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lunes, 10 de mayo de 2010

Habitación en Roma (Arcadio Muñoz)

Es raro encontrarnos con una película del calibre de "Habitación en Roma" lo último de Julio Medem, difícil de catalogar dentro de ese cine intimista.

El film comienza con un picado entre de dos muchachas, interpretadas por nuestra Elena Anaya y la rusa Natasha Yarovenko, que salen de una correría nocturna para acabar en la habitación de un hotel donde transcurrirán las casi dos horas de metraje, situación parecida a "El angel exterminador" de Luis Buñuel y "La Huella" de Josep l. Mankiewich.

Las tórridas escenas de sexo se complementarán con una historia de "amor fou", un amor entre féminas jaspeado con imágenes de la Roma Imperial, auspiciado por los cuadros que salpican cada paso de esta historia de mentiras, medias verdades y sobretodo un enamoramiento atroz de nuestras protagonistas. Ellas mismas parecen sacadas de un lienzo, sus desnudos semejan esos cuerpos que podemos admirar en cualquier museo, es como si la Maja de Goya tomara movimiento.

Medem ha conseguido dar vida a figuras policromadas, de tal forma que entran a formar parte de esta historia que nunca sabremos si transcurrió o fue inventada, pero ciertamente cada fotograma nos transporta al mundo que ellas desprecian y ese futuro incierto que a toda costa desean, sin embargo la realidad de sus vidas (Natasha se casa al día siguiente) les hará ver lo imposible de mantener esa relación.

Al amanecer todo se habrá acabado, la cámara instalada en ese abanderado balcón de las ánimas y mediante otro picado, cada personaje tomará una ruta diferente, dejando un final en entredicho, ya que en último minuto las dos desaparecen del plano cinematográfico por el mismo lado.

El personaje interpretado por la actriz Elena Anaya la convierte en quizá la, mejor estrella del panorama cinematográfico español, sus movimientos, situaciones de tristeza, dolor lo eleva al súmmum, siendo un acierto el que Julio Medem haya contado con ella para encabezar este minúsculo reparto.

Arcadio Muñoz

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un arte que se llamaba CINE (Arcadio Muñoz)

Fue la nochebuena de 1977 cuando desaparecía, Charles Spencer Chaplin, poco después de recibir un oscar honorífico por toda su trayectoria profesional dedicada al cine, estamos hablando de uno de los grandes genios cinematográficos, actor, director, músico, productor. Comenzó en las comedias de los grandes “burlesques” y teatro de pantomimas, a la sazón a la diestra de Mark Sennet en aquellos alocados años veinte, cuando el espectáculo de barraca se hallaba en su época muda, caracterizado por la cámara fija, el actor giraba en torno a ella, no existía el travelling, ni primer plano, ni mucho menos los adelantos de hoy en día, la figura del “doble” brillaba por su ausencia, de ahí su preparación para las escenas más turbulentas. No olvidemos que estos actores primerizos, la mayoría descendían de circos, Keaton, Linder y un largo etcétera.Chaplin, curiosamente creó el personaje de “Charlot”: perdedor, enamoradizo, menudo, sus andares andrajosos, aires de grandeza, falso gentleman, eterno luchador contra hombres forzudos, audaz patinador. No obstante, el final de la mayoría de sus filmes resultan tormentosos con esos paseos en solitario a lo largo de caminos sin fin por los que camina en solitario. Más allá de esas escenas de “saltimbanqui”, merodeador de burguesas, locuaz camarero o ya en su madurez aquel Cavero, payaso fracasado cortejador de la bailarina tímida, embriagado de amor, quizá correspondido pero en una situación irreal que quedará solventado por el acercamiento a un galán joven y pimpollo capaz de eclipsar a este “hombrecillo” que finalmente morirá en su última actuación junto al inolvidable Buster Keaton, escena mítica, cuando la llegada del sonoro había hecho mella en los antiguos “burlesques”. No debemos olvidar la ciega de “Luces de la ciudad” a la que costeará la operación que le devuelve la vista y que no lo reconocerá al volver a la luz, solo al entrelazar sus manos descubrirá la quinta esencia de ese vagabundo harapiento sin patria y lo más terrible, un hombre sin amor, un drama del destino.Posiblemente en el mundo de hoy no tendría cabida este personaje, ni siquiera estaría en las puertas del metro, tampoco en las postrimerías de cualquier punto de la ciudad mendigando, simplemente resultaría inverosímil su existencia. El celuloide en estos tiempos anda inmerso en personajes absurdos, falta la creatividad, se repite la misma historia miles de veces y no llega a aburrir porque hemos creado la sinrazón, el cotilleo, estamos perfilando monstruos cinematográficos y lo más triste una juventud que nunca conocerá ya no el nacimiento sino la mismísima existencia de un arte llamado CINE.

lunes, 20 de julio de 2009

Cuando la lánguida esperanza muere (Arcadio Muñoz)


Apenas había cruzado el umbral del patio cuando de repente me encontré con ellos. Eran dos: un matrimonio de esos de antaño, octogenario, solos. Su vida había estado dedicada al olvido, a la sinrazón, al ahorro, a la supervivencia. El corral por donde transcurría su vida era lúgubre sin apenas luz, un olor a muerte prematura atravesaba los viejos muros de la casona, la descendencia brillaba por su ausencia, en su lugar los melancólicos gatos hacían las veces de aquellos hijos que nunca llegaron, las habitaciones jamás habían tenido vida, unos viejos juguetes rotos con caras malévolas colgaban del viejo granero, más bien asustaban cada vez que en tardes de tormenta subían para ver de cerca el lejano monte. El chaparrón se difuminaba por entre las nubes, ellos apenas podían oír el estrepitoso ruido de los truenos, los sentidos a estas edades juegan malas pasadas haciendo ver lo inverosímil.

Aquella tarde tuve el presentimiento de que aquel mundo recreado alrededor de los umbrales de esas potentes paredes estaba a punto de sucumbir, un aliento de esperanza llegaba demasiado tarde, la vida había ido languideciendo con el paso de los años, la entrada se había cambiado, las caballerías habían dado paso al progreso, aquellos hijos que en su día no vinieron seguían en el limbo, demasiado tiempo dedicado al trabajo, al día a día. Quizá se habían olvidado de la esperanza. El tono amarillento de las paredes denotaba cierto aire a dejadez, al igual que las viejas sillas de anea que sujetaban sus decrépitos cuerpos con esas manos arrugadas por el sol de tantos veranos segando la mies de los campos baldíos.

Al salir tuve el presentimiento de que ya nada sería igual, el espejismo me hacía ondear en la soledad que recorría mi imaginación, la escena había transcurrido años antes, lo supe al cerrar para siempre el féretro que portaba sus cuerpos.

sábado, 27 de junio de 2009

CINE: la calidad de antaño (Arcadio Muñoz)

Me viene a la memoria a raiz de una cena que esta noche 26 de junio celebrará el extinguido grupo Cineceta y a la que no podré asistir, el recuerdo de otra época, digo que me salen los exabruptos de una tiempo lejano. Eran los años 80 cuando un grupo de jóvenes zaragozanos se reunían en un local de la calle Zumalacárregui para simplemente hablar de cine, bien es verdad que se rodaron películas, importantes (cortometrajes) de cierto presupuesto que poníamos de nuestros bolsillos, téngase en cuenta que no existía la desatinada SGAE, ni las subvenciones que con tan beneplácito se obsequia a los nuevos valores de hoy día para filmar esas series “infumables” que nos ofrecen las diferentes cadenas de tv y, más duro todavía, se estrenan en Salas de Exhibición convertidas en largometrajes.

Posteriormente, una vez disuelta la sociedad, cada miembro tomó un camino diferente, pero sigo pensando lo de entonces, esto es, nunca logró Zaragoza un festival de cine en condiciones, ni salas en VO, a pesar de ser una ciudad cinéfila, de genios del séptimo arte, cayendo en lo mas bajo, las salas de los centros comerciales que proliferan por doquier, allí se exhiben filmes con escasa garantía cinematográfica, a veces depende del menú paquidermo a que se tiene acceso guardando la entrada, para elegir una u otra película.

Lo verdaderamente lamentable es que estudiantes universitarios sean los mas adictos a estas series, con unos actores artificiales, muñecos parlantes, lejos de los Fernando Delgado, José Bodalo, José Mª Rodero, José Mª Prada, Paco Rabal, José Luis Ozores, Victor Valverde, Manolo Galiana (recurriendo a “Escenas de Matrimonio” para comer), Fernando-Fernán Gómez, Rafael Alonso, Juanjo Menéndez, Jesús Puente (acabó sus días presentado aquel bodrio “Media naranja”), Pablo Sanz y tantos otros. Hoy resultaría un privilegio contar con alguno de ellos. En la actualidad, los jóvenes actores la mayoría retocados, parecen “chermineichiors”. Y no me imagino a Bodalo operado de la nariz, ahora sería un factor a retocar, cuando le daba cierta personalidad en sus personajes de policía con esa voz entrecortada.

Los nuevos tiempos, las estúpidas “operaciones triunfo”, la escuela de “fama”, todo ello son muñecos diabólicos, recreados por los espectadores. Hace poco decía Chicho Ibáñez Serrador que lo mejor que se puede hacer con televisión es apagarla. Por mi parte, jamás he pasado mas pánico que viendo “Historias para no dormir”. Tertulias estúpidas con unos “personajillos” de pacotilla, basta recordar a la histriónica Belén Esteban, debatiendo unos problemas interesantísimos, levantando la voz a gritos, el Conde Lequio, vividor empedernido sin oficio ni beneficio, todos ellos anotándose cada mes un buen pellizco en su cartilla de ahorros, ¿alguien ha oído hablar de “La Clave”?, posiblemente interesa mas lo que ocurre en la finca “ambiciones” que el aumento del paro. ARCADIO MUÑOZ.

viernes, 17 de abril de 2009

Visión nocturna (Arcadio Muñoz)

Transcurre la tarde tranquila por entre los encinares de Castilla. A lo lejos se divisa una antigua paridera que muy posiblemente en su día albergó algún ganado tránsfuga. Hoy, por sus características exteriores, se la ve abandonada, faltan varias tejas y un madero se balancea sin sujeción alguna. Posiblemente en la época invernal sería refugio de pastores cuando la nieve hacia acto de presencia y la bajada al pueblo era totalmente imposible por lo intransitable de los caminos.

En el horizonte se divisa una gran orla amarilla que me acompaña, a la vez va perdiendo brillo según transcurre el tiempo, también su calor denota cierto enfriamiento cuando entre la maleza me acerco al viejo manantial para saciar mi sed. Por momentos me asusto al ver reflejar mi silueta fantasmal en el agua. Lo mismo le ha ocurrido a una manada de palomas asilvestradas que refrescaban su plumaje en la vieja poza receptora del líquido sobrante.

Estos paseos por el monte me resultan cada vez mas oníricos, la memoria me retrotrae a épocas pasadas, aparecen imágenes que distorsionan la realidad, acontecimientos intemporales, sitios lúgubres, quizá sea una preparación a la muerte, que con su daga cruza estos peñascos castellanos raídos por el viento, que en ocasiones deja las viejas colinas a la intemperie arrastrando la poca tierra fértil que cubre su alma.

Al cruzar la última chopera, aparece mágicamente la gran balsa plagada de renacuajos asomados entre el tarquín y el espliego. Me viene a la memoria la chiquillería de la vieja escuela, hoy derruida, las tardes de los jueves practicando anatomía, Ciencias Naturales, sin más herramientas que guijarros afilados en las rocas, resultando una tragedia supina la operación a la que sometíamos a estos pequeños anfibios. La clase finalizaba con una exposición de tamañas fechorías, auspiciada por el viejo profesor cuya máxima aspiración era ver pasar los días para cambiar de destino y olvidarse de esos endiablados niños, que curiosamente nunca jugaron al fútbol; por el contrario nos atraía el escondernos entrada la noche por los callejones, apareciendo súbitamente al objeto de asustar al viandante que tenía la mala suerte de cruzar la calle. A ello acompañaba la escasa iluminación con sus sombras proyectadas en paredes de adobe. La imagen de una abuela asomada con su bata negra en la ventana tambaleándose por el viento me persigue en las noches de cierzo y me lleva directamente al Camposanto donde reposan sus restos, aunque veo esas noches su figura reflejada al final de cualquier calle, posiblemente sea la vejez que no asumo. (Arcadio Muñoz)

miércoles, 15 de abril de 2009

Buñuel, su Nazarín y el camino a ninguna parte

Al comienzo de la Semana de Pasión y bien entrada la noche, en esos días que la cartelera zaragozana solo ofrece auténticos sucedáneos cinematográficos, me encaminé hacia el Palacio de San Carlos, sede oficial de la Filmoteca para, en su local de exhibición, disfrutar del ciclo por enésima vez de nuestro maestro D. Luis. Esa noche, como digo, proyectaban Nazarin, una de sus obras maestras, premio de la crítica en Cannes año 1959.

La trayectoria de este maestro de la narrativa fílmica es de sobra conocida, su animadversión hacia los tres estamentos de nuestra sociedad, religión,burguesia y estamento militar también lo es, quizá fruto de su educación en los jesuitas y el linaje en cuanto a su descendencia de familia adinerada.

Nazario, sacerdote de una aldea mejicana que recuerda aquel documental filmado en Extremadura “Las Hurdes tierra sin pan”, intenta vivir su religiosidad, enmarcada todavía más por Buñuel cuando su protagonista matiza, “soy católico, apostólico y romano”. En el filme aparecen todos los tipos buñuelanos, pero recobra especial significado que sea su correligionario, otro compañero también sacerdote, quien más trabas ponga a su manera de vivir la religión. El joven sacerdote deambula sin tener lugar fijo, su casa es prácticamente un lugar público, en ocasiones refugio de mujeres de “mala vida” lo que le acarrea continuos problemas con las fuerzas del orden público. Hasta se verá implicado judicialmente en una de las redadas.

El fracaso de la caridad cristiana es una de las constantes, plagado de imágenes surrealistas que distorsionan la continuidad de la narración fílmica, no obstante en cualquier momento puede estallar el factor sorpresa. Lo vemos en ese camino que recorre Nazarín, una vez defenestrado por la Curia. Sin sotana es un obrero más, pero al trabajar sólo por la comida siembra la discordia entre sus compañeros y tiene que huír despavorido. La manera “sui generis” de vivir la religión queda subyugada a la norma imperante y bochornosa del mandato eclesial con sus privilegios para la burguesía, los buenos que con sus propinas creen alcanzar el premio eclesial de la vida eterna, cuando realmente son de la peor calaña. No hay ningún personaje positivo, los seres defectuosos a los que Dios ha dotado con alguna anomalía física, también siembran el mal al querer emular a los perfeccionistas. Cuando cogen la batuta del mando, todavía la maldad se apodera en grado sumo en ellos, resultando seres déspotas por naturaleza.

Finalmente en ese camino que no conduce a ninguna parte, alguien le ofrece una piña para paliar la sed. En ese momento a Nazarin le viene la duda, el aceptarla como hasta ahora o rechazarla. Mira al cielo como pidiendo una contestación, ¿un milagro?, mientras esto ocurre hacia el final del filme, los tambores de Calanda resuenan dando a las imágenes un sabor amargo, sin solución y es que al analizar cualquier filme de Buñuel el final es lo peor, esta lejos de “happy end”, sólo queda la nada y una inquietud intelectual que despierta la mente.
ARCADIO MUÑOZ

viernes, 27 de marzo de 2009

Inmune al beso de las hojas

Los noctámbulos, vampiros de la noche, deambulan de calle a plaza siempre entre bastidores, como corroídos por esa enfermedad que se llama farándula. Hasta que llega la luz del día apoyan sus penas en la barra de algún bar, resobada de sujetar tantos codos a lo largo de la dilatada vida, que acaba con el paso del tiempo.

Una tarde de mayo me encaminé al mal llamado Parque Primo de Rivera. Tenía una novia quinceañera de las que a mitad de los setenta debía regresar a eso de las diez, como buena hija, a su casa patriarcal. El sol entremezclaba sus rayos por la basta vegetación que cubría el fangoso parque a orillas del Rio Huerva. Sin saber cómo, sentí de repente una satisfacción inmensa: el mundo lo reduje a esa niña que se encaminaba rápidamente hacia una mujer. Siempre he sido una persona con arraigos pueblerinos que me hacen titubear e incluso ser inconsciente en ocasiones, pero quizá por el calor sofocante de aquella reiniciada primavera, me hacia sentir otra persona.

Los pasillos salpicados de efímeras flores y aquel olor a ámbar daban al traste con mi pobre espíritu e inclusive me estremecía al cruzar la mirada de aquella chica de ojos verdes azulados, un color rarísimo que lo hacía todavía más apasionante. Por momentos, la órbita de mi pensamiento desbordaba mi pasión. Finalmente me atreví a coger la mano, suave, pequeña; al instante, el recinto se convertía en una paraíso en el que el tiempo se había parado. Era como ese cine en blanco y negro de Frank Capra, pero en esta ocasión el protagonismo me incumbía totalmente: por una vez era partícipe de un filme, quizá de mi vida en esa gran ciudad, lejos de las viejas callejas del pequeño pueblo, de esos amores que amasamos en nuestro inconsciente durante las jornadas de trasiego por los montes semidesiertos de la juventud perdida. Prácticamente sucumbía en un nuevo “love story”

Finalmente, y después de transcurrido prácticamente el día, las farolas comenzaban a emitir su luz destellante, el viejo tren de madera daba su última vuelta cargado de niños y mayores tras el pitido de rigor. Tuve la sensación de que ya nada sería igual, una vieja canción de un gramófono acompañaba mi salida, “beguin de beguin”, de Col Porter. Esa noche soñaría con aquel nuevo mundo, los amores olvidados, mientras, acompañaba a esa niña-mujer, callado, pensativo. El resplandor de sus ojos contrastaba con las primeras luces de la noche. Abandonaba el parque por primera vez y a la sazón con aquella mujer. Y esta vez no era nada onírico, tenía forma, era real. El ruidoso rail del tranvía hizo que perdiera para siempre sus últimas palabras. Te quiero.
ARCADIO MUÑOZ

lunes, 2 de marzo de 2009

AL INSIGNE MANUEL ROTELLAR MATA (por Arcadio Muñoz)

Como todos los monstruos cinematográficos la vida del insigne Manolo Rotellar estuvo plagada de vaivenes. Cuando tuve la suerte de conocerle allá por los años ochenta, se refugiaba en el cine Arlequín (antiguo Fuenclara) sede de la Filmoteca Municipal, un invento del alcalde Ramón Saínz de Varanda quien nombró para dirigirla a este famélico hombre de letras, eso si, sin ningún titulo oficial de Universidad, solo la vida cotidiana. Aprendió la crítica en los vaivenes del ir y venir ante las salas de estreno y reestreno, sin mas arma que un cuadernillo y su vieja grabadora que escabullía entre el bullicio del personal, a veces encendía su pequeña linterna para tomar anotaciones, es como adquiría esa cultura cinematográfica que muchos envidiábamos por aquel entonces.

En aquellas fechas, muy próximas a su enfermedad, habia dejado de trabajar en la Algodonera del Ebro de mecánico, vivía la gloria, por fin habia triunfado, por primera vez en su vida podía vivir del cine. No era inusual verlo en primeras filas, asistir a cualquier evento relacionado con el séptimo arte, tal es el caso de aquel ciclo a Luis Buñuel, durante varias noches seguidas, parecía esas novenas que se celebran en los pueblos plasmadas de una religiosidad supina y a veces enfermiza que contrastaba con ese surrealismo atroz de don Luis; o el estreno de Rio Abajo de nuestro correligionario Jose Luis Borau, un preestreno muy curioso, estaba sin sonorizar y Borau traducía desde la cabina de proyección toda la parafernalia fílmica. Creo que fueron los años dorados de la Filmoteca, primero por su lugar de ubicación, también la sala de proyección, en aquellas fechas recien restaurada, hoy convertida en futuro hotel Rey Alfonso, después de su cerrojazo oficial y la posterior venta del Arzobispado al Ayuntamiento, no olvidemos que es conjunto patrimonial la estructura del edificio.

Este año asistí al homenaje en el Centro de Historia que se le tributó por parte de sus amigos, conocidos y que, gracias a la producción de un documental, donde se glosa su vida truncada ahora hace una veintena de años, victima de un cáncer (tumor cerebral) que segó su vida cuando prácticamente estaba en su mejor momento creativo y de poder disfrutar de una tranquila vida, pero la muerte siempre anda al acecho y nos sorprende en cualquier momento, incluso juega con nosotros, recordemos “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Sus pinitos cinematográficos los realizó en aquellos documentales formato super ocho, blanco y negro con Alejo Loren, Pomarón, Alfaro, los hermanos Sanchez Millán entre otros, mientras programaba el Cineclub Zaragoza. Intervino en la fundación de Moncayo filmes, una productora íntegramente aragonesa que produjo el largometraje “Culpable para un delito” dirigido por José A. Duce, no tuvo continuación, pero en aquellos años sesenta podía haber sido el principio de una industria propiamente aragonesa dedicada al cine, quizá no era el momento. Desde luego eso si que parecía cine serio si lo comparamos con la antítesis del arte, hablo concretamente de “Una de zombis”, película espantosa, director cuyo nombre voy a omitir evitando su publicidad, nos amenaza con continuar en esta fábrica de sueños que es el cine. Curiosamente Manolo era un experto en cine de terror, especialmente del expresionismo alemán, entre sus películas favoritas estaba Nosferatu. Cosas de la vida.

miércoles, 18 de febrero de 2009

HOY, GRAN ÉXITO... (Arcadio Muñoz)


Era finales de Otoño, qué más da el año. Y aquella tarde me apetecía ir al cine. El ambiente por Independencia con sus grandes paneles anunciaba los estrenos de rigor. Creo recordar el cierzo en su punto mas álgido. El neón del cine Avenida se tambaleaba. Algunos viandantes confundían esta sala con el Actualidades (el cine "bache") por sus proximidades, ámbos separados por "Los Espumosos".

Recuerdo que proyectaban en el Cine Dorado "Un dia en las carreras", los Marx en su grado sumo. Conforme me hacia con las entradas tomé la calle trasera y en volandas llegaba al anfiteatro de este museo cinematográfico. Colgado de la fila 1, pasillo central del popular "gallinero", descubría a Chico ofreciéndose a llevar personal de alta alcurnia al Hotel que regentaba la inefable Margaret Dumont, blanco de la locuaz lengua viperina de Groucho (aquella "parte contratante de la primera parte"). Sin saber cómo, de pronto, se me escapó una carcajada de algo para mi inaudito, acostumbrado al cine de niños prodigio (Marisol, Joselito, ya se sabe). En una palabra: había descubierto el género de lo absurdo, una nueva atracción que me hizo ver toda la filmografía de los Marx y, para mas inri en reposiciones, en aquellas salas de cine tristemente desaparecidas con cierto olor a bambalinas, acompañada del ensordecedor ruido de los viejos proyectores.

Lejos quedaba el atormentado futuro de los seriales televisivos, del humor estúpido, los malditos Simpson, urgencias médicas, universitarios ridículos con un vocabulario apócrifo y continuas referencias al sexo sembradas de un gamberrismo insensato.

El humor de los Marx se caracterizaba por su blancura y doble sentido, basado en lo absurdo de la vida; de situaciones inverosímiles, eso sí, aderezadas por las piezas musicales del inefable Alan Jones, vitales respiros para reponernos de la verborrea de Groucho, los acertijos de Chico y el juego de señas de Harpo.

Fue una tarde inolvidable, a la salida de aquella catedral del cine llamado Dorado, el tranvía chirriaba por los railes de Independencia, mientras la luz azul de Almacenes SEPU brillaba ya en la fachada principal de ese centro comercial, justo a la entrada de la noche, mientras a escasos metros en el Gran Teatro Fleta anunciaban a bombo y platillo el próximo estreno de Doctor Zivago, 70mm, aquel cine-teatro sin columnas ideado por Yarza, hoy victima de la desidia de politicastros sin cultura, sin escrúpulos, ocupados únicamente por seguir en la brecha y vivir a costa del pueblo pero sin el pueblo...

Quiero soñar con ese espectáculo de pantalla gigante y olvidarme por un instante de la canallada cometida en este lugar de encuentro de cinéfilos, que a este paso vamos a dejar de serlo para ser "soma" del futuro, "Cuando el destino nos alcance".
(Arcadio Muñoz. El alcalde de Zalamea)
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