jueves, 2 de febrero de 2012

VERSO DESNUDO (Juan Serrano)

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Llovía a cántaros. La monté en la parada del polígono de las Casas Baratas.

“He perdido el autobús, -me dijo- trabajo en una tintorería del centro.”

Y ya no paró de hablar hasta que llegamos a mi apartamento. Sus verbales cumplidos empañaron el parabrisas. La cinta inagotable que un mago de palomas se saca de su boca ilusionada parecían sus palabras de papel de colores. Su conversación me distraía, no dejaba que mis ojos se refrescaran tranquilos en la playa de su boca de azúcar. Hablaba y hablaba como soldado asustado que defiende con yelmo y escudo su cuerpo escurridizo de ataques ficticios. No me gusta que me agradezcan favores y más en coche, de boquilla y con la calle mojada. Y ella hablaba como niña nerviosa y buena para darme sin cesar las gracias. Que estén en deuda conmigo me pone. Sólo así, en un nivel de superioridad puedo establecer una relación con los otros. La igualdad la inventaron los fuertes para seguir arriba. Los pusilánimes necesitamos del privilegio para sobrevivir. Y yo, un pobre de amor, había tenido mucha suerte esa mañana de lluvia fría.

Quizá recitaba sin parar para defenderse de mis ojos lascivos. Tal vez la mujer creyera que mientras componía estrofas en voz alta, su charla impediría la entrada en su boca de un beso atropellado de mis labios intrusos.

“¡Cállate, por favor, tus sonetos espantan mis sentimientos, no hables, que emborronas tu verso bello con la tinta sobrada de tu sintaxis forzada!”

Fue entonces, cuando puse en el silencio de sus labios mi mano atenta, y pude contemplar la hermosura del poema del cuerpo de esa mujer. Piel sin sintagmas ni adjetivos. Verso callado. Y vi su boca desvestida, su carne desnuda de palabras, sin puntos, ni cremalleras, sin corchetes ni paréntesis. Y salieron de su nido en flor miles de mariposas. Estaba espléndida.

El silencio duró toda la noche. Los dos abrazados en una cama eterna, vacía de dáctilos y sinalefas. Y temblé de placer, transformado y mudo, como tiembla la luna callada cuando con sus manos de plata acaricia la hoja del nogal.



Juan Serrano
(En el blog Blao
27 junio 2008)
 
 
 
 

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