdón y un dulce aroma de reconciliación invade la celda. 

Hoy el niño le dice al preso: 

“puesto que tú también vas a morir sin remedio, ¿por qué no pides a las autoridades que después de tu ejecución te extirpen el hígado y que se lo implanten a mi madre que sufre allá en el pueblo una enfermedad terminal hepática?” 

Mañana ya es hoy. Roket antes de ser ajusticiado firma su donación de órganos en favor de la madre del niño. 

A nivel judicial este hecho de reparación por parte del reo crea un “vacío legal” no previsto en las leyes. El trasplante no puede llevarse a cabo. El cielo y la tierra como aquel día del robo de la gasolinera tampoco pueden besarse. Y al alba una fuerte tormenta de relámpagos se desata en los alrededores de la penitenciaría de Antrópolis. 



Juan Serrano
del blog Blao
23 enero 2008

sábado, 9 de febrero de 2013

NOLI ME TANGERE -CHI ME DEFENDERÀ DAL TUO BEL VOLTO? (Servando Gotor)

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Noli me tangere, detalle
(Corregio. 1525, Museo del Prado - Madrid)

¡No me toques! Ya sólo el título de este cuadro es un auténtico poema. Marcel Proust no lo menta en su busca del tiempo perdido porque, evidentemente, no lo conoció, ya que de haber tenido noticia de él, no se le hubiera escapado una mínima referencia, un cómplice guiño, al novelista francés que analizó y narró como nadie la fuerza atractiva que toda negación encierra (nada más excitante que un “esta noche no, porque tengo otros compromisos”).

Aquí se tornan los papeles habituales y es Cristo, el Hombre, quien frena el ímpetu, la pasión de la mujer, María Magdalena.

Literariamente, estamos también en uno de los muchos momentos cumbre de esa joya poética que son los evangelios. En este caso es Juan, el evangelista/apóstol amado, quien recrea la escena:

Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní -que quiere decir: «Maestro»-. Dícele Jesús: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor» y que había dicho estas palabras (Jn. 20, 11-18).

¡Noli me tangere! Para Eugenio d’Ors, Correggio se adelanta aquí al barroco y, en concreto, a la Santa Teresa en trance de Bernini. Y no cabe duda que la mirada, la pose, de la Magdalena refleja ese mismo éxtasis que nuestros místicos del Siglo de Oro marcaron a fuego en versos inmortales.  A Miguel Ángel corresponde aquel otro maravilloso verso, también en la melódica lengua italiana, que parece la obligada respuesta a la negativa de este Noli me tangere  -chi mi defenderá dal tuo bel volto? (¿Quién me defenderá de tu belleza?, en la más acertada traducción/traslación que de  un borrador -proyecto de relato- de Stendhal hace José Antonio González-Iglesias*). 

¿Cómo no despertar este diálogo entre épocas, entre culturas, —entre hombres siempre— todas las interpretaciones humanas posibles sobre aquella relación entre Cristo y la Magdalena, si nuestros propios místicos no encuentran otra figura, otra metáfora que el recurso al amor humano, incluso al sexo más brutal, para transmitirnos sus inefables experiencias extáticas? 

Así, a un Corregio que conoce la fuerza de una negativa (amorosa sin duda) y narrativa de un ¡No me toques!, le habría contestado años atrás un Miguel Ángel que también ha probado las hieles del dolor de amor con el grito angustioso: ¿Quién me defenderá de tu belleza? Creando entre los dos italianos uno de los más hermosos poemas de amor con estos dos maravillosos versos.


Servando Gotor



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Stendhal
Pre-textos, 2007


viernes, 8 de febrero de 2013

ME SABES A SILENCIO (Ángel Ferrer)

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sgs



Me sabes a silencio
oculto
me sabes a mar

Tu voz, resguardada
en su último refugio
te castiga como escorpión
a sí mismo

Este amor en todas direcciones
que atraviesa, como erizo
te ve llorar por dentro
desde dentro

Y tu pelo, arpa infinita
acariciada

Levantas la mirada
brota una lágrima





Ángel Ferrer
de El silencio mientras te miro


jueves, 7 de febrero de 2013

LA ANOCHECIDA (Antonio Envid)

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La niña, que había dormido durante gran parte del trayecto, se despertó cuando de anochecida llegaban a los arrabales de la población. Se desperezaba dulcemente en el asiento de atrás del automóvil conducido por su padre. ¡Hola! Has dormido como un lirón. Ya llegamos. Su padre miró de reojo por el retrovisor esbozando una sonrisa. La niña se puso a contemplar a través de la ventanilla del coche ese paisaje ambiguo de la entrada de las ciudades, en el que la carretera va abandonando su carácter para ir adquiriendo la naturaleza de calle urbana. Territorio fronterizo, y por tanto indefinido, donde el campo va cobrando la desagradable fisonomía de solar y la ciudad todavía no marca su impronta. Área inquietante y a menudo poco amable. Había un tráfico extraño en aquella parte de la ciudad, chicas semidesnudas se paseaban por el borde de la carretera y algunos vehículos paraban a su altura. Tras un breve parlamento, comúnmente se introducían en ellos.

La niña contemplaba muy interesada esos raros movimientos. No pudo más y al final lanzó la temida pregunta: Papá ¿Qué hacen todas esas mujeres? ¿Quiénes son?. No por esperada, la pregunta dejó de sorprenderle, tras una breve recapitulación de posibles explicaciones, son vendedoras, cariño, contestó. ¿Y que venden?. Amor, hija mía, amor. Pero ¿porqué esa contestación tan embarazosa? Seguramente porque abominaba de la mentira, porque consideraba que era deshonesto mentir, y, sobre todo a su hija, además, por otra parte, la tierna edad de la niña le vedaba adivinar la verdad.  Miró con el rabillo del ojo por el espejo a la niña, sabía que no terminaría ahí la inquisición, tenía que pensar rápido. Contempló expectante esa expresión concentrada de su hija cuando su joven cerebro procesaba nuevas informaciones, sobre todo si no encajaban con lo cotidiano. Al fin con una dulce sonrisa, la niña exclamó: ¡Qué bonito! Cuando sea mayor, yo también me pondré unos zapatos de tacón así de altos y una faldita así de corta y venderé amor a quienes lo necesiten.


Antonio Envid.


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