sábado, 27 de marzo de 2021

UN AGUJERO DE GUSANO (Antonio Envid)



Ya era noche cerrada cuando los viajeros llegan al “Auberge de La Poste”. La dueña, con oficio de recepcionista, contempla con alguna sorpresa la entrada en su establecimiento de unas personas con vestimentas más propias del siglo diecinueve que de estos días. Será alguna compañía de cómicos que no han tenido tiempo de cambiar el vestuario de su última representación, no hay que plantearse muchas preguntas, con esto de las restricciones para viajar por causa de la pandemia el hotel está casi vacío y esta inesperada llegada de clientes es una bendición. La patrona les da la bienvenida con una amplia sonrisa al tiempo de excusarse por la escasa iluminación. - Hubo ayer una gran tormenta y el fluido eléctrico falla todavía, por eso usamos velas, pero mañana, me han prometido, que será restablecido completamente el suministro. Les ruego que disculpen la molestia de esta noche, pero cuando se levanten por la mañana todo estará ya en orden-. Los recién llegados reciben en completo mutismo las explicaciones, pero tampoco exteriorizan ningún disgusto. El cochero demanda a voces por la entrada de la cuadra para alojar a los caballos, la han cambiado de sitio desde su último viaje en que paró aquí. Se produce una ligera confusión, la patrona pide a su marido y a un criado que le ayuden a alojar a los recién llegados.
El establecimiento tenía a gala haber conservado el ambiente de la antigua posada, cuando era parada de postas y relevo de caballos, llevaba en manos de la misma familia más de doscientos años y el mobiliario y la decoración evocan aquella época pretérita, sólo algún anacronismo, como el teléfono o el ordenador en la mesa de recepción revelan los tiempos actuales. En estos momentos, a la vacilante luz de las velas, con aquella concurrencia ataviada al modo del siglo diecinueve, el salón aparecía como el “atrezzo” de una obra teatral. Es como si el telón acabara de levantarse y el coro deambulara por la escena dispuesto a atacar el inicio de una ópera o una zarzuela.
Mientras la recepcionista entrega las llaves de las habitaciones, informando de que en media hora estaría a disposición de los señores huéspedes una cena fría, dado que por lo avanzado de la hora la cocina se hallaba apagada, procede a registrar a los viajeros: la señora viuda de Coubert, recalca lo de viuda, a la vez que ella y su pálida hija reciben la llave de su habitación con una ligera reverencia, el coronel de La Môte, que recibe la suya con un taconazo militar y el abate Prevest, así indica que figure en el registro, la recoge con gentileza eclesiástica. El resto, dos caballeros, que no se sabe muy bien por qué, la patrona considera que uno parece un representante de comercio y el otro, algún pasante de notario, también toman su llave. Todos, provistos de su equipaje y portando cada uno una palmatoria con su correspondiente vela, inician un desfile dirigiéndose a sus respectivas habitaciones.
A la mañana siguiente todo el hotel se halla en calma, los viajeros llegados la noche precedente no aparecen por ninguna parte, en el comedor se hallan los platos de la improvisada cena sin tocar, las servilletas todavía dobladas y las velas apagadas, convertida cada una en un informe cúmulo de cera. Las habitaciones que habían ocupado esos extraños viajeros están en perfecto orden, las camas hechas, los objetos de aseo en el mismo estado en que la camarista los había puesto, las toallas, limpias y en sus toalleros, nada revela que alguien las hubiera ocupado esa noche. Los extraños huéspedes han marchado, sin que nadie se apercibiera de su salida; ningún ruido, ni el más mínimo rumor de voces, han denunciado su salida, ningún sonido de motores o puesta en marcha de vehículos se ha escuchado, nada.
Solo unas viejas botas de militar en la habitación del coronel, dejan pensativa a la dueña.


Antonio Envid

miércoles, 3 de febrero de 2021

DE LO QUE PUDO HABER SIDO... (Un tango de Antonio Envid)

 



Las mañanas de Buenos Aires son buenas para pasear. Me gusta deambular por el barrio de San Telmo, sus callecitas flanqueadas por casitas de dos plantas, sus tiendas de barrio, sus cafetines, todo tan familiar, como un pueblito. A media mañana entro en el mercado y recorro sus puestos, hablo con los vendedores, compro alguna fruta, saludo a las vecinas, ya me conocen, y con algunas entablo largas conversaciones que giran siempre sobre lugares comunes. Qué lindo es hablar de cosas intrascendentes dejando pasar el tiempo, sin compromisos, sin grandes implicaciones, quejarse de lo cara que está la vida, del pegajoso calor de estos días, escuchar recetas de cocina, que yo, absolutamente negado en el arte culinario, no he de cocinar, pero me las cuentan con tanto entusiasmo, que quién les niega ese desahogo. “El chimichurri es muy fácil: perejil, orégano, ajo, cebolla, aji, vinagre y aceite, todo picadito en el mortero. Yo le añado hierbabuena. El aceite tiene que ser bueno.”. Pasado el mediodía entro en la tasca de mi paisano el gallego, una copa de ese buen vino que produce Argentina, lo llevarían los jesuitas, seguro, que son muy sabios, me gustan los de Salta, que tienen la reciedumbre de los de mi tierra, pero tampoco les hago ascos a los de Mendoza oTucumán. En realidad, lo del vino es una excusa para echar otra larga charrada con algún parroquiano o con el tasquero…

- Mariano, que se te enfría la comida. Te estoy llamando y no te enteras. ¿Pero qué haces con esta poca luz? ¿Y esos planos, es que estás preparando algún viaje? Ya sabes que ahora no se puede viajar, que están la mayoría de las fronteras cerradas con esto del coronavirus. Y nada menos que a Argentina. Qué se nos ha perdido a nosotros en Argentina, tan lejos, de joven ya me habría gustado ir, nos lo propusimos varis veces, ¿te acuerdas?, pero por unas cosas o por otras, siempre quedó aplazado, cuando teníamos tiempo no teníamos dinero, cuando teníamos dinero no teníamos tiempo, qué pena, ya nos habría gustado ir ya, pero a hora a nuestra edad, emprender un viaje tan largo en avión. Ya sabes que yo no puedo viajar en avión, en esos asientos tan estrechos, que las varices me obligan a moverme. Venga, venga, que se nos enfría la comida, hoy hay eso que tanto te gusta, empanadas de carne a la criolla con chimichurri, con aquella receta que sacaste de internet.


domingo, 31 de enero de 2021

ENFERMEDAD Y TIEMPO (Antonio Envid)


(Basado en un testimonio de La Conchaparís)


A las ocho en punto de la mañana se encuentra en la puerta del hospital. Siempre puntual. Coincide en el vestíbulo con hombres y mujeres presurosos, son los sanitarios que comienzan su turno de trabajo y llegan con el tiempo justo para incorporarse. Se cruza con gente que abandona el recinto sanitario, pálidos enfermos que han obtenido el alta y ayudados por algún familiar desean llegar a sus casas, visitantes que van a saludar a algún conocido o pariente interesándose por su estado. Todo el mundo a lo suyo. En fin, lo normal en el vestíbulo de un centro sanitario. Toma el ascensor y llega a la sala de de quimio. Los boxes están todavía vacíos. Pero no, el joven con el que siempre coincide ya ha llegado y se está preparando para recibir su tratamiento. Ella se dispone a ocupar el suyo, le espera una agotadora jornada, la revisión, el análisis, la espera de la fórmula que le van a suministrar con los dos goteros que pronto colgarán del soporte al lado de la camilla, se tiende en ella a la espera del enfermero.

- ¡Buenos días! Es una joven que le sonríe amable. ¿Cómo nos encontramos? Tienes buena cara, yo creo que el tratamiento va bien. Es un poco lento, pero con paciencia todo se alcanza.

- Sí, parece que me encuentro algo mejor, sin entrar en muchos detalles, claro. Aquí, cómo todas las semanas, a recibir estos medicamentos o estos venenos, que no sé como llamarlos.

- De todo hay, una mezcla de cosas buenas y malas, pero que curan. Remángate la manga de la blusa, el pinchazo de siempre, para hacer un análisis.

La espera, poner la mente en blanco, será un largo día y es mejor no pensar, o dejar que la mente se pierda en vaguedades. Ese joven, qué mala cara tiene hoy, me gana siempre la mano, siempre llega antes que yo, es el primero, como si tuviera prisa para curar cuanto antes, para ganar días a la enfermedad, se comprende, es joven y tiene prisa por vivir la vida, pero no parece, pobrecito, que las cosas le vayan muy bien. Siempre llega antes que yo y se marcha antes. Por mucho que me esfuerce no consigo no ser yo a quien siempre le toque cerrar la sala, es algo que me irrita, ver como desfilan todos hacia la salida y en mi gotero todavía queda para un cuarto de hora, por los menos. Mira, ya van llegando todos, y todos se irán antes que yo. La viejecita esa que es tan animosa, aquél, el que yo llamo el “séneca”, porque tiene aspecto de estoico, ahí llega ese otro con su mal humor acostumbrado, pues dos trabajos tiene: enfadarse y desenfadarse. Todos ocupando su cubículo dispuestos a recibir estos, teóricamente, salutíferos mejunjes, que nadie sabe qué contienen, ni los médicos ni nadie. “Llegan de Estados Unidos con las prescripciones para cada caso”, es todo lo que he podido saber. Ya estamos todos, es como una asamblea del dolor, o como una infeliz familia, todos nos conocemos, aunque ni siquiera sepamos los nombres.

Hoy he madrugado más, he venido diez minutos antes, hoy tengo que ser la primera y marcharme antes que otros. No es que tenga prisa, que ya sé que es un día perdido, entre análisis, esperas, los goteros, pero es un reto que me he puesto: hoy no cierro la sala, he de irme antes que ese joven que siempre se va delante de mí. Ves, no hay nadie, la primera, ni siquiera el muchacho que siempre llega antes. Ahí viene la enfermera, lo de siempre, la sonrisa, hay que dar ánimos al paciente, la consabida pregunta de cómo me encuentro y la respuesta habitual. Hay que reconocer que es muy amable, bueno, en general todos son amables, a pesar de este trabajo que debe ser duro, todos los días luchando contra la enfermedad, y cada uno tiene sus problemas, esta chica, a pesar de ser joven, pues tendrá los suyos, pero no los trasluce. Bueno, a ver si nos damos prisa y me voy antes que el joven, que no tardará en llegar.

Tengo suerte, esto va rápido, y ese chico ha venido, precisamente hoy, un poco más tarde. Le gano, seguro que le gano, me voy antes que él. Venga deprisa, los goteros, ya, ya están puestos, como llevo puesto el catéter, se enchufan pronto.

Pronto llegarán las navidades, por qué me acuerdo de ellas, será que este soporte con su racimo de bolsitas con líquidos de colores me ha traído a la memoria el árbol de navidad, ese que colocaré como todos los años con sus bolitas relucientes y sus regalitos. Pero han pasado ya las dos horas y este goteo va lento, va más lento que otros días, deberían de estar terminando de pasar los goteros, me van a hacer perder mi apuesta. Venga, venga, más deprisa. Los forzaré un poco.

- Señora, por favor no se levante ¿qué le pasa? Ahora acudo. No, no veo que esté obstruido, el líquido fluye bien, ya ve, gotea perfectamente. Hay que tener un poco de paciencia, ya falta poco y podrá irse, comprendo que esté cansada, pero ya lo sabe de siempre, no se puede forzar la marcha, tiene que fluir a su ritmo.

Cómo decirle que quiero irme antes que ese joven, pero no por nada, si no porque me he hecho una apuesta a mí misma. Qué vergüenza, como voy a explicarle que la prisa no es por terminar la sesión, que en realidad no me cansa, estoy acostumbrada, incluso aquí, tumbada en la camilla me relajo, si no que el motivo de la prisa es que quiero irme antes que el joven porque así me lo he propuesto, y cuando yo me propongo algo…


Antonio Envid


miércoles, 2 de diciembre de 2020

LA BELLEZA ES VERDAD (Servando Gotor)

 

Helena de Esparta. La belleza legendaria.
(Foto: sgs)

Lo diré claramente y de una vez por todas: el verdadero amo del mundo ha sido y es una joven hermosa. Y nuestra eterna y fracasada lucha consiste en atenuar los graves efectos de su eterna y dolorosa ausencia. 
Dicho lo cual, miró el móvil, comprobó la hora y señaló al maître algunas copas vacías. Su mirada perdida acabó por fijarse en el vaso griego que tenía enfrente. Una muchacha desnuda bebía y le miraba insensible. Nada de esto era casual, porque las casualidades no existen ―pensó―. Además, el vaso griego estaba allí por encargo suyo, al igual que los versos de Keats vinculados a dicha imagen: cuando el tiempo nos destruya, tú permanecerás en medio de otro dolor que ya no será el nuestro. 
Y con los ojos humedecidos, imploró: 
―¿Ubi sunt? 
Entonces, como si todo estuviera minuciosamente ensayado, como si de una interpretación dramática se tratara, apareció ella apuntándole con un revólver. Al principio se extrañó. Pero cuando reconoció el colt python su sorpresa se tornó terrorífica. Y no precisamente porque presintiera cabalmente su segura e inmediata muerte. 
Con todo, quiso asegurarse: 
―¿Tú? 
―Sí, yo. 
―Entonces… ¡Hazlo! 
Y ella le disparó a bocajarro sin que nadie pudiéramos evitarlo.




lunes, 23 de noviembre de 2020

LO ÚLTIMO DE ANTONIO ENVID. Un bellísimo canto a la soledad y la España vaciada; y un divertimento que nos lleva por la Italia del siglo XVIII.


"La estación maldita", es un bellísimo canto a la soledad y la España vaciada. Protagonizada por el jefe de una estación sin tráfico ferroviario, por la que pasa el tiempo sin que ocurra nada, salvo la visita de algunos personajes entrañables -que no se sabe muy bien si son reales, o fantasmas forjados por su propia soledad y recuerdos-. "La estación maldita" es, seguramente, la mejor prosa de Antonio Envid, y un texto de una gran altura literaria. "El duque y su máscara", es un divertimento, pleno de humanidad y con un personaje que tiene mucho en común con el jefe de "La estación maldita". Ercole, un noble que hereda sin querer un ducado italiano, se olvida de sus deberes aristocráticos y recorre la Italia del siglo XVIII con una compañía de comediantes, legando sus asuntos nobiliarios, en manos de la familia de comerciantes adinerados de su esposa. Aprovechando la trama, Envid nos esboza un fiel retrato de esa apasionante Europa en la que "todo un mundo antiguo se desvanece poco a poco a pesar de que Italia, sumergida en un profundo sueño, no parezca enterarse", lo que ejecuta con maestría y todo un bagaje de conocimientos de la época que el lector interesado siempre sabrá saborear y agradecer.


 
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martes, 20 de octubre de 2020

"EL COLOR DE LOS DÍAS", último libro de Juan Serrano



Nuevo libro para conocer mejor a Juan Serrano, uno de mis autores favoritos, y del que me honro en haber sido editor de una de sus magníficas obras: Esa sombra no es mía.

Va aquí la interesante reseña editorial:


El color de los días empieza con la muerte del Che y la revuelta del mayo del 68, hasta llegar a la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. (2019). Este libro es una recopilación de viejos escritos reorganizados durante los meses del estado de alarma. Por los principales momentos de la historia de nuestro país, (Dictadura, Clandestinidad, Transición, Democracia...), El color de los días transcurre en forma de diario. Una historia convulsa y, a la vez, rica en cambios y posibilidades para toda una generación de la que he tenido la dicha de formar parte.

Una historia convulsa y, a la vez, rica en cambios y posibilidades para toda una generación de la que he tenido la dicha de formar parte. El color de los días está escrito en forma de diario.

Reconozco que este datar y fechar experiencias y acontecimientos durante tan largo periodo de tiempo ha sido una tarea, no sólo engreída por su osadía, sino ambiciosa, por los muchos años que abarca.

He intentado trascender estas vivencias personales, proyectarlas a un contexto más generalizado, sacarlas de su individualismo, desvestirlas de su fatua vanidad, e intentar hacerlas extensivas a tantos y tantos hombres y mujeres que fueron los verdaderos protagonistas de las conquistas de las libertades.

Sin la lectura de otros, la obra del escritor quedaría inconclusa. Por El color de los días pasan cantidad de amigos, enemigos, instituciones y credos, filósofos, escritores y teólogos, poetas y comentaristas, políticos, santos y profetas, mujeres y niños, maestros y herejes, utópicos y tradicionalistas y, sobre todo gente sin nombre, sencilla, trabajadora y sufrida, entre los que te incluyo a ti, mi querido lector, si es que tienes la oportunidad de leer estas memorias.

Historia, circunstancias, personas y situaciones, a veces diversas y hasta contradictorias, que han ido moldeando esta frágil y transitoria vasija de barro de la que estoy hecho. Pues tal como escribiera Erasmo de Rotterdam en su Ensayo Stultitiae laus:

¿Acaso no somos todos una comedia, donde unos aparecen en escena con las máscaras de los otros y representan su papel hasta que el director del coro les hace salir de las tablas?


sábado, 15 de agosto de 2020

UNA ESCENA UNIVERSAL EN EL IMAGINARIO OCCIDENTAL (Servando Gotor)

 Foto: Heraldo de Aragón

La escena es una de tantas que se producen en todas las épocas, y especialmente en esta que nos toca vivir. Una imagen humana y universal. Sin embargo, el fotógrafo, en el encuadre y la perspectiva, que eso sí que lo añade él, tiene en mente (consciente o inconscientemente) toda la imaginería occidental sobre la piedad y el dolor. Las concretas representaciones de la Piedad en todas sus variaciones por supuesto que también están ahí, pero quizá fue El Greco quien, en un ejercicio de soberbia intertextualidad (que mucho bruto confunde con plagio) supo concentrarlas en esa su gran obra de arte de la estructura, composición, perspectiva y encuadre, que es El entierro del Conde de Orgaz.
Por lo demás, esta sublime imagen silenciosa, vale más que todos los aplausos del mundo como agradecimiento a estos sanitarios y voluntarios, que tanto han hecho y siguen haciendo por todos en estos terribles tiempos. 
Vaya aquí, especialmente, mi más sincero reconocimiento a todos ellos, personificado, en mi caso, en el voluntario de la derecha, Andrés, de cuya amistad me honro y beneficio hace ya bastantes años.


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