jueves, 31 de octubre de 2013

NADA, DEBIÓ RESBALAR (Servando Gotor)





Nada, debió resbalar y al caer se daría con la cabeza contra el bordillo, muchacho. 
Isa... 
La niebla del alba tiñe el todo de luna con implacable palidez y en alguna casa con jardín las desnudas ramas de los rosales golpean contra los cristales de las ventanas.
Nosotros no tenemos jardín y la casa ni siquiera es nuestra, Isa. 
Y ahora… ahora sigues estando sola. Como siempre. Sola. Conmigo o sin mí.

cuando por deseo expreso de la familia…

La familia, tendré que avisar a la familia, te dices.  Y recapacitas porque la familia, mi familia, eres tú, tú quien has de hacer y deshacer, quien ha de decidir lo que se haga o no se haga con mis restos. 

Nada, debió resbalar.

¿Resbalar…? No te lo quitas, lógicamente no puedes quitártelo de la cabeza. 
Volvías de la oficina sin paraguas.  La tormenta acababa de estallar furiosa, el agua, burbujeando y saltando, corría hacia las alcantarillas con estrépito y fuerza, los tejados chorreaban y por los desagües caían torrentes. Y tú, el pelo mojado y la lluvia en los labios, sorteando los obstáculos sin bajarte de la acera porque la corriente inundaba la calzada. 
La mirada triste.  Porque siempre fue triste tu mirada, Isa, reconócelo.

Nada.

Te presentas en la calle al inicio, doblando la esquina.  Puedo verlo. Y cuando pasa el tranvía, nuestro viejo tranvía, te haces a un lado.  Sorteando obstáculos. Estás contrariada porque a medio día hemos reñido.  Una tontería sin importancia.  Pero cuando reñimos te hundes y no te recuperas hasta volver a mis brazos. Te encuentras mal y aún así tarareas algo. Una canción de moda que desconozco, porque siempre he desconocido tus gustos y tus canciones, Isa.  Perdona. Alzas la mirada, apuras el paso, qué cielo tan extraño, apocalíptico: Apuestas, Lotería, Cine Capitol, doble sesión, plis plas, plis plas, plis plas, neón intermintente y multicolor que se refleja en la acera, plis plas, brillante por la lluvia, Cafetería Snack Esplanade, desayunos desde las seis de la mañana, una canción de los setenta, You're so vain I be you think this song is about you, don't you, don't you, en el Esplanade siempre se oyen canciones antiguas que normalmente te gustan, nos gustan,  you had one eye in the mirror as you watched yourself gavotte, pero esta de ahora diluye la que tú tatareabas, suave, amorosamente. Trattoría Cambalache, pastas y pizzas de primera calidad. Miras la calzada inundada.  El agua arrastra cantidades de basura, y te enternece ver un ramo de novia que empuja la corriente. 
Luego, de repente el tumulto, el ruido, la ambulancia.  En la puerta de casa, frente al número tres.  Y tú, sola.  Como siempre. Conmigo o sin mí, sola. 
En el suelo, golpeado por la corriente y por la basura que el agua arrastra ―colillas, periódicos, restos de comida y algún condón usado― el cuerpo de un hombre con abrigo gris abraza los adoquines.  Insensible ya al paso del tiempo.  Rodando lento al compás de la tierra.  Es joven.  El hombre muerto que abraza la calzada es joven.  De mi edad. De la tuya, Isa.  Soy yo.  Y junto a la acera una hoja de lechuga empapada y marcada por la suela de un zapato, de mis zapatos, piensas.  Los que tú me compraste, Isa.  Y se te pasa por la cabeza que la culpa es tuya, nada más y nada menos, por Dios.  Te remuerde la conciencia. ¿Por qué te remuerde la conciencia?  Jamás debería remorderte la conciencia.  Eres inocente.  Siempre lo has sido.  Pero la bolsa del supermercado con los embutidos, la botella de vino rota, el pan y la fruta, sobre todo la fruta, Isa, la que había comprado para ti, todo, toda esa imagen de aquellas minucias esparcidas por el suelo, te hacen sentir culpable.  Y el abrigo, ese abrigo gris que llevo puesto y que tanto odias… No me gusta, Bob, pertenece a otra época y pareces un donnadie. 
Y, ahora por la mañana ya, perdida sin saber qué hacer...



Servando Gotor



miércoles, 30 de octubre de 2013

ENTRO EN LA NOCHE (Jordi del Ampurdán)


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Entro en la noche
Con los ojos abiertos
Y ya no veo nada
Si: veo sombras
Que van y vienen
Si veo sombras
Que me saludan
Soy yo
Que me confundo con la noche: mi, tu, mi sombra, la tuya
Todo es un tiovivo en la noche
Si veo que no estoy solo
Pero soy solo
Entonces mis ojos se llenan de lágrimas
Ya no veo nada…
Estoy solo con mis lágrimas.



Jordi del Ampurdán


lunes, 28 de octubre de 2013

LOS SÓTANOS DEL JUEZ (Antonio Envid)


Fotografía: AEM

La vista había terminado más tarde de lo acostumbrado. Mañana dictaría la sentencia. Sus sentencias tenían fama de fundadas y razonadas, pero también de severas. Se quitó despacio la toga, que plegó cuidadosamente para guardarla en el armario, se lavó minuciosamente las manos, retocó el peinado pasándose un cepillo por los cabellos, comprobó que la corbata estaba en su sitio y que su atuendo se hallaba en perfecto estado. Todo en su escritorio estaba recogido. Orden y método, ese era su lema. Condujo despacio hacia su casa, respetando todas las señales e indicaciones y crispando el gesto cuando observaba a algún conductor descuidado o que cometiera alguna incorrección.
Ya en su casa, en una de las urbanizaciones de los alrededores de la ciudad, resonaron sus pasos en el silencio de la soledad. Se desvistió lentamente, cepilló y guardó cuidadosamente sus ropas y vistiendo un albornoz bajó al sótano.
Una sensación de humedad y un extraño rumor, un glu-glu sordo. Cuando encendió la luz comprobamos extrañados como un enorme acuario ocupaba la casi totalidad del espacio de la bodega. Una gran masa gelatinosa se movía perezosamente en el tanque de agua, como si se desperezase. El abominable ser se aproximó con movimientos lentos hacia una de las paredes de recio vidrio, sujetándose a él con sus poderosas ventosas. El juez se quitó el albornoz y sujetando una pequeña botella de oxígeno a la espalda se puso la máscara en la boca, descendiendo lentamente al fondo del acuario. Allí, con delectación, se dejó abrazar por los ocho viscosos tentáculos de la bestia, abandonándose a él. 

Antonio Envid


ME CONSTRUYES HABITACIONES DE MIEDOS (Ángel Ferrer)


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Me construyes habitaciones de miedos
con las paredes y los muebles comestibles
mientras me desangro por ti 

Estoy dormido
las puertas del armario golpean la tarde,
mi noche
un instante para aceptar el ruido
y volver al sueño que me atrapa lejos,
del desquiciamiento


Ángel Ferrer

sábado, 26 de octubre de 2013

VERGOGNA, MAI PIÚ (Juan Serrano)



En Todo modo, Leonardo Sciacia recurre al género policiaco para tratar sobre la metafísica de la violencia, el trasfondo corrosivo del poder, la injusticia y otros intereses relacionados con la mafia. En una especie de convento-hotel, lugar apartado del mundanar ruido, capitostes de la politica, de la industria y de la iglesia se reunen para buscar y hallar la voluntad divina, según elmodo de aquellos famosos Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Gaetano es un cura enigmático que regenta esta peculiar casa de retiro y oración, cóctel de austeridad, maquinación y lujo. En la novela tienen lugar varios asesinatos. Y en este ambiente de intriga y mafia el cura Gateano llega a decir: Sólo falta un último bautismo, el de la muerte.
La muerte es el ateísmo por antonomasia, la negación del amor, el reverso de la hospitalidad, la cruz del encuentro. En Lampedusa, en las misma puertas de Europa, cuna de valores éticos como libertad, igualdad y justicia, la muerte de casi trescientos inmigrantes es un pecado irredento, imperdonable, imposible de ser bendecido por las aguas del bautismo. Este naufragio, provocado por la reducción exclusiva de espacios de circulación y seguridad por unas disposiciones jurídicas euronacionalistas contra el tránsito de las personas, es un exabrupto más de nuestra mal llamada civilidad y democracia.
Si Siacia en su novela Todo modo, sin él quererlo, predijo la muerte en extrañas circunstancia de Aldo Moro, cualquier otro escritor puede, por la misma razón de invención y fábula, configurar con sus letras la muerte futura de Jorge Mario Bergoglio. El que este hombre disienta públicamente de leyes europeas políticamente correctas, que construyen muros, levantan espadas y tienden alambradas al hambre en el cuerno de África, ponen al Papa Francisco en el mismo disparadero de aquellas logias que acabaron con la vida del líder democristiano de la Italia de los setenta.
Y como no quiero ser apologista de ningún asesinato, ni siquiera soñado, tan sólo me reitero en lo de siempre: ¡abajo fronteras, abajo morales ambiguas e hipócritas que hacen de la convivencia civil su particular conveniencia.


Juan Serrano
de su blog: Blao
4 octubre, 2013



viernes, 25 de octubre de 2013

EL BEST-SELLER (Javier Iribarren)


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"Cualquiera de Anatoli Kerzhakov, sin duda".

A raíz de aquel premio, otorgado por el Ayuntamiento de Calahorra, Julia se enfrentó a uno de sus mayores miedos, las entrevistas. La primera edición del Concurso Verdura de la Ribera no acaparó la atención de los círculos literarios, pero sí despertó cierta curiosidad local. Los días que sucedieron al fallo varios becarios del Heraldo, del Correo y del Diario de Navarra se pusieron en contacto con la autora de "Puticlub 97", la novela ganadora.
Era su primera novela, sí, reiteraba Julia. Se había aventurado con la escritura hacía ahora seis años, cuando cumplió setenta y cinco. Tras una vida de lecturas, con miles de reseñas y valoraciones, que almacenaba en su vieja libreta, Julia había cruzado la acera. ¿Los motivos? Unos cuantos. Suponía que la edad, la soledad, el miedo... La verdad es que no sabía qué responder a la mayor parte de las preguntas de aquellos jóvenes periodistas: ¿La escritura es para usted una terapia? ¿Cuánto tiene de autobiográfico Puticlub 97? ¿Qué consejo daría a todo escritor novel que quiera darse a conocer?
Y para acabar, la ineludible: ¿Cuál es su libro de referencia, el que más le ha influenciado? Como todo lector con tablas, Julia recibía el golpe con estupor. Revivía inmediatamente las conversaciones de sus amigas, puntuales consumidoras de best-sellers, siempre ávidas por catalogar y recomendar todas sus vivencias: mis diez lugares de ensueño, mis cinco playas imprescindibles, mis cinco libros favoritos... Ellas elegían sus lecturas al calor de los listados de ventas de las grandes librerías, top marzo, top abril, sin profundizar en nada, sin experimentar el cosquilleo de descubrir nuevas vías o el regocijo de indagar en los estantes más polvorientos de una biblioteca municipal.
No había libro favorito, claro que no. Había etapas, temporadas o estados de humor. "No hay nada más obsceno que preguntar a un escritor por su libro de cabecera", pensaba Julia, "No entienden nada". Y acto seguido, con voz firme y pose circunspecta, sentenciaba:
"¿Mi libro de referencia? Cualquiera de Anatoli Kerzhakov, sin duda. Uno de los referentes de la literatura rusa de comienzos del dieciocho". Y así, una tras una, en la media docena de entrevistas que concedió la flamante ganadora del "I Verdura de la Ribera", aquel ruso imaginario, de nombre ácrata y militar, fue colmando lagunas de realidad.
Los libreros de Logroño y Calahorra, por aquellos días, rogaban un poco de paciencia a su clientela: "Kerzhakov se ha agotado. A ver la próxima semana".


(Cita)

Las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; por poco que uno las manifieste o se vanaglorie de ellas, todo parece fatuo, sin sentido e incluso mezquino.

Italo Calvino, El Barón rampante



Javier Iribarren


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