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miércoles, 2 de enero de 2019

RAZONES DEL PROGRESO DE OCCIDENTE Y EL ESTANCAMIENTO HISTÓRICO DE CHINA




Un mundo construido en imágenes
resulta desastroso para la paideia [educación]
de un animal racional
(Giovanni Sartori)

¿Cómo es posible que, en seis o siete siglos, Europa adelantara tan ventajosamente al Imperio Chino, en el plano cultural, técnico y económico? Advierto, o más bien aclaro, que la pregunta está formulada en términos de cultura o civilización propia, puesto que, evidentemente, el contundente despertar asiático actual nos está golpeando en la nuca, si no nos ha adelantado ya.  Ahora bien, lo está haciendo en su mayor parte con nuestras técnicas, procesos y conceptos; con las herramientas (especialmente científico-racionales) de nuestra civilización occidental; puesto que las suyas cierto es que le sirvieron en viejísimos tiempos, pero China se plantó ahí.

¿Qué es lo que ha posibilitado lo que hoy llamaríamos ese "sorpaso" de Occidente sobre China? Diversos factores. Pero entiendo que tres han sido determinantes: el primero de ellos una mentalidad aristotélica, racional posibilitadora a la larga del método científico; el segundo, una estructura social burguesa; y, el tercero, que seguramente es el principal, y causa o raíz de los anteriores, un sistema de comunicación escrita basado en la abstracción y la economía de signos (significantes, dirían los lingüistas). Aún habrá un cuarto factor, derivado también de este último y el más estrechamente relacionado con él. Un invento relativamente tardío, pero definitivo. Mas prefiero no desvelarlo hasta el final.



1.- Aristóteles: del mito al logos

De entrada, y ya desde Grecia -con diversos altibajos a lo largo de la Historia-, entre la visión platónica del universo  (de influjos orientales) y la aristotélica, Europa optó por la segunda: la racional.  Parece ser que Aristóteles dijo todo lo que había que decir sobre  lógica y, salvo Kant, poco o nada se ha aportado después.  La lógica, el pensamiento lógico, está detrás del racionalismo, por supuesto; del Derecho (con Roma), y de la propia ciencia.  En definitiva, el sistema racional, propiciado por aquel decisivo paso del mito al logos, ha sido piedra de toque en el avance práctico, científico, mecánico, jurídico y social de Occidente. Suavizado si se quiere por la pincelada oriental idealista que el Cristianismo comporta, impregnado a su vez de cierto platonismo.

La opción aristotélica en lugar de la platónica resulta también primordial para la consideración del hombre como centro del universo: el ser humano en cuanto individuo. ¿Por qué? Porque si anteponemos la lógica y un sistema racional como principal herramienta de progreso, la lógica y la razón está en cada una de nuestras cabezas, que, eso sí, aunque discrepemos entre nosotros sobre muchas cosas, razonamos y nos relacionamos con arreglo a un mismo método mental.

La Edad Media, época oscura cuyas tinieblas se ponen cada vez más en entredicho, supuso una gran convulsión sobre todo este sistema greco-romano (helenístico) precisamente por la influencia del Cristianismo (Dios vuelve a desplazar al hombre -y por lo tanto al logos- a un segundo y extremo plano); y, sobre todo, por la barbarie (valga la reiteración) bárbara que desde el norte invadió el Mediterráneo, también con culturas colectivistas.  Y, por supuesto, resulta indudable que la Edad Media, y sobre todo la Alta Edad Media, es una época oscura para el hombre en cuanto tal, individualmente considerado, y consecuentemente para su libertad personal.

Pero, como ocurre siempre, los pueblos vencedores (cristianos y bárbaros) saben apreciar, si lo aciertan a detectar, lo mejor de los vencidos. Y de ahí que poco a poco se fuera produciendo un "renacer" de lo helenístico.  Una "recuperación" de... no de todo lo griego ni de todo lo romano, sino de lo aristotélico que había en todo aquello: de nuevo la razón, de nuevo el hombre. Algo que solo es posible con una visión "crítica" que ya en los siglos XIV y XVI oponen filósofos como  Guillermo de Ockham y Francis Bacon. Visión crítica que vuelve a poner en el centro del universo a lo singular (el nominalismo), y de nuevo la razón para entendernos y para analizar el universo escépticamente, con una mirada crítica (de nuevo el logos), limpia, libre de pasiones, creencias y revelaciones (mitos).



2.- Una estructura social burguesa

Dos pasos nuevos serían fundamentales: en primer lugar el desarrollo de las ciudades (los burgos), en donde al contrario que en los feudos, el ciudadano tiene sus derechos, su propio estatus, sus fueros; y con ellos un importante avance hacia la libertad personal. Se le permite ejercer un oficio con el que ganarse la vida y vivir de un modo libre dependiendo solo del rey, un poder distante;  no del varón feudal ni eclesiástico, ambos siempre cercanos. Las ferias, los mercados son fenómenos consustancialmente urbanos. La cultura, los saberes, hasta entonces en los aislados y herméticos monasterios, se desplaza también a las catedrales, en medio de la urbe, entre los ciudadanos. Y junto a todo ello el fenómeno de los gremios con sus saberes prácticos y, por supuesto, los estudios, primero y las universidades después.

Y mientras todo esto ocurría, ¿qué pasaba en China? Que seguía igual que en sus mejores tiempos, pero sin avanzar.  Adam Smith en "La riqueza de las naciones" (1776), se lo llegó a preguntar. Y él mismo se respondía, así: 

China ha sido durante mucho tiempo uno de los países más ricos, es decir, uno de los más fértiles, mejor cultivados, con más industria y de los más poblados del mundo. Parece, sin embargo, que ha permanecido estancado durante mucho tiempo. Marco Polo, que lo visitó hace más de quinientos años, describe su agricultura, su industria y su población casi en los mismos términos que los viajeros de hoy en día. Tal vez adquirió, incluso mucho tiempo antes, todo el conjunto de riquezas que la naturaleza de sus leyes e instituciones permite conseguir.

Y aún decía más: sus salarios siempre fueron insuficientes y las clases bajas especialmente pobres. Feudalismo. No se había potenciado la ciudad ni el burgués como se estaba haciendo en Europa. 

Pero detrás de todo esto, había algo más. ¿Por qué Europa sí, y China, no? ¿Por qué en el Mediterráneo Aristóteles, y en Asia Confuccio? ¿Por qué aquí la razón y en Oriente la sura y la superstición? La respuesta es obvia: precisamente porque la razón, una vez descubierta, es "crítica", pone en tela de juicio toda sentencia, toda afirmación. Cosa distinta será el juego de poderes: si este juego posibilita o no un cambio, un avance, una erosión de las viejas instituciones. Bien, pues ese cambio es el que se va produciendo poco a poco en Europa.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué allí prima la sura doctrinal y aquí el silogismo? ¿Son distintas nuestras mentes y las de los orientales? La respuesta es sí. Un sí rotundo... al menos hasta hoy. Porque con seguridad irá cambiando, probablemente esté cambiando ya, en estos mismos momentos, hacia un híbrido (razón/creencia) cuyas consecuencias no parecen muy previsibles. Pero, y ¿por qué nuestras mentes son distintas?  Sencillamente porque la lógica te obliga a extraer de todas las cosas tus propias consecuencias, mientras que la sura te las da hechas. El criticismo, en suma. Pero ¿por qué? Porque nuestra mente es más abstracta, porque la lógica es precisamente abstracta.

Aristóteles llega a lo que llega, primero porque aquellos griegos que le precedieron, se lo preguntaban todo. No se abandonaron a determinadas creencias ni emociones, eran observadores inquietos de la naturaleza.  Naturaleza que, en vez de inspirarles poéticas emociones o perniciosos agüeros, les despertaba una profunda curiosidad. Y, en segundo lugar porque tenía ya de por sí una mente abstracta, debido al alfabeto (pero a esto me referiré después). Una mente abstracta, en suma, que le llevaba de lo particular (la cosa) a lo genérico/abstracto (el concepto). Aristóteles no solo veía perros o peces, vislumbraba el concepto (la abstracción) de perro, pez... Y esa abstracción, ese concepto, esa "idea" -al contrario que Platón- tampoco se la creía: tenía una mera existencia lógica y mental: los peces y los perros, los hombres y las cosas solo existen individualmente considerados.  Con todo, la abstracción, la lógica o la gramática, como herramientas mentales, nos permiten funcionar, entendernos con los conceptos.  Entendernos y, además, discutirlos. 



3.- Una vieja aportación fenicia en la raíz de la mente occidental: el alfabeto

¿Y por qué nosotros tenemos una mente más abstracta que los asiáticos? ¿Por qué surge Aristóteles? ¿Por qué los occidentales pudimos dar aquel trascendental paso del mito al logos? He aquí la pregunta fundamental, de no fácil respuesta.

Pero tengo para mí  que una de las claves fundamentales, sino la fundamental, está en al alfabeto: con alrededor de escasos treinta signos podemos explicar y nos pueden explicar el universo. Y esto es para cada uno de nosotros no solo una realidad sino algo que manejamos con normalidad desde que tenemos cinco o seis años.

Qué capacidad de abstracción: la a, la b, la c..., las vocales, las consonantes... Con infinitas combinaciones, podemos contar y nos pueden contar la Biblia.  Occidente pasó de la representación gráfica de cada cosa al signo. Y eso es lo que aprendemos desde niños: en lugar de representar a un perro con una imagen, lo representamos con una combinación de signos: P-E-R-R-O.  Signos que ni juntos ni por separado nos evocan imagen alguna del perro. Todo son símbolos o signos: tanto las letras como el dibujo del perro. La diferencia entre ellos es el grado de abstracción. Cuanto mayor es, más nos realizamos racionalmente. El hombre es un animal simbólico (Ernst Cassirer).

Bien, pues los chinos carecen de alfabeto, de ese sistema que permitió al hombre occidental adelantarles.  Pero, por fin,  caminan indefectiblemente hacia él, o hacia un sistema parecido.  La escritura china consta de miles de caracteres (pictogramas), llamados en chino hànzì, que se han utilizado durante al menos tres mil años.  Y, afortunadamente, llevan un tiempo en el empeño de poner fin a semejante obstáculo paralizante. Porque tamaña deficiencia ha apresado el saber entre muy pocas y poderosas manos. E indefectiblemente los conocimientos, sin la riqueza que proporciona su difusión y la confrontación de ideas que tal difusión suscita, se congelan. 

El poeta Ezra Pound dice que Gaudier-Brzeska, un escultor franco-polaco, acostumbrado a contemplar la forma real de las cosas :


era capaz de leer una determinada porción de escritura china sin NINGÚN ESTUDIO previo.
'Pues claro -decía-, se ve perfectamente que se trata de un caballo' (o un ala, o lo que fuera). En las tablas que muestran los primitivos caracteres chinos en una columna  y los signos actuales y 'convencionalizados' en la otra, cualquiera se da cuenta de que el ideograma que representa 'hombre' o 'árbol' o 'amanecer' se ha desarrollado, o 'se ha simplificado a partir de', o se ha reducido a la esencia de la primera imagen de un hombre, un árbol o un amanecer (Ezra Pound: El ABC de la lectura, 1934).

Evidentemente, todo esto puede resultar algo exagerado, pero práctico y plástico para tener claro cómo empiezan a pensar los niños en nuestra civilización desde hace montones de años y cómo lo hacían los asiáticos. Cómo se modulan y moldean sus cabezas y cómo lo hacen las nuestras.

El método de escritura china ha sido más  un arte para iniciados (elitista y contemplativo), que una herramienta de comunicación (activa, dinámica y popular). Pero es que hasta los poderosos, esos privilegiados que dominaban el lenguaje escrito podían avanzar poco con una mente que, desde niños, no estaba familiarizada con lo abstracto, con lo conceptual, hasta el punto en que lo estamos los occidentales.



4.- Por último: un invento decisivo... pero solo operativo en Occidente

Pero aún hubo algo más, que para mí constituye la prueba capital de todo esto: la imprenta. El invento de la imprenta de tipos móviles.

Desde los hititas existen medios de impresión.  En cualquier museo vemos esos cilindritos que empleaban como sellos para estampar sobre arcilla determinados signos. La revolución viene cuando se inventa un sistema en el que en esos cilindritos puedes hacer cambios, permitiendo y posibilitando crear tus propios contenidos con dinamismo y facilidad: un cajetín en el que vas componiendo palabras y frases.

En Europa, Johannes Gutenberg dio con esta clave en 1440.  Y ello propició que los amanuenses de los monasterios y hasta los de las catedrales pasaran a mejor vida. Porque con la imprenta, la difusión de las obras científicas y literarias se hizo de la noche a la mañana mucho más barata y accesible.  Popular... casi.

Y esto terminó de cambiarnos y de distanciarnos aún más del estancamiento cultural asiático.

Sin embargo... Sin embargo  los chinos ya habían inventado esto mucho antes de que lo hiciera Gutenberg. Porque la primera imprenta de tipos móviles se atribuye a Bi Sheng, a principios del siglo XI.  Asombroso.  ¿Y entonces? Entonces, ¿por qué aquí sí y en China, no? ¿Por qué la imprenta de tipos móviles no tuvo en Asia la misma trascendencia que en Occidente?  Sencillamente, porque la aplicación práctica de la imprenta de tipos móviles resultaba inoperante para su abigarrado y extenso sistema de pictogramas. No es en modo alguno equiparable tal invento -o descubrimiento- para utilizarlo con tres mil pictogramas en lugar de solo con treinta signos.  

Y con esto creo que queda dicho todo. Bueno, casi todo, porque conviene aclarar que no estoy menospreciando la cultura china (a la que por lo demás admiro profundamente). Nada más lejos de lo aquí esbozado. De entrada porque no estoy diciendo que nuestra cultura sea mejor que aquella. Eso para empezar. Estoy diciendo que ha avanzado más la nuestra, lo que tampoco comporta en absoluto valoración alguna por mi parte: me limito a constatarlo (o a intentar constatarlo). Como tampoco digo que lo racional sea superior a lo emotivo o instintivo (faltaría más).  Incluso preveo un futuro universal asiático (por puras razones estadísticas y coyunturales) que acabará en un sistema híbrido (de hecho China está despertando, en gran parte con nuestros métodos). Por lo demás,  hace ya mucho que se cuestionan en Occidente las bondades de un saber ensayístico sobre las de un saber científico. Valgan como ejemplo estas palabras de Robert Musil:


Hay, pues, en realidad dos mentalidades que no se combaten mutuamente, sino que de ordinario -lo cual es peor- coexisten la una junto a la otra sin decirse palabra (...) La una se da por satisfecha con ser exacta y se atiene a los hechos; la otra no se contenta con esto sino que mira al conjunto y hace derivar sus conocimientos de las llamadas verdades eternas. La primera gana en éxito, la segunda en extensión y dignidad. (Robert Musil: "El hombre sin atributos", 1930-1942).

Quizá estemos -antes de que la cultura y la población china nos invada-, quizá estemos cuestionando por fin a Aristóteles para acercarnos más a Platón. No lo sé. No estoy seguro. Como no lo estoy tampoco de si eso sería bueno o malo. Ahora bien, lo que me parece  indudable (a punto estaba de añadir: "porque es algo  objetivo"), lo que me parece indudable, digo, es que la civilización europea ha alcanzado las mayores cotas de un amplio bienestar social y material jamás conocidas en la Historia de la Humanidad.  Lo que tampoco sé si es o no mejor para la condición humana.  Como tampoco sé si la era digital (quizá una aportación solo comparable con la del alfabeto) nos permitirá seguir evolucionando o nos conducirá de nuevo hacia el mono del que procedemos. Pero eso es otro cantar. Así, que aquí lo dejo.



Servando Gotor 
(01/12/2018)






domingo, 18 de diciembre de 2011

DE SARAGOSSE A BEIJING Una elucubración sobre el pinyin y otras cosas (Servando Gotor)

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Cosas del habla.  Se supone que Zaragoza se llama Zaragoza desde la edad media (del Cesaraugusta romano pasa al Saraqusta árabe y de éste definitivamente a Zaragoza).  Que Zaragoza es una palabra llana, es decir con acento en la penúltima sílaba, como ocurre con la mayor parte del vocabulario español, también está fuera de toda duda, pues aquí casi todo son palabras llanas: madre, padre, hermano, lápiz, coche, toalla o servilleta.  No como en francés, por ejemplo, donde casi todas son agudas (la cousine, le été o merci) o en inglés, que suelen ser llanas o esdrújulas (money, seventeen o languages).

Los barbarismos, o sea, las palabras extranjeras, se supone que tienen diversas formas de integrarse en cada idioma, dependiendo del lugar y del momento.  En lo que a los topónimos extranjeros se refiere, la más recurrente es la de aquellos primeros viajeros que oyeron el nombre de una ciudad in situ y de primera mano: es decir, de los propios lugareños.  Así, los primeros franceses que oirían a aquellos antiguos zaragozanos nombrar a su propia ciudad, oirían eso: Zaragoza, una palabra llana y con dos fornidas zetas.  ¿Y como hace un francés para pronunciar Zaragoza? No hace falta darle muchas vueltas: de entrada convierte esas bruscas zetas en eses y la erre en ge, y entonces dice Sagagosa, y no sin cierta dificultad para respetar el acento  en la o, para luego concluir pronunciando con ímprobo esfuerzo la última sílaba: ¡sa! 

Evidentemente, en el lenguaje coloquial siempre se tiende a lo cómodo y a hablar como uno habla normalmente, de modo que los franceses tendrían varias opciones.  Una de ellas decir Sagagosá, convirtiendo la palabra llana en aguda.  Pero eso es muy largo y complicado para el lenguaje diario.  Lo más cómodo y, por tanto lo más probable, es que los franceses acabaran por quitar la última sílaba (a lo que siempre han tendido, por lo demás, tragándose, por ejemplo, la mayor parte de las ees finales).  Y, así, la palabra quedaría en Sagagós.  Evidentemente cuando la transcriben lo harán con las reglas propias de su idioma: de modo que Zaragoza, quedaría definitivamente escrita como Saragosse.  No han cambiado el nombre de la ciudad, es simplemente que ellos la pronuncian mal (sagagós) y, lógicamente, la escriben de modo que al leerla se lea como ellos la pronuncian.  Y para pronunciar sagagós, lo más correcto, en francés, se supone que es escribir Saragosse.  Y así es como lo hacen.

El historia de las lenguas describe la evolución de una degradación o perversión del propio lenguaje, lo cual –entiendo- carece de connotaciones negativas: es así.  Y es así porque el lenguaje es algo vivo e instrumental y lo que importa es que sirva para que la gente se entienda.

Pongámonos ahora nosotros en el lugar del extranjero. Vamos con una primera hipótesis: ¿se imaginan aquellos primeros españoles que llegaron nada menos que a Pekín?  ¿Y, aún mejor: aquellos primeros españoles que no sólo llegaron a Pekín sino que además volvieron para contarlo?  ¿De dónde dirían ellos que venían?  De ¡Pequín! ¿Pequín…?  Bueno, al menos así debieron decir aquellos primeros que fueron y volvieron que se llamaba la capital de aquel lejano imperio: “Pequín… o algo así, dicen los chinos… o la mayoría de los chinos con los que yo traté”.  Hombre, escribir Pequín en chino… eso no hace falta, supongo que dirían. Lo cierto es que aquí, en España, empezaría a hablarse de Pequín  y lo escribieron de forma que se pronunciara así: Pequín.  Es decir, escribieron “Pequín”, como dicen los que allí han estado que los chinos llaman a su capital (seamos conscientes de que China es muy grande y con un montón de idiomas, de modo que los propios chinos, según de qué parte sean y el idioma que hablen denominarán a la capital o pronunciarán su nombre de las formas más variadas; evidentemente, estamos sintetizando la cuestión a efectos meramente didácticos o argumentativos y abiertos a la crítica de cualquier otra opinión mejor, claro).

Una segunda hipótesis, con seguridad la principal y que leo en un interesante artículo de Luis Silva-Villar, consiste en que el topónimo “Pequín” no lo tomamos de nuestros antiguos exploradores sino –vía Francia- de los  ingleses que, por el mismo procedimiento que he mentado, adoptarían el término “Peking” del cantonés “Pakking” (anota Silva-Villar, como curiosidad, que el cantonés es el chino “que se oye” en San Francisco).  Pues bien, el “Peking” inglés lo acogen los franceses como “Pekin” y de estos tomamos nosotros nuestro “Pequín”, que finalmente y, de nuevo por influencia extranjera, acaba en Pekín.

De las pocas cosas buenas que hizo Mao interesa destacar, a nuestro objeto, tres.  La primera decidir potenciar uno  de los idiomas chinos pretendiendo que toda la población acabe por hablarlo para que así puedan entenderse mejor entre ellos (sería algo así como que todos los europeos nos entendamos en inglés, hoy; anteayer lo hicieron nuestros antepasados cultos en latín y luego en español y después en francés; hoy puede hablarse de hallarnos cerca de una alfabetización popular europea en inglés). Así, el idioma adoptado por Mao será -lógicamente-  el mayoritario: el mandarín.


La segunda cosa buena que hizo y que no deja de ser un instrumento imprescindible para esa potenciación popular del mandarín, consiste en salvar un serio escollo: simplificar el alfabeto chino “tradicional”, reduciendo los miles de caracteres/palabras chinos (ideogramas, en realidad) a un número más asequible para el pueblo.  Se trata del alfabeto chino “simplificado”, el cual se enseña en todas las escuelas.  De cualquier modo, esta dicotomía, chino simplificado/chino tradicional sigue en proceso de normalización no carente de fuertes polémicas.  En mi opinión la idea me parece más que loable si tenemos en cuenta que, a lo largo de la historia, la complejidad de la escritura china, cuya caligrafía –además- constituye un verdadero arte, ha vedado a las clases populares el acceso a la escritura.  Y esta puede ser, a mi entender, una de las principales causas del retraso cultural de China durante tantos siglos (y eso que nos llevaban ventaja).

La tercera, mira al exterior y tiene que ver con la globalización, y me parece definitiva.  Se trata de, además de lo anterior, acoger nuestro alfabeto, el occidental: el abecedario. Algo parecido a lo que hiciera Atatürk en Turquía en 1928, reemplazando la grafía árabe por el alfabeto latino.  En principio no se pretende sustituir al alfabeto chino simplificado, sino de complementarlo con objeto de conseguir una comunicación eficaz de China con el resto del mundo (yo pienso que nuestro abecedario acabará por imponerse en China y el chino desaparecerá finalmente.  Nótese que el chino no es de los idiomas denominados de comunicación, como pueden serlo, por antonomasia, el inglés y el español, sino que es un idioma tribal: sólo se habla en China, y por muy enorme que sea China, el chino sólo se habla allí; y, desde luego, cuando un idioma prevalece sobre otro es, simple y llanamente, por razones eminentemente prácticas y la comunicación con el resto del mundo lo es, vaya si lo es).

Esta transcripción del chino al alfabeto occidental es lo que se denomina como hànyǔ pīnyīn, o simplemente pinyin.  En Europa ya conocimos varios intentos de algo parecido, uno por parte de Alemania (Lessing) y otro el que se impuso: el inglés (Wade-Giles).  Definitivamente, ya desde último cuarto del siglo XX hasta hoy, el pinyin se está imponiendo en todo el mundo.  Por eso ahora se escribe Beijing y no Pekín:  porque Pekín era transcripción china al alfabeto por el método Wade-Giles y Beijing lo es por el método pinyin. Y por eso hemos pasado de escribir Lao-Tse a Laozi o de Mao Tse-Tung a Mao Zedong (Wade-Giles, las primeras -grafía que hemos venido manejando en Europa- y pinyin las segundas, las que ya venimos manejamos actualmente).

Y ahora llego a donde quería llegar:  el idioma inglés, que se come todo.  Se piensa que el pinyin es la transcripción del chino al inglés.  Falso. Lo es al alfabeto romano, como he dicho. Pero no es más cierto que todos tendemos a pronunciar cualquier palabra extraña en inglés en vez de, en nuestro caso, español.  Así, tendemos a convertir las úes en aes y a pronunciar las haches, aspiradas (como jotas).  Pero eso no es correcto.  El pinyin no es inglés.  El pinyin es chino escrito con caracteres romanos.  Y se pronuncia o debe pronunciarse en chino, de acuerdo con las normas fonéticas internacionales (AFI); igual que el inglés se pronuncia en inglés, el francés en francés y el alemán en alemán.  Y para conseguir la pronunciación correcta del chino escrito en pinyin hay que seguir las reglas propias para su pronunciación, que existen. Y, desde luego, no son las inglesas. Son las chinas. El español tiene sus reglas para pronunciar las palabras inglesas, las alemanas, las francesas... y las chinas escritas en pinyin, como los ingleses, franceses y alemanes tienen las suyas para el mismo objeto.

Esas reglas, de acuerdo con las normas fonéticas internacionales (AFI) harán que, lo lea un inglés, un español o un italiano, Beijing siempre se pronunciará algo así como PequínPechín (oírlo en el traductor de google, pinchando aquí).  Es decir: como siempre, más o menos.  Porque la be se pronuncia parecido a la pe y la jota parecido a la che. Lo que no es correcto es pronunciar “beiyíng”, que es a lo que todos tendemos por la aplastante influencia anglosajona aunque irremediablemente algún día acabe por pronunciarse y hasta llamarse así: “Beiying”.  Sí, porque al final la preponderancia del inglés puede acabar por cambiar el mismísimo nombre de Pekín.  Y esto, chauvinismos, provincianismos y nacionalismos obtusos aparte,  pienso que no es malo sino todo lo contrario siempre que sirva para que todos nos entendamos mejor. Y lo normal es que lo práctico se imponga por sí solo.  No hace falta que nadie le ayude.

Pero de momento, hoy por hoy, Pekín sigue siendo Pekín, y se debe seguir pronunciando Pekín, aunque lo escribamos en pinyin (Beijing).  Que esa es otra: en español (y me refiero al español por antonomasia) siempre ha de escribirse Pekín y no Beijing de la misma forma que escribimos Londres y no London y de la misma que hemos de escribir Lérida y no Lleyda, que es catalán (español también, por supuesto, pero carente de antonomasia) y de la misma forma, también, que los franceses escriben Saragosse y no Zaragoza.  Lo escriben en francés, claro.  Faltaría más.








martes, 25 de enero de 2011

CRÓNICA AMARILLA (Por Azulenca)

SGS

Yo, en fin… No sé… Voy a hablar de los chinos. Yo, por edad, pertenezco a la generación de los Planes de Desarrollo y fui educada en un colegio de monjitas, esa era la moda en los años sesenta. Cuando llegaba la época de las misiones, la monjita nos proponía redimir a los infieles de las llamas del infierno bautizándolos al módico precio de dos pesetas con cincuenta céntimos. Pagando un duro bautizábamos a dos infieles y la monja clavaba en un mural la cabeza de un chinito o un negrito con el nombre elegido. Particularmente las cabezas de los negros no me gustaban, mucho pelo rizado y muchos morritos colorados que mejor olvidar; hasta me parece recordar que llevaban pendiente a modo de distintivo caníbal. Sin embargo me encantaban las cabezas de los chinitos con la trenza y el sombrerito. La de duros que se gastó mi madre para que yo clavase cabecitas con mi nombre en el mural de las misiones, la de chinitas que se deben llamar como yo. Tanto debimos rezar por los chinos que ahora se han hecho los amos del mundo. Mi visión de las cabezas de chinitos ha cambiado sensiblemente. Cada vez que entro en un comercio o en un bar y veo la cabeza de un chino me doy media vuelta. ¿Será algún trauma a consecuencia de aquella educación religiosa? Rotundamente no, es otra cosa. Veo a esta gente amarilla como la ruina de España, mientras los chinos abren cada día una tienda, los españoles están cerrando las suyas. Y todo esto gracias a la política española que da carta blanca al peligro amarillo para entrar en la península. Por la compasión, dicen, entra la lepra.

Esta semana la estrella ha sido el pinganillo; nombre que se le da al auricular que se ponen en la oreja los políticos del senado, quienes sabiendo español, se lo colocan para oír otras lenguas, como el catalán, vasco, gallego o valenciano con el fin de enterarse un poco menos del tema que están tratando. Esto ya es la torre de Babel. Bueno, esto es de tontos “cum laude” y de gente sin escrúpulos, porque tal y como están las cosas en este momento es un despilfarro y un espectáculo bochornoso ver a toda esta pandilla con un auricular conociendo el mismo idioma. ¡De vergüenza! Y a mí que la palabra pinganillo me suena como a órgano sexual reducido a un apéndice. No sé… ¿Por qué no dicen auricular?

Estos del P.P, Mariano con su cuadrilla, son unos tipos que defienden sus intereses personales y nada más. Lo importante es ocupar una buena silla remunerada dentro del partido y ya está. Y como para mantener sus sillas se trata de tener al personal contento: prefieren perder una comunidad autónoma antes que retirar al sostenedor de una silla. Gracias a este planteamiento van a perder la comunidad asturiana. A nuestros políticos ni les importa España, ni las CC.AA, ni los ayuntamientos. Algunos políticos se retiran de la política por agotamiento sexual, no sé a qué viene esto. ¡Ah ya! Cascos es mucho Cascos y ha vuelto a la política después de haberse desentendido de ella; pero sabiendo que con él a la cabeza ganan Asturias, es de necios retirarlo del mapa. El planteamiento del Partido Popular es el siguiente: prefieren perder una comunidad autónoma y quedarse con una silla coja, antes que quitar de en medio a un político/a incapaz de hacerse con una comunidad autónoma.

El viernes al cine y sesión de lujo: proyectaron la película para mí sola, no había nadie más en la sala. No es la primera vez que me pasa y puedo decir que me encanta estar sola en el cine frente la gran pantalla. The Tourist. Venecia preciosa y la Jolie, vestida como para ir de boda, interpretando el papel de mascarón de proa. Mejor hubiese estado en ese papel Mónica Belucci, más guapa y más meridional. Me gustó el elenco de actores italianos que desfilan a lo largo de la película en una especie de cameo. The Tourist se deja ver, quizá sea porque se desarrolla en la ciudad de los canales. El mismo guión en Soria o en Albacete no hubiese dado tanto juego.

Azulenca

miércoles, 20 de octubre de 2010

LIU XIAOBO Y VARGAS LLOSA, DOS PREMIOS NOBEL (Servando Gotor)

SGS

Cuenta que su primera lección de liberalismo la recibió en casa. Sus padres se separaron poco antes de nacer él porque “papaíto” se había liado con una teutona. Le ocultaron el asunto diciéndole que “papaíto” había muerto. Habitualmente su abuela y la hermana de ésta hablaban mal de otro familiar que salió un día a por tabaco y nunca volvió. El niño preguntó qué había hecho y la abuela concluyó: “corromperse”.


Mario Vargas Llosa, liberal. Liberal e hispanoparlante, algo que no se lleva, especialmente en España, único sitio del mundo en el que, además, existe una ataque institucional contra el propio idioma. Qué cosas. Y ahora llegan los suecos y le dan el premio Nobel de Literatura al autor de una obra en “español” (y digo bien porque el “castellano” es el idioma “español” por antonomasia y como “español” es conocido mundialmente) y, además, liberal.

No conformes, los de Estocolmo le conceden el Nobel de la Paz a Liu Xiaobo, condenado a once años de prisión por reivindicar reformas democráticas en China. "Me parece una magnífica noticia porque muchas veces se olvida que China, que está alcanzando unos éxitos económicos extraordinarios, sigue siendo una dictadura y bastante monolítica", ha afirmado precisamente… Vargas Llosa.

El crimen de Liu Xiaobo: firmar la "Carta 08" en la que se pide la aplicación de los derechos humanos de la Constitución China, como la libertad de prensa y de expresión, el multipartidismo o la protección del medio ambiente. El manifiesto, que hoy acumula 20.000 firmas, está inspirado en la "Carta 77" que la oposición checa redactó en 1977 y que contribuyó a la caída del régimen comunista en 1989. A Pequín, este galardón le ha parecido, simplemente, un insulto y ha amenazado a los noruegos. Estos han respondido que “hay una clara línea entre un comité independiente y el Gobierno noruego. Deben entender –los chinos- que así funciona nuestra sociedad”.

El porvenir es de China y China se comerá al mundo, no hay duda. Ahora bien, cualitativamente, el futuro no está en un Estado totalitario ni en el comunismo ni en el alfabeto chino. China fagocitará al resto como han hecho todos los imperios en la historia: seducida por la cultura de los vencidos, en este caso la nuestra, la occidental. Entre las pocas cosas buenas de Mao destaca la creación de una transcripción fonética generalizada del chino mandarín al alfabeto occidental (el “pinyin”) y, sobre todo, la creación del chino simplificado. La complejidad del alfabeto chino tradicional lo hacía elitista, su simplificación ha conseguido una casi generalizada alfabetización. El pinyin, además, logra una transcripción única (esto es vital: “única”) al alfabeto occidental de ese chino simplificado (ahora, por ejemplo, se escribe “beijing” en todo el mundo y en todo el mundo se pronuncia algo parecido a “pequín”). Con el chino simplificado los chinos se alfabetizan, con el pinyin nosotros pronunciamos y escribimos sus palabras y ellos nuestro alfabeto. De esta forma, vaticino que los chinos acabarán escribiendo el idioma chino en chino simplificado pero con caracteres occidentales (pinyin). Nos conquistarán y quizá acabemos hablando chino: pero en alfabeto romano, ellos y nosotros. Nos vencerán y comeremos arroz… pero con cuchillo y tenedor, vencedores y vencidos. El dragón se comerá al toro pero sus ojos ya no serán tan rasgados.

Puede que asistamos al harakiri de occidente. Y en España –nuevos ricos- quizá seamos el paradigma de semejante autocastración. Pero todavía estamos a tiempo de salvar muchos muebles a la vista de estos dos premios… y del pinyin. Algo se mueve, y algo pesa todavía en occidente.

En última instancia, qué más da. Toro o dragón, lo primero el individuo. “¡Ay, si conociera a un hombre que olvidara el lenguaje, para tener con quién hablar! (Zhuangzi, siglo IV a. C).



Servando Gotor
El Comarcal del Jiloca, 15/10/10

domingo, 13 de septiembre de 2009

OCCIDENTE (Servando Gotor)


Conclusa ya la paralizante canícula, hasta en mi barricada vuelvo a leer un poco. Siglo V antes de Cristo. Pericles dice a los atenienses: “tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades y somos más ejemplo que imitadores. Su nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos sino de la mayoría…”

Resulta incuestionable que la idea de democracia se ha generado en Occidente. Que fueron los griegos quienes la descubrieron (mejor sería decir “concibieron”) y que desde entonces se ha ido definiendo, matizando y configurando hasta llegar a su actual concepción. Así, Roma aportaría el Derecho y la idea de ciudadanía universal y el Cristianismo enarbolaría la caridad imponiéndose definitivamente como heredero y transmisor de Grecia y Roma sin olvidar toda la tradición judía asumida y tamizada por el Nuevo Testamento, todo lo cual se va cociendo en la convulsa Edad Media que concluye con la victoria sobre el Islán y la recuperación en el Renacimiento del humanismo grecolatino. Así se consigue aterrizar finalmente en la Ilustración (“iluminación”) que acabará con el “oscurantismo” teocrático de la Edad Media (el poder terrenal otorgado por Dios) alumbrando la Razón. Este será el punto de inflexión más importante: la caridad cristiana racionalmente humanizada. Y de aquí surgirán las ideas de democracia constitucional y Estado de Derecho (Revolución Francesa) anteponiendo la libertad (en la que se asienta la tolerancia) a la fraternidad y la igualdad. El avance paralelo de la ciencia y la técnica (la Revolución Industrial) generará un capitalismo atroz y una clase obrera explotada y masacrada que luchará por la igualdad y el colectivismo: Revolución Social. La libertad quedará así matizada por cierto intervencionismo estatal corrector de desajustes (Estado social de Derecho). En el Este de Europa tal intervencionismo se impondrá hasta abolir la libertad (socialismo), fracasando finalmente a finales del siglo XX.

Todas estas etapas ha tenido que recorrer Occidente para llegar al grado de libertad, tolerancia, bienestar y avance social y cultural que ahora conocemos.

¿Qué otras alternativas hay? NIN-GU-NA.

Cierto que el Islán conoció tiempos igual o incluso más refinados cultural y estéticamente que el occidente cristiano. Exquisiteces que, como ocurre siempre, asumirá y mimetizará el vencedor (el Cristianismo). Cierto. Pero ahí se estancó. Careció de un renacimiento y de una ilustración, de una revolución industrial y una revolución social. Y por ello siguen anclados en esa teocracia medieval, en ese poder terrenal que emana de Dios.

En cuanto a China, toda su cultura autóctona se ha visto impregnada desde el siglo pasado por un comunismo que, como en el resto del mundo, ha resultado fallido. China acabará por imponerse, así parece, al menos estadísticamente. Pero se impondrá como se impone todo imperio: seducida por los encantos del vencido, fagocitando lo mejor del occidente cristiano, sus valores y sus logros. De hecho, el “progreso” que ha experimentado en las últimas décadas se asienta sobre pilares occidentales: técnica y culturalmente.

Ardua tarea dilucidar qué entendemos por “progreso”, es verdad. Pero si “los orientes” no recorren el largo camino de Occidente, si no pasan por un renacimiento y una ilustración, no será aceptable otra alianza de civilizaciones que aquella que respete y garantice los mínimos de democracia, libertad (tolerancia) e igualdad aquí conseguidos y por los que tanto lucharon nuestros antepasados. Esos antepasados que para Pericles, eran “dignos de elogio, y aún más nuestros padres, pues no sin esfuerzo añadieron al legado que recibieron el imperio que poseemos.” Da igual vivir rodeado de chinos o zulúes, incluso que nos gobiernen. Lo inquietante sería dar al traste con esta cultura democrática occidental, verdadero tesoro legado por nuestros mayores y cuya conservación y ampliación es nuestro derecho y nuestro principal deber (también esto lo dijo Pericles hace casi dos mil quinientos años).


(El Comarcal del Jiloca, 05/09/09)

domingo, 21 de diciembre de 2008

MAO MAO

(Aunque como todo artículo periodístico envejeció inmediatamente, la información sobre China, extraída de un libro que se menta expresamente, resulta verdaderamente espectacular).

MAO MAO
Pasaron las Navidades. Y si hemos hecho caso al gobierno de España, “obrero” y “socialista”, habremos comido conejo en nuestra casa de treinta metros, embutiditos en nuestro jersey de mezcla para ahorrar energía.

Hogar, dulce hogar. Algo así como mi barricada: unos treinta metros y en lugar de calefacción, bufanda. Y ahora, en el 2008, las subidas: luz, gas, teléfono... Fruslerías. De hecho, cuando dan estas noticias en televisión siempre lo hacen sonriendo, ¿lo han notado? Qué graciosa la inflación, qué cosas tiene.

Bagatelas. Lo principal, que ha llegado el 2008 y las miradas del universo estarán pendientes de... -Chachán, redoble de tambores-. Pendientes de... ¡China!

Sí, de Pekín. Que de nuestra Expo mejor ni hablar: la noche de fin de año me deprimió la patética imagen que ofrecimos en Telecinco. Pero me consuela saber que, gracias a los Juegos Olímpicos de Pekín, poco se hablará de nuestra Expo (“summa intelligentia”). Sí, porque este año va a ser el de la presentación y puesta de largo del próximo imperio. Ya Napoleón -cuentan- predijo hace doscientos años que el XXI sería el siglo de China. Atrás queda Roma, la Monarquía Hispánica, la Commonwealth británica y el Imperio colonial francés. Y en cuanto a USA, 2008 anuncia el principio del fin.

Lo importante es que no va a ser sólo un cambio de imperio, no. Lo que se nos avecina es, nada menos que un relevo de civilizaciones (sí, “relevo”, no “alianza”). Inaudito: Confucio y taoísmo en vez de Aristóteles, ahí es nada. Y no sólo eso: por vez primera un estado rico y poderoso regirá los destinos del mundo sin ningún antecedente cristiano. Así, que se acabó. Ya vale. Que Occidente llevaba muchos siglos como ombligo del mundo (ónfalo cósmico). Ahora, China: un “estado socialista de derecho”, una “economía socialista de mercado”.

Ya lo dijo Deng Chiao Ping en 1980, pasando página a la Revolución cultural: “Es glorioso hacerse rico”. La sentencia -dicen- es de Confucio, dos mil quinientos años atrás. ¡Dos mil quinientos!

Y es que hablar de China es hablar de números brutales. Vean estos (la fuente: “El Enigma Chino”, de Marcelo Muñoz): oficialmente se reconocen 1.300.000.000 de habitantes aunque, de hecho, andan por los 1.600.000.000, cifra similar a la población de toda América (la del Norte, Centro y Sur) más la de Europa, incluida Rusia. Buena parte de esa población vive ya en grandes ciudades: siete de ellas superan los 10.000.000 de habitantes (más que Alemania); dieciocho, entre 4.000.000 y 9.000.000; veinticinco entre 2.000.000 y 4.000.000; ciento veinticinco -¡ciudades!- entre 1.000.000 y 2.000.000. Y 108 -nótese bien: 108 ciudades- superan los 500.000 habitantes. Sólo en Pekín, Shanghai y Cantón se están construyendo más de cuarenta ciudades satélite para absorber a la inmigración campesina.

Más: se calcula que 2007 habrá terminado con cerca de un millón de personas con un patrimonio superior al millón de euros, de las que más de quinientas se acercan a los cien millones (hablamos de China, claro). Y unos ciento treinta millones tienen un poder adquisitivo superior a la media española.

Más: el chino es el idioma más hablado en el mundo. China, el mayor país de habla inglesa: 250 millones de escolares estudian inglés, más que en USA. El salto al ordenador ha sido vertiginoso: de los 4.000.000 de internautas que había en 1999 se ha llegado a más de 200.000.000 en el 2007 y se calcula que cada día -¡cada día!- se estrenan 100.000 internautas.

Más... ¿Más? Hay mucho más. Pero como muestra, vale.

En fin, no desfallecer (“siempre nos quedará París”): nuestro estado se fortalece día a día... pero frente a nosotros, los ciudadanos. Nos tiene más controlados. Las libertades más recortadas. Y los pisos de treinta metros, creciendo como setas. Vamos, algo parecido a la China... de Mao.

(El Comarcal del Jiloca, 11/1/2007)
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