sábado, 7 de enero de 2012

TERAPIA DE CHOQUE (De El blog de Babiluno)

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SGS


Ni una sola bombilla de colores iluminaba ya las instalaciones vacías. La luna llena parecía ser la única atracción abierta en toda la feria. Hacía horas que el último niño había cruzado la puerta de salida llevándose toda la ilusión. Ahora, las luces estaban apagadas y el embrujo azulado de la luna había convertido las alegres figuras del parque de atracciones en fantasmas. De pronto, una silueta contrahecha apareció bajo el túnel dentado de la Casa del Terror y se estiró como si despertara de un largo sueño. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Lentamente, salió al exterior hasta quedar recortada por la suave luz nocturna y se dirigió con paso desgarbado hacia una papelera. Rebuscó entre la basura y se llevó a la boca los restos de palomitas y perritos calientes que encontró. Con el estómago lleno, eructó sin miedo a que alguien le pudiera escuchar. Después, balanceando su cuerpo deshilachado, la momia siguió caminando sin ninguna prisa hasta desaparecer entre las sombras de aquel campo santo infantil.


Al día siguiente, la ilusión se volvió a adueñar del parque de atracciones. Las luces se encendieron puntuales a su cita y todos los cachivaches empezaron sus testarudos recorridos sin final. También el trenecito de la Casa del Terror se puso en marcha sin que nadie se percatara de que a su paso por la última curva, un foco se activaba iluminando un rincón vacío. La momia no estaba en su sitio. Ya no regresaría a la Casa del Terror hasta el mismo día de su despedida. Mientras tanto, permaneció escondida en otras atracciones del parque viendo cómo la gente se divertía. Unas veces, se ocultaba en el Túnel de la Bruja y otras, deambulaba como un alma en pena por los pasillos oscuros del Palacio de las Trampas tropezándose con las familias confiadas, que si hubieran sabido lo cerca que habían estado de un monstruo de verdad, se habrían desmayado del susto.


La momia no se perdía detalle. Le maravillaba observar las caras de alegría de los padres y los hijos que visitaban el parque. Le maravillaba y, a la vez, le desconcertaba porque aquellos visitantes eran capaces de disfrutar con el miedo y el vértigo de algunas atracciones que a él mismo le hubieran acojonado. Sí, le maravillaba y le desconcertaba, pero, sobre todo, le afligía. Le afligía enormemente porque la felicidad ajena que desfila sin dejar rastro, no es buena, y a fuerza de ver siempre lo mismo, la momia empezó a engendrar un sentimiento de soledad tan grande que se le apoderó. Una noche entró en la Casa del Terror, llenó un petate con sus vendas limpias y saltó la tapia del parque de atracciones dispuesto a encontrar una familia.


Un administrador de fincas no puede abrir la puerta de su despacho así como así. Va contra la primera norma del folleto de autoprotección que nos envía cada año el Colegio de Administradores. Sin embargo, lo hice. Y de sopetón. Quería pillar al tontolaba que se había quedado dormido apretando el timbre, y me llevé un susto morrocotudo. Bajo el umbral, apareció un tipo vestido con harapos que avanzó hacia mí con los brazos extendidos preguntando si quería ser su familia. Me entró tal tembleque que si aquella criatura no me hubiera abrazado, me habría plegado como un muñeco. Pero me abrazó y permanecimos un buen rato apretados el uno contra el otro. Entonces, se produjo un fenómeno de difícil explicación. Sentí como una misteriosa conexión iba acompasando nuestros ritmos cardiacos hasta terminar palpitando como un solo corazón. En ese mismo momento, con los ojos inundados de lágrimas, la momia me llamó papá.



Lo sé, lo sé. Para mear y no echar gota. Sin embargo, tengo que reconocer que fue muy emocionante. Y todavía me faltaba por escuchar su historia. Comprobar el ingenuo deseo por conocer el cariño de un desgraciado que había estado encerrado en la fantástica mentira de un parque de atracciones me pareció tan tristemente poético que decidí ayudarle, como haría un buen padre de familia. Lo primero era encontrarle un hogar adecuado. Desde luego, solo imaginar la cara de espanto de mi mujer al verme entrar en casa con aquella momia inmadura llamándola mamá, me producía un escalofrío que para qué os quiero contar. En cuanto, a los amigos, si se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos, no veía ninguna extremidad capaz de llevarse a mi criatura a su casa. En fin, parecía claro que el hogar natural de aquella momia de feria no podía ser otro que el parque de atracciones de donde escapó. El caso es que la momia no quería volver ni atada. Pensé que una terapia de choque le ayudaría a convencerse por ella misma. ¡El infierno me devorará mil veces por lo que hice! Meter en una reunión de vecinos a alguien que no ha salido en su vida de un parque de atracciones es una burrada supina. Tanto como ponerle la peli “Holocausto Caníbal” a un niño de cinco años. Pero ya no hay remedio. Mil veces es poco.



Nos sentamos en la mesa presidencial y esperamos la llegada de los vecinos. Poco a poco, la sala parroquial se fue ocupando y a las ocho en punto de la tarde, pasé lista y comenzamos la reunión. Habían acudido catorce tipos que exhibían el aspecto cafre de quien se divierte levantando vigas de hierro para doblarlas con los dientes. Tras presentar a la momia como un compañero de despacho que se había caído al tanque de las pirañas carnívoras del zoo, entramos en materia. El único punto del orden del día de la citación trataba sobre la posible reclamación judicial a un moroso de la comunidad. Afortunadamente, el mal pagador no apareció por allí porque sus convecinos le habrían sacado los ojos. Su deuda era tan elevada que había sido necesario emitir una derrama al resto de los propietarios para poder mantener los servicios básicos del edificio. Y para remate, tenían que soportar que con la pasta que no pagaba a la comunidad, se montara cada noche, unas fiestas del copón con un puñado de chavalas de revista. Mientras los propietarios asistentes debatían la propuesta, una viejecita entró tímidamente y se sentó en la última fila de la sala. Pensé que se habría confundido ya que el rezo del rosario se celebraba en la sala contigua. No quise interrumpir el desarrollo de la reunión. Ya se marcharía cuando se diera cuenta del error. En un momento del debate, todos callaron y uno de los mostrencos me preguntó qué otro camino teníamos para cobrar la deuda, aparte de la vía judicial. Ni siquiera a aquellos torpes se les escapaba que la reclamación judicial es lenta, cara, imprevisible, y muchas veces, injusta. Pero es la única opción para evitar las bofetadas, que yo sepa. Cuando en alguna otra reunión similar se planteaba esta pregunta, poniendo una sonrisa cómplice, siempre soltaba el misma comentario irónico: “¡Ah, sí! Hay una alternativa a la reclamación judicial que es infalible. Se coincide con el moroso en el ascensor y se le da un buen sustillo.” Esta observación ocasionaba las risas de los asistentes que, definitivamente, veían claro que el único camino civilizado para cobrar una deuda impagada era la refinada vía judicial. Sin embargo, en este caso, mi truco dialectico no funcionó y el silencio consiguiente me heló la sonrisa de la cara. Los brutos se miraron unos a otros con gesto de satisfacción. Habían escuchado lo que querían oír. Uno de ellos se puso de pie chasqueando los nudillos y arengó al resto: “¡¡Hagamos lo que nuestro Administrador dice!!”, y todos los bárbaros empezaron a aplaudir y a soltar alaridos. En ese momento, un grito furioso se escuchó por encima de todos los demás: “¡¡¡A muerte!!!”. ¡Jope! Había sido la abuela del fondo agitando un brazo amenazador que dejaba ver una calavera tatuada. Desde luego, la vieja estaba en la sala correcta porque aquello iba a acabar como el rosario de la aurora. El estallido de rabia contenida enloqueció a todos los vecinos. Algunas sillas volaron sobre nuestras cabezas y se estrellaron contra la pared provocando un enorme estrépito. La momia, acostumbrada a la felicidad perenne que siempre le rodeaba, empezó a temblar como un perrito abandonado y se escondió debajo de la mesa. Me puse de pie e intenté hacerme oír con todas mis fuerzas: “¡¡Por dios, escuchad!! ¡¡Todo era una broma, todo era una broma!!” Pero daba igual. Fue inútil. Ni me oían, ni me querían oír. “¡Nuestro Administrador ha hablado!”, gritaban una y otra vez. En plena algarada, los catorce energúmenos abandonaron la sala parroquial, liderados por la vieja de la calavera. Salían de safari. Aún pude escuchar una última voz alejarse por el pasillo de salida: “No esperemos más. Esta noche cuando baje la basura…” Después, se hizo el silencio que solo era roto por los sollozos de la momia que se estaba descosiendo con tanta tembladera.


Me desplomé en mi silla presidiendo una sala revuelta y vacía. Una chusma encolerizada la había desocupado para ir a destrozar a un tipo que, personalmente, no conocía de nada. Ya podía leer los titulares en la sección de sucesos del periódico del día siguiente: “Administrador sin escrúpulos instiga a los vecinos para que despanzurren a un moroso”. Estaba desesperado. En ese momento, entró el cura para cerrar la sala y me pareció la imagen celestial de un santo de cara borrosa. Necesitaba escuchar una palabra amable. Le cogí la mano con devoción: “Padre, haga algo. Van a destripar a una persona y me van a culpar de todo a mí”, le dije con la voz afónica. “Sí, sí, Te tendré presente en mis oraciones, hijo”, dijo sin ningún tipo de interés, y continuó: “A propósito, ¿quién me va a pagar las sillas rotas?”. No pude contestar. Solo pagué. Apesadumbrado, salí de la parroquia cargando a cuestas con mi momia traumatizada. Caminé calle abajo soportando el peso de la soledad sobre mis espaldas. Estaba seguro que aquellos eran mis primeros pasos como fugitivo en busca y captura.

 
Este trabajo es más bien facilón. Basta con poner cara de estreñido cada vez que te enfoca el punto de luz al paso de uno de los vagones. Es un poco repetitivo pero eso es lo de menos. Lo más importante es que dentro de la Casa del Terror nadie me va a encontrar. La momia me ha cedido su lugar sin pedir nada a cambio. Como un buen hijo.


Cuando las bombillas de colores se apagan, salgo cuidadosamente de mi escondite y me encamino hacia nuestro banco. Allí, siempre me está esperando la momia con una sonrisa. Envueltos por la mágica luz de la luna, le cuento otra de mis historias sobre el mundo exterior. Ella me escucha atentamente y después, me hace un montón de preguntas tan simples que, algunas veces, me cuesta encontrar una respuesta. Y así, las noches de verano van transcurriendo de una forma tan agradable y sosegada que me cuesta recordar mi vida anterior.


Esta noche, mi amigo me ha dicho que es completamente feliz en su hogar. No lo sabe, pero era cuanto esperaba escuchar. Se lo debía. Significa que mi tiempo en el parque de atracciones se ha agotado. Cuando nos levantemos de este banco, le daré un abrazo y desapareceré sin decir nada. Aun así, le acabo de prometer otra historia para mañana, y la tendrá. Será mi propia ausencia la que le enseñe la última lección que necesita para continuar su vida solo. Para entonces, yo ya habré saltado la tapia del recinto y me encontraré buscando otro refugio, muy lejos de aquí.






CUANDO VUELVA A CASA (Servando Gotor)

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SGS


Cuando a la noche, a mi regreso, oigas el rugir de los leopardos que abrasan mis pies o te agite mi derrotada imagen, el poco pelo que me queda, mugriento y a la frente pegado por el sudor, la mirada triste ungida por salvajes surcos, el gesto hosco y los hombros caidos;  o, al llegar, me veas  hundido por la batalla a que el futuro me obliga, ese  tirano que me persigue desde el primer recuerdo, me aplasta, me aprieta y amordaza;  cuando al entrar observes que la raya se ha esfumado de mis pantalones a base de golpes morbosos de responsabilidad u oigas la llave arañando la puerta con todo el vigor de mi desgana o, al encender la luz del recibidor, notes en mis ojos la herida de la última agresión del día, tan tirano casi como el futuro; cuando oigas mis quejidos sordos, mis bramidos secos, mis apagados gritos o notes el hedor de mi esfuerzo, el latigazo de los restos de mi negra sangre, suelta y esparcida por el pasillo, el latido amargo de mi voz y el llanto ciego de mi ronco desaliento,  por favor, baja un poco el volumen del televisor.


Servando Gotor
Cuescos 



jueves, 5 de enero de 2012

ESPECIAL NOCHE DE REYES PARA MALRENCOR - Guión para una tira de cómic (Antonio Envid)

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Pretenciosos sofás y poltronas de cuero negro, mesas de maderas trabajadas artesanalmente, una tenue luz, música chill-out en tono bajo. Malrencor conversa en su club y cuartel general con varios de sus secuaces.
-Era una noche como la de hoy. Noche de Reyes. Lo recuerdo perfectamente, tal día como hoy hace seis años. Te levantaste siendo el Rey, Malrencor, te acostaste siendo el Emperador de la ciudad.
-¡Ja, Ja, Ja…! Tienes razón, Caracortada, desde entonces somos emperadores de esta puta city. Sí, hoy es, precisamente, el aniversario. Buena la hicimos, la hicimos buena… Hay que celebrarlo ¡Baldesca! Tráeme otro güisqui, que éste me s´ha aguaú con la cháchara de estos mamones.
La chica se apresura a obedecer el mandato del jefe, parece que hoy está de buen humor, no lo estropeemos.
-¡Ponle a estos también! Tirar esos güisquis aguachinaus. Sírveles otros. Pero no de relleno, eso es para la clientela, no para los amigos.
-Estaban en su puto club, mamaos como cubas. Aún recuerdo sus caras de sorpresa. Ta-ta-ta-ta-ta….. no quedó ni uno para contarlo. Ahí se acabó la banda de Viso Brutto y su poderío, desde entonces nadie nos rapa el bigote. Je,je. Estarán tan tranquilos viendo las raíces a los árboles.
-Al infierno con los espaguetis.
De pronto unas figuras fosforescentes irrumpen en el club de Malrencor. Han surgido de los muros.
- Al infierno pronto iréis vosotros.
-¡Jope! Si parecen Viso Brutto y los suyos. No puede ser….
-¿Eres Viso Brutto? ¡que mal te sienta estar muerto! Tienes un aspecto fatal, chico. También podías haberte cambiado de traje y de camisa para esta visita de cortesía. Todo agujereado y sucio. Te invito a un trago. Sin rencor ¡eh! lo pasado, pasado está.
Los chicos no saben qué hacer, unos se esconden tras los sofás, otros quedan paralizados.
-¡Baldesca! Sirve aquí a los amigos.
-Tienes un minuto para arrepentirte de tus pecados, Malrencor.
-Nada de arrepentirse ¿crees que estás hablando con una vieja? Tú tienes que arrepentirte de haberte dejado matar tan estúpidamente. Así te va, solo hay que verte. ¿No hay sastres en el infierno? En cambio yo, ya ves, tan ricamente.
Los espectrales visitantes corporeizan unas metralletas de la nada y disparan sobre todo lo que se mueve y lo que no. Ta-ca-ta, ta-ca-ta, ta-ca-ta, ta-ca-ta…….
Baldesca, que ha caído bajo el mostrador, se palpa todo el cuerpo y no encuentra ninguna herida, no puede creerse que haya sobrevivido sin daño a tamaña masacre. Malrencor y todos los chicos de su banda se encuentran tirados por el suelo y los sofás, con más agujeros que un roquefort,  cubiertos de sangre. En aquel momento entra Ibo en el local….(no continuará, se plega, don´t be continued)

Antonio Envid

miércoles, 4 de enero de 2012

MURGO (Narciso de Alfonso)

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SGS

Murgo es un hombre aparentemente tranquilo, de vida metódica y un tanto rutinaria. Se está poniendo el sol, tengo que refrescar las plantas, y Murgo, con un pulverizador, humedece la livistona y el cisus, plantas que odia porque son regalo de su madre. Descarga las tensiones, Murgo, relájate. Parece que va a llover, en esta calle siempre parece que va a llover y nunca llueve. Murgo es pesimista y extrovertido, conoce a todos los vecinos de la escalera menos a los del cuarto izquierda, que son muy raros y nunca salen. En general cae bien a la gente pero tampoco se entusiasman con él. Es un tipo agradable pero un tanto rígido, y los demás perciben ese punto de rigidez, esa falta de flexibilidad que hace que el trato con él no sea cálido ni cómodo ni acogedor. Murgo, ¿qué esperas de la vida? Tranquilidad, mira, sobre todo tranquilidad. Tengo carácter de funcionario, no me gusta el riesgo ni la improvisación ni las sorpresas. A la vida le pido tranquilidad, sí, es algo que he pensado mucho y muchas veces y siempre llego a la misma conclusión.
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¿Tienes alma, Murgo? Corazón sí, que a veces me dan taquicardias y vuelcos; en el alma es que no creo, yo no creo en nada que venga de la religión, dios y esas cosas. Son invenciones del hombre para afrontar el miedo, la angustia de sentirse solo. Para entender la vida de una planta no necesito a dios para nada; pues lo mismo con la existencia del hombre. Mi mujer, de la que estoy separado, me decía, creyendo insultarme, que era un guisante. En realidad me halagaba: un guisante es algo acabado en sí mismo, definitivo, entero, completo, con un destino verde y redondo. Qué más quisiera yo que ser perfecto como un guisante, sin conflictos ni escisiones internas. Perdona un momento, es que la ardisia no está católica y tengo que ponerle un poco de aspirina. La llamo Ptolomea, así, con la p sonora. Las plantas son mis hijas, lo más perfecto de la naturaleza, para vivir no necesitan corazón. Sobrias, adaptables, contenidas, hermosas a ratos. Una planta se muere sin un quejido, hay que tener mucha entereza para eso. A lo mejor es que no pueden quejarse, Murgo. También puede ser, claro, pero prefiero pensar que no quieren quejarse a que no pueden hacerlo.
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¿Por qué, para qué vives, Murgo? A mí es que me importa más la vida que el sentido de la vida; creo que la vida tiene sentido en sí misma. Vivo por vivir, vivo para vivir. Me gustan las cosas largas y azules, la impostura y las bolas de los árboles de navidad. ¿Y el dinero? Los billetes no, ninguno; las monedas de un euro y las de dos, sí, por la corona dorada. Ya, pero me refería al dinero en abstracto, Murgo. El dinero nunca debería ser abstracto, sino concreto como la vida, al menos como la mía. No debería decirse tengo mil euros, sino tengo dinero para un ordenador. El dinero abstracto mata la vida, cambia medios por fines y todas esas cosas. Me gustan los pantalones vaqueros, también llamados tejanos, quizá porque son largos y azules, y porque al principio se hacían con la tela de la vela de los barcos, siempre pienso que les ha quedado algo del mar, sí, es como si estuvieran teñidos con el agua del mar o moldeados por la fuerza del viento. Si uno tiene dinero para comprarse unos vaqueros ya es rico.  
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Murgo es piscis, su color preferido es el verde cinabrio, su vida es una larga sucesión de omisiones e imprudencias; nunca, casi nunca acierta a la hora de decidir y actuar: cuando tiene que hacer no hace; siempre, casi siempre actúa antes o después del momento oportuno. Quizá es demasiado consciente de las cosas. El fuego pensado no quema. Murgo accede a contarnos su historia: a los tres meses de vida me pusieron el primer marcapasos; mi madre, para educarme, utilizó un método eficaz: cuando desobedecía, me desconectaba el marcapasos. Mi corazón dejaba de latir mientras yo veía la expresión cruel y satisfecha de mi madre. Si quieres vivir ponte la camisa estampada; si quieres vivir baja a comprar un kilo de azúcar; si quieres vivir no salgas nunca más con Mónica. Todos los deseos y caprichos de mi madre han sido para mí cuestión de vida o muerte. Si amo las plantas es porque no necesitan corazón para vivir; inmediatamente me sentí identificado con ellas y a salvo de mi madre. Cuántas veces he deseado ser una aptenia, una alocasia, un ciclamen. A veces, para divertirse, por puro aburrimiento, mi madre me desconectaba el marcapasos. Te voy a matar un ratito, decía, que vivir sin parar cansa mucho. En la adolescencia, cuando por fin llegué a ser más fuerte que ella, se compró un mando a distancia con el que controlaba mi marcapasos. Me humillaba en público; una vez, en la plaza del pueblo, a la salida de la misa mayor, delante de todo el mundo, me dijo desde el campanario con el mando a distancia en la mano: Murgo, arrodíllate ahora mismo y pídeme perdón por todo lo que has hecho o dejado de hacer. Yo estrenaba aquel día unos pantalones blancos de franela y el suelo estaba lleno de barro, pero me tuve que arrodillar, claro, y pedirle perdón por todo, por lo hecho y por lo omitido. Dese usted cuenta, mi vida no estaba en manos de dios, sino de mi madre, para qué creer en dios, entonces.
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Murgo, de pronto, parece angustiado. Perdóneme, dice, acaba de llegar mi madre. Como usted habrá ya supuesto, aún utiliza conmigo el mando a distancia. 



Narciso de Alfonso
Cuescos


martes, 3 de enero de 2012

CUADRO EN PENUMBRAS (Juan Serrano)

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Cada día que pasaba lo veía más nervioso. Se alborotaba por lo más mínimo. Recuerdo nuestra riña por querer yo colgar Los niños de Murillo en el salón del comedor. Él quería que el cuadro permaneciera, como yo, donde había estado siempre: en la cocina. Tan alocadamente tiramos entre los dos del cuadro que las uvas y las tajadas del melón salieron disparadas del óleo.
 
Luego, vino su caída al resbalar con los trozos de fruta desparramados por el suelo. Menos mal que no se hirió en la ingle con el cuchillo, que también se soltó del susto de la mano de uno de los pícaros; aunque sí tuvieron que escayolarle un huevo al quedar sus escrotos lastimados.
 
Yo ya no sé si la amargura que reflejaba su cara era por verse atado sin poder ir a magrearse con la limpiadora de la fábrica, cojitranco como estaba; o tal vez su malhumor le viniera de antes, por estar enfadado conmigo por alguna razón que yo desconocía; o mejor yo no quería que él supiera de mis falsos dolores de cabeza a la hora de acostarnos. Y al ver sus ojos saltones y encrespados hacia cualquiera de mis movimientos, recordé aquel vecino de mi abuela que queriendo ordeñar a una cabra sin leche casi le arrancó de cuajo las dos tetas al pobre animal.

No hay enfado que mil años dure. Luego en la cama el frío de la noche hizo el resto. Nuestro cuerpos se abrazaron como si con ellos no fuera la pelea. Y es que la carne es menos rencorosa que el espíritu.

Al día siguiente lo oí en el cuarto de baño cantar aquello de corazón, haz borrón y cuenta nueva. He de reconocer que yo también me levanté con deseos de hacer las paces. Y le dije:
 
Amor, pongamos el cuadro en la cocina.
 
Y cuando fuimos a colgarlo donde él quería, no sólo no estaban ni las uvas ni el melón en el cuadro, sino que los dos niños también habían huido, tal vez espantados por nuestra trifulca del día anterior. Luego, no me quedó más remedio que salir en busca del paradero de los pícaros del cuadro.

Han pasado cinco años de aquello. Lo que ya no sé es si mi marido seguirá allá esperándome en la cocina de la casa frente al cuadro en penumbras de Bartolomé Murillo.
 
 
 
Juan Serrano
(En el blog Blao
28 diciembre 2011)

lunes, 2 de enero de 2012

CRÓNICA REFORMADA (Por Azulenca)

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MJM


Reformados, derribados y alicatados: así vamos a terminar los españoles a puro de recortes. La cosa pinta mal y puede llegar a peor, tal es la sensación que me dieron las noticias del Consejo de Ministros del pasado viernes. Don Vito De Guindos días antes advirtió que “la cosa nostra” -la economía se entiende- entraba en recesión; mientras De Guindos ponía variadas caras serias, el elfo económico, Montoro, recitaba la letanía junto con Sorayita Sáenz de Santamaría y de la asunción de cargos de la que se nos viene encima. Acompañaba al trío la sucesora de Valeriano emperador del paro, Fátima. Por cierto, Valeriano ha dejado de ser emperador del paro para pasar a arreador de las hordas; ya, con la camisa desencajada de la chaqueta, nuestro Valeriano con bigotillo de jetilla de discoteca, se dispone a defender al obrero atizándole para que salga a la calle y eso, después de haber ostentado en su Ministerio el puesto de un parado más; porque desde luego lo único que hizo durante su mandato fue aumentar el número y desentenderse del resto. Fátima, la heredera de millones de paraos, a ver cómo se las ingenia para reducir la cifra. Visto lo visto, me da que De Guindos competitivo y el elfo económico son de los que chupan la mina del lápiz a la hora de apuntar en le libreta de papel cuadriculado. A ver cómo nos dejan.

En esta semana ya hemos asistido al primer rifirrafe entre la destronada sibila Leire y la entronizada Nefertiti Mato. Y todo por matices del lenguaje en relación con la violencia de género y habría que añadir de número, pues por desgracia la cifra va en aumento. Creo que deberían tomar cartas en el asunto más seriamente y dejar de dar noticias de este tipo, pues me parece contraproducente dar publicidad y notoriedad a esta clase de asesinatos.

Se inauguró la Legislatura sin las Infantas y con una lluvia de aplausos para el resto de la Familia Real. No todos los diputados aplaudieron, Rosa, nuestra Rosa del Congreso, de Unión Progreso y Democracia hizo como que aplaudía. Erkoreka, que estaría mejor vendiendo Biblias a domicilio, tampoco quiso aplaudir. La Barkos, por contagio del de al lado, tampoco y es que tienen como denominador común la K en el apellido. Cayo Lara, sin K y nominado con un nombre y apellido digno de un revolucionario, por ideas ya declaradas tampoco batió palmas.

Pero la toma de posesión más posesiva, por invitados y expectación, ha sido la de Ana Botella; ha sido una toma de alcaldía con rango de presidenta del gobierno por lo menos, tal era la importancia de los allí congregados. Con esta puesta en escena los Aznar regresan al panorama político. A mí me defraudó la raya de La Botella, quiero decir, la raya del pelo de Ana: debería no llevarla tan torcida, las imágenes cenitales juegan malas pasadas. Hablando de Aznar, lo cierto es que este hombre es la alegría de la huerta. En las diversas tomas de posesión de los ministerios a las que ha asistido, más que presenciar una toma de posesión ministerial parecía presenciar el levantamiento de un cadáver. ¡Qué carita de pena la de José Mari! Por cierto, Los Reyes Magos le van a traer a Aznar un Ferrari teledirigido llamado Mariano Rajoy, es la sensación que tengo. Y es que Mariano actúa como si le dijera todo al oído José Mari.

Y mientras el PP toma el poder, los desposeídos del mismo Rubalcaba el mimosín receptor del PSOE y Carmé la que le concedía mimitos en campaña, se han convertido en adversarios. El lema Mucho PSOE por Hacer se les va a quedar corto, más que nada porque les queda todo por hacer hasta reinventarse. Una que está sintiendo toda esta rivalidad de liderazgos es Elena Valenciano, la pobre está peor que si la hubiese abandonado el novio en sus tiempos mozos; su cara desprende el gesto de dolor en cuanto le preguntan por el tema y la encuentro desmejorada del todo. Tener que pasar a la oposición pura y dura por haber perdido unas elecciones tiene eso, que algunas se abandonan. Ya dije que los socialistas necesitarían un tratamiento psicológico severo después de las elecciones. El estreñimiento también es muy malo.

Esta semana hemos asistido a la transfiguración de San Paco Camps, víctima y mártir de unos trajes. Camps ha pasado de la seriedad a la incontinencia verbal, hasta el punto de que el juez le ha mandado callar. Y es que Paco ve la luz al final del camino y dice que el globo se ha pinchado. Lo mismo acaba este juicio con una traca final en condiciones al más puro estilo valenciano.

 Azulenca


domingo, 1 de enero de 2012

EL MALDITO CUATRO DE PICAS - Letra para un ritmo de blues (Antonio Envid)

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La suave música y la escasa luz, así como la moqueta que apaga los pasos y los sillones forrados de cuero, habitualmente le producían un agradable bienestar, como si aquel lujo estuviera a su alcance y le fuera propio. Pero aquella tarde, no. Aquella tarde descubría con  crudeza que todo era un falso decorado de grosera elegancia para energúmenos, que la noche artificial creada por la baja iluminación colaboraba en su disimulo, que la música tenía el tono metálico del enlatado. Esa tarde vio un  mundo cruelmente sarcástico. Se dirigió a la barra.

-¿Lo de siempre, Ibo?

-No, hoy no. Una cerveza.

La chica se agacha para coger la botella del refrigerador y muestra en el balcón de su atrevido escote los exuberantes pechos que tanto atraían a la clientela, y también a Ibo. A la escasa luz del local no se veían las imperfecciones que la vida nocturna y alcohólica marcaban la piel de la muchacha, cuya juventud ya le abandonaba, ni el tinte ceniciento que a la luz del día mostraba. Sin embargo, su belleza marchita y pecaminosa, quizá por ello, excitaban a Ibo, aunque sabía que nada había que hacer con ella, era propiedad de Malrencor, el dueño del local, del mobiliario, de la chica y, seguramente, de alguno de sus clientes, quizá, en estos momentos de él  mismo. No le extrañaría que un  tatuaje en alguna zona íntima de la joven advirtiera “Soy propiedad de Malrencor”.

Mientras vierte el contenido de la botella, inclinada la copa helada para que produzca una espuma consistente, la chica esboza una triste sonrisa.

-¿Muy perjudicado anoche?

-Demasiado. Cogí un pedo de dios es cristo, pero lo peor es el roto que me hicieron en las finanzas.

-¿Finanzas?, ¿qué puedes decir tú de finanzas? Siempre andas ful. Te metiste en el reservado otra vez, sabiendo como te va.

-Algún día tiene que cambiar mi negra suerte, Baldesca, y ese día era ayer, precisamente. A ver, tengo dos reinas y me vienen dos ases, me descarto de la otra que no me sirve, apuesto, me iba a venir otra reina o un as, seguro, lo veía, como mal menor tenía dobles parejas. Me reparten un maldito cuatro de picas. Levantan y había otras dos dobles parejas y un full. Tantos buenos proyectos, imagínate como iban las apuestas.

-La suerte de los perdedores, como tú y yo, solo cambia a peor.

Baldesca va a atender a otro cliente, pero enseguida vuelve con Ibo.

-Me limpiaron dos mil pavos.

-¿Dos mil? ¿Desde cuando dispones de tanto? ¿Te has echado un capitalista? No creo, con la fama que tienes de gafe.

Baldesca interroga también con la mirada, con esos grandes ojos llenos de rímel y sueño, que tanto desasosiegan a Ibo.

-Ahí está lo trágico, que me los prestó Malrencor.

El rostro de Baldesca se ensombrece, como si le cruzase un nubarrón negro de mal presagio, tiende sus manos por encima del mostrador y coge la del muchacho, maternalmente.

-¡Ay, chico, Malrencor va a por ti! Si te prestó dos mil pavos es que va a por ti. Más vale que se los devuelvas cuanto antes.

-¡Cómo! Cómo voy a devolverle dos mil pavos. Imposible.

Baldesca estrechando entre sus manos la del joven y con cara de preocupación.

-Te juro, Ibo, que si dispusiese de dos mil pavos, te los daba ahora mismo. Todos mis ahorros pueden ser unos trescientos. Mañana por la mañana te los doy. Coge el primer autobús que lleve lejos. No te entretengas ni un día…


Antonio Envid





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para Malrencor
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