domingo, 25 de septiembre de 2022

UN DOLOR EN EL PIE... (Antonio Envid)


Me estaba incomodando un dolor en el pie, tenía que descansar un rato. El único lugar libre en la plazuela estaba en un banco parcialmente ocupado por una señora. De acuerdo con la cortesía hipócrita que solemos usar los ciudadanos le pedí permiso para ocupar el lugar libre, con la seguridad de que lo concedería. En caso contrario, me sentaría igualmente, el pie me molestaba realmente.
- Desde luego, caballero, puede sentarse aquí, pero cuide en no pisar a mi marido.
Eché un vistazo a mi alrededor y no vi a ningún marido a quien pudiera pisar. Ante mi gesto de asombro, ella señaló con un ademán de cabeza hacia sus pies, y allí estaba, quieto y acurrucado, un pato.
- Es Manolo, mi marido, aunque parezca un pato no lo es. Le explicaré, porque el caso es un poco extraño. Resulta que yo soy muy aficionada a los trucos de magia, y en el teatro anunciaron la actuación de un afamado mago. A mi marido le aburren esas cosas, pero por complacerme acudimos a verlo. Uno de los números consistía en hacer desaparecer a una persona, que luego aparecía en un palco o en otro lugar de la sala. El mago anunció que el experimento – así lo denomino, experimento – se combinaría con un fenómeno de transformismo, y pidió la presencia de un voluntario. Manolo se prestó de inmediato como voluntario. Yo le tiré del faldón de la chaqueta para que se sentara. No hagas el ridículo, Manolo – le dije – Déjame, así descubriré el truco – replicó.
En fin, subió al escenario, el mago pidió un aplauso para el valiente voluntario que se prestaba a tan peligroso experimento y lo introdujo en una especie de armario. A los pocos segundos, abrió el armario y de allí salió un pato caminando con esos pasos tan graciosos que tienen. Luego introdujo el pato en el armario y en aquel momento, el mago llevó sus manos al pecho y cayó redondo al suelo. La gente no se movía esperando que continuara el número, pero pasaba el tiempo y nada sucedía, hasta que unos empleados llegaron, y tras observar y auscultar al mago, se lo llevaron en una camilla. En la sala se escuchaba un creciente rumor. Alguien desde el escenario anunció que lamentablemente el mago había sufrido un percance y rogaban que se abandonara la sala con tranquilidad y orden, quien quisiera recobrar el dinero de la entrada que pasara por la taquilla. Nada se dijo de recobrar a un marido. Fui a la contaduría y me entregaron el pato pidiéndome mil disculpas y explicaciones, que tuviera algo de paciencia que cuando el mago se repusiera arreglaría el desaguisado. Y aquí estamos, esperando que el señor mago deshaga lo que hizo. Aquí está acurrucado y deprimido, yo lo saco a pasear para ver si se anima algo.
Ante mi manifestación de que pudieran acudir a un médico, acercándose un poco y en voz baja, me aseguró que esos trucos de magia solo los conoce el mago que los practica, que además no se revelan a nadie, y que, por otra parte, no había prisa, nunca se había llevado tan bien la pareja como ahora, desde que ocurrió el accidente.



jueves, 4 de agosto de 2022

LA “POLITICAL CORRECTNESS” O LA INQUISICIÓN MODERNA (Reflexiones de don Cleofás. Antonio Envid)

 


El Buscón don Pablos, maquinando para hacerse con un pollo, amenaza a su hospedera, “¿No os acordáis que dijisteis a los pollos, pío, pío, y es Pío nombre de los papas, vicarios de Dios y cabezas de la Iglesia?”. La pobre mujer asustada por lo que pudiera derivarse de una denuncia a la Inquisición le entrega al bribón Pablos los dos pollos para que los lleve a un familiar de la Santa y los queme. El pícaro y sus amigos hacen con ellos una buena merienda. Con esta sátira Quevedo evidencia el pánico que provocaba en la gente de su tiempo cualquier mínima incorrección que pudiera echarles a la Inquisición encima.

Los que vivimos la excitante época de los ochenta en nuestro país sabemos lo que es la verdadera libertad. Fue la fiesta de la democracia, los periódicos vertían todo tipo de opiniones, desde las de la izquierda extrema, pasando por el centro, hasta las de la derecha más montaraz; se produjo una explosión de literatura, Muñoz Molina, Llamazares, Almudena Grandes, Vargas Llosa, por citar algunos de los muchos escritores que florecieron; la movida madrileña era referente de creatividad; en las Cortes escuchábamos intervenciones, a menudo, llenas de mala uva, pero ingeniosas, que nunca alcanzaban el exabrupto ni el insulto grosero. Todos expresando su opinión sobre todos los temas, la gran gala de la libertad de expresión.

Ese estallido de luz se fue oscureciendo poco a poco, fue emergiendo la “political correctness”, que aquí llamamos lo políticamente correcto, para ir poniendo orden en tanta conciencia extraviada, y, sobre todo, vigilar en lo que se decía y como se decía, hasta llegar a la asfixiante situación actual. Cuidado con lo que se dice – no, con lo que se hace, eso importa menos – si no se ajusta a lo políticamente correcto. El escritor, el autor, el dicente en cualquier medio, todos han de escoger muy bien los temas sobre los que hablan, sin traspasar las numerosas líneas rojas que ha trazado la sociedad actual. Ojo con los temas ecologistas, feministas, de diversidad sexual, las minorías étnicas o confesionales, o el trato a los animales, son terrenos muy resbaladizos en los que una contradicción con los dogmas impuestos por los popes de cada una de estas religiones puede hacerle a uno perder pie con facilidad y caer en el abismo, empujado por hordas mediáticas sin piedad. De hecho, algunas de las obras literarias de la década de los ochenta del pasado siglo no se habrían producido hoy, bien por medrosidad de sus autores, bien porque habrían sido calificadas como inadecuadas y condenadas al ostracismo de inmediato. Una pregunta que no he podido responderme: ¿quién dicta los dogmas sobre estas cuestiones que parecen intocables? ¿qué anónimos Moisés han traído desde las alturas estas nuevas tablas de la ley? Dogmas que luego se repetirán machaconamente por los medios de comunicación de masas hasta que queden incrustadas en la conciencia de los ciudadanos.

También hay que tener cuidado de cómo se dice, no me refiero a defectos de ortografía o de sintaxis, que estos ni serán apreciados en la mayoría de los casos, y de ser observados serán disculpados con facilidad, si no por el uso inadecuado del lenguaje inclusivo y del elusivo, esos que están destrozando el español llevándolo a situaciones lamentables, llenando el vacuo discurso con inútiles repeticiones de género cuando se refieren a colectivos, a pesar de que es obvio que en esos colectivos conviven personas de los dos sexos – y aún de tres o cuatro, según las modas actuales – o con enfadosas perífrasis, o dotando de género a los tiempos verbales. En fin, para qué seguir, un español medianamente leído puede leer “El Quijote” tal y como lo escribió Cervantes, el del mañana quizá tenga que leerlo traducido a un extraño idioma inclusivo.

Hemos pasado de la época de la ética a la condenable etapa de la moral. No es que en la época de los ochenta aceptáramos todo lo que se decía, yo no estaba de acuerdo con mucho de ello, pero imperaba un ambiente de tolerancia, de verdadera igualdad, cada uno tenía su criterio y cuando escuchaba algo discordante, o bien lo atribuía a ignorancia de quien lo profería y trataba de sacarlo del pretendido error, o bien continuaba su camino sin hacer caso. Hoy no, hoy contra el discordante, sobre todo si se sale de lo políticamente correcto, se lanza la jauría de oponentes con una crueldad que llega hasta el linchamiento moral. Estamos, como digo, en una época dominada por la moral social. Cualquier moral adoptada por una sociedad, la victoriana, la puritana, la luterana, la islámica, cualquier otra, es opresora del individuo, exige que este se disuelva en la comunidad, la moral se convierte en norma de obligado cumplimiento, su vulneración está castigada con la exclusión social, convierte al quebrantador en un paria social, y, desde luego, es frustrante para el creador artístico. Por eso también afirmo que hemos abandonado la época de la ética, las normas éticas son recomendables, es una aspiración a vivir en un mundo mejor, alcanzar un ideal aristotélico, pero no serán nunca coercitivas, el castigo se lo infiere el propio infractor, que se priva de vivir de manera más saludable para su conciencia. Paul Ricoeur nos lo ha explicado.

¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!, exclamaba Manon Roland ofreciendo su cuello a la guillotina.


Antonio Envid

 

lunes, 4 de julio de 2022

¿TENEMOS UNA POLÍTICA ECONÓMICA? (Antonio Envid Miñana)



(Fotografía: sgs)


La lectura del cacareado decreto anticrisis aprobado por el gobierno el pasado sábado me hizo rememorar la imagen del emperador romano repartiendo trigo al pueblo para ver de acallar su descontento. Según ha dicho el presidente, el decreto representa un gasto de nueve mil millones, cantidad nada despreciable con la que se podrían levantar muchos proyectos creadores de riqueza y empleo. No ignoro que hay muchas personas en España a quienes no les llegan los dineros a fin de mes y es obligación ayudarles, pero como dice el conocido dicho: dale un pez a un hambriento y le resuelves una comida; dale una caña y enséñale a pescar, comerá todos los días. 
Escucho a la ministra Calviño y lamento no participar de su optimismo cuando asegura que nuestra economía es sólida y su crecimiento firme. Veamos, la economía española apenas creció un anémico 0,2% entre enero y marzo, según el dato revisado INE, publicado cuando escribo esta nota, y la inflación en mayo se situó en 8,7 % interanual, aunque llegó al 9,8% en marzo; si esto no es una estanflación se le parece mucho. El consumo de los hogares, uno de los factores que estaba tirando de nuestra economía, descendió un 2% entre enero y marzo, y las exportaciones, que en la anterior crisis fueron las que nos sacaron del atolladero, sólo crecieron 1,1% en el primer trimestre del año. Como cosa positiva se destaca la creación de casi un millón de puestos de trabajo en el último año, pero, paradójicamente, aunque se trabajaron más horas, su productividad cayó 1,1%, o sea, que se produce menos con más trabajadores, clara muestra del deterioro de nuestra competitividad. Quizá, la explicación la encontremos en el destacado protagonismo que el aumento del empleo público ha tenido en esa creación de puestos de trabajo. 
Aunque todo el mundo espera que en el segundo trimestre mejoren esas cifras, no lo harán de modo suficiente para que se cumplan las previsiones del gobierno. La situación económica es muy preocupante, pero todavía lo es más ver como se carece de una política económica, de una hoja de ruta clara. Se gobierna improvisando, a golpe de decreto según digan las tendencias electorales, buscando remedios de corto plazo a problemas que requieren proyectos serios y de largo alcance. 
En estos momentos, con una inflación fuera de control, aumentar el gasto público en donativos es pan para hoy y hambre para mañana. Las doctrinas clásicas keynesianas aconsejan combatir la recesión con presupuestos expansivos, pero no incrementar cualquier gasto público, sino inversiones que multipliquen su efecto, creando empleos y riqueza futura. Por otra parte, si se aumenta el gasto público se aumenta la demanda y se anima la economía, pero al aumentar la demanda suben los precios de los artículos, o sea, se crea inflación. Por eso es tan temido por los economistas el estado de estanflación, estancamiento económico con inflación, porque los remedios para un mal perjudican al otro.
Es urgente trazar una política económica para el presente y los próximos años para nuestro país y para ello no hay otro medio que crear una concertación entre todas las fuerzas sociales y políticas. Un pacto de rentas que reparta los sacrificios entre la Administración, las empresas y los trabajadores. Meto a la Administración porque es quien administra, en estos momentos, el cincuenta por ciento del gasto nacional y son varios los estudios que afirman que el presupuesto contiene gastos totalmente improductivos y perfectamente prescindibles, que pueden ir desde los 14.000 millones que dice la AIREF hasta los 60.000 millones que sostiene el Instituto de Estudios Económicos. 
El gobierno gasta sus esfuerzos en leyes que reclaman tan poca urgencia como la de dar más facilidades para abortar o la que regula los cambios de género (¿o de sexo?, que ya no sabemos distinguir uno de otro) mientras hay asuntos que piden urgente atención. Como ejemplos, el 30 de junio vencen dos de las medidas que se pusieron en marcha para salvaguardar las empresas: finaliza la moratoria concursal, que obligará a muchas empresas a solicitar el concurso, sin que esté a punto la nueva ley concursal; y acaba el periodo de carencia negociado con las entidades para aquellos que han solicitado créditos avalados por el ICO. También desaparece el fondo de COFIDES destinado a recapitalizar empresas con problemas financieros.

 
20 de junio de 2022




jueves, 31 de marzo de 2022

PARAGUAS DE RONDA (Reflexiones de don Cleofás. Antonio Envid)



Que los objetos tienen una vida secreta independiente de sus dueños ha sido motivo de cuentos infantiles y muchos otros relatos, pero don Cleofás ha podido comprobar que esto no es sólo producto de la imaginación de los artistas, sino que se trata de una realidad contrastable, su paraguas se lo ha mostrado.

El paraguas de don Cleofás es un buen ejemplar, es un clásico inglés, con mango de whangee y tela de seda, propio de un gentleman de la city tocado con bombín y armado de portafolio de cuero. Aunque el paraguas en cuestión pueda parecerle al no avisado un tanto trasnochado, cualquier persona de buen gusto sabrá apreciar su buena calidad y valía.

Pues bien, este paraguas es un objeto de lo más rebelde que podamos pensar, es caprichoso y amante de su libertad y gusta de tener una vida propia, de modo que nunca está en su sitio. Saca de sus cabales a su dueño cuando lo precisa y no lo encuentra. Al principio cuando notaba su falta se afanaba en buscarlo por toda la vivienda, pues su pérdida suponía un auténtico disgusto, el recuerdo de tiempos mejores, cuando encargaba en Londres sus camisas y sombreros, pero con el tiempo ha comprendido que cuando no se encuentra en el paragüero es que el tipo se ha largado a una de sus correrías.

Habitualmente lo halla en la cafetería de su propia calle, pues el paraguas gusta de visitarla y hasta se ha hecho amigo de los camareros, así que cuando don Cleofás llega un tanto azorado le guiñan un ojo con una sonrisa cómplice diciendo: “Aquí está, don Cleofás, no se preocupe, aquí lo hemos recogido”. Pero otras veces sus aventuras son de más alcance, así lo ha encontrado viendo una película en un cine cercano, en el restaurante que suele frecuentar, en la farmacia, incluso en la consulta de algún médico. Este artilugio trotacalles ya es conocido en todo el barrio y los vecinos acostumbrar a ver a don Cleofás visitando los más variados lugares preguntando por él para volverlo a casa. En una ocasión se le oyó decir, advirtiendo a su paraguas con enfado: “Si no cesas en tus aventuras terminarás teniendo un fortuito encuentro con alguna máquina de coser en una mesa de disección. Allá tú”.




 

lunes, 7 de marzo de 2022

POEMATEMÁTICO (Antonio Envid)


Los números, ¡ah!, los números.

Llegan en bandadas sobre mí

Revolotean, se posan en mi cabeza,

en los hombros

Me abruman con su cuchicheo

de vieja máquina de calcular.

Hormiguean sus negros cuerpecillos

por mi cerebro.

Se sacuden la tiza de mi pizarra infantil

Danzan a mi alrededor

formando cadenetas

Me traen fechas,

fechas de acontecimientos

Unos felices, dolorosos otros,

que el tiempo ha borrado,

pero los números recuerdan

Evocan cifras de deudas

por pagar y por cobrar,

de facturas de escondidas claves.

Sumas y restas del balance de mi vida.



Antonio Envid

sábado, 19 de febrero de 2022

EN COVID... NI BEBAS, NI VIVAS (Cuentos para después de una pandemia, Antonio Envid)

 

Borrachos ellos (José Ramón Costa)


-Ponme otra, Tomás, que me estoy quedando seco.

Comenzaba uno de esos episodios que más fastidiaban a Tomás, cuando el cliente se pone molesto y soporífero y tiene que tratar de echarlo sin que se organice ningún follón.


-Es que hay que cerrar, que es la hora.


Entonces otro de los que no se sueltan de la barra para no caer, interviene.


-Cagaus, que sois unos cagaus, con la hora de cierre, que ya no hay ley para cerrar, que se han terminau las restricciones.


Los ojos se le iluminan al primero, ha encontrado un aliado, un colega.


-Tiene razón aquí el amigo, unos lacayos del gobierno. Anda, ponle aquí al señor también otra, que lo convido.


Finalmente, Tomás puede sacarlos de la tasca y echar el cierre, se muere de sueño y de cansancio.


-Vámonos a lo del Manolo, que ese es un tío legal, y no atiende a leyes y horarios. Vamos, que es amigo mío y nos servirá las últimas.


También el tal Manolo, tras aguantarlos un rato, los pone en la calle. Son altas horas de la noche, todo desierto, solo se escucha la risita triste de los dos beodos y sus vacilantes pasos.


-¿Por qué el ayuntamiento hará las calles tan estrechas? Pudiéndolas hacer anchas para que dos ciudadanos puedan pasar por ellas tranquilamente. ¡Eh!, la puerta, que te la cargas. Ves, todo cerrado, con lo temprano que es. Anda, vamos a mi hotel a dormir, no vayas a tu casa.


-Gracias, hermano, porque ya no me acuerdo donde está mi casa, y si me despego de ti, igual me caigo, que esta calle está muy empinada.


Al día siguiente se encontró en una extraña habitación, parecía una clínica, su amigo de circunstancias, que lo había invitado a su hotel, dormía pesadamente a su lado. Le dolía terriblemente la cabeza y sentía la lengua saburral y gruesa y las heces del alcohol revolviendo todavía en el estómago. Se vistió rápidamente para abandonar esa ajena habitación.


-¡Oiga usted! ¿Dónde va? No se puede salir sin autorización del doctor.


Lo pararon en seco cuando iba a ganar la salida.


-Pepe, ayúdame con este interno, para devolverlo a la habitación. Esto no parece un psiquiátrico, si no un hotel de cinco estrellas. Aquí los internos hacen lo que les da la gana. Ayer se escapó uno y no sabemos dónde se habrá metido.


-Me dicen que está durmiendo en su cama echando un pestazo a alcohol. Debió entrar anoche por una puerta de emergencia, que no se sabe cómo estaba abierta. Cuando venga el director nos espera un buen broncazo. ¡Ah, oye, si se resiste ponle un calmante!



Relatos para después de una pandemia

Antonio Envid, 2022

 




jueves, 10 de febrero de 2022

EL PAYASO LICUADO (Babiluno)

 



Todas las tardes desde que se produjo el accidente del payaso Panocha, la niña del circo se adentraba en el monte cercano a nuestra comunidad de unifamiliares y se echaba larga sobre la hierba para mirar las nubes. Desde su refugio, se entretenía reconociendo las figuras que el aire iba modelando de forma caprichosa. Por mitad del cielo, igual podía pasar un camello andando, que un mono saltando, que un león corriendo. O incluso un caballo trotando, que cualquier soplido antojadizo podía convertir en un bonito unicornio. Bajo ese cielo tan animado, podía distinguirse la carpa roja y blanca del circo de donde parecían haberse escapado todos sus animales. En un instante, la brisa y la calma combinadas en su justa medida, formaron una nueva nube que la niña reconoció perfectamente. Levantó la mano para tocar la cara del payaso que aguantó sonriendo hasta que otro soplo de aire la descompuso en varias pelotas de malabares y sombrillas japonesas. Esa tarde, la niña del circo volvió al unifamiliar sabiendo que su padre la estaba esperando en el cielo.

Para aclarar el desgraciado caso del payaso licuado, la policía había precintado el circo y reubicado a sus extravagantes habitantes en la comunidad del Energúmeno. Desde ese momento, no pasó ni un solo día sin que mi despacho de Administración de Fincas recibiera alguna llamada de los vecinos mosqueados por el alboroto que organizaban los cirqueros. No me quedó otra que acudir al unifamiliar 30 para apercibir a sus residentes. Llamé a la puerta y me abrió el ventrílocuo del circo. El artista puso su mano delante de mi cara y empezó a moverla como si fuera una boca. La mano dijo que nadie me podía atender porque todos estaban ensayando. Y lo dijo la mano, sí, porque la boca del ventrílocuo solo sonreía para confirmar lo que la mano decía. Y cuando acabó de hablar, la misma mano cerró la puerta de golpe. Dicho y hecho.

El ventrílocuo me había dejado plantado y volví a llamar con decisión. Esta vez, me abrió el tragasables con el mango de la espada saliendo de su boca. El tipo iba tan estirado, que dudo mucho que pudiera ni verme, así que me colé dentro del unifamiliar sin decir aquí estoy yo. En la planta baja, el despiporre era total. Un grupo de monociclistas y zanqueros se pasaban pelotas de malabares en mitad del salón mientras los trapecistas se balanceaban por las lámparas de un lado para otro. Una bella equilibrista en tutú subía y bajaba por el fino pasamanos de la escalera del unifamiliar sujetando una sombrilla japonesa con la mano. En una esquina del salón, una caja cerrada se balanceaba sin importarle a nadie si el escapista se encontraba en dificultades. Y también había un hombre bala, que iba de aquí para allá dándose cabezazos por las paredes con un casco y unas gafas de aviador que decía que habían pertenecido al mismísimo Barón Rojo. Y cómo no, un forzudo, que era el único virtuoso que estaba descansando en un sillón, convencido de haber doblado todo lo que se podía doblar. Para acabar el jolgorio, los leones cabreados por los latigazos del domador, no paraban de rugir como si la puerta del sótano diera acceso directo a la sabana africana. La verdad es que cuando el lanzador de cuchillos me echó fuera del unifamiliar metiéndome la punta de una daga en el costillar, no pude sentir otra cosa que alivio.

Estaba en la puerta cavilando sobre lo difícil que me resultaría adaptarme a la loca vida de un circo, cuando apareció una chiquilla preciosa jugando con un diábolo. Se había maquillado como un payaso, pero su apariencia no podía ser más triste. Mucho. De hecho, me pareció la niña más desgraciada de la tierra. Intenté ser amable y con una sonrisa, le pregunté si ella, tan pequeñita y tan guapa, era la payasa de ese circo tan bonito que estaba montado junto a los unifamiliares. Dijo que no, que el payaso del circo era su padre, el muerto. Me quedé tan desconcertado que no pude articular palabra y empecé a mover la mano como el ventrílocuo de la puerta, pero tampoco mis tripas pudieron disculparse. La niña me sobrepasó lentamente y entró dentro del unifamiliar de los cirqueros. Por la ventana del baño de la planta primera, la mujer barbuda nos había estado observando mientras decidía si, esta vez, meaba sentada o de pie. 

Fragmento de 
La comunidad del Energúmeno
(Babiluno)



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