lunes, 29 de julio de 2013

PARA SER ABOGADO (Servando Gotor)





●REC. Para ser abogado como para ser juez, es necesario ser culto.  Para todo es necesario. Pero especialmente para determinadas profesiones.  La técnica, los entresijos de la técnica de cada oficio, en este caso la técnica jurídica, imprescindibles, por supuesto; pero la cultura muy necesaria, tan imprescindible como aquella.  Y esto se está descuidando.  Se piensa que para ser abogado o para ser juez basta con conocer la técnica jurídica.  FALSO. Hay que ser culto porque el trabajo de uno y otro, es decir la técnica jurídica aplicada, está al servicio de algo y si no se conoce ese fin, si se ignora la meta se ignora todo: el juez, resolver un litigio que dos partes le plantean, resolverlo IM-PARCIALMENTE, no con “justicia” (estamos hablando de humanos no de dioses) sino con arreglo a Derecho, al Derecho humano ―positivo―, buscando dar solución a la conflictividad social, nada más (y nada menos); el abogado, hacer suyo el problema cuya solución le confía el cliente, y para ello ha de ser PARCIAL.  Algún imbécil se piensa que el abogado debe ser IM-PARCIAL.  Falso.  El cliente, abrumado con su problema, necesita alguien (un abogado) que se meta en sus zapatos y defienda sus parciales intereses.  El juez PARCIAL es un degenerado, como degenerado es el abogado que pretenda ser IM-PARCIAL.  Pero para tener claro todo esto y para situarse bien en tan magnas misiones, respetando la ley, las reglas del juego, no siempre fácil, es necesario ser culto.  En ambas profesiones la línea divisoria entre el actuar honrado y el actuar tuerto es sumamente fina.  Sólo siendo culto se vislumbra cierta claridad. Por eso el Ruso es un buen abogado.  De hecho, es suya esta reflexión. STOP■


Servando Gotor
La ciudad sin faro




HUMOR GRÁFICO (Truhán)






sábado, 27 de julio de 2013

BLAODURÍAS (1): MI NEGRO SE LLAMA BLAO (Juan Serrano)


sgs


Tenía yo muchas cosas que contarles. Pero me pasa lo que al burro del gitano: sé hablar pero no pronuncio. Tinta tengo, pero no pluma. Ser arte y parte tiene sus inconvenientes. 

De pronto me acordé de los negros en la literatura: esas personas que se prestan a escribir ajeno, que narran y versifican con el nombre de quienes les contratan. 

Y pensé: 


Mecenas encargó a Virgilio sus Geórgicas. Hasta el mismo “patito feo” alquiló los servicios de Andersen para que contara sus desventuras. ¿Por qué no buscar yo también quien escriba por mi lo que yo no puedo?


No tuve que andar muy lejos para dar con el tal Blao, que así se llama mi negro, pero les confieso que me costó trabajo. No siempre lo cercano está a la vista. Así pues me adentré por pasadizos oscuros. Recorrí tabernas y lenocinios. Traspasé muros invisibles. Me deshice de malezas y espinos. Llamé insistentemente a puertas inexpugnables. Al principio este hombre se hizo el escurridizo, el remolón. Le grité muchas veces. Tan sólo oía el eco sordo de mis palabras. Y vinieron a mi mente aquellos versos de Juan de Yepes: ¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido. Aburrido por la tardanza de su respuesta, desistí. Y en ese preciso instante, sentí su presencia escondida en el agujero de mis huesos. Lo encontré incrustado cual caracol en la médula de mis entrañas. 

Me dijo: 



Yo soy Blao. Si deseas que tu nombre se apodere de mis letras, lo vas a tener difícil. No se trata de dinero. Cobro bien poco, lo justo para dar de comer a mis manuscritos. Pero si quieres que te preste mi inteligencia, que ponga en mi estilográfica tu autoría, tendrás que renunciar a tus ideas. Es imposible sostener en una misma mano la verdad y la mentira, estar a favor y en contra de una misma filosofía.


Después de escuchar el dilema de Blao, la alegría de haberle encontrado se mezcló con la incertidumbre de no saber si este hombre sería la horma para mi zapato, la persona deseada para disfrazarse de mi propio pellejo. 

Ajeno a mis pensamientos Blao siguió con su manifiesto programático. Pues a proclama de partido sabían sus palabras: 


Somos incompatibles como la sartén y el mango. ¿Ves aquel niño en la placeta?


Un niño se entretenía en lanzar rápido con las manos una pelota hacia delante. Inmediatamente corría a toda velocidad para poder atrapar el balón allá donde lo había lanzado.


A este chaval le resulta complicado ser al mismo tiempo guardameta y rematador -me recalcó. Y es que ser yunque y martillo tiene sus inconvenientes. Podríamos hacernos daño, sufrir mucho.


Escuché sus advertencias y le dije: 



“También tiene sus ventajas tener al enemigo en casa”.


Por el tiempo que llevo con Blao tengo la impresión de que no coincidimos en nada, pero me conoce lo suficiente como para hacerse pasar por Azulada.

Al final llegamos a un acuerdo. 

Blao será mi asiduo colaborador en estas entregas. Donde yo ponga nubes, él colocará estrellas. Si yo, fuego, él, agua. Con su suelo y mi montaña, los dos al alimón, entre rencillas y abrazos, olvidos y semblanzas, escribiremos estas partidas.



Juan Serrano
Blaodurías


viernes, 26 de julio de 2013

LECTURAS HISPÁNICAS TE REGALA ESTOS DOS LIBROS...

Dos, dos libros, a elegir, dos joyas difíciles de encontrar: la más importante biografía del Greco y la mejor novela de amor del modernismo hispanoamericano.  



¿Quién fue el Greco? ¿Por qué y cómo desembarcó en España? ¿Qué España se encontró y cómo fue recibido? ¿Cómo la representó en sus pinturas y cómo plasmó en ellas aquel Siglo de Oro, puente de plata hacia la decadencia del Imperio? ¿Qué significó su obra? ¿Dónde están y cómo descubrir, contemplar y disfrutar de sus geniales aportaciones al arte contemporáneo? ¿En qué se adelantó a su tiempo? ¿Por qué? 
Manuel Bartolomé Cossío, uno de aquellos intelectuales krausistas fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, dedicó prácticamente toda su vida a dar con las respuestas a tales preguntas. Infatigable investigador, viajero incansable, erudito eminente, políglota por necesidad intelectual, apasionado del arte e investigador riguroso, plasmó toda su fiebre vital en esta enorme obra, literaria, histórica, artística y científica, primer peldaño fundamental y obligada referencia para todo investigador que pretenda aproximarse a la figura del Greco y a su época. Y, por supuesto, para el lector curioso y el gran público, por la forma ágil y eficaz con que narra el resultado de sus investigaciones sumergiéndonos en su propio mundo. Y como no podía ser de otra forma, cuando algo nace con entusiasmo, con entusiasmo se transmite, resultando asequible y apasionante a cualquiera que por ello se interese. 

(Pincha en la portada del que elijas
y podrás descargarlo en tu ordenador inmediatamente)

Aura o las violetas (1887) es una narración dirigida al lector que persigue emocionarse y disfrutar con una hermosa historia de amor imposible: Aura y el narrador se conocen desde niños y el roce da paso al amor (planteamiento); pero circunstancias terrenas y, por tanto, de índole material, los separan impidiendo así que ese amor pueda consumarse (nudo) y al final... Bueno, el final siempre hay que dejar que sea el propio lector quien lo descubra. 
José María Vargas Vila (Colombia, 1860 - España, 1933) con una niñez y juventud nada sencillas, no sólo fue —ideológica y políticamente— radical y revolucionario, sino también, desde el punto de vista personal, un hombre incómodo que criticó a todo y a todos. Y quizá no esté claro si fue por tal motivo por lo que anduviera proscrito en los ambientes literarios más eminentes o, por el contrario, sus invectivas fueran la causa de tal proscripción. En todo caso, estamos ante una personalidad plenamente libre: el Panegírico, es la fortaleza de los esclavos, la Libertad alza el Libelo que es la tribuna de los libres. 
Jorge Luis Borges destacó el talento de Vargas Vila al incluirlo en su Historia universal de la infamia.





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