sábado, 22 de junio de 2024

ALEJANDRO MAGNO O LA FÓRMULA PARA POSEER EL MUNDO (Servando Gotor)

 

     

This is the West, sir.
When the legend becomes fact,
print the legend

(Esto es el Oeste, señor.
Cuando la leyenda se convierte en realidad,
imprima la leyenda)

James Warner Bellah y Willis Goldbeck,
guionistas de: The Man Who Shot Liberty Valance
(John Ford, 1962)

ÍNDICE:

1. Un libro como terapia.
2. Coartada para un proyecto muy personal: la Monarquía Universal
3. Cómo se crea y mantiene un imperio. Las herramientas: (I). Carisma y proyecto
4. Cómo se crea y mantiene un imperio. Las herramientas (II). El sistema político y de gobierno: de la democracia de la polis a la monarquía macedónica
5. Cómo se crea y mantiene un imperio. Las herramientas (III). Ejército, administración, y legitimación
6. Más allá del Imperio (a modo de conclusión)

 

1. Un libro como terapia

Comencemos con una anécdota alejada cronológica y geográfica-mente del contexto alejandrino: Capua, Italia, siglo XV. En sus habi-taciones palaciegas, el Rey Sabio aragonés Alfonso V, también conocido como el Magnánimo por su esplendida generosidad con los miembros de su ilustrada corte napolitana, está enfermo.  Antonio Beccadelli, poeta y escritor de cabecera del monarca, nos cuenta en sus Dichos y hechos de Alfonso, rey de Aragón cómo él mismo consiguió animarlo y prácticamente sanarlo, ayudándose simple-mente de la lectura de un libro interesante y entretenido: «Estando el rey enfermo en Capua, muchos buscaban muchas cosas para alegrarlo, cada cual lo mejor que sabía y podía. Yo, en aquella sazón estaba en Gaeta y en cuanto lo supe, con la mayor presteza que pude, armado de mis libros y medallas y cosas en que el rey pensaba dar solaz y pasatiempo me vine para él». Así, que lo primero que hizo para entretenerle, según dice, fue ofrecerle un libro. El rey comenzó a tomar tanto gusto y tanta alegría en oír las cosas que en él se contaban que «los médicos se espantaron»  viendo cómo se alivió, y «casi despidió  todo el mal que tenía». De tal manera que «dejadas aparte todas las otras recreaciones y pasatiempos que para aliviarlo solía buscar, solo ocupábamos cada día en tres capítulos». «Tanto que enseguida acabamos de leer todo el libro». 

Aquel libro no era otro que la biografía de Alejandro Magno escrita probablemente en el siglo I de nuestra era por un tal Quinto Curcio Rufo,  de quien aparte de la autoría de esta obra poco más sabemos. Lo cierto es que tras su apasionante lectura, Alfonso el Magnánimo «se burlaba de los médicos, diciendo que Avicena era un charlatán, y que no había ninguna otra cosa sino Quinto Curcio».

Alejandro Magno es sin duda el personaje histórico sobre el que más se ha escrito y el más divulgado de todos los tiempos. Y raro es el año en que no aparecen nuevos estudios, ensayos o novelas sobre él. Lo que hace que una y otra vez reiteremos el tópico de preguntarnos si todavía queda algo por decir sobre el monarca macedónico. Con lo que, salvo que afloren nuevos hallazgos arqueológicos, a lo único que podemos aspirar es a que surjan algunas hipótesis más o menos imaginativas sobre él. En todo caso, las fuentes de las que emanan todas las teorías, leyendas y fantasías que constantemente se publican, las encontramos fundamentalmente en tres textos monográficos: las biografías de Arriano, Plutarco y Quinto Curcio. Ninguno de ellos fue contemporáneo de Alejandro, pero los tres se sirvieron expresa y críticamente de textos de autores que sí lo fueron: Calístenes, Ptolomeo, Aristóbulo, Onesícrito y Nearco. Biógrafos estos cuya obra fragmentaria hemos podido conocer gracias a las citas que aquellos nos han legado.

De los tres biógrafos citados, Arriano y Plutarco se tienen por más rigurosos que Curcio, consideración esta que en sí misma no deja de ser algo injusta, ya que los dos primeros son estrictamente historiadores, mientras que nuestro autor más que historia (que también), lo que hace es un juego retórico, algo que se acercaría más a lo que actualmente llamamos novela histórica. Evidentemente, si los límites entre géneros ni siquiera hoy parecen claros, difícilmente podrían estarlo en una época en que ni siquiera había debate alguno al respecto. Pero es que si, incluso hoy, la novela histórica resulta inadmisible cuando en la esencia quiebra el rigor histórico, mucho más intolerable resultaría entonces, en que, en definitiva, pareciera que Curcio estaba haciendo lo mismo que Arriano y Plutarco.

A Curcio, como mucho, solo se le puede reprochar lo que era, y lo era a mucha honra: un retórico. Y una vez que lo situamos como tal retórico lo que no podemos es exigirle el estilo frío, distante y objetivo que se le presume al historiador. Porque, ciertamente, la inclinación por la retórica le lleva a Curcio a insertar en su obra abundantes sentencias y grandes discursos, tanto del propio Alejandro como de Darío y de algunos personajes más.  Discursos que son, en efecto, auténticas obras literarias pero que no por ello dejan de recoger y mostrarnos el espíritu, la personalidad y los fines perseguidos por quienes los pronuncian, así como el contexto político, psicológico y geográfico  del momento.

Y aquí encontramos la razón por la que Curcio resultó tan gratificante e incluso saludable para Alfonso V de Aragón: la verdad histórica, poéticamente aderezada e incluso sublimada. De hecho, hasta podríamos aventurar que para el monarca enfermo jamás hubiera tenido el mismo efecto balsámico la Anábasis de Alejandro, de Arriano.

En todo caso, la retórica, la poesía, la literatura, el arte en suma, no solo no tienen por qué estar reñidos con la realidad de la que nos hablan, sino que deben ser, además de verosímiles, verdaderos.

Pero es que, a mayor abundamiento, las propias leyendas, los mitos, en cuanto tales, también forman parte de la realidad, y por tanto, de la verdad histórica.  Es más, incluso esconden más verdad que algunos hechos históricos. Porque la leyenda no solo resume, compendia y abstrae la esencia de multitud de hechos reales repetidos, sino que, además, cuando se consolida, tiene efectos históricos y sociales de mayor fuste que cientos y miles de acontecimientos reales. Y las biografías (más o menos legendarias) de Jesús de Nazaret y del propio Alejandro así lo confirman: la influencia del cristianismo y el helenismo han forjado durante siglos la conciencia occidental con independencia de su realidad histórica.

Por lo demás, y a diferencia de Jesucristo, Alejandro fue ya toda una leyenda en vida. Con lo que debemos presumir que aquellos primeros textos de sus biográfos contemporáneos estaban impregnados, con mayores o menores prevenciones, de esa leyenda.  Lo que tampoco resta rigor a los mismos, ni a la propia leyenda. Al final, en la Historia, en el devenir humano, para bien o para mal, la leyenda, el mito, acaba por imponerse a la realidad, más tarde o más temprano, influyéndola, modelándola y encauzándola.

A Alejandro y Jesús de Nazaret les bastó una vida corta a ambos (32 y 33 años, respectivamente) para forjar una conciencia colectiva de tal magnitud que sigue imperando en nuestros días. Sus respectivas biografías están reelaboradas, por supuesto, pero las de Alejandro se escribieron directa y personalmente por hombres muy cercanos a él, mientras que los evangelistas compusieron sus obras con lo que la tradición oral les había transmitido. A este respecto, el antropólogo norteamericano Marvin Harris, subraya que ningún historiador romano contemporáneo de Jesús, lo menta. Y ello con específica mención a Flavio Josefo, quien con dos obras especializadas en el mundo hebreo (De la guerra judía y Antigüedad Judaica), es el autor de referencia sobre los acontecimientos políticos y militares en Palestina durante su propia época. Pues bien, Josefo, habla nada menos que de cinco mesías (Atrongeo, Teudas, el anónimo "canalla" ejecutado por Félix, el "falso profeta" egipcio judío y Manahem) y, sin embargo, omite por completo tanto a Jesús como a San Juan Bautista. Silencio del que tampoco debe colegirse, ni mucho menos, la inexistencia de ambos, pero sí el poco eco, la escasa influencia que pudieron tener en vida y, en consecuencia, el mayor grado de elaboración que necesitaron emplear aquellos que sin conocerlo, ni ser siquiera coetáneos, escribieron sobre ellos.

De todo lo cual, y a sensu contrario podría concluirse que las obras que nos han llegado de Alejandro contienen grandes dosis de verdad. Y dada la enorme influencia y talla del personaje, se explica también el interés que siempre ha suscitado su vida. Y, especialmente, cuando esa vida se nos traslada con la magia y pasión propia de lo literario, tal y como nos la ofrece Quinto Curcio.

Pero, en suma, ¿qué hizo Alejandro? ¿Qué pudo hacer para suscitar semejante interés? Sembrar las semillas de lo que se ha dado en llamar helenismo. Eso es lo que hizo. Alejandro, con el pretexto de vengar viejas heridas infligidas por los persas a los griegos, los conquistó, y al conquistarlos, no solo les impuso la mentalidad griega, sino también tomó de ellos ciertas formas y costumbres, forjando una nueva sociedad híbrida y universal que está en la base de nuestra cultura occidental. 


 



Zaragoza, 29 de febrero de 2024
(Introducción a la edición
de Quinto Curcio)

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[1] Justino dirá que Filipo «echó los cimentos de un imperio universal y el hijo completó la gloria de toda esta obra». (9.8).


sábado, 18 de mayo de 2024

EL JUEGO DE LA BOLSA. TOMA DE DECISIONES. LOS SESGOS COGNITIVOS PRODUCIDOS POR EL PÁNICO DEL INVERSOR (José de la Vega)


 

Cábalas sobre el posible inventor del juego de la bolsa.


Los desesperados dicen que lo inventó el rey que rabió[1], porque en él todo son rabias y más rabias, disgustos y más disgustos, pesares y más pesares. Si el que compra algunas partidas ve que bajan, rabia por haber comprado; si suben, rabia porque no compró más; si compra, suben, vende, gana y vuelan aún a mayor precio del que ha vendido, rabia porque vendió por menor precio; si no compra ni vende y van subiendo, rabia porque habiendo pensado en comprar, no llegó a hacerlo; si van bajando, rabia porque, habiendo tenido amagos de vender, no se decidió; si le dan algún consejo y acierta, rabia porque no se lo dieron antes; si yerra, rabia porque se lo dieron. Así que todo son inquietudes, todo arrepentimientos, todo delirios, luchando siempre lo insufrible con lo feliz, lo indómito con lo tranquilo y lo rabioso con lo deleitable[2].

José Penso de la Vega
(Edición de Servando Gotor)


[1] «Acordarse o ser del tiempo del Rey que rabió». Según el Diccionario de Autoridades, «frase con que se da a entender que una cosa es muy antigua». Gracián la emplea en la Crisi Undézima de la Segunda Parte de El Criticón (2001:494). Aquí, de la Vega la utiliza con el doble sentido de que se ignora cuándo se creó, y en especial como alusión a la inquietud, nerviosismo y desesperación de los jugadores.

[2] Es este un hermoso y pormenorizado ejemplo que podría encajar en lo que en las finanzas conductuales (o del comportamiento o conducta -behavior-) se conoce como sesgo de aversión al riesgo o a las pérdidas. Estos sesgos o errores sistemáticos nos pueden llevar a decisiones erróneas. Las finanzas conductuales, o economía del comportamiento (Behavioral economics) parten de que la mayoría de nuestras decisiones financieras no están dictadas por la parte racional de nuestro cerebro, sino por nuestras emociones. «De la Vega fue el autor de la primera obra publicada sobre sesgos de conducta en las finanzas, centrada en concreto en los sesgos de los inversores. José de la Vega describe de forma viva, aguda y hasta podríamos decir que simpática diversos sesgos cognitivos de los inversores de hace trescientos años». (Corzo Santamaría, Prat Rodrigo y Vaquero Lafuente, 2015:116). Para entender qué son los sesgos cognitivos, es necesario previamente saber qué sea la heurística: un proceso mental para la toma de decisiones, o resolución de problemas, en el que nos servimos de trucos o atajos. Proceso mental que habitualmente utilizamos en nuestro devenir diario. «Los procedimientos utilizados en la resolución de un problema pueden ser por algoritmos o por heurísticos. Los algoritmos (viene de guarismo = cantidad y es una alteración por influjo del griego “arithmós”) son estrategias que garantizan la solución; por ejemplo, un algoritmo son las reglas para realizar una división cualquiera (…) Estas reglas nos darán un resultado indefectiblemente correcto. Los procedimientos heurísticos en cambio, (de “heuriskó”, yo hallo, descubro, en griego) (Corominas, 1973) son procedimientos que proveen ayuda en la solución de un problema, pero no de manera justificada. Son juicios intuitivos». (Cortada de Kohan, 2008:69). En la economía clásica, se venía sosteniendo que las decisiones económicas de un individuo obedecían a un patrón racional consistente en un cálculo de utilidad y probabilidad (Teoría de la utilidad). Pero en 1974, Daniel Kahneman y Amos Tversky, en su artículo Juicio bajo incertidumbre: Heurística y sesgos, describen por vez primera los mecanismos heurísticos: «los individuos confían en un número limitado de principios heurísticos que reducen las tareas complejas de estimación de probabilidades y valores predictivos a operaciones judicativas más simples. Estas heurísticas son, en general, bastante útiles, pero a veces conducen a errores serios y sistemáticos.» (Kahneman, 2016:545). Estos errores serios y sistemáticos son los sesgos cognitivos. Y cuando no son sistemáticos sino puntuales, se les llama ruido. En definitiva, a la hora de tomar decisiones, las personas somos bastante complicadas, complejas, variadas, limitadas y a la vez ricas. Richard H. Thaler se referirá a los individuos racionales y maximizadores de la teoría económica clásica (Teoría de la utilidad) como Econos, una especie racional distinta a las personas de carne y hueso; como contrapunto, los Humanos vendrán caracterizados por sus emociones y prejuicios (Thaler, 2018:12). Son los segundos los que tomarán sus decisiones, no mediante algoritmos sino mediante heurísticas. Y los analistas han elaborado auténticos catálogos tanto de heurísticas como de sesgos, de los que De la Vega refiere en su obra, ya en pleno siglo XVII, un buen número de estos. Entre ellos, alguna de las conductas que aquí nos describe podrían corresponderse con las hoy tipificadas como sesgos de aversión a los riesgos o a las pérdidas, y sesgos de aversión al arrepentimiento. Si el lector vuelve ahora a leer el párrafo entero que nos ocupa, comprobará la carga emocional de estas conductas que describe De la Vega, y cómo tienen todas un denominador común: el desasosiego que produce o pueden producir el error, la incertidumbre, los riesgos y los arrepentimientos. La aversión al riesgo o a las pérdidas revela que nuestros sentimientos hacia las ganancias y las pérdidas no son simétricos, es decir, el dolor por las pérdidas es mayor que la satisfacción por las ganancias, además del añadido doloroso que nos produce el haber hecho una mala inversión. La aversión al arrepentimiento se presentará también como sesgo psicológico siempre que evitemos asumir (reconocer) el error cometido; porque ello nos llevará a ejecutar actuaciones tendentes a ocultar dicho error, que precisamente y por esa ocultación o no reconocimiento podrían resultar nefastas. En resumen, la mejor forma de eludir nuevos errores es reconocer los que ya hemos cometido. Con tal reconocimiento podremos evitar -tal y como dice el refrán- tropezar de nuevo en la misma piedra. Por ejemplo: compras un activo, e inmediatamente te das cuenta de que ha sido un error: te deshaces de él inmediatamente. Pierdes, pero has subsanado rápidamente el error, has puesto fin a la situación. Sin embargo, la aversión al arrepentimiento, el no querer reconocer el error, evita que te deshagas inmediatamente de ese activo, y esta desacertada decisión te puede llevar a mayores pérdidas. No reconoces el error, no lo subsanas de inmediato, y el perjuicio se agrava.

jueves, 2 de mayo de 2024

HUMOR ... ¿JUDÍO? DE JOB A LOS HERMANOS COEN (Servando Gotor)

 

El gran Lebowski (Hermanos Coen, 1998)

Humor… ¿judío? De Job a los hermanos Coen (*)

 

Yo aborrecía el instituto hebreo tanto como la escuela pública y ahora os explicaré por qué. En primer lugar, jamás acepté todo ese tema de la religión. Ni siquiera creía que hubiera Dios;  tampoco pensaba que, en el caso de que sí existiera, estaría convenientemente a favor de los judíos. El cerdo me encantaba. Detestaba las barbas. Además se escribía al revés.

(Woody Allen: A propósito de nada, p. 43).

 

Se habla y se ha escrito mucho sobre el humor judío. Y, de hecho, son numerosos los humoristas judíos, como son numerosos los artistas, economistas, músicos, arquitectos, comerciantes y albañiles hebreos. Pero lo primero que habría que preguntarse es si realmente existe un humor, un dolor, un amor, un carácter y unos sentimientos esencialmente, judíos. Y aquí volvemos forzosamente al Eclesiastés: Nada nuevo bajo el sol. Pero también hay o puede haber importantes variaciones de matiz, adjetivas, derivadas. No esenciales. Y son estas, o pueden ser, las que confieren unas determinadas y características peculiaridades. Pero solo de matiz. Las calificaciones, las definiciones son siempre y en todo caso peligrosas.  Hablar de los españoles, como hablar de los franceses, es algo a lo que estamos acostumbrados, pero realmente ni todos los españoles son iguales ni lo son los franceses, ni los rusos, ni los chinos. Y hasta los miembros de una misma familia suelen ser muy diferentes entre ellos. Habrá, sí, algunos caracteres genéricos en cada pueblo, pero siempre serán meramente adjetivos. 

Un concreto sufrimiento por la muerte de un ser querido, ese punzante dolor que nos produce, nos equipara a todos los humanos sin distinción más que cualquier pertenencia a una zona geográfica o a un momento histórico concreto. 

Se puede decir que la personalidad del pueblo judío, en cuanto pueblo perseguido, marginado y eternamente extranjero, tiene ciertas connotaciones muy particulares que, además, por herencia, por transmisión, suelen heredarlas ulteriores generaciones aunque no hayan vivido la experiencia del extrañamiento. Es entonces cuando concluimos que esas concretas situaciones imprimen carácter. Si uno nace en la tierra de sus padres y vive y crece en ella, vive integrado, sin problemas, sin especiales traumas. Pero aquellos que han tenido que emigrar, han padecido el reto de la integración en una sociedad a la que no pertenecen. Y según en qué sitios y en qué épocas, además, esa integración ha podido ser más o menos dificultosa, cuando no imposible, si no sangrienta. Y estas dificultades o imposibilidades activan determinados mecanismos de defensa, especialmente y en lo que aquí nos importa, psíquicos: desconfianza, ímpetu, fortaleza, empeño, astucia, tacto… Inteligencia, en suma.  Y también humor. Y, por supuesto, un humor avispado, perspicaz. Porque es un humor que sirve de conjura y defensa frente a un exterior adverso que agrede y margina. Para sobrevivir socialmente. Pero también para que esas circunstancias no nos derriben interiormente. Nada nuevo. Oigamos la voz de una autoridad de autoridades, Sigmund Freud (por cierto, también judío):

 

El humor no es resignado, es opositor; no sólo significa el triunfo del yo, sino también el del principio de placer, capaz de afirmarse aquí a pesar de lo desfavorable de las circunstancias reales. (1992:158-159).

 

Por eso Theodor Reik cree descubrir

 

una triada de características esenciales de los chistes judíos, sellos de distinción que los diferencian del humorismo de otros pueblos. Reflejan una especie de intimidad humana, sus procesos mentales siguen una línea de antítesis y uno se ríe de ellos, pero no son alegres. Esta última característica es reconocida incluso por un conocido proverbio de los judíos de Europa Oriental: "El doctor también hace reír". (1994:225).


Solo en este sentido de respuesta y defensa (no precisamente alegre, pero sí cómica), parece factible hablar de un humor estrictamente judío; que será, por lo demás, igual al de todo humano que experimente ese mismo tipo de agresiones, presiones o adversidades. Y muchas de ellas, incluso, también quedarán marcadas en otras generaciones que no las padezcan, porque ese carácter impreso se habrá ido transmitiendo a otras gentes y a otras generaciones, de modo más o menos consciente. El pueblo judío, además, se caracteriza, precisamente, por esa transmisión, por esa tradición. Se podrá argüir por ello que los hebreos tienen más marcadas esas características porque es un pueblo más cerrado y reservado, y que ese exceso de tradición es una muestra palpable de su personalidad. Pero eso es confundir el efecto por la causa, puesto que, precisamente, esa arraigada tradición no es sino una defensa, consecuencia de las presiones y adversidades padecidas: los marginados se solidarizan (se hacen sólidos, son uno) formando una sola familia, y no solo por lazos estrictamente consanguíneos, pues la adversidad une tanto o más que la sangre. Y esa solidaridad, para que sea más fuerte, se convierte no solo en una solidaridad puntual o coyuntural, sino que se proyecta generacionalmente para no olvidar. Eso es la tradición (traditio). 

Y todos estos caracteres impresos son los que pueden apreciarse con mayor o menor grado en judíos más o menos desarraigados.  Los que los conserven más intactos serán los judíos más militantes, practicantes u ortodoxos. Los que no, se alejarán más pero siempre quedará un mínimo poso, ya sin resquemor, sin resentimiento, que a menudo hasta reconocerán con una sonrisa más o menos amarga.

 

Es por ello que el humor judío vendría a ser más bien de tipo irónico, más o menos suave, pero siempre perspicaz, siempre inteligente y, por ello, ya de entrada, comienza por reírse incluso (o sobre todo) por aquello que le es más propio.

 

Porque el humor más inteligente comienza haciendo broma de uno mismo. Es posible, por lo demás, que el humor occidental en general esté marcado por ese estilo judío, porque siempre ha bebido en sus fuentes. Desde el Job bíblico a los hermanos Coen. Desde la tradición literaria hasta la industria cinematográfica. Y el ejemplo cinematográfico no puede ser más representativo, no solo por su capital influencia durante todo el siglo XX, sino porque ya los grandes estudios de Hollywood eran propiedad de judíos, y muchos de los autores, actores, y directores más emblemáticos han sido judíos. Hemos mentado a los hermanos Coen, ya en el siglo XXI, pero en la pasada centuria tenemos los ejemplos que mejor demuestran esta evidencia: Adolph Zukor (fundador de la Paramount); Carl Laemmle (de la Universal); Louis B. Mayer (de la Metro); Hermanos Warner (de la Warner Brothers); y los autores y actores Elia Kazan, Charlie Chaplin, Hermanos Marx, y Woody Allen. Ejemplos que ponen de manifiesto, además, la realidad de que, si realmente existió alguna vez un humor específicamente judío, hoy día, por mor del séptimo arte, este se habría extendido y confundido con el resto de pueblos y hasta civilizaciones.

 

Y para concluir con cierta sonrisa, extraer tres ejemplos de este especial e inteligente humor de Confusión de confusiones, subrayando en todo caso que no solo se detecta en determinadas y concretas anécdotas o chistes, sino que fluye por toda la obra, jugando con las palabras, las expresiones y los significados, y forzando el lenguaje de un modo verdaderamente magistral.

 

El primero de ellos es una sátira sobre la inutilidad de determinados conocimientos:

 

El hijo de un mísero genovés regresó de las escuelas de Pavía, y al pedirle el padre algunos indicios de lo que allí había aprendido, le respondió el joven haber conseguido tanta sutileza que hasta  podía demostrarle que los dos huevos que se estaba comiendo eran en realidad cuatro. Porque siendo el dos un número binario y siendo que todo número binario se compone de dos unidades, juntando estas dos unidades al número binario harían cuatro, por ser cuatro dos veces dos. Quedó absorto el viejo de oír las sofisticadas e inútiles agudezas en que había perdido el tiempo, la meditación y el dinero; y queriéndole demostrar que valía más lo rustico de su entendimiento que lo refinado de su silogismo, sorbió los dos huevos, diciendo: «Bien, pues me como yo los dos que puso la gallina, y ahora te comes tú los otros dos que fabricó la dialéctica». (3.3.6)

 

El segundo ejemplo hace referencia a lo ininteligible de las acciones, cuyas fluctuaciones son siempre impredecibles. Algo que compara con este aparentemente absurdo:

 

Areteo narra como algo extraordinario que un melancólico se cure de sus delirios al contemplar con fruición a una doncella, pareciéndole maravilloso que a un loco le sirviera para recobrar el juicio lo que a tantos cuerdos se lo hace perder. (2.4).

 

Por último, una escena casi cinematográfica que perfectamente podrían representarla cualquiera de los hermanos Marx (Harpo, evidentemente, comunicándose por señas):  

 

Alguien quiere enterarse de lo que pasa en una rueda [corro].  Introduce la cabeza entre los brazos de los que la forman (sufriendo ciertos olores desagradables bajo esos brazos), oye que se ofrece ocho por las acciones, sin que nadie compre; da una vuelta, y entrando por otro lado, como si no hubiera oído nada y tuviera orden de compra sin importar el precio, empieza a ofrecer ocho y medio; se animan sus secuaces, ofrecen nueve, y a veces no deja de conseguir sus satisfacciones la treta, y sus aplausos la jugada.(4.5).

 

Un humor crudo, real, pero sobre todo humano, demasiado humano.

 

 Servando Gotor



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(*) Extraído de la introducción a Confusión de confusiones, edición de lecturas-hispanicas.com


sábado, 13 de enero de 2024

URBANÍCOLAS (Ortega y Gasset)


Griegos y latinos aparecen en la historia alojados, como abejas en su colmena, dentro de urbes, de poleis. (...) El caso es que la excavación y la arqueología nos permiten ver algo de lo que había en el suelo de Atenas y en el de Roma antes de que Atenas y Roma existiesen. Pero el tránsito de esta prehistoria, puramente rural y sin carácter específico, al brote de la ciudad, fruta de nueva especie que da el suelo de ambas penínsulas, queda arcano: ni siquiera está claro el nexo étnico entre aquellos pueblos protohistóricos y estas extrañas comunidades, que aportan al repertorio humano una gran innovación: la de construir una plaza pública, y en torno una ciudad cerrada al campo.  (...) La urbe o polis comienza por ser un hueco: el foro, el ágora; y todo lo demás es pretexto para asegurar este hueco, para delimitar su dintorno. La polis no es, primordialmente, un conjunto de casas habitables, sino un lugar de ayuntamiento civil, un espacio acotado para funciones públicas. La urbe no está hecha, como la cabaña o el domus, para cobijarse de la intemperie y engendrar, que son menesteres privados y familiares, sino para discutir sobre la cosa pública. Nótese que esto significa nada menos que la invención de una nueva clase de espacio, mucho más nueva que el espacio de Einstein. Hasta entonces sólo existía un espacio: el campo, y en él se vivía con todas las consecuencias que esto trae para el ser del hombre. El hombre campesino es todavía un vegetal. Su existencia, cuanto piensa, siente y quiere, conserva la modorra inconsciente en que vive la planta. Las grandes civilizaciones asiáticas y africanas fueron en este sentido grandes vegetaciones antropomorfas. Pero el grecorromano decide separarse del campo, de la «naturaleza», del cosmos geobotánico. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo puede el hombre retraerse del campo? ¿Dónde irá, si el campo es toda la tierra, si es lo ilimitado? Muy sencillo: limitando un trozo de campo mediante unos muros que opongan el espacio incluso y finito al espacio amorfo y sin fin. He aquí la plaza. No es, como la casa, un «interior» cerrado por arriba, igual que las cuevas que existen en el campo, sino que es pura y simplemente la negación del campo. La plaza, merced a los muros que la acotan, es un pedazo de campo que se vuelve de espaldas al resto, que prescinde del resto y se opone a él. Este campo menor y rebelde, que practica secesión del campo infinito y se reserva a sí mismo frente a él, es campo abolido y, por lo tanto, un espacio sui generis, novísimo, en que el hombre se liberta de toda comunidad con la planta y el animal, deja a éstos fuera y crea un ámbito aparte, puramente humano. Es el espacio civil. Por eso Sócrates, el gran urbano, triple extracto del jugo que rezuma la polis, dirá: «Yo no tengo que ver con los árboles en el campo; yo sólo tengo que ver con los hombres en la ciudad.» ¿Qué han sabido nunca de esto el hindú, ni el persa, ni el chino, ni el egipcio?

Hasta Alejandro y César, respectivamente, la historia de Grecia y de Roma consiste en la lucha incesante entre esos dos espacios: entre la ciudad racional y el campo vegetal, entre el jurista y el labriego, entre el ius y el rus. (...)

La urbe es la supercasa, la superación de la casa o nido infrahumano, la creación de una entidad más abstracta, y más alta que el oikos familiar. Es la república, la politeia, que no se compone de hombres y mujeres, sino de ciudadanos. Una dimensión nueva, irreductible a las primigenias y más próximas al animal, se ofrece al existir humano, y en ella van a poner los que antes sólo eran hombres sus mejores energías. De esta manera nace la urbe, desde luego como Estado.

José Ortega y Gasset
2ª Parte, XIV, VI




martes, 19 de septiembre de 2023

AL ABRIGO DE MOEBIUS (Antonio Envid)




Manolo vuelve a contarme su “aventura”. Me la ha contado varias veces, pero no quiero herir su sensibilidad, algo excitable tras ese suceso, y lo escucho como si fuera una novedad para mí.

Esa mañana de principios de agosto – me dice – salí al campo con el perro convenientemente atado con la correa, para no molestar la caza. El perro iba de mal talante, como me veía sin escopeta sabía que era una caminata inútil. Yo más bien salí por no quedarme en el pueblo, que ya sabes, terminas en el bar escuchando las mismas cosas de siempre y las bromas sin gracia, aunque la excusa era que iba a comprobar cuántas codornices habían llegado ese año, y cuando comenzaría la media veda. Una excusa como otra cualquiera, porque soy cazador por rutina, por seguir la costumbre, por los almuerzos con la cuadrilla, a ver si me entiendes.

Habíamos salido tarde y el sol comenzaba a caer de plano cuando llegamos al barranco. Es un barranco seco, por estas tierras monegrinas no llueve nunca, pero cuando lo hace, en media hora cae lo de todo el año y entonces el barranco parece el Nilo. Yo, estaba agobiado por el justiciero sol, caía a plomo, como si un puño cruel nos aplastara contra la tierra. El perro me lanzaba miradas suplicantes. Sobre el barranco hay un puentecillo para pasar a la paridera del otro lado cuando el barranco lleva agua, traspasamos el puente y el perro se lanzó debajo de él en busca de algún frescor y una sombra piadosa. Total, que pasamos el puente, descendimos por debajo de él y lo volvimos a traspasar. Recalco esto porque es importante, ya lo verás.

No le interrumpo, me sé de memoria el suceso, sólo cabeceo de vez en cuando en señal de asentimiento y para que crea que lo escucho con atención, ya dije que últimamente Manolo está muy susceptible.

De codornices, no vimos ni una, estarían cobijadas en los tomillares, por la alta temperatura. El perro echaba el bofe, pobrecico, y yo, agobiado por el sol y el calor. Nos dimos la vuelta y para casa.

Hace una pausa, me mira con fijeza para resaltar la importancia de lo que viene a continuación.

- Cuando llego a casa me doy cuenta de que uso la mano izquierda en lugar de la derecha, como si fuera cucho ¿entiendes? ¡Mi mano izquierda es ahora mi mano derecha! El perro, igual, le digo que tire por la izquierda y echa por la derecha, y al revés.

Ahora viene la explicación, me contará lo del maestro.

- Un maestro que estuvo en el pueblo y que era muy leído, me explicó que me había ocurrido el fenómeno de Moebius. Sí, Moebius, me apunté el nombre para que no se me olvidara. El sol nos había aplanado a los dos, al perro y a mí, nos convirtió en seres bidimensionales y transitamos por un mundo de sólo dos dimensiones, como el anillo de Moebius, en el que arriba y abajo, derecha e izquierda carecen de sentido. Si caminas por este mundo, me dijo, terminas por llegar al punto de partida, pero invertido, tu izquierda ahora es tu derecha. Al pasar y traspasar el puente habíamos transformado nuestro espacio en una cinta de Moebius, y al volver a casa, nuestro punto de partida, se había transformado nuestro cuerpo sin nosotros darnos cuenta, y nuestra parte derecha ahora era la izquierda, En fin, un lío. Desde entonces ya no sé qué votar, porque no distingo a los partidos de derechas de los de izquierdas, me parecen lo mismo, no los entiendo. ¡Ahora! Me tranquiliza algo ver que muchos de mis paisanos han debido sufrir el mismo fenómeno de Moebius, ya no se reconocen con estas derechas ni con estas izquierdas, que no son como las de siempre, y votan al buen tun tun.


Antonio Envid

domingo, 28 de mayo de 2023

LA ESPAÑA REVOLUCIONARIA (Artículo de una célebre pluma publicado en 1854 en el New York Daily Tribune)

Marx y Engels en el Rheinische Zeitung
(E. Capiro, 1849)

... Para nuestro actual propósito basta con recordar simplemente el hecho. A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente abandonadas. Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuración social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las formas diferentes en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes generales. La monarquía absoluta en España, que solo se parece superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno. España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza.

(...)


El despotismo oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una administración regular.

Así ocurrió que Napoleón, que, como todos sus contemporáneos, consideraba a España como un cadáver exánime, tuvo una sorpresa fatal al descubrir que, si el Estado español estaba muerto, la sociedad española estaba llena de vida y repleta, en todas sus partes, de fuerza de resistencia.

(...)

De esta forma se encontraba España preparada para su reciente actuación revolucionaria, y lanzada a las luchas que han marcado su desarrollo en el presente siglo. 

Los hechos e influencias que hemos indicado sucintamente actúan aún en la creación de sus destinos y en la orientación de los impulsos de su pueblo. Los hemos presentado porque son necesarios, no sólo para apreciar la crisis actual, sino todo lo que ha hecho y sufrido España desde la usurpación napoleónica: un período de cerca de cincuenta años, no carente de episodios trágicos y de esfuerzos heroicos, y sin duda uno de los capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia moderna.



Karl Marx
New York Daily Tribune
9 de septiembre de 1854
(Marxists Internet Archive, - MIA - noviembre de 2000).


lunes, 24 de abril de 2023

RETROMUERTE (Antonio Envid)

 


El policía, con cara de aburrimiento por esa labor mecánica de preguntar siempre lo mismo y obtener vaguedades, en un asunto que, por otra parte, carece de cualquier interés.

- Veamos señora, con respecto a su vecino ¿conoce usted su identidad, en qué se ocupaba, que parientes tenía?

- ¿Ha sido un crimen? ¿lo están investigando?

- Mire señora, quien hace las preguntas soy yo, pero para satisfacer su curiosidad, no creemos que fuera un crimen, el forense dice que murió de un infarto, pero tenemos que hacer una encuesta para conocer las circunstancias y le agradezco su colaboración. La suya y la del resto de vecinos de la casa.

- ¡Ah, me alegro! Entiéndame, señor inspector, no me alegro de que haya muerto, ¡pobre señor!, sino de que no fuera un crimen. Hay tantos delitos según los telediarios, y tantas habladurías por la vecindad, que yo estaba con algo de miedo. Una señora mayor, cualquiera sabe lo que le podrían hacer esos desalmados….

El agente muestra cierta impaciencia. La señora es de esas que pueden pegarse toda la mañana de cháchara insulsa para no sacar nada en limpio, y él tiene que salir con un compañero a tomar el café. Un moscardón tontaina da vueltas por la habitación pegándose golpes contra las paredes.

- Bueno, bueno. Centrémonos en lo que interesa, que usted tendrá cosas que hacer, y yo, también. ¿Conoció a alguna de sus amistades, algún pariente, alguien que pudiera identificarlo?

- Pues, no, no señor, no vi nunca a nadie que viniera a visitarlo. Nunca me tropecé con nadie que fuera a su piso. Eso no quiere decir que nunca fuera nadie, que una no es una fisgona, que una no está espiando lo que hacen los vecinos. Como decía mi madre, cada uno en su casa y Dios en la de todos…

- Pero sabrá algo de él, algo que él mismo le dijera o comentara, entre vecinos siempre hay conversaciones.

- Pues mire señor inspector…

- Llámeme, agente, por favor…

- Bien, señor agente. Este señor era muy atento y muy educado, siempre te cedía el paso, te abría la puerta, y siempre saludaba. Que hoy, eso no se ve con tanta frecuencia, sobre todo en los jóvenes, que no sé que educación les hemos dado. Yo se lo digo a mi marido, Manolo…

- ¿Pero le contaba algo o no?

- Contar, lo que se dice contar, no, era muy reservado. Siempre, buenos días, buenas tardes, y eso, como mucho si hacía calor o frío o habían dicho que iba a llover. Nada, lo que se dice cunado no se quiere decir nada.

- Bien, ya está, hemos terminado. Muchas gracias, ha sido muy valiosa su colaboración. Buenas tardes.

El agente mete con fastidio la declaración en el expediente, mientras, llega el compañero que esperaba.

¿Qué hay, Matías? ¿Has sacado algo en limpio?

- En el Registro Civil insisten en que es imposible de que se trate de este sujeto, a pesar de la documentación que encontramos en su apartamento que acredita que es él. Les he enseñado el DNI, extractos de la cuenta bancaria, en fin, los documentos personales, pero nada, que no puede ser, que ese individuo murió hace siete años, que ahí está la inscripción de fallecimiento, y la causa, infarto, y la filiación coincide, pero de eso hace siete años.

- Pues, asunto concluido, lo mandaremos todo al fiscal y que haga lo que tenga que hacer, nosotros hemos terminado. Anda, que se nos hace tarde para tomar café.

- Hay quien se muere y no se entera, ni él ni los demás, y lo entierran siete años más tarde.

 


Antonio Envid

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