jueves, 25 de julio de 2013

TURISTAS DEL IDEAL (Armando Muchabulla)



sgs

Ese es el título de la última novela de Ignacio Vidal-Folch, que confieso pendiente de leer, como tantos otros libros que se amontonan impúdicamente en mi mesa a la espera de que mi pereza les permita mostrarme sus delicias interiores, pero con este haré un esfuerzo, sobre todo después de haber leído una entrevista a su autor, llena de agudas verdades. En ella, el escritor dice sobre su relato: “Este es un libro más ideológico y a la vez más pegado a la realidad que otros, porque lo he escrito en respuesta y burla de actitudes que me irritaban y no veía contestadas por otras plumas. Me refiero a esa beatitud izquierdista, a cierto bonismo, ciertas ideas a priori repetidas mil veces y nunca cuestionadas; esa pereza mental, esa autoindulgencia que padecen tantos progresistas entre nosotros que, parafraseando a San Agustín, parecen decirse: Ama al pueblo y haz lo que quieras.”
Sorprendentemente, a veces, se encadenan algunos hechos aislados, sin ninguna relación entre ellos, que nos llevan a una nueva visión de las cosas, porque el otro día tuve la ocasión de volver a ver la excelente película “El último rey de Escocia”, en la que se cuenta la historia de un joven médico escocés que va a Uganda a practicar la medicina en un hospital de una ONG y allí, por un hecho casual, traba amistad con el terrible dictador Idi Amin, hasta el punto de hacerlo su consejero y médico personal. Hacia el final de la película, cuando el feroz dictador (fabulosamente interpretado por Forest Whitaker)  se dispone a torturar y asesinar brutalmente a su joven amigo, le dice: “Viniste a África para jugar al hombre blanco. Pero no es un juego. Somos reales. Este cuarto es real. Y cuando mueras, será la primera cosa real que hagas”. Hay que advertir que el pecado cometido por el médico es seducir y dejar embarazada a una de las mujeres del dictador; un grave delito para la mentalidad de los ugandeses, ya que desacreditaba totalmente el poder del indiscutido tirano.
Pues esa frase de “ir a Africa a jugar al hombre blanco” me bailaba por la cabeza cuando leía la noticia de la liberación de dos médicos catalanas que habían sido secuestradas en un campo de refugiados de Kenia a las que bauticé de inmediato como “turistas del ideal”. No me cabe duda alguna de que esas dos chicas fueron al campo aquel llenas de abnegación y altruismo, que su única voluntad era la ayudar desinteresadamente a sus semejantes, y me conmueve el calvario que habrán tenido que pasar en sus casi dos años de cautiverio, y me alegro con ellas de que ese sufrimiento haya felizmente terminado, pero, ya está bien, de que un año tras otro, con nuestros impuestos y recortando gastos de sanidad en nuestro país, estemos pagando rescates millonarios a bandas de criminales para poder traer otra vez al hogar a estos idealistas. Resulta que el español comienza a ser apetecible para estos bandoleros, pues el Estado español paga, no envía al ejército o a los marines como Francia o los norteamericanos. ¿Porqué estas humanitarias almas tienen que viajar hasta los más apartados lugares de África cuando el tercer mundo lo tienen, quizá, a la vuelta de la esquina? ¿Porqué no se dan una vuelta, pongamos por caso, por El Raval de Barcelona?. Vi unas imágenes del campo de refugiados en el que prestaban sus servicios y me pregunto qué podían hacer esas buenas chicas en un lugar tan dantesco, desprovisto de todo, contando, seguramente con un termómetro y un fonendoscopio por todo equipo, y algunas vendas y aspirinas como todo remedio. Seguramente el brujo africano era más útil que ellas, al menos con sus conocimientos de las propiedades de algunas hierbas y contando con la fe de sus enfermos en sus conjuros podrían proporcionar algún consuelo a los dolientes.

Armando Muchabulla



miércoles, 24 de julio de 2013

MI LOCA CARLOTA, TU JOVEN WERTHER (Narciso y Servando)







Zaragoza, 13 de mayo del 2005

Mi loca Carlota:

Acabo de releer tu carta. Sí, la última. La que me escribiste desde la espesa niebla de tus dudas, tras la ventana golpeada por la lluvia, desde la mesa camilla del brasero agonizante. La acabo de leer. No sé, quizá sea porque hoy, precisamente hoy, me siento desdichadamente solo. Desde luego, no por la absurda boda de mañana, que lo impregna todo, no. Quizá porque hoy he leído algo grande y cuando leo algo grande me arrugo como una babosa infeliz. Tal vez porque la primavera no parece primavera. No sé, ya te digo que no lo sé, pero mis manos han corrido urgentes a la vieja carpeta roja. Y al releerla, al releer tu última carta, siento que el esperma me abrasa, que los espermatozoides que yo creía muertos despiertan ardientes desde el núcleo mismo de mi yo material.

Y al releerla, las eternas dudas. Las mías, propiciadas por las tuyas. Sí, lo sé, lo sé. Moriré con ellas y ellas morirán conmigo, bien. Pero me atrapan y me agarran y se aferran a mi cuello como una pitón que me estrangula. Carlota, mi Carlota, dime, aclárame, por lo que más quieras, aclárame qué pasó la noche aquella, tras la representación de La cantante calva. Dime que es verdad, dime que no hubo nada. Júrame por nuestro hijo, por nuestro único hijo, muerto al caerse de un avión, que entre Atropina y tú, al quedaros solas tras la representación, en aquel mugriento café de barrio en el que os dejé devoradísimo por los celos, no pasó nada. Que vuestras caricias en el escenario carecían de sentimientos. Que de verdad, de verdad, de verdad, eran ficticias. Sí, ya lo sé, ya sé. Dos grandes actrices, sí. Pero nunca, nunca os vi interpretar nada tan real como aquella noche. Ni a ti ni a ella. Jamás. Y luego, luego, en el rancio café, sentí el crepitar de vuestras miradas. Tan fuerte, tan fuerte, mi querida Carlota, que hasta me salpicó. Fue tanto el dolor, tan aturdido me quedé, que tuve que irme y dejaros. Ya ves, la huida; la cobarde huida. En lugar de arrostrar el peligro, en lugar de apagar el fuego, lo excité. Dímelo, Carlota mía, dime que no, que no hubo nada entre Atropina y tú. Que aquella noche nada pasó. Y aclárame, aclárame de una vez para siempre qué quieres decir en tu carta cuando te refieres a las preocupaciones de la pobre Atropina. ¿Es que la has visto? ¿Es que os veis? ¿Qué hace Atropina en Manhattan? ¿Por qué te fuiste a Manhattan? Sí, ya sé, ya sé, por supuesto. El cursillo en el Actors Studio, sí. Pero qué hace allí Atropina. Por qué no me dijiste que ella iba también. No, no me lo dijiste, Carlota mía, no. No me lo dijiste. ¿Por qué? ¿Acaso alguien, menos aún Atropina, puede darte el fuego, el calor que yo te he dado? No, Atropina no tiene una lengua como la mía, que conoce tu sexo, los rincones más profundos de tu sexo, mejor que tus propios dedos, Carlota. No. Nadie, nadie te dará nunca lo que yo te doy, nadie te hará las cosas que yo te hago, las más abyectas, las más bruscas, las más encendidas. No, Carlota mía, no. Nadie, nadie estará dispuesto a todo lo que yo lo estoy por ti. Por lo que más quieras, escríbeme. Escríbeme y dime que no, dime que Atropina es sólo eso, una amiga, una compañera de trabajo. Nada más. Dímelo y ven, regresa pronto. Te necesito con urgencia, con turgencia. Y me arrepiento, de verdad que ahora me arrepiento, de haberte dejado ir sola. Debí acompañarte, tenías razón. Pero, ya sabes, ya conoces mis impulsos, mis arrebatos, mis celos. Sí, está claro. Tenías razón. Siempre tienes razón. Qué torpe soy, qué torpe. Incapaz de sujetar mis impulsos, mis celos. Pero soy así, Carlota, soy así, fogoso, apasionado. Bien lo sabes, bien lo sabes cuando estoy entre tus piernas, mi amor. Así soy y así me tienes que querer, cielo: ardiente.

Cuánto te hecho de menos, Carlota mía, cuánto. Me paso el día centrado en tu imagen. Y cuando recuerdo tu piel morena y tus pezones azulados, se me inflaman los testículos, se me hinchan de tal forma que asemejan la redondez de tus pechos. Y entro en un círculo vicioso. Mi cielo, hoy me he pasado dos horas y media, dos, tú lo sabes y podrás creerme, dos horas y media masturbándome. Casi sin descanso, corriéndome en tu boca. En tus labios. En tu sexo acogedor. 

Ven pronto, Carlota, ven cuanto antes. Y, mientras, me escribes. Sí, escríbeme o mejor, si te es posible, llámame. Llámame y déjame un teléfono de contacto, por lo que más quieras, vida mía.

Te quiero.

Tu joven Wherter





Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El guacamayo azul

martes, 23 de julio de 2013

A LA MUERTE DE UN METECO de Georges Moustaki (Antonio Envid)




Nada más comenzar la pasada primavera fallecía Mustaki, el pasado 23 de abril. Con su pinta de meteco, de judío errante, seguirá viajando con su moto por las calles de París, los cabellos al viento, el griego de estirpe, alejandrino de nacimiento, parisino por vocación, Georges Moustaki. Seguiremos oyendo su voz grave, varonil, pero dulce y acariciadora, cantando aquellas viejas canciones en una perfecta dicción en francés. Representa para mí una época en que la vida se desarrollaba lejos de aquí (ahora París está ahí al lado, pero entonces nos separaban quilómetros de papeleo y de falta de dinero) en un París mitificado donde la gente era feliz, libre y educada. Hoy París ha perdido gran parte de su “glamour”, la vanguardia artística, sus canciones suenan algo trasnochadas, pero pronto le aguarda otra fama, la de los clásicos, porque un día fue la capital artística del mundo y no podrá concebirse la cultura de una época olvidando la canción francesa, y otra vez se recordará la voz de este meteco cantando “ma gueule”, un himno de un París abierto a todos, libre de intolerancias y racismos.

Antonio Envid



Le métèque

Avec ma gueule de métèque,
de juif errant, de pâtre grec
de et mes cheveux aux quatre vents,
avec mes yeux tout délavés,
qui me donnent un air de rêver,
moi qui ne rêve plus souvent,
avec mes mains de maraudeur,
de musicien et de rôdeur,
qui ont pillé tant de jardins,
avec ma bouche qui a bu,
qui a embrassé et mordu
sans jamais assouvir sa faim

Avec ma gueule de métèque,
de juif errant, de pâtre grec,
de voleur et de vagabond,
avec ma peau qui s'est frottée
au soleil de tous les étés
et tout ce qui portait jupon,
avec mon cœur qui a su faire
souffrir autant qu'il a souffert
sans pour cela faire d'histoires
avec mon âme qui n'a plus
la moindre chance de salut
pour éviter le purgatoire

Avec ma gueule de métèque,
de juif errant, de pâtre grec
de et mes cheveux aux quatre vents,
je viendrai, ma douce captive,
mon âme sœur, ma source vive,
je viendrai boire tes vingt ans
et je serai prince de sang
rêveur ou bien adolescent
comme il te plaira de choisir
et nous ferons de chaque jour
toute une éternité d'amour
que nous vivrons à en mourir

Et nous ferons de chaque jour
toute une éternité d'amour

que nous vivrons à en mourir (*)

_________

(*) Con mi pinta de extranjero,
judío errante, de pastor griego
y mis cabellos a los cuatro vientos,
con mis ojos tan diluidos
que me dan un aire de soñador,
yo que a menudo no sueño,
con mis manos de merodeador,
de músico y de vagabundo
que se pillaron en tantos jardines,
con mi boca que bebió,
que abrazó y mordió
sin saciar jamás su hambre.

Con mi grito de extranjero,
de judío errante, de pastor griego,
de ladrón y de vagabundo,
con mi piel que se frotó
al sol de todos los veranos
y de todo lo que llevaba faldas,
con mi corazón que ha hecho
sufrir tanto como él sufrió
sin hacer historias de esto,
con mi alma que no ha hecho
lo más mínimo
para evitar el purgatorio.


Con mi acento de extranjero,
judío errante, de pastor griego

y mis cabellos a los cuatro vientos,
yo vendré mi dulce cautiva,
mi alma gemela, mi fuente viva,
vendré para beber tus veinte años
y seré príncipe de sangre,
soñador o adolescente,
como quieras escoger,
y haremos de cada día
toda una eternidad de amor
que viviremos hasta morir


Y haremos de cada día
toda una eternidad de amor
que viviremos a morir




VUELVE BALCONCILLOS, NUESTRO BLOG DE POESÍA


El logotipo de "balconcillos":
Muerte sobre caballo pálido (1825-1835)
Joseph William TURNER - TATE GALLERY
(sgs)


El amor empieza cuando se rompen los dedos
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta pero tampoco sobra
la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o alta,
se agacha hasta la sangre.
El amor empieza cuando Dios termina
y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier parte.
El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.

.Roberto Juarroz


_____
Ir a balconcillos


domingo, 21 de julio de 2013

CANTO A MÍ MISMO (II) DE WALT WHITMAN, EN LA VERSIÓN DE VLADIMIRA POUND




Apart from the pulling and hauling stands what I am,
Stands amused, complacent, compassionating, idle, unitary,
Looks down, is erect, bends an arm on an impalpable certain rest,
Looks with its sidecurved head curious what will come next,
Both in and out of the game, and watching and wondering at it.

Backward I see in my own days where I sweated through fog with linguists and contenders,
I have no mockings or arguments . . . . I witness and wait.



I believe in you my soul . . . . the other I am must not abase itself to you,
And you must not be abased to the other.
Loafe with me on the grass . . . . loose the stop from your throat,

Not words, not music or rhyme I want . . . . not custom or lecture, not even the best,

Only the lull I like, the hum of your valved voice.

I mind how we lay in June, such a transparent summer morning;
You settled your head athwart my hips and gently turned over upon me,
And parted the shirt from my bosom-bone, and plunged your tongue to my barestript heart,
And reached till you felt my beard, and reached till you held my feet.
Swiftly arose and spread around me the peace and joy and knowledge that pass all the art and argument of the earth;


And I know that the hand of God is the elderhand of my own,


___


Además de lo que me empuja y arrastra queda lo que yo soy,
estoy en pie divertido, satisfecho, compasivo, ocioso, unitario,
mira hacia abajo, está erguido, dobla el brazo en una especie de imperceptible apoyo,
mira curioso con su ladeada lo qué vendrá a continuación,
a la vez dentro y fuera del juego, y mirando maravillándose de ello.

Hacia atrás veo mis propios días en los que sudaba desorientado , confundido con lingüistas y contendientes,
no tengo burlas ni argumentos.... atestiguo y espero.



Creo en ti alma mía.... el otro que soy, no debe humillarse ante ti,
y tú no debes humillarte ante el otro.

Échate conmigo en la hierba.... libera el freno de tu garganta,
sin palabras, ni música o ritmo yo quiero.... ni manías, o lecturas, ni siquiera la mejor de ellas.

Sólo la calma que me gusta, el murmullo de tu voz modulada,

Me refiero a como retozamos en junio, en esas claras mañanas de verano.
Acomodaste tu cabeza en mis caderas y amablemente te volviste a mirarme,
y rasgaste la camiseta de mi tórax, y hundiste tu lengua en mi corazón desnudo,
y continuaste hasta que sentiste mi barba y continuaste hasta que tomaste mis pies.

Sigilosamente creció y me envolvió la paz y alegría y el sentimiento que trasciende cualquier arte y argumento del mundo;

Y sé que la mano de Dios es mi propia mano que reparte las cartas.




Walt Whitman
Hojas de hierba
(versión de Vladimira)


MASA Y CORBATA. Bárcenas en la pintura social de Nood (Truhán)



SIN TÍTULO (4)
Nood

Me gustaría que esto fuera el comienzo de una serie de comentarios sobre la obra de Nood, artista no por famoso profundamente desconocido. De hecho, estas pinturas son sólo una muestra más de los insondables misterios que su proteica personalidad encierra.

Y cuando digo que me gustaría, no me refiero a que la idea pueda truncarse por su sequía creadora sino, al contrario, porque mi imaginación no alcance la conveniente altura. Pero es que esta primera pintura, ya a simple vista, ha movido todas mis enfermas neuronas y me ha arrastrado al teclado para escupir inmediatamente lo que a simple vista me provoca.

Y -como diría Borges- tengo para mí, que esta obra habla de Bárcenas.  

Lo juro. 

Sí, es verdad que en estos tiempos todos andamos obsesionados con él, pero Nood no vive en España, no vive el día a día de aquí, en el que nos levantamos, desyunamos, trabajamos y nos acostamos (y para esto ya hace falta masoquismo) con Bárcenas.

La pregunta es cómo ha podido calar, allá por las tierras de Nood, el asunto Bárcenas hasta tal punto.  Pero enseguida nos llega la respuesta: igual que Shakespeare o la Biblia impregnan la mentalidad occidental sin haber leído uno ni otra, de la misma forma, la trama Bárcenas, llega hoy a cualquier occidental con raíces en España, siga o no nuestros telediarios.  Es así, lo impregna todo: la oficina, el gimnasio, la biblioteca, el aula... todo.

Y ahora no me digan que estoy loco o cuando menos obsesionado por el tema Bárcenas, por llegar a verlo también en esta pintura.

Para empezar, decir que no estamos ante una obra abstracta como a primera vista podría parecer.  No: el cuadro nos muestra figuras perfectamente representadas, si bien, desde un lenguaje naif.  En este sentido, sí, el artista quiere jugar con nosotros, lo admito.  Pero no engaña.

¿Y dónde está Bárcenas?  En la corbata, por supuesto.  

Porque la figura roja es una corbata (¿o también eso se me va a discutir?).  Bárcenas, es verdad, sufre de la ordinariez del nuevo rico, y digo nuevo rico porque aunque ya lo fuera hace años, no lo era tanto como hasta hace poco. Su levita color camello con cuello oscuro lo dice todo de él.  Y aunque hasta en la foto de la ficha policial sale con expresión soberbia (si le cogieran de cuerpo entero afloraría una nueva peineta), no es tan chulo como aparenta.  Esconde una falta de seguridad tal, que podrá prescindir del taxi a la puerta de su casa, de la gabardina y hasta de la levita color camello.  Pero de la corbata  ¡nunca!

La corbata va a acabar por erigirse, de verdad, en símbolo de aquellos inseguros incapaces de presentarse ante la sociedad como son.  De hecho Bárcenas, en su última declaración ante el juez Ruz, que venía de prisión (Bárcenas, no Ruz), pues, claro,  el hombre iba sin corbata.  Y ¿qué hizo? Pedir permiso al magistrado para calzarse una.  Yo no declaro sin ella.  Así de claro.

Lo que ya escapa a cualquier interpretación de nuestra pintura es el color de la corbata: ¡¡ROJA, OIGA!!...

¿Qué nos habrá querido decir el artista, al elegir de su egregia paleta, semejante color?  No hagan cábalas, ni siquiera busquen el gualda por el forro, no. Es roja sencillamente por la maldita horterez  de Bárcenas.  Nada más.

¿Y el fondo del cuadro? No, tampoco hay abstracción en él: es el mar inmenso con bruma entremezclada.  Ese ignoto oceáno que a Bárcenas le toca atravesar, con inicio sabido pero destino incierto.  Esa bruma, esa niebla mental de la que extraer lógicas arquitecturas que le permitan descansar algún día: concluir, si es que tiene fin, esta nueva y laberíntica singladura.

En todo caso, la corbata de Bárcenas navega segura hacia el juez Ruz.  ¿No lo ven? Pues está muy claro.

¿ Y... las bolitas que le siguen como los niños al flautista de Hamelin?  Bárcenas amenazó con tocar la flauta y la está tocando.  Y ahora todos (los implicados) le siguen como arrastrados hacia Ruz.  Todos: desde el pez chico al pez gordo, como brotes de olivo.  Los mismos que le seguían como masa idiota admirados por sus doradas corbatas, por la llave de la caja y por los sobres, forzosamente han de seguirle también ahora, ¿qué se pensaban?.  Y sus nombres se adivinan en cada una de esas bolitas ya sólo por su tamaño.

Impresionante esta primera reflexión de Nood, este análisis certero de una realidad que, aunque geográficamente lejana, mentalmente le toca, más bien le fustiga, igual que a cada uno de nosotros, españolitos de a pie: el artista sabe lo que va a pasar y nos muestra la crudeza no en abstracto sino con elocuentes símbolos.


Truhán
desdemibarricada



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