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sábado, 11 de mayo de 2019

20 ANIVERSARIO DE EL COMARCAL DEL JILOCA (y III): "Escribir por amor al arte" (J.A. Vizárraga)


Portada de la edición del 20 aniversario de El Comarcal del Jilooca
Agradezco todas las respuestas recibidas para participar en este número especial. Agradezco también la atención que se debe suponer a las que han resultado ausentes, en especial, la de la más llamativa: la del Gobierno de Aragón, adonde se envió también, por supuesto, la correspondiente invitación. Pero o no ha habido interés suficiente en el Ejecutivo Autónomo aragonés para escribir unas líneas o la mesa del Pignatelli que debe gestionar estas invitaciones la ocupa un inútil (me aventuro con ese artículo antes que con su pareja).
Sea como fuere, estas líneas van dirigidas a otro fin. Nos dirigimos a las personas, vecinos y vecinas, amigos y amigas, que por amor al arte (apenas han recibido a cambio una suscripción gratuita a este quincenal y un sincero reconocimiento) han estado o lo están ahora (o lo estarán) escribiendo en sus páginas.
No es mi caso, ni el de ninguno o ninguna de quienes han trabajado en esta redacción con remuneración, aun reconocidos, por supuesto, similares valores y méritos a sus textos que a los del
resto.
Este agradecimiento va en especial para los que sufren el estrés de saber que tienen que llenar una página, o media, cada quince días, y el desasosiego de aguantar ante el papel en blanco a cambio tan sólo de ver luego publicado lo que en él logren escribir. 
Así pues: A Emilio Benedicto, a Pablo Marco, a Luis Andreu, A Juan Antonio Usero, a José Mª Lainez, a Olga Sánchez, a Clemente Peribáñez, a Servando Gotor, a Javier Peña, a Sergio Sebastián, a Jesús Blasco, a Jorge García, a Pascual Sánchez y a Arancha García, gracias por sus muchas horas dedicadas a este quincenal.
Confesamos aquí, ahora, después de 20 años, que ese “y de opinión” del subtítulo que nuestra cabecera arrastra desde su inicio: “Quincenal informativo...”, era, quería ser en realidad, la esencia de la publicación.
El sueño de que ésta fuera un canal en el que se cruzaran con asiduidad escritos de vecinos y vecinas dando su opinión o rebatiendo la de otros u otras llenaba de ilusión nuestros primeros días.
Quizá pensaba entonces (aún lo creo) que esa presencia vecinal, que deseaba que ocupase varias páginas en cada edición, llegase a ser la manifestación más evidente de la utilidad de este periódico.
Dar noticias en el medio rural de sus propios pueblos y gentes, principalmente, creíamos que era un objetivo simple, vista la facilidad probada que existía en las pequeñas poblaciones para que las informaciones fluyesen o para hacerlas correr, con una u otra intención... Enseguida vimos que esa imaginada sencillez no era tal.
Del trabajo que precisa esta dedicación saben tanto como yo -si no más- Marisa Yubero, Pilar Esteban, Vicente Añón y Víctor Sanroma, que ejercieron en esta redacción. Lo conocieron, igualmente, Maribel Lario y Paco Vicente (que ya nos dejó, tristemente).A ellos y ellas mi agradecimiento y el de quienes conmigo hacen ahora este periódico.
Y gracias, finalmente, a quienes en alguna ocasión se han dirigido a nosotros con alguna información
o algún escrito.


Director/fundador de El Comarcal del Jiloca

20 ANIVERSARIO DE EL COMARCAL DE EL JILOCA (II): "Veinte años de saciedad" (Servando Gotor)



Fotograma de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, 
el coronel Aureliano Buendía había de recordar
aquella tarde remota en que su padre 
lo llevó a conocer el hielo

(Gabriel García Márquez.
Comienzo de Cien años de soledad)

Muchos años después, frente al grupo de wasap, el influencer Victoriano Medina había de recordar aquella tarde de 1999 en que su amigo Pepe Arnau lo llevó a conocer internet. En el principio no existía Google, y aquellos primeros internautas (palabreja que presagiaba otro vellocino de oro) navegábamos con una vieja barquichuela llamada AltaVista 271 pesetas hora―, que tantas veces se envaraba… Y entonces cogía uno el montante y decía: ¡Que le den!, me voy al cine, Víctor. ¿Qué ponen? Ciudadano Kane. ¿Dónde? En la Filmoteca. Vamos.
Y a Victoriano nunca se le olvidaría aquél mítico final: «¿Quién era realmente Kane? Lo único que sabemos es lo que ha hecho. Quizá en su lecho de muerte, con su última palabra, nos explicó toda su vida. Si pudiéramos saber qué quiere decir rosebud sabríamos quién fue Kane».  Rosebud. ¿Rosebud? ¿Qué significaba? Resumía su niñez pobre, su casa humilde, su familia sencilla… Su trineo. En el umbral de la muerte, al poderoso y corrupto magnate que había llegado a ser Kane, rodeado de lujo y riquezas, solo le vino a las mientes una palabra: rosebud. Su elemental trineo. Ese era Kane.
Muchos años después, frente a un tuit, el coach Armando Forcén había de recordar también aquella tarde remota en que su amigo, Fibicio Rodríguez, le regaló Nubes y claros, un CD de Tam-Tam Go!, que contenía Atrapados en la red… Los discos de vinilo eran ya cosa del pasado. Pero Armando acabó la tarde con su viejo vinilo de los Rolling, bailando pegadito a su novia Rigoberta Visús, al calor de LadyJane: Arman. Qué. ¿Por qué no pones mejor a los Tam-Tam Go!? Porque te quiero, Rigo.
Muchos años después, frente a su editor virtual, el periodista José Antonio Vizárraga había de recordar aquella tarde remota en que un joven Charles Foster Kane ("El ciudadano"), en sesión de cinco, le mostró entusiasmado el taller de impresión de un periódico familiar.  Y yo no dejo de ver a un también joven, casi púber, José Antonio entusiasmado ante dos emociones que lo marcarían para siempre: el cine y el periodismo. Él no quería fama, ni dinero, ni poder. Todo lo contrario a lo que Kane acabó deseando. Él solo quería hacer buen cine (arte) y buen periodismo (criterio y libertad). Y, vaya si lo consiguió. Porque a estas alturas de la película está claro que lo consiguió. Baste un paseo por filmotecas y hemerotecas. Pero vamos al periodismo. El Comarcal es… Lo diré en un tuit: “El Comarcal, es un periódico vintage. Manufacturado como en los buenos tiempos pero con herramientas modernas, imagen auténtica y, sobre todo, independiente”.
Independiente, sí. Porque está al margen de todo poder. Ejemplo vivo de periodismo, hoy bajo mínimos por esa atroz mezcla de capitalismo monopolista y administración cómplice, raíz de una asfixiante censura social que degenera en una sociedad cada vez más inculta cuanto más alfabetizada. Porque visto lo visto y leído lo que hay que leer, alguien se tendrá que preguntar de una vez por todas para qué nos enseñan a leer, si para ser más libres o para anularnos.  Nada nuevo: no hay crítica sin criterio, y el criterio solo se forja al fuego de una verdadera libertad de expresión.  
En fin, muchos años después, hojeando El Comarcal, recuerdo aquella tarde remota en que también yo vi por vez primera la película de Wells, con aquel aplastante final. Y fantaseo imaginando a José Antonio, su cine, su periódico, sus sueños. Los de siempre…: José Antonio. Qué. ¿Por qué el cine? Porque expresa y denuncia lo humano. ¿Y el periodismo? Por eso mismo. ¿Y la infancia? Porque cierra y encierra nuestros sueños. ¿Nuestros sueños? Sí, ese extraño material del que está hecho lo humano.

Servando Gotor (*)



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(*) Artículo publicado en la edición especial del periódico dirigido por José Antonio Vizárraga, El Comarcal del Jiloca, de mayo de 2019, con ocasión del 20 aniversario de dicha publicación, en la que Servando Gotor colaboró entre los años 2007 y 2011

20 ANIVERSARIO DE EL COMARCAL DEL JILOCA (I): "Una nube sin Dios" (Javier Peña, "JAVI")



Los años sesenta, setenta y gran parte de los ochenta fueron los de la televisión como medio de cohesión familiar y social. Las familias se reunían en torno al televisor y veían juntos “Noche del sábado”, “Directísimo”, “Un millón para el mejor”, “Un, dos, tres”, “¿Es usted el asesino?”, “Historias para no dormir”, “Reina por un día”, “Eurovisión” y por supuesto el “Telediario” “teledirigido”.
Al día siguiente, en el trabajo, el colegio o en la carnicería, las gentes hablaban del programa o noticiario en cuestión y se creaba una comunión la mar de chula al poder comentarlos y al haber experimentado todos unas emociones similares.
Y lo mismo ocurría en los hogares: los miembros de la familia hablaban del premio del apartamento o la calabaza del “Un, dos, tres”, del tipo que partía nueces con el culo frente a José María Íñigo o de la expectación del “desnudo” de “Historias de la frivolidad”.
Más caspa que el peine de un peluquero, pero unir, unía como el cemento Portland.
Hoy veo pelis, series o documentales de una “app” en la “Smart tv” de mi salón mientras mis hijos se parten la caja viendo youtubers chorras en sus “Smart phones” tumbados en sus camas mientras mi mujer pasa de todos nosotros mientras hace la cena.
A excepción de la gente más mayor, es casi imposible que dos personas hayan visto la misma maldita cosa en la sobremesa o antes de acostarse.
Aunque no me considero un carcamal, soy poco propenso a aplaudir con las orejas todo lo nuevo. Valoro en lo que vale la variedad de medios para conseguir información o entretenimiento, pero en el camino hemos perdido algo valioso y es la capacidad de
conectar con los demás mientras nuestros cacharritos se conectan a ese sin dios que es la nube.



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(*) Artículo y viñeta publicados en la edición especial del periódico dirigido por José Antonio VizárragaEl Comarcal del Jiloca, de mayo de 2019, con ocasión del 20 aniversario de dicha publicación, en la que JAVI colaboró entre los años 2008 y 2010 

jueves, 17 de febrero de 2011

HERMANOS (José Antonio Vizárraga)


SGS

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa. No me jodería tanto si no fuera por el regreso. Me importa poco ir a esperarla allí con la comida. Los recuerdos junto a mi hermana se soportan mejor. Ella lo nota. Lo malo viene luego. No es la soledad. Vuelvo siempre dando un rodeo para evitar el Instituto. Es la tristeza. O la cabeza. Mi hermana no lo sabe todo. La ausencia estaba ya dentro de mí cuando vivían. Es mejor que mi hermana no lo sepa todo…

martes, 5 de octubre de 2010

LAS DEMOCRACIAS SELECTIVAS Y UN BRINDIS POR LABORDETA. "YA VES". (Servando Gotor)



“La medida de nuestro amor es la medida de nuestro engaño”, ya ves. No recuerdo si esto es de Roberto Plural o del entrañable Ricino Rampante. Tanto da, las verdades como puños son patrimonio de la humanidad. Lo seguro es que la teoría de las “Democracias selectivas” pertenece a Rampante, hombre del pueblo, leído y talentoso donde los haya, romántico y sagaz y lector incansable de Goethe en cuya novela “Las afinidades electivas” se inspiró para el título de su teoría. Hay que decir no obstante que la expresión “afinidades electivas” tampoco pertenece a Goethe porque la sacó del tratado químico De attractionibus electivis (Torbern Olof Bergman, 1775), donde se expone el fenómeno por el que ciertos átomos o moléculas tienen tendencia a agregarse o enlazarse. Fenómeno que aplica el poeta alemán a las relaciones humanas, especialmente a las amorosas.

Ricino Rampante hace teoría de la teoría y mantiene, como buen liberal, que no se pueden extrapolar conceptos individuales al terreno colectivo porque lo colectivo no existe: mera ilusión, ya ves. No existe España sino españoles, tampoco memoria colectiva sólo recuerdos personales. Por la misma razón dice que la democracia es una ficción que como tantas otras puede resultar, y resulta en ocasiones, práctica. La democracia es -sobre todo- el gobierno elegido por la mayoría y, por tanto, la teoría democrática parte y da como bueno ese fenómeno por el que, ya ves, ciertos individuos tienen tendencia a agregarse o enlazarse.

Una ficción, sí, reconoce Rampante, ya ves. Pero si funciona, chapeau. Ahora bien, cuando no marcha, cuando la democracia hace aguas porque los individuos que se enlazan son unos indocumentados y, como tales, se agregan bajo la férula de los otros cuatro indocumentados que eligen para gobernar, ¿qué hacer? En este punto, Ricino Rampante traga saliva y cree ahogarse en lo políticamente incorrecto: ¿qué hacer cuando la democracia no funciona porque las afinidades electivas son horribles? Entonces sale por peteneras y apelando a la libertad se inventa lo de las “democracias selectivas”. Miren –dice- yo no tengo por qué estar gobernado por aquellos que elige –por ejemplo- una masa enorme de idiotas. Que me olviden y elijan los suyos, que yo elegiré a los míos. Libertad. Así, gracias a la teoría de las “democracias selectivas”, cada uno tendrá el gobernante que se merece. Unos irán por la calle cantando, porque han elegido bien y otros llorando y jodidillos porque han elegido mal. Pero Rampante, por Dios, ¿te imaginas cuatro o cinco gobiernos, cuatro o cinco ayuntamientos, cada uno de su color? Hombre -replica- si es ese el problema, la solución es obvia: fuera las administraciones intermedias (autonómicas, provinciales y comarcales). Se acabó. Ya ves. No, si pensar piensa, Ricino Rampante. Eso sí, la libertad siempre como bandera. Hoy lo he vuelto a ver, hombre del pueblo, pegado como siempre a una barra de bar. Al acercarme recita triste un hermoso poema: “Ya ves que voces diferentes se cruzan en el alba buscando la verdad. Ya ves que fuimos puente herido de abrazos detenidos por ver la libertad”. Y abatido musita que los versos no son suyos, dos vermús. Ya. De Labordeta. Claro. Se fue, ¿lo sabes?, ¿sabes que se fue? Lo sé, lo sé. “Ya ves”, esta ronda es mía.

En fin, también, desde aquí, “Desde mi barricada” desde este periódico cuyo director vivió la experiencia de trabajar con Labordeta en “Carambú” (José Antonio Vizárraga, 1991), única incursión del cantautor en el cine como protagonista, con su entrega y dignidad habituales, desde aquí, digo, una sincera muestra de dolor, una más, y un humilde recuerdo, otro más, exento de rimbombancias. Como él quería: “recuérdame, como un árbol batido, como un pájaro herido, como un hombre sin más”. Así lo dijo en su canción “Ya ves” (*).



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(*)  YA VES (José Antonio Labordeta)

Ya ves
que vamos avanzando
cumpliendo este camino
no lo sé
ya ves.
ya ves
que vamos recordando
creciendo hacia el ocaso
no lo sé
ya ves.

Ya ves
qué pálidas palabras
se pierden en la noche
sin hallar solución.

Ya ves
que hemos ido surgiendo
de inciertas duras voces
de desesperación.

Recuérdame
como un árbol batido
como un pájaro herido
como un hombre sin más;
recuérdame
como un verano ido
como un lobo cansino
como un hombre sin más.

Ya ves
que fuimos agrietando
los muros mantenidos
no lo sé
ya ves.

Ya ves
que estamos añorando
unos niños perdidos
no lo sé,
ya ves.

Ya ves
que voces diferentes
se cruzan en el alba
buscando la verdad.

Ya ves
que fuimos puente herido
de abrazos detenidos
por ver la libertad.

viernes, 24 de septiembre de 2010

JOSÉ ANTONIO LABORDETA. "CARAMBÚ".



CARAMBÚ: Film de José Antonio Vizárraga (1991), producido por CINECETA.

José Antonio Labordeta fue un hombre entrañable y polifacético.  Poco se conoce de su faceta de actor.  CINECETA tuvo el honor de contar con su inestinable colaboración en la película "CARAMBÚ",  dirigida por José Antonio Vizárraga en 1.991.  Allí, el cantautor interpreta a un extraño escritor que se aísla del mundo, encerrado en un sótano, para terminar la obra literaria que persigue.

Película original, como original es la obra de Vizárraga y todo aquello que creó o en lo que participó José Antonio Labordeta. 

Sería deseable que dicho film estuviera en la web a disposición de todos.  Mientras, hemos de conformarnos con su reseña en la página de la Filmoteca del Xiloca, que aquí reproducimos:

AREA DE DIRECCIÓN Y PRODUCCIÓN
Título original: Carambú
Director: Jose Antonio Vizarraga
Productor: Cineceta P.C.
Año producción: 1991
Género: Cortometraje ficción.

                                          
                                           FICHA TÉCNICA
Id filmoteca: 00140
Intérpretes: Jose Antonio Labordeta, Daniel Rabadán, Luisa Gabasa,
Autor del guión: Jose Antonio Vizarraga
Técnico fotografía: Juan Gregorio Rodriguez
Autor de la música: Antonio Armengod, Jesús Tejada
Montaje: Alfredo Herrero

Ayudantes: Ayudante de cámara: Enrique Calvo, Ayudante dirección: Javier Martinez
Productor: Francisco J. Peña, Carlos Torres,
Operadores de cámara: Camara Rent
Otros datos técnicos: Decoración: Pepe Peinado,
Vestuario Miguel Villanueva,
Maquillaje: Ana Bruned,
Foto fija: Carmen Navales,
Iluminación: Miguel Ciorda y Javier Vegas,
Director de fotografia: Juan Gregorio Rodriguez,
Auxiliar de Producción: Armando Erdociain
Auxiliar de fotografía: José Torres
Película: Agfa Gevaert
Cámara: Camra rent
Laboratorio: Cinemetraje riera-filmtel
Pilotó y material eléctrico: Videar S.A.
AGRADECIMIENTOS A: Videar S.A, RAMDOM S.A. y Alfonso Gi

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viernes, 14 de mayo de 2010

EL QUE JUEGA CON FUEGO (José Antonio Vizárraga)


El que juega con fuego se quema, suele decirse. No siempre es cierto. A veces depende de la pericia, de la fortuna, o de cosas así. De lo que nunca depende es del atrevimiento al que puede conducir la alta estima o la imprudencia. Y puedo dar fe. Tengo una amiga que hace mucho tiempo fue algo más, como lo fui yo para ella. Sólo volvimos a vernos una vez. Ocho o diez horas suficientes para que asomaran esos sentimientos, o tal vez manifestaciones confusas, que ambos sabíamos que permanecían allí. Prometí visitarla en su ciudad cuando se marchó, y lo hice. No sirvió de mucho. No sirvió al menos para que nada claudicara ni para adquirir constancia de que todo había desaparecido. Pero la pereza emocional es una enfermedad que se transmite por el aire y que viene contagiando el clima de la última década. Dos días después, subí de vuelta al tren con la misma impotencia y con más recuerdos. Pasaron varios años, cuatro o cinco. Un día normal, de labor y en horario de trabajo, marqué su número. Me dijo que se había casado y que había vuelto a tener un hijo, varón esta vez, y precioso. “La pareja”, me dijo, “ya sabes”. “Me gustaría verte”, dije yo. “Claro, cuando quieras, a Santiago le gustará. Y a Rocío también. Todavía te nombra a veces”. No dijo nada de ella. Pero pensé que la ausencia era el mejor espejo de la presencia. El catorce de abril salí hacia la carretera de Levante. Ocho horas de viaje. No me costó esfuerzo encontrar la casa. Llamé y contestó una voz masculina. Subí. Ella estaba en el rellano y vino hacia mí con los brazos abiertos, un abrazo prudente y cálido. Una mirada luminosa después y un beso suave en los labios, ante su marido (que se acercó entonces), seguido de otro más sonoro en la mejilla y de otro abrazo. “Este es Santiago”, dijo luego. Extendí la mano con el entusiasmo de ella. Su hija estaba en la puerta mirándonos, comprobando cómo pasa el tiempo en los otros. El niño tenía los ojos de su madre y nada de su padre. Después de cenar, le dijo a su marido que nos íbamos. Se refería a mí. Salimos. Le dije que no era mi intención estar a solas con ella. “Un café”, dijo. “Así hablamos y me cuentas”. Entramos en el pub. Seguía igual que entonces. Tal vez la luz había cambiado, ahora más azulada, con tintes rojizos. Fueron varios, y algo de alcohol. Paseamos luego alrededor de la catedral. Ella subía y bajaba de las aceras y, con los brazos en cruz, guardaba el equilibrio en los bordillos de los jardines. A las cuatro de la madrugada llegamos al coche, junto a su casa. “No voy a quedarme”, le dije. Me miró y algo se apagó en el interior de sus ojos. Subí al coche y bajé la ventanilla para alargar la mano mientras conectaba el motor. Sus dedos rozaron la punta de los míos y quiso decir algo, pero no logré oírlo. Salí del aparcamiento y miré por el retrovisor. Luego le di un manotazo para evitar que me reflejara más el pasado. Iluso de mí.

Veinte kilómetros después tuve que detener el coche porque la angustia se hizo irresistible. Salí y lloré durante media hora. Más tarde, durante el viaje, fue cuando pensé que era cierto. Si juegas con fuego te quemas. Siempre.


viernes, 30 de abril de 2010

LOS ABUELOS SON (José Antonio Vizárraga)

Los abuelos son la hostia. Al abuelo de una amiga mía lo enterraron con sus dos mujeres. Sacaron el ataúd y lo dejaron en la hierba. Destrozaron luego la madera y volvieron a meterlo en el nicho. Las mujeres se las pusieron encima. Sin preguntarle nada. Sin desnudarlas ni retirarle a él sus ropas, o lo que quedaba de ellas. El cabello rubio de una le cayó sobre la mejilla, al abuelo de mi amiga, y nadie le preguntó si le molestaban o no los aromas de aquel recuerdo. Dice mi amiga que su abuelo hubiera preferido el cabello de la otra. Pero lo dice porque no puede verlo ahora y lo que sabe le viene de lo que vio de pequeña. Y le dices tú que los abuelos que van por la calle con sombreros cubanos de paja y se embarcan en mercantes de lejanos mares y escriben cartas breves con tintas distintas tienen la suerte de contar con la misma sonrisa, cualquiera que sea el olor del pelo que les caiga sobre la cara. Y le dices: “Hazme caso”. Y te dice ella que lo peor de su abuelo, que era alto y la miraba de reojo, fue que se murió un día de repente y sin avisar. Y se queda entonces sin mirar a nada. Y se le ponen los ojos con agua, y cuando te mira tiene la pupila abierta, profunda y transparente. Como un tobogán, como un túnel. Y tienes que bajar la vista y respirar, y tienes que oler el olor de las grandes cerezas rojas colgadas de aquel almendro, mientras dura el silencio. Es pequeña mi amiga y me da ternura y mucho calor y cariño cuando me pide en los bares que le cuelgue el abrigo en las perchas. Me dice: “Anda, que se me ríen”. Y la ves luego que se queda con el bolso y que se estira la blusa, y le ves el corazón abierto y lees en él que el minuto próximo es para ella. Y vas y le dices: “Son la hostia los abuelos”, y esperas. Y ella bebe un sorbo y te dice: “Algunas cosas sólo se pueden contar a veces”. Y vas tú y piensas entonces en lo tuyo, en el mañana y en los propósitos de ayer, en la despedida, y antes de que revienten las nubes de la noche, vas y le dices: “¿Y quién fue el cabrón que dijo que a tu abuelo lo enterraran así?”. Y cuando confías en que conteste, va ella y agarra el vaso y bebe y se calla. “El”, dice. “Fue él quién lo dijo”. Y vas tú entonces y te dices a ti mismo: “Y el mío ¿qué?”. Y piensas en eso porque lo tuyo propio te arrastra y te conduce entre la música y el humo y te acerca la fantasía de lo que pudo ser. Las palabras de tu amiga han excitado la emoción que buscabas y quieres cambiar de vía, pero las agujas se han oxidado y tienes que aguantar la explosión y manejar la siguiente frase para que su sonido pregone lo que tratas de fingir. Y dices: “Mi abuelo se llamaba Tomás y me llevaba con él a la bodega a buscar el vino como si fuera oro”. Eso dices. Y guardas luego el silencio debido y, más tarde, la miras. Y como sigue sin decir nada, añades tú: “¿En qué piensas?”. “¿Quieres bailar?” dice ella. Y eres entonces tú el que coges el vaso y la sigues, y cuando estás bailando le cuentas lo del silencio aquel de la plaza, cuando sacaron a tu abuelo de la iglesia y fuiste corriendo a poner el hombro en la esquina del ataúd hasta el cementerio. Y ya no sabes parar, ni lo recuerdas luego. Y cuando en la cama te apartas para echarte boca arriba al terminar, o se aparta ella, miras al techo y te dices: “Joder, los abuelos son la hostia”.

domingo, 21 de marzo de 2010

DEJARE SEÑALES AMARILLAS (José Antonio Vizárraga)

“Dejaré señales amarillas”, dijo. “¿Pero cómo?”, le dije yo. “Sí, hombre” -añadió- “papelitos de esos de las oficinas. Postit”. “Como si fueran migas”, dijo después. Y colgó. Miré el reloj. Las siete. Y la ciudad cubierta por la niebla. “Lo que faltaba”, pensé. “Con la vista que tengo”. Una ducha rápida, bien caliente, tres o cuatro sueños incontrolados entretanto (el cuerpo, el calor, aquel lago), el abrigo luego y a la calle. Las ocho y media. Sin coche ni nada. A pelo. Sin autobús siquiera. Para estirar el tiempo. Algunos escaparates, rostros al otro lado entre luces intermitentes, bolsos y zapatos, sobre todo. “Los pies también son del cuerpo”, solía decir. Más y más rostros mirándonos en la niebla. Un cortado caliente. Las nueve y media. Un poco más. La Gran Vía. Bien. Tal vez quince minutos, veinte si regulo el ritmo. Aún así no me llega. Mejor otro cortado. Prefiero llegar tarde que verla. Prefiero seguir su pista. Prefiero que salga y no esté y tenga que ponerse a dar gritos amarillos en la niebla. Un café más, y el periódico. Las diez y media. Ahora. Voy y llego. No está. No hay nadie. Miro en las paredes y nada tampoco. Pregunto y me dicen que han salido. Están cerrando. Vuelvo a mirar. Nada. Una pegatina vieja, a medio arrancar: “El Zar ha vuelto”. “Algún ruso gracioso”, pienso. ‘Y ahora qué”, pienso otra vez. “¿Una tontería? Puede, pero de poco esfuerzo”. “Algo pequeño. Un detalle, sí. Algo insignificante ¿Y qué? Pero valioso en una noche así” (Cada vez se ve menos). “El esfuerzo de quererse”, me digo. Doy un par de vueltas sobre mí mismo, allí, en la puerta aún, cerca de un árbol. Cerca hay otro. Son acacias. Y cerca, hay una mujer de negro. Abrigo y pantalón. Pelo corto y ojos claros. No da vueltas alrededor de nada. Me mira. La miro. Mira luego más allá de mí. Me vuelvo. Viene un niño silbando. Lleva un gorro de colores y va dejándose el aliento cuando respira. Se detiene en la puerta. Saca algo del bolsillo y lo pega en la pared. No es amarillo. Giro la cabeza justo cuando ella se mueve antes de que el niño se marche. No le dice nada. Se acerca y lee. Lo arranca y se vuelve a mirarme. Yo la miro sin sonreír. Arruga el papel y se acerca hacia mí. Detrás tengo una papelera que no había visto. Lo tira. Tampoco me sonríe. Se va y desaparece. La niebla. Doy otro par de vueltas junto al árbol. “¿Y ahora qué? Salí pronto y tal vez me avisó cuando ya no estaba”. Voy a la cabina y marco mi número con el controlador remoto del contestador. No hay mensajes. Ni viene tampoco ningún crío ni nadie con nada amarillo que pegar en ningún sitio. Lo que sí pasa es que oigo pasos. Suela de cuero. Me paro junto al árbol y a cinco metros de mí sale de la niebla la mujer del abrigo negro. Y además me sonríe. Elena se llama, me dice. Y yo le digo que son las once menos cinco y que todavía hay cines abiertos.

----Hoy he recibido una llamada. Después del cine la llevé a casa. Me dio su número, pero no era ella. La que era ha dicho: “Perdona, pero al final no fui. Perdona”. “No te preocupes”, le he dicho yo. “Yo tampoco”.


jueves, 25 de febrero de 2010

LO QUE QUIERE LA GENTE (José Antonio Vizárraga)

Lo que quiere la gente es ganar dinero, aunque a veces lo disimulen diciendo que si el amor o que si tal o que si cual o que si la salud. Pero no siempre. Un ejemplo. Bajo a comprar tabaco. Hace sol, pero mucho viento. Cruzo la avenida hacia el restaurante. La máquina de tabaco estaba estropeada ayer. Supongo que sigue. Sigue. Unos metros más allá hay otro bar. Este bar. Abro y entro. Está la señora, que lleva gafas, como yo. “Un güisqui” -digo, y voy hacia la máquina. “No. Espera. Yo te lo doy. A ver si baja mi marido y la arregla”. Pone hielo en un vaso y lo llena. Le digo: “Joder con el viento”. Todavía no me ha mirado desde que he entrado en su bar. Ha mirado las botellas, ha mirado también la máquina de tabaco y ahora mira hacia la calle y dice: “Sí”. Pero yo sé que desea mirarme y decirme que me quede más y le pida algo imposible. Fuera hay sol, pero como si no. “¿Cuándo bajará tu marido?” -le digo. “Qué” (ahora me mira). “Que lo bueno de las terrazas es que estén al abrigo”. “Sí” -dice, pero sé que me ha oído bien. “Este barrio, lo malo que tiene es el invierno” -dice. “La gente sale menos que en verano en días así”- le digo yo. “La cosas tienen que ser como se espera que sean o se comporten”. “Tengo que llamar por teléfono” -dice. “Muy bien” -digo yo. “Te espero”. Sale. Entra en la cocina. La máquina tragaperras emite una música llamativa dirigida a mí, aunque yo no soy de esos. Vuelve. “Mi marido bajará pronto” -me dice. “Ah” -le digo. Hace sonar el cristal de los vasos al fregarlos para enseñarme sus nervios. No me mira. Se ha quitado las gafas. “Lo digo por la máquina. El sabe arreglarla” -me dice. “Ah” -repito. Me acerco para ponerme frente a ella. Le miro el escote. Tiene los senos prietos, con los poros bien marcados. Se le mueven al compás de los brazos mientras friega. Los miro con descaro. Ella aguanta. Levanta la vista entonces, hacia el vaso, casi vacío ya. Un poco más arriba ahora, hacia mis ojos, y la deja allí. Aquí. Cuatro o cinco segundos, de uno de mis ojos al otro, como yo con los de ella. “Se me está acabando” -le digo moviendo el vaso. “Me voy”. Entonces baja la mirada y sigue fregando. Voy hacia la puerta. “A veces me dan unas ganas desesperadas de irme”- me dice. ”Yo conozco un sitio”- le digo. “Es un lugar donde el silencio habla. Lo bueno que tiene es ir allí y sentarte y ponerte a escuchar las palabras que jamás has dicho o que nunca te dirán”. Me mira. Y yo a ella durante unos segundos. Luego miro hacia el exterior. “A veces se mueve el viento, pero más suave” -le digo. “Hace tiempo he paseado en barca en un lago de por allí. Pero creo que ya no existe”. Me sigue mirando cuando vuelvo yo a mirarla. “No sé. Tal vez sabría encontrarlo”- le digo. Ella deja de mirarme y sigue fregando mientras abro la puerta. “¿Quieres que suba luego?” -me dice. “No recuerdo cuánto cobras” -le digo. “Te saldrá gratis esta vez. Ha sido bonito” -me dice, sin mirarme todavía. Yo sí la miro. Pero no digo nada. Salgo y cruzo la avenida entre el viento pensando en el mapa que tengo entre los libros. Aunque sé que el lago ya no existe y recuerdo que cobra sesenta.


José Antonio Vizárraga

jueves, 10 de septiembre de 2009

Estamos en paz (José Antonio Vizárraga)

El cielo tiene color esta madrugada. No es precisamente negro el aspecto que ofrece el fondo de la
calle, entre las casas, ni destacan puntos brillantes como si fueran estrellas. Lo que hay es una mancha
marrón y naranja, trazada de golpe por una pincelada única, y parece, eso sí, que tras los últimos
rasgos de las líneas está la luz, aunque muy lejana, tenue y como rebotada sobre una superficie helada
de un color amarillo intenso.
Andrés Hurtado Caparrós, de treinta y cinco años, trata de ir más rápido de lo que sus pies le permiten,
camina tambaleándose y lleva la mano derecha sujetando su brazo izquierdo. Cada tres o cuatro
pasos, se vuelve y mira hacia atrás.
Son cerca de las seis y apenas hay gente en la calle. Andrés Hurtado, que había sido fresador en un
pequeño taller de las afueras de la ciudad, ha conseguido escapar de la explosión con un brazo partido
y una profunda herida en el muslo derecho. En la retina de sus ojos están aún las llamas de los
vehículos ardiendo en mitad de la plaza, y los gritos que vinieron de las ventanas resuenan en sus
oídos junto al silbido de las balas de aquella mañana maldita, todavía tan presente.
Al doblar una esquina, gira la cabeza y comprueba que no lo siguen. Vuelve a mirar al frente arrastrando
la pierna y ve que una agente de la policía, morena y de unos treinta años, viene hacia él con
su arma en la mano. Se asusta, pero le bastan unos segundos para entender que la mujer no ha reparado
en él, sino que corre para hacer su trabajo. Trata como puede de recomponer su imagen y de paralizar
el temblor de sus piernas. “Apártese”, grita la joven. YAndrés Hurtado se apoya en la pared fingiendo
sobresalto y ocultando con él la expresión del dolor en su rostro. La policía continua hacia la
calle por la que ha venido él y desaparece. Andrés se queda todavía un instante recostado en la pared.
Pero cuando intenta proseguir su marcha le parece que ella retrocede hacia la esquina en su busca. Y
no tiene tiempo de asegurar sus pensamientos porque, en efecto, esa mujer está allí, encañonándole
por la espalda. “Alto”, oye que le grita.
Andrés Hurtado agarra entonces la culata de su pistola con la mano derecha, la saca del pantalón,
donde la esconde cubierta por la chaqueta, y se vuelve hacia ella.
Rosario Narváez Ruiz, que ingresó en el cuerpo de la policía tres meses antes, está a punto de disparar
al que hubiera sido su marido. Tiembla antes de apretar el gatillo. Pero recuerda que en su aprendizaje
le hablaron de la fatalidad de la duda y cierra los ojos y vacía el cargador. Todos los disparos
resultan fallidos menos el último, que consigue atravesar el pecho de Andrés por su lado izquierdo, y
Rosario abre los ojos al escuchar su quejido. Lo que ve, sin embargo, es que Andrés se ha adelantado
unos pasos con una mano en la herida y con su pierna inútil, y que lo tiene a dos metros con la pistola
en alto.
Ahora es él, Andrés Hurtado, obrero cualificado del metal en paro, el que tiene la ocasión de matar a
la que hubiera sido su compañera para toda su vida. La mira durante un instante a los ojos y le dispara
luego cerca del corazón. Rosario suelta el arma y se lleva la mano a la herida. Siente un fuerte
ardor y mana sangre roja y cálida a borbotones entre sus dedos. Cae hacia atrás, la mirada diluida en
lágrimas.
El cielo tiene color aún, pero el relámpago de ese momento no se refleja en los charcos recientes del
asfalto. Andrés se acerca a ella apuntándole con su arma. La mira, y allí de pie, incrédulo aún, le dice:
“Puedo quererte tanto”. Después le dispara por segunda vez en el pecho y por última en la frente, entre
los ojos.
(Extracto del relato "Estamos en paz" - http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Literatura/3981.pdf)

domingo, 17 de mayo de 2009

El Comarcal del Jiloca cumple diez años


(El Comarcal del Jiloca, del cuadernillo especial del 15 de Mayo, con motivo del décimo aniversario)

Diez años, quinientas veinte semanas, doscientas sesenta citas quincenales con nuestros lectores

Incumpliendo una de las primeras afirmaciones de aquel editorial de nuestro primer número, volvemos aquí a hablar de nosotros, diez años después, porque la ocasión lo merece y porque creemos justo mostrar nuestros agradecimientos a tantas personas que han pasado por nuestras páginas.
Aclararemos, previamente, que la sujeción a nuestra periodicidad, imprescindible en cualquier medio de comunicación que se precie, se vio sólo quebrantada por el percance sufrido en nuestra oficina de la calle Ramón y Cajal de Calamocha, que dejo fuera de uso varios de los ordenadores. La inundación causada por los fuertes hielos de aquel invierno del año 2000 impidió que nuestro quincenal pudiera cumplir con una de sus fieles citas. Fuera de esta ocasión, desde aquel 14 de mayo de 1999 nuestro periódico ha llegado puntual a los quioscos y suscriptores; y vaya desde aquí este sincero agradecimiento a todos los que en estos años lo han estado haciendo posible.
En particular, a Maribel Lario, administrativa y redactora ocasional y durante tanto tiempo con nosotros, y a Marisa Yubero, periodista que acompañó los primeros años de existencia de nuestro periódico, los más duros, como en casi todo que empieza, y los de mayor esfuerzo. Aquellos años de continuos desplazamientos entre los municipios de nuestras comarcas en los que había que dar a conocer nuestra existencia y mostrar nuestra utilidad. Fueron los años de secciones como “La memoria comercial del Jiloca”, dedicada a recoger la larga vida de algunos de los comercios de mayor veteranía de nuestra zona; “Así somos, así estamos”, que recogía reportajes sobre nuestros pueblos; “El otro turismo”, que se destinó a mostrar la oferta de turismo rural de nuestras comarcas con reportajes de varias de las casas existentes por aquel entonces, o la que reflejó el estado de la mayoría de los castillos de estas tierras fronterizas, tantos de ellos en ruinoso u olvidado estado frente a otras joyas, como Peracense.
Pilar Esteban, calamochina de adopción y amiga, tomó el relevo de Yubero y aportó, a una redacción ya más experta y bregada por entonces, un conocimiento mucho más preciso de la realidad de la zona y una enorme capacidad de organización, redacción y trabajo.
Vicente Añón y Víctor Sanroma, también calamochinos, se sucedieron en la redacción, cuando Esteban tuvo de dejarla, y con ellos, otros tantos compañeros y compañeras, de colaboración más puntual y de otras localidades de nuestras comarcas. A la labor de todos ellos, nuestro mejor reconocimiento.
Gracias también a todos los vecinos que eligieron nuestras páginas para dejar sus opiniones, denuncias o elogios y, en especial, a los colaboradores fijos que pasaron por ellas. A Emilio Benedicto, la primera firma con que contó nuestra publicación; al incombustible Pablo Marco, valiente y comprometido; a Juan A. Usero, de prosa marcadamente lírica y variadísima temática; a José Mª Lainez, con sus aportaciones concretas de gestión y trámites, y, cómo no, a Servando Gotor y Olga Sánchez, que hoy nos acompañan desde posiciones tan dispares como valiosas, así como a Javi y su humor.

NOTAS BIOGRÁFICAS DE JOSÉ ANTONIO VIZÁRRAGA, Director de El Comarcal del Jiloca


GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA on line
VIZÁRRAGA LÁZARO, JOSÉ ANTONIO:(Calamocha, T., 1955). Realizador de cine y vídeo. Surgió de los círculos cinematográficos ligados a la Sociedad Fotográfica de Zaragoza, realizando desde 1981 varias películas de «tesis». Más adelante acometió cintas en ese mismo formato de mayores pretensiones: el largometraje Color de luz (1985) o Cuando nunca pasa nada (1986). En 1987, junto a Arturo Briones, Javier Peña, José Miguel Villanueva, los hermanos Gotor y María José Villanueva, funda Cineceta S.A., productora con la que aspiran al cine profesional y en cuyo seno realiza el autor dos cortometrajes en 35 mm, Historia de un hombre bueno (1987) y Carambú (1990). En estos desafíos, Vizárraga se ha apoyado en su experiencia como narrador de relatos literarios, faceta en la que consiguió en 1989 el primer premio del V Certamen «Isabel de Portugal». En soporte videográfico ha realizado programas de corte publicitario desde la productora zaragozana Videar principalmente: Aragón (1988), Publirreportaje para la campaña Jaca’98 (1991), Ven el 26 (campaña de la D.G.A. con vistas a las elecciones autonómicas de 1991), El espejo de nuestra historia (1991), sobre la exposición de arte religioso, Centro de prensa de Zaragoza (1992), documental sobre ese organismo y otros vídeos publicitarios para Ibercaja, Pikolín, Sabeco, etc. También ha trabajado en el medio televisivo realizando los 16 capítulos de la serie Su media banana (1990) para el programa Tutti Frutti de Tele 5, o el informativo Actualidad semanal durante todo el año 1995 para la tv local de Calamocha, o el magazine B de Verano para ese mismo canal. Igualmente ha desarrollado una importante actividad docente en cursos organizados por la D.P.Z., el Curso de Postgrado Lenguaje y Técnica de Vídeo y T.V. de la Universidad de Zaragoza, en el Instituto de Formación Profesional «Los Enlaces» de Zaragoza, etc. Otras películas: 1981: La ronda. 1982: La esquina. 1983: El ojo de la cerradura. 1986: Cuando nunca pasa nada.

ARTYMAGEN(http://www.artymagen.org)
Conozco a José Antonio desde las primeras luces de los 80, cuando entré en la Sección de Cine de la S.F.Z. Recuerdo la primera película que vi de este autor: "La esquina", un corto que hablaba del amor entre adolescentes y con final semidramático. Nuestros comienzos fueron muy parecidos y ello me ha permitido hacer un seguimiento muy particular de su trabajo, en parte debido al estrecho trato que mantuve con el en dicha Sección de la que fue delegado. Vizárraga es de temperamento introvertido reflejándose claramente en su cine especialmente intimista. Los personajes que dibuja en algunas de sus películas están sumergidos en una cierta abstracción, pero al mismo tiempo son tangibles, esta descripción sería perfectamente válida para definir como ejemplo al protagonista de "Color de Luz", un pintor obsesionado por conseguir un cromatismo diferente, cuando lo logra se da cuenta que hay algo más en su búsqueda, el color y la luz es solo una parte. La obra genial terminará destruida por su propia mano. Esta sería una característica en los personajes de este autor: la búsqueda, la constante búsqueda, el cuadro perfecto.

José Antonio Vizárraga nace en 1.955 en Calamocha. Estudia derecho pero su auténtica vocación está en el cine. En 1.979 realiza su primer corto: "La ronda". Tiene una valiosa colaboración en su hermano Ángel, excelente actor y que intervendrá en algunas películas de su primera época, destacando principalmente el trabajo interpretativo que desarrolla en "El ojo de la cerradura" (1.983). La producción en pequeño formato que realiza en este período siendo importante, servirá como aprendizaje a proyectos más ambiciosos. La mirada de Vizárraga está puesta en el formato grande (35 mms.), esta fijación le llevara a crear en los 80 en compañía de otros realizadores la productora "Cineceta". El proyecto tenía como objeto la realización de películas encaminadas al cine comercial, aunque sus inicios fuesen en pequeño formato, de esta etapa son las películas: "Martes 17 a las 9.30" (1.984), "Su último suspiro" (1.985) dirigida esta por los hermanos Gotor, y "Color de luz" (1.986) entre otras. Será en 1.987 cuando se rueda la primera película en 35 mms. de "Cineceta" y también la primera dirección de Vizárraga en este formato: "Historia de un hombre bueno" con un presupuesto que rondaba los cuatro millones de pesetas, podemos imaginarnos el esfuerzo económico que supuso para el grupo. La película tuvo cierta difusión pero ninguna ayuda institucional cosa por otra parte habitual, recibió diferentes premios pero no obtuvo el impulso suficiente que se pretendía. En 1.990 llegará su segunda producción grande: "Carambú", dirigida también por Vizárraga, un excelente corto pero que desgraciadamente no tuvo tampoco el eco deseado. La industrial comercial tiene sus vías de distribución y eso era algo de lo que carecía "Cineceta", de ello hablaremos en otro capítulo dedicado íntegramente a este grupo.

El trabajo de este realizador aragonés tiene dos etapas diferenciadas: la primera se circunscribe en el pequeño formato, esto es desde 1.979 hasta el 87, la segunda se solapa con la creación de "Cineceta" y el rodaje de "Historia de un hombre bueno". El salto al formato comercial fue sencillamente crucial por lo que ello significaba en su futuro cinematográfico y por lo tanto en sus aspiraciones de ver el cine desde el punto de vista profesional. En 1.990 trabaja como realizador en la serie de Tele 5 "Su media banana". También colabora en diferentes empresas audiovisuales como: "Videar", "Cuarzo", y en alguna televisión local. Es importante destacar su afición a escribir que ya había puesto patente en la impecable estructura narrativa de sus guiones. Literatura y cine se mezclan en diferentes momentos de la trayectoria de este cineasta. En los 90, recibe el premio en el apartado de relatos "Isabel de Portugal", es en esta época cuando se le publica su primera novela. Aún siendo fuerte su vocación literaria, José Antonio siempre asegura que lo suyo es el cine y en ello sigue trabajando. Me consta que ha tenido también que renunciar y sacrificar muchas cosas en el empeño de abrirse un hueco en la selva siempre interesada de la industria cinematográfica. Actualmente tiene preparado el guión de un largometraje para la pantalla grande con la elaboración de un presupuesto bajo que permita su financiación.

José Antonio Vizarraga es uno de los directores con más talento que he tenido el privilegio de conocer, con muchas suelas de zapatos desgastadas como ha dicho en repetidas ocasiones, reclamando en los pasillos de las instituciones ayudas para sus proyectos, pero como suele pasar las subvenciones se aletargan o sencillamente no se conceden, terminan cansando y se finaliza buscando en otros sitios lo que no han sabido valorar en casa. Hagamos votos para que alguna vez nuestros responsables políticos que tienen la obligación de cuidar y proteger los valores culturales de esta tierra, no busquen fuera lo que tienen dentro.
(Armando Serrano)



JOSÉ ANTONIO VISTO POR SÍ MISMO
Nací en Calamocha en marzo del 55 del siglo pasado. Me gusta escribir, pero no siempre encuentro
la voluntad necesaria. Mira Editores me publicó una novela (El origen del frío) hace tres años, y hace más, la DPZ había hecho lo mismo con algunos de mis relatos. Desde hace tres años y medio estoy
dirigiendo la publicación de El Comarcal del Jiloca que se edita quincenalmente en estas tierras. Me dedico, además, a hacer vídeos de encargo, tanto documentales como publicitarios, en Zaragoza, y
también coordino y dirijo la confección de diferentes tipos de cederrón para ordenador. Todo lo que tenga que ver con la comunicación es mi mundo desde hace tiempo y confío en que lo siga siendo. Es bueno trabajar en lo que a uno le gusta.
(Extraído de la nota biográfica acompañada al relato: "Estamos en paz" en Xilocapedia http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Literatura/3981.pdf)
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