lunes, 28 de julio de 2014

VIEJOS Y VIAJES (Javi)



Tras despedir con un gruñido a su secretaria en el andén, el anónimo viajero se dirigió rápidamente al vagón. Viajaba con frecuencia y le horrorizaba volar, así que siempre que lo necesitaba hacía reserva de un compartimento completo en primera clase. Le costaba un ojo de la cara, pero podía permitirse ese lujo. El empleado del ferrocarril tuvo que aplastarse contra la pared del vagón para permitir que aquel enfurruñado señor siguiera su camino sin arrollarlo.
Su pesada anatomía alcanzó el compartimento. Con gesto brusco empujó hacia un lado el tirador. Quedó sorprendido e inmóvil por unos instantes. Un enjuto anciano de aspecto enfermizo le miraba con astuta sonrisa por encima de sus lentes. Airado, el viajero extrajo su billete del interior de su americana y comprobó su numeración: no se había equivocado, sin dura aquel anciano se había colad por error en su compartimento. No quiso iniciar una fatigosa discusión con el viejo, le limitó a proferir varias voces para llamar la atención del empleado que en ese momento abatía la puerta de acceso al vagón. Se trataba del mismo hombre uniformado que estuvo a pnto de derribar un minuto antes. Este dirigió al cliente la mejor de sus sonrisas:
-¿Algún problemas, señor?
El impetuoso viajero contestó con furia mal contenida:
-Haga el favor de decir a este caballero que abandone inmediatamente mi compartimento.
El empleado, servicial, sonrió de nuevo:
-Disculpe señor, pero su acompañante es un regalo de la compañía.
El rostro del cliente enrojeció visiblemente al tiempo que escupía sus palabras:
-Pero, ¿qué estupidez está diciendo?, ¿es que no hay una persona cuerda en este tren?
El hombre uniformado sonrió ámpliamente, sin ofenderse:
-Permítame que me explique, señor. La compañía desea ofrecerle un servicio especial en este viaje sin que tenga que abonar cantidad alguna de más. Usted es un cliente de excepción, y como tal se le obsequia con la presencia de su propia persona, veinticinco años mayor, pero en definitiva se trata de usted mismo, … una hora antes de fallecer. El servicio incluye la reserva de todos los apartamentos de este vagón, y en ellos, usted podrá encontrar sus recuerdos, temores, fantasías y perfidias, y ahora, le sugiero que se acomode y disfrute del viaje. Cualquier cosa que necesite no tiene más que llamarnos.
El empleado, tras despedirse con una ligera inclinación de cabeza, se encaminó de nuevo hacia el vagón contiguo. El atónito viajero cerro la boca. Cabizbajo entró en su departamento y miró a su acompañante.
-¿Qué locura es esta? –preguntó más para sí mismo que al anciano.
Su compañero, que no había abandonado un momento la maliciosa sonrisa, habló con voz pausada:
-Hace mucho tiempo que viajo en este tren con la esperanza de encontrarte, pero no me ha sido permitido hasta hoy, a sólo una hora del fin de mis días. Dispongo de ese tiempo para mostrarte algo que te vas a negar a reconocer: a ti mismo. Es algo que llevo muchos años deseando. Quiero que sepas todo el asco que me das y compartir contigo mi nauseabunda presencia. Quiero que te odies tanto como yo te he odiado.
-¡Basta! –su voz sonó autoritaria, pero la perplejidad de la que era objeto le obligó a permanecer en silencio durante unos instantes. –Usted no es más que un viejo estúpido, y no voy a permitir su desvarío senil por más tiempo.
Dio media vuelta y salió del compartimento, pero al intentar cruzar a otro vagón, la puerta no cedió. Golpeó con fuerza los cristales, pero fue en vano. Desconcertado volvió sobre sus pasos y abrió la puerta de otro compartimento para quedar paralizado ante la visión de una de sus pesadillas: ante sus ojos se abría un oscuro abismo frío y silencioso. Cerró la puerta, pálido, los labios temblando. Volvió a su compartimento. El anciano reía por lo bajo:
-¿Qué te ha parecido?, ¿crees que vas a librarte de mi tan fácilmente? Parece que no has comprendido una sola palabra de todo cuanto acabo de decirte. Yo, por repugnante que te parezca soy tu propia obra. El resultado de toda una vida de maldades, pero no te equivoques, no estoy aquí para reprochártelas, solo deseo que recuerdes las pasadas y adivines las futuras.
El viajero se dejó caer pesadamente en el asiento y miró la oscuridad del exterior deslizándose a 150 kilómetros por hora. La apremiante voz de su acompañante lo sacó de su ensimismamiento:
-¡Mírame! ¡Reconoce tus ojos en los míos, tu lujuriosa boca en este arrugado pliegue sin color, tus arrugas en los surcos de mi piel, mira en mis pupilas y verás centuplicado el malévolo brillo de las tuyas!- La cascada voz del anciano acabó en una carcajada sonora que le hizo estremecer. Tenía que ser otra pesadilla, pero el viejo continuaba su perorata: -No, no te estás volviendo loco: ¡te estás volviendo viejo!- añadió comenzando a reír de forma demente como hiciera antes.
El viajero abrió desmesuradamente los ojos y se abalanzó sobre él, sus manos rodearon la garganta del anciano al tiempo que los dedos se crispaban alrededor del frágil cuello, pero el anciano seguía riendo con el poco resuello que le permitía el estrangulamiento. –¡muere cabrón!, ¡muere!, ¿jódete y muérete!, las manos seguía apretando el estrecho cuello, pero sin saber como, comenzó a aflojar la presión, y el azulado rostro del anciano comenzó a tomar un color más humano.
-¿Por qué no has acabado? - preguntó entre toses el viejo. -¿Acaso sientes miedo de condenarte eternamente?, en cualquier caso mi muerte llegaría demasiado tarde, nada habríamos ahorrado a la humanidad, tu futuro y mi pasado se han preñado de iniquidades.
Aquél calculador hombre de negocios miraba al viejo mientras éste le refería meticulosamente una sarta de fraudes, sobornos, cohechos, estafas, abusos y otras lindezas perfectamente conocidas a las que añadió una no menos numerosa de otras desconocidas y que supuso realizaría en el futuro. Le abrumó la larga enumeración. No se sentía orgulloso de ninguno de aquellos actos, pero era consciente de que de haber actuado de otro modo a lo largo de su vida, jamás hubiera alcanzado el nivel social y económico del que disfrutaba, y a él le gustaba el dinero, sabía que éste movía el mundo del mismo modo que la locomotora del tren en que viajaba arrastraba tras de sí los vagones. Había tenido que elegir hace mucho tiempo si quería ser el lobo o su presa, y había decidido que sería el lobo. Volvió a prestar atención a la voz del viejo debido a un cambio en la inflexión en ella: ya no era tan potente ni irónica, más bien se había convertido en un susurro, lo miró y vio como se masajeaba el pecho y boqueaba para tomar aire al tiempo que sus ojos se abrían desmesuradamente. El viajero saltó de su asiento y salió al pasillo del vagón y corrió a la puerta que antes había golpeado. Volvió ha hacer lo mismo gritando:
-¡Se está muriendo, el viejo se está muriendo!
-No me estoy muriendo, aún no. -la voz llegó débil pero clara desde el compartimento. El viajero volvió junto al anciano que se desabrochaba el nudo de la corbata -¿Porqué has ido a buscar ayuda?
-Porque creía que le estaba dando un infarto o algo parecido.
El anciano sonrió:
-Puede que después de todo yo no sea tu, después de todo.
-¿Por qué?
-Porque no dejé morir a un hombre en circunstancias parecidas, simplemente esperé a que dejara de respirar, y entonces llamé al revisor.
El viajero se empezaba a sentir mal, una nausea subió desde su estómago hacia la misma boca acompañada de una presión en el pecho que le recorrió el hombro y el brazo izquierdo.
Descubrieron el cadáver a primera hora de la mañana. Nadie recordaría a aquel anciano que se bajó en la primera estación sonriendo.


JAVI

miércoles, 16 de julio de 2014

EL PAPA DEL MAR, de Blasco Ibáñez

Un crucero por el Mediterráneo de la mano del Papa Luna En una cuidada edición con curiosas e interesantes notas y una soberbia "Antología de textos y documentos"



Prepárese el lector para leer esta apasionante novela (y, con toda seguridad, la que le sigue), porque ni es una "novela más" ni mucho menos "una novelahistórica más".  Prepárese como quien se prepara para acometer un precioso crucero cultural por el Mediterráneo.  Porque en el Mediterráneo resulta casi imposible hacer un turismo que no sea culto, aun sin proponérnoslo.
El Papa del Mar (1925), es una de las grandes novelas históricas, un libro de viajes por nuestro mar: Niza, Marsella, Aviñón, Vaucluse, Génova, Pisa, Barcelona, Valencia, Castellón, Peñíscola… Y hasta un escarceo por la pampa argentina. Un viaje por el espacio, pero también por el tiempo: de la Costa Azul y la floreciente Argentina de principios del siglo XX a las intrigas medievales de la Europa del Cisma de Occidente. De la profunda Illueca aragonesa, casi castellana, a la Peñíscola mediterránea. Y todo ello de la mano de un guía excepcional, un narrador de primera fila y hombre culto y conocedor de los entresijos de la historia de Europa: Vicente Blasco Ibáñez.
Por si todo esto fuera poco, por si la novela no estuviera lo suficientemente bien documentada, aún nos permitimos añadir medio centenar largo de interesantes y curiosas notas a pie de página y un Apéndice de textos y documentos para todo aquel curioso ávido de ampliar y bucear por los asuntos cardinales de la materia novelada.
Es El Papa del Mar una narración escrita ya en la última etapa del escritor (1925), en cuyas páginas destila su enorme admiración por el también polémico don Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, destacando su tenacidad, fuerza e influencia decisiva no sólo en la creación de España como primer estado moderno occidental (pues decisiva fue su intervención en el Compromiso de Caspe), sino también en la concepción de las raíces mismas de Europa. Desfilan por esta interesante narración ―como destaca Blasco Contell― los más altos dignatarios eclesiásticos del momento, los teólogos Gerson y Pedro de Ailly; Petrarca, con una evocación soberbia de la vieja Vaucluse; Cola de Rienzo; Juana de Nápoles; Juan Huss; un "Maestro Vicente" que iba a ser, andando el tiempo, San Vicente Ferrer, etc.
Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Valenciano de origen aragonés. Su procedencia humilde y su recia personalidad hicieron de él un hombre de ambición y carácter. Fue escritor, periodista, político y editor. Radical en sus ideas, y siempre hombre de acción, se mantuvo alejado de todo lo que hoy consideraríamos políticamente correcto. Miembro por edad de la generación del 98, estuvo también, como Galdós, al margen de sus miembros, personal y estilísticamente. Si aquellos se sentían atraídos por Castilla, él alardeaba de mediterráneo, valenciano, aragonés y, por supuesto, español y europeo. Si aquellos eran elitistas, él hombre del pueblo. Si aquellos hombres de reflexión, él de acción. Si aquellos apostaban por una visión purista del arte alejada de toda cuestión económica, Blasco Ibáñez proclamará con Zola la emancipación del escritor por dinero; y, de hecho, consiguió una importante fortuna con sus libros, siendo el único español de los años veinte con presencia en Hollywood: Los cuatro  jinetes del apocalipsis, y Sangre y arena. Los espíritus superiores, ―dice en un voluminoso y apasionado ensayo sobre Argentina, presente en nuestra edición―, deben apreciar el dinero, no por las comodidades que proporciona, sino porque sirve para mantenerse libre y digno. El que no necesita de otros económicamente, puede decir la verdad y darse el gusto de herir con su insolencia a los soberbios.
Qué duda cabe que en el protagonista de la novela, Claudio Borja, a través del cual se nos da a conocer la apasionante vida del Papa Luna, adivinamos también detalles biográficos del propio Blasco Ibáñez.  Especialmente su pasión y amor por lo propio que, por supuesto, no se agota en nuestra narración: tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia ―le dirá a Claudio su tío, el canónigo Figueras, en A los pies de Venus (1926)―. Los Borgias deben interesarte más que el Papa del Mar, al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgias continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.
Esperamos, como siempre, que el lector disfrute de la lectura, aderezada con las notas y la Antología de textos y documentos que acompañan esta singular edición.


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viernes, 4 de julio de 2014

UN LIBRO DE REGALO. LH CON LOS ABOGADOS JÓVENES

Lecturas hispánicas






GRATIS durante el Congreso de la Abogacía Joven

Aprovechando la celebración del XVIII Congreso Estatal de la Abogacía Joven en Bilbao, lecturas-hispánicas, de acuerdo con la Confederación Española de Abogados Jóvenes (CEAJ), ofrece completamente gratisel libro "ABOGADOS" en formato digital, mobi para kindle, los días 4 y 5 de Julio*; así como la versión impresa al precio excepcional de 14 euros (su precio habitual es de 18,28 €).
                    









Servando Gotor
Abogados

Una interesante reflexión sobre la abogacía en  estos momentos de cambio, con respuesta a los interrogantes más  elementales, complejos y curiosos. ¿Qué es un abogado? ¿Cuál es su  futuro? ¿Por qué los abogados  tienen tan mala fama? ¿Para qué  sirve la toga? ¿Por qué el secreto  profesional? ¿Quiénes son los  abogados 2.0 o los abogados TIC?  ¿Cómo abordar el informe oral ante  los tribunales?... Y sobre todo:  ¿Cuál es el estado actual de la  abogacía y su futuro?   




domingo, 29 de junio de 2014

QUIEN ME CUENTA EL REMEDIO... (Baraque)


sgs


Quien me cuenta el remedio
Para arrancarme del alma
Lo que más profundo logró clavarse en ella

Ahora su aguijón explora
Otros olores, sabores, sonidos...

Cualquiera, con tal de que no sea yo



Baraque

viernes, 6 de junio de 2014

FOLIIS AC FRONDIBUS (Víctor Hugo)

Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.
Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.
El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.
En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»
El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.
Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.
El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.
Víctor Hugo
Los Miserables, 1862
(Traducción: Aurora Alemany)
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Los Miserables
en Google book

sábado, 31 de mayo de 2014

FERIA DEL LIBRO: HOY Y MAÑANA SIETELIBROS DE REGALO







Mariano Berdusán
El color de mi cristal

Algunas de las reflexiones de Mariano Berdusán, políglota y humanista, "rara avis" en nuestros tiempos, las convirtió en narraciones aparentemente sencillas pero siempre cargadas de profundidad. Algunas de ellas las recopiló bajo el título común “El Color de mi cristal” que, tal y como dice en la nota introductoria, lo tomó de un verso de Ramón de Campoamor. 







Antonio Envid Miñana
La invención de la Taberna

"Ignoro si existe una ciencia tabernaria. Si no existe no voy a inventarla yo, y si existe, no tengo ganas de ponerme a estudiar gruesos y sesudos tratados sobre la materia, pero ya que he tenido la ocurrencia de escribir algo sobre las tabernas, tendremos que ponernos de acuerdo sobre lo que entendemos por ellas".
Así comienza este divertido a la vez que apasionante viaje histórico desde las primeras tabernas romanas a las galácticas de nuestros días, de la mano de poetas y escritores.







Ángel Ferrer
Aequilibrium

La magia de estos poemas de Ángel Ferrer está en que, como nos pide en uno de sus versos, nos dejan escuchar el metrónomo cósmico. Su prodigio va todavía un poco más lejos: nos hacen escuchar el metrónomo cósmico.  (Narciso de Alfonso) 







¿Te sientes mal? Pues no tiene sentido porque...
Nunca pasa nada

Una reflexión que intenta ser curiosa y entretenida sobre el hombre, sobre el yo y los otros, sobre el amor y la muerte, sobre la verdad y la belleza, el éxito y la envidia.







La mejor guía digital para iniciarte en el Museo del Prado

Seguramente la mejor guía digital del Prado para el visitante neófito, en su primer contacto con el Museo. Un libro versátil que puedes utilizar como tal guía de mano en tu visita o tranquilamente en casa, como una lectura de introducción, amena y sistemática, a la mejor pinacoteca del mundo.  







Antonio Envid
A beneficio de inventario

El poeta ha tenido el humor de titular su libro “A beneficio de inventario”, él sabrá por qué, quizá sugiera al lector que tome de él lo que le interese y obvie el resto, pero, también cabe la posibilidad de que haya desempeñado su oficio sabiendo de antemano que al trabajar con tan frágil mercancía, poco será, de todo lo acarreado, aquello que pueda, por fin, ser desembarcado en el puerto, y, aún de este resto, solo una mínima parte será apreciada en el mercado.








Abogados
Una reflexión sobre la abogacía en estos momentos de cambio, dando respuesta a los interrogantes más elementales,complejos y curiosos. ¿Qué es un abogado? ¿Cuál es su futuro? ¿Por qué los abogados tienen tan mala fama? ¿Para qué sirve la toga? ¿Por qué el secreto profesional? ¿Quiénes son los abogados 2.0 o los abogados TIC? ¿Cómo abordar el informe oral ante los tribunales? ¿Y un procurador?, ¿qué es y para qué sirve?... Todas las respuestas las encontrará el lector aquí... (leer más).



martes, 27 de mayo de 2014

MUJER Y POBREZA: BENEFICENCIA v. INDEPENDENCIA (John Stuart Mill)



Pero la mujer que se limita a repartir socorros y no se para a examinar los efectos que producen, ¿cómo ha de precaverlos? Una mujer nacida en la actual situación femenina y que no aspira a más, ¿cómo ha de poder estimar el valor moral de la independencia? Ni es independiente ni aprendió a serlo; su destino es esperarlo todo de los demás; ¿por qué, pues, lo que es bueno para ella no lo ha de ser para los pobres? A la mujer se la aparece el bien bajo una sola forma, la de un beneficio que otorga un superior. Ella olvida que no es libre y que los pobres lo son; que si se les da lo que necesitan sin que lo ganen, no están obligados a ganarlo; que todos no pueden ser objeto de los cuidados de todos, antes es preciso que las gentes cuiden de sí mismas, y que sólo una caridad es caridad de veras y es digna por sus resultados de este nombre sublime: la que ayuda a las gentes a ayudarse ellas, si no están físicamente impedidas para valerse y salir del atolladero.

John Stuart Mill
(Traducción: Emilia Pardo Bazán)
Lecturas hispánicas, 2014




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