lunes, 4 de julio de 2022

¿TENEMOS UNA POLÍTICA ECONÓMICA? (Antonio Envid Miñana)



(Fotografía: sgs)


La lectura del cacareado decreto anticrisis aprobado por el gobierno el pasado sábado me hizo rememorar la imagen del emperador romano repartiendo trigo al pueblo para ver de acallar su descontento. Según ha dicho el presidente, el decreto representa un gasto de nueve mil millones, cantidad nada despreciable con la que se podrían levantar muchos proyectos creadores de riqueza y empleo. No ignoro que hay muchas personas en España a quienes no les llegan los dineros a fin de mes y es obligación ayudarles, pero como dice el conocido dicho: dale un pez a un hambriento y le resuelves una comida; dale una caña y enséñale a pescar, comerá todos los días. 
Escucho a la ministra Calviño y lamento no participar de su optimismo cuando asegura que nuestra economía es sólida y su crecimiento firme. Veamos, la economía española apenas creció un anémico 0,2% entre enero y marzo, según el dato revisado INE, publicado cuando escribo esta nota, y la inflación en mayo se situó en 8,7 % interanual, aunque llegó al 9,8% en marzo; si esto no es una estanflación se le parece mucho. El consumo de los hogares, uno de los factores que estaba tirando de nuestra economía, descendió un 2% entre enero y marzo, y las exportaciones, que en la anterior crisis fueron las que nos sacaron del atolladero, sólo crecieron 1,1% en el primer trimestre del año. Como cosa positiva se destaca la creación de casi un millón de puestos de trabajo en el último año, pero, paradójicamente, aunque se trabajaron más horas, su productividad cayó 1,1%, o sea, que se produce menos con más trabajadores, clara muestra del deterioro de nuestra competitividad. Quizá, la explicación la encontremos en el destacado protagonismo que el aumento del empleo público ha tenido en esa creación de puestos de trabajo. 
Aunque todo el mundo espera que en el segundo trimestre mejoren esas cifras, no lo harán de modo suficiente para que se cumplan las previsiones del gobierno. La situación económica es muy preocupante, pero todavía lo es más ver como se carece de una política económica, de una hoja de ruta clara. Se gobierna improvisando, a golpe de decreto según digan las tendencias electorales, buscando remedios de corto plazo a problemas que requieren proyectos serios y de largo alcance. 
En estos momentos, con una inflación fuera de control, aumentar el gasto público en donativos es pan para hoy y hambre para mañana. Las doctrinas clásicas keynesianas aconsejan combatir la recesión con presupuestos expansivos, pero no incrementar cualquier gasto público, sino inversiones que multipliquen su efecto, creando empleos y riqueza futura. Por otra parte, si se aumenta el gasto público se aumenta la demanda y se anima la economía, pero al aumentar la demanda suben los precios de los artículos, o sea, se crea inflación. Por eso es tan temido por los economistas el estado de estanflación, estancamiento económico con inflación, porque los remedios para un mal perjudican al otro.
Es urgente trazar una política económica para el presente y los próximos años para nuestro país y para ello no hay otro medio que crear una concertación entre todas las fuerzas sociales y políticas. Un pacto de rentas que reparta los sacrificios entre la Administración, las empresas y los trabajadores. Meto a la Administración porque es quien administra, en estos momentos, el cincuenta por ciento del gasto nacional y son varios los estudios que afirman que el presupuesto contiene gastos totalmente improductivos y perfectamente prescindibles, que pueden ir desde los 14.000 millones que dice la AIREF hasta los 60.000 millones que sostiene el Instituto de Estudios Económicos. 
El gobierno gasta sus esfuerzos en leyes que reclaman tan poca urgencia como la de dar más facilidades para abortar o la que regula los cambios de género (¿o de sexo?, que ya no sabemos distinguir uno de otro) mientras hay asuntos que piden urgente atención. Como ejemplos, el 30 de junio vencen dos de las medidas que se pusieron en marcha para salvaguardar las empresas: finaliza la moratoria concursal, que obligará a muchas empresas a solicitar el concurso, sin que esté a punto la nueva ley concursal; y acaba el periodo de carencia negociado con las entidades para aquellos que han solicitado créditos avalados por el ICO. También desaparece el fondo de COFIDES destinado a recapitalizar empresas con problemas financieros.

 
20 de junio de 2022




jueves, 31 de marzo de 2022

PARAGUAS DE RONDA (Reflexiones de don Cleofás. Antonio Envid)



Que los objetos tienen una vida secreta independiente de sus dueños ha sido motivo de cuentos infantiles y muchos otros relatos, pero don Cleofás ha podido comprobar que esto no es sólo producto de la imaginación de los artistas, sino que se trata de una realidad contrastable, su paraguas se lo ha mostrado.

El paraguas de don Cleofás es un buen ejemplar, es un clásico inglés, con mango de whangee y tela de seda, propio de un gentleman de la city tocado con bombín y armado de portafolio de cuero. Aunque el paraguas en cuestión pueda parecerle al no avisado un tanto trasnochado, cualquier persona de buen gusto sabrá apreciar su buena calidad y valía.

Pues bien, este paraguas es un objeto de lo más rebelde que podamos pensar, es caprichoso y amante de su libertad y gusta de tener una vida propia, de modo que nunca está en su sitio. Saca de sus cabales a su dueño cuando lo precisa y no lo encuentra. Al principio cuando notaba su falta se afanaba en buscarlo por toda la vivienda, pues su pérdida suponía un auténtico disgusto, el recuerdo de tiempos mejores, cuando encargaba en Londres sus camisas y sombreros, pero con el tiempo ha comprendido que cuando no se encuentra en el paragüero es que el tipo se ha largado a una de sus correrías.

Habitualmente lo halla en la cafetería de su propia calle, pues el paraguas gusta de visitarla y hasta se ha hecho amigo de los camareros, así que cuando don Cleofás llega un tanto azorado le guiñan un ojo con una sonrisa cómplice diciendo: “Aquí está, don Cleofás, no se preocupe, aquí lo hemos recogido”. Pero otras veces sus aventuras son de más alcance, así lo ha encontrado viendo una película en un cine cercano, en el restaurante que suele frecuentar, en la farmacia, incluso en la consulta de algún médico. Este artilugio trotacalles ya es conocido en todo el barrio y los vecinos acostumbrar a ver a don Cleofás visitando los más variados lugares preguntando por él para volverlo a casa. En una ocasión se le oyó decir, advirtiendo a su paraguas con enfado: “Si no cesas en tus aventuras terminarás teniendo un fortuito encuentro con alguna máquina de coser en una mesa de disección. Allá tú”.




 

lunes, 7 de marzo de 2022

POEMATEMÁTICO (Antonio Envid)


Los números, ¡ah!, los números.

Llegan en bandadas sobre mí

Revolotean, se posan en mi cabeza,

en los hombros

Me abruman con su cuchicheo

de vieja máquina de calcular.

Hormiguean sus negros cuerpecillos

por mi cerebro.

Se sacuden la tiza de mi pizarra infantil

Danzan a mi alrededor

formando cadenetas

Me traen fechas,

fechas de acontecimientos

Unos felices, dolorosos otros,

que el tiempo ha borrado,

pero los números recuerdan

Evocan cifras de deudas

por pagar y por cobrar,

de facturas de escondidas claves.

Sumas y restas del balance de mi vida.



Antonio Envid

sábado, 19 de febrero de 2022

EN COVID... NI BEBAS, NI VIVAS (Cuentos para después de una pandemia, Antonio Envid)

 

Borrachos ellos (José Ramón Costa)


-Ponme otra, Tomás, que me estoy quedando seco.

Comenzaba uno de esos episodios que más fastidiaban a Tomás, cuando el cliente se pone molesto y soporífero y tiene que tratar de echarlo sin que se organice ningún follón.


-Es que hay que cerrar, que es la hora.


Entonces otro de los que no se sueltan de la barra para no caer, interviene.


-Cagaus, que sois unos cagaus, con la hora de cierre, que ya no hay ley para cerrar, que se han terminau las restricciones.


Los ojos se le iluminan al primero, ha encontrado un aliado, un colega.


-Tiene razón aquí el amigo, unos lacayos del gobierno. Anda, ponle aquí al señor también otra, que lo convido.


Finalmente, Tomás puede sacarlos de la tasca y echar el cierre, se muere de sueño y de cansancio.


-Vámonos a lo del Manolo, que ese es un tío legal, y no atiende a leyes y horarios. Vamos, que es amigo mío y nos servirá las últimas.


También el tal Manolo, tras aguantarlos un rato, los pone en la calle. Son altas horas de la noche, todo desierto, solo se escucha la risita triste de los dos beodos y sus vacilantes pasos.


-¿Por qué el ayuntamiento hará las calles tan estrechas? Pudiéndolas hacer anchas para que dos ciudadanos puedan pasar por ellas tranquilamente. ¡Eh!, la puerta, que te la cargas. Ves, todo cerrado, con lo temprano que es. Anda, vamos a mi hotel a dormir, no vayas a tu casa.


-Gracias, hermano, porque ya no me acuerdo donde está mi casa, y si me despego de ti, igual me caigo, que esta calle está muy empinada.


Al día siguiente se encontró en una extraña habitación, parecía una clínica, su amigo de circunstancias, que lo había invitado a su hotel, dormía pesadamente a su lado. Le dolía terriblemente la cabeza y sentía la lengua saburral y gruesa y las heces del alcohol revolviendo todavía en el estómago. Se vistió rápidamente para abandonar esa ajena habitación.


-¡Oiga usted! ¿Dónde va? No se puede salir sin autorización del doctor.


Lo pararon en seco cuando iba a ganar la salida.


-Pepe, ayúdame con este interno, para devolverlo a la habitación. Esto no parece un psiquiátrico, si no un hotel de cinco estrellas. Aquí los internos hacen lo que les da la gana. Ayer se escapó uno y no sabemos dónde se habrá metido.


-Me dicen que está durmiendo en su cama echando un pestazo a alcohol. Debió entrar anoche por una puerta de emergencia, que no se sabe cómo estaba abierta. Cuando venga el director nos espera un buen broncazo. ¡Ah, oye, si se resiste ponle un calmante!



Relatos para después de una pandemia

Antonio Envid, 2022

 




jueves, 10 de febrero de 2022

EL PAYASO LICUADO (Babiluno)

 



Todas las tardes desde que se produjo el accidente del payaso Panocha, la niña del circo se adentraba en el monte cercano a nuestra comunidad de unifamiliares y se echaba larga sobre la hierba para mirar las nubes. Desde su refugio, se entretenía reconociendo las figuras que el aire iba modelando de forma caprichosa. Por mitad del cielo, igual podía pasar un camello andando, que un mono saltando, que un león corriendo. O incluso un caballo trotando, que cualquier soplido antojadizo podía convertir en un bonito unicornio. Bajo ese cielo tan animado, podía distinguirse la carpa roja y blanca del circo de donde parecían haberse escapado todos sus animales. En un instante, la brisa y la calma combinadas en su justa medida, formaron una nueva nube que la niña reconoció perfectamente. Levantó la mano para tocar la cara del payaso que aguantó sonriendo hasta que otro soplo de aire la descompuso en varias pelotas de malabares y sombrillas japonesas. Esa tarde, la niña del circo volvió al unifamiliar sabiendo que su padre la estaba esperando en el cielo.

Para aclarar el desgraciado caso del payaso licuado, la policía había precintado el circo y reubicado a sus extravagantes habitantes en la comunidad del Energúmeno. Desde ese momento, no pasó ni un solo día sin que mi despacho de Administración de Fincas recibiera alguna llamada de los vecinos mosqueados por el alboroto que organizaban los cirqueros. No me quedó otra que acudir al unifamiliar 30 para apercibir a sus residentes. Llamé a la puerta y me abrió el ventrílocuo del circo. El artista puso su mano delante de mi cara y empezó a moverla como si fuera una boca. La mano dijo que nadie me podía atender porque todos estaban ensayando. Y lo dijo la mano, sí, porque la boca del ventrílocuo solo sonreía para confirmar lo que la mano decía. Y cuando acabó de hablar, la misma mano cerró la puerta de golpe. Dicho y hecho.

El ventrílocuo me había dejado plantado y volví a llamar con decisión. Esta vez, me abrió el tragasables con el mango de la espada saliendo de su boca. El tipo iba tan estirado, que dudo mucho que pudiera ni verme, así que me colé dentro del unifamiliar sin decir aquí estoy yo. En la planta baja, el despiporre era total. Un grupo de monociclistas y zanqueros se pasaban pelotas de malabares en mitad del salón mientras los trapecistas se balanceaban por las lámparas de un lado para otro. Una bella equilibrista en tutú subía y bajaba por el fino pasamanos de la escalera del unifamiliar sujetando una sombrilla japonesa con la mano. En una esquina del salón, una caja cerrada se balanceaba sin importarle a nadie si el escapista se encontraba en dificultades. Y también había un hombre bala, que iba de aquí para allá dándose cabezazos por las paredes con un casco y unas gafas de aviador que decía que habían pertenecido al mismísimo Barón Rojo. Y cómo no, un forzudo, que era el único virtuoso que estaba descansando en un sillón, convencido de haber doblado todo lo que se podía doblar. Para acabar el jolgorio, los leones cabreados por los latigazos del domador, no paraban de rugir como si la puerta del sótano diera acceso directo a la sabana africana. La verdad es que cuando el lanzador de cuchillos me echó fuera del unifamiliar metiéndome la punta de una daga en el costillar, no pude sentir otra cosa que alivio.

Estaba en la puerta cavilando sobre lo difícil que me resultaría adaptarme a la loca vida de un circo, cuando apareció una chiquilla preciosa jugando con un diábolo. Se había maquillado como un payaso, pero su apariencia no podía ser más triste. Mucho. De hecho, me pareció la niña más desgraciada de la tierra. Intenté ser amable y con una sonrisa, le pregunté si ella, tan pequeñita y tan guapa, era la payasa de ese circo tan bonito que estaba montado junto a los unifamiliares. Dijo que no, que el payaso del circo era su padre, el muerto. Me quedé tan desconcertado que no pude articular palabra y empecé a mover la mano como el ventrílocuo de la puerta, pero tampoco mis tripas pudieron disculparse. La niña me sobrepasó lentamente y entró dentro del unifamiliar de los cirqueros. Por la ventana del baño de la planta primera, la mujer barbuda nos había estado observando mientras decidía si, esta vez, meaba sentada o de pie. 

Fragmento de 
La comunidad del Energúmeno
(Babiluno)



jueves, 20 de enero de 2022

HEIDEGGER: EL SER ENTRE LA NADA Y EL INFINITO (Don Cleofás)

 

La Belle Société. René Magritte, 1965-1966
(Fotografía: SGS).


Martín Heidegger en un artículo publicado por “Cruz y Raya” en 1933 se pregunta por la nada. Mientras en Alemania el partido nazi asaltaba el poder, suplantaba al Parlamento y clausuraba la democracia, Heidegger en su gabinete de la universidad de Friburgo se preguntaba por la nada.

El artículo, en versión de Zubiri, es un inteligente y delicado recorrido por el camino del razonamiento lógico hacia el reino de la nada, territorio incognito tras las fronteras de la divinidad, para responder: “La nada es la posibilitación de la patiencia del ente, como tal ente, para la existencia humana”. Advirtamos que la palabra que utiliza Zubiri, patiencia, procede de patente, o sea, lo que es manifiesto, eso es, hacerse patente.

He dicho más allá de la frontera de la divinidad porque para Heidegger el Dios cristiano es un ens increatur, negando la proposición de la antigua metafísica, “de la nada nada adviene”, ex nihilo nihil fit.

El filósofo alemán nos dice que al hacernos la pregunta ¿qué es la nada? partimos de la base de “la nada” como algo que “es” de algún modo, es decir, como un “ente”, con lo cual la pregunta se despoja de su propio objeto.

Si no he entendido mal al filósofo, cosa harto probable, que lo haya entendido mal, quiero decir, el ente está como flotando en la nada, y nosotros formamos parte del ente, pero, tal vez, escapemos del ente cuando alcanzamos un grado de indeterminación tal que nos conduzca a la angustia creada por la imposibilidad de ser determinado, y esa angustia se halla penetrada por una especial tranquilidad. ¿No es esto, precisamente, lo que decía el Maestro Eckhard de la divinidad? Que se hallaba en un retiro eterno e inconmovible, pues en el acto de creación ya estaba todo creado y todo previsto, todo lo que sucedería y surgiría. Hay que recordar que Eckhard vivió a caballo entre los siglos trece y catorce.

Seguir los razonamientos de Heidegger es un bello ejercicio acompañándolo por los vericuetos del razonamiento nada fáciles de seguir, pero aunque nos perdamos en esa intrincada selva no por eso pierde su belleza. Es como contemplar sentados en la grada las hábiles cabriolas y corbetas de un experimentado jinete, más bellos aún porque nos sabemos incapaces de imitarle.

No cabe sino rememorar a Descartes en la obligada, por el invierno, tregua de la guerra de treinta años, sentado junto a la estufa en su refugio, tratando de encontrar un punto de arranque que lo llevara a comprender el mundo y en último término la existencia de Dios.

Pudiera ser que los verdaderos sabios fueran aquellos capaces, aún en el fragor de los cantos guerreros, de mantener la calma y discurrir serenamente sobre el ser y la nada.



martes, 9 de noviembre de 2021

UN DÍA DE ÁNIMAS (Antonio Envid)




Ese día me encontraba circunstancialmente en Londres y no teniendo mejor cosa que hacer deambulaba por Islington donde se encuentran algunas de las librerías de viejo más tradicionales de Londres. Me decidí a entrar en una que tenía todo el aspecto de ser de las viejas librería de viejo – la enfadosa reiteración aquí resulta pertinente – londinenses. No sólo su imagen recordaba tiempos dickensianos, si no que el librero que regentaba el local parecía arrancado de los mismos papeles del Club Pickwick.

Me hizo acompañarle, su rechoncho cuerpo se movía con parsimonia, mientras con cierta ironía respondía a mi demanda.

- ¿Unas comedias de Shakespeare? Desde luego, hay por aquí algunos títulos. Vea, vea.

Mostrándome tres cuerpos de estanterías atestadas de volúmenes de obras del afamado autor. Para añadir:

- Si no encuentra lo que busca, no desespere, tengo en el almacén bastantes más. Ocurre como con los quijotes, cada editor se ha creído en la obligación de hacer una edición, pensando inmortalizarse junto a los dos grandes hombres, para consternación de los pobres libreros. Aunque si busca una edición en especial dígamelo, que la encontraremos de inmediato.

Me disculpé con cierto azoramiento asegurando que solo quería una edición para guardarla como recuerdo de mi visita. – Un souvenir, ¡eh! Entiendo – me contestó con retintín. Nada más entrar me había calado, yo no era ningún estudioso de la obra del comediógrafo más famoso de todos los siglos, se trataba del típico turista, que después alardea ante los amigos de sus hallazgos por una second hand bookstore. Tampoco era necesario ser muy perspicaz, mi elemental inglés no me acreditaba precisamente como un erudito sobre la época isabelina.

Sobrecogido ante tamaña montaña de libros quedé paralizado durante unos minutos. Había textos de todos los siglos desde su temprana publicaron. Unos contenían las obras completas, otros, solamente una selección de sus comedias, las había encuadernados en piel, en tela, en cartoné, y muchas en rústica. Al cabo de un rato me decidí por un volumen que recogía tres de las más populares comedias. Era una edición de principios del siglo pasado encuadernada artísticamente en tela, con letras y dibujo de estilo modernista en bajo relieve, ilustrada con deliciosos grabados que a mí me recordaban a los prerrafaelistas.

El precio me pareció barato, y aunque el trato que me dispensó el librero fue en todo tiempo amable y correcto, yo notaba que en su interior, con algún desdén, se repetía algo así cómo, “Lo que me dije, un turista. Ha escogido una edición bonita. Si abre el libro será sólo para mirar los grabados”. No andaba desencaminado.

Ya en el hotel, aburrido, me entretuve en contemplar los grabados del libro. En ello, me topé con una tarjeta de visita de una editorial, con sorpresa leí el nombre, ¡Elizabeth! como asesora literaria de una editorial londinense. Qué casualidad. No había duda, era Liz, aquella joven con quien mantuve una relación, hacía demasiado tiempo ¡ay!, en Salamanca, tan breve como apasionada. Yo estaba terminando mis estudios y ella asistía a un curso de literatura española. La cosa duró unos meses, un día me dijo que regresaba a su país y algo así como it was nice to meet you. No volví a saber nada más de ella. Sería buena idea ir a visitarla a la dirección de la editorial.

- ¿Elizabeth? Sí, claro que la conocía, éramos compañeras de trabajo y buenas amigas. Pobrecilla, qué pena, por qué hubo de morir tan joven.

El día de las ánimas en Londres no es como aquí, no se siente ese religioso respeto por los muertos, no se cree que ese día puedan comunicarse con nosotros, es más bien de celebración bullanguera y, sobre todo, infantil. Tal vez estén equivocados.

Antonio Envid

 

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