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viernes, 9 de mayo de 2014

POR FIN SE PRESENTÓ EN MURCIA EL LIBRO DE NUESTRO AMIGO Y ADMIRADO JUAN SERRANO. PARA LOS QUE NO PUDIMOS ESTAR ALLÍ, ESTAS FUERON SUS PALABRAS (AH, Y EL LIBRO SIGUE GRATIS TODO EL FIN DE SEMANA EN VERSIÓN DIGITAL)

Este fin de semana gratis
la versión digital en amazon


Cuatro cosas

con motivo de la Presentación del Libro

Esta sombra no es mía


Me vais a permitir cuatro cosas. Y digo permitir, a conciencia. Pues estas cuatro cosas, traídas aquí a contrapelo, son más bien retales de ideas, exabruptos nada claros, pues como mi sombra, en mi cabeza andan confusas y enmarañadas.


Primera cosa

Nunca mi agradecimiento estará a la altura de vuestra honrosa presencia con motivo de la presentación de estas dos fanegas de cuentos. Exactamente 112. Como el número del teléfono de emergencia. Como ciento doce son las casas de un pueblo de no sé donde, o los ciento doce saltos que tuvo que dar la zorra de Esopo hasta autoengañarse de que las uvas estaban verdes. No es mía la iniciativa de la presentación de este libro, sino de un grupo de amigos. Entre la generosidad adelantada de este grupo de compañeros y mi correspondencia debida, un gran trecho me separa, una deuda difícil de saldar.

No es este 112 un número intencionado, misterioso, sino fruto de la casualidad, como la vida misma, como un arroz con leche a punto, o los 23 pares de cromosomas de nuestro cuerpo. Sólo a partir de su existencia es cuando las cosas recuperan el misterio. Lo invisible a través de lo visible es perceptible al ojo.


La segunda cosa

Una cita de Ciorán: Un libro, no es sino la pérdida de la inocencia. Y este indecente atrevimiento, tampoco es de mi incumbencia, que se lo debo a Servando Gotor. Como editor de Lecturas Hispánicas, este hombre fue el que me propuso desnudarme delante de cualquier lector que osara fijar sus ojos en la sombra de estos cuentos, aún a riesgo de quedar ciego. Este libro tiene las letras muy grandes. Y la vista, digo yo, sufrirá más por tanto. Que entre grande y pequeño malo, me quedo con el mal menor.

Y digo sombra. Hubiera dicho mejor luz, pero es lo mismo. A estas alturas del cuento de mi vida confundo tanto estos dos conceptos, que ya no sé lo que es blanco ni negro. Que tanto monta. La sombra siempre lleva el sol a cuesta. Y lleva razón Ciorán. Escribir es despelotarse, perder la vergüenza, querer tanto que a uno lo vean vestido de letras que prefiere ser uve o zeta más que él mismo en persona. ¡Que ya es decir!



Tercera cosa

El por qué del título del Libro: Esta sombra no es mía. ¡Ay si yo supiera analizar el sentido de: Esta sombra no es mía! Frase que ni siquiera es mía que se la cogí a rodeón a Miguel Hernández de su Elegía Primera con motivo del asesinato de García Lorca:

Como si paseara con tu sombra,
paseo con la mía
por una tierra que el silencio alfombra
que el ciprés apetece más sombría.

A lo largo de la literatura, por no decir de la historia, todos aquellos que abominaron de su sombra se vieron privados de su luminosidad. Fausto, Jekyll y Hyde, Dorian Gray. Y por no caer en sus errores, quise con estos cuentos hacer las paces con la piara de yoes que llevo dentro. Y quise a través de la escritura sacarlos a flote. Hice un pacto con los dioses de la escritura. Ellos me ayudarían a perpetuarme en otras historias, y a cambio yo les entregaría mi vida ya vivida. En un principio disfruté con nuevas y estrenadas existencias. Y así mientras que jugaba en estos cuentos a ser Paco Pijo, María del Olvido, Akhenaton, Cordelio Caprino, Percherito, Doña Celsa... fui feliz.

Pero el otro día, en las fiestas de primavera fui con Maricarmen a tomar unas tapas a la barraca del Azahar. Y allí, junto a nuestra mesa, dos muchachas hacían tiempo esperando a otra persona. Y de pronto apareció un joven fornido, de mentón pronunciado, brazos desnudos, nariz perfecta, ojos gitanos. Este muchacho ceñía el tronco de su hermoso cuerpo con una vistosa camisa de superman. Y me resultó tan ridícula su atrevida vestimenta, que de pronto toda su belleza se me vino abajo. Basta colocar encima de nuestra natural hechura cualquier disfraz para afear toda nuestra fisonomía.

Y fue a partir de este incidente, cuando me pregunté si el pacto hecho con aquel Mefistos de la creación literaria, acaso no fuera un timo. Y el jueguecito del vamos a contar mentiras de los cuentos, también lo puse en entredicho. Las liebres no corrían por el mar, ni por el monte las sardinas. Así que me dije: Virgencica mejor que me quede como estoy.

Y para aclarar esta tercera cosa aquí traigo el relato de una experiencia de la que un día fui testigo.
  

Última y cuarta cosa

Era muy mayor, y estaba ya muy enferma. Tan sólo le faltaban dos meses para morir. Una tarde, una joven amiga fue a visitar a esta anciana. La joven atravesaba momentos difíciles, hastiada estaba de su vida. De pronto vi como la muchacha se acostó junto a la mujer. Y casi con unción divina la muchacha empezó a acariciarle la cara. Desplegaba una de sus manos por su frente como absorbiendo sus pensamientos, como si quisiera robarle el alma. Una de las veces, arrimó su cabeza a la suya, y con delicadeza la puso sobre el hombro de la mujer mayor. Luego buscó su mano por debajo de la sábana, y mano con mano, con los ojos cerrados, las dos estuvieron así un buen rato. La anciana se extrañó. La muchacha siempre que había ido a visitar a su amiga había sido amable, pero no de manera tan efusiva. La muchacha al notar un cierto rechazo, le dijo a la anciana:

-          Tranquila, mujer, que no es lo que se piensa, tan sólo quiero proponerle un trato: ¿cambiaría usted su vida, sus ochenta y cuatro años, por mis treinta y cuatro recién cumplidos?

Y no hizo la muchacha la pregunta como un cumplido. Habló con la sinceridad de quien está harta y desesperada al ver la paz de la anciana en sus ojos y en su cara . Su propuesta era descaradamente una transacción en toda regla. A cualquiera mujer de la edad de la mujer mayor, le proponen oferta tan ventajosa y no se lo piensa dos veces: reducir sus años a la mitad, recobrar sus energías, adiós a tener que ir a hemodiálisis tres veces a la semana. Pero no, la anciana, se incorporó de la cama y esto es lo que le dijo a la joven:

-          Ni hablar del peluquín, mi niña. Yo no vendo a nadie mis amores, mis sufrimientos, mis hijos, mis alegrías, mis muertos, mis victorias perdidas, mis derrotas ganadas, mis años de guerra y hambre, la gravidez de mis cinco embarazos, mis horas de setenta minutos de pie junto a la cinta en la fábrica, mi pensión tan laboriosamente conseguida, mi tiempo lavando ajeno, mi pausado acelerar en la máquina de coser reconvirtiendo ropa usada en prendas nuevas para mis hijos. No permita Dios que tenga que volver a pasar otra vez por lo que yo he pasado.  Muchacha, mi vida yo no la cambio  por nada.






martes, 29 de abril de 2014

PRESENTACIÓN DE "ESTA SOMBRA NO ES MÍA", DE JUAN SERRANO.


El jueves, 8 de mayo, a las 20 horas, la librería Educania, de Murcia, va a presentar el libro de nuestro amigo Juan Serrano "Esta sombra no es mía". Lecturas hispánicas pondrá gratuitamente, durante todo este fin de semana, la edición digital de esta exquisita selección de cuentos.
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Portada del libro
con una ilustración de Quinita Fogué

Plantaremos otro almendro

Al almendro se le olvidó que era árbol; y en ese momento ya no miró hacia lo alto. Y su cuerpo cayó desplomado, todo lo largo que era, en la espesura de la tierra abierta.

“Un clavo quita otro clavo. Plantaremos otro almendro ―te dije―, ... que una mancha de mora con otra mora se borra.”

Y fue entonces cuando me contaste aquel chiste de tan poca gracia:

“... ese del drogata que gracias a que enfermó de alzhéimer se le olvidó inyectarse su mescalina obligada.”

"Plantaremos otro almendro" es uno de los más de cien cuentos y seguramente el más corto que Lecturas hispánicas recoge en este volumen.

Todos de la inteligente, sensible y graciosa pluma del escritor Juan Serrano, quien, en plena madurez literaria y al roce de la siempre estimulante brisa mediterránea, piensa, observa, siente y escribe, hermosas narraciones, maravillosos versos y sentidas reflexiones. 

El hombre, la vida, las cosas y los detalles, los pequeños detalles... En todo encuentra y en todo vuelca Juan Serrano su verdadero compromiso literario, su auténtico proyecto vital, que ahora el lector, además de en su concurrido blog, Blao, va a poder compartir y disfrutar sumergiéndose en la exquisita y soberbia prosa que discurre por esta extraordinaria colección de ciento doce cuentos. 

De la siempre acogedora soledad rural a la tantas veces peligrosa compañía urbana, pasando por el amor y la muerte, la crítica social y el compromiso personal, todo lo comprende el universo narrativo de Juan Serrano, del que estas instantáneas constituyen una buena muestra.

Juan Serrano nació en Yecla, Murcia, en 1943. Fue profesor de Educación Infantil y Logopeda y obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Cuentos Lugarde, el robo del siglo del Ayuntamiento de Murcia en 1999. Es miembro de Molínea, Colectivo de poetas y cuentistas de Molina de Segura y administrador del blog de literatura Blao. Ha sido publicado en las antologías París y Nueva York, de M.A.R. Editor.




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Descargar gratis 
versión digital, jueves 8 a domingo 11de mayo
en amazon
(también disponible en tapa blanda) 


jueves, 20 de febrero de 2014

SORDA SOLEDAD (Juan Serrano)


Sorda soledad






Me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio - sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad - mis amigos continuaron- y yo me quedé atrás - temblando de ansiedad - sentí un grito interminable que atravesaba la naturaleza. (Diario de E. Munch. Enero 1892)
Su carácter, un tanto agrio y estúpido. Herencia tal vez de su abuelo paterno que enviudó pronto. Es el cumpleaños de Mariana. Sus compañeros de trabajo han venido a felicitarla, y de paso se quedan a cenar en casa. Eusebio aguanta la velada, más por las artes amatorias de Mariana, que por su actitud hospitalaria. Como consorte, el hombre mantiene el tipo lo mejor que puede. Si del abuelo paterno, Eusebio heredó su mal genio, del materno heredó la sordera. De ahí su hosquedad y retraimiento. Le cansa la algarabía. De tanto tensar las antenas de su escasa audición, resentido anda, más que el resto de los invitados a la mesa de palabras borrachas, palabras con vino y carne a la brasa, palabras borrosas que con el ruido se le enredan en el silencio de sus entendederas, se le atascan las palabras como bolo ceruminoso en el galillo de su paladar acústico. Y es que para Eusebio, el silencio y el ruido son sinónimos.

Es muy duro para el pájaro tener alas, volar como el pensamiento, y sentir que el aire desaparece de sus orejas resecas. Es muy duro para el pez descuartizarse a coletazos contra las rocas alquitranadas en una playa ensordecedora de olas que chillan al compás estridente de gaviotas con disentería en el pico. Es muy duro para un sordo estar en medio de una reunión babélica, velada de voces opacas, y no entender ni papa, ser un muerto, anfitrión o convidado, poste sin hilos, un muermo, un tronco entumecido. Y encima tener que comportarse como cortés y atento diapasón de piedra.

Si al menos, Eusebio fuese una maceta, un florero, algo adornaría, y hasta ocuparía un lugar privilegiado en este festín de acúfenos meniéricos. Pero estar sordo en medio de este bullicioso brindis, es ser un orinal debajo de la cama, menos que un fantasma. El fantasma al menos espanta. El sordo no sólo está callado, sino que intimida y calla a todos los que le rodean. Su mudez amordaza las bocas ajenas. Eusebio se siente incómodo. Al menos, no en igualdad de condiciones.

Los compañeros, esta noche, parecen haber comido lenguas de cotorra. Es difícil para los amigos de Mariana compartir palabra alguna con Eusebio. El sordo no oye, pero los amigos, oyendo, tienen que tragarse las palabras insípidas de un sordo, siempre ausente, fuera de contexto. Una ventaja tiene Eusebio sobre el resto: es más cauto, sensible y perceptivo al mundo de la imagen. Y se entretiene, ajeno a la tertulia, poniendo a cada uno de los comensales la cara de un pez que más parecido tenga con su ademán o ridículo comportamiento: besugo, bacalao, ostra, boquerón..., y así hasta llegar a diez clases distintas de pescado, el total de los amigos de Mariana que completan la cena. Aunque Eusebio pasa ya de esa manida idea compensatoria y humillante de que los discapacitados son más hábiles en otras áreas y tareas. Por más que queramos enaltecer a la sordera, sólo existe lo que se oye, lo que se percibe. El aire es vida, y susurra; el fuego alienta y crepita; el agua mana y canta. Las pisadas de las sombras son rastros vacío en la penumbra, sordos ecos que asustan e intimidan. Más miedo sentimos de lo que no vemos ni oímos, que de aquello que con su realidad tangente nos asusta y hiere. Por eso, Eusebio es desconfiado, temeroso y receloso. Y las inteligibles voces de la sobremesa son pánico para sus fatigados tímpanos. Incomprensibilidad inaudita. El griterío de los compañeros de Mariana le causa pasmo y terror.

Al niño, la noche callada le da miedo. El fantasma más odiado para el niño es el silencio que le quema con agua hirviendo los ojos. En cambio, el silencio es la única persona que acompaña y entiende a Eusebio. El canto de la madre, su voz, ahuyenta el silencio acosador y estrepitoso, su música desvanece sombras, conjura dragones y demonios. A Eusebio las voces de los amigos de Mariana son duendes que a mordiscos le rebanan el cerebro. Para un niño sordo, no hay nanas que valgan. Para un niño sordo, no hay sones ni flautas. La voz es una caricia que canta el alma. El silencio es un desprecio, una insolencia, una pistola disparada. El silencio es la muerte para el niño. Por el contrario, el silencio es el verbo interlocutor de Eusebio, ventrílocuas estrellas para sus ojos cargados de sueños. 

Son ya más de las dos de la madrugada. El manto oscuro de la noche parlante y dicharachera es una daga en su atragantada garganta. La paciencia tiene un límite. La velada se alarga. Los chistes, las canciones, las risas elevan el tono. Eusebio está cansado. La planta de su cuerpo mustio, ya ni siquiera es visible para Mariana. Cerrados tiene los oídos. Y Eusebio como autodefensa se hace, además, el ciego. Entornado tiene sus párpados.

Y ahora, sí oye como los amigos le dicen a Mariana:

Pobrecito, tu marido de tanto aburrirse, se quedó dormido.


de su blog: Blao
5 de febrero, 2014


domingo, 17 de noviembre de 2013

"NIEBLA", NOVELA NO APTA PARA EL VERANO (Juan Serrano)




Desde el momento en que Augusto Pérez, en los mismos comienzos de Niebla, dice no hay nada más elegante que un paraguas cerrado, me reafirmo en mis desavenencias con don Miguel de Unamuno. Para mi, un paraguas abierto es mucho más bello y vistoso que una sombrilla plegada.
El que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja. Leí esta nivola en pleno verano, tiempo de giras y desplazamientos. Mi grado de concentración en aquellos días de asueto estival no era por tanto el más propicio para sacar todo el jugo literario, trágico y existencial que don Miguel en este libro tal vez vertiera. Y así, cual picaflor impaciente, ajeno a las profundidades filosóficas de la vida, me dejé llevar más de la trama que como comedia de enredos Niebla me sugería.
Y mientras leía la niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, el sol de la playa, el agua refrescante, el ocio y la brisa del mar aletargaban mi ánimo y me conducían tras los pasos de cualquier muchacha que delante de mis ojos pasara. Y entonces, ¡sí!, no disentía en nada del profesor cuando decía: Todas las mujeres no son sino remedos de la una, de la única, de mi dulce Eugenia.
Y cuando de nuevo el filósofo bilbaíno cual hábil práctico, entre escollos y marejadas de amores y celos, volvía a la carga con sus pensamientos de trascendente trashumancia: nos movemos en dos direcciones: del pasado al mañana y del hoy al ayer, yo me levantaba al momento de la tumbona y me servía otra paloma de anís. Y de nuevo me sumergía, frente a la isla del puerto de Mazarrón, donde yo a la sazón pasaba unos días de descanso, en la placidez de la monotonía, esa acaramelada eternidad sin porvenir ni deseo, que se parece lo más a la muerte.Lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que existe.
A don Miguel y a Augusto, con tanto bebercio fresco y aquellos calores del verano, yo a los dos confundía. Y de nuevo volvía malhumorado el protagonista preguntándome: ¿pero el otro no es el novio de Eugenia? Y al instante él mismo se contestaba poético, colérico, mefistofélico, cual Rimbaud desde Abisinia: ¡el otro soy yo! Y disfrutaba de ver a Unamuno, un señor tan serio, barbudo y excéntrico, hasta las cejas enamorado en la persona del joven Augusto. Y me alegraba ver al señorito Pérez, tan madrero, encorsetado e impermeable a los sentidos, convertido también al amor: Esa mujer me ha vuelto ciego al darme la vista. La producción literaria de un autor suele compensar lo que en la vida le falta. Un escritor triste y reservado escribirá en claves de humor. Y así es como el autor logra su equilibrio emocional, escapando, gracias a su imaginación, de su yo insociable y misántropo.
Si en lugar de haber leído Niebla en plena canícula de agosto, lo hubiese hecho desde el balcón de este otoño abstemio, estación de sombras y grises, lluvias y vientos, tal vez su lectura hubiese alimentado esos deseos de eternidad por los cuales me desvivo, sobre todo ahora, cuando veo que los días de luz se acortan y las noches alargan mis miedos. Y al igual que Augusto, yo también escaparía de las páginas del libro de mi vida para decirle al demiurgo de mis fantasías que no deje morir mis sueños. Y así no acabar reconociendo como Unamuno mi mortalidad cantada:
Yo soñé luego que me moría, y en el momento mismo que soñaba dar el último respiro me desperté con cierta opresión en el pecho.


Juan Serrano
de su blog: Blao
12 noviembre, 2012





domingo, 10 de noviembre de 2013

NUNCA MÁS SE LE VIO EL PELO (Juan Serrano)



El humo de las chimeneas de las fábricas ensombrece mis ojos. Azulada es un pueblo intransitable, tapón múltiple, todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas emborronan lo que busco. La situación del pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas en cuesta arriba. Callejones y travesías entrecruzadas forman un laberinto que me impiden dar con el niño que dejé aquí hace cincuenta años. 

Azulada parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. Todos corren al mismo tiempo, a la misma hora, con el mismo empeño, tras la misma presa, parecen evacuados trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Miro las baldosas en forma de pastillas de chocolate. Estas losetas que piso son las mismas que de pequeño aporreaba con una caña camino de la escuela. 

Las casas del pueblo todas están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero retener la antigua casa que una excavadora destruye con avidez.. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva construcción. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy son comercios y cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, un aparcamiento de dos plantas, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos grises. 

Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo, surcado por aires tan rápidos y frescos, es el mismo que de pequeño viera.

A mí madre también le hace daño echar la vista atrás, le duele recordar el camino andado, sufre volver sobre los recuerdos perdidos. Cuando alguien ha amado mucho a quien ha muerto, olvida para no seguir sufriendo su ausencia. Para madre el futuro es su muerte como para mi el pasado. Se esfumaron nuestros besos, las delicias del roce, las canciones y las risas. Atrás quedó su juventud de canciones entre vendimias y recogidas de aceitunas. Ya nunca volverán los olores a levadura de la artesa, cubierta con aquella manta de colores sobre la masa masajeada. Madre no quiere regresar al cuarto hondo, a la habitación trasera, a la covacha, no quiere remover sus heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de víveres para terminar la semana, la vergüenza de soportar que su hija tenga que servir en casa de señoritos altivos. 

En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay suficiente para pagar al señor, el prestamista que nos adelantó el dinero para comprar la casa. Madre no aguanta que mi hermano cuente ahora historias de antes: 

¡Para ya de decir tontunas, te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir mentiras!

Más me creo lo que dice mi hermano, que lo que madre quiere olvidar. Mi hermano habla ahora de dos árboles que teníamos en el corral bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, hincábamos la navaja en el cuadrado del otro, y según como quedara el sentido de la hoja clavada en tierra, así marcábamos en esa dirección una recta, que arrebataba al contrario una buena porción de su territorio. 

Y mientras mi hermano cuenta y cuenta anécdotas de cuando éramos pequeños, yo no me acuerdo de nada. Nada guardo de mi infancia, nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: ni un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad que me pudieron reportar aquellos entretenimientos. Es triste nacer mayor, como un pájaro que sale del huevo con las uñas largas, como el vino sin calor, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. No recuerdo las caricias de mi madre en noche de altas fiebres. Y tengo que inventarme sus canciones a mis sueños de miedo. Recrear el olor de su seno a leche, la ternura de sus dedos acariciando los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi mano helada.

Escucho a mi hermano por ver si sus palabras pudieran devolverme mi niño olvidado. Es duro perder a un padre cuando uno es pequeño, pero más duro es perder el pequeño que todos llevamos dentro. Busco a ese niño por toda Azulada, y no lo encuentro. Esta tierra me aprieta. Mi hermano de pequeño me desposeyó ganándome al juego de la lima, comiéndome el terreno. Tal vez no fuese mi hermano, que fuera el hijo de Doña Pilar Redondo, aquel que me abrió la cabeza de una pedrada cuando jugábamos detrás del viejo teatro del Concha Segura. Por esa brecha salió espantada mi tierna infancia, como niño despavorido que toca el timbre de una casa y sale corriendo y nunca más se le vio el pelo.


Juan Serrano
de su blog: Blao
30 octubre, 2013


sábado, 2 de noviembre de 2013

EL DON DE LA UBICUIDAD (Juan Serrano)



Las hojas de los árboles habían dejado de moverse. El cielo, completamente azul. La ciudad parecía un estanque de hielo en verano. La calle estaba desierta. Las aceras, todavía mojadas. Los barrenderos, hacía poco, que habían terminado su trabajo. Con ser la hora de entrar los niños al colegio, no vi a ninguna madre arrastrando a su hijo camino de la escuela. Tan quieto estaba el aire, que todo parecía una fotografía.
Me quedé sobrecogido nada más ver tus pies calzados con mis propias sandalias. Precisamente en aquella época pasaba por un momento de simplicidad tal, que todo, o casi todo lo que precisaba para vivir, lo hacía con mis propias manos. Como te digo, las sandalias que yo calzaba en aquellas fechas, eran irrepetibles. Yo mismo compré el cuero en la tienda de aquel peletero. Con las herramientas de marroquinería que me prestó mi amigo Alfonso, yo mismo emblandecí, corté y cosí las tiras de las sandalias, que productivamente años me duraron. Las sandalias que por aquel entonces yo llevaba, nadie, ¡nadie!, a no ser que fuesen las mías, podía calzarlas. Al verte aquella mañana con mis sandalias puestas, me llené de asombro y una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Un doble y contradictorio sentimiento ambiguo estranguló por un momento mi respiración: descanso por dar al fin con la persona de mis cuernos, y tristeza, al traerme tu presencia el recuerdo de mi desgracia.
No me dio tiempo a entendérmelas contigo, ni a que me sacaras de dudas. Cuando quise hacerlo, ya habías desaparecido. Me ocurrió lo que al niño que juega en la ribera de un río. Un poco más arriba del curso del arroyo, este mismo niño ha tirado al agua un trozo de corcho, la pequeña corteza de árbol, en la que su abuelo le ha ahuecado, tallado, el diminuto barco de sus sueños. El niño corre veloz por ver, si un poco más abajo, adelantándose al rápido fluir del barquito, pudiera ahora recibir con vítores su llegada. Todo ha sido inútil, cuando el niño, agotado tras una larga carrera, se asoma a la orilla, ve como su ilusión navega, lejos ya, entre las curvas del boscaje del arroyo. 
Que nos crucemos en la calle a personas llevando nuestra misma camisa, no es de extrañar. Hasta la sudación, una cosa tan original por su especificidad como es el olor personal, ya es ahogado por el invento de los desodorantes. Nos cruzamos con personas que visten, se peinan, se pintan y se calzan igual que nosotros, llevan nuestro propio gusto, el mismo perfume, el mismo paraguas. Yo aquella mañana me di de bruces con quien conmigo compartía mi amor por la misma mujer.
Al verte aquella mañana con mis sandalias, una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Quise demostrarme en aquel momento el don de la ubicuidad. Pero no me dio tiempo a preguntarte:
Por favor me podría usted dejar ver un momento. No le parece demasiada coincidencia que tengamos el mismo gusto por el calzado. 
Al llegar a casa, lo primero fue preguntar a mi mujer por mis sandalias de cuero.
No te acuerdas que las tiré a la basura, estaban para el arrastre. ¡Mira que te cuesta trabajo desprenderte de las cosas! Tan obsesionadamente te apegas a ella, que luego no hay quien te haga quitártelas de encima. 
Mi mujer continuó luego hablándome de algo que casi no me acuerdo, de fetichismo, de que si yo subjetizaba de tal manera mis prendas de vestir que las personalizaba hasta el punto de confundirme con ellas. Yo, en ese momento, de tan confundido, no tenía ganas ganas de dicutir. A mi mujer, por supuesto, nada le dije de mi encuentro contigo, y mucho menos de que te había visto con mis propias sandalias. Tal fue su divagada defensa de ocultar lo que para mí era vital, que desistí de ampliarle los detalles de nuestro simbólico encuentro. 
A partir de ahí, lo que empezó a preocuparme, no fue la mirada esquiva de mi mujer ante ciertas alusiones mías relacionadas con nuestra más honda intimidad conyugal, sino mis olvidos consentidos. Pero de lo que sí estaba completamente convencido es, de que las sandalias que tú llevabas aquel día eran las mías, las que yo curtí con mis propias manos. Como aquellas, imposible que hubiesen otras. A no ser que tu y yo fuésemos la misma persona.
Después de verte andando con ellas, de verte como casi con mis propios pies te distanciabas delante de mí, sin hacerme ni puñetero caso, acudió a mi cabeza, (¡tan desmemoriada para otras cosas!), las palabras textuales que se me habían quedado, tras leer aquella novela de Novairge: 
Si ves un hombre caminando con tus propios zapatos, piensa que tal vez los haya cogido equivocadamente de debajo de la cama donde duerme tu mujer.

Juan Serrano
de su blog: Blao
15 octubre, 2013




sábado, 26 de octubre de 2013

VERGOGNA, MAI PIÚ (Juan Serrano)



En Todo modo, Leonardo Sciacia recurre al género policiaco para tratar sobre la metafísica de la violencia, el trasfondo corrosivo del poder, la injusticia y otros intereses relacionados con la mafia. En una especie de convento-hotel, lugar apartado del mundanar ruido, capitostes de la politica, de la industria y de la iglesia se reunen para buscar y hallar la voluntad divina, según elmodo de aquellos famosos Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Gaetano es un cura enigmático que regenta esta peculiar casa de retiro y oración, cóctel de austeridad, maquinación y lujo. En la novela tienen lugar varios asesinatos. Y en este ambiente de intriga y mafia el cura Gateano llega a decir: Sólo falta un último bautismo, el de la muerte.
La muerte es el ateísmo por antonomasia, la negación del amor, el reverso de la hospitalidad, la cruz del encuentro. En Lampedusa, en las misma puertas de Europa, cuna de valores éticos como libertad, igualdad y justicia, la muerte de casi trescientos inmigrantes es un pecado irredento, imperdonable, imposible de ser bendecido por las aguas del bautismo. Este naufragio, provocado por la reducción exclusiva de espacios de circulación y seguridad por unas disposiciones jurídicas euronacionalistas contra el tránsito de las personas, es un exabrupto más de nuestra mal llamada civilidad y democracia.
Si Siacia en su novela Todo modo, sin él quererlo, predijo la muerte en extrañas circunstancia de Aldo Moro, cualquier otro escritor puede, por la misma razón de invención y fábula, configurar con sus letras la muerte futura de Jorge Mario Bergoglio. El que este hombre disienta públicamente de leyes europeas políticamente correctas, que construyen muros, levantan espadas y tienden alambradas al hambre en el cuerno de África, ponen al Papa Francisco en el mismo disparadero de aquellas logias que acabaron con la vida del líder democristiano de la Italia de los setenta.
Y como no quiero ser apologista de ningún asesinato, ni siquiera soñado, tan sólo me reitero en lo de siempre: ¡abajo fronteras, abajo morales ambiguas e hipócritas que hacen de la convivencia civil su particular conveniencia.


Juan Serrano
de su blog: Blao
4 octubre, 2013



sábado, 19 de octubre de 2013

AMORES FATUOS (Juan Serrano)





Cuando Huxley, cual vaciador de matrioskas, recurre en el Ciego de Gaza a otra novela embrionaria, (El Amante Invisible), el más prestigioso libro de amor escrito, el autor de El Mundo Feliz no hace sino remarcar las ilusiones frustradas de uno de sus personajes como amante imposible. Dickens hizo lo mismo en Grandes Esperanzas. La frialdad, el despecho y la crueldad de una chica frente al enamoramiento ardiente de un joven no correspondido. Estela contra Pip. Alma o cuerpo, el cielo contra el infierno. Y lo mismo Cervantes con la Dulcinea de los sueños de su Caballero Andante, enamorado de quien ella jamás lo supo ni le dio cata dello. O si no, que se lo pregunten a Juan de Yepes. ¿A dónde te escondiste, / Amado, y me dexaste con gemido? / Como el ciervo huíste / habiéndome herido / salí de ti clamando y eras ido. 
Vivimos en un plano idealizado de penumbras, y de tal manera falsamente iluminados, que cuando estamos frente a la pared viendo las sombras, meros reflejos a través de una simple lámpara colgada del techo, creemos disfrutar de la verdad del amor. Y si como el prisionero liberado de la Caverna de Platón, alguien quisiera desatarnos y conducirnos fuera, hacia la luz del sol, no sólo no le creeríamos, sino que lo mataríamos si pudiéramos, de lo bien instalados que estamos en la mentira de un beso.
Tiene Serrat una canción, (Me gusta todo de ti), que después de ir describiendo las partes dulces y hermosas del cuerpo de una bella muchacha, acaba gritando ¡PERO TU NO! Tal vez quiera Serrat con este desconcertante y quebrado verso convencernos de la inanidad del amor. Los poetas son necesarios para cubrir con su artificial canto nuestras necesidades de afecto jamás colmadas. Ellos son la boca de nuestro afásico corazón jamás henchido, las palabras de nuestro enterrado espíritu, el latir sublimado de nuestra ternura, el dulce lamento de nuestra furia siempre incontenida. Efecto placebo de la poesía necesariamente efímera.
Mi admiración por Neruda, Valente, Góngora o Juan Ramón Jimenez me viene por el reconocimiento al maravilloso servicio subsidiario que me prestan. Además de ser ellos mi conmovida palabra, son también mi cristalino mirar, el desahogado respirar de mi carne. Pero el alma es sólo el fútil aliento de mi cuerpo. En mis experiencias amorosas, no hay nada que fragüe, todo se diluye, nada se consolida como elemento estable. Y necesitamos de la lumbre transportada de los poemas sustitutos, mientras no se nos permita ver cara a cara al amor auténtico y derretirnos como la miel en un beso eterno.
La brevedad, la limitación, la finitud, son corolarios obligados de todo coito, ya sea éste carnal o de mística fusión. ¡Ay si yo pudiera coger la cara de la más amorosa de las Afroditas, la imaginación de la mejor de las Aónides, el busto de la más lasciva de las Venus, el talento de la más inteligente de las Cleopatras... construiría el mejor acabado puzzle de la más bella de las Dulcineas, el rompecabezas más completo de la existencia, esencia y substancia en la más pura armonía conjuntados. Pero nuestro vivir, como el de Alonso Quijano el Bueno, es fabulación y locura. Ojalá en el último capítulo de nuestra historia, (¿y por qué no mucho antes?), seamos despojados del engaño de nuestro mirar borroso. Yo fui loco y ya soy cuerdo, que diría el Quijote momentos antes de morir. 
¡Lástima que entre los rostros y las almas, las ideas y las palabras, las sombras y las luces, que entre lo de dentro y lo de fuera no exista correspondencia obligada! La cara para nuestra desgracia no es el espejo del alma. ¿A quién le prestó sus versos el gran Cyrano de Bergerac? ¡A ti, a mi, a cualquiera! Todos andamos faltos del verdadero poema. Somos sólo figuración y metáfora. Cuando fondo y forma, luz y sombra, vida y muerte sean una misma cosa, nuestros amores ya no serán por más tiempo fatuos. Y seremos capaces de distinguir entre la luz borrosa generada por una insignificante fogata, y la luz directa del sol. Mientras tanto, andamos heridos tras el botín de nuestras conquistas fatuas, amor esquivo. Y a veces, de tan confundidos, cual el Caballero de la Triste Figura, apaleados ¿Quién no ha descubierto en rostros harapientos, fachosos andares, muecas cadavéricas, el rostro de la inocencia por antonomasia? O por el contrario, ¿quién no ha encontrado la verdad en el más agudo de los lamentos? Todo es un vestigio, un revolutum. Videmus nunc per speculum in enigmate, que diría Saulo el de Tarso.


Juan Serrano
de su blog: blao
28 agosto, 2013



viernes, 11 de octubre de 2013

DOÑA TALÍA MI DENTISTA (Juan Serrano)




Desde lo más profundo de mi ser daba yo gracias a mi querido premolar por ayudarme a masticar y reconvertir en bolo alimenticio, transformar en carne de mi carne las socorridas espuertas de pan y cebolla que a lo largo de mis años venía ya engullidas y debidamente excretadas. Pero el inaguantable dolor de muelas, dorsalgia a rabiar de perros y una semana sin dormir llevaron a preguntarme si convenía seguir yo ceñido como un pelele borbonero a la manida corona de una simple muela averiada y sin futuro. Y decidí, a pesar de mis resistencias realistas, ir a ver a la dentista por ver si la abdicación de su marmóreo trono fuera mi remedio.
Para anclar en mis quijares unos dientes que me faltaban, la dentista tendría que reducir a su más mínima expresión un colmillo que en buen estado me quedaba. Primera aberración intrínseca: tener que renunciar a lo natural y primigenio a cambio de un perno artificial y postizo, hecho a base de compuestos resinosos. Además, la doctora me arrancaría la pieza cariada origen de mi insomnio y malestar. Segundo contrasentido: La cultura mercantil y chapucera de usar y tirar en lugar de reparar o reconvertir. Y le dije a doña Talía, que así se llamaba la odontóloga teatrera, patrona de la comedia:
Después de casi cincuenta y siete años de convivir con este tejo le he tomado tanto cariño que me da pena desprenderme de su fiel compañía. 
Pero la extirpadora afición y no menos razón profiláctica de esta odontóloga de placa, saga y cartel prevaleció sobre mi queridísimo apego ombligodentario. La dentista, como cualquier otro celebérrimo escultor protésico, pertenece al género escogido por Dios para rematar el embellecimiento de la naturaleza, aunque tal embellecimiento nunca alcance su esplendor originario. No es más bella la cara de una mujer con mascarilla, embadurnada de potingues, sino todo lo contrario. Talía, como Cloe, Venus, Afrodita, Helena, Beatriz, Dulcinea, y otras muchas bellas ingratas, amadas y enemigas mías, pertenece a la especie de las hespérides, náyades, sirenas y nereidas que inundan el mar de nuestra tierra, la tierra de nuestro instinto, el instinto de nuestro arrebato, el arrebato enloquecido del necesitado caldo que los hombres precisamos para sobrevivir. El rigor de la profesionalidad de Talía queda por supuesto intacto, y lo mismo su inmaculada honra, a pesar de mis devaneos literarios y donjuanistas.
Llevaba la dentista doña Talía, como la diosa griega del mismo nombre, un antifaz sobre su sudoroso rostro que dejaba traslucir terapéutica su mirada. Y el que esta joven dentista no pudiera hacerse con mi rebelde muela, más se debía, según yo creo, a la resistencia innata de mi cuerpo que a las necesitadas fuerzas de sus esbeltas manos. Entre forcejeos y tirones ella me diría, tras un tiempo de maniobras inútiles, cual práctico de crucero a la deriva, un lo siento, no puedo con el timón de tu muela. Mientras, un sudor frío, regueros de dolor y miedo, surcaban mi frente, frente a sus ojos hermosos. Y yo en aquella silla eléctrica maniatado, con mi muela colgando, en la penumbra de mi espanto oía a la dentista decir, como quien implora al Altísimo:
¡Voy a buscar a mi padre, que yo no tengo fuerzas para terminar de sacar este calcáreo iceberg!
Talía dejó al momento sus aperos encima de mis rodillas y salió zumbando a la calle como alma desesperada que hace mutis por el foro. Yo entre tanto me rebanaba escupiendo para mis adentros, (para afuera, teniendo la boca entrampada con aquel gato de hierro que la tal Talía metiera dentro de mis tragaderas) imposible decir nada, tan sólo refunfuñar muy quedo:
¡Y dónde, diablos, estará su padre! ¿En el hogar del pensionista? ¿en el Eroski comprando bastoncillos para las orejas?
Tal vez la doctora invocase a su padre, cual simple eco freudiano, impotencia filial frente a la fortaleza de un padre prepotente. Y para más inri, en medio de aquel espasmo psicológico, me dio por pensar, que con mi molar abatido, mi potencia sexual también eclipsada quedaría. De hecho la bella expresión de los ojos de Talía, que yo antes admirara, resultaron ser las dos aspas punzantes de unas horribles tenazas que quisieran, vía dentaria, descepar mis genitales. Luego yo, al sentir como los pasos ajetreados de Talía dejaban la sala, sucumbí desmayado en aquel ortopédico potro de dislates y tormentos con mi premolar colgando como polichinela en el aire.
A mí, realmente, más que resolver las concomitancias psicoanalistas de aquel incidente, lo que en ese momento de verdad me preocupaba, era saber si la doctora había ido de verdad en busca de su padre, o más bien había desertado de su oficio, dejando mi muela a medio sacar en el tejado de mi paladar acorchado.
Luego, después de un largo rato, cuando los efectos de la anestesia llegaban a su fin, contemplé milagrosamente la aparición de un hombre fornido, el divino Apolo, el mismísimo padre de la diosa Talía que retomaba las labores odontológicas momentos antes abandonadas por su hija. Y al tiempo que culminaba la extirpación definitiva de mi muela, me dijo este buen hombre disculpándose:
Perdona, hijo, he salido volando en cuanto Talía me ha dicho lo ocurrido. Y si he no he venido antes ha sido porque mis compañeros del bar Olimpo no me han dejado hasta finalizar la partida. Y para tu satisfacción, y por supuesto la mía, te diré, amigo mío, que hemos ganado copa, el puro y los cafés.



Juan Serrano
de su blog: blao
20 septiembre, 2013



miércoles, 2 de octubre de 2013

LA NIÑA ENFERMA (Juan Serrano)




Atada de pies y manos
su boca apenas movía.
Me dijo no sé que cosa
que jamás yo entendería.

Con sus ojos me miraba
sin saber si ella veía;
sólo sé que no ví nada
en sus pupilas vacías.

Sus labios de catañuelas
agradecidos reían:
nunca pude adivinar
la razón de su alegría.

Al rozar su tierna cara,
mi beso en su cara ardía
sin percibir nada a cambio,
tan sólo su piel muy fría.

Los colores de su rostro
crujientes como sandía
mancharon pepitas negras,
negras de sal y acedía.

Los vecinos de su cama,
la enfermera que allí había,
¡ay! algo todos notaban
que la niña no tenía.

En orden todo se hallaba.
La comida se servía,
pero todos bien supimos
que a dolor su pan sabía.

La muñeca que a su lado
con ella se divertía,
tenía bastante claro
lo que la niña escondía:

la inocencia de su infancia,
del sonreír su manía,
el reposar de sus ojos
verdes como la bahía.

¿Por qué los dioses permiten,
ay niña, mi niña mía,
que las estrellas de noche
no brillen a pleno día?


Juan Serrano
de su blog: Blao
27 julio, 2013


jueves, 26 de septiembre de 2013

BLAODURÍAS (2): EN EL CEPO (Juan Serrano)


sgs


Estoy en “El Cepo”. Esta cafetería es como mi casa. El camarero con ver mi careto ya sabe lo que quiero. Hoy me sirve un café cargado. El cielo está encapotado. Y en el bullicio cálido de este bar de encrucijadas bebo mi soledad con unas gotas anís.

Fuera hace un frío espantoso. Blao acaba de llegar. Abriga su cuello con un retal de lana verdechillón, escandaloso. Deja una manoseada libreta encima de la mesa y se sienta. Los dos frente a frente.
Esta bufanda y esta agenda las llevo siempre conmigo para espantar a los temblores del silencio. Ahora ya sabes -me dice- el por qué de estos arreos: mis dos muletas. Escribo para no estar solo. Y este tapaboca hortera me protege de las soledades ajenas.La soledad es la esencia del alma, -le replico- no está fuera de nosotros. La llevamos siempre a cuestas. Es una tontería querer librarte de ella yendo de aquí para allá escondiendo tu cara como un buzo. El vacío que sientes, ni mi Dios ni tus letras, podrán llenar su abismo.
A continuación Blao con una sonrisa sarcástica, mal disimulada, se mofa de mi estereotipada retórica:
¡No me vengas con el cuento de la soledad sonora, la soledad íntima y sublimada, ese recóndito jardín oscuro donde el amor se halla! Frases hechas. Se nota que duermes a pata suelta abrazado a una mujer que te quiere, que tu carne aún no ha sido mordida por la serpiente de la ausencia. Aquel que dijo que la persona se mide por la cantidad de soledad que puede soportar, estaba muy bien acompañado...
Blao no ha terminado de hablar. Se levanta enfurecido hacia el espejo del vestíbulo y continúa con voz lastimera:
"...Yo en cambio me reflejo en este cristal para sentirme acompañado como un idiota. Abrigo y alimento mi vacío con las palabras de esta libreta. Visto mi desnuda soledad con versos llenos de agujeros. ¿Y qué es lo que consigo? Más soledad. La escritura es un fantasma que miente, desaparece y juega con nuestra ingenua esperanza. Doy con la palabra ajustada y la realidad que la encarna de nuevo se me escapa. Maldigo la soledad dolorida. No soy un pedante, ni un sofista para afirmar que la soledad y el conocimiento son sinónimos. Ni tampoco se me ocurre decir que la soledad es la fuente del sosiego. Muerte y soledad para mí es lo mismo. Me agarro a las palabras como un náufrago a la madera de la que depende su vida. Ya lo dijo Henry Miller: “las palabras son soledad".Y yo te digo, Blao, -le corrijo a bocajarro- que la soledad es una mujer encinta, preñada del universo, el túnel al paraíso de nuestro vivir agraciado, el manantial de la conciencia. La soledad son mis sueños de caricias falto. Estar solo, no tener a nadie: el vacío.
Blao se calla. El eco cobrizo de su ultima palabra, hoja de otoño abatido, reverbera en mis oídos. Escucho su "vacío" y lo acojo en mi silencio. Y luego le digo:
"A los enemigos de la soledad, a los que como tú les angustia la nada, armáis grandes alborotos, os rodeáis de multitudes. Apoyáis vuestra cojera en garrotes de cera caliente. Así engañáis el temblequeo que os ahoga. Verbeneros, dicharacheros. Habláis con todo el mundo y no os comunicáis con nadie. Acusáis a vuestros contrarios de misántropos. Me llamas espiritualista, huraño, hombres tímido y de baja estima porque en el fondo añoras las virtudes que criticas."¡Habló el Caballero de la Soledad redentora! Exhibes, Azulada, invulnerable el trofeo de lo Abstracto. Cual dogmático pope de lo absoluto arrojas tu vana creencia sobre mi cruenta incredulidad despeñada. Tu dichosa felicidad generalizada, frente a mi particular soledad herida. Teoría y Realidad contrapuestas. Tu compañera soledad y mi soledad desierta. Suposición y sospecha. Razón y fe. El Iluminado inmune a la contaminación del ruido frente al falso caballero desangrado por los dardos de su soledad envenenada.
Después de escuchar a Blao, veo su soledad y la mía, su angustia y mi engreimiento. Su pérdida y mi solaz ausencia. Las dos soledades sobre la mesa, forman un dúo de cartas, una paradoja. Hago un amago de querer juntar las dos en un mismo mazo, en un mismo abrazo. Blao me coge la mano con fuerza.

No lo hagas, mi amigo. El reto continúa. Debemos seguir alimentando esta dual y rica beligerancia que nos hace ricamente contradictorios.


Juan Serrano
Blaodurías




sábado, 21 de septiembre de 2013

SOBRE TI AMANECE UNA MAÑANA DE AGOSTO (Juan Serrano)





Un hombre labrado en hierro, completamente desnudo, (Es Forner de Lorenzo Roselló), le da la bienvenida a Kavafis. El curtido fragüero invita al poeta a guarecerse en el lago. Al estuario se accede por uno de los cuatro ojos de un puente amurallado. Dos patos negros corretean por el estanque. Un gran arco de sillería abriga sus aguas quietas, reverdecidas por la yedra extendida, que alegre cuelga de la cima del minarete. Las saetas de la catedral aguijonean el impasible cielo reflejado en las aguas de la Bahía. El griego cansado de su trotar por el mar Jónico se refugia en la umbría acogedora del l’Hort del Rei. 

Una mujer se quita el calzado, un niño se abalanza sobre unos de los ánades, y Contastino Kavafis se sienta en el suelo apoyando su doblada espalda sobre el muro fresco. Sobre la cumbrera de la gran puerta de hierro que cierra el recinto acuático, incrustada de innumerables cuadrados vacíos, tres palomas de cola negra zurean al pairo de un estío seco. Ocho arcos ojivales desde sus almenas no cesan de mirar a la “Bruja”, otra estatua, pero, ésta de carne y hueso, viviente y de profesión efigie. Ni la Seo, ni el Museo, ni la catedral de Palma tienen tanta aceptación entre los turistas como estos aprendices dioses del mimo. Por su teatral y ajustada complicidad sus representaciones no parecen de mentira. Un niño arrastrado por su mamá berrea de miedo al pasar por delante de la bruja encapuchada, se debate en el eterno dilema: ¿será o no será de verdad este guiñol dentellado, que con sus muecas y carantoñas se gana la vida engatusando a la gente al pie de esta escalinata que conduce a los jardines de la Almudaina? Cada vez que un viandante deposita su óbolo en la pequeña cajita de madera al pie de la estatua viviente, los cincuenta caños de agua repartidos en dos rectangulares fuentes a lo largo del parque, se agitan gozosos con su acuátil música danzante. 

Las risas calladas de la bruja se enredan ahora en el expresivo ramaje de limoneros, sabinas, tuyas y cipreses que rodean a la Jónica mutilada, mujer desnucada que tiene por senos dos soportes circulares rematados por el liso aplastamiento de su culminación acéfala. La columna, de sobacos para abajo, se mantiene desnuda hasta el estrangulamiento de sus resistentes muslos. El escultor ha decapitado sus piernas. Una muchacha sin piernas, es como en edificio en ruinas, una mujer sin belleza.

El capitel de la Jónica, enseña sus genitales al aire, oteados desde la Seo por un Santiago Apóstol blandiendo amenazante su bastón de peregrino. Al pie de la escultura, un texto, que por su lejanía no acierta a descifrar el santo, quizá le libraría de sus prejuicios obscenos, supliría con su sublimado contenido, efluvio poético de su mística descocada, la inmortalidad marmórea de esta diosa mutilada, censurada de los pies y la cabeza. 

Un alto mozo, mientras que su novia le hace una foto, ajeno a las elucubraciones del Apóstol, estira hacia arriba sus musculosos brazos hasta agarrar con sus dedos los pezones de las tetas del capitel. En ese momento las flores de las begonias, campanas repicando, se abren al calor del mediodía.

¡Paseo por Mallorca! -grita ahora con voz de niña cansada el muchacho de un carruaje aparcado en el pórtico de la catedral. Y Kavafis llevado por el ritmo gongoriano de las alas de los patos que mueven las suaves aguas del estanque escribe sobre el pedestal de piedra de una diosa castrada de abrazos y correrías: 

Aunque rompimos sus estatuas,
aunque los expulsamos de sus templos,
no por eso murieron del todo los dioses.
Oh tierra de la Jonia, a ti te aman todavía,
a ti sus almas te recuerdan aún.
                                         (Jónico. Kavafis)



Juan Serrano
de su blog: Blao
5 septiembre, 2013



sábado, 14 de septiembre de 2013

UN PERRO Y LOS CIPRESES EN EL ZOO DEL BRONX (Juan Serrano)





El aire pinta de azul el cielo con ese color sagrado del bote de los milagros. Quiere el azulolimpo encalar de transparencias el talle esbelto de los cipreses con su sideral pureza. 

Los cipreses, ¡siempre los cipreses! Y a mi paso se callan enmudecidos como gatos en muestra con sus ojos hacia lo alto, su excelsa presa. Son el baluarte de la frontera abisal de mis adentros. Los puse mirando al norte, para detener los vientos, para proteger el germinar de mis sentimientos, y para, con su sombra, decirle al sol que nada es eterno.

Por los senderos del día me acompaña solícito siempre el perro. Le intimida al perro el silencio de los cipreses. Pasa el can junto a ellos con la cabeza gacha y el trote siniestro. El perro, además de ladrar a las ratas, a la noche y al miedo, lo hace también contra el fatalismo romántico de estos árboles, nido y púlpito de chicharras y popes de cachiporra. Los cipreses y el perro siempre están cuando me levanto, también cuando me acuesto, me acuesto porque no aguanto estar de pie frente a tanto ser irracional pensante que abunda por ahí a campo abierto. Nunca dejaré de sorprenderme de la facilidad de los cipreses y el perro para hacerse con mis pensamientos. Cada uno a su manera. El perro con su sensibilidad. Los cipreses con su filosofía. Y hoy quisiera conjuntar en ellos y en mi estas dos desavenencias. Casar corazón con cabeza. Y nos vamos los tres de vacaciones a Nueva York.

La tarde es apacible. Siempre creí como Protágoras que el hombre era lamedida de todas las cosas. Y nos acercamos cipreses, perro y un servidor al Bronx Zoo. Queríamos recrearnos viendo a los pájaros sin jaula, a los lobos comer junto con los corderos, a la culebra jugar con el erizo. Y de pronto, sin venir a cuento, ambos, (cipreses y perro), me miraron con odio, con espanto. Habían visto en un espejo mi cara de especie humana, y debajo un cartel que decía:

!Precaución. No acercarse. Este es el animal más fiero que existe, el más cruel, el más sanguinario, el único capaz de destruir en masa a su propia especie!



Juan Serrano
de su blog: Blao
20 julio, 2013




miércoles, 4 de septiembre de 2013

SIRIA NO TIENE NOMBRE (Juan Serrano)






Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Besos de alegría,
brazos de una madre
que tenerte quieran...
¡no tienes a nadie!
Ave que no vuelas,
pobre niña mía,
si tal vez pudiera,
yo te salvaría.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Boca enmudecida,
lengua entrapizada,
¿quién en tu garganta
puso tantas balas?
Si es tu alma herida
la que claro habla
y eres entendida,
sobran las palabras.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Huyes recelosa,
nadie en ti confía.
¡ven! no tengas miedo,
dulce mariposa,
que hay flor de romero,
queso y pan del día.
Ízate en tu vuelo,
triste niña mía.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Nervios agitados,
viento enloquecido,
látigos de acero
sangran sacudiendo
tus cinco sentidos.
No hay Dios en el cielo
que tenga encendido
tu ardiente lucero.

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.

Paz es tu alma blanca,
luna que se oculta
tras de la montaña.
Tu inocente cara,
noche que sepulta
viva una esperanza.
¡Abre tu ventana
al blancor del alba!

Siria no tiene nombre,
ella lo ignora;
llámola y no responde.
Su pena llora.



Juan Serrano
de su blog: Blao
26 agosto, 2013



miércoles, 28 de agosto de 2013

EL REPELENTE HOMBRE DE LA PALABRA JUSTA (Juan Serrano)




Del cielo raso del templo de la ortodoxia llueven a mansalva ínfulas de oro rancio, goteras de fatuidad y engreimiento que dejan sin palabras al auditorio.

De sus labios huecos, siempre el razonamiento ajustado. De su cencerril boca, a todas horas la palabra exacta. Sus sentencias cortan la respiración al oráculo. Se calla el grillo y la culebra sisea mutis por su camisa de mallas. El abominable hombre de la voz cantante habla como muchacho de instituto que se luce haciendo aros con el humo de un cigarro delante de los niños de Primaria. Y mantiene su palabra en el aire, burbujas de jabón inconsistentes, que se deshacen antes de que su efímero brillo endulce mis orejas.
Cuando el repelente hombre del verbo oportuno saca a relucir su mejor léxico, yo bajo la cabeza. No por acatamiento, tampoco anonadado por su excelente oratoria, sino avergonzado por el tocino abarrotado de su oral munificencia. Yo también hablo por boca de ganso, y parloteo como el que hace morcillas por un tubo. Asqueado de su saber siempre a punto, del final de sus enfatizadas eses, de sus adjetivos superfluos, de su retórica ilustrada, contengo mi olfato a los vapores fétidos de su pantagruélica garganta. ¡Es tan difícil apreciar y sonrojarse por la propia pestilencia que se escapa de nuestro púlpito en pompa!
Cansado de tanta verborrea, levanto el cascabel de mi boca, y le digo al sabio ignorante con la misma confianza como si a mi mismo me hablara:
Y en esas estábamos el sabio idiota y un servidor, cuando dime cuenta de que ambos utilizábamos el mismo farfullero y repintado megáfono para arengar a la batalla de la elocuencia a los habitantes de sordolandia.
La palabra fue creada para quebrar con su límpido viento las engreídas chimeneas de la casa de los sabios ignorantes. No se hizo la palabra para adornar el bozo de tu pedantería, ni para restablecer el orden constituido de las cosas. Las cosas para ser no necesitan ser hermoseadas con el potingue de tu campanil y cascabelera prosa. La poesía de su natural sencillez les basta.
Y en esas estábamos el sabio idiota y un servidor, cuando dime cuenta de que ambos utilizábamos el mismo farfullero y repintado megáfono para arengar a la batalla de la elocuencia a los habitantes de sordolandia.

Juan Serrano
de su blog: blao
25 de mayo de 2013



domingo, 18 de agosto de 2013

GENERACIÓN PERDIDA (Juan Serrano)





No llora por aquello que le duele. Tampoco se lamenta por las heridas de las garrapatas que sangran sus costillares, que sin ser suyos, los lleva a cuesta. Pero necesita llorar como todo bebé que viene al mundo. Llora por lo que le es ajeno: sus nietos sin escuela pública, su vecino Musa, sin tarjeta sanitaria. 

En contra del consejo mesiánico Llorad por vosotras, como hija buena de la Jerusalén hipócrita y beata, esta mujer pensionista no revalorizada, llora por cualquier crucificado de turno y sin futuro.

Ha vivido durante mucho tiempo por encima de sus posibilidades. A sus años, su padre ya había muerto de silicosis. Llorar por ella misma, delataría su prepotencia: haber cotizado a la Seguridad Social durante más de treinta años, como limpiadora del Deutche Bank. Una rosa es una rosa hasta que huele.

Llora por la palmera talada, por su vecina interina y despedida, por su marido sin subsidio; llora por sus hijos, la generación perdida.

Su orgullo la ciega, y no quiere verse. Sus ojos necios. Y es tan vanidosa, que no siente el hierro incandescente que rompe el eslabón de la cadena del bienestar y el gusto, sus entrañas traspasadas de dolor. Pero necesita llorar. Y no es piedad ni compasión. Tampoco misericordia lo que siente, al ver los pies descalzos y sin rumbo de sus hijos, sino un desahogo animal, instintivo, parecido a la rabia.



Juan Serrano
de su blog: Blao
18 octubre, 2012



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