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Ese es el título de la última novela de Ignacio Vidal-Folch, que confieso pendiente de leer, como tantos otros libros que se amontonan impúdicamente en mi mesa a la espera de que mi pereza les permita mostrarme sus delicias interiores, pero con este haré un esfuerzo, sobre todo después de haber leído una entrevista a su autor, llena de agudas verdades. En ella, el escritor dice sobre su relato: “Este es un libro más ideológico y a la vez más pegado a la realidad que otros, porque lo he escrito en respuesta y burla de actitudes que me irritaban y no veía contestadas por otras plumas. Me refiero a esa beatitud izquierdista, a cierto bonismo, ciertas ideas a priori repetidas mil veces y nunca cuestionadas; esa pereza mental, esa autoindulgencia que padecen tantos progresistas entre nosotros que, parafraseando a San Agustín, parecen decirse: Ama al pueblo y haz lo que quieras.”
Sorprendentemente, a veces, se encadenan algunos hechos aislados, sin ninguna relación entre ellos, que nos llevan a una nueva visión de las cosas, porque el otro día tuve la ocasión de volver a ver la excelente película “El último rey de Escocia”, en la que se cuenta la historia de un joven médico escocés que va a Uganda a practicar la medicina en un hospital de una ONG y allí, por un hecho casual, traba amistad con el terrible dictador Idi Amin, hasta el punto de hacerlo su consejero y médico personal. Hacia el final de la película, cuando el feroz dictador (fabulosamente interpretado por Forest Whitaker) se dispone a torturar y asesinar brutalmente a su joven amigo, le dice: “Viniste a África para jugar al hombre blanco. Pero no es un juego. Somos reales. Este cuarto es real. Y cuando mueras, será la primera cosa real que hagas”. Hay que advertir que el pecado cometido por el médico es seducir y dejar embarazada a una de las mujeres del dictador; un grave delito para la mentalidad de los ugandeses, ya que desacreditaba totalmente el poder del indiscutido tirano.
Pues esa frase de “ir a Africa a jugar al hombre blanco” me bailaba por la cabeza cuando leía la noticia de la liberación de dos médicos catalanas que habían sido secuestradas en un campo de refugiados de Kenia a las que bauticé de inmediato como “turistas del ideal”. No me cabe duda alguna de que esas dos chicas fueron al campo aquel llenas de abnegación y altruismo, que su única voluntad era la ayudar desinteresadamente a sus semejantes, y me conmueve el calvario que habrán tenido que pasar en sus casi dos años de cautiverio, y me alegro con ellas de que ese sufrimiento haya felizmente terminado, pero, ya está bien, de que un año tras otro, con nuestros impuestos y recortando gastos de sanidad en nuestro país, estemos pagando rescates millonarios a bandas de criminales para poder traer otra vez al hogar a estos idealistas. Resulta que el español comienza a ser apetecible para estos bandoleros, pues el Estado español paga, no envía al ejército o a los marines como Francia o los norteamericanos. ¿Porqué estas humanitarias almas tienen que viajar hasta los más apartados lugares de África cuando el tercer mundo lo tienen, quizá, a la vuelta de la esquina? ¿Porqué no se dan una vuelta, pongamos por caso, por El Raval de Barcelona?. Vi unas imágenes del campo de refugiados en el que prestaban sus servicios y me pregunto qué podían hacer esas buenas chicas en un lugar tan dantesco, desprovisto de todo, contando, seguramente con un termómetro y un fonendoscopio por todo equipo, y algunas vendas y aspirinas como todo remedio. Seguramente el brujo africano era más útil que ellas, al menos con sus conocimientos de las propiedades de algunas hierbas y contando con la fe de sus enfermos en sus conjuros podrían proporcionar algún consuelo a los dolientes.
Armando Muchabulla





