martes, 6 de marzo de 2018

EL MONSTRUO VERDE DE LOS OSCARS Y "EL OTRO LADO" DE JUAN SERRANO. Para hacérnoslo mirar (Servando Gotor)




Editorial Tirano Banderas. Murcia, 2018

Un fantasma verde recorre Occidente...

Resulta que mientras se celebraban los Oscars (Oscars contra Trump -cada cual con su dinero hace lo que quiere-), andaba yo disfrutando con el final de este gran libro, aprovechando que por aquí, por Zaragoza, el cinco de marzo es fiesta.
Ni me acordaba que estaban con los Oscars, pero aunque me hubiera acordado por supuesto que jamás lo hubiera cambiado por mi libro de Juan Serrano. Lectura que luego me deja, como siempre que acabas un buen libro, con un vacío muy lleno (que diría Woody Allen) .
Como el libro es una reflexión sobre la muerte, también es cierto que uno se queda como muy así, con la mirada perdida y pensante, sobre todo cuando amanece.
Ya, cuando desayuno, veo las noticias y la película más premiada es "La forma del agua". Busco alguna imagen, y me digo, vaya, vi parte del tráiler hace unos días y esta sí que tiene muy pero que muy buena pinta. 
Bien... ¡Pues no! Va a ser que tampoco, porque enseguida sale por ahí un ser verde y monstruoso que la caga (o un ET, a fin de cuentas se dirige a la generación de los etés, ahora crecidita, que no madura). Ya no me interesa. Prejuicio, por supuesto. Uno está ya más que harto de que el pueblo se alimente  mentalmente solo de circo, de ese circo que con el pan que nos da el poder económico y estatal (migajas más bien) visualiza perfectamente el ocaso de nuestra civilización por las mismas razones que cayó Roma.
Aún así, no me resisto a ver el tráiler. Lo busco en la web oficial y…  ¡Oh!, la preciosidad de la fotografía y atrezo  se complementan con una banda original impresionante: entre otros temas, La Javanaise, una inolvidable canción que Serge Gainsbourg  compuso en 1963 (o sea, antes de su "Je t'aime moi non plus" con Jane Birkin) para Juliette Greco. La maravillosa versión de la película es la de la canadiense Madalaine Pairoux (hija espiritual de Leonard Cohen), y pude escucharla en directo en Vitoria en julio del 2009 (por cierto, con una caja de cerveza Estrella Damm por toda percusión, que para lo bueno se necesita muy poco). Canción y versión de estudio para la película, con un tono y unos violines de inicio, perfecta.
Y, claro, después de tanto dinero invertido, tantos efectos, tan buenos y preciados profesionales y tanta star, lo primero que piensa uno es si  para vender una película hace falta siempre un monstruo verde o similar. La respuesta es tan triste y segura como inmediata: sí. Sí, porque para vender siempre hacen falta cosas de estas. Hoy, como en la Roma Imperial las masas siguen almientándose de pan y circo.  Conclusión: no tenemos remedio (ojo, y hablo sin haber visto la película, y dudo que la vea porque dudo que la aguante, y a ciertas edades uno ya no está para perder mucho el tiempo).
A lo que voy es al libro, al que acabo de leer. Que es justo lo contrario a las películas de éxito, y que se acerca más a la caja de cerveza del batería de la Peyroux en Vitoria porque exhala la misma magia. La película no sé si lo será o no, pero el libro sí: es arte, creación, reflexión seria y profunda, no producto. Está en las antípodas de los Óscars y en las antípodas de la narrativa  lúdica que hoy se vende, y que -encima- dudo mucho que se lea siquiera. (¡Ay amigo decía aquel, se escribe tanto y tan malo, y además, se lee tan poco…!).  La novela lleva por título "El otro lado", y el autor es mi muy querido y admirado Juan Serrano, un filósofo-pensador-poeta outsider, murciano de Yecla y residente en Molina de Segura, al que ya tuve el honor de editarle en 2013 "Esta sombra no es mía", una recopilación de más de un centenar de jugosos y líricos cuentos, a cual mejor.
La novela, porque de una novela se trata, es una profunda reflexión sobre la muerte y, por tanto, sobre la vida, porque solo la vida  concibe la muerte. Eusebio Berruezo trabaja como contable de una conservera de frutas, está casado con una enfermera (Marina) y tienen dos hijos.  Su suegra, enferma (la Carmen), se agrava, la acogen en casa y será él quien se hará cargo de su cuidado personal.  Josema, un librero primo de Marina, admirador de Rilke, le cuenta a Eusebio la historia de dos enamorados, uno de ellos enfermo de muerte. El otro, mientras hace unas anotaciones en una libreta, comprueba que, conforme escribe, su compañero mejora: La tinta regeneradora de su cálamo, trascendiendo la palabra escrita, se introduce por las venas del agonizante con la misma fuerza que un motor bombea los artilugios de una máquina, con la soltura de un fuelle sobre el rescoldo de un fuego apagado.  
Después, Josema le da a Eusebio un Libro de Actas en blanco: "Ahí tienes, Eusebio, por si te vale".
Medio en broma, medio en serio, Eusebio, además de reforzar su ya buena relación con la Carmen, acaba escribiendo, reflexionando y examinando las reacciones de su suegra en su fatal camino hacia la muerte.
Todo ello da lugar, como he dicho, a interesantes reflexiones del propio Eusebio, enriquecidas con las que constantemente aporta Josema y las referencias abundantes de este a las Elegías de Dunio de Rilke.  Pero como todo ello gira en torno a la Carmen, es ella quien acaba siendo la verdadera protagonista de la novela, esa mujer moribunda que afronta el final de sus días como ha afrontado su dura y difícil vida: sacando a los suyos adelante, con sacrificio, fuerza, serenidad, trabajo y optimismo. Una mujer en un ambiente histórico y social tan hostil que (como tantas mujeres de la Guerra y la postguerra) siempre vivió con la obsesión de dar de comer a sus hijos. Obsesión que se cuela hasta en sus sueños, tan reales que cuando sueña que hace arroz con leche sus manos huelen a canela.  Esto es, en suma, "El otro lado": la dura y hermosa, historia de una abnegada mujer, narrada desde una perspectiva real, intelectual y lírica.
De entrada, solo para iniciarse en el universo poético de Rilke y, en concreto, de sus célebres Elegías; y, por tanto, aprender a saborearlas y disfrutarlas, solo por eso merecería ya la pena leer esta interesante novela. Pero es que,  Rilke al margen,  la prosa lírica, sagaz, profunda, social, actual y divertida de Juan Serrano, constituye una maravillosa obra literaria, después de cuya lectura el lector ya nunca será el mismo. Y es esto, el que una obra nos cambié,  lo que confiere a esa obra la dignidad artística. 
Dudo que el espectador sea otro después de ver las películas premiadas del Hollywood actual. Y lo dudo porque adolecen del artificio de todo producto industrial, porque carecen de la verdad que caracteriza a toda obra de arte.  "El otro lado", sale de dentro, de ese rico interior de Juan Serrano. Un autor todo él verdad y duda, y a cuya sólida formación personal se une una innata inteligencia y una mirada al mundo profunda y escrutadora. 
Si nos esforzáramos más en disfrutar de otra manera, si en vez de buscar inútilmente una falsa felicidad en lo meramente lúdico (el circo), en tanto monstruo verde que recorre Occidente, y nos conformáramos con conocernos más y mejor a nosotros mismos profundizando y disfrutando en lo verdaderamente humano (lo único importante), estoy seguro que habría menos maltratos, menos muertes y menos desaparecidos. Pero el monstruo verde sigue asolando a Occidente.



domingo, 18 de febrero de 2018

EL SPERONARE - El Grand Tour de Dumas. Un viaje formativo por la Grecia Clásica





De Grecia al Barroco, pasando por Roma, el Islam, los normandos, y los aragoneses de las Vísperas Sicilianas


El "Santa María di Pie di Grotta" es un lindo barco del tipo "speronare" con "la fuerza de un playero, pero tan coquetamente pintado de verde y rojo, que sentimos hacia él una simpatía que enseguida se manifestó en nuestra fisonomía". Con él abordaremos, de la diestra mano de Alejandro Dumas, un viaje por la isla de Sicilia, parte esencial de la ruta conocida como el "Grand Tour", aquel obligado viaje formativo para la nobleza y alta burguesía europea desde el siglo XVI. La isla de Sicilia que, junto con el sur de Italia, conformó aquella unidad histórico-cultural conocida como la Magna Grecia, con hombres como Platón, Arquímedes, Empédocles, y hasta el romano Cicerón, era y sigue siendo una visita obligada y apasionante para adentrarnos en nuestras raíces occidentales. Y no solo por las impresionantes huellas de la civilización helena, sino también por la impronta que dejaron en la isla el resto de pueblos que por ella pasaron: desde los sarracenos y normandos, primero, y los franceses después, hasta la proclamación de Pedro III de Aragón como rey, tras el famoso episodio de las "Vísperas Sicilianas", y la España imperial. Un viaje que lo tiene todo. Por su puesto Arte, mucho arte: griego, romano, sarraceno, gótico, barroco… Historia, historia europea. Naturaleza, con la fuerza viva del siempre anhelado ascenso al Etna, y el recorrido por tierra y mar de los paisajes mediterráneos, agrestes y volcánicos de la isla. Y, por último, Literatura: hasta tres relatos (dos de ellos auténticas novelas cortas) con la gracia, el encanto y la pasión con que Dumas, pionero autor de los grandes best-sellers europeos, sabe impregnar todo aquello que surge de su mágica pluma. Saboree por tanto el lector, y aproveche, esta apasionante lectura que, enriquecida con las abundantes e interesantes notas de nuestra edición, le brindan la posibilidad de emprender una de las escalas fundamentales de aquel "Grand Tour", reservado para solo unos pocos privilegiados. 





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SICILIA EN EL GRAND TOUR (Goethe, Dumas y Guy de Maupassant)


Hasta que Grecia se independizó del Imperio otomano bien entrado el siglo XIX, aquellos estudiosos europeos que en busca de sus propias raíces realizaban ese viaje formativo al que Richard Lassels se refirió por vez primera como el "Grand Tour" (1670), limitaban su trayecto nada más -y nada menos- que a la Magna Grecia; esto es, al sur de la actual Italia y a Sicilia.

Conviene aclarar que cuando se habla de la Grecia clásica no solo nos referimos al territorio griego actual sino, en general, a la cultura griega que impregnaba las vidas y costumbres de todo el Mediterráneo. Y, evidentemente, Sicilia fue uno de los lugares nucleares de aquella cultura. Y, además, uno de los que más y mejores restos conserva. Si a ello añadimos el crisol de pueblos que la mayor isla del Mediterráneo ha conformado, vertiendo en él su impronta gentes tan singulares como los normandos, los sarracenos, los franceses y los españoles, no resultará exagerado afirmar que nos encontramos ante una experiencia única y apasionante. Y así lo vieron aquellos privilegiados viajeros del Grand Tour. Que, además, nos trasladen sus experiencias personales plumas tan diversas y autorizadas como las del alemán Goethe y los franceses Alejandro Dumas y Guy de Maupassant, leerlas es compartirlas.

Disfrute pues el lector, y aprenda, con estos tres textos enriquecidos por abundantes notas que constituyen la más eficaz guía de viaje y lectura.



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martes, 23 de enero de 2018

ESCUCHANDO EL ALEGRE PARLOTEO DE LAS GRULLAS (Antonio Envid)


Con su alegre parloteo y trazando caligrafías imposibles, los bandos de grullas  atraviesan estos días los cielos del sur de Zaragoza, se dirigen a los humedales de Gallocanta. Sin embargo, tras su largo viaje desde las regiones boreales, verán frustrado su destino, pues lo que otros años representaba un idílico lugar para sus vacaciones, hoy, azotado por la sequía que padecemos, lo hallarán seco y poco acogedor. Tendrán que buscar, improvisando, otros alojamientos.
Me produce cierto desasosiego el que no podamos recibir como se lo merecen a estos simpáticos heraldos de la primavera. A su paso es como si fueran recogiendo el invierno, guardándolo para la temporada siguiente. El alma se nos ensancha a su vista. Sabemos que el invierno todavía no ha terminado, pero los días más duros ya han pasado y que la luz solar se alarga. En tiempos, los campesinos comenzaban a revisar sus aperos y a llevar al herrero los rejones y arados para lucirlos, los trovadores comenzaban a encordar sus laudes y las niñas ensayaban sus canciones mientras probaban los alegres vestidos que llevarían en la próxima primavera. Hoy, en esta sociedad urbana, prosaica y monótona, el curso de las estaciones no nos inquieta, tenemos fresas en cualquier tiempo, el día se alarga todo lo que queramos con el simple apretar el botón “on”, y el frio se combate con confortables calefacciones. Pero las grullas no pararán entre nosotros esta primavera.

Los magnates de la tierra, quienes detentan las riquezas, niegan, pues perjudican sus intereses, que se esté produciendo un cambio climático de consecuencias desastrosas, afirmando que todo el trastoque del curso natural de las cosas es debido a cambios cíclicos, que siempre han existido y nada debe preocuparnos. Puede ser, pero este año, a pesar de lo madrugadoras que han sido, las grullas no nos acompañarán esta primavera.

Antonio Envid

lunes, 22 de enero de 2018

COMO SIEMPRE, PUNTUALES, VOLVIERON LAS BOLVINAS A NUESTRA MESA (Antonio Envid)



Como siempre por estas fechas llegan las bolvinas. Así, naturales, como se cogen del olivo cuando han sufrido una helada, son deliciosas. Su carne dulce y oleosa es uno de los regalos del invierno. Preciado regalo, por cierto. Un puñado de estas olivas, rusticas y primitivas, en Aragón siempre ha llamado olivas a las aceitunas, con un trozo de pan y una copa de vino de garnacha del año, es un tentempié digno de un césar. La bolvina parece ser que solo se da por alguna zona de Aragón, concretamente por el campo de Belchite, en árboles aislados, sin formar parte de plantaciones más extensas, ya que no se utilizan para producir aceite, si no para el consumo de mesa doméstico, aunque en Zaragoza pueden encontrarse sin más dificultad en algunos colmados.
El olivo que produce esta variedad lo imagino como un árbol antiguo, primigenio, quizá, traído por los fenicios, y que al aclimatarse a este clima duro y seco aragonés, produjo esta aceituna de recio hueso y rica en azúcares, a la vez que pobre en oleuropeína, esa sustancia que confiere el amargor característico de otras aceitunas y les da un sabor desagradable si no se tratan debidamente.
A las bolvinas se las conserva simplemente añadiéndoles sal, para que se sequen, y con el tiempo se van arrugando como esas damas que han sido coquetas y conservan un punto de malicia en su vejez. Ya no enamoran, han perdido esa frutosidad, esa carnosidad de cuando eran doncellas, pero siguen siendo atractivas, su sabor es más rotundo y adulto.
Esta oliva tiene poca pulpa y posee un hueso grueso, por lo que es poco apta para elaborar aceite y se cultiva como fruta de mesa, aunque su consumo es muy local y poco comercializado, gracias a Dios. Que él nos conserve a los aragoneses esta delicia invernal mucho tiempo.

Antonio Envid

domingo, 14 de enero de 2018

EL PROBLEMA DE LOS INDEPES


LA ESPADA DE DAMOCLES (Cicerón advierte a Puchi: no hay vuelta atrás)

"La espada de Damocles", de Richard Westall, 1812
(Ackland Museum, Chapel Hill, North Carolina, U.S.A.)

"A él no le quedaba ni siquiera la posibilidad de regresar al camino de la justicia"

En una ocasión en que uno de sus aduladores, Damocles, le mencionaba [a Dionisio, tirano de Siracusa] en una conversación sus riquezas, su poder, la grandeza de sus dominios, la abundancia de sus posesiones, la magnificencia de sus moradas regias, y le decía que no había existido nunca nadie más feliz que él, entonces le respondió:
-¿Quieres tú, Damocles, puesto que te agrada tanto esta vida, gustarla tú mismo y probar mi fortuna?
Habiendo respondido él que lo deseaba, ordenó que lo pusieran en un lecho de oro, cubierto con un tapiz muy bellamente tejido, recamado con motivos artísticos magníficos, e hizo que le prepararan varias mesas con vajillas de plata y oro cincelado. Luego mandó que situaran junto a su mesa esclavos escogidos de extraordinaria belleza, dispuestos a servirle diligentemente al advertir la menor señal suya. Había allí perfumes y coronas, se quemaban sustancias aromáticas, las mesas estaban repletas de las viandas más exquisitas. Damocles se creía un hombre afortunado. En medio de todo este aparato, Dionisio hizo descender del techo una espada resplandeciente, que estaba sujeta por una crin de caballo, de manera que pendiese sobre el cuello de este hombre feliz. A consecuencia de ello, él no miraba a los bellos sirvientes, ni a la platería artística, ni extendía su mano sobre la mesa; las coronas mismas le resbalaban ya de su cabeza y acabó por suplicar al tirano que le permitiera irse, porque ya no quería ser feliz. ¿No te parece que Dionisio ha demostrado con claridad suficiente que no puede haber felicidad para el hombre que se halla amenazado siempre por algún terror?
A él no le quedaba ni siquiera la posibilidad de regresar al camino de la justicia, de restituir a los ciudadanos su libertad y sus derechos.

Tusculanas, V
Cicerón
Traducción: A. Medina González
(Editorial Gredos, 2005)
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