viernes, 15 de marzo de 2013

LA ALTERNATIVA (Narciso de Alfonso)


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Visto lo visto, ¿dónde está la gallina que pondrá el huevo blanco con el que podremos hacer la primera tortilla para comer de verdad, con la crisis ya herida de muerte como un toro con el estoque clavado en la cruz y hasta la empuñadura?

Hay preguntas que no tienen respuesta porque están mal planteadas: lo realmente difícil de la respuesta es, precisamente, la pregunta. De entrada y para entendernos: no es que antes, primero, llegase una crisis financiera o hipotecaria porque nos sentimos ricos y empezamos a gastar de más: tenemos que comenzar negando tal simplismo, rechazando la mayor: si remitimos, si enviamos la crisis a eso que se llama reactivación económica y le cerramos la puerta detrás, nos quedamos en una intemperie interminable y, lo que es mucho peor, nos ponemos en manos de los innecesarios que se empeñan en la reactivación económica.

Ordenemos los elementos: la crisis comenzó bastante antes que la falta de dinero: comenzó exactamente cuando la necesidad de cambio de la organización, del orden social, se hizo imprescindible: por eso la primera exigencia de la crisis es la novedad, la innovación.

Con sus grandes, enormes tubos, lo que la crisis mete, inyecta sin parar es novedad, innovación. Como la novedad no encuentra una organización social capaz de hacerse cargo de ella, sigue buscando, claro, pero, además, cada vez hay más novedad, que sólo quiere –porque sólo le sirve- lo nuevo de la organización social: una organización social nueva.

La novedad no es una criatura inocente: allí adonde llega atasca, detiene el funcionamiento de lo viejo: es su manera –que puede ser muy virulenta- de exigir el cambio de organización. No retrocede ni se detiene, al contrario: cada vez hay más novedad y cada vez hay más funcionamiento viejo detenido. Como la novedad es vida, historia, puede tener un parto prolongado, pero nunca abortará.

Lo viejo que ya no funciona, detenido, deja de dar dinero, claro, pero pretender que la crisis comienza en este punto es una gravísima simplificación, un entendimiento retrasado que no puede –o no quiere- comprender.

La novedad exige una organización social completamente nueva –en realidad, es lo primero y lo único que exige- y que es imposible de cambiar desde la organización vieja, que lo máximo que puede hacer es dejar de funcionar: su tiempo pasó, ya no sirve, como los coches de caballos, la esclavitud –reconocida- o el sombrero de copa.

Pero ¿cómo van a ser los amos de la ya inútil organización social detenida los que admitan que la crisis son precisa y exclusivamente ellos mismos? Nos acollonan con la falta de dinero, de pasta gansa, y nos hacen buscar solamente una regeneración económica que, a secas, mientras ellos sigan en su cosa, es imposible.




Narciso de Alfonso
El Merodeador, III

¿PAPA-GAYO O PAPA-PACO? (Truhán)

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En estos tiempos de corrupción y baja estofa, la Iglesia sigue con su régimen aristocrático que para sí lo querrían muchos demócratas: aristocracia en la formación, en la edad y la experiencia, en el saber, en la prudencia, en dimitir no por ser un corrupto (que tampoco dimiten) sino por el reconocimiento de la propia incapacidad...

Los últimos papas, todos han tenido una personalidad bien definida: Juan XXIII, el Papa-Bueno; Pablo VI el Papa-Sobrio; Juan-Pablo I, el Papa-Corto; Juan-Pablo II, el Papa-Sport o Papa-Largo; Benedicto XVI el Papa-Seso y ahora llega Bergoglio el Papa-Paco.

Al frente del ejecutivo español tenemos a Rajoy, El Prudente, un hombre de cincuenta y tantos años, con formación jurídica y sus buenas y peliagudas oposiciones a la espalda para Registrador de la Propiedad. O sea, junto con Calvo Sotelo El Breve (que, además de doctor Ingeniero, era políglota, como muchos obispos), el político con mayor formación y el de mayor edad que ha accedido en lo que llevamos de democracia, a la Presidencia del Gobierno español, porque hasta ahora todos han sido unos jovenzanos casi imberbes e iletrados, especialmente el último, que él solito fue capaz de alcanzar las mayores cotas de incompetencia, sólo superadas por Fernando VII.

Juventud y falta de formación. Bisoñez, en suma. Y así nos ha ido.

Hombre, uno no tiene nada contra la juventud, al contrario, faltaría más. Pero darle poder a los jóvenes es como ponerle el cerebro de un a-normal a un fornido monstruo (¿recuerdan El Jovencito Frankenstein?). Los jóvenes tienen que estar siempre en las barricadas, revelándose y rebelándose, pero no a la sopa boba de las subvenciones o de las juventudes organizadas ni mucho menos como ministros de nada. La juventud tiene que ser rebelde, como rebeldes deberían ser los sindicatos, y sólo se puede ser rebelde a barlovento: nada más lejos de la rebeldía que dejarse llevar.

En cuanto a la formación, no cabe duda que con el último gobierno hemos ganado algo. Pero qué envidia ver cómo funciona la Iglesia, después de dos mil años. Y qué envidia comprobar la verdad del aserto de que los más grandes suelen ser los más humildes. ¿Se imaginan a Pepiño Blanco condenado a vivir en el recogimiento de Razinger, en vez de en el palacete de su pueblo? O quien dice a Pepiño dice a Bárcenas. ¿Se los imaginan? No claro. Para eso, para la vida  sencilla, hace falta talla, mucha talla.

Nos quejamos a menudo (y a veces no sin razón) de la Iglesia. Pero si de verdad no nos gusta y queremos luchar contra ella o mejorarla, deberíamos de empezar por aprender. Simplemente: aprender. Pero aprender de verdad. A ser como un Papa-paco (si te las das, dátelas de humilde, imbécil, no como Bárcenas o Pepiño), en vez de un papa-gayo, repitiendo siempre la consigna de turno.

Así no vamos a ninguna parte.

Truhán



miércoles, 13 de marzo de 2013

MERODEANDO A... Los catalanes (Narciso de Alfonso)


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Sus amantes dicen que es un país tan pequeño que, cuando el sol se pone, nunca está seguro de haberlo visto –y por eso vuelve a salir-, es tan pequeño que cabe en el corazón, y se puede enfermar de amor por él. Sus amantes dicen que es el dibujo de los dioses y que no hay tierra que seduzca tanto su carne: son los amantes que aman más y mejor a su país, los que están íntimamente enamorados de él, de ella, de Cataluña: para ellos tiene alma, y su amor es sagrado. 

Otros amantes tal vez amen a su país, tan pequeño que desde un campanario siempre se puede ver el campanario vecino, con un amor menos perfecto: bastardo o venal o insuficiente o interesado. Son amantes que quizá estén todavía aprendiendo a amar: qué desearles, más que un poco de suerte y que el sol haga su día mucho más largo y, así, puedan robar tiempo al tiempo de un reloj parado –así lo dijo el poeta -catalán-.

Y cómo hablar del amor sin preguntarse quién ama, y cuánta libertad tiene su amor. Porque de pronto, en Cataluña, algunos catalanes –amantes o no amantes de su país- se han hecho la picha un lío, y les parece que, si no aman contra algo, contra alguien, contra todo, no se sienten amar o creen que no se nota cuantísimo aman. Como si tuvieran que defender el vínculo amoroso con su país de un amante intruso que se interpone entre ellos y Cataluña, que tal vez la llama por teléfono a escondidas, o la invita a merendar cuando ellos están trabajando: un rival que quiere chulearles a su amada tierra, que quiere ponerles los cuernos con Cataluña. 

Y enseguida la imaginación se monta un escenario en el que las muchedumbres de la España más cañí toman Montserrat, no por la fuerza ni por las armas, sino sólo de visita, por ver el paisaje, por pasar la tarde, merendar algo y tal, que ni se acercan a ver a la Moreneta. O las masas de la España más parásita se lo montan en cualquier descampado con Solsona o con Llofriu, que al principio se resisten, pero enseguida se entregan a la masa que apesta a fritanga pero tiene mucha marcha de pasodoble y rumba canalla.

Uno siempre ha visto a Cataluña y a los catalanes como un pueblo diferente, como Galicia y los gallegos son diferentes con otras diferencias. Y los andaluces y los murcianos y los extremeños y los aragoneses. 

Algunos catalanes es que quieren sacar categorías absolutas de asuntos que no dan para tanto, que son forzosamente relativos: o sea: que hacen referencia a personas o cosas; que no son totales ni absolutos y dependen de una serie de factores.

Porque de pronto, en Cataluña, algunos catalanes –amantes o no amantes de su país- quieren que las diferencias con España sean absolutas; quieren ser absolutamente otros en relación con los españoles: lo que, además de ser un dislate, es un imposible. Como el que quiere deshacerse de una novia pesada pesada que sólo lo quiere por su dinero, por su pasta.




Narciso de Alfonso
El Merodeador, III


martes, 12 de marzo de 2013

DE CÓMO ANTÓN HOLMES RESOLVIÓ EL CASO DE ATANASIO (Antonio Envid)





-Se quedó como un pajarico. Se puso mantudico, mantudico, como un pajarico, y así se quedó. --¿Pero de qué murió? –Ya le digo, con el genio que tenía el tío Atanasio, no dijo ni pío, se murió sin decir ni pío-. Era inútil que insistiera, no sacaría más información, había que cambiar de escenario para proseguir mis investigaciones. -¿El tío Atanasio?, pues murió. Vea usted, quién lo iba a decir, un hombre con tanto genio, y de la noche a la mañana, que se fue. Tenía sus años, pero todos los días al huerto y después de la siesta al bar a echar la partida, pero un día no lo vimos salir de casa y al poco, que se había muerto, nos dijeron, yo no me lo podía creer ¿pero cómo que se ha muerto? Pues, eso, que se ha muerto. –Pero ¿de algo se moriría?, pregunto. –Pues murió, de…. la última enfermedad, digo yo. Que le llegaría su hora, como nos llegará a nosotros, que sea lo más tarde posible, si Dios quiere. –¿Pero, murió de muerte natural o de accidente? –Sería de alguna cosa, porque murió con poquica salud.

Maldita omertà rural, no hay manera de atravesar el espeso manto de silencio con que los habitantes de todos los pueblo rodean cualquier acontecimiento ante los de fuera, aunque sea a alguien como yo, que soy de aquí, pero por mi oficio de investigador y por residir en la capital me convierto para ellos en un forastero. 

-¿El tío Atanasio? Todos los días venía a echar la partida, el carajillo y la copa. A veces (confidencial, acercándoseme) yo creo que lo dejaban ganar, porque tenía muy mal perder. Ojo con la pareja que no sabía seguirle en los descartes, ya podía atarse los machos. –Sí, pero ¿de qué murió? Que no hay manera de enterarse-. El Manolo, que llevaba toda la vida, hasta que yo recuerdo, detrás de la barra, sirviendo cafés, copas y cervezas a sus vecinos, aguantando sus machadas y repartiendo sus propias pullas, dejó el secado de la vajilla, que no se sabía si la limpiaba o la ensuciaba, echándose con gesto decidido el asqueroso trapo al hombro y acercando su rostro al mío por encima del mostrador, con ademán de conspirador me confió: -Una tarde, cuando vi que encendía el cigarrillo, le dije, tío Atanasio, que no se puede fumar. Rediós, contestó, me ves liar el cigarro con esta asquerosa picadura que se gasta hoy, el cuarterón de Caldo sí que era tabaco, aquello sí, pero esto, esto parece paja, me ves que lio el cigarro…. Tío Atanasio, le contesto, que yo estaba atendiendo aquí y no lo he visto, además, que ya sabe que no se puede fumar en los establecimientos públicos. ¿Cómo que no se puede fumar en el bar?, me replica, será en los establecimientos públicos, pero en la taberna ¿cómo no se va a poder fumar en la taberna? En los establecimientos públicos que hagan lo que quieran, pero ¿dónde se ha visto una taberna sin humo? ¿Quién ha mandado esto?. El gobierno, le digo, y él cada vez más alterado, echando truenos y relámpagos por la boca y encendiéndosele la cara, hasta las orejas se le pusieron rojas, y todo el mundo intentando calmarlo. Al final se fue para casa todo congestionado, diciendo que no volvería a poner los pies aquí.

O sea, que me encontraba ante el crimen perfecto: sin móvil aparente, sin contacto con la víctima, en fin, un crimen perfecto de manual. Pero, comprenderán ustedes que, gracias a mi sagacidad, el asesino estaba perfectamente identificado, no era otro que la ministra Leire Pajín, que, sin duda por vengar algún oscuro episodio del pasado, había perpetrado el asesinato del tío Atanasio mediante una Ley. Pues ya puede preocuparse, porque con la perspicacia que me caracteriza encontraré el móvil. Por cierto, que he hecho yo con mi móvil, sin él estoy perdido…



Antonio Envid


lunes, 11 de marzo de 2013

MERODEANDO... las manifestaciones (Narciso de Alfonso)





Desde hace una temporada, cuando el ciudadano medio tiene un rato libre o suelto, en vez de sentarse a ver los anuncios de la tele, se baja, se pasa, se acerca a cualquiera de las manifestaciones que están siempre rulando por las calles de España, a lo tonto y sin medida, como nos gusta hacer las cosas en este país. 

Todas las manifestaciones vienen a ser la misma, una tediosa repetición de lo que ya se sabe porque es lo que vivimos cada día, desde dentro, pero al decirlo en voz alta es como si el ciudadano manifestante lo dijera dos veces o como si se lo dijera a alguien que todavía no lo sabe –cuando ese alguien que todavía no lo sabe hace meses, años que ya no existe: lo sabe todo el personal hasta la saciedad y el hastío-.

Sin darse mucha cuenta, el manifestante protesta a menudo contra sí mismo: ya mareado y con el piloto automático siempre puesto, se baja a la calle y se mete en la primera manifestación que ve y que, por poner un poner, va en procesión de protesta tope contra las huelgas de la enseñanza, y cuando ya se cansa de protestar sin descanso y piensa en la cervecita, cae en la cuenta, coño, de que él está en la huelga de la enseñanza, pero enseguida pasa de todo y sigue manifestándose contra sí mismo, que hasta tiene un morbo, y además da mucha pereza cambiarse de manifestación y volver a empezar.

Así que el país está en una especie de sonambulismo manifestativo y protestón, y en vez de irse a pasar la tarde sonámbula al pryca, como toda la vida, agarrado al carrito loco, ahora se monta en el tren chuchú de la protesta, ya sin indignación ni cabreo, que eran asuntos que cansaban mucho por dentro, por el lado del alma. 

Con un siglo –largo- de retraso, el ciudadano medio se siente revolucionario -sobre todo ahora, que empieza la gusa de verdad y en su casa ya se comen las telarañas condimentadas- y se apunta a todas las manifestaciones, hasta creyendo que se arriesga, que se la juega, y mucho cuidadito con él si se cabrea de verdad, que aún no lo han visto nunca cabreado, coño.



Narciso de Alfonso
El Merodeador, III

domingo, 10 de marzo de 2013

EL CHAD (Juan Serrano)

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A mi tía Micaela no le importaba mucho el destino, lo que más le satisfacía era el viaje en sí, su ritual, el preparar las maletas, la dulce espera, esos andenes llenos de tiendas de souvenirs, las prisas, el trasiego resplandeciente y colorista de peinados vestimentas y hablares exóticos. 


Mi tía era trashumante de nacimiento. Siempre de aquí para allá. El desplazamiento, la curiosidad, el grácil balanceo del camino, el ver pasar los árboles, las rasantes, las señalizaciones, dejar atrás las nubes, los prados, aquella manada de ovejas, olvidar el agrio olor cotidiano de las paredes de su reclusión pueblerina. 

Mi tía necesitaba tirar por la ventanilla de su vagón en marcha la rutina almacenada en los repliegues anodinos de sus días clonizados. Como la culebra que se desprende en el camino de su vieja y arrugada piel, así mi tía siempre dispuesta a vestir su nueva camisa, la más hawaiana y corretera de sus prendas. 

Incluso cuando perdía su vuelo y se veía obligada a permanecer quieta parada durante horas en el aeropuerto, la Micaela con su imaginación peregrina recorría los más paradisíacos lugares de su cancelado viaje. 

El albergue, la playa, el parador, la gastronomía del lugar, el patrimonio artístico, los nuevos amigos.... todo le resultaba precioso, un verdadero deleite. 

Consumido el paquete turístico, a mi tía Micaela le ocurría lo que a esas madres, que en vez de sentirse superdichosas por haber parido su hijo deseado, caen en una fuerte depresión posparto. 

Ayer Micaela nada más pasar el umbral de su casa tropieza con el portal y se rompe la cadera. 

Y contra todo pronóstico el médico viene y me dice que mi tía ha contraído una enfermedad llamada “síndrome itenerari”. Y añade el galeno: 

“Su tía no volverá a dar un paso, si antes no logra viajar a esa ciudad jamás visitada por ella, el pueblo que la vio nacer". 

Y ahora al oír la recomendación del doctor recuerdo que mi madre me dijo un día que su hermana, la tía Micaela, fue adoptada por mis abuelos en uno de sus viajes al Chad.

Juan Serrano
(En el blog Blao
16 noviembre 2007)



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